Y
tiene igualmente que ser emocionante salir al escenario y enfrentarse a un auditorio de mil ochocientas butacas
abarrotado, y mantenernos a casi todos y todas – la adicción al móvil se
hizo patente en la sala, con luces, algún que otro molesto sonido y una
incontinencia absoluta por parte de algunos y algunas a la hora de wasapear – tan pendientes de su canto y su actitud, porque lo suyo es cuestión de
voz y seducción.
Su
propuesta tuvo tres partes diferenciadas,
una primera seria y serena, que
partió de uno de sus celebrados registros, el álbum que en 2017 dedicó a Mozart,
en el que se incluyen las tres arias con las que inició anoche su recorrido.
Una segunda, más festiva y desenfadada,
iniciándose con otro de sus imponentes discos, el que dedicó a la Zarzuela en
2024 junto a jóvenes músicos de su proyecto educativo Sinfonía por el Perú, pues también él, como nosotros, confía en la educación musical como
forma de combatir las grandes tragedias de este planeta. Y una tercera
integrada por las numerosas y esperadas
propinas, guitarra en mano y en modo popular e intimista.
Todas
estas facetas del canto hermoso, bien
timbrado y mejor fraseado, del imponente tenor ya con medio siglo a
cuestas, emergieron en un nuevo encuentro con el público sevillano.
Mozart
y sus inicios rossinianos
Siempre
con la complicidad del pianista estadounidense
Vincenzo Scalera, que viene acompañándole en estas gestas desde tiempos
inmemoriales, lo que da idea del grado
de compenetración entre ambos artistas, Flórez inició su recital con un
aria de concierto mozartiano en el
que evidenció no necesitar ni siquiera calentar la voz para ofrecer un canto flexible, sencillo en apariencia,
natural y elegante. A Misero! O
sogno… Aura che intorno siguieron dos arias de La clemenza di Tito, Del piú
sublime soglio, cantado con emotividad y delectación, y el aria de bravura Se all’impero, amici Dei, con autoridad
y refulgentes agudos.
Flórez
recordó después sus primeros pasos en el bel
canto con un bloque dedicado a
Rossini, pero no con sus títulos más emblemáticos, sino la recuperación de una
canción de la colección de ciento
cincuenta piezas breves de salón
que acuñó bajo el título de Péchés de
vieilleisse (Pecados de vejez), Le
Sylvain. Antes, Scalera interpretó de este mismo ciclo una sencilla
bagatela. El canto fluido y sublime
se hizo patente también en Quell’alme
pupille, de La pietra del paragone
(La piedra de toque), la primera ópera de encargo para un gran teatro que
compuso un joven Rossini.
Del
relativamente desconocido compositor francés del primer cuarto del siglo XIX, François-Adrien Boieldieu, cantó un
aria de una de sus últimas óperas, La
dama blanca, en idéntico estilo sosegado y elegante, si bien atisbamos que sacrificó meterse en la piel de cada
personaje para provocar una sensación de homogeneidad en el canto y la
actitud, llevándose el repertorio a su terreno, con lo que corrió el riesgo de resultar monótono e incluso un
poco aburrido, si bien esto último no llegó a ocurrir, manteniendo la atención
y la admiración incondicional del público con eso que se considera saber comunicar.
Romanzas, el toque nostálgico y la fiesta popular
De
su trabajo zarzuelero del 2024 extrajo Flores
purísimas, de El milagro de la virgen
de Chapí, una romanza técnicamente compleja que salvó con buen gusto y
refinamiento, logrando una naturalidad y una frescura absolutas, gracias al ejemplar uso de reguladores y una
técnica impecable a la hora de frasear y modular la voz. Después llegaron las
más populares Por el humo de sabe dónde
está el fuego, de Doña Francisquita
de Vives, un guiño a las grandes voces
que tanto le inspiraron, y Te quiero
morena de El trust de los tenorios
de Serrano, siempre llevado por su
particular estilo, con una hábil mezcla
de género y encanto personal.
Hubo
espacio también para la lírica gala,
presente en su repertorio prácticamente desde sus inicios, y que materializó
con dos piezas emblemáticas, Pourquoi me
révellier de Werther de Massenet, con toda la emoción posible,
y Salut! Demeure chaste et pure de Fausto de Gounod, así mismo resplandeciente, con un acompañamiento pianístico cómplice y comprometido. Por cierto,
Scalera dio muestra de una excelente técnica
y sensibilidad con una mazurka de Lecuona
y una Consolación nº 3 de Liszt de considerable lirismo.
Finalmente, La mia letizia infondere…
Come poteva un angelo, aria y cabaleta de I Lombardi de Verdi, interrumpida por el aplauso entusiasta del
público y cantada con bravura,
temperamento, justa ornamentación y algún notable sobreagudo, puso broche
final al programa oficial.
Pero
se sabía que ahí no terminaba ni mucho menos todo, que una buena ristra de propinas acabarían por meterse al público
definitivamente en el bolsillo. Y así fue, primero una sensible canción napolitana a flor de piel, después una sucesión de
baladas de su tierra, algunas canciones
en modo popurrí de Chabuca Granda, la gran dama de la canción peruana,
incluida la emblemática Fina estampa.
Siguió, siempre guitarra en mano, con la inevitable canción mexicana Cucurrucucú Paloma, seguida de un
espléndido mariachi, y por supuesto uno de sus caballos de batalla, esa Furtiva lágrima de El elixir de amor que tanto
nos evoca a los grandes, Caruso y Pavarotti. Evitó repetir esos nueve do de
pecho de Ah, mes amis, de La hija del regimiento, que ya cantó en
2018 y que sí ha ofrecido como propina en sus recitales en Madrid y Zaragoza de
esta gira que terminará el próximo jueves en el Liceu de Barcelona.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


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