Como concertista, Arauzo es bien conocida de la afición
sevillana, que ha podido disfrutar de su estilo disciplinado y competente
en muchas ocasiones, tanto en recitales sueltos como en ciclos de distinta índole
y estilo. También en las Noches del Alcázar se ha dejado sentir en varias
ocasiones su pianismo, que anoche además contó
con una visita inesperada en forma de fallo técnico que provocó
intermitentes fogonazos desde lo alto de la arcada del Jardín del Cenador de la
Alcoba, y unos puntuales apagones que dejaron indefensa a la pianista. Nada de
eso le hizo desconcentrarse, manteniendo el tipo hasta el final, sin que la música acusara estos
desagradables imprevistos, a los que se unieron los habituales cantos de
las chicharras y los pavos reales.
Mozart forzado
en estilo, logrado en expresividad
Arauzo atacó Mozart demasiado ensimismada en captar el estilo
clasicista al que se adhiere, intentando que las teclas del piano sonaran
lo más parecido posible, dentro de sus posibilidades, al fortepiano. Esto
provocó un sonido seco, no precisamente
áspero, pero sin vuelo lírico y forzado. Esto, en un autor cuya fluidez y
aparente naturalidad son señas de identidad, se tradujo en una exhibición muy
al contrario, forzada y atropellada,
que contó con las temibles notas falsas y alguna imperfección técnica.
Por el contrario,
Arauzo logró captar el espíritu de
la Sonata nº 13, también conocida
como Sonata Linz por haberse
compuesto aparentemente en esa ciudad en 1783, conclusión a la que se ha
llegado sólo recientemente después de estudios de diversa índole que no
lograban ponerse de acuerdo sobre estos particulares.
El allegro inicial sonó juguetón y desenfadado, pero faltó esa
agilidad referida. Sin embargo, no acertó la pianista en dotar al andante cantabile central de un mayor lirismo, evidenciándose en
exceso su empeño en captar más el sonido que el estilo. Algo que corrigió en la
propina, el adagio de la sonata
precedente, dechado de emotividad gracias a relajarse y dejarse llevar por la belleza de los acordes,
despreocupándose de la técnica. Para el allegro
grazioso final optó por un estilo eminentemente concertístico, más fluido y gozoso que los movimientos
anteriores, aunque igualmente atropellado.
Un Schubert entre delicado y vehemente
Durante mucho tiempo
vista con recelo por considerarse demasiado larga y profunda, la Sonata nº 21 de Schubert es un prodigio de equilibrio entre tensión
emocional y una sublime contemplación poética, lo que le convierte este
último trabajo instrumental del compositor en una de las piezas para piano más
respetadas de todo el Romanticismo. De todo esto se hizo eco la interpretación concentrada e interiorizada
de Arauzo, que con una mayor relajación y mayor peso del pedal, logró
deslizarse por sus preciosos acordes con gracia y talento.
Arrancó de forma
delicada y, sin embargo, ya expansiva, introduciéndonos con acierto en un éxtasis contemplativo que no se
rompió con los más vehementes acordes que le siguen, logrando una atmósfera de profunda solemnidad,
seguida de una extrema tranquilidad emocional en el andante sostenuto, y una muy acertada volatilidad en el scherzo. En el movimiento final, con
aspecto de ambigua danza húngara, alcanzó altas
dosis de virtuosismo e intensidad emocional, con unos muy maleables y
arqueados fraseos típicos de Schubert, que provocaron junto a su heroica resistencia
ante los inconvenientes técnicos apuntados, el unánime reconocimiento del público.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


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