viernes, 30 de diciembre de 2016

COMANCHERÍA Western de los desheredados

Título original: Hell or High Water
USA 2016 102 min.
Dirección David Mackenzie Guión Taylor Sheridan Fotografía Giles Nuttgens Música Nick Cave y Warren Ellis Intérpretes Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges, Gil Birmingham, Marin Ireland, John-Paul Howard, Kevin Wiggins, Katy Mixon, Dale Dickey Estreno en el Festival de Cannes 16 mayo 2016; en Estados Unidos 26 agosto 2016; en España 30 diciembre 2016

El realizador escocés David Mackenzie se ha ido labrando una filmografía sólida película a película, mejorando en cada peldaño. Tras el impactante drama carcelario Convicto protagonizado por Jack O'Connell, firma ahora su mejor película, un western contemporáneo protagonizado por perdedores que representan a un amplio sector de la población mundial, el que sucumbe y agoniza bajo ese nuevo poder económico reflejado en los bancos y las hipotecas, y que está convirtiendo a una buena parte de la población en perfectos desheredados de la tierra. Chris Pine (Star Trek) y Ben Foster (The Program, donde daba vida a Lance Armstrong) son dos hermanos que deciden salvar su herencia haciendo uso de un disparatado y peligrosísimo plan que les llevará a recorrer algunos lugares emblemáticos de la mítica Ruta 66, con lo que la cinta engrosa el ya nutrido grupo de películas que reflejan la estética e idiosincrasia de esa legendaria carretera que cruza Estados Unidos de lado a lado. La comanchería del título español e internacional, por una vez más acertado que el original El infierno o la marea alta, se refiere a esos otros desheredados de antaño, los indios comanches que sucumbieron a las armas de los colonos. Mientras tanto la aventura que corren estos dos hermanos antagónicos y sus perseguidores, un Jeff Bridges en magnífica forma interpretativa y un hermético pero muy efectivo Gil Birmingham, auténtico comanche de la película, sirve para ilustrar una vez más esa América profunda, la que habita esos pueblos casi desiertos y sumidos en la pobreza y el caos que nada tienen que ver con las grandes urbes con las que habitualmente identificamos el país de las oportunidades. Esa América tantas veces retratada por los Coen y que el guión de Taylor Sheridan (Sicario) puebla de personajes curiosos y algunos hasta esperpénticos, mientras dota al conjunto de cierta grandeza, especialmente en secuencias como la última, que hace desear asistir a lo que ha de venir y que ya queda fuera de la función, y eso a pesar de algunos detalles de la trama que no acaban de funcionar. Su espléndida y luminosa fotografía y la eficiente banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, salpicada de estupendos temas country, contribuyen a hacer de ésta una de las mejores cintas de la temporada, saludada de momento con tres nominaciones a los Globos de Oro.

FRANTZ Ochenta años no son nada

Francia 2016 113 min.
Dirección François Ozon Guión François Ozon y Philippe Piazzo, según la obra de Maurice Rostand “L'homme que j'ai tué ” y la película de Ernest Lubitsch “Broken Lullaby” Fotografía Pascal Marti Música Philippe Rombi Intérpretes Pierre Ninney, Paula Beer, Ernst Stötzer, Marie Gruber, Johann von Bülow, Cyrielle Clair, Anton von Lucke Estreno en el Festival de Venecia 3 septiembre 2016; en Francia 7 septiembre 2016; en España 30 diciembre 2016

En los títulos de crédito finales de esta película del director de Una nueva amiga y En la casa llama la atención que confiese estar inspirada libremente en la película de Ernest Lubitsch Broken Lullaby, que aquí se llamó Remordimiento y tuvo como uno de sus protagonistas a Lionel Barrymore. Nada dice sin embargo sobre que ambas se basen en la obra teatral de Maurice Rostand El hombre que maté. Sin embargo más que inspirarse, Ozon mimetiza prácticamente el film de Lubitsch en la primera mitad de su película, para a continuación dar rienda suelta a su imaginación y recrear toda una segunda parte libre y original. La diferencia entre la película de 1932 y ésta reside en el tono; mientras Lubitsch hizo un preciso y directo alegato antibelicista, Ozon prefiere el aspecto romántico de la historia dotándolo de misterio y fuertes dosis de ambigüedad, tanto en esa primera parte en la que se repiten secuencias y hasta líneas de diálogo del clásico imperecedero del autor de Ser o no ser, como en esa segunda parte con cuya primera hace visagra el recuerdo y la figura de un fantasma, el Frantz del título. Con todo, Ozon ha construido una bellísima película en la que permanece ese alegato antibelicista que marca a la guerra como sinrazón y absurdo capaz de destruir vínculos imperecederos, pero ahora cobra mayor relieve la figura femenina, la de la joven que ha perdido a su prometido, se ilusiona con un posible sustituto y encuentra en esta peripecia el camino para madurar e independizarse emocionalmente. En este sentido cabe destacar la extraordinaria interpretación de Paula Beer, justamente galardonada en Venecia con el premio a la mejor actriz novel. El uso de la fotografía, graduando el color según los estados de ánimo, aun manteniendo casi todo el tiempo un blanco y negro que no lo es del todo, se nos antoja un recurso artificioso que la acerca todavía más al referente clásico americano. Por otro lado, la sensible música de Philippe Rombi, incluidas sus recreaciones de Chopin y Chaikovsky, colabora considerablemente a dotar al conjunto de ese tono melancólico que invade toda la cinta. Pero el mensaje pacifista del film del 32, en la línea abierta por otras películas como Sin novedad en el frente, sigue siendo más evidente, contundente e impactante, y continúa  tan vigente como hace ochenta años, que en la más maniquea, aun así eficiente y hermosa, nueva versión de François Ozon.

jueves, 29 de diciembre de 2016

BAJO TOSES Y PALMAS

Gran Concierto de Año Nuevo La Razón. Orquesta Sinfónica de España. Kynan Johns, director. Programa: Polcas, galops, valses y oberturas de opereta de Johann Strauss I y II y Josef Strauss. Teatro de la Maestranza, miércoles 28 de diciembre de 2016

Esta pretende ser una breve reseña del concierto ofrecido anoche en el Maestranza por el periódico La Razón en colaboración con la Fundación Excelentia y el Teatro de la Maestranza, adelantándose al que nos tiene acostumbrados la ROSS en los primeros días del año nuevo con similar estética. Se trata de emular el concierto con el que la Filarmónica de Viena nos despierta cada 1 de enero, una práctica que realizan por toda la geografía española orquestas de toda índole y condición, algunas de las que habitualmente denominamos «de bolos». Con un pomposo título, Sinfónica de España, se presentó la que aquí dirigió el australiano Kynan Johns, familiarizado con nuestro país desde que asistiera a los maestros Mehta y Maazel en el Palau de las Arts de Valencia. En realidad se trata de la Orquesta Clásica Santa Cecilia, formada por la Fundación Excelentia para repartir programas musicales por muchas de nuestras capitales y ciudades de provincia.

Lo primero que nos llamó la atención es la juventud de sus integrantes, algo que siempre celebramos y nos emociona, aunque por otro lado cuestiona la veracidad de la amplia experiencia y trayectoria que aseguraba el programa de mano. De cualquier forma siempre es bienvenida esa juventud responsable, luchadora y disciplinada como la que cada vez más asoma en las orquestas de nuestro país. Y es por ello que no queremos perder la oportunidad de hacer esta reseña, de nuevo sobre un programa tan trillado pero a la vez alegre y animado como el que proponen los salones vieneses. El problema es que aunque estos jóvenes ofrecieron un nivel técnico más que digno, especialmente apreciable en maderas y metales, no siempre sonaron tan adecuados como precisan estas partituras, que aun no siendo difíciles de interpretar exigen un punto intermedio entre lo enérgico y vibrante y la sutileza y la elegancia que no llegó a cuajar.

Faltó chispa en más de una ocasión, quizás también por el hecho de tratarse de una orquesta clásica y por lo tanto más reducida que las sinfónicas que suelen abordar estos programas. Sucedió especialmente en los valses, a menudo lánguidos, además de acribillados por una percusión machacona de estilo marcial que no ayudó a dar más empuje sino a vulgarizarlos. Mejor las polcas, como la famosa Trish Trash o Bajo truenos y relámpagos, que en los bises sirvió para poner de nuevo a prueba, tras la Marcha Radetzky, el buen sentido del ritmo del público sevillano a las palmas. Aunque para truenos las incesantes e impertinentes toses y demás indescifrables ruidos provocados por quienes así demuestran poco respeto por el público y los artistas. De cualquier forma celebramos una vez más el buen estado de salud de la interpretación clásica entre la juventud española, y les deseamos muchos éxitos en el 2017 y el futuro.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

LAS INOCENTES Manifiesto feminista a partir de una tragedia bélica

Título original: Les innocents
Francia 2016 100 min.
Dirección Anne Fontaine Guión Sabrina B. Karine, Pascal Bonitzer, Anne Fontaine y Alice Vial Fotografía Caroline Champetier Música Grégoire Hetzel Intérpretes Lou de Laâge, Agata Buzek, Agata Kulesza, Vincent Macainge, Joanna Kulig, Anna Próchniak, Katarzyna Dabrowska Estreno en el Festival de Sundance 26 enero 2016; en Francia 11 febrero 2016; en España 23 diciembre 2016

Hasta ahora habíamos conocido a Anne Fontaine por trabajos pulcros y a la vez intrascendentes como Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel, Dos madres perfectas y Primavera en Normandía, manejándose bien con actrices francesas como Audrey Tatou y anglosajonas como Robin Wright, Naomi Watts o Gemma Arterton. Pero nunca hasta esta película se había manifestado tan precisa y austera así como definida en sus intenciones, y con actrices poco o nada conocidas. Si acaso destaca Lou de Laâge, que poco a poco va labrándose un puesto de popularidad gracias a papeles como el que protagonizó junto a Juliette Binoche en La espera. Junto a ella un nutrido grupo de buenas y en general jóvenes actrices polacas protagonizan esta reconstrucción de otro episodio infame de la Segunda Guerra Mundial, cuando después de sufrir el tormento de los alemanes, las monjas de un convento cerca de Varsovia sufrieron la violación sistemática por parte de miembros del ejército ruso, con la guerra casi acabada y con resultado de muerte para muchas de ellas y embarazo para otras. Fontaine obvia los detalles más escabrosos de la tragedia, incluido el deceso de algunas de las hermanas, para centrarse en la peripecia de la doctora francesa que se encarga de ayudarlas una vez descubierto el horror, revelándose como una suerte de infiltrada en el convento como Whoopi Goldberg en Sister Act o Cristina Sánchez Pascual en Entre tinieblas. La comparación no es para hacernos los graciosos, sino que tiene mucho fundamento por la intrusión de esta joven laica en tan espiritual escenario, erigiéndose en una especie de revelación para ellas, encerradas en un mundo hermético e inaccesible para los sentimientos más mundanos. Una espiritualidad más impuesta que real, al que muchas de las novicias han llegado más por inercia u obligación que por propia elección. Y es que a Fontaine lo que le interesa del relato basado en cruentos hechos reales es la libertad de decisión de la mujer, la que ejerce la protagonista con su amante también médico, y la que aprenden a ejercer las monjas a partir del nacimiento de unos hijos fruto del abuso más escabroso e impresentable del hombre sobre la mujer. Preciosista en su puesta en escena, con evocadores paseos de las inocentes monjas por nevados bosques e interiores retratados con todas sus luces, sombras y contrastes, así como el detalle de los hábitos también contrastados por hermosos blancos y negros. Pero a Fontaine le sobra tanta sobriedad, reprime desmelenarse un poco, ofrecer un algo de espectáculo visceral con el que llegar mejor a una platea que se pierde entre tanta contemplación y poca transmisión de verdadera emoción. Con todo sorprende la naturalidad de su propuesta, exenta por completo de impostura, celebrando la cercanía de la realidad tangible, ilustrada por contadas ráfagas de una sensible banda sonora, obra de Grégoire Hetzel, que parece estar especializándose en hábitos religiosos, habida cuenta de su último trabajo L'ami, en torno de Francisco de Asís. Lástima que en este apartado de la música se eche mano una vez más del ya impertinente On the Nature of Daylight de Max Richer, para remarcar el carácter elegíaco del desenlace.

VALSES Y POLCAS PARA CAMBIAR DE AÑO: CUESTIÓN DE BAILE

Atrás quedó la Navidad, alrededor de la cual se programaron muchos conciertos, ya fuera con los clásicos navideños, la música de nuestra tierra, la tradición barroca o los ya imprescindibles conciertos participativos en torno al Mesías de Händel. Artefactum, la Real Sinfónica de Sevilla, la Barroca, las corales hispalenses y los conservatorios amenizaron la espera del 25 de diciembre hasta bien cerca de tan emblémática fecha; no ocurre lo mismo con el Año Nuevo. Entre la fiesta de Navidad y la llegada de los Reyes Magos es difícil encontrar en Sevilla alguna propuesta en música clásica, aunque cada vez son más los espectáculos circenses, teatrales y cabareteros que aprovechan estas fechas para ofrecer otras alternativas a la familia, habitualmente recluida en casa o con el cine y las luces callejeras como único reclamo de entretenimiento. Propuestas como el Festival Entre Culturas, que apenas celebró dos ediciones a principios de siglo, no encontraron eco para rellenar ese vacío de Gran Música entre la ciudadanía, hasta que Pedro Halffter como director artístico del Maestranza y la Sinfónica, decidió al comenzar la segunda y presente década emular el concierto de Año Nuevo de Viena, como ya hacían otras orquestas en y fuera de España desde tiempo atrás. Valses, polcas y operetas para despedir el viejo año y dar la bienvenida al nuevo.

El vals fue en su momento entendido como un medio de supervivencia, enlazado con épocas catastrofistas en las que los hombres se miraban y decían ¡ánimo y hacia adelante! Una forma de superar miedos y crisis, como cuando en 1874 tras el gran crack de la bolsa vienesa, Strauss hijo compuso El murciélago, una dramatización de valses y galops en la que se cantaba «Es feliz quien olvida lo que no se puede cambiar». O en 1867, cuando la derrota de Austria frente a Prusia devino en el vals El Danubio Azul, convirtiéndose en himno patriótico. Una forma de hacer frente al decaimiento y los malos tiempos, de la misma forma que ya en el siglo XX, con el crack del 29, se popularizaron a través de la radio los temas ligeros y desenfadados capaces de servir de antídoto a la desesperación de millones de seres humanos, como tan bien reflejó Herbert Ross en esa obra maestra del cine musical que es Dinero caído del cielo.

Así el vals vienés, entendido como música para levantar el ánimo, se caracteriza por sus tempi rápidos, su encanto y sus ansias de alegría y diversión. Pero la Viena de Strauss era también próspera gracias a la desaparición de los bastiones prusianos que tanto la atenazaban, lo que propició el milagro económico. Es la época de los grandes valses, perfeccionados por Strauss, que los elevó de danza campesina a entretenimiento para la corte imperial de los Habsburgo, llevándolos a la vez de los salones de baile a las salas de concierto, y convirtiéndolos así en pequeños poemas sinfónicos derivados de la pasión por ese antecesor rústico que fue el ländler.

Estos días tendremos en Sevilla tres citas ineludibles con esta tradición centroeuropea en la cúspide del refinamiento y la elegancia de los grandes salones aristocráticos. Dos serán en el Teatro de la Maestranza y flanquearán al tercero, el encuentro anual a través de la televisión, la radio e internet con el concierto más popular de todos los años, el que recibe al Año Nuevo de la mano de la Filarmónica de Viena en la Sala Grande o Dorada del Musikverein, lo que la convierte para cualquier melómano que la visite en cualquier época del año en motivo de una emoción difícil de describir. Un concierto que se interpreta también el 30 (ensayo general) y el 31 de diciembre (San Silvestre) y que se remonta al último día de 1939 bajo la dirección de Clemens Krauss, que lo dirigió hasta su muerte, salvo en un par de ocasiones que lo hizo Josef Krips. Desde 1954 se hizo cargo del concierto Willi Boskovsky, que introdujo los bises del Danubio Azul y la Marcha Radetzky, tradicionalmente acompasada por las palmas del público. Desde 1979 lo dirigió Lorin Maazel, entonces director de la Ópera Estatal de Viena, y desde 1987 se encarga su dirección a una batuta diferente cada año, empezando por Karajan y siguiendo por Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Riccardo Muti, el recientemente fallecido Nikolaus Harnoncourt, Seiji Ozawa, Maris Janssons, Georges Prêtre, Daniel Barenboim, Franz Welser-Möst, y Gustavo Dudamel, que con treinta y seis años es el director más joven en asumir tan extraordinario compromiso. El venezolano ha vivido una carrera fulgurante desde sus comienzos en la Sinfónica Simón Bolívar y su paso por ese sensacional proyecto que es la Sinfónica de la Juventud Venezolana con la que visitó Sevilla un 30 de diciembre de 2006 y con el que tantos jóvenes venezolanos como él salieron de la pobreza; así hasta convertirse en director de la Filarmónica de Los Angeles y ganar un Grammy con su interpretación de la Cuarta de Brahms.

Aquí otro joven, el australiano Kynan Johns, asistente del malogrado Lorin Maazel, director del concierto de Año Nuevo vienés en once ocasiones, y de Zubin Mehta en el Palau de las Arts valenciano, y ganador del prestigioso concurso de dirección Dmitri Mitropoulos en 2002, emulará a su maestro frente a la Sinfónica de España, una orquesta auspiciada por la Fundación Excelentia que alterna sus actividades musicales con la Orquesta Clásica Santa Cecilia e integra un buen número de profesionales de la interpretación orquestal entrenados en otras orquestas del panorama nacional. Será hoy 28 de diciembre en el Maestranza y en la cita se podrán escuchar la Obertura de El murciélago, adaptación a la comedia alemana de un vodevil francés, los famosos valses del Emperador, llamado así con intenciones publicitarias tras la subida al trono de Berlín del Kaiser Guillermo II, Voces de primavera, concebido para voz solista y coro para un concierto en beneficio de los indigentes austrohúngaros de Leipzig, y Música de las esferas, este último del hermano de Johann, Josef, con cuyo comienzo quiso imitar la belleza matemática del cosmos. Johann Strauss jr. no inventó el vals, pero sí la polca vienesa, rápida y de orígenes bohemios, a partir de la más moderada polca francesa. De ella encontraremos ejemplos en este concierto como Trish Trash, Tik Tak, Bajo truenos y relámpagos y Ohne sorgen de Josef Strauss. Con igual estética alegre y vibrante abrazaremos también el Galop Banditen, y ya más sosegadas el Nachtigall Polka o Polca del Ruiseñor y Elektro-magnetische, con la que se adelantará a Dudamel y la Filarmónica de Viena. Finalmente Johns ofrecerá el vals España del francés Emile Waldteulfel a partir de temas de la rapsodia España de Emmanuel Chabrier, y que ya ofreció Maris Janssons en el último concierto de Viena. El Danubio Azul, cumbre del vals vienés compuesto en 1867 para un recital de lieder del Wiener Männergesang-Verein (Sociedad Coral de Hombres de Viena), y la inevitable Marcha Radetzky con la que poner a prueba el incontestable sentido del ritmo del público sevillano, pondrán broche final al concierto de esta noche en el Maestranza.

Gustavo Dudamel
Tras la cita del primero de año con Gustavo Dudamel en el Musikverein, John Axelrod continuará la costumbre iniciada en esta misma década por Halffter de programar un concierto de Año Nuevo en los primeros días del 2017, concretamente el 4 de enero. Aunque su estética será algo diferente, no faltará Johann Strauss jr. con el vals Vida de Artista, compuesto poco después del Danubio Azul en esos días de depresión tras la derrota de la armada austriaca en la Batalla de Sadowa, y la Obertura de la opereta El barón gitano, estrenada en el Theater an der Wien en 1885 tras el éxito de El murciélago, que cuenta en clave cómica y bohemia las desventuras de un terrateniente casado con una gitana que resulta ser hija de un pachá turco que esconde un tesoro. Pero Axelrod propone además música de Chaikovski y Richard Strauss, alejados de esta estética de salón que promueve la música de la Dinastía Strauss. El Vals de las Flores del ballet El Cascanueces, una exquisita pieza que Disney animó en Fantasía, el vals del segundo acto de la ópera Eugene Oneguin y la jubilosa Polonesa de su tercer acto, contribuirán a dignificar el concierto del 4 de enero, mientras la Suite de veinte minutos de la ópera El caballero de la rosa, con la que Richard Strauss adoptó un estilo clasicista diferente del atonalismo y el expresionismo cultivados en sus anteriores óperas, Salomé y Elektra, pondrá la guinda a tan suculento menú, en el que también se incluye el vals Oro y plata que da título al programa y que compuso Franz Léhar, famoso por sus operetas, especialmente La viuda alegre, para el baile de la Princesa Metternich de 1902.

Entre medio la gran cita con la música imperial vienesa del 1 de enero nos ofrecerá piezas imperecederas como la Obertura de Ein Morgen, ein Mittag, ein Abend in Wien, de Von Suppé, los valses Märchen aus dem Orient, Accelerationen, Ander Elbe y el famoso Vino, mujeres y canciones de Johann Strauss jr., Dorfschwalben aus Osterreich, de Josef, y polcas y galops de Johann padre e hijo y de sus hermanos Eduard y Josef, entre las que destaca Perpetuum mobile, escrita en 1861 en honor a los nuevos avances en ingeniería que supuestamente habrían de aliviar al hombre de trabajar. También sonará Champagner-Galopp de Hans Christian Lumbye, hasta llegar al Danubio Azul y la Marcha Radetzky que culminarán los fastos que incluyen los a menudo cursis pero siempre encantadores ballets enlatados, hasta que en 2007 Lucía Lacarra decidió irrumpir en el Salón Dorado con su marido Cyril Pierre, y los conjuntos florales con los que la ciudad de San Remo, de la Liguria italiana, engalana cada año el escenario principal del Musikverein, mientras la plantilla de la Filarmónica de Viena nos desea Prosit Neujahr!

Artículo publicado en El Correo de Andalucía el 28 de diciembre de 2016

martes, 27 de diciembre de 2016

MICHELLE & OBAMA Una primera cita que da para mucho

Título original: Southside with You
USA 2016 84 min.
Guión y dirección Richard Tanne Fotografía Patrick Scola Música Stephen James Taylor Intérpretes Tika Sumpter, Parker Sawyers, Vanessa Bell Calloway, Phillip Edwrad Van Lear, Taylar Fondren, Deanna Reed-Foster, Jerod Haynes, Tom McElroy, Stephanie Monday Estreno en el Festival de Sundance 24 enero 2016; en Estados Unidos 26 agosto 2016; en España 23 diciembre 2016

Atendiendo al estreno de Haz lo que debas de Spike Lee, que los protagonistas ven en un cine casi al final de la película, esta primera cita entre Barack Obama y Michelle Robinson que ilustra el joven debutante blanco Richard Tanne, debió acontecer entre finales de julio y principios de agosto de 1989, en un apacible Chicago cuyos vecindarios de color exhiben las carencias y necesidades que la comunidad afroamericana sentía en esa época, casi veinte años antes de que Estados Unidos estrenara un presidente negro. Como una emotiva declaración de amor y respeto al presidente que tuvo en sus manos cambiar el rumbo del Mundo, pero que acumuló más frustraciones que logros, a pesar de que siempre lo mantendremos en nuestra memoria como un hito emocionante e imperecedero, Tanne elabora un guión ingenioso y atractivo en el que casi fantasea con esa primera cita romántica, aunque ella asuma el latoso papel de la resistencia femenina, para situar de manera consistente y ordenada toda declaración de principios del futuro presidente y detalles de su personalidad, así como de su futura esposa, en esta sencilla y modesta pero efectiva película. Entre paseos, visitas a museos, con especial énfasis en el análisis de la pintura de Ernie Barnes, viajes en coche y copas en bares ilustrados con excelente música soul, bailes desatados en el parque al son de percusión africana, y paseos junto al gran lago Michigan a la altura del Planetario, Obama y Michelle desgranan sus anhelos y principios cuando él trabajaba como asociado temporal en el bufete Sidley Austin y ella era su consejera, hasta desembocar en una reunión de comunidad a la que él prestaba su asesoramiento, que parece ser ocurrió realmente en una cita posterior. Esta licencia sirve para que él ejerza sus habilidades como conferenciante y haga símil con el primer alcalde negro de Chicago, Harold Washington, cuyas frustraciones con respecto a la comunidad parecen vaticinar las suyas propias. Parker Sawyers y Tika Sumpter no sólo exhiben unos parecidos más que razonables con los homenajeados, sino que demuestran tener un dominio absoluto de la profesión, encajando detalles de los personajes tan sutiles que sin grandes aspavientos consiguen reflejarlos casi a la perfección. Todo está mimado y cuidado al detalle, como la reacción del jefe blanco de Obama a la salida del cine donde proyectan el clásico de Spike Lee; y no tienen desperdicio los títulos finales, ilustrados con pinturas de Barnes que reflejan las a menudo desdichadas constantes de la comunidad negra en el país de las oportunidades. John Legend produce la película y compone y canta la hermosa canción de los títulos finales, toda una declaración de admiración al presidente que como si de una traición se tratara pasa el testigo al infame Donald Trump.

domingo, 25 de diciembre de 2016

INFILTRADO Apasionante escalada al terror mediante la confianza

Título original: The Infiltrator
USA 2016 127 min.
Dirección Brad Furman Guión Ellen Brown Furman, según la novela de Robert Mazur Fotografía Joshua Reis Música Chris Hajian Intérpretes Bryan Cranston, John Leguizamo, Diane Kruger, Amy Ryan, Joseph Gilgun, Benjamin Bratt, Olympia Dukakis, Elena Anaya, Juliet Aubrey, Jason Isaacs, Rubén Ochandiano, Simón Andreu, Yul Vázquez, Art Malik, Saïd Taghmamoui, Michael Paré, Saniel Mays, Niall Hayes Estreno en Estados Unidos 13 julio 2016; en España 16 diciembre 2016

Basada en sus propias vivencias como policía infiltrado en el mundo del narcotráfico en los años ochenta, Robert Mazur escribió la novela que ahora adapta la esposa del realizador Brad Furman, otorgándole la nota femenina necesaria a una historia en la que el papel sentimental tiene un amplio relieve. Furman dirigió hace unos años un interesante policíaco, El inocente, que le brindó a Matthew McConaughey el primero de los papeles que relanzaron su carrera como actor serio y comprometido. Después vendría la fallida Runner Runner, con Ben Affleck a sus órdenes. Infiltrado puede que sea su mejor película hasta la fecha; un absorbente drama policíaco que nos devuelve la precisión y el excelente pulso del cine americano en estas lides, con una historia que sobre el papel puede parecer archivista, pero que adopta un punto de vista tan fascinante como atractivo, marcando la diferencia con otros productos similares en que aquí se subraya el componente psicológico de quienes arriesgan su vida y las de sus familias para infiltrarse en organizaciones tan peligrosas y criminales como el entramado que dirigía nada más y nada menos que Pablo Escobar en Miami desde Colombia, utilizando para ello sólo la confianza como arma. En este sentido el trabajo del protagonista es imprescindible y Cranston lo borda, abarcando todos los registros posibles en una composición que exige dureza, compasión, miedo y un sinfín de matices diferentes, a todos los cuales Cranston llega con impresionante solvencia. Le acompañan un buen puñado de buenos secundarios, empezando por un violento y radical John Leguizamo, una bella y muy implicada Diane Kruger, y una pléyade de actores y actrices españolas, entre quienes destacan Elena Anaya, Rubén Ochandiano y Simón Andreu, todos perfectos en su papel. Destacar también el magnífico trabajo de Benjamin Bratt y Olympia Dukakis, la magnífica puesta en escena y un absorbente ascenso y caída en los infiernos salpicados de secuencias antológicas, desde el aniversario de boda en un restaurante a la trampa mortal final pasando por el atentado contra el confidente interpretado por Michael Paré mientras conduce. Todo lo cual contribuye a tejer un film apasionante en el que también tiene cabida la denuncia al gobierno americano que financiaba sus campañas bélicas y su industria armamentística con dinero negro proveniente del narcotráfico contra el que hipócritamente decía luchar.

sábado, 24 de diciembre de 2016

BELLEZA OCULTA Un fallido cuento de Navidad

Título original: Collateral Beauty
USA 2016 97 min.
Dirección David Frankel Guión Allan Loeb Fotografía Maryse Alberti Música Theodore Shapiro Intérpretes Will Smith, Edward Norton, Kate Winslet, Michael Peña, Naomie Harris, Helen Mirren, Keira Knightley, Jacob Latimore, Kylie Rogers, Ann Dowd Estreno en Estados Unidos 16 diciembre 2016; en España 23 diciembre 2016

Curtido en comedias como El diablo viste de Prada, El gran año o Si de verdad quieres..., David Frankel da el salto al melodrama con este indigesto cuento de Navidad que no disimula su combinación de manual de autoayda y pornografía sentimental. En el guión está Allan Loeb, uno que va del melodrama despeinado (Cosas que perdimos en el fuego) a la comedia desmelenada (Sígueme el rollo), pasando por la denuncia con fijador (Wall Street 2), y que aquí pretende sin éxito recuperar el espíritu de las comedias con mensaje de Frank Capra, la literatura navideña de Dickens y el cine sentimental norteamericano, últimamente tan abandonado. Pero falta magia y trascendencia en esta película en la que los esfuerzos interpretativos de Will Smith no logran transmitir el dolor que sufre su personaje. Los giros argumentales se pretenden ingeniosos pero se ven a distancia, lo que no evita que algunos sean forzados in extremis. Con todo, su espectacular reparto y la siempre agradecida ambientación en la elegante Nueva York navideña, hacen el producto algo más digerible. Con más talento e ingenio las pautas del guión podrían haber dado lugar a un film más estimable.

ASSASSIN'S CREED Interesante adaptación del famoso videojuego

USA 2016 108 min.
Dirección Justin Kurzel Guión Adam Cooper, Bill Collage y Michael Lesslie Fotografía Adam Arkapaw Música Jed Kurzel Intérpretes Michael Fassbender, Marion Cotillard, Jeremy Irons, Ariane Labed, Brendan Gleeson, Michael Kenneth Williams, Charlotte Rampling, Javier Gutiérrez, Brian Gleeson, Callum Turner, Denis Ménochet, Hovik Keuchkerian, Carlos Bardem, Matías Varela Estreno en Estados Unidos 21 diciembre 2016; en España 23 diciembre 2016

El relativo éxito de Snowtown abrió a Justin Kurzel las puertas del cine de amplio presupuesto con una adaptación violenta y posmoderna de Macbeth. Su protagonista, Michael Fassbender, debió quedar tan satisfecho con los resultados de aquella versión del clásico shakesperiano que, como productor y protagonista, decidió contar con este realizador y su compañera de reparto, Marion Cotillard, para abordar esta traslación del universo de uno de los videojuegos de más éxito de todos los tiempos a la gran pantalla. Aunque los caballeros templarios nacieron en el siglo XII y apenas se mantuvieron durante dos siglos, la cinta se ambienta en el siglo XIV en una Sevilla tenebrosa y asfixiante en la que aún se está levantando la catedral y la Giralda todavía mantiene su aspecto de alminar árabe. Sin embargo los videojuegos viajan por varios siglos desde el XII y apenas han recalado en España, manteniéndose mayoritariamente en Italia, Francia, Turquía y Estados Unidos. El personaje principal, Desmond Miles, ha sido sustituido por Callum Lynch, y el Animus ha pasado de ser una cama articulada a un brazo mecánico, desde el cual Lynch revive las aventuras de su antepasado Aguilar en una Andalucía dominada por Torquemada y la Inquisición, donde los templarios velan por salvaguardar el nuevo orden cristiano frente a los musulmanes a los que prestan su ayuda los asesinos. El macguffin bíblico, en la línea de las aventuras de Indiana Jones, es en este caso la Manzana del Edén, de donde surge la semilla de la maldad con la que la ciencia pretende erradicar la violencia del mundo, mientras el poder de los templarios, aún en pie en época actual, como de hecho reza la leyenda, busca sencillamente el dominio de la humanidad. Con estas premisas Kurzel construye una película de estética oscura pero fascinante, como Macbeth, en la que se suceden luchas encarnizadas, piruetas imposibles y algún destello de filosofía para todos los públicos, con lo que el entretenimiento está asegurado, gracias también a la ayuda inestimable de un reparto multiestelar y eficiente. Tiene el detalle de respetar los idiomas castellano en el XIV e inglés en la actualidad; quienes la vean en versión original encontrarán divertido escuchar a Fassbender o la actriz griega Ariane Labed (Attenberg, Alps, Langosta) entonar un castellano de acento desternillante.

jueves, 22 de diciembre de 2016

DANIEL REUSS & CAPPELLA AMSTERDAM: UN MESÍAS ENTRE ALGODONES

Julia Doyle, soprano. Catherine Hopper, mezzosoprano. Ed Lyon, tenor. Morgan Pearse, barítono. Cappella Amsterdam. Coros participantes: Camerata Vocal Concertante, San Felipe Neri, An Die Musik, Ángel de Urcelay, Ars Vivendi Sevilla, Ciudad de Aracena, Sociedad Musical de Sevilla, Universidad de Huelva, Ateneo de Sevilla, Manuel de Falla, Orfeón Portuense y Orfeón Virgen de la Escalera de Rota. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel Reuss, director musical. Programa: El Mesías de Haendel. Teatro de la Maestranza, miércoles 21 de diciembre de 2016

Daniel Reuss
El Mesías se ha consolidado definitivamente en estos conciertos participativos de Navidad. Ni Carmina Burana ni el Magnificat de Bach, programado en otras ciudades, han podido en Sevilla con la ya asentada tradición de reunir en el Maestranza a las cientos de voces aficionadas que cada año arman el Belén más emotivo de cuantos a nivel musical se puedan imaginar en estas fechas en las que tanto se fomenta la convivencia en paz y armonía. Eso y más supone esta conmovedora experiencia a través de la cual gente de toda condición se convierte durante un par de noches en protagonistas del primer coliseo lírico de Andalucía. El reencuentro año tras año, el trabajo con sus aguerridos directores y la satisfacción de dedicar unas horas diarias a una afición tan hermosa convierte éste en un evento en el que la emoción y la belleza cobran un relieve que trasciende la propia propuesta musical.

Julia Doyle
Este año la complicidad entre el director y los coros participantes fue más acusada que en ocasiones anteriores, a pesar de ciertos desajustes y alguna entrada errada responsabilidad de Reuss, sobre todo al principio de la segunda parte. Alguna vez hemos sugerido otro emplazamiento para los coros participantes, más juntos, para evitar los inconvenientes que provoca el retardo entre terrazas, conscientes de que esa solución restaría por otro lado espectacularidad a la función, traducida en un sorprendente efecto espectral que rememora aquellos discos 4 Phase que tanto popularizó Decca a principios de los setenta del siglo pasado. Con todo cabe aplaudir el extraordinario trabajo y el nivel excepcional de estos coros amateurs con calidad profesional, a los que este año nos consta se añadieron como novedad el Ars Vivendi Sevilla, Ciudad de Aracena y San Felipe Neri.

Ed Lyon
Reuss manifestó una dirección entusiasta e informada, a la vez que delicada y exquisita, de tempi rápidos y ágiles y articulaciones precisas, a lo que la ROSS se plegó de manera encomiable, destacando unos muy armoniosos solos en The Trumpet Shall Sound. El Coro Cappella Amsterdam, especialista tanto en este repertorio como en el romántico e incluso contemporáneo, bordó unas partes corales en solitario igualmente detallistas y esponjosas. En cuanto a las voces, todas británicas, fueron sensacionales, con Julia Doyle, protagonista del penúltimo CD de la Barroca de Sevilla, moldeando una voz segura y de agudos refulgentes, Ed Lyon exhibiendo personalidad, perfecta afinación y armonía en sus partes de tenor, el barítono Morgan Pearse echando mano de los registros más graves para perfeccionar su parte con sensacionales resultados en potencia y proyección, y Catherine Hopper superando en la segunda parte las limitaciones de una voz algo pequeña. Sólo por disfrutar del Aleluya de propina final entonado por todos, incluidos solistas, vale la pena vivir cada año esta feliz experiencia.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 21 de diciembre de 2016

EL TESORO Educación en valores sin elipsis

Título original: Comoara
Rumanía 2016 85 min.
Guión y dirección Corneliu Porumboiu Fotografía Tudor Mircea Intérpretes Toma Cuzin, Adrian Purcarescu, Corneliu Cozmei, Cristina Cuzina Toma, Nicodim Toma, Dan Chiriac, Ilulia Ciochina Estreno en el Festival de Cannes 21 mayo 2015; en España 16 diciembre 2016

Corneliu Poumboiu engrosa desde hace algunos años la nómina de directores rumanos que, como Christian Mungiu han renovado el panorama actual del cine de los países del este. La crítica internacional se fijó en él especialmente a partir de Policía, adjetivo y Cuando cae la noche sobre Bucarest, mientras ahora llega con cierto retraso una fábula que viene muy bien para esta época de buenos sentimientos y educación en valores. La búsqueda de un tesoro se convierte en motor de esta curiosa película; pero no se trata de una cinta de aventuras, sino más bien del reflejo de una sociedad que aún tras una crisis económica de tanta envergadura, sigue mirando al dinero como única fuente que mueve sus pilares, donde germinan conductas execrables, leyes injustas y situaciones insostenibles para el común de la ciudadanía. En ese entorno un padre que lee las aventuras de Robin Hood a su pequeño hijo, intentará inculcarle valores educativos a la vez que orientará el reto que le propone un vecino para fomentar ese tesoro que es en sí misma la infancia, sin corrupción y con toda la ilusión posible en un futuro mejor, aunque sus inesperados giros vayan demostrando que esto está más cerca de la utopía que de la realidad. Lástima que estos cineastas no hayan conseguido en su mayoría librarse del estigma que supone no saber utilizar la elipsis, de forma que en este caso es mucho el tiempo que nos someten a la observación de un detector de metales y las conversaciones que surgen entre los tres personajes principales en un tedioso segmento central que lastra la ligereza de una cinta de apenas hora y media de duración que acaba resultando más pesada de lo conveniente. Obtuvo el premio al mejor reparto en la sección Un certain regard del Festival de Cannes de 2015.

OPERACIÓN ANTHROPOID Desigual crónica sobre la resistencia checa

Título original: Anthropoid
USA 2016 120 min.
Dirección y fotografía Sean Ellis Guión Sean Ellis y Anthony Frewin Música Robin Foster Intérpretes Cillian Murphy, Jamie Dornan, Charlotte Le Bon, Toby Jones, Anna Geislerová, Harry Lloyd, Bill Milner, Sam Keeley, Mish Boyko, Hanna Freijková, Alena Mihulová, Marcin Dorocinski, Jirí Simek Estreno en el Festival de Karlovy Vary 1 julio 2016; en Reino Unido 9 septiembre 2016; en España 16 diciembre 2016

Saludado hace años como renovador del lenguaje cinematográfico con experiencias como Cashback, que fue luego suavizando con otros trabajos también celebrados como Metro Manila, Sean Ellis se encarga ahora con maneras harto academicistas de narrar uno de esos episodios de la Segunda Guerra Mundial que tanto juego dan al cine con intenciones de denuncia histórica. Episodios que hace algunas décadas daban pie a aventuras heroicas cargadas de tensión y dinamismo y hoy se han convertido en duras crónicas sobre la vileza humana y la desmitificación del héroe de antaño, convertido hoy en ser humano con dudas y quiebros, por otro lado comprensible frente a la gravedad de las misiones encomendadas. En este caso es el asesinato del general de las SS Reinhard Heidrich, tercero en la línea de mando de la Gestapo y tristemente famoso por su extrema crueldad y ser el cerebro de la solución final para el pueblo judío. El acontecimiento sirve para ilustrar la invasión a la que fue sometida Checoslovaquia y el papel que jugó la resistencia. Ellis filma y fotografía con maneras clásicas, ahondando en esa estética sepia tan afín al cine de época, pero fracasa cuando combina la trama principal con unas insulsas subtramas románticas, sufre preocupantes caídas de ritmo y tensión, y sobre todo descuida aspectos fundamentales en la preparación de la misión, mientras se entrega a un festival de tiros y explosiones en un final en el que se pretende exhibir la ardua resistencia del comando encargado de la misión mediante la torpeza manifiesta de los soldados alemanes. Una vez más, sin embargo, se deja clara la extrema crueldad que caracterizó a la invasión nazi del continente europeo, sin parangón en ningún otro momento de la historia, ni siquiera ahora que asistimos horrorizados a la barbarie islámica. Parece increíble que todo un pueblo alemán consintiera semejante situación, y que hubiera potencial humano suficiente para mantener la máquina expeditiva a flote. En el aspecto interpretativo cabe destacar el trabajo de Jamie Dornan en su primer papel relevante tras 50 sombras de Grey.

domingo, 18 de diciembre de 2016

SONDRA RADVANOVSKY, UNA VOZ GENEROSA Y AGRADECIDA

Sondra Radvanovsky, soprano. Anthony Manoli, piano. Programa: Obras de Donizetti, Rachmaninov, Massenet, Bellini, Dvorák, Copland y Giordano. Teatro de la Maestranza, sábado 17 de diciembre de 2016 

Después del festín canoro ofrecido por la norteamericana Angela Meade en su magnífica recreación de Ana Bolena de Donizetti, llegó por si fuera poco su connacional Sondra Radvanovsky, atreviéndose además para empezar con otra de las reinas que conforman la trilogía del maestro de Bérgamo, María Estuardo. Exhausta por la hazaña de haber interpretado a las tres monarcas – se completa con Isabel I en Roberto Devereux – en una misma temporada en el Metropolitan, su casa habitual, comenzar con Oh Nube! Che lieve per l'aria t'aggiri lo podemos considerar todo un detalle y un broche de oro a las cuatro memorables funciones operísticas de la pasada semana. Su generosa voz, en potencia y proyección, es de las que dejan pequeño cualquier auditorio. Su tesitura lírico spinto le permite abordar con total prestancia y naturalidad papeles en los que el registro se mueva con generosidad y desbordante sentido dramático. Ella posee además un centro poderoso y un timbre suficientemente oscuro como para sentirse cómoda incluso en papeles con graves tan contundentes como los de las veristas Andrea Chénier de Giordano, de la que bordó una Mamma morta de antología, Tosca de Puccini y Adriana Lecouvreur de Cilea que ofreció como dos de las cuatro propinas que completaron y corrigieron un breve programa.

Breve pero intenso a nivel expresivo, si acaso falto de una mayor dosis de buen gusto para recorrer con finura y exquisitez la gama de registros que con tanta naturalidad se permitió en páginas como Pleurez, pleurez, mes yeux de El Cid de Massenet. Radvanovsky posee unos recursos naturales envidiables, y no cabe duda de que ha trabajado con encomiable disciplina la técnica para dominar su voz a ese exuberante nivel. Lástima que las canciones de Rachmaninov las entonara con igual sentido dramático alejado de la estética liederista, siempre acompañada de un competente Anthony Manoli, de adecuado estilo rapsódico en estas páginas. Mejor resultaron las tres canciones seleccionadas de Bellini, ejemplo de encanto y amabilidad con las que la soprano continuó metiéndose al público en el bolsillo, gracias a su saber estar y esa simpatía habitual, sin complejos, de los artistas americanos.

Pero Radvanovsky no sólo es una artista generosa y de poderosa proyección; es además muy agradecida. No sólo a un público al que deleitó también con su verborrea sino a sus raíces, a un padre al que evocó con las canciones de Rachmaninov por sus orígenes rusos, con las de Copland, cantadas con notable sentido afable, que dedicó a su infancia en Chicago, y con una Canción de la Luna de Russalka que tanto le marcó cuando estudiaba en California con Martial Singher apenas unas semanas después de fallecer su progenitor. Un recuerdo a su padre y a su país de nacimiento, aunque ahora nacionalizada canadiense, que perpetuó en las propinas I Could Have Danced All Night de My Fair Lady y una canción navideña de Deanna Durbin, que miren ustedes por dónde a mí me recordaron con emoción al mío.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 16 de diciembre de 2016

ROGUE ONE: UNA HISTORIA DE STAR WARS Un chicle estirado

Título original: Rogue One: A Star Wars Story
USA 2016 133 min.
Dirección Gareth Edwards Guión Chris Weitz, Tony Gilroy, John Knoll y Gary Whitta Fotografía Greig Fraser Música Michael Giacchino Intérpretes Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelssohn, Donnie Yen, Jiang Wen, Mads Mikkelsen, Forest Whitaker, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Jonathan Aris, Jimmy Smits, Alistair Petrie, Genevieve O’Reilly, Valerie Kane Estreno 15 diciembre 2016

Cuando George Lucas acometió la tarea de realizar la primera trilogía de la saga galáctica, la que se estrenó en segundo lugar, decidió hacer algo creativo y diferente a lo ofrecido en la segunda y primera en estrenarse. Puede que el resultado fuera infantil y artificioso, lo que le granjeó duras críticas, y que el regreso a la estética y el espíritu de la saga original por parte de J.J. Abrams para acometer el episodio séptimo fuera del agrado de los fans galácticos y cosechara tan buenas críticas como las que recibió el pasado año, pero desde luego traicionaron la intención de Lucas de seguir avanzando por nuevos derroteros en los que la imaginación y la creatividad tuvieran su protagonismo, aunque para ello tuviera que arriesgar. Fue el peaje a pagar por vender los derechos a una productora tan ambiciosa y ávida de poder y dinero como la Disney, lo que a buen seguro le reportará también al propio Lucas unos buenos dividendos. Esa misma ambición económica ha propiciado la invasión de títulos alrededor de la saga original (que tampoco fue tal en un principio hace cuarenta años), que amenazan con aterrizar en nuestras pantallas con puntualidad anual. Rogue One es el primero de esos títulos, se ambienta entre los episodios tres y cuatro y nos cuenta la lucha de la Alianza contra el Imperio por hacerse con los planos de la recién construida Estrella de la Muerte y así conocer sus puntos débiles. Para tal misión se ha contado con los recursos más lujosos y sofisticados, sin escatimar en nada por aquello de tratarse de un spin-off. En el guión intervienen Tony Gilroy, autor de la saga Bourne, quizás para insuflar al conjunto de acción oscura y un tanto moderna, y Chris Weitz, cuyos trabajos para Un niño grande, La brújula dorada o la reciente Cenicienta pudieran asegurar un tratamiento más amable y romántico de la aventura. Sin embargo la historia acaba por resultar una nadería más, repetición de estructura narrativa y dramática, personajes clon de los ya conocidos y situaciones archivistas, y lo peor, sin que aporte nada nuevo ni incluya análisis alguno capaz de incidir en nuestro intelecto o parangonarse con situaciones políticas o económicas actuales, lo que hubiera sido un detalle y un aliciente. No es más que un chicle estirado para hacer caja, bien fabricado eso sí, en el que hasta la música de Giacchino es una impersonal imitación, también artesanalmente articulada, del estilo de John Williams, y no sólo por el uso de leit motivs identificables.

jueves, 15 de diciembre de 2016

PATERSON La métrica de la rutina

USA 2016 113 min.
Guión y dirección Jim Jarmusch Fotografía Frederick Elmes Música Sqürl Intérpretes Adam Driver, Golshifteh Farahani, Barry Shabaka Henley, Chasten Harmon, William Jackson Harper, Kara Hayward, Jared Gilman, Sterling Jerins, Rizwan Manji, Trevor Parham, Troy T. Parham, Brian McCarthy, Frank Harts, Masatushi Nagase Estreno en el Festival de Cannes 16 mayo 2016; en España 7 diciembre 2016; en Estados Unidos 28 diciembre 2016

Un poema de William Carlos Williams titulado así, Paterson, y un sinfín de figurantes gemelos dan la pista del doble carácter de esta preciosa película de Jim Jarmusch, que se revela como crónica poética de la rutina en la que nos vemos sumergidos la mayoría de los mortales y que genera una especie de simetría en nuestras vidas, como un bucle que se repite y del que cuesta salir. Pero que nadie se confunda, no se trata del Día de la Marmota. Adam Driver (Mientras seamos jóvenes, Hungry Hearts, El despertar de la fuerza y muy pronto en Silencio de Martin Scorsese) se presta aquí a dar vida a uno de esos personajes que si hubieran recibido el tratamiento de tarado o psicológicamente inestable habría acabado provocando nuestra irritación. Por el contrario su singularidad reside en un carácter notablemente afable, controlado y relajado, un observador nato de la vida, de la gente y de los pequeños detalles que nos rodean, de donde surge su coqueteo con las palabras en forma de originales y muy sugestivos poemas que va recopilando en un cuaderno que llama secreto. A su lado la hermosa actriz iraní Golshfiteh Farahani (A propósito de Elly, La piedra de la paciencia, Los dos amigos) y un perro muy particular conforman una singular familia en la que el respeto y la consideración emanan con tanta facilidad como naturalidad. Paterson, que también así se llama el protagonista, conduce un autobús desde el que comparte experiencias de sus viajeros, un poco como ocurría en los taxis de Noche en la Tierra, mientras su propia rutina le lleva a repetir frases y expresiones en sus significativos poemas en un ejercicio que sumerge al espectador y la espectadora en una experiencia a veces hipnótica y siempre encantadora. La misma rutina le lleva también a frecuentar un bar en el que se dan cita otros personajes que entroncan con ese universo nocturno tan afín al director de Extraños en el paraíso y la poética implícita en otros films suyos como Ghost Dog o Dead Man, y en última instancia incluso Sólo los amantes sobreviven. En este inspirador viaje que acaba haciéndonos flotar descubrimos que en esta mediana ciudad de New Jersey nacieron personajes tan emblemáticos de la cultura norteamericana como Gaetano Bresci (anarquista que asesinó al Rey Umberto I de Italia), el boxeador “Huracán” Carter, Lou Costello (pareja artística de Bud Abbott), Allen Ginsberg (el destacado poeta de la Generación Beat) y el propio palindromórfico William Carlos Williams, lo que nos invita rápidamente a comprobarlo en la Wikipedia. Sólo por la evocadora secuencia en la que Driver, tras sufrir un shock emocional, se encuentra con otro poeta aficionado fascinado por la ciudad y su emblemático poeta, encarnado por Masatoshi Nagase, a quien vimos recientemente en Una pastelería en Tokio y protagonizó uno de los primeros films de Jarmusch, Mystery Train, ya merece dejarse atrapar por la belleza de esta métrica de la rutina aparcada en el encanto de una ciudad de provincias de la costa este norteamericana.

LAS POSIBILIDADES DE LA MADERA CON ERIC HOEPRICH Y SOLISTAS DE LA BARROCA DE SEVILLA

Temporada 2016/2017 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Solistas de la OBS. Eric Hoeprich, clarinete histórico. Programa: La caña perfecta (Concerto en Fa Mayor, de Hasse; Sonata à 4 TWV 43:F2, de Telemann; Trío GWV 2011 de Graupner; Divertimento KV439b, de Mozart; Trío Op. 61, de Devienne; Sinfonía en Si bemol Mayor W Blnc, de J.C. Bach). Espacio Turina, miércoles 14 de diciembre de 2016

Una caña perfecta rezaba el título de esta última convocatoria de la Barroca; pero no fue una invitación a una cerveza fresquita y echada con gracia, se refería a la caña que recorre y produce el sonido del clarinete y otros derivados cortesía del gran instrumentista Eric Hoeprich. El músico de Baltimore, que en 2015 hizo una curiosa reinterpretación de la Júpiter de Mozart en el seno del Femás, vino acompañado de una nutrida colección de instrumentos de la familia del clarinete, algunos de incalculable valor musicológico, con especial mención de los chalumeaux tenor y alto, para lo que hubo de echar mano de algunos compositores poco divulgados.

Johann Adolf Hasse compuso muchas óperas en época de transición entre el barroco y el clasicismo, y también obras como este Concerto en Fa mayor de tono bufo y desenfadado y estructura muy básica, en la que Hoeprich hizo sonar este instrumento antiguo precedente del clarinete, que aunque fácil de tocar exige altas dosis de expresividad para extraer el sonido suave y cálido que le caracteriza. La calidad compositiva aumentó con Christoph Graupner, prolífico compositor alemán de alto nivel inventivo, muy apreciado por la calidad gráfica de sus partituras manuscritas. Aquí Hoeprich exhibió agilidad y frescura, destacando sus movimientos lentos de considerable pureza lírica. Los valores seguros de Telemann y Mozart dejaron claro por qué unos autores no se olvidan mientras otros tienen que ser continuamente repescados. La pieza de Telemann resultó una notable demostración de fuerza, energía y precisión. Leo Rossi ofreció una eficaz réplica al violín, mientras Mercedes Ruiz y Alejandro Casal mantuvieron perfectamente el tipo como base armónica del conjunto.

En la segunda parte, donde seguimos disfrutando del formidable fagotista Eyal Streett, el clarinete y el corno di bassetto, una suerte de clarinete bajo de cuerpo curvado y un timbre más oscuro, expresaron la belleza de piezas de puro entretenimiento de Mozart o de mayor enjundia del compositor francés François Devienne, cuyo Trío en Do Mayor Op. 61 nº 1 fue la auténtica revelación de la noche, por su gracia y galanteo. En él Guillermo Peñalver lució mejor a la flauta que en el Hasse de apertura, más cálido y seguro, mientras Óscar Argüelles dominó el corno y el clarinete también en la pieza del hijo menor de Bach, Johann Christian, de estética inglesa especialmente por la intervención de una trompas que Rafael Mira y Vicente Giner controlaron de manera irregular, sin extraer de ellas un sonido suficientemente compacto y expansivo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 14 de diciembre de 2016

UNA NOCHE MEMORABLE CON ANNA BOLENA EN EL MAESTRANZA

Anna Bolena, de Gaetano Donizetti. Libreto de Felice Romani. Maurizio Benini, dirección musical. Graham Vick, dirección escénica. Paul Brown, escenografía y vestuario. Giuseppe di Iorio, iluminación. Iñigo Sampil, director del coro. Intérpretes: Angela Meade, Ismael Jordi, Ketevan Kemoklidze, Simón Orfila, Stefano Palatchi, Alexandra Rivas, Manuel de Diego. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro Filarmónico de Verona y la Fundación Arena de Verona. Teatro de la Maestranza, martes 13 de diciembre de 2016


¿Será Angela Meade la Ana Bolena de los tres mi trescientos días, como la desdichada reina inglesa lo fue de los mil días - como rezaba el título de la célebre película que protagonizó Genevive Bujould hace cuarenta y seis años -, habida cuenta de que la soprano norteamericana debutó en el rol hace ahora nueve años? A la vista de los resultados disfrutados en esta función parece que su encarnación del personaje se prolongará mucho en el tiempo, sobrepasará con creces esos tres mil trescientos días apuntados, y se convertirá en una referencia segura; eso siempre que cuide su salud, lo que pasa por controlar el peso. Habíamos sido avisados de que la confluencia de factores felices en la noche del estreno haría difícil que el milagro volviera a obrarse en las funciones siguientes; afortunadamente no fue así, y tanto la del sábado, de la que dejó buena constancia mi amigo Fernando López Vargas-Machuca, como la tercera del ¡martes 13! nos dejaron igual de boquiabiertos que a quienes asistieron el jueves 8 de diciembre. Las espléndidas críticas cosechadas debieron surtir efecto a juzgar por lo lleno que nos pareció el Maestranza. Para quienes no profesamos ese amor incondicional por el bel canto, Anna Bolena nos puede parecer un título excesivo y, como dicen los italianos, pesante. Sin embargo, cuando una música, sea del talante que sea, viene acompañada de tan suculentos ingredientes y todo funciona de manera tan ejemplar, la partitura se dignifica y engrandece, sonando con todo el relieve y la belleza que merece. Así sucedió con esta producción que llegó de Verona y cautivó a Sevilla.

Todo lo que se ha dicho de Angela Meade es cierto y se queda corto. A pesar de ser la protagonista absoluta, su participación encandila hasta el punto de que desearíamos estar escuchándola toda la noche, a cada momento, y repetir la experiencia hasta la saciedad. La emisión de su voz es pura naturalidad, con filados muy trabajados que a la vez parecen sin esfuerzo, una concepción del legato que excede de lo convencional y un exquisito gusto en la modulación así como en el control de los reguladores y las dinámicas, pasando con una facilidad pasmosa de los pianissimi más complejos a unos sensacionales agudos, primando siempre la elegancia y la naturalidad, sin excesos ni ornamentaciones artificiosas. Lo suyo es auténtica responsabilidad musical o cómo conseguir con los mejores recursos a su alcance, los que le ha proporcionado una generosísima naturaleza, ponerse por entero al servicio de la belleza, sin artilugios ni imposturas. En lo expresivo, tanto gestual como a nivel de canto, mantuvo toda la noche una postura de dignidad y orgullo no exento de arrogancia que quizás no sea lo más habitual en su papel de reina despreciada y traicionada, pero que funcionó bien frente a una Jane Seymour a la que Ketevan Kemoklidze dotó de una adecuada progresión de carácter que fue desde la ambición a la piedad. Destacábamos a propósito de la interpretación de la mezzo georgiana en La muerte de Cleopatra de Berlioz junto a la ROSS hace apenas un mes, su timbre brillante e imponente proyección, además de una considerable teatralidad. Todos esos atributos, además de un canto sedoso y una ajustada sensualidad, asomaron también en el rol de la tercera esposa de Enrique VIII, logrando momentos tan sublimes como el duelo que protagonizaron ambas reinas en el segundo acto, prodigio de expresividad y afinación, que fue seguido de una extensa ovación. Ismael Jordi volvió a entusiasmar a su enamorado público sevillano, a pesar de una cavatina del primer acto en la que tuvo que recurrir a soluciones un tanto forzadas y estridentes para alcanzar los intrincados agudos propuestos en la compleja partitura. El resto fue como la seda, quizás demasiado intenso y melodramático, pero enorme en potencia y belleza vocal. El personaje del rey se hubiera beneficiado de una voz más grave que la de Simón Orfila, que sin embargo encaró el personaje con muchas profesionalidad y sumando en la apuesta por ennoblecer la función, aunque mostrara un Enrique VIII más afligido que cruel. Alexandra Rivas, ya familiar para el público del Maestranza, también estuvo a la altura a pesar de una tesitura más aguda que la de contralto que demanda la partitura, mejor en la escena de la alcoba que en su intervención inicial. De voz profunda y bien colocada, no tan tremolante como en otras ocasiones, la intervención de Stefano Palatchi se sumó también al estado general de gracia, que no hubiera sido posible sin la batuta sabia y controlada del experto Maurizio Benini, que ya dirigió a la ROSS en la Norma de hace dos temporadas que canceló precisamente Angela Meade.

Sin el acompañamiento respetuoso y elegante de Benini, no por discreto menos perceptible y con personalidad, el espectáculo no hubiera sido lo mismo. Ejemplo claro de la confluencia de majestuosidad y exquisitez fue el magnífico cuadro de la cacería, donde relucieron todos los elementos estéticos de la producción. Ejemplares también las voces del coro, magníficas replicadoras del sufrimiento de la reina como si de una tragedia griega se tratara. La puesta en escena de Graham Vick es un compendio de cordura y buen gusto, exquisito en todos los detalles y con soluciones estéticas que la sacaron del habitual estatismo de este tipo de propuestas. Entre lo clásico y la modernidad, y entre lo gótico y lo romántico, combinándolos acertadamente teniendo en cuenta el carácter del título en cuestión, sobre todo en el vestuario. Paredes de estilo gótico inglés en metacrilato para entrever el movimiento escénico detrás, elementos simbólicos tan significativos como una corona de espinas gigante o una enorme espada atravesando el escenario, o una cruz griega como plataforma giratoria sobre la que iban sucediéndose las distintas escenografías, fueron dotando al conjunto de una solemnidad y una exquisitez extremas, redondeado con un concepto de la iluminación que, salvo algún despiste en la escena final de la locura, contribuyó al acabado perfecto de un espectáculo memorable.

martes, 13 de diciembre de 2016

EL EDITOR DE LIBROS Reducción escénica de una relación genial

Título original: Genius
Reino Unido 2016 104 min.
Dirección Michael Grandage Guión John Logan, según el libro de A. Scott Berg Fotografía Ben Davis Música Adam Cork Intérpretes Colin Firth, Jude Law, Nicole Kidman, Laura Linney, Guy Pearce, Dominic West, Vanessa Kirby, Demetri Gurutsas, Katherine Kingsley, Andrew Byron Estreno en el Festival de Berlín 16 febrero 2016; en Estados Unidos 10 junio 2016; en España 7 diciembre 2016

A pesar de constituir el germen mismo del cine, la literatura no ha encontrado mucho reflejo en la gran pantalla. No nos referimos claro está a las adaptaciones literarias, que esas abundan en exceso, sobre todo cuando hay sequía para generar historias nuevas y originales. Nos referimos más bien a la literatura en sí, al proceso creativo, a la biografía de los grandes autores, a su influencia en la vida de los mortales, a sus infinitas posibilidades como actividad inspiradora y creativa. Para su debut cinematográfico el director escénico Michael Grandage se ha puesto el listón demasiado alto con esta ambiciosa película sobre la relación profesional, de amistad y casi paternofilial entre el controvertido escritor norteamericano Thomas Wolfe y su editor Maxwell E. Perkins de la casa neoyorquina Charles Scribner’Sons, fundamentalmente durante los años inmediatamente posteriores a la Gran Depresión. Sus muy cuidados diálogos, su espectacular reparto y una exquisita ambientación no se corresponden con los resultados dramáticos de una historia que no llega a conmover lo suficiente, casi apenas atrae, y eso que el material daba para eso y mucho más. Se trata de un retrato maniqueo e insuficiente de un autor de fortísima personalidad, grandilocuente y megalómano pero a su vez con un portentoso cariz poético que utilizó infatigablemente en su narrativa. El trabajo del editor como lector y arreglista, una suerte de productor, debiera verse bien reflejado en esta vampírica relación, y sin embargo queda, como el resto, en la superficie. No ayuda que la presentación de los personajes sea arquetípica, con un Wolfe sobreactuado (Jude Law no acierta a darle dimensión poética y humana a un personaje simplemente excesivo en sus gestos y expresiones), su desquiciada pareja, con quien mantenía una relación tormentosa, enmarcada en una más bien gélida Nicole Kidman, aunque con momentos muy lúcidos de esta espléndida actriz, y unos Scott Fitzgerald y Hemingway de manual, tan aristocrático el primero como socarrón el segundo. Sólo se salva un majestuoso Colin Firth, quizás demasiado sereno pero con cuyos emocionantes gestos finales, incluida esa retirada de un sombrero que ha portado durante todo el metraje, justifica el visionado del film; y su esposa, una espléndida, como siempre, Laura Linney que sin embargo apenas cobra relieve en una función liderada por los dos protagonistas masculinos. La soledad del escritor y su vida disipada, que dio lugar a obras cumbres de la literatura americana como El ángel que nos mira o Del tiempo y el río, con personajes que eran sus alter ego, debiera haber disfrutado de una realización más precisa y convincente y un guión más atractivo y menos farragoso. Así las cosas, el pulso entre el genio (título original e la cinta) del autor y el de su editor y descubridor, queda desdibujado para decepción del espectador, y todo muy a pesar de sus solemnes, respetuosas y académicas hechuras.

MARÍA (Y LOS DEMÁS) Una Diosa desencajada

España 2016 90 min.
Dirección Nely Reguera Guión Nely Reguera, Valentina Viso, Eduard Solá, Roguer Sogues y Diego Ameixeiras Fotografía Aitor Echevarría Música Nico Casal Intérpretes Barbara Lennie, José Ángel Egido, Pablo Derqui, Vito Sanz, Julián Villagrán, María Vázquez, Rocío León, Miguel de Lira, Marina Skell, Alexandra Pineiro Estreno en el Festival de San Sebastián 17 septiembre 2016; en salas comerciales 7 diciembre 2016

Más que una película narrativa, el debut en el largometraje de Nely Reguera es un experimento en forma de retrato de mujer; una mujer que sospechamos tendrá mucho que ver con su autora, y a la que da vida una espléndida Barbara Lennie, en última instancia el único pretexto de peso para ver la cinta. El problema es que Lennie es una Diosa, y aquí eso lo atestiguan perfectamente su sesión de fotos de novia al estilo Marilyn Monroe y su rueda de prensa ficticia, en la que luce como si de una nueva Ava Gardner se tratara. Y a una Diosa no se le desprecia ni margina como ella sufre en esta película. Rodeada de los suyos en comidas y reuniones familiares rodadas con una naturalidad y frescura que ya quisiera la reciente Las furias, María ve cómo su mundo se desmorona cuando su padre, al que ha cuidado durante veinte años, se recupera de un cáncer y proyecta una nueva vida en la que ella sobra, no encuentra salida a sus aspiraciones profesionales y la vida sexual supuestamente cómoda que disfrutaba empieza a resultarle insatisfactoria. Y lo peor es que no parece encontrar solución a ninguno de estos problemas. A su alrededor todos viven sus vidas e ilusiones y ella no parece encajar en ellas, aunque sea una Diosa, cuando lo único que parece pedirle a la vida es sentirse necesitada e imprescindible para llevar las riendas de las vidas de los demás. Es así, no le va mucho el personaje, aunque se esfuerce y ponga mucha naturalidad y considerables dosis de encanto y seducción en el empeño.

domingo, 11 de diciembre de 2016

VÍSPERAS SICILIANAS EN VALENCIA: ENCICLOPEDIA ITALIANA

I vespri siciliani, de Giuseppe Verdi. Libreto de Eugène Scribe y Charles Duveyrier adaptado por Ettore Caimi. Roberto Abbado, dirección musical. Davide Livermore, dirección escénica. Santi Centineo, escenografía. Giusi Giustiino, vestuario. Andrea Anfossi, iluminación. Luisa Baldinetti, coreografía. Francesc Perales, director del coro. Intérpretes: Gregory Kunde, Maribel Ortega, Juan Jesús Rodríguez, Alexánder Vinogradow, Andrea Pellegrini, Cristian Díaz, Nozomi Kato, Moisés Marín, Andrés Sulbarán, Jorge Álvarez, Fabián Lara. Orquesta de la Comunitat Valenciana y Coro de la Generalitat Valenciana. Coproducción del Teatro Regio di Torino y ABAO-OLBE. Palau de las Arts Reina Sofía, Valencia; sábado 10 de diciembre de 2016

Sevilla y Valencia son estos días protagonistas de dos puestas en escena de ópera muy especiales, con títulos raramente programados, por lo que acercarse a ellas constituye un privilegio que no se puede rechazar. Por eso no puedo sustraerme a decir algunas palabras sobre estas Vísperas Sicilianas de la actual temporada lírica del coliseo valenciano. Cuando Scribe eligió a Verdi para ponerle música a su drama libertario, los protagonistas eran el Duque de Alba y la dominación española sobre los países bajos, pero el compositor vio en el libreto la oportunidad de ilustrar los cambios que se estaban operando en su país, que no existía como tal pero se encontraba a las puertas de hacerlo en un proceso de conciliación de la libertad y la participación del pueblo inédito en la Europa del momento. Abordó entonces el material dramático para afrontar un encargo de la Ópera de París que debía alcanzar la grandiosidad de las óperas francesas, incluido un ballet de más de media hora en el acto III, y que contara con una escenografía grandiosa. Para su adaptación al italiano Verdi debió evitar susceptibilidades en un momento de profundos cambios, convirtiendo la época y el escenario en Portugal bajo dominación española. Tras la unificación de Italia en 1861 se volvió a la versión original francesa, traducida al italiano y sin ballet, que es la que pudimos ver en Valencia.
 
Esta producción recibió generosos vítores en 2011, cuando se concibió para conmemorar el ciento cincuenta aniversario de la unificación italiana. Por eso se trata de un compendio de tópicos, miedos y constantes del querido país en época contemporánea. Una producción que aúna con acierto y elegancia la mafia siciliana, la corrupción política, la manipulación de los medios, la herencia fascista (evidente en la arquitectura administrativa), la obsesión por el sexo y la pasarela, o el espejo de realities, shows y concursos con los que se quiere contentar a unas clases sociales proletarias cada vez más anestesiadas y amnésicas, así hasta llegar a los populismos con los que hoy parecen confundirse los alzamientos populares. Todo muy logrado y convincente, si no fuera porque con estos experimentos de traslación de momento y lugar se acaba desviando la atención de lo que realmente importa, la música, con textos que no encajan con lo que vemos, y nuestra mente centrada en comprender lo que se nos quiere transmitir. Aún así no podemos negarle al espectáculo una grandeza evidente, con una acertada dirección escénica del actual director artístico del Palau, Davide Livermore, dinámica y espectacular, y un eficiente trabajo de figuración en el que destacaron unos muy bien entonados y afinados coros, a pesar de que en ciertos pasajes sonaron descompasados con respecto a la excelente Orquesta de la Comunidad, dirigida con acierto y un notable conocimiento de una partitura de tan fino anclaje, audaces matices y fuerza melódica y armónica por parte de Roberto Abbado.
 
También las voces acompañaron eficazmente al conjunto, si bien salimos algo decepcionados con el trabajo de la jerezana Maribel Ortega, en quien depositábamos muchas esperanzas. Su proyección se resiente cuando se mueve entre los registros más graves, como ocurrió en su aria del primer acto, mientras funciona mejor cuando se mueve en registros más amplios, como en el dúo de amor del segundo o sus intervenciones en el acto final, donde demostró ser capaz de controlar la voz incluso en los agudos más intrépidos. Gregory Kunde volvió a exhibir una voz de amplios recursos, que modula con dominio y solvencia, pero acusa exceso de temperamento tanto en su actuación como en su expresividad canora. Más convenció el Monforte de Juan Jesús Rodríguez, que supo combinar rigor y severidad con nobleza y ternura, dejando claro por qué su papel es uno de los más apreciados para barítono del repertorio verdiano. Pero quien más ovaciones recibió fue el Procida de Alexánder Vinogradow, a pesar de que en su aparición en el segundo acto nos pareció algo inexpresivo y monótono. Sin embargo hemos de reconocer que fue quien mejor mantuvo en todo momento una línea de canto firme y homogénea. Especialmente prodigioso nos resultó cuando en el cuarto acto cantó tumbado boca abajo, incluida la cabeza, sin que eso mermara ni un ápice su potencia canora. Los múltiples recursos técnicos y artísticos a disposición de una vistosísima puesta en escena, y estos valores musicales que indudablemente pudimos disfrutar en estas vísperas valencianas, hicieron que el espectáculo mereciera sin duda la pena.

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE Mártir a las puertas del infierno

Título original: Hacksaw Ridge
USA 2016 131 min.
Dirección Mel Gibson Guión Robert Schenkkan, Randall Wallace y Andrew Knight Fotografía Simon Duggan Música Rupert Gregson-Williams Intérpretes Andrew Garfield, Sam Worthington, Vince Vaughn, Hugo Weaving, Teresa Palmer, Luke Bracey, Rachel Griffiths, Richard Roxburgh, Matt Nable, Nathaniel Buzolic, Ryan Corr, Luke Pegler Estreno en el Festival de Venecia 4 septiembre 2016; en Estados Unidos 4 noviembre 2016; en España 7 diciembre 2016
 
Tras diez años sin dirigir, desde Apocalypto, Mel Gibson ha encontrado en la figura de Desmond Doss, un héroe de guerra norteamericano que paradójicamente no empuñó un arma durante la contienda, la motivación para volver a realizar una de esas difíciles películas que tanto le gusta afrontar. Dividida en dos partes bien diferenciadas, Gibson nos cuenta con hechuras clásicas y una narrativa fluida la infancia del protagonista, sus motivaciones religiosas y personales para decidir no coger nunca un arma, y sus avatares sentimentales, para a continuación arrojarlo a todo un ritual de martirio y sufrimiento, cuando tras asumir su compromiso patriótico en plena Segunda Guerra Mundial, es objeto de escarnio, consejos de guerra, burla y abusos de sus superiores y compañeros de batallón. Cuando ya nos hemos familiarizado con el personaje, interpretado con coraje y convicción por Andrew Garfield, Gibson nos arroja al cruento y desatado campo de batalla, concretamente a los múltiples intentos de toma del Hacksaw Ridge del título original, durante la Batalla de Okinawa, donde Doss demuestra su entrega y valentía, en parte debida a la fe depositada en tantos años de militancia en la Iglesia Adventista. Es entonces cuando el director de Braveheart se entrega a una dificilísima tarea, la de recrear con realismo post Salvar al soldado Ryan, el infierno de la guerra, y nos sumerge en ella durante casi la segunda mitad de la película. El ejercicio por supuesto se antoja desagradable y a menudo insoportable, pero eficaz para sostener su postura sobre la violencia como antídoto y solución ante la falta de entendimiento y su sinrazón. Su discurso puede parecer incoherente, pero nada hay más eficaz que mostrar las consecuencias del desastre para convencer de la idoneidad de abandonar tanta violencia como proceso para resolver nuestras diferencias. No hay novedades ni grandeza en este quinto film dirigido por Mel Gibson, más allá de un notable dominio en la dirección de actores y el manejo de la compleja técnica que lo soporta, amén de mantener un discurso fluido; pero sobre todo conserva el encanto de lo bien hecho, y especialmente de lo hecho con el corazón.