lunes, 3 de febrero de 2020

UN AMERICANO EN PARÍS CON ORQUESTA: IT'S WONDERFUL! IT'S MAGIC!

Un americano en París con Orquesta. Música de George Gershwin. Orquesta Sinfónica Camera Musicae. Anthony Gabriele, director. Cartuja Center, domingo 2 de febrero de 2020

Hace ya medio siglo que la recuperación de grandes partituras cinematográficas se convirtió en tarea de algunas de las orquestas sinfónicas más prestigiosas del mundo. Las ya míticas grabaciones de Charles Gerhardt al frente de la National Philharmonic en la década de los setenta del siglo pasado, fueron el arranque de una moda que se ha extendido hasta nuestros días y que dio paso también a la interpretación de estas músicas en escenarios de todo el planeta. Sevilla fue pionera y ahora abraza por primera vez una nueva práctica que se va extendiendo también de forma más que satisfactoria, como es la recreación en directo de las bandas sonoras de clásicos del cine. Es cierto que ya hemos disfrutado en varias ocasiones de esta práctica cuando se trataba de películas mudas. Nuestra Sinfónica ha interpretado en el Maestranza la música de La revoltosa y de la Carmen de Cecil B. de Mille, y conjuntos camerísticos y experimentales han puesto también música a clásicos del cine mudo. Pero hace tiempo que en otras plazas se extrae la música incluida en la banda sonora de la película para ofrecerla en directo. Ha ocurrido con la partitura de John Williams para E.T. o la de Bernard Herrmann para Con la muerte en los talones.

Atreverse con un musical tan emblemático como Un americano en París y desgranar la música de Gershwin que sirvió como pretexto para articular en 1951 esta joya de la Metro Goldwyn Mayer, nos parecía a priori una empresa muy complicada, dado el estilo tan particular que tenían las orquestas de los grandes estudios del Hollywood clásico para abordar este género, y muy especialmente el del león, cuyo legado en el musical se convirtió en legendario e imperecedero. Exigía además aislar las voces originales de Gene Kelly o Georges Ghétary, y en este caso también el piano de Oscar Levant, que interpreta incluso un divertido refrito del Concierto en Fa mayor del autor de Porgy and Bess, y sincronizarse con matemática precisión no solo a la acción sino a las voces y a la danza. La Orquesta Sinfónica Camera Musicae, con sede catalana y bajo la dirección del australiano Anthony Gabriele, lo ha conseguido con creces.

Recreación del musical americano

Son muchos los directores y conjuntos que al hilo de estas recuperaciones de la música de cine se han acercado a las partituras de películas musicales. Las magníficas recreaciones de los musicales de la Warner de los treinta a cargo de John McGlinn y la London Sinfonietta, así como las de los clásicos de la Metro por Elmer Bernstein y la Royal Philharmonic, siguieron patrones clásicos de la interpretación sinfónica, como desde otras estéticas hicieron también Erich Kunzel y la Cincinnati Pops o John Williams y la Boston Pops. Pero fue el británico John Wilson y su orquesta quienes desde principios de este siglo lograron recrear ese particular sonido tal como se hacía en su época, incidiendo en el vibrato y extrayendo de la cuerda ese característico espesor y timbre que dieron personalidad a la Fox, la Metro o la Warner. Y fue ese acierto el que atisbamos también en la batuta de Gabriele y la espléndida recreación que la Sinfónica Camera Musicae hizo de Un americano en París, para después leer en el programa de mano que su adaptación para orquesta en directo era responsabilidad efectivamente de Wilson. Combinar el lirismo de Love Is Here to Stay con el swing de I Got Rhythm, la elegancia de It’s Wonderful, o el jazz de Strike Up the Band o Embreceable You en la música diegética que suena en los clubs y fiestas nocturnas, no es empresa fácil, y sin embargo fue resuelta con sobresaliente alto hasta derivar en una magnífica recreación del famoso ballet de casi veinte minutos de duración que cierra la película, en la adaptación que del mismo hicieron Johnny Green y Saul Chaplin y que les valió uno de los seis Oscars con los que la Academia bendijo a la película de Vincente Minnelli, entre ellos también el de mejor película.

Gene Kelly y Leslie Caron en el famoso ballet final
Una producción por cierto de Arthur Freed, cuyas letras para las canciones de Nacio Herb Brown darían lugar al año siguiente, en una operación similar, al argumento de Cantando bajo la lluvia, que Gabriele y la Camara Musicae han recreado también en directo, como también han hecho con Casablanca, con música de Max Steiner, o Psicosis y Vértigo, ambas de Bernard Herrmann. La magia se dio mano con el arte en esta genial proyección más museística que de puro entretenimiento de Un americano en París, con secuencias tan magistralmente resueltas como ese Concierto para piano con un Oscar Levant multiplicado, en el que se pudo apreciar la banda sonora original mezclada con su interpretación en directo, deducimos que ante la imposibilidad en ese caso de aislar el piano del resto. Cabe apuntar además que la mayor parte de la partitura de la película, la que da relieve a las secuencias dramáticas según la adaptación que Green y Chaplin hicieron de los temas gershwinianos, no se encuentra disponible en ninguna grabación discográfica, ni siquiera en las más completas que tanto proliferan hoy en día, por lo que su audición en primera línea convirtió la ocasión en única. El público, bastante numeroso, respondió con entusiasmo, demostrando que hay interés por este tipo de iniciativas, que la cultura se ha asentado en nuestra comunidad en todas sus vertientes y que merecemos más alegrías y emociones como ésta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

ADÚ Los ojos inocentes que miran la tragedia de la inmigración

España 2020 119 min.
Dirección Salvador Calvo Guion Alejandro Hernández Fotografía Sergi Vilanova Música Roque Baños Intérpretes Moustapha Oumarou, Luis Tosar, Anna Castillo, Adam Nourou, Álvaro Cervantes, Zayiddiya Dissou, Ana Wagener, Nora Navas. Jesús Carroza, Miquel Hernández, Belén López, Josean Bengoetxea, Issaka Sawadogo, Bella Agossou, Eliane Chagas, Emilio Buale, Marta Calvó Estreno 31 enero 2020

A menudo nos preguntamos por qué el cine español cuenta casi siempre las mismas historias y se enfrasca en géneros muy limitados y reconocibles. Por eso y porque se trata de una película necesaria por lo que cuenta y por dar visibilidad a un drama con el que convivimos a diario pero al que poca o ninguna atención prestamos por estar ensimismados en nuestros pequeños traumas burgueses, deberíamos dar la bienvenida a esta crónica del viaje desesperado de un niño hacia la vida, la libertad y un poco de bienestar. Pero eso no sería suficiente si no se tratase además de una cinta bien contada, mejor hecha y con suficiente entidad dramática y narrativa como para entretener, convencer y estremecer. Casi todo eso cumple la nueva película de Salvador Calvo, que dio el salto de la televisión al cine hace un par de años con la que a nuestro juicio fue una fallida nueva versión de Los últimos de Filipinas.

Hace un par de temporadas Mediaset intentó hacer algo parecido, en esta ocasión centrándose en las mafias y guerrillas africanas, con El cuaderno de Sara, pero el exceso de dramatismo y un sinfín de episodios durísimos e inasumibles dieron al traste con una historia en la que Belén Rueda padecía demasiados trances como para sobrevivir al intento. La intención ahora es la misma, hacer taquilla, pero el vehículo vuelve a ser también loable; afortunadamente la empresa ahora resulta más digna y convincente. A lo largo de dos horas asistimos a tres historias conectadas por el tráfico ilegal de marfil y el salto desesperado de la verja de la inmundicia que separa España de Marruecos. En el medio un niño de mirada limpia, amplia e inocente recorre gran parte del continente africano en compañía de su hermana y, más tarde, de un joven que como él busca una oportunidad en medio de la sumisión política, la penuria económica o los abusos sexuales. Salvador Calvo y su guionista no cargan las tintas, prefieren que simpaticemos con los protagonistas, incluidos ese padre y esa hija que aprenden a conocerse, entenderse y respetarse, o ese policía que mancha su conciencia por respeto al uniforme, antes que sumergirnos en una vorágine de dureza, maldad y crueldad extrema, sin que por ello deje de sobrevolar todo eso en un ambiente que mezcla drama y aventura de forma tan equilibrada como bien articulada.

Podría ser el amor la razón de tanto freno y discreción, porque una vez más es el cariño que se forja entre familiares, colegas y compañeros de viaje lo que redime la tragedia o la hace más soportable. En el fondo Adú nos habla de esa fuerza sobrenatural que llamamos amor y que inunda nuestros sentimientos, y a ellos apela a la hora de poner en pie estas vidas cruzadas destinadas a tocarnos el corazón y sensibilizar nuestra actitud ante una situación asfixiante e intolerable a la que cada vez más muchos y muchas de nuestros políticos quieren ponerle veto y cerrar fronteras. Ciertamente podría haber sido más contundente y generar más crispación, y desde luego podría haberse ahorrado un par de episodios mal resueltos; quizás peque incluso de demasiada contención, pero mejor eso que la histeria y el desmadre con los que frecuentemente se tratan temas tan delicados como éste. No debemos juzgar la mirada del niño protagonista, un evidente acierto de cásting, como un símbolo de sentimentalismo barato, sino como un intento de dulcificar o amortiguar la tragedia, y sobre todo como una ventana abierta a la esperanza y la justicia.

domingo, 2 de febrero de 2020

JUDY Detrás del arco iris, retrato elegante y respetuoso de un mito

Reino Unido 2019 118 min.
Dirección Rupert Goold Guion Tom Edge, según la obra “End of the Rainbow” de Peter Quilter Fotografía Ole Bratt Birkeland Música Gabriel Yared Intérpretes Renée Zellweger, Jessie Buckley, Rufus Sewell, Finn Wittrock, Michael Gambon, Richard Cordery, Royce Pierreson, Darcy Shaw, Andy Nyman, Daniel Cerqueira, Bella Ramsey, Llewyn Lloyd, John Dagleish Estreno en el Festival de Toronto 10 septiembre 2019; en Reino Unido 2 octubre 2019; en España 31 enero 2020

Es habitual desde hace un buen puñado de años que a la hora de abordar la vida de una gran estrella del espectáculo, se ahonde más en sus miserias que en su talento y aquello por lo que fueron célebres. La obra teatral de Peter Quilter en la que se basa esta película seguía también esa tendencia, centrándose en los últimos meses de vida de la inigualable Judy Garland, cuando protagonizó a la desesperada una serie de conciertos en el Londres de 1969, donde aun se le seguía apreciando, al contrario de lo que ocurría en Estados Unidos. Aquella obra, Al final del arco iris, pudimos verla aquí protagonizada por Natalia Dicenta en marzo de 2012, constatando ese modelo de biopic destructivo e inmisericorde que tanto contrastaba con aquel otro que imperó décadas atrás en el que se borraba todo elemento escabroso e incorrecto que pudiera dañar la imagen del o la homenajeada, y más bien se potenciaban todas sus virtudes. Ni una cosa ni la otra, el guion de Tom Edge y la dirección de Rupert Goold han tenido el acierto de encontrar el justo equilibrio entre la irrepetible artista que fue Judy Garland y su bien conocida traumática y traumatizada personalidad, gestada en una infancia dura y cruel, una madre egoísta y dominante, unos matrimonios a menudo desastrosos y un productor, Louis B. Mayer, tirano e inmisericorde, un lobo con piel de cordero como se le muestra en esta emotiva película.

Han tenido el acierto también de convertir un trabajo cerrado y claustrofóbico, casi de cámara, en una película abierta y luminosa, tan cien por cien cinematográfica que hace olvidar sus orígenes teatrales. Y todo ello con la colaboración inestimable de Renée Zelleweger, que no solo hace un gran trabajo de mimetización del que también es un cincuenta por ciento responsable un sensacional maquillaje, vestuario y dirección, sino que ha sabido transmitir todo ese dolor, melancolía y frustración que el personaje, tal como está planteado, demanda. Todo lo cual parece le vaya a reportar su segundo Oscar, esta vez como protagonista, algo paradójico si tenemos en cuenta que la propia Judy estuvo a las puertas de recibirlo en 1954 por Ha nacido una estrella y en 1961 por ¿Vencedores o vencidos?, siéndole en ambos casos injustamente arrebatado, y quedándole el consuelo de aquel Oscar especial en miniatura que recibió por El mago de Oz, cinta continuamente evocada en este drama existencial, desde los nostálgicos flashbacks en los que vemos dilapidada su infancia y juventud, hasta el emotivo final en el que una Judy completamente desgastada entona Over the Rainbow como himno de vida y recorrido emocional con un horizonte de esperanza incierto como destino. Por cierto que se ha optado porque sea la propia Renée Zelleweger quien entone las canciones con bastante acierto, en lugar de echar mano del recurrente recurso de remasterizar las interpretaciones originales, como se hizo por ejemplo en otro biopic de corazón y espíritu rotos, el que Marion Cotillard protagonizó de Edith Piaf en La vie en rose.

El tono sobrio y elegante que le ha sabido imprimir Rupert Goold, responsable de algunos telefilms y series de calidad como The Hollow Crown, y de una cinta en la que también primaba el buen trabajo de actores, Una historia real, protagonizada por James Franco y Jonah Hill, contribuye sobremanera a hacer de ésta una experiencia conmovedora en la que su protagonista recibe un trato tan justo como respetuoso. Todo, desde la dirección artística hasta la interpretación de todo el elenco, está dirigido a provocar esta sensación de melancolía y solidaridad con este juguete roto obligado a consumir estupefacientes desde corta edad y sumido en el alcohol por su debilidad personal y su sensibilidad emocional. Algo así como lo que le ocurrió a Pepa Flores, tan de actualidad tras recibir hace una semana el Goya de Honor, que supo retirarse a tiempo y curar en la intimidad sus heridas, manteniéndose firme incluso a la hora de decidir no recoger en persona dicho galardón, y que nos hace pensar en cierta similitud entre el despiadado régimen de trabajo en el Hollywood clásico y la propaganda fascista del régimen dictatorial que teníamos en nuestro país.

En Judy, más incluso que en Al final del arco iris, queda claro que en su caso primó sobre todas las demás una adicción, la que le unía al público y al arte, lo que hizo que tanto se le adorara y, como rezan los títulos finales de la película, probara que tenía un gran corazón. Por eso tampoco faltan, de manera tan elegante como el resto de la función, alusiones a esa legión de fans, muchos entre la comunidad homosexual, que forjaron su mito y valía, concretamente a través de un emotivo y sentimental pasaje en el que comparte cena con una pareja que como ella sufrió el precio de ser diferentes en una sociedad que no admite la distinción. Perdonen que me haya extendido tanto en esta reseña; mi padre adoraba a estos mitos del cine musical del Holywood dorado, y yo crecí con ellos. A él le dedico estas palabras sinceras y emocionadas.

sábado, 1 de febrero de 2020

PARA TODA LA MUERTE Un sainete sin gracia-ni horizonte

España 2020 76 min.
Dirección Alfonso Sánchez Guion Ana Graciani Fotografía Fran Fernández Pardo Música Pablo Cervantes Intérpretes Alberto López, Estefanía de los Santos, Alfonso Sánchez, Joaquín Ortega, Marta Tomasa, Fernanda Oranzi, Josep María Riera, Fina Rius, Mila Fernández Estreno 31 enero 2020

Desde siempre los funcionarios y funcionarias han sido objeto de envidia y desprecio. Hay una práctica general de considerarlas personas vagas, de contar con unos privilegios laborales que poca gente disfruta, entre ellos unos horarios taxativos cobrados escrupulosamente cuando se sobrepasan, y ese carácter indefinido que con las últimas reformas laborales se han convertido en una quimera en este país. Pero nadie o poca gente repara en el esfuerzo sobrehumano que hay que realizar para alcanzar una plaza de funcionariado como tal, que después está el personal laboral y el contratado, con iguales derechos pero mucho menos esfuerzo para conseguirlos. Tampoco suele pensarse que el régimen del funcionariado debiera servir de modelo, y no de comparación agravatoria, para el resto de trabajadoras y trabajadores. En él no hay por ejemplo discriminación salarial por razón de sexo, y la inmensa mayoría de los cargos directivos y de responsabilidad lo ostentan mujeres.

Sánchez y López, tan sensibles en clave de humor a los problemas sociales que acucian a nuestro país, y más concretamente a nuestra comunidad autónoma, desde sus cortos de los compadres y su díptico El mundo es nuestro y El mundo es suyo, centran ahora su atención en esa búsqueda del vellocino de oro en el que se ha convertido obtener una plaza en la administración pública. El problema es que desde que confían a terceras personas sus libretos de sainete clásico adaptado al mundo contemporáneo, la empresa no funciona igual de bien. Así, a la frescura de los compadres y de El mundo es nuestro, siguió la divertida pero más decepcionante en términos generales El mundo es suyo, y ahora este inexplicable salto olímpico hacia atrás, que no tiene gracia-ni encanto. A una primera y prometedora escena, con una familia dislocada y divertida celebrando la obtención por el protagonista de una plaza de funcionario, sigue el descalabro, una ocurrencia grotesca y disparatada que nadie sabe llevar a buen puerto, ni el reparto, histérico, descerebrado y absolutamente sobreactuado, ni la situación, alargada ad nauseam, lo que ni su escueta duración consigue salvar, ni su vocación teatral mal encajada, ni su director, desbordado ante tanto despropósito.

Chistes mal encajados, una banda sonora asfixiante y omnipresente, imitando a Mancini pero de forma también desbocada y a menudo fuera de estilo, y un glosario de personajes arquetípicos y mal definidos logran rematar una mala faena, y mucho que lo lamentamos. Y lo peor es que pasada su ocurrencia inicial y punto de partida, al poco toda su supuesta crítica social y retrato coyuntural queda absolutamente diluida en favor de un espectáculo grotesco e infumable. Lo más acertado ha sido contar con el especialista Joaquín Ortega, que ostenta el récord Guinness de caídas por la escalera, para dar vida a la víctima de la función, garantizando las múltiples caídas a la que es sometido su improbable destino.

WAVES: UN MOMENTO EN EL TIEMPO Histeria e impostura como estilo visual y narrativo

Título original: Waves
USA 2019 135 min.
Guion y dirección Trey Edwrad Shults Fotografía Drew Daniels Música Atticus Ross y Trent Reznor Intérpretes Taylor Russell, Kelvin Harrison jr., Sterling K. Brown, Renée Elise Goldsberry, Lucas Hedges, Alexa Demie, Clifton Collins jr., David Garelick, Elisa Lau, Vivi Pineda Estreno en el Festival de Toronto 10 septiembre 2019; en Estados Unidos 15 noviembre 2019; en España 31 enero 2020

Hasta el momento el joven director norteamericano Trey Edward Shults se había centrado en sus propios problemas y traumas familiares para afrontar sus dos primeras películas, Krisha, donde analizaba el progresivo deterioro mental de su tía, y Llega la noche, una cinta en clave de terror que retrataba el sobreproteccionismo de un padre ante la inminente llegada de una tragedia apocalíptica. Aunque sigue centrando todo su interés en la familia como microuniverso de tragedia y dolor, abraza ahora sin complejos el género del melodrama más desmelenado, desde la perspectiva estética y presuntamente poética de un Barry Jenkins (El blues de Beal Street, Moonlight).

Para ello se vale de un impecable equipo técnico y artístico con el que logra secuencias espectaculares y visualmente impactantes, aunque tan pretenciosas como el resto del conjunto. Así, unos imposibles movimientos de cámara circulares y el uso agresivo de la música habrían de invitarnos a una experiencia inmersiva con la que sufrir en primera persona los vaivenes emocionales de una juventud desbocada que confunde la experiencia romántica y sentimental de pareja con la emoción extrema y la vida al límite, en una primera parte tan opresiva e histérica que pareciera querer ser asfixiante, aunque no consiga más que ser irritante. Todo se suaviza en una segunda parte catárquica, la calma después de la tempestad con mayúsculas, en la que el halo supuestamente poético quiere resolverse con clichés y arquetipos en los que el espíritu y el comportamiento de los protagonistas debieran estar forzosamente justificados por sus traumáticas experiencias.

Todo en fin tan presuntamente intenso como decididamente falso e impuesto en un conjunto en el que solo cabe admirar su factura técnica y el esforzado trabajo de su elenco, destacando sobre todo el de los jóvenes Taylor Russell y Kelvin Harrison jr., que encaran como hermanos en la ficción dos formas distintas de vivir el amor, a lo bruto él, sensible ella, naturalmente.

EL BEETHOVEN LIGERO DE D'APRILE Y COGATO

Integral de Sonatas para violín de Beethoven. Mariarosaria D’Aprile, violín. Tommaso Cogato, piano. Programa: Sonatas para violín nº 8 Op. 30/3, nº 9 Op. 47 “a Kreutzer” y nº 10 Op. 96, de Beethoven. Espacio Turina, viernes 31 de enero de 2020

Hace años que decidieron instalarse en Sevilla, donde han formado una familia y asegurado sus raíces. Rosamaria D’Aprile y Tommaso Cogato forman parte de esa cantera de talento local que nos salvó de la sequía musical cuando en los peores momentos de la crisis del 2008 todo lo construido en esta ciudad a nivel cultural empezó a tambalearse. El problema, y ya lo hemos denunciado muchas veces, es que esa notable cantidad de artistas locales, en solitario o en grupo, se ha convertido en pieza recurrente del tablero musical hispalense, de forma que nos hemos acostumbrado tanto a su forma de hacer, sin apenas comparaciones ni propuestas alternativas, que damos por válido todo lo que afrontan. Hace tiempo que apenas recalan en la capital de Andalucía los grandes conjuntos y nombres propios que sí frecuentan otras plazas españolas. Lo positivo es que hay trabajo relativamente en abundancia para nuestros talentos y que existe en la ciudad una excelente cantera de artistas comprometidos con la gran música; lo negativo es que se ha impuesto una estética muy particular y que intereses coyunturales y económicos bloquean la posibilidad para el melómano sevillano de conocer otras tendencias al margen del registro discográfico.

Sea como fuere, D’Aprile y Cogato se han ganado un merecido hueco entre nosotros y nosotras, y son tan queridos, respetados y admirados como demuestra la generosa afluencia de público que llenó la Sala Silvio del Espacio Turina en esta primera entrega en la que se enfrentan al esfuerzo titánico de poner en pie las diez sonatas para violín que compuso Beethoven, sumándose así a los eventos que en Sevilla celebran el doscientos cincuenta aniversario del nacimiento del compositor, coincidiendo además con los conciertos en los que a partir de marzo Fernando Pascual y Pedro Galiván desgranarán este mismo ciclo en La Casa de los Pianistas. Todos los cuerpos compositivos de Beethoven son magistrales y una prueba de fuego para el intérprete que se atreva con ellos. Pero su lenguaje característico y su voz inconfundible, ampliamente desarrollada durante décadas de interpretación musical, se ve a menudo traicionada en función de supuestos nuevos estudios que desautorizan todo aquello con lo que muchos y muchas aún disfrutamos, aunque a veces solo es producto de la licencia que los artistas se toman para precisamente hacer eso, crear e innovar a partir de lo ya aprobado. Viene esto al caso de la propuesta de esta joven pareja italiana y su manera de entender el universo beethoveniano a través de sus sonatas para violín.

En esta primera entrega del ciclo, que se completará los días 22 de febrero y 18 de abril, afrontaron las tres últimas sonatas, las más complejas y maduras por lo tanto, contemporáneas las dos primeras de las sinfonías nº 2 y Heroica, y con casi una década de diferencia, de la Sinfonía nº 7 la tercera. Obras en cualquier caso de plena madurez expresiva y técnica de su autor, aunque con estéticas distintas en función de la época que le tocó vivir a nivel personal y coyuntural. Obras abordadas desde la ligereza que hoy está tan de moda, dejando a un lado, casi despreciando, esa intensidad expresiva, frecuentemente dramática, que siempre ha caracterizando al compositor de Bonn, y de la que tan buenas y gratificantes muestras dio la semana pasada José Luis Bernardo de Quirós en su forma de abordar las sonatas para piano.

Es cierto que la Sonata nº 8, la tercera del opus 30, puede entenderse como una llamada a la felicidad, y así lo hicieron sus intérpretes, siempre desde la claridad melódica y el fraseo impoluto que caracteriza a estos dos espléndidos artistas. Pero eso no obsta para que a lo largo de la partitura asomen sombras que rompen el amable ambiente y que en esta ocasión apenas fueron perceptibles, especialmente en un Tempo di minuetto sin enigma ni misterio. En el allegro vivace demostraron su virtuosismo y capacidad para transmitir el torbellino que lo caracteriza, aquí sí todo lo ligero que se quiera. Más compleja es la Sonata Kreutzer, llamada así por su dedicatario, que paradójicamente nunca se atrevió a tocarla por considerarla endiablada. La más célebre de las diez sonatas, durante mucho considerada terrorismo musical, era para Tolstoi fruto de la pasión más desenfrenada y devastadora. No lo debieron entender así D’Aprile y Cogato, que optaron más por su forma clásica que por su expresión romántica, a pesar del esfuerzo del pianista por dar relieve a su madera melódica, siempre con esa elegancia que le caracteriza. Ella sin embargo se mostró a menudo inoportunamente lánguida, incluso raquítica en aquellos pasajes donde el pianista es protagonista, aun manteniendo en todo momento homogeneidad de timbre y pulso. De lo que no cabe duda es de la compenetración entre ambos, que sin duda han trabajado mucho y a fondo, fundamental en el cuerpo a cuerpo en el que consisten sus movimientos extremos. En general faltó en esta sonata dramatismo e intensidad, pero sería injusto negarle que insuflara lirismo y disciplina en las variaciones del andante central. La última sonata debe estar dominada por un espíritu de esperanza ante la posibilidad de un amor duradero y sincero, justo en la época de las célebres cartas de amor a una desconocida. Ahí acertaron con la ligereza y el optimismo del allegro moderato inicial, sin que podamos negar que D’Aprile logró construir un adagio intenso y bien ornamentado. Pero a partir del scherzo la interpretación se desinfló y volvimos al carácter frecuentemente lánguido de la propuesta, incluso en las variaciones del poco allegretto final, punto culminante de la obra. Más que con una propina coronaron el concierto con un detalle, la transcripción de Beethoven del Se vuol ballare signor contino de esas Bodas de Fígaro ambientada en Sevilla.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía