sábado, 30 de mayo de 2026

CORREDORA Entre el deporte y la psicopatía

España 2026 96 min.
Dirección
Laura García Alonso Guion Laura García Alonso y Pol Cortecans Fotografía Gina Ferrer Música Susana Hernández “Ylia” Intérpretes Alba Sáez, Marina Salas, Álex Brendemühl, Claudia Gallego, Albert Ruiz, Jordi Farrés, Marta Bessa Estreno en el Festival de Málaga 6 marzo 2026; en salas 29 mayo 2026

El deporte sirve a la joven directora Laura García Alonso como detonante para una enfermedad mental, convirtiendo esta película en un híbrido ensayista sobre el esfuerzo titánico que hay que hacer para destacar en cualquier faceta de la vida, a la vez que una llamada de atención sobre la inestabilidad emocional que se sufre por herencia y que exige la mayor de las atenciones por parte de quienes rodean al o la paciente. Un tema, como se puede observar, muy maduro y delicado para un debut, sobre todo cuando quien lo plantea es tan joven. Claro que, al margen de haber realizado varios cortometrajes y la serie de televisión Asfalto, García Alonso ha sido asistente de dirección en varios reconocidos largometrajes, entre ellos Julieta y su debut absoluto Los inocentes. Todo esto quizás le da riendas suficientes para encarar con tanta sobriedad y destreza el drama que sufre un importante porcentaje de población, ese brote psicótico que asoma cuando se enciende la mecha. Un detonante que bien puede ser un trauma, un dolor, un sufrimiento insoportable o, como es el caso, un reto asfixiante, el objetivo que marca una existencia.

Es lo que le ocurre al personaje interpretado por la también debutante Alba Sáez, cuya exigencia consigo misma para ganar el campeonato de España de atletismo en la modalidad de corredora de fondo, le lleva a destapar una patología que le persigue desde el nacimiento, pero sin graves consecuencias hasta que tal nivel de exigencia lo descubre. Puede que sea el signo de los tiempos, que nos lleva a tomarnos la vida como un reto permanente, una autoexigencia que acaba en destrucción sino se toman las medidas pertinentes. Pero el film de García Alonso es también una crónica tierna y distendida sobre el amor fraternal, cómo el apoyo y el seguimiento son fundamentales para la sanación, y en este sentido Marina Salas, a quien hace poco veíamos en un papel diametralmente opuesto, pérfido y desquiciado, en Caminando con el diablo, hace un trabajo espléndido como hermana entre la comprensión y el desconcierto, pero siempre ahí, ayudando y tendiendo la mano que, a veces en contra de su propia voluntad, lleva a una catarsis fundamental para superar tan grave crisis.

Puede que, en el lado negativo, la directora y guionista se tome algo a la ligera la enfermedad, que asoma cuando conviene, despreciando un camino aún más tortuoso para quien la sufre y quienes le rodean, y que genera habitualmente consecuencias más desastrosas e irreversibles. En este sentido, parece deambular cierto desprecio por la terapia narcótica que resulta ajena a una realidad que exige lamentablemente la intervención de fármacos para superarla, no basta la voluntad. Con todo, se trata de un film necesario, sólido y contundente, que mereció en la pasada edición del Festival de Málaga el premio Asecan a la mejor ópera prima.

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