miércoles, 27 de mayo de 2026

TIEMPO Y ESPACIO A TRAVÉS DE UN ICONO MODERNO

Einstein on the Beach. Ópera en cuatro actos para conjunto, coro y solistas con música y letra de Philip Glass, según un concepto de Robert Wilson y Philip Glass. Suzanne Vega, narradora. Tom De Cock, dirección. Dirk Deschemaeker, asistente a la dirección musical. Catherine Kunz, vestuario. Alexander Fostier, sonido. Pieter Nys, iluminación. Ictus Ensemble. Collegium Vocale Gent. Coproducción de Concertgebouw Brugge y Dunvagen Music Publishers, Inc. Teatro de la Maestranza, martes 26 de mayo de 2026


Aunque su propio concepto, abstracto e independiente, con sus artífices, Philip Glass y Bob Wilson, justificando de mil maneras posibles la dedicatoria de su espectáculo musical y escénico a Albert Einstein como algo sustancialmente coyuntural, como si cualquier otro personaje icónico del siglo XX hubiera podido ocupar su lugar, la verdad es que la figura del científico se deja sentir notablemente en la arquitectura musical de este prodigio del minimalismo más radical, extremista y seductor.

Tan imposible de identificar como una ópera convencional como difícil es hacerlo con una mera experiencia musical a través de esta versión de concierto, prescindir del concepto visual de Robert Wilson cuando se estrenó en 1976 no parece perjudicar en exceso la percepción clara, nítida y libre de prejuicios, de la inquietante música de su principal creador, un Philip Glass entonces en la cúspide de las vanguardias, que luego iría paulatinamente abandonando en favor de un lenguaje más asequible y conciliador.

No deja de tener gracia que la ópera siga reivindicándose como espectáculo dramático, despreciando estos intentos que desde mitad del pasado siglo han procurado pervertir tradición para derivar en algo sustancialmente distinto y novedoso. Hace apenas unos años pudimos asistir en streaming al estreno en el Metropolitan de Nueva York de una ópera de Kevin Putts, que no deja de tener cierto prestigio como compositor que ha sabido captar las vanguardias musicales para adaptarlas a un lenguaje operístico convencional. Se trataba de The Hours, basada en la famosa novela de Michael Cunningham y la no menos célebre película de Stephen Daldry, a la que paradójicamente puso música un Glass definitivamente complaciente y hasta cierto punto neo romántico.

Se cerraba así un círculo enigmático y misterioso que abarcaba desde esos años setenta que conocieron el intento de crear un nuevo concepto de ópera, como experiencia sensorial completa, ajena a una dramaturgia convencional, y lo que finalmente ha persistido, abrazando tradición desde una óptica musical de relativa vanguardia, con Glass como eje articulador. Desde su estreno en 1976 en Avignon, Einstein on the Beach ha permanecido en el olvido de los programadores, aun conservando su mística particular, hasta que en las dos últimas décadas se ha recuperado su presencia en teatros y certámenes especializados.


Una partitura muy compleja en excelentes manos

La muy esperada versión que ayer pudimos disfrutar en el Maestranza, vino de la mano de Tom De Cock, director musical del prestigioso conjunto Ictus, todo un referente de la música contemporánea que ayer, desde luego, demostró su pericia y magisterio en la materia con una interpretación sólida y precisa de una partitura que exige un enorme esfuerzo de compenetración. Ríanse de la precisión rítmica que exige el Bolero de Ravel para quien percute la caja. Eso en la partitura de Glass se multiplica en exceso, exigiendo de cada partícipe instrumental una cadencia obsesiva sólo al alcance de los y las más pacientes y disciplinadas. Instrumentos convencionales, como el clarinete, el saxofón o la flauta, conviven con teclados y una sorprendentemente escasa intervención electrónica, a pesar de lo cual el resultado no deja de ser más electro acústico y sorprendente. Especial mención merece el violinista Igor Semenoff, un virtuoso entregado a su fatigoso menester relativamente disfrazado, aunque no tanto como para identificar sin fisuras al Einstein protagonista.

Ciencia matemática al servicio del arte

La producción de ayer rebasa en casi media hora la que The Philip Glass Ensemble grabó para CBS Sony dos años después de su estreno, pero reduce en una hora la que entonces llegó al escenario. Fuimos capaces de percibir pasajes que no figuraban en la grabación original dirigida por Michael Reisman, con referencias directas a ese tren y esa nave espacial que encuadran esa sensación de espacio y tiempo que todo lo relativiza y que permite al científico erigirse en protagonista de la función.


Hay también mucha matemática en su compleja estructura, en esa repetición ad nauseam de números y notas musicales, a cargo del Collegium Vocale Gent, así como de pasajes presuntamente poéticos a cargo de Suzanne Vega, que en su rol de narradora aglutina los tres únicos personajes del libreto, declamados con una dicción impecable, un fraseo fluido y un timbre tan sedoso y hermoso como sensual. Y, desde luego, hay matemática en su estructura, cinco knee plays que funcionan como interludios, y nueve escenas que recorren espacios tan variopintos pero significativos como un tribunal, o ese tren y nave espacial referidos, aunque en esta ocasión todo parecía limitarse a un estudio de grabación.

Especialmente atractiva es la escena de la cama, entonada con un concepto de la belleza casi espiritual por la soprano Elisabeth Rapp. Una aportación vocal que completó con nota la de un impecable y empeñado coro, uno de los más prestigiosos del mundo cuando de entonar el barroco se trata, y que aquí hemos podido disfrutar en otras ocasiones en su ambiente habitual. La simbiosis perfecta que se entabla entre voces e instrumentos, produce un efecto no ya hipnótico, sino definitivamente narcótico, no obstante lo cual fueron muchos y muchas quienes abandonaron la sala, abierta de par en par no con ese fin, sino para facilitar el libre movimiento del público durante las más de tres horas de representación.


Una forma también de interactuar con los músicos y cantantes, que también abandonan la escena o se relajaban sobre el escenario mientras no se exige su participación activa. Y todo eso sazonado con una iluminación precisa y elocuente, tanto como el resto de los elementos del espectáculo, a veces tan osculante como el beso de enamorados con el que culmina la enigmática narración, y que en cierto modo hace también referencia, en su acepción científica, a otro de los muchos logros del insigne personaje a quien Wilson y Glass dedicaron una ópera que no lo es, pero que se mantiene en nuestra memoria cultural como piedra angular de una ruptura musical casi sin precedentes.

Aplaudimos y reivindicamos así la obligación de un teatro público de programar obras que contribuyan a nuestra educación musical y nos abra a nuevos horizontes, aunque pasado medio siglo, no se pueda hablar con demasiada alegría de algo nuevo.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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