martes, 18 de junio de 2019

JONDE: MUCHO TALENTO JOVEN JUNTO

Concierto de clausura del curso de la Universidad de Sevilla. Joven Orquesta Nacional de España. Jordi Francés, director. Programa: La procesión del Rocío Op. 9, de Turina; Selección de Suites 1 y 2 de Romeo y Julieta Op. 64, de Prokófiev; La consagración de la primavera, de Stravinsky. Teatro de la Maestranza, lunes 17 de junio de 2019

La Joven Orquesta Nacional de España reemplazó por una vez a nuestra Sinfónica para responsabilizarse del concierto de clausura del curso de la Universidad Hispalense, y los resultados fueron sobresalientes. La institución académica revalidó así su apuesta y confianza por el talento joven, demostrado en su imprescindible apoyo a la espléndida Orquesta Conjunta, que de la mano de su director Juan García Rodríguez y sus sensacionales programas tantas satisfacciones nos da.
 
El ambiente de entrada era decididamente festivo, con el teatro lleno y mucho entusiasmo y respeto en sus gradas, que todo contribuye a crear la necesaria atmósfera en la que desplegarse la magia y la ilusión que ha de acompañar este tipo de manifestaciones. Al frente del buque insignia de la formación musical en nuestro país, con aportaciones de miembros de otras orquestas jóvenes gracias a programas de intercambio de la Unión Europea, encontramos la sorprendente y entusiasta batuta del también joven Jordi Francés, curtido en la música contemporánea y férreo conductor disciplinado e involucrado para propiciar los buenos resultados que obtuvo la formación a lo largo de todo el programa propuesto.
 
Sentimiento y sensibilidad
 
Centrado en el ballet ruso, la exhibición comenzó sin embargo haciendo concesión a nuestra tierra y a una fiesta que acaba de pasar, la tan señalada Romería del Rocío. En los atriles La procesión del Rocío, un breve poema sinfónico que Turina compuso en su período parisino, sostenido en fuertes contrastes de melodía y ritmo aunque con una orquestación farragosa y poco delicada. Francés solo erró al no controlar los planos sonoros, de forma que aún resultó más borrosa, pero dotó al conjunto de un considerable vuelo lírico y logró extraer grandes resultados de la percusión y las flautas.
 
Más responsabilidad exige el sublime Romeo y Julieta de Prokófiev, servido en una combinación de las dos primeras suites con el fin seguramente de dotarlo de mayor cohesión dramático musical. Mucho empuje y decisión en unos Montescos y Capuletos de ritmo decidido y arrogante, seguido de una deliciosa y saltarina, llena de dulzura y vivacidad, Julieta niña. Tras unas Máscaras resueltas con amplio sentido jocoso, se le notaron más las costuras a la Escena del balcón y la Danza del amor, en su arquitectura y armazón, porque en texturas y sensibilidad la cosa no pudo salir mejor, con aportaciones solistas excepcionales, por ejemplo al chelo. Un relajado y espiritual Padre Lorenzo dio paso a una endiablada y viril Muerte de Tebaldo. Toda una exhibición de madurez interpretativa tanto por parte del aguerrido director como de una muy talentosa joven plantilla.
 
Una consagración formidable
 
Si el Romeo y Julieta de Prokófiev necesita habitualmente las suites para sonar en concierto y que se preste así más atención a la música que a la danza, La consagración de la primavera de Stravinsky se suele interpretar directamente en concierto y es más raro disfrutarlo en su concepción original. Su fuerza primitiva exige una carga emocional tan prodigiosa que prácticamente nos conduzca al paroxismo. Así lo debió entender Francés y la orquesta para regalarnos una versión tan rabiosa, transparente y endiabladamente febril de esta fascinante página musical.
 
Ya desde una dilatada introducción al fagot, con magníficas prestaciones en los vientos, la joven plantilla, recordemos aún en formación, nos brindó un viaje inquietante a través de controlados acordes repetitivos y acentos sincopados, con una tensión cortante que nos mantuvo casi sin respiración durante sus cuarenta minutos de superposición ininterrumpida de tonalidades, acordes y ritmos. Un majestuoso, técnicamente impecable y delicadamente expresivo Vals de La bella durmiente de Chaikovski, despidió como propina un concierto inolvidable. La gran música en forma de jóvenes talentos volverá a saludarnos al final del mes gracias a la recuperación de Barenboim y la Orquesta del Diván.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 17 de junio de 2019

LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE Hipnótica pero sin drama ni sustancia

Título original: Di qiu zui hou de ye wan
China-Francia 2018 138 min.
Guion y dirección Bi Gan Fotografía David Chizallet y Hung-i Yao Música Giong Lim y Point Hsu Intérpretes Tang Wei, Sylvia Chang, Meng Li, Huang Jue, Chen Yongzhong, Lee Hong-Chi, Luo Feiyang Estreno en el Festival de Cannes 15 mayo 2018; en China 31 diciembre 2018; en España 14 junio 2019

Hay una tendencia entre cierta crítica cinematográfica a considerar cualquier propuesta que se salga radicalmente de los postulados convencionalmente aceptados, como una revolución de la imagen y la dramaturgia y, en cierto sentido, un progreso en el lenguaje cinematográfico. Esto ocurre especialmente cuando no acertamos a comprender todo lo que nos cuenta y nos dejamos seducir por fórmulas y soluciones estéticas que se salen de lo común.
 
Con solo dos películas el realizador chino Bi Gan redunda en esta cinta con título de drama de Eugene O’Neill en ambientar su historia en la ciudad de Kaili, después de Kaili Blues, y hacer del plano secuencia una seña de identidad (había uno en aquella producción que duraba cuarenta minutos, y otro aquí que añade veinte más y está rodado en 3D). Como si de un delirio de David Lynch se tratara, Gan consigue enganchar al espectador en una suerte de sesión hipnótica, aunque no se acierte a comprender los vaivenes de su protagonista, que regresa a su fantasmagórica y náufraga ciudad para encontrar la mujer que una vez amó, o quizás ni exista, o simplemente se conforme con los recuerdos.
 
Ayudado por una fotografía colorista y un estilismo que recuerda a Wong Kar-wai y contribuye a hacer elegante lo que de otra manera hubiera sido nauseabundo, el joven director chino se gana la complacencia de especialistas, boquiabiertos tras su pase por Un certain regard en Cannes del año pasado, mientras el resto nos quedamos perplejos ante la proeza de haber aguantado su propuesta casi sin parpadear pero sin entender, y lo que es peor, sin interesarnos nada. Por cierto, lo del 3D debe ser una broma, pues todos sabemos que este tipo de cintas se exhiben sólo en salas minoritarias no equipadas con esos sistemas tan sofisticados y modernos.

domingo, 16 de junio de 2019

CÁMARA ROSS: UN PIANO LUMINOSO Y UNA CUERDA INTENSA

Concierto nº 10 del XXIX ciclo de música de cámara ROSS-ELI. Paçalin Zef Pavaci y Katarzyna Wrobel, violines. York Yu Kwong, viola. Ivana Radakovich, violonchelo. Tatiana Postnikova, piano. Programa: Quinteto de piano y cuerda en Mi bemol mayor Op. 44, de Schumann; Cuarteto de piano y cuerda en Sol menor Op. 25, de Brahms.
Espacio Turina, domingo 16 de junio de 2019

Escuchar dos obras tan emblemáticas de la escritura camerística como el primer Cuarteto con piano de Brahms y el Quinteto con piano de Schumann de una tacada, era una oportunidad única que en manos de la profesionalidad y el buen hacer de las y los músicos de la Sinfónica se erigía en garantía para disfrutar de la música romántica. Siempre que aparecen en un mismo programa Schumann y Brahms surge inevitablemente, como si flotara en el ambiente, Clara Wieck Schumann. Quizás en esta ocasión le tocó a Tatiana Postnikova, nuestra querida y admirada pianista de la ROSS, transfigurarse en la esposa del complicado compositor y posible amada, que no está del todo comprobado, del autor del Réquiem alemán.

Lo cierto es que fue precisamente Postnikova quien más brilló en la interpretación de estas dos descomunales composiciones, a quien se unieron las otras dos mujeres del conjunto, una Katarzyna Wrobel que añadió cuerpo y ropaje a la epidermis del Quinteto, e Ivana Radakovich, que además de exhibir un control exhaustivo del violonchelo y extraer de él un sonido robusto y aterciopelado, leyó en perfecto castellano unas poéticas palabras sobre el sempiterno triángulo sentimental asociado a los autores y la aclamada pianista.

Dos obras imprescindibles del catálogo de cámara

Clara Schumann estrenó ante el público las dos obras programadas, aunque en un preestreno entre amigos fue Mendelssohn quien además de intervenir el scherzo del Quinteto de Schumann, afrontó la parte de piano. El Quinteto combina el rigor del cuarteto de cuerda con la fantasía y riqueza imaginativa que Schumann sabía impregnar a sus obras para piano. Postnikova acertó en esto segundo, logrando que la suya fuese una interpretación digna del concierto de cámara al que la pieza parece adscribirse, aportando un carácter rapsódico al conjunto, siempre desde la humildad que la caracteriza. En el Allegro inicial el primer violín y la viola sonaron algo raquíticos, el segundo incluso mecánico y poco natural en sus diálogos con el violonchelo. Tampoco el Finale resultó técnicamente impecable, aunque se acertó a dotar de virilidad y agilidad su monumental escritura. Mejores resultaron los movimientos centrales, con una Marcha fúnebre, espejo de Schubert y Beethoven, de clima adecuadamente trágico, y un Scherzo rápido y fogoso. 

El primero de los Cuartetos con piano que compuso Brahms es una obra de juventud que manifiesta sin embargo una madurez expresiva sorprendente, cuya arquitectura eminentemente sinfónica permitió que su adaptación para orquesta por Schoenberg lo convirtiera en algo así como la Sinfonía nº 5 de Brahms. Requiere por lo tanto una interpretación compacta y bien equilibrada que fueron afortunadamente las señas de identidad de un conjunto que ahondó en efusividad, resplandor e intensidad emocional, especialmente en un Finale alla zingarese de ritmo irresistible. Como propina mamá Postnikova eligió Furia, una composición de su hijo Nikolai Managadze, de quien aún recordamos su excelente debut como violinista en la Sala Manuel García del Maestranza hace una década exacta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía
 

sábado, 15 de junio de 2019

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS RECHAZADOS Simpática e insólita mezcla de géneros

Título original: Le mystère Henri Pick
Francia 2019 100 min.
Dirección Rémi Bezançon Guion Rémi Bezançon y Vanessa Portal, según la novela de David Foenkinos Fotografía Antoine Monod Música Laurent Perez del Mar Intérpretes Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Bastien Bouillon, Josiane Stoléru, Astrid Whettnall, Marc Fraize, Hanna Schygulla, Marie-Christine Orry, Vincent Winterhalter Estreno en Francia 6 marzo 2019; en España 14 junio 2019

El mayor mérito de esta amable película del director de El primer día del resto de tu vida, Un acontecimiento feliz y la preciosa cinta de animación Zarafa, está en su referente literario. Una novela éxito de ventas que se atreve a mezclar la intriga a lo Agatha Christie, esa que responde al quién lo hizo, con el talento artístico, y más concretamente literario. Aquí no se trata de esclarecer un crimen, no hay armas ni violencia; de lo que se trata es de descubrir si quien firma un éxito literario es quien realmente lo ha escrito o no.

Una premisa original y divertida que cuenta con notables dosis de humor y una ligereza y liviandad que le hacen alcanzar unas cotas de dignidad y elegancia no al alcance de todo cineasta que se atreva a hacer comedia de intriga con seguridad y confianza. Aquí hemos cambiado el título original El misterio de Henri Pick por este otro más en consonancia con recientes éxitos cinematográficos como La librería o La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, seguramente con idea de asegurarse ese éxito en taquilla entre un público femenino y maduro que busca en estas historias románticas aderezadas con un poco de cultura popular, el caldo en el que cultivar sus inquietudes intelectuales.

Pero la verdad es que en esta amable, y algo rocambolesca trama, también hay que decirlo, florecen también las endebleces. Al conjunto le falta algo más de credibilidad, un poco de sustancia y ese toque de admiración y hasta fascinación que sí suelen disfrutar estas propuestas cuando son británicos quienes las ofrecen. Por muy buen y reconocido actor que sea Fabrice Luchini (En la casa, Primavera en Normandía, El juez, Háblame de ti), su encanto seductor es muy discutible, así como su capacidad para conquistar la pantalla queda también algo en entredicho. Muy bien acompañado, eso sí, de la inquietante Camille Cottin, interesada también en descubrir la verdad aunque pueda dañar la imagen de su familia.

No obstante, entre viajes sobre lo que parece ser el puente de Tenerez en la Bretaña francesa, bibliotecas inundadas de libros grandes y pequeños y esa simpática travesura de mezclar la intriga policíaca con la autoría literaria, el producto se muestra agradable y recomendable, para nada rechazable.

TOLKIEN Búsqueda frustrada de un tesoro

USA 2019 112 min.
Dirección Dome Karukoski Guion David Gleeson y Stephen Beresford Fotografía Lasse Frank Johannessen Música Thomas Newman Intérpretes Nicholas Hoult, Lily Collins, Colm Meaney, Derek Jacobi, Genevieve O’Reilly, Laura Donelly, Patrick Gibson, Anthony Boyle, Tom Glynn-Carney, Harry Gilby, Albie Marber, Adam Bregman, Owen Teale, Pam Ferris, Mimi Keene Estreno en Estados Unidos 10 mayo 2019; en España 14 junio 2019

Enésima visita a los institutos académicos británicos de principios del siglo XX, con toda su carga épica, su clasicismo, conservadurismo y supuesta dignidad persistente. La excusa es adentrarse en la juventud de J.R.R. Tolkien y de paso descubrir las influencias y motivaciones que le llevaron a escribir dos de los éxitos literarios más descomunales del último siglo, El Hobbit y, sobre todo, El señor de los anillos.

Ideas como la comunidad, la alianza, la amistad, las leyendas nórdicas, la trilogía de Wagner, la Primera Guerra Mundial como campo de batalla, el riesgo y el atrevimiento (la palabra nórdica Helheimr es repetidamente pronunciada como grito de guerra por los jóvenes protagonistas de la historia, en un claro paralelismo con el Carpe Diem de El club de los poetas muertos), se convierten en carne de un guión en busca de un tesoro que no encuentra.

Poco o nada interesan, supongo que ni siquiera a los fanáticos del autor y su particular universo, estos retazos emocionales encaminados a comprender la obra y épica de un escritor tan singular y relevante. Pobre incluso en la invocación de los héroes y monstruos que jalonan su literatura, la empresa naufraga por un libreto endeble, forzado y poco inspirado, además de unas interpretaciones que como el resto de la función rayan lo plano y la nadería.

Poco o nada parece hacer al respecto la fría y poco inspirada dirección del finés Dome Karukoski, responsable de otro biopic, algo más creativo y esmerado, Tom of Finland. Solo justifican su visionado la siempre estimulante música de Thomas Newman, la previsible y reconfortante ambientación elegantemente británica, y una emotiva escena casi al final de la película en la que el protagonista habla con la madre de su mejor amigo, y no entendemos por qué mayor inspirador. El resto, incluida su anodina historia de amor, está destinado al olvido.