sábado, 6 de febrero de 2016

CAROL Amor y sacrificio con glamour

USA-Reino Unido 2015 118 min.
Dirección Todd Haynes Guión Phyllis Nagy, según la novela “The Price of the Salt” de Patricia Highsmith Fotografía Edward Lachman Música Carter Burwell Intérpretes Cate Blanchett, Rooney Mara, Sarah Paulson, Kyle Chandler, Jake Lacy, Cory Michael Smith, Carrie Brownstein, John Magaro, Kevin Crowley, Trent Rowland Estreno en el Festival de Cannes 17 mayo 2015; en Reino Unido 27 noviembre 2015; en Estados Unidos 15 enero 2016; en España 5 febrero 2016

Nada mejor que el título de la novela en la que se basa esta película, El precio de la sal, elegido por su autora para eludir las consecuencias de la censura, para averiguar cuál es la intención intelectual que subyace bajo el amargo y a la vez dulce relato de la escritora, que es la misma consigna que ha motivado seguramente a Todd Haynes para adaptarla al cine. Es el precio que hay que pagar en una sociedad castradora como la que refleja el drama, pero también el que aún persiste en nuestro civilizado mundo, para conseguir la felicidad, la realización como persona y el paseo por esta tan a menudo desdichada vida para que lo sea menos, con el efecto contagiador que sin duda eso conlleva para todos y todas quienes nos rodean. Desde Extraños en un tren de Hitchcock a Las dos caras de enero de Hossein Amini, muchas son las novelas de Patricia Highsmith que se han llevado al cine, pero casi todas bajo el género del suspense, con su personaje favorito en películas como El talento de Mr. Ripley de Anthony Minghella y El amigo americano de Wim Wenders también a la cabeza. Carol sin embargo es un melodrama romántico y generacional inspirado en apuntes biográficos. A nadie le escapa que bajo la joven e ingenua dependienta que le valió el premio a la mejor actriz en Cannes a una Rooney Mara a lo Winona Ryder, que se mueve en un ambiente bohemio merced a su inquietud como fotógrafa, se esconde la propia Highsmith, que también fue dependienta antes de convertirse en famosa e irrepetible escritora. También ella experimentó la seducción de una atractiva clienta de clase alta y vivió una sexualidad ambigua a lo largo de su vida. La historia de Therese y Carol va sin embargo más allá y nos habla de la renuncia para reclamar una mayor tolerancia y comprensión con el fin de que estos sacrificios no sean necesarios y de alguna manera todos salgamos ganando en nuestras relaciones personales y familiares. Todd Haynes, que de un cine experimental e independiente en títulos como Veneno, Safe y Velvet Goldmine, pasó a otro más domesticado y tradicional, aunque sin perder su sello personal, repite parcialmente la estrategia que le llevó hace trece años a dirigir Lejos del cielo: una historia imposible de rodar en los cincuenta abordada con el estilo de esa época. Pero mientras en el título protagonizado por Julianne Moore toda su estética, fotografía, música y hasta títulos de crédito, emulaba a los clásicos de Douglas Sirk, en Carol se limita a ambientar la historia en un Nueva York, en realidad Cincinnati, de los cincuenta, con el ojo más bien puesto en la pintura, especialmente un Edward Hopper incuestionable en interiores y encuadres, todos de una perfección y una intencionalidad portentosas con el fin de profundizar no sólo en la epidermis de un drama sexual contundente, sino también en su psicología y sufrimiento existencial. A eso se prestan excelentemente las dos actrices protagonistas, cuyo juego de miradas, significativamente presente en el cartel que hemos elegido para ilustrar esta crónica, apenas tiene reflejo en otros títulos memorables como La amistades peligrosas. Gracias al trabajo interpretativo, y también al vestuario, el maquillaje y la peluquería, Blanchett, que ya trabajó con Haynes en I'm Not There dando vida a Bob Dylan, se muestra tan fascinante y seductora como se le describe en la novela, llevando sobre sus hombros un generoso porcentaje de la elegancia y la sobriedad que destila el film. Lástima que el cine y la literatura redunden en describir estos personajes homosexuales tan atractivos, relegando a papeles secundarios a mariquitas y camioneros, para la gracieta de turno. Es una constante con la que tenemos que seguir lidiando, quién sabe si para mostrar con encanto una realidad que sigue espantando a tantas personas aún hoy en día. También la música de Carter Burwell, en más de un pasaje deudora del estilo Philip Glass, contribuye a la sobriedad y la elegancia de este producto, reportándole tras cuarenta años de carrera su primera nominación al Oscar, una categoría generalmente asociada a la importancia de la película a la que ilustra en el ránking de nominaciones, a las que ésta aspira a seis, incluidas sus protagonistas, vestuario, fotografía y su delicado guión, segundo escrito por Phyllis Nagy, cuyo anterior trabajo, un telefilm protagonizado por Ben Kingsley y Annette Benning en 2005, Mrs. Harris, dirigió ella misma.

miércoles, 3 de febrero de 2016

CREED. LA LEYENDA DE ROCKY Elegante revisitación de un mito cinematográfico

Título original: Creed
USA 2015 132 min.
Dirección Ryan Coogler Guión Ryan Coogler y Aaron Covington Fotografía Maryse Alberti Música Ludwig Göransson Intérpretes Michael B. Jordan, Sylvester Stallone, Tessa Thompson, Rhylicia Rashad, Will Blagrove, Juan-Pablo Veza, Andre Ward, Tony Nellew, Philip Greene, Manny Ayala, Rupal Pujara Estreno en Estados Unidos 25 noviembre 2015; en España 29 enero 2016

Esta es la séptima vez que Rocky Balboa aparece en pantalla. El personaje de boxeador creado por Sylvester Stallone en 1976 a su imagen y semejanza, y que le valió dos nominaciones a los Oscar como mejor actor y guionista, reaparece en esta ocasión como secundario determinado a conseguir que el hijo ilegítimo de su gran contrincante en la primera entrega, Apollo Creed, e impulsador involuntario de su carrera, se convierta así mismo en un destacado púgil. Dirigida por el director afroamericano Ryan Coogler, que obtuvo hace un par los premios a la mejor película y el del público en Sundance con Fruitvale Station, que no se ha estrenado en nuestro país, Creed ha protagonizado este año, junto a Straight Outta Compton y Concussion (La verdad duele), la polémica sobre la ausencia de artistas de color en la inminente entrega de los Oscar; en el caso de ésta sólo Stallone ha sido reconocido. Despreciado durante toda su carrera como un actor pésimo y laureado ahora hasta lo imposible por su caracterización como el personaje que le hizo famoso en horas decadentes, lo cierto es que como otros compañeros de género y profesión, Stallone se ha limitado a prestar su físico para el tipo de papeles de hombre duro y de acción que se le demandaban, y lo ha hecho bien, como corresponde al tipo en concreto. Cuando ha intentado labrarse un prestigio como actor de carácter en títulos como F.I.S.T. o Evasión o victoria, tampoco ha desmerecido, únicamente fracasando cuando se ha atrevido con la comedia en películas como Oscar o ¡Alto o mi madre dispara!, por lo que tampoco es que su buen hacer en Creed resulte tan sorprendente. Por otro lado no es que se trate de una interpretación memorable más allá de la propia leyenda del personaje y la determinación del cineasta que lo hizo posible, quizás lo que más reconocimiento merezca. Por lo demás nos encontramos ante un film bien hecho, bien contado, que repite esquemas y tópicos sobre el esfuerzo y la determinación, y que poco o nada aporta ni a la saga ni al subgénero deportivo ni por supuesto al cine en general, más que puro entretenimiento. Si bien destacamos el mensaje de colaboración y solidaridad que expide en el diseño de la relación entre el joven boxeador al que da vida dignamente Michael B. Jordan y su mentor y entrenador, aportándose cada uno la fuerza necesaria para lograr sus objetivos en la gesta deportiva y en la enfermedad. Los personajes femeninos se limitan a meros objetos decorativos cuya presencia quizás sólo se justifique para aportar algo más de emoción al inevitable combate final, ni que decir tiene que estupendamente rodado, con uso de los mejores recursos tecnológicos posibles y una acertada y espectacular utilización del sonido. Stallone ha envejecido mejor que su personaje, al que ver subir con dificultad las míticas escaleras de Filadelfia que hoy llevan su nombre, se convierte en el momento más nostálgico y mitológico de la función. El compositor Ludwig Göransson recupera el espíritu de la legendaria partitura de Bill Conti, añadiendo heroicidad a una historia ya de por sí generosamente épica.

lunes, 1 de febrero de 2016

EL CABARET LORQUIANO DE AINHOA SUPERSTAR

Recitales líricos. Ainhoa Arteta, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Programa: La voz y el poeta. Homenaje a Federico García Lorca (canciones de Gª Lorca, Gª Abril, Gª Morante, Gª Leoz, Montsalvatge y Ortega). Teatro de la Maestranza, domingo 31 de enero de 2016

Una película entre las favoritas de la Academia para los premios que se entregan el próximo fin de semana, La novia, una obra de teatro en el Central (El público), una ópera recién estrenada en el Real sobre el mismo texto, y ahora un espectáculo de la popular soprano vasca; hay autores a los que de tanto revivirlos corren el peligro de morir por saturación. Reconozco que acudía con muchos prejuicios a este recital de Ainhoa Arteta, y sin embargo acabé rindiéndome ante tan entretenido espectáculo, tan bien estructurado y con tantos giros y sorpresas, sin apenas superar los niveles justos de estridencia propios de estas singulares propuestas. La capacidad de la artista para convocar se tradujo en un lleno absoluto, si no fuera por esas butacas de protocolo despreciadas, y una aglomeración como no se veía desde hace mucho de rostros conocidos del mundo de la política, la cultura y la sociedad locales. 

Arteta domina la escena y explota los tópicos lorquianos, desde su indumentaria - blanca como los pueblos de la comarca, negra como Bernarda Alba y roja como la pasión que se asocia a nuestra tierra - hasta su postureo, excesivo en más de una ocasión, como en esa nana de García Abril o El lagarto está llorando de Montsalvatge, pero regalándonos momentos para la posteridad en un impecable Los cuatro muleros, un precioso y muy sentido Romance de la luna de Miquel Ortega, unas encantadoras canciones del cinematográfico García Leoz, y su sensualísimo careo con la bailaora que la acompañó en dos de las canciones españolas antiguas del propio Lorca, y que con su taconeo completó el exquisito trabajo de Rubén Fernández Aguirre. El pianista se ha convertido en un imprescindible de la lírica española gracias a la delicadeza y el mimo que imprime en un acompañamiento respetuoso y a la vez revelador, sensible, elegante y de una calidad extrema, casi impresionista. Los habituales interludios instrumentales necesarios para descansar y relajar la voz fueron en esta ocasión sustituidos por recitativos grabados con la voz imponente de Rabal y entrañable de Alberti.

Arteta conserva esa voz nítida y bien modulada que le permite seguir luciendo palmito en los mejores escenarios operísticos del mundo, con poderosos agudos y puntualmente espléndidos pianissimi, mientras en la zona media acusa una emisión menos natural, más impostada. Es cierto que es exagerada en su tratamiento del drama y el color, sin que por eso llegue a conmover más, pero se le agradece el cariño que mantiene hacia nuestra ciudad, a la que brindó uno de sus momentos más osados, cuando se atrevió con la Habanera de Carmen, fuera de su tesitura, descalza por el pasilllo central de la platea, repartiendo carantoñas para deleite de quienes pudimos verla tan de cerca y apreciar su incontestable belleza.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 31 de enero de 2016

EL SUEÑO ESTANCADO DE LA BÉTICA DE CÁMARA

2º Concierto de temporada 2015/16. Orquesta Bética de Cámara. Antonio Salguero, clarinete. Michael Thomas, director. Programa: Idilio de Sigfrido, de Wagner; Concierto para clarinete nº 1 Op. 73, de Weber. Sinfonía nº 4 Op. 60, de Beethoven. Espacio Turina, sábado 30 de enero de 2016


Años lleva ya la Bética de Cámara intentando reflotar aquel mítico conjunto que nació en los veinte del siglo pasado de la ilustre mano de Falla. Al empeño dedican un considerable esfuerzo y una enorme ilusión, sin que los resultados de momento estén dando los frutos que la empresa merece. En este segundo concierto de la presente temporada se repitió una pieza que se programó hace justo un año, el Concierto para clarinete nº 1 de Weber (hubiera sido preferible completar la oferta con el nº 2), que volvió a brindarnos Antonio Salguero. El clarinetista sevillano lució virtuosismo, destreza y sustancia, desarrollando contrastes y colores con elegancia y emotividad, arropado con considerable respeto, vigor y elocuencia por el conjunto, aunque también puntuales salidas de tono y falsas entradas.

Peor fue el Idilio de Sigfrido de Wagner, pieza compuesta como regalo de cumpleaños y a la vez de Navidad para su esposa, y que la orquesta ofreció en una versión intermedia entre la quincena de músicos que la estrenaron y la voluminosa plantilla con la que brilla en manos de una Sinfónica. Esta delicada pieza se abordó con una insufrible tendencia a la ñoñería, merced a una cuerda flácida y mortecina, especialmente en el registro agudo, apenas superada en los momentos de mayor intensidad emocional. En manos del entusiasta Michael Thomas la pieza sobrepasó el nivel de sensiblería, sin entender ni su sustancia ni su alcance emocional. El dulzón cuarteto con clarinete que sirvió de propina demostró que por separado la concertino tiene un considerable talento.

Fueron los pasajes más enérgicos los que mejor parados salieron, de manera que tras una introducción endeble y sin misterio, el resto de la Sinfonía nº 4 de Beethoven logró convencer con una acertada combinación de júbilo y ternura, unos vigorosos tutti y un voluptuoso empleo del timbal, si bien faltó una mayor profundidad emocional. El concierto coincidió con unos talleres infantiles que se desarrollan en paralelo a las actividades de sala; una feliz idea de la nueva gerencia de la Sala Turina, que añade a una cada vez más completa oferta musical. El lleno de este concierto debería motivar para seguir trabajando duro y conseguir resultados más depurados en un corto plazo. Insistimos en que los programas de mano deberían incluir una relación de los músicos que integran la orquesta, para que vayamos distinguiéndolos; la presentación uno a uno por parte del director no alcanza a cumplir este cometido.

sábado, 30 de enero de 2016

SPOTLIGHT Somos zombies en manos de vampiros

USA 2015 121 min.
Dirección Thomas McCarthy Guión Thomas McCarthy y Josh Singer Fotografía Masanobu Takayanagi Música Howard Shore Intérpretes Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Stanley Tucci, Brian D’Arcy James, Gene Amnoroso, Billy Crudup, Elena Wohl, Doug James Murray, Sharon McFarlane, James Sheridan Estreno en el Festival de Venecia 3 septiembre 2015; en Estados Unidos 25 noviembre 2015; en España 29 enero 2016

Thomas McCarthy tiene una interesante filmografía a sus espaldas como cineasta de esos que llaman independientes. The Secret Agent, aquí titulada Vidas cruzadas, The Visitor, y las más irregulares Win Win y Con la magia en los zapatos, le han reportado una reputación digna especialmente en la dirección de intérpretes, entre los que se encuentran Patricia Clarkson, Richard Jenkins, Paul Giamatti o un empeñado en reflotar su carrera como actor serio Adam Sandler. Eso es quizás lo que más brilla en esta película, su reparto; un elenco en estado de gracia que da vida a un equipo de investigación de un prestigioso periódico de Boston que a principios de este siglo destaparon una trama de abuso de menores en el seno de la Iglesia Católica, una institución intocable especialmente en una ciudad tan ultracatólica, habitada por un poderoso número de descendientes irlandeses, como es la capital de Massachusets. Comparada con Todos los hombres del presidente y el cine que allá por la década de los setenta cultivaban cineastas como Alan J. Pakula, Martin Ritt o Sidney Lumet (hasta la música de Howard Shore recrea ese estilo), el principal escollo con el que se encuentra Spotlight es su farragosa literatura, lo que hace que un tema tan interesante, incluso apasionante como éste no encuentre su punto de conexión preciso con el público, obligado además a un montaje que narra continuamente en paralelo situaciones que perfectamente podrían haberse resuelto en continuidad. A diferencia de la impecable El club de Pablo Larraín, McCarthy apuesta por el estilo tradicional de películas de investigación y denuncia, pulcra y libre de apuntes personales; su efectividad es más directa pero menos estimulante y desde luego mucho menos morbosa y corrosiva que el film del director chileno. Por el contrario el film acierta en apuntar una gran variedad de temas, que van desde la hipocresía y falta de arrojo y valentía de un periodismo, el actual, que se permite el lujo de invernar para no arriesgar en pérdida de público y falta de bienestar, al precio de perder en rigor informativo. Pero sobre todo la película acierta al plasmar la expansión del poder, de cómo todo lo corrompe y cómo sus agentes se anclan a él a cualquier precio, so pena de perder la dignidad y la credibilidad. Está pasando en nuestro país, donde nada ni nadie parece convencer a nuestros mandatarios de que su momento ha pasado, que han perdido toda razón para seguir asidos al poder, no sólo por hacer vista gorda ante la corrupción y el engaño a votantes, o en el caso de la película feligreses, sino por participar aunque sea mediante la pasividad en la comisión de delitos flagrantes. Y es ahí donde el periodismo bien encauzado asume su responsabilidad y riesgo, lográndose objetivos luego bendecidos con premios (el equipo Spotlight del Globe logró el Pulitzer) y cambios de postura entre un pueblo tuerto pero no ciego, al que sólo le faltaba un empujón para dejar de mirar hacia otro lado. Por todo ello la cinta es importante y necesaria, aunque lo que narre ya lo conozcamos; pero es imprescindible que no lo olvidemos y que en el futuro no sean necesarias décadas de ocultación y oscurantismo para devolver la dignidad y la justicia a quienes sufren, esos muertos en vida, zombies condenados por unos vampiros voraces que campan a sus anchas merced al poder que les proporciona una secta creada por el hombre, y por lo tanto efímera, para controlar y dominar. Al final el producto se convierte si no en una brillante, sí en una interesante reflexión sobre los límites de la ética y su absoluta supremacía sobre la religión, ésta o la que sea.

viernes, 29 de enero de 2016

KRAEMER Y LA BARROCA, CON FURIA Y TAMBIÉN DELICADEZA

Concierto de Santo Tomás. Orquesta Barroca de Sevilla. Manfredo Kraemer, director-concertino. Programa: Propitia Sydera. La forma es el fondo (obras de Geminiani, Rebel, von Biber, Handel y Muffat). Iglesia de la Anunciación, jueves 28 de enero de 2016

Kraemer y la OBS interpretando los Conciertos de Brandenburgo
en marzo de 2014 en la Sala Turina
Semana vertiginosa la que acaba de completar la Barroca, resonando aún los ecos de su Senna festeggiante junto a Enrico Onofri, presentando la programación del inminente Femás, en cuya clausura volverá a dirigirlos el maestro italiano, y cumpliendo rigurosamente con el calendario académico para festejar un año más al patrón católico de los estudiantes de un país presuntamente laico. Manfredo Kraemer, otro de los directores que más veces ha dirigido en escena y en estudio a la formación sevillana, se erigió en maestro de ceremonias de este evento que tradicionalmente se celebra en la Iglesia de la Anunciación, de nuevo convenientemente ataviada con paneles para amortiguar las deficiencias acústicas del hermoso recinto, coronado por un altar mayor en el que la música tiene un gran protagonismo merced al cuadro de Juan de Roelas Circuncisión de Jesús.
 
Pero esas deficiencias de sonido no están satisfactoriamente resueltas por lo que cuentan los espectadores ubicados más allá de una sexta o séptima fila, donde se manifiesta una notable dispersión acústica. Quienes tenemos el privilegio de verlos de cerca disfrutamos del entusiasmo y la versatilidad de un conjunto que no deja de emocionarnos a partir de programas breves pero diseñados a fuerza de piezas tan singulares como las de Rebel y von Biber, que ocuparon el centro de un concierto en torno a un Corelli presente indirectamente a través de su relación e influencia con los autores elegidos. Les caractères de la danse de Jean-Féry Rebel es una original e ininterrumpida suite de danzas y sonatas reservada a virtuosistas al más puro estilo italiano, como un Kraemer que supo adaptarse a sus continuos cambios de ritmo y registro, acompañado por una orquesta que supo dominar cada matiz y plano sonoro con absoluta ductilidad. También singular la prodigiosa sonata de Biber, en la que se aprecia la predilección del autor por el canon y el empleo de la scordatura, y que Kraemer edificó con una arrebatadora delicadeza cercana a lo místico.
 
La sombra de Corelli fue directa en el primero de los Concerti grossi que Geminiani compuso en Londres siguiendo el gusto por lo francés e italiano que entonces empezaba a imperar en la capital británica, a partir de arreglos, exploraciones y expansiones de las sonatas Op. 5 de Corelli, y del que la Barroca y Kramer hicieron una lectura precisa y atenta, si bien la cuerda solista atisbó por momentos cierta rugosidad. La conocida Sonata a 5 de Handel y el Concierto XII de Muffat, caleidoscopio de los estilos francés (Lully) e italiano (Corelli) revisados en este original programa, se beneficiaron del virtuosismo del concertino argentino, su perfecto eco en la cuerda acompañante, el clave y el órgano convocados, y sobre todo los toques de tumultuosa expresividad y relieve que potenciaron una cuerda grave sensacional, con arrebatadores golpes de arco incluidos.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 28 de enero de 2016

LA GRAN APUESTA La histeria del dólar

Título original: The Big Short
USA 2015 123 min.
Dirección Adam McKay Guión Adam McKay y Charles Randolph Fotografía Barry Ackroyd Música Nicholas Britell Intérpretes Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling, John Magaro, Finn Wittrock, Brad Pitt, Hamish Linklater, Rafe Spall, Jeremy Strong, Marisa Tomei, Melissa Leo, Stanley Wong, Byron Mann, Tracy Letts, Karen Gillan Estreno en Estados Unidos 23 diciembre 2015; en España 22 enero 2016

Adam McKay se ha labrado un porvenir en Hollywood dirigiendo comedias insustanciales y grotescas a la mayor gloria de Will Ferrell, como la saga del reportero Ron Burgundy alias Anchorman, Hermanos por pelotas, Pasado de vueltas o Los otros dos. Un estilo que le ha reportado experiencia y dominio para abordar con éxito su primera incursión en un cine ideológica y artísticamente más comprometido. La empresa no le ha podido salir mejor, pues tiene los méritos de tratar un tema tan trágico y delicado en clave de comedia y salir airoso, sin molestar ni hacer daño apenas a nadie, pues siempre hay estómagos más delicados; utilizar un lenguaje demasiado exclusivo de los mercados financieros, lo que impide que el mensaje en su integridad llegue a todos los públicos, y sin embargo el conjunto resulte entretenido y su objetivo cumplido, comprendiéndose en sus aspectos más génericos; y apostar por centrarse en una serie de personajes en principio deleznables que no obstante caen simpáticos. El material se lo brinda un libro de Michael Lewis, artífice también de The Blind Side (Un sueño posible) y Moneyball (Rompiendo las reglas), llevadas también al cine, la segunda como ésta con producción de Brad Pitt. La trama se ambienta en el preludio de la gran crisis económica que aún estamos padeciendo, cuando hace diez años algunos privilegiados supieron entender lo que se nos avenía, a pesar de que gobiernos, mercados bursátiles y medios informativos se negaran a ver la debilidad del sistema hipotecario en el que se basaba la hegemonía de la economía mundial. Previsión que les sirvió de plataforma para hacer inversiones en principio (short) suicidas pero a la larga muy rentables, aún al precio de un empobrecimiento general y una tragedia a escala inimaginable. La historia se centra en varios de estos agentes, entrelazándolos y entrecruzándolos gracias a un montaje frenético e histérico que parece colocarlos a todos en el mismo espacio y tiempo, dando continuidad a un espectáculo que se alarga poco más de dos horas sin decaer en ningún momento, con injertos de fotografías y documentales reales que muestran una población desprevenida, ingenua y sometida a los caprichos de unos cuantos cuyas malas prácticas no sólo no les ensuciaron sino que contribuyeron a aumentar su nivel de bienestar. Los precedentes son una comedia que Frank Capra dirigió a propósito de la otra gran crisis económica, la Gran Depresión del 29, La locura del dólar (American Madness), trasladada ahora a una sociedad menos ingenua, mucho más cínica, estresante e histérica, y definitivamente más maleducada que la retratada en este film de los primeros años del sonoro; Margin Call, que con mayor seriedad pero con el mismo rigor retrató el escenario en el que los peores augurios comenzaron a asomar en los lujosos despachos de Nueva York; y por supuesto El lobo de Wall Street, que con más lujo y recursos retrató un cuadro similar hace un par de años, el del aprovechamiento por unos cuantos avispados depredadores de una situación universalmente desfavorable para el resto de los humanos, y de la que esta película de McKay nominada a cinco Oscar toma prestada a la bellísima Margot Robbie, que como otros famosos, chefs, deportistas y Selena Gómez entre ellos, se prestan a explicar con un lenguaje más sencillo lo que los magnates de Wall Street no alcanzan a transmitir a una platea todavía estupefacta por cómo se ha jugado con nuestra paciencia, nuestros ahorros, nuestros derechos y nuestra confianza.