domingo, 22 de julio de 2018

LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA La ridícula opresión de la humanidad

Título original: Das schweigende Klasserzimmer
Alemania 2018 111 min.
Guión y dirección Lars Kraume, según el libro de Dietrich Garstka Fotografía Jens Harant Música Christoph Kaiser y Julian Maas Intérpretes Leonard Scheicher, Tom Grammez, Jonas Dassler, Lena Klenke, Isaiah Michalski, Jördis Triebel, Michael Gwisdek, Max Hopp. Judith Engel, Ronald Zehrfeld, Carina N. Wiese, Florian Lukas, Burghart Klaussner Estreno en Alemania 1 marzo 2018; en España 20 julio 2018

Hace tres años el realizador alemán Lars Kraume analizó en una interesante e inteligente película, El caso Fritz Bauer, el empeño del Fiscal General del Estado en la República Federal Alemana de los años cincuenta por llevar ante los tribunales a antiguos criminales nazis, y cómo las autoridades del régimen democrático restaurado se lo impedía con la siempre aborrecible y dolorosa excusa de no hurgar en el pasado. La otra Alemania, la del Este, unos años antes del levantamiento del muro de Berlín, se convierte ahora en el eje de un nuevo análisis político, histórico y social, que como en aquel caso sirve también para denunciar cualquier tipo de sistema, libre o no, en su objetivo de controlar y manipular nuestra existencia con el fin de adherirse a ese poder tan suculento y a la vez ridículo que caracteriza la mayor inquietud del ser humano. El Universo es infinito y se expande continuamente; nuestra posición en él es insignificante, y sin embargo la humanidad continúa sintiéndose eje alrededor del cual gira todo, protagonista total y absoluto de ese cosmos que desconoce, y artífice de las artimañas más absurdas para amasar esa riqueza y poder que no disfrutará más allá de nuestra ridícula y efímera existencia. Con esta actitud se ha legitimado a sí mismo para oprimir y hostigar al prójimo, haciendo de este pequeño planeta un hervidero de dolor e injusticia. Ningún régimen es realmente justo e igualitario. El poder se asienta de tal forma que asegura su continuidad con sistemas, autoritarios o no en apariencia, que sólo sirven y le son útiles a él mismo, tan preocupado en mantener lo suyo a través de cartas magnas y documentos varios, así como de pasar olímpicamente de aquellas otras estipulaciones que defienden a los humildes y que no son en última instancia más que una capa de hipocresía con la que desviar la atención de lo que verdaderamente importa a los poderosos. El utópico socialismo soviético que anclaba sus postulados en la defensa del proletariado no escapó de estas miserias ridículas, y su obsesión por mantener el control y la disciplina de partido a toda costa se cobró muchas vidas y esperanzas. Esta estupenda película, tan clásica en su caligrafía como hiriente y contundente en su contenido, fija su atención en un episodio que sucedió en 1956 cuando Hungría pretendió liberarse de ese control soviético y un grupo de estudiantes de la Alemania del Este decidió solidarizarse guardando un minuto de silencio de apocalípticas consecuencias. Una situación tan ridícula como aterradora, dos extremos que Kraume disecciona a la perfección en un pulcro ejercicio de cine entretenido y apasionante, con un sobresaliente tratamiento de la tensión y el drama, una asfixiante atmósfera, y la complicidad de un reparto coral excelente, tanto los jóvenes como los adultos, entre los que destacan los padres frustrados por un pasado cargado de incógnitas y sinsabores, y esas marionetas del sistema a las que sólo vemos mientras ejercen su trabajo, pero no descartamos su autoconciencia también como víctimas del sistema. Y entre todo, lo mejor es la posición de una juventud comprometida con su futuro, conscientes del ambiente en el que viven y capaces de tomar decisiones arriesgadas y valientes para lograr lo que sus padres no consiguieron, tan lejos de la posición acomodaticia y anestesiada de nuestra juventud actual, esa que se cree libre pero que como todos y todas, en realidad baila al son que le tocan.

sábado, 21 de julio de 2018

MARIVÍ BLASCO Y JUAN CARLOS RIVERA: EL DRAMA CONTAGIOSO

19º Edición Noches en los Jardines del Real Alcázar. Mariví Blasco, soprano. Juan Carlos Rivera, tiorba. Programa: Piezas de Caccini, Kapsberger, Strozzi, Merula, Purcell, Stölzel y Händel. Viernes 20 de julio de 2018

La conmemoración en diciembre del cuatrocientos aniversario de la muerte de Giulio Caccini ha facilitado la programación de un concierto tan exquisito como el que nos brindaron Mariví Blasco y Juan Carlos Rivera, otra asociación feliz asidua a nuestros escenarios, en los jardines del Alcázar. Su trabajo conjunto a lo largo de estos últimos años ha alcanzado cotas admirables de complicidad y compenetración, que se traducen habitualmente en gozosas recreaciones de la música que abordan, además en un estilo cada vez más relajado, menos acomplejado y más acorde con su intención de transmitir y contagiar todo el amor y la admiración que profesan por un repertorio que conocen bien y por el que se sienten, se ve, muy apasionados.

Blasco tuvo el acierto de leer la traducción de los poemas que sirven de base a las canciones elegidas, lo que facilitó seguir con atención los matices dramáticos que la soprano valenciana supo incluir en su canto. En el caso de Caccini, con cinco piezas en los atriles, esto se tradujo en un alto componente expresivo, justo lo que merece esperar de quien se considera precursor del Barroco gracias a su revolucionario canto monódico en estilo recitativo. Nuove musiche con la que Blasco se movió cómoda, con gracia y elegancia, emotiva en Dolcissimo sospiro, campechana en Belle rose porporine, mostrando en todo momento cómo ha crecido como artista, cómo se mete al público en el bolsillo y cómo ha superado ciertas limitaciones en su voz, ganando en brillo, con poderosa proyección y limando complejos e inseguridades. No sólo oír, ver también ayuda mucho a disfrutar de un buen concierto, como por ejemplo la impagable experiencia de observar la sonrisa de satisfacción de Mariví Blasco mientras Rivera desgranaba las innumerables y alegres notas de los Canarios de Girolamo Kapsberger, compositor y teórico alemán afincado en Venecia y Roma que aportó las páginas instrumentales de la velada.

Per un bacio, una hermosa balada de Barbara Strozzi, en la línea del Monteverdi que sirvió de propina con ese Si dolce é il tormento ya indisociable al repertorio del dúo, entonada como si de un tormentoso lamento se tratara, y una sádica nana de Tarquino Merula dedicada al Niño Jesús, con acompañamiento en ostinato de muy original resolución, dieron paso a un Lamento de Dido de Purcell algo desvaído y corto de expresividad, y unas Capona y Sfessaina de Kapsberger que Rivera ofreció con su habitual templanza y dominio técnico. Después el bellísimo Bist du bei mir de la ópera Diomedes de Gottfried Heinrich Stölzel, que Bach incluyó en su segundo cuaderno de notas para su esposa Anna Magdalena y Blasco entonó con tanta delicadeza como buen gusto, este fascinante recorrido por el Seicento especialidad de la casa, terminó con un Lascia ch’io pianga de Händel desinhibido y distendido que la soprano aprovechó para lucir frondosas ornamentaciones de pura creatividad y saludable conveniencia. Ni que decir tiene que el especialista en cuerda pulsada, Juan Carlos Rivera, acompañó en todo momento con un sentido admirable del mimetismo y la compenetración, logrando juntos una experiencia sensorial sobresaliente.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

MAMMA MIA! UNA Y OTRA VEZ Operación quirúrgica, estirada y con postizos

Título original: Mamma Mia! Here We Go Again
USA-Reino Unido 2018 108 min.
Guión y dirección Ol Parker Fotografía Robert D. Yeoman Música Benny Andersson, Björn Ulvaeus y Anne Dudley Intérpretes Amanda Seyfried, Lily James, Christine Baranski, Julie Walters, Pierce Brosnan, Colin Firth, Stellan Skarsgard, Dominic Cooper, Jeremy Irvine, Josh Dylan, Hugh Skinner, Jessica Keenan Wynn, Alexa Davis, Andy García, Cher, Meryl Streep, Celia Imrie, Omid Djalili Estreno simultáneo en Reino Unido, Estados Unidos y España 20 julio 2018

Por una vez nuestros distribuidores han dado en el clavo, aunque sea inconscientemente, titulando esta película Una y otra vez, y es que el cine americano, y el inglés a remolque, le ha cogido el gusto a esto de repetir una y otra vez la misma historia, sin aportar nada y con el único fin de volver a hacer caja a fuerza de los mismos recursos, amplios en lo técnico, limitados en lo artístico e imaginativo. Que recordemos sólo una vez ha habido secuela exclusivamente cinematográfica de un éxito de Broadway, y fue Grease 2 en 1982, que al margen de ser casi la primera vez que pudimos ver a Michelle Pfeiffer en el cine, cosechó un estrepitoso fracaso. Pero eran otros tiempos, cuando las operaciones de márketing no existían a la agresiva escala que lo hacen hoy. La secuela de aquella mala película que fue la adaptación del simpático musical a costa de las canciones de Abba, es tan mala o peor que su referente. Pues si es verdad que está algo mejor hecha, más cuidada en sus detalles, y cuenta con algunas secuencias que podríamos salvar de la quema, como la llegada en barco de los invitados a la inevitable fiesta al ritmo de Dancing Queen, o los títulos de crédito finales con todo el lujoso reparto entonando Super Trouper, lo cierto es que aquí no hay argumento ni intriga ni gracia alguna. Asistir a las aventuras amorosas de la joven Donna (una tan mona como esforzada Lily Cenicienta James) no aporta nada, y deja en entredicho la supuestamente interesante vida bohemia de aquella Meryl Streep que aquí sólo se digna a cantar una canción casi al final de la función, mientras Cher se permite bajo kilos de maquillaje y metros de costura, incorporar a la abuela de la cursi Amanda Seyfried, y lo que es más sorprendente, permitir que los libretistas, entre los que se encuentra Richard Curtis, autor de los guiones de Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y Love Actually, lo que da idea del pastelón resultante (al menos las dos últimas), sitúen su romance con Andy García ¡en 1959! Al menos la participación de Cher nos regala una memorable versión de Fernando en lo vocal y una agilidad increíble en su rockera introducción de Super Trouper. Porque el resto de canciones, a pesar de la colaboración estelar de Benny Andersson y Björn Ulvaeus en sendos cameos, además de encajar el argumento de forma tan artificiosa como impuesta, parecen malos cover de esos que se adquirían en las gasolineras cuando éramos niños. Demasiadas canciones, malos números musicales, con coreografías que después de La La Land parecen de chiste, argumento nulo, caras y cuerpos hermosos y jóvenes, paisajes veraniegos y un inexplicable reparto de lujo, son las señas de identidad de esta operación comercial estirada y con postizos, como la piel de Cher, en última instancia lo más destacado del conjunto, junto al humorista británico de origen iraní que distrae a los protagonistas en la aduana del puerto griego desde donde embarcan nuestros adinerados y despreocupados personajes hacia la isla de la eterna felicidad romántica. Y para ser generosos destacaremos también la interpretación de la joven Jessica Keenan Wynn, nieta del legendario actor, que mimetiza con sus gestos a Christine Baranski, de la que ofrece la versión joven de su personaje. Un más que seguro éxito de taquilla al que se han apuntado como productores Andersson, Ulvaeus, Curtis y hasta Tom Hanks, que para eso es tan amigo de Meryl Streep.

viernes, 20 de julio de 2018

CRISTINA MONTES Y VICENT MORELLÓ: UNA FELIZ ASOCIACIÓN

19º Edición Noches en los Jardines del Real Alcázar. Cristina Montes Mateo, arpa. Vicent Morelló, flauta. Programa: Obras de Cras, Ferroud, L. Boulanger, Saint-Saëns y Debussy. Jueves 19 de julio de 2018

El centenario de la muerte de Debussy ha encontrado también su hueco en estas noches del Alcázar, esta vez con un programa muy elaborado y consistente en el que se aglutinaron nombres de la música francesa de principios del siglo XX, algunos de ellos muy poco frecuentados hoy, que dieron buena muestra de la influencia de la personalidad y la estética del genial compositor compatriota y ayudaron a enmarcar su obra y su tiempo con una elocuencia y una ductilidad sobresalientes. Para ello tuvimos ocasión de disfrutar de la feliz asociación del flautista de la Sinfónica Vicent Morelló y la sensacional arpista sevillana, tras algún encuentro puntual en los atriles de la Orquesta de la Comunidad Valenciana. Disciplina, seriedad y perfecta compenetración definieron su  buen rendimiento a lo largo del recital.

Los delicados cuidados que exige el flamante arpa, una preciosísima joya de precisión y orfebrería, y las habituales divagaciones de Morelló introduciendo las piezas, dilataron la duración de esta ofrenda musical en la que ambos instrumentistas comenzaron a destacar ya con la Suite en dúo de Jean Cras, oficial de la armada que se inspiraba en sus viajes y el mar que le servía de ruta para componer sus piezas, entre las que se encuentran unos aclamados trío y cuarteto, así como la ópera Polifemo. De corte impresionista y fuertemente cromático, sus aires orientales y frecuentes arabescos encontraron eco en la flexibilidad del flautista y la elegancia de la arpista, con un evocador assez lent como eje central. En solitario Morelló se hizo con dos de las tres piezas para flauta de Pierre-Octave Ferroud, Bergère Captive y Jade, desarrolladas con encanto y simplicidad, como apuntaba su autor, y dejando entrever el influjo de la Siesta del fauno en sus sensuales líneas melódicas. Obra debussyniana que también homenajea Lili Boulanger, hermana y alumna de la más célebre Nadia, en su Nocturno, que compuso en apenas dos días mientras preparaba su participación en el prestigioso Concurso de Roma. Aquí Morelló cantó en la flauta con el atento y delicado acompañamiento de Montes, destacando ese crescendo final evocador de la wagneriana muerte de Isolda.

La fragilidad de las cuerdas de tripa se compensa con su sonido dulce y aterciopelado, lo que posibilitó a Montes Mateo recrear una Fantasía Op. 95 de Saint-Saëns absolutamente brillante, por su caligrafía y por su extraordinaria habilidad e indiscutible sensibilidad para hacer justicia a una página tan generosa en filigranas, giros y detalles. Aunque en el programa y en la presentación se empeñaron en que lo que cerraba el concierto eran las Canciones de Bilitis de Debussy, en realidad se trató de los Seis Epígrafes Antiguos que compuso como música incidental para una puntual interpretación de esas doce canciones (ampliadas con otros tres cantos) concebidas para ilustrar los poemas eróticos de su amigo Pierre Louÿs. De cualquier forma los intérpretes volvieron a desgranar elegancia y dominio técnico en estas piezas, transcritas por ellos mismos a partir de la versión para piano a cuatro manos, aunque a esas alturas el programa ya había evidenciado lo que se temía, que la homogeneidad del limitado repertorio provocaría cierta monotonía y un exceso de relajación. Pero mereció la pena.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

Estreno de HAPPY END en salas comerciales

Reseña de la película, estrenada en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el 4 de noviembre de 2017. Estreno en salas 20 de julio de 2018

miércoles, 18 de julio de 2018

TOTEM ENSEMBLE: I SALONISTI EN LOS JARDINES DEL ALCÁZAR

19º Edición Noches en los Jardines del Real Alcázar. Totem Ensemble: Vladimir Dmitrenco y Luis Miguel Díez, violines. Jerome Ireland, viola. Nonna Natsvilishvili, cello. Francisco Lobo, contrabajo. Programa: Piezas de Rossini, Verdi, Puccini, Bizet, Curtis, Toselli y Ponchielli. Martes 17 de julio de 2018

Ya sea con Millennium Arts o cualquiera de las otras formaciones que de su mano han surgido a partir de la Sinfónica de Sevilla, Vladimir Dmitrenco es un asiduo de estas noches del Alcázar. Con Totem Ensemble muestra su cara más amable y distendida, sin renunciar nunca a sus cómicas presentaciones no exentas de humanidad, seguramente por la aceptación que tienen entre un público que deja al margen exigencias y solemnidades. El conjunto recrea el estilo y la sonoridad que hicieron célebres a I Salonisti, aquel grupo de música de cámara desenfadada que se formó a principios de los ochenta del siglo pasado desempolvando música de salón y alcanzando su máxima popularidad gracias a Titanic

Como ya hicieran la semana pasada Castelló y Apellániz, la presencia de Totem Ensemble obedeció al ciento cincuenta aniversario del fallecimiento de Rossini, aunque desde una óptica muy diferente. Mientras aquéllos fueron fieles y rigurosos a las partituras convocadas, que mantenían bastante coherencia con el entorno y la influencia del compositor operístico, el programa de los músicos de la ROSS se centró en una amalgama de arreglos, compositores y tendencias que ni resultan herederos del autor de Semiramide ni le son contemporáneos ni guardan similitud con su estética. No basta con ser italianos, pero al fin y al cabo se trataba de mantener una línea amable y conectar sin exigencias con un público receptivo. Suponemos que los arreglos fueron en su mayoría de su propia cosecha, manteniendo una línea elegante y armoniosa, con violín primero y viola manteniendo fundamental y alternativamente la línea melódica, violín segundo abordando las sencillas ornamentaciones, y cello y contrabajo dando fuerza y cuerpo al conjunto. Todo sin complicaciones para unos músicos competentes y adiestrados.

Mientras Dmitrenco tuvo en lo musical una noche lúcida, con un sonido terso y muy equilibrado, Ireland evidenció mayor tosquedad en su cometido, aunque en líneas generales las prestaciones del conjunto fueron satisfactorias, dentro de lo poco que se puede exigir a una manifestación como ésta, que tuvo a Rossini como centro, con versiones compactas de El barbero de Sevilla y Guillermo Tell, y su célebre Danza a ritmo de tarantela napolitana, octava de sus soirées musicales. El temperamento romántico de Torna a Surriento (Regresa a Sorrento) de Ernesto de Curtis y el exquisito lirismo de la Serenata Rimpianto (Lamento) de Enrico Toselli, pusieron la nota apasionada a un concierto en el que también asomaron Verdi (Preludio de La traviata y Coro de esclavos de Nabucco), Puccini (Nessum Dorma, O mio babbino caro), Ponchielli (la simpática Danza de las horas de La Gioconda, con cuya presentación Dmitrenco alcanzó sus más altas cotas de surrealismo) y una muy bien entonada selección de Carmen de Bizet, por aquello de que Rossini vivió un tiempo en París. La famosa canción tradicional hebrea Hava Nagila marcó el ritmo en la propina de un programa cogido con calzador, sin complicaciones, amable, distendido, sin mucho interés pero muy celebrado por el público asistente.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 17 de julio de 2018

MARY SHELLEY Austen, Dickens y el moderno Prometeo

USA-Reino Unido-Luxemburgo 2017 120 min.
Dirección Haifaa Al-Mansour Guión Emma Jensen y Haifaa Al-Mansour Fotografía David Ungaro Música Amelia Warner Intérpretes Elle Fanning, Douglas Booth, Bel Powley, Stephen Dillane, Tom Sturridge, Joanne Froggatt, Ben Hardy, Ciara Charteris, Maisie Williams Estreno en el Festival de Toronto 9 septiembre 2017; en Estados Unidos 25 mayo 2018; en España 13 julio 2018

Cabía esperar de Haifaa Al-Mansour, la primera directora de cine de Arabia-Saudí, caracterizada por reivindicar el papel de la mujer en una sociedad fuertemente machista y cada vez más radicalizada, en cortometrajes, documentales y su única ficción hasta ahora, La bicicleta verde (Wadjda), que aprovechara el tirón de la biografía de la autora de Frankenstein para reflejar esos mismos obstáculos y condiciones en la difícil sociedad británica de principios del siglo XIX. Y sin embargo la realizadora presta más atención al trabajo de creación e inspiración que conlleva toda actividad artística que a la mera marginación de la mujer por ser tal, aunque este aspecto irremediablemente tenga también protagonismo en la historia de la joven autora de una novela de tanto éxito y proyección. En este sentido nos congratulamos de que por fin un trabajo biográfico se construya alrededor de su mente creadora en lugar de centrarse en sus miserias. En realidad es su pareja, el reputado poeta Percy Shelley quien atrae esa miseria a su vida y vampiriza su creatividad, como Polidori se atrevió a denunciar de forma velada en su Vampiro, fruto de aquella famosa convivencia de los tres con el también poeta, el extravagante Lord Byron, que fue objeto de la celebrada película de Gonzalo Suárez Remando al viento. Hasta tal punto la huella de Shelley se prolongó en el tiempo respecto a su pareja, Mary, que hasta en los créditos de la adaptación de 1931 de Frankenstein de James Whale aparece basada en la novela de Mrs. Percy Shelley. Pero lo más llamativo de este salto de la realizadora árabe al cine comercial angloamericano es su perfecta adaptación a los modos básicos y clásicos del cine de época, siguiendo los patrones que le brindan las cintas inspiradas en Jane Austen y Charles Dickens. De la primera toma el tratamiento romántico de la pieza, centrada en su relación pasional, amorosa y tormentosa con el poeta; del segundo esos ambientes llenos de injusticia, miseria y barro que tan bien se reflejaba en el universo del autor de Oliver Twist, en ese Londres superpoblado y deshumanizado. El trazo pasional de todos los personajes, excelentemente interpretados con la cada vez más afianzada y hermosa Elle Fanning a la cabeza, apuntan a una celebración perfecta de la literatura romántica, mientras cada uno de los detalles que van provocando la creación de la criatura, en este caso más que Frankenstein, el libro que le vio nacer, se detallan con finura y acierto. De este modo Al-Mansour ha plasmado en su acertada película ese proceso creativo que ella misma acusa y que en el caso de la mujer siempre resulta más complicado y menos reconocido. Lástima que en el proceso la realizadora resulte, seguramente de forma involuntaria, algo rancia en sus planteamientos, cuando acaba moralizando frente a la conducta presuntamente libertina y anticonvencional de Shelley, Byron y sus acólitos, y apuesta por una vida ordenada y ajustada a los patrones reinantes, como pócima para una salud mental equilibrada.