miércoles, 23 de enero de 2019

LA FAVORITA Eva al desnudo en época dieciochesca

Título original: The Favourite
Reino Unido 2018 119 min.
Dirección Yorgos Lanthimos Guión Deborah Davis y Tony McNamara Fotografía Robbie Ryan Música Johnnie Burn Intérpretes Olivia Colman, Emma Stone, Rachel Weisz, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss, Jenny Rainsford Estreno en el Festival de Venecia 30 agosto 2018; en Estados Unidos 21 diciembre 2018; en España 18 enero 2019

El director de Canino y Alps se consagra definitivamente en el cine americano con esta presunta producción inglesa, una tragicomedia de época ambientada durante el reinado de la primera monarca de Gran Bretaña, Ana Estuardo, y centrada en su relación con Sarah Jennings, Duquesa de Marlborough, y la doncella con ascendencia aristocrática Abigail Mesham. El director de Langosta y la poco reconocida pero fascinante El sacrificio de un ciervo sagrado, vuelve a hacer gala de su extravagante estilo para poner en pie un guión ajeno (todos los anteriores los firmaban él y su colega Efthymis Filippou) y sin embargo tan extravagante como él mismo, plagado de vulgaridades y obscenidades tan inusuales e incluso insólitas en este tipo de cine tradicionalmente refinado y suntuoso. Sus señas de identidad se traducen en un uso abundante del ojo de pez, quién sabe si para distorsionar aún más un relato trágico amortiguado por su intencionalidad cómica y no suficientemente contrastado a nivel histórico, o sólo para ampliar el ángulo de visión; un uso también elocuente y caprichoso del sonido, y secuencias tan delirantes como el baile en el salón y su insólita coreografía. Con una puesta en escena a lo Barry Lyndon, aunque ambientada más de cincuenta años antes, y un uso similar de la música, que mete en el mismo saco a Purcell, Haendel o Schubert, aunque pertenezcan a épocas decididamente diferentes, la película de Yanthimos destaca por su barroquismo y lujosa producción, pero sobre todo por sus protagonistas. Aunque consideradas en todos los premios a los que han optado y optan como secundarias, Weisz y, sobre todo, Stone realizan trabajos protagónicos, tanto o más que Colman, la auténtica revelación de la película, capaz de catalizar en su mirada y su gesto toda la intriga que suscitan sus damas de compañía, una Margo Channing que influye en la reina para resolver la Guerra de Sucesión Española de la forma más ventajosa pero dolorosa para Gran Bretaña, y su rival, una arribista Eva Harrington que no duda en utilizar todas las artimañas en su favor, incluidos favores de alcoba y abuso de la tragedia ajena (la reina perdió hasta diecisiete hijos e hijas) para alcanzar su propósito y, paradójicamente, resolver ese conflicto de manera pacífica, lo que supuso a su vez un nuevo choque entre toris y whigs en el parlamento. Al final nos queda una de esas intrigas palaciegas tan del gusto de la burguesía intelectual y bienpensante, contada quizás de forma diferente y más audaz, pero sin lograr quitarse de encima esa pátina de drama histórico de la que parece quiera huir disfrazándose de comedia delirante y una pizca disparatada. Atención a la grafía de los títulos de crédito, muy original pero difícil de seguir.

GLASS El cómic como reflejo del talento incómodo

USA 2019 129 min.
Guión y dirección M. Night Shyamalan Fotografía Mike Gioulakis Música West Dylan Thordson Intérpretes James McAvoy, Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Sarah Paulson, Anne Taylor-Joy, Spencer Treat Clark, Charlayne Woodard, Luke Kirby, Adam David Thompson Estreno en España y Estados Unidos 18 enero 2019

Cuando Shyamalan estrenó El protector (Unbreakable), justo después del enorme éxito cosechado con El sexto sentido, nadie, suponemos que ni él mismo, pensó que se tratara de la primera parte de una trilogía que cierra ahora con ésta su última película. Tras los batacazos de Airbender: El último guerrero y After Earth, el director indioamericano recuperó su espíritu y el favor del público con la irregular La visita, y lo revalidó definitivamente con la irritante Múltiple (Split), cuyo final sí vaticinaba definitivamente una secuela en la que se viera implicado Don Glass, el antagonista de Bruce Willis en aquél film del año 2000 que analizaba en términos intelectuales el papel del superhéroe en la sociedad moderna. La Bestia se las tiene que ver ahora con el Protector en una trama urdida por la imaginación y el intelecto de Glass, y Shyamalan aprovecha esta típica historia de superhéroes para hacer lo que mejor sabe hacer y nos tenía acostumbrados, que es utilizar el género fantástico y de terror para cuestionar temas que nos interesan como seres humanos que viven en una sociedad supuestamente civilizada. Como poseedores de un talento especial, los personajes retratados en esta película resultan incómodos e inoportunos en una sociedad a la que sólo interesa encumbrar la mediocridad con el fin de controlar y manejar los entresijos del poder sin que nadie lo cuestione ni se dé cuenta. Se trata ni más ni menos que analizar la política predominante en los países de nuestro entorno y los poderes que la manejan, así como el papel que debieran jugar los medios de comunicación para desenmascarar la intriga y la injusticia. Por fin, después de varios vaivenes, recuperamos a ese director que tanto admiramos en títulos como Señales, El bosque o El incidente, capaz de reflexionar sobre temas de candente actualidad a través de géneros donde priman el mero entretenimiento y la fascinación por lo inexplicable y lo desconocido, géneros que más cuentan con el favor del público. Y lo consigue gracias a una buena dosificación de recursos, sin las exageraciones de este tipo de producciones ni los delirios a los que nos tienen acostumbrados las adaptaciones de cómics, procurando dotar de cierto realismo un espectáculo que sin él perdería todo su poder de convicción y dejaría de invitarnos a reflexionar. Los intérpretes de adaptan al conjunto con solvencia y naturalidad, teniendo en cuenta que el desdoblamiento de personalidad de James McAvoy, con hasta veinte identidades distintas, sólo puede resolverse con sobreactuación e histrionismo. El acabado dialéctico y el uso de los espacios resultan también convincentes, aunque en el camino algún detalle lastre parte de la credibilidad de la propuesta, como la escasa vigilancia a la que son sometidos los protagonistas, encerrados en una prisión psiquiátrica se supone que de alta resolución y seguridad. Shyamalan imprime de fuerza e intriga los extremos de la película, pero se vuelve discursivo y monótono en su segmento central, lo que no impide el entusiasmo con el que hemos saludado esta tercera y definitiva entrega de su particular visión de los héroes de cómic.

lunes, 21 de enero de 2019

GENTE QUE VIENE Y BAH Comedia romántica, honesta, rosa y con apuntes dramáticos

España 2019 97 min.
Dirección Patricia Font Guión Dario Madrona y Carlos Montero, según la novela de Laura Norton Fotografía David Valldepérez Música Arnau Bataller Intérpretes Clara Lago, Carmen Maura, Alexandra Jiménez, Álex García, Carlos Cuevas, Paula Malia, Fernando Guallar, León Martínez, Ferrán Vilajosana, Eduardo Ferrés Estreno 18 enero 2019

No se sabe mucho de la presunta autora que se escuda bajo el seudónimo de Laura Norton, salvo que tuvo mucho éxito con No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, que fue llevada al cine sin demasiada fortuna, así como con la novela en la que se basa esta película, que esperemos tenga más éxito comercial. Sin duda ofrece lo que promete, y lo hace bien y cuidadosamente. Su directora debuta en el largometraje con este título, engrosando la ya larga lista de realizadores y realizadoras debutantes en este país, pero muestra cierta pericia adquirida en sus trabajos en el cortometraje y la televisión, de forma que logra transmitir lo que se pretende con esta comedia romántica rosa y amable. Por ser rosa lo es hasta el extravagante coche del galán, interpretado por Álex García, como el resto del reparto, con fe y confianza en lo que se pretende, que no es sino entretener y emocionar a los más vulnerables, especialmente los promiscuos del amor para quienes resulte fácil identificarse con sus arquetípicos personajes. Una encantadora Clara Lago de tierna mirada y una entrañable Carmen Maura contenida y armoniosa encabezan la familia protagonista, que se pretende estrambótica pero que es tan conservadora y tradicional como lo puedan ser en los ambientes americanos en los que se inspira irremediablemente este film. Hasta la música de Arnau Bataller camina por ese sendero de amabilidad y buenismo tan propio de las músicas por ejemplo del artesano Marc Shaiman, mientras los espacios, rústicos y urbanos, son más identificables con el cine americano que con nuestra propia iconografía. Se agradece sin embargo el espíritu amable y elegante que lo inunda todo, sin las estridencias ni los malos rollos habituales en el género tal como se cultiva en nuestro país. Las sonrisas y las lágrimas están buscadas y encontradas, lo que ya es suficiente cuando no se pretende nada más. Lo presuntamente extravagante se refugia en algún sorprendente personaje secundario y en el hecho de que como otras veces no se entiende de dónde sale el dinero para sustentar tan numerosa familia. La belleza, la riqueza y la eterna primavera, marca también de la casa en la interminable serie de telefilms alemanes que entretienen las sobremesas de La 1, contribuyen a dejarlo todo bien atado y que los ingredientes introducidos en la computadora logren el buen funcionamiento de la empresa.

UNA ROSS INVOLUCRADA EN LA MEJOR MÚSICA DE CÁMARA

Concierto nº 5 del XXIX ciclo de música de cámara ROSS-ELI. Vladimir Dmitrenco y Jill Renshaw, violines. Jacek Policinski y Jerome Ireland, violas. Nonna Natvlishvili, violonchelo. Vicente Fuertes Gimeno, contrabajo. Programa: Sexteto para cuerdas en Re menor, de Borodin; Sexteto para cuerdas de la ópera “Capriccio” Op. 85, de Strauss; Sexteto para cuerdas en Re menor “Souvenir de Florence” Op. 70, de Chaikovski.
Espacio Turina, domingo 20 de enero de 2019

Jacek Policinski
Vladimir Dmitrenco y sus colegas dedicaron este quinto programa del ciclo de cámara a su no ex compañero Jacek Policinski, como así quieren considerar al violista que hace tiempo disfruta de una merecida jubilación pero no duda en involucrarse con el resto de su plantilla cuando las circunstancias lo permiten. Este entusiasmo e implicación pareció informar el concierto, influyendo en sus resultados para que fueran tan brillantes. Paradójicamente cuando más trabajo hay y menos te puedes relajar, los resultados suelen ser más satisfactorios. Sólo así se explica cómo entre un programa tan exigente como el despachado por la Sinfónica el pasado jueves y esa siempre complicada Sinfonía Alpina que les espera el próximo, aún quedasen fuerzas para salir tan airosos entremedias.

Tres sextetos de cuerda integraron el programa, aunque el segundo violonchelo fue sustituido en todas las partituras por un contrabajo, con el fin según explicaron de dar más cuerpo al conjunto acentuando su registro grave. Y ciertamente así fue, logrando rebajar la ligereza del Sexteto de Borodin, compuesto en estilo mendelssohniano al poco de contraer matrimonio, con el fin de agradar a los numerosos amigos alemanes que conoció durante sus innumerables viajes de juventud. Sus dos únicos movimientos conservados disfrutaron de un trabajo grácil y comprometido, armonioso y encantador. El Sexteto de Strauss sirve como introducción u obertura a su ópera de corte intelectual Capriccio, inspirada por Stefan Zweig, cuyas múltiples pretensiones la convierten en una pieza fecunda pero algo artificiosa. Su Sexteto sin embargo es pura delicia, un vehículo sumamente elegante con una paleta de colores y armonías opulenta, y unas texturas instrumentales ricas que los intérpretes supieron salvar con todos sus matices y articulaciones, logrando una recreación vitalista y arrebatadora de la pieza.

Dmitrenco, Ireland, Renshaw y Natsvlishvili
La más extensa de las tres obras, el sexteto Souvenir de Florencia de Chaikovski, inspirada por su estancia en la ciudad italiana mientras componía La dama de picas, y con una estética alegre y desenfadada en las antípodas de la negrura de la ópera, disfrutó del mismo entusiasmo que acusó el autor en su composición. Pareciera que la música fluyese sin esfuerzo, con total naturalidad, abarcando un generoso abanico de emociones y sensaciones, suscitando un enérgico frenesí. Sus líneas elegantes y distinguidas, así como sus voces encadenadas en permanente diálogo, encontraron eco en una interpretación ejemplar, electrizante y desafiante que provocó la más encendida admiración del público.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 20 de enero de 2019

MERCERO, CANGEMI Y MENA NOS EMBELESAN

Recital lírico. Verónica Cangemi, soprano. Carlos Mena, contratenor. Orquesta Barroca de Sevilla. Andoni Mercero, concertino-director. Programa: Concierto para cuerdas RV 155 y Concierto para dos violines, violonchelo, cuerdas y cémbalo RV 565, de Vivaldi. Arias y escenas de Griselda, L’Olimpiade y Andromeda liberata, de Vivaldi; Arias y escenas de Rinaldo, Armida abbandonata y Radamisto, de Haendel. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de enero de 2019

Andoni Mercero
Casi siempre cubriendo con creces nuestras expectativas, a la Barroca de Sevilla le ha costado siempre afianzarse como orquesta habitual en el principal coliseo hispalense, pero por fin parece que sus plegarias se están escuchando y más de veinte años después de su fundación puede que sean más las ocasiones en las que la veamos en la escena del Maestranza, esperamos que incluso como orquesta de foso en algún título operístico barroco, que tanto se hace de rogar en nuestro teatro. Arropando a la soprano argentina Veronica Cangemi y al contratenor Carlos Mena, la Barroca ofreció el sábado noche una espléndida actuación, de esas que logran embelesar a un público atento y entregado.

Carlos Mena
A las órdenes del concertino también vasco Andoni Mercero, la orquesta sonó espléndida, brillante en articulaciones y regulación del volumen y el sonido, con cuerpo y decisión y una proverbial facilidad para suscitar las más ardientes e impulsivas emociones. Mercero nos regaló además solos de violín absolutamente maravillosos, tanto como solista en el Concierto RV 155 de Vivaldi, con cuyo Largo intermedio logró extraer de la partitura toda su arrebatadora belleza, como ejerciendo de anfitrión en un Concierto RV 565 del mismo autor con el que tuvo que medir fuerzas con los también sensacionales Pedro Gandía al duelo de violín y Mercedes Ruiz dando cuerpo al conjunto con su violonchelo. Pero también destacó meciendo la dulce voz de Mena en el sobrecogedor Sovvente il sole de Andromeda liberata, también del prete rosso.

Verónica Cangemi
Muchos años de exitosa carrera rubrican la confianza depositada en Cangemi, por primera vez en Sevilla, una ciudad que confesó encandilarle tanto que decidió cambiar el más sencillo Superbo di me stesso de L’Olimpiade por un vertiginoso y circense Agitata da due venti de Griselda que evidenció una voz mal colocada, áspera y fatigada, que esforzaba al máximo para conseguir sin éxito entonar sus endiabladas ornamentaciones. Menos mal que, especialmente en la segunda parte del concierto, dedicada a Haendel, mejoró en general, ya sin asperezas, manteniendo el color y la espesura, y exhibiendo unas agilidades en su justo punto. El timbre es bellísimo y su buen gusto inatacable. En las propinas ofreció un personal y muy matizado Lascia ch’io pianga que Mercero adornó con preciosas ornamentaciones al violín. Por su parte Mena nos sobrecogió en el aria antes mencionado, con pianissimi increíbles, así como en ese Bello rayo de esperanza que daba título al concierto, y sobre todo en el Mentre dormi que canta Licida en L’Olimpiade. Su excelente gusto y capacidad para modular y mantener en la medida de lo posible el tono de su registro, hicieron de su aportación un bálsamo al que el público respondió entusiasmado.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 19 de enero de 2019

UN ORFEO Y EURÍDICE INCÓMODO EN EL VILLAMARTA DE JEREZ

Orphée et Eurydice, de Christoph Willibald Gluck. Versión francesa de Pierre-Louis Moline, según el libreto de Raniero di Calzabigi. Carlos Aragón, dirección musical. Rafael Rodríguez Villalobos, dirección de escena y dramaturgia. Jesús Ruiz, escenografía y vestuario. Miguel Ruz, iluminación. Con José Luis Sola, Nicola Beller Carbone, Leonor Bonilla y Martín Puñal. Orquesta Filarmónica de Málaga. Coro del Teatro Villamarta dirigido por José Ramón Hernández y Ana Belén Ortega. Producción del Teatro Villamarta. Teatro Villamarta de Jerez, viernes 18 de enero de 2019

Sola y Carbone. Bonilla en el cuadro. Foto: Javier Fergo
Una importante representación de la comunidad musical sevillana se dio cita el viernes noche en el Teatro Villamarta de Jerez para descubrir una producción del mítico título de Gluck de notable esfuerzo andaluz pero resultados más bien incómodos. Varios de los talentos triunfadores en los dos últimos espectáculos líricos disfrutados en el Maestranza confluyeron en esta producción del propio Villamarta, como son la soprano Leonor Bonilla, auténtica revelación en Lucia di Lammermoor del pasado octubre, el tenor José Luis Sola, competente arlequín en El emperador de Atlántida, Nicola Beller Carbone, sensual protagonista en El dictador y el anterior título ofrecidos en programa doble el pasado mes de diciembre, y sobre todo el joven y prometedor director escénico Rafael Villalobos, que logró una interesante visión de la ópera breve de Krenek y una notable revisión de la de Ullman, y ahora realiza una personal adaptación escénica del drama de Orfeo en los infiernos.

Foto: Javier Fergo
Para Villalobos el Amor surge de la juventud y convierte a la pareja protagonista en un inspirador y potente motor con el que alimentar toda una vida de compañerismo altruista y entregado. Por eso aquí no hay tres sino cuatro personajes que son dos. Orfeo joven y viejo, Eurídice joven y vieja. Los jóvenes son el amor, lo que da más posibilidades de protagonismo a una emergente Leonor Bonilla, un Amor trasmutado en el tercer acto en Eurídice, compartiendo el rol con Carbone. Mientras el actor Martín Puñal encarna también al Amor, esta vez en la persona de un Orfeo joven y enamorado, que declama a Sartre al principio del último acto y esboza unos pasos de baile en esta versión estrenada en París una década después de su estreno vienés en italiano. El infierno es el dolor, nunca mejor representado que entre las almas condenadas a la enfermedad que habitan en un sanatorio, donde se ambienta un segundo acto enérgico, truculento y desasosegante, lo mejor de la función. Y el único final lieto posible es asumir la desaparición del ser querido, la propia soledad y la espera conforme del desenlace que a todos nos espera, la muerte. Vestuario, escenografía y actitud, todo recuerda al laureado film de Michael Haneke sobre el Amor, inspiración en la que basa Villalobos esta visión de la tragedia clásica que prescinde del mito y su influencia en las artes, especialmente musicales, para centrarse exclusivamente en el dolor del amor. Salvo en ese acto central, su dirección necesita más trabajo, llenar los momentos instrumentales, más abundantes en la versión francesa por destinados a un baile aquí ausente, con movimientos más inspirados y decididos, pues en sus actos extremos la producción nos pareció algo plomiza. Presupuesto manda y, como era de esperar, todo es sencillo y humilde, aunque deja apreciar la capacidad del teatro para albergar producciones de enjundia, con cambios ágiles de escena y maquinaria solvente para resolverlos. En este punto celebramos también el buen trabajo de iluminación desplegado por Miguel Ruz.

Orfeo (Sola) entre Eurídice vieja (Carbone) y joven (Bonilla)
Más decepcionante resultó la función en el aspecto puramente musical. A una Filarmónica de Málaga que en su esfuerzo por sonar en estilo derivó erráticamente en más austeridad de la conveniente y una ausencia total de morbidez y sensualidad, hubo que añadir una batuta monocorde, autómata y sin sensibilidad, y unos recursos especialmente pobres en los metales, provocando una continua languidez, uniformidad y carencia de fuerza expresiva. Mucho mejor resultó la Orquesta Manuel de Falla en aquel Orfeo y Eurídice más convencional de hace quince años en el mismo teatro, donde destacaron las muy satisfactorias voces del contratenor Flavio Oliver y la sopranos Beatriz Lanza y Ruth Rosique, presente también ayer entre el público. La voz de Orfeo en la versión francesa de este título imprescindible y renovador de la ópera en lo dramático y lo musical, deriva del castrato contralto o soprano, según quién lo cantara, al tenor que la estrenó en París, porque allí no gustaban los castrati. Desde la versión adaptada por Berlioz puede también cantarlo una contralto, en consideración a Pauline Viardot, e incluso un barítono. Como hijo de las musas y padre de la música, Orfeo se adapta a todos los timbres de voz, siempre que se haga en estilo. José Luis Sola ni posee la capacidad y la fuerza para sostener todo el peso de la función, ni logró adaptar su registro al tono y el estilo adecuados, por lo que parecía estuviésemos escuchando a Verdi o Bizet en lugar de a un autor clásico cada vez que entonaba un recitativo o un aria, todo un dislate. Además acusó frecuentemente estridencias, estrangulamiento e incómodos cambios de registro, y fue incapaz de afrontar agilidades ni provocar impacto emocional. En cuanto al coro, hizo un trabajo competente salvo en algunos pasajes en los que acusó falta de coordinación y cierto desequilibrio. Con una batuta y un tenor protagonista fuera de estilo, poco pudieron hacer el resto, unas competentes Leonor Bonilla y Nicola Beller Carbone que lucieron lo que pudieron y cómo pudieron dentro de un espectáculo tan incómodo para un público mínimamente exigente – luego está el que aplaude a todo – como para el implicado más consciente y autocrítico.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 18 de enero de 2019

ESPLÉNDIDA ROSS BAJO LA MAGISTRAL BATUTA DE MARC ALBRECHT

XXIX Temporada de Conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexei Volodin, piano. Marc Albrecht, director. Programa: Till Eulenspiegel lustige Streiche, de Strauss; Concierto para piano nº4, de Rachmáninov; L’apprenti sorcier, de Dukas; Suite de L’oiseau de feu, de Stravinski. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de enero de 2019 

Marc Albrecht
Rafa Castaño, magnífico y simpático concursante de los programas de televisión Saber y ganar y Pasapalabra, encaró con desparpajo y mucha profesionalidad el Érase una vez fundamental para introducir las obras basadas en cuentos y fábulas populares que Marc Albrecht y la Sinfónica cocieron con la maestría de un exigente chef de cocina y su equipo. Tras unas estrofas de Las aventuras de Till Eulenspiegel recitadas por el carismático sevillano, el director, ducho en el poemario sinfónico de Richard Strauss, a quien ha dedicado al menos dos de sus registros, no perdió detalle y se movió rápida y elocuentemente por las peripecias del joven protagonista, antaño un campesino medieval que se rebeló contra la burguesía conservadora e inspiró la rebelión flamenca contra la tiranía de Carlos V, y que en el mundo de las leyendas se convirtió en mero provocador y bromista, caracteres bien reflejados en una lectura minuciosa y precisa, con su punto justo de socarronería, aunque ahondando no tanto en la ironía y el tono burlón como en el aliento de libertad que inspira la partitura, ante la que la orquesta desplegó todo su virtuosismo y esplendor. Hubiésemos preferido que Crambes se aplicara más en sus solos de violín; le hemos conocido tiempos mejores y los añoramos.

Imagen retrospectiva de Alexei Volodin
A Elexei Volodin ya tuvimos el placer de disfrutarlo en anteriores temporadas, en un excelente Concierto Egipcio de Saint-Saens junto a la también estupenda batuta de Stanislav Kochanovsky en 2015, y unas más discutibles Variaciones Paganini de Rachmaninov junto a Edmon Colomer y la Filarmónica de Málaga en 2012, en un concierto en el que curiosamente también se interpretó Till Eulenspiegel. Con el compositor ruso y su poco frecuente Concierto nº 4, Volodin demostró ser también un fuera de serie, capaz de captar el espíritu romántico y arrebatado del autor desde sus primeros y muy majestuosos compases. Sin embargo tuvimos la impresión de no implicarse suficientemente en el primer movimiento, lo que no fue obstáculo para transmitir el lirismo y la aristocracia de la partitura. Tras un elegíaco y pausado Largo de aliento triste y melancólico, Volodin remató con un dinámico Allegro vivace en el que desplegó todo su virtuosismo y dominio técnico, además de un exacerbado sentido expresivo muy bien secundado por una orquesta que Albrecht controló hasta en los detalles más incisivos. El pianista ruso tuvo que esforzarse por no desconcentrarse a pesar de las molestias que le ocasionaron una pareja en primera fila, a la que no dudó incluso en llamar la atención.

Rafa Castaño
Stokowski estrenó este concierto de Rachmáninov, y fue él precisamente quien más popularizó el poema sinfónico de Paul Dukas El aprendiz de brujo, cuya elocuente música siempre asociaremos a Mickey Mouse. Con Castaño de nuevo introduciendo la pieza, leyendo la balada de Goethe en la que se inspira, Albrecht atacó la obra con decisión y extrema transparencia. Tempi rápidos y muchos matices en una interpretación dinámica, metálica y deslumbrante, cuyo plácido pero misterioso final, en concordancia con el del poema straussiano, malogró un impertinente móvil que despertó el gesto enfadado del director. En El pájaro de fuego Albrecht resaltó las influencias que Stravinski recibió de su maestro Rimsky Korsakov y su admirado Ravel, destacando su voluptuosa orquestación en la Danza infernal de Kastchei y el portentoso crescendo final, sin grandilocuencias gratuitas más allá de plasmar el carácter épico y fabulador de la música. Pero también resultó riguroso y lírico en pasajes como el Rondó de las princesas y la Canción de cuna. Con directores así recuperamos a una ROSS tan brillante y segura como la que solíamos disfrutar de forma ininterrumpida hace ya algunas temporadas.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía