martes, 18 de junio de 2019

JONDE: MUCHO TALENTO JOVEN JUNTO

Concierto de clausura del curso de la Universidad de Sevilla. Joven Orquesta Nacional de España. Jordi Francés, director. Programa: La procesión del Rocío Op. 9, de Turina; Selección de Suites 1 y 2 de Romeo y Julieta Op. 64, de Prokófiev; La consagración de la primavera, de Stravinsky. Teatro de la Maestranza, lunes 17 de junio de 2019

La Joven Orquesta Nacional de España reemplazó por una vez a nuestra Sinfónica para responsabilizarse del concierto de clausura del curso de la Universidad Hispalense, y los resultados fueron sobresalientes. La institución académica revalidó así su apuesta y confianza por el talento joven, demostrado en su imprescindible apoyo a la espléndida Orquesta Conjunta, que de la mano de su director Juan García Rodríguez y sus sensacionales programas tantas satisfacciones nos da.
 
El ambiente de entrada era decididamente festivo, con el teatro lleno y mucho entusiasmo y respeto en sus gradas, que todo contribuye a crear la necesaria atmósfera en la que desplegarse la magia y la ilusión que ha de acompañar este tipo de manifestaciones. Al frente del buque insignia de la formación musical en nuestro país, con aportaciones de miembros de otras orquestas jóvenes gracias a programas de intercambio de la Unión Europea, encontramos la sorprendente y entusiasta batuta del también joven Jordi Francés, curtido en la música contemporánea y férreo conductor disciplinado e involucrado para propiciar los buenos resultados que obtuvo la formación a lo largo de todo el programa propuesto.
 
Sentimiento y sensibilidad
 
Centrado en el ballet ruso, la exhibición comenzó sin embargo haciendo concesión a nuestra tierra y a una fiesta que acaba de pasar, la tan señalada Romería del Rocío. En los atriles La procesión del Rocío, un breve poema sinfónico que Turina compuso en su período parisino, sostenido en fuertes contrastes de melodía y ritmo aunque con una orquestación farragosa y poco delicada. Francés solo erró al no controlar los planos sonoros, de forma que aún resultó más borrosa, pero dotó al conjunto de un considerable vuelo lírico y logró extraer grandes resultados de la percusión y las flautas.
 
Más responsabilidad exige el sublime Romeo y Julieta de Prokófiev, servido en una combinación de las dos primeras suites con el fin seguramente de dotarlo de mayor cohesión dramático musical. Mucho empuje y decisión en unos Montescos y Capuletos de ritmo decidido y arrogante, seguido de una deliciosa y saltarina, llena de dulzura y vivacidad, Julieta niña. Tras unas Máscaras resueltas con amplio sentido jocoso, se le notaron más las costuras a la Escena del balcón y la Danza del amor, en su arquitectura y armazón, porque en texturas y sensibilidad la cosa no pudo salir mejor, con aportaciones solistas excepcionales, por ejemplo al chelo. Un relajado y espiritual Padre Lorenzo dio paso a una endiablada y viril Muerte de Tebaldo. Toda una exhibición de madurez interpretativa tanto por parte del aguerrido director como de una muy talentosa joven plantilla.
 
Una consagración formidable
 
Si el Romeo y Julieta de Prokófiev necesita habitualmente las suites para sonar en concierto y que se preste así más atención a la música que a la danza, La consagración de la primavera de Stravinsky se suele interpretar directamente en concierto y es más raro disfrutarlo en su concepción original. Su fuerza primitiva exige una carga emocional tan prodigiosa que prácticamente nos conduzca al paroxismo. Así lo debió entender Francés y la orquesta para regalarnos una versión tan rabiosa, transparente y endiabladamente febril de esta fascinante página musical.
 
Ya desde una dilatada introducción al fagot, con magníficas prestaciones en los vientos, la joven plantilla, recordemos aún en formación, nos brindó un viaje inquietante a través de controlados acordes repetitivos y acentos sincopados, con una tensión cortante que nos mantuvo casi sin respiración durante sus cuarenta minutos de superposición ininterrumpida de tonalidades, acordes y ritmos. Un majestuoso, técnicamente impecable y delicadamente expresivo Vals de La bella durmiente de Chaikovski, despidió como propina un concierto inolvidable. La gran música en forma de jóvenes talentos volverá a saludarnos al final del mes gracias a la recuperación de Barenboim y la Orquesta del Diván.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 17 de junio de 2019

LARGO VIAJE HACIA LA NOCHE Hipnótica pero sin drama ni sustancia

Título original: Di qiu zui hou de ye wan
China-Francia 2018 138 min.
Guion y dirección Bi Gan Fotografía David Chizallet y Hung-i Yao Música Giong Lim y Point Hsu Intérpretes Tang Wei, Sylvia Chang, Meng Li, Huang Jue, Chen Yongzhong, Lee Hong-Chi, Luo Feiyang Estreno en el Festival de Cannes 15 mayo 2018; en China 31 diciembre 2018; en España 14 junio 2019

Hay una tendencia entre cierta crítica cinematográfica a considerar cualquier propuesta que se salga radicalmente de los postulados convencionalmente aceptados, como una revolución de la imagen y la dramaturgia y, en cierto sentido, un progreso en el lenguaje cinematográfico. Esto ocurre especialmente cuando no acertamos a comprender todo lo que nos cuenta y nos dejamos seducir por fórmulas y soluciones estéticas que se salen de lo común.
 
Con solo dos películas el realizador chino Bi Gan redunda en esta cinta con título de drama de Eugene O’Neill en ambientar su historia en la ciudad de Kaili, después de Kaili Blues, y hacer del plano secuencia una seña de identidad (había uno en aquella producción que duraba cuarenta minutos, y otro aquí que añade veinte más y está rodado en 3D). Como si de un delirio de David Lynch se tratara, Gan consigue enganchar al espectador en una suerte de sesión hipnótica, aunque no se acierte a comprender los vaivenes de su protagonista, que regresa a su fantasmagórica y náufraga ciudad para encontrar la mujer que una vez amó, o quizás ni exista, o simplemente se conforme con los recuerdos.
 
Ayudado por una fotografía colorista y un estilismo que recuerda a Wong Kar-wai y contribuye a hacer elegante lo que de otra manera hubiera sido nauseabundo, el joven director chino se gana la complacencia de especialistas, boquiabiertos tras su pase por Un certain regard en Cannes del año pasado, mientras el resto nos quedamos perplejos ante la proeza de haber aguantado su propuesta casi sin parpadear pero sin entender, y lo que es peor, sin interesarnos nada. Por cierto, lo del 3D debe ser una broma, pues todos sabemos que este tipo de cintas se exhiben sólo en salas minoritarias no equipadas con esos sistemas tan sofisticados y modernos.

domingo, 16 de junio de 2019

CÁMARA ROSS: UN PIANO LUMINOSO Y UNA CUERDA INTENSA

Concierto nº 10 del XXIX ciclo de música de cámara ROSS-ELI. Paçalin Zef Pavaci y Katarzyna Wrobel, violines. York Yu Kwong, viola. Ivana Radakovich, violonchelo. Tatiana Postnikova, piano. Programa: Quinteto de piano y cuerda en Mi bemol mayor Op. 44, de Schumann; Cuarteto de piano y cuerda en Sol menor Op. 25, de Brahms.
Espacio Turina, domingo 16 de junio de 2019

Escuchar dos obras tan emblemáticas de la escritura camerística como el primer Cuarteto con piano de Brahms y el Quinteto con piano de Schumann de una tacada, era una oportunidad única que en manos de la profesionalidad y el buen hacer de las y los músicos de la Sinfónica se erigía en garantía para disfrutar de la música romántica. Siempre que aparecen en un mismo programa Schumann y Brahms surge inevitablemente, como si flotara en el ambiente, Clara Wieck Schumann. Quizás en esta ocasión le tocó a Tatiana Postnikova, nuestra querida y admirada pianista de la ROSS, transfigurarse en la esposa del complicado compositor y posible amada, que no está del todo comprobado, del autor del Réquiem alemán.

Lo cierto es que fue precisamente Postnikova quien más brilló en la interpretación de estas dos descomunales composiciones, a quien se unieron las otras dos mujeres del conjunto, una Katarzyna Wrobel que añadió cuerpo y ropaje a la epidermis del Quinteto, e Ivana Radakovich, que además de exhibir un control exhaustivo del violonchelo y extraer de él un sonido robusto y aterciopelado, leyó en perfecto castellano unas poéticas palabras sobre el sempiterno triángulo sentimental asociado a los autores y la aclamada pianista.

Dos obras imprescindibles del catálogo de cámara

Clara Schumann estrenó ante el público las dos obras programadas, aunque en un preestreno entre amigos fue Mendelssohn quien además de intervenir el scherzo del Quinteto de Schumann, afrontó la parte de piano. El Quinteto combina el rigor del cuarteto de cuerda con la fantasía y riqueza imaginativa que Schumann sabía impregnar a sus obras para piano. Postnikova acertó en esto segundo, logrando que la suya fuese una interpretación digna del concierto de cámara al que la pieza parece adscribirse, aportando un carácter rapsódico al conjunto, siempre desde la humildad que la caracteriza. En el Allegro inicial el primer violín y la viola sonaron algo raquíticos, el segundo incluso mecánico y poco natural en sus diálogos con el violonchelo. Tampoco el Finale resultó técnicamente impecable, aunque se acertó a dotar de virilidad y agilidad su monumental escritura. Mejores resultaron los movimientos centrales, con una Marcha fúnebre, espejo de Schubert y Beethoven, de clima adecuadamente trágico, y un Scherzo rápido y fogoso. 

El primero de los Cuartetos con piano que compuso Brahms es una obra de juventud que manifiesta sin embargo una madurez expresiva sorprendente, cuya arquitectura eminentemente sinfónica permitió que su adaptación para orquesta por Schoenberg lo convirtiera en algo así como la Sinfonía nº 5 de Brahms. Requiere por lo tanto una interpretación compacta y bien equilibrada que fueron afortunadamente las señas de identidad de un conjunto que ahondó en efusividad, resplandor e intensidad emocional, especialmente en un Finale alla zingarese de ritmo irresistible. Como propina mamá Postnikova eligió Furia, una composición de su hijo Nikolai Managadze, de quien aún recordamos su excelente debut como violinista en la Sala Manuel García del Maestranza hace una década exacta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía
 

sábado, 15 de junio de 2019

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS RECHAZADOS Simpática e insólita mezcla de géneros

Título original: Le mystère Henri Pick
Francia 2019 100 min.
Dirección Rémi Bezançon Guion Rémi Bezançon y Vanessa Portal, según la novela de David Foenkinos Fotografía Antoine Monod Música Laurent Perez del Mar Intérpretes Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Bastien Bouillon, Josiane Stoléru, Astrid Whettnall, Marc Fraize, Hanna Schygulla, Marie-Christine Orry, Vincent Winterhalter Estreno en Francia 6 marzo 2019; en España 14 junio 2019

El mayor mérito de esta amable película del director de El primer día del resto de tu vida, Un acontecimiento feliz y la preciosa cinta de animación Zarafa, está en su referente literario. Una novela éxito de ventas que se atreve a mezclar la intriga a lo Agatha Christie, esa que responde al quién lo hizo, con el talento artístico, y más concretamente literario. Aquí no se trata de esclarecer un crimen, no hay armas ni violencia; de lo que se trata es de descubrir si quien firma un éxito literario es quien realmente lo ha escrito o no.

Una premisa original y divertida que cuenta con notables dosis de humor y una ligereza y liviandad que le hacen alcanzar unas cotas de dignidad y elegancia no al alcance de todo cineasta que se atreva a hacer comedia de intriga con seguridad y confianza. Aquí hemos cambiado el título original El misterio de Henri Pick por este otro más en consonancia con recientes éxitos cinematográficos como La librería o La sociedad literaria y el pastel de piel de patata, seguramente con idea de asegurarse ese éxito en taquilla entre un público femenino y maduro que busca en estas historias románticas aderezadas con un poco de cultura popular, el caldo en el que cultivar sus inquietudes intelectuales.

Pero la verdad es que en esta amable, y algo rocambolesca trama, también hay que decirlo, florecen también las endebleces. Al conjunto le falta algo más de credibilidad, un poco de sustancia y ese toque de admiración y hasta fascinación que sí suelen disfrutar estas propuestas cuando son británicos quienes las ofrecen. Por muy buen y reconocido actor que sea Fabrice Luchini (En la casa, Primavera en Normandía, El juez, Háblame de ti), su encanto seductor es muy discutible, así como su capacidad para conquistar la pantalla queda también algo en entredicho. Muy bien acompañado, eso sí, de la inquietante Camille Cottin, interesada también en descubrir la verdad aunque pueda dañar la imagen de su familia.

No obstante, entre viajes sobre lo que parece ser el puente de Tenerez en la Bretaña francesa, bibliotecas inundadas de libros grandes y pequeños y esa simpática travesura de mezclar la intriga policíaca con la autoría literaria, el producto se muestra agradable y recomendable, para nada rechazable.

TOLKIEN Búsqueda frustrada de un tesoro

USA 2019 112 min.
Dirección Dome Karukoski Guion David Gleeson y Stephen Beresford Fotografía Lasse Frank Johannessen Música Thomas Newman Intérpretes Nicholas Hoult, Lily Collins, Colm Meaney, Derek Jacobi, Genevieve O’Reilly, Laura Donelly, Patrick Gibson, Anthony Boyle, Tom Glynn-Carney, Harry Gilby, Albie Marber, Adam Bregman, Owen Teale, Pam Ferris, Mimi Keene Estreno en Estados Unidos 10 mayo 2019; en España 14 junio 2019

Enésima visita a los institutos académicos británicos de principios del siglo XX, con toda su carga épica, su clasicismo, conservadurismo y supuesta dignidad persistente. La excusa es adentrarse en la juventud de J.R.R. Tolkien y de paso descubrir las influencias y motivaciones que le llevaron a escribir dos de los éxitos literarios más descomunales del último siglo, El Hobbit y, sobre todo, El señor de los anillos.

Ideas como la comunidad, la alianza, la amistad, las leyendas nórdicas, la trilogía de Wagner, la Primera Guerra Mundial como campo de batalla, el riesgo y el atrevimiento (la palabra nórdica Helheimr es repetidamente pronunciada como grito de guerra por los jóvenes protagonistas de la historia, en un claro paralelismo con el Carpe Diem de El club de los poetas muertos), se convierten en carne de un guión en busca de un tesoro que no encuentra.

Poco o nada interesan, supongo que ni siquiera a los fanáticos del autor y su particular universo, estos retazos emocionales encaminados a comprender la obra y épica de un escritor tan singular y relevante. Pobre incluso en la invocación de los héroes y monstruos que jalonan su literatura, la empresa naufraga por un libreto endeble, forzado y poco inspirado, además de unas interpretaciones que como el resto de la función rayan lo plano y la nadería.

Poco o nada parece hacer al respecto la fría y poco inspirada dirección del finés Dome Karukoski, responsable de otro biopic, algo más creativo y esmerado, Tom of Finland. Solo justifican su visionado la siempre estimulante música de Thomas Newman, la previsible y reconfortante ambientación elegantemente británica, y una emotiva escena casi al final de la película en la que el protagonista habla con la madre de su mejor amigo, y no entendemos por qué mayor inspirador. El resto, incluida su anodina historia de amor, está destinado al olvido.

miércoles, 12 de junio de 2019

GEORG RAZUMOVSKIJ: UN FUTURO POR DELANTE

Festival de Primavera de Juventudes Musicales. Georg Razumovskij, piano. Programa: Sonata K.32, de Scarlatti; Sonata Hob. XVI 23, de Haydn; Sonata nº 1, de Prokofiev; Polonesa nº 1 “Melancólica”, de Liszt; Minueto de la Sonatina de Ravel; Scherzo Op. 4, de Brahms; Pianophon, de Razumovskij. Salón de carteles de la Real Plaza de Toros de Sevilla, martes 11 de junio de 2019

Treinta años lleva ya Juventudes Musicales celebrando su Festival de Primavera en el Salón de Carteles de la Real Maestranza, y lo hace convocando jóvenes promesas frente a un público fiel, que la semana pasada tuvo oportunidad de conocer al flamante último ganador del prestigioso Premio Paloma O’Shea del Festival de Santander, Dmytro Choni, y ésta ha sido el jovencísimo alemán Georg Razumovskij quien vino con un ecléctico programa a exhibir sus skills, como se refieren los anglosajones a las virtudes y recursos de quien pretende hacer valer sus aptitudes.
 
Bien aprendido y con muchas ganas de encandilar al público, Razumovskij llegó con un premio bajo el brazo, el que le ha otorgado el Rota Piano Week, un proyecto creado por entre otros Óscar Martín, que hoy cierra junto a la violinista Macarena Martínez esta edición del festival. En su particular viaje por la música del Clasicismo al siglo XX, incluyendo una composición propia, el joven pianista mostró cualidades sobresalientes, lo que no impide la necesidad de mejorar ciertos aspectos de su interpretación, especialmente en lo que se refiere a expresividad e intensidad emocional.
 
Un programa ecléctico
 
Dos piezas del Clasicismo dichas sin pausa arrancaron el concierto. La primera, una de las más de quinientas sonatas que compuso Domenico Scarlatti cuando estaba al servicio de las monarquías españolas y portuguesas, de textura densa y cadencia muy pausada, sirvió para adentrarse en el rigor historicista, con toques secos y esquemáticos que no hacen justicia al espléndido sonido del instrumento. Mejor en estos casos dejarse llevar por el vuelo y la amplitud que permite un piano moderno, despreciando el corsé que impone los nuevos criterios interpretativos. Igual se puede decir de la Sonata nº 38 de Haydn, que brilló en su arranque centelleante y su final juguetón, pero convenció menos en su adagio central, menos ensoñador de lo conveniente. Más en estilo, Razumovskij ofreció una apabullante versión de la Sonata Op. 1 de Prokofiev, pieza concebida para el exhibicionismo técnico no exento de lirismo y riqueza melódica, que dosificó con maestría, sinceridad y una considerable seguridad.
 
Con la Polonesa nº 1 de Liszt se recreó en su exacerbado romanticismo, con acertadas progresiones de intensidad emocional y sutiles cambios de registro. Esa delicadeza se mantuvo en el Minueto, casi un vals lento, de la Sonatina de Ravel, de quien supo captar su espíritu y esencia como cualquier intérprete experimentado. De Brahms ofreció un contundente y feroz Scherzo Op. 4, su obra más temprana conocida, de textura gruesa y contrapuntística que el joven resolvió con hechuras titánicas. Por cierto, qué curioso resulta que a veces podamos confundir plagio con casualidad: el tema central de esta vertiginosa página coincide con el famoso tema principal de Theodorakis para la película Z de Costa-Gavras, y a la vez con la canción Ai no sono recogida en el álbum de Stevie Wonder Journey Through the Secret Life of Plants.
 
Hombre orquesta
 
La gran sorpresa llegó al final, cuando el joven intérprete se atrevió a tocar simultáneamente al teclado y el saxofón una pieza propia en un reconocible estilo new age, que encandiló al público y amplió las posibilidades de futuro de un inquieto intérprete que necesita naturalmente encontrar su propio lenguaje y profundizar más en expresividad emocional, porque técnica y sensibilidad no le faltan.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 10 de junio de 2019

ANTES DE LA QUEMA Diversión con algo de fondo crítico

España 2019 96 min.
Dirección Fernando Colomo Guión Javi Jáuregui Fotografía Juan Hernández Música Fernando Furones y Antonio Carmona Intérpretes Salva Reina, Manuela Velasco, Maggie Civantos, Joaquín Núñez, Manuel Manquiña, María Alfonsa Rosso, Vicente Romero, César Mateo, Sebastián Haro Estreno en el Festival de Málaga 17 marzo 2019; en salas comerciales 7 junio 2019

Fernando Colomo no ha parado desde su celebrado debut en 1977 con Tigres de papel, alternando televisión y cine hasta completar un total de veintidós largometrajes para la gran pantalla. Ha retratado este país que ama y critica a partes iguales siempre desde el punto de vista de la comedia, que a menudo se revela como el mejor vehículo para hacer una crítica certera y efectiva que llegue al mayor número de público, que en última instancia es lo más interesante cuando de divulgar y denunciar se trata. Títulos como ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, La mano negra, La vida alegre, Bajarse al moro o Alegre ma non troppo han integrado con mayor o menor fortuna esta filmografía que después del fracaso de Isla bonita y el éxito de La tribu, recala ahora con un éxito seguro en el que afortunadamente insiste en hacer denuncia social a través de la comedia y el cine más comercial. Lo mejor es que la película tiene buen pulso, un guión muy elaborado y unos personajes muy sólidos a los que el elenco da vida con convicción y naturalidad. Temíamos que se recurriese al tipismo gaditano para mofarse una vez más de nuestra idiosincrasia, pero aunque no renuncia del todo a ello, Colomo nos trata con respeto y cierta devoción, y lo que es mejor, con dignidad. Las chirigotas del carnaval y el inevitable narcotráfico que propicia el estrecho, sirven de fondo para una velada crítica, quizás menos incisiva y corrosiva de lo que merecía, en torno a la realidad social y económica de la zona, desviada a través del entretenimiento popular y mantenida como caldo de cultivo que interesa a todos, empezando por los poderes públicos, para el crimen organizado, que se ceba especialmente con los más desfavorecidos. La trama interesa, engancha y divierte. Salva Reina aprovecha con nota la alternativa definitiva que le brinda el veterano director, y todo funciona como un reloj para al menos, si no se acierta de pleno en todo lo apuntado, entretener y hacer gracia, con mimo y compasión. Así se entiende el Premio del Público en Málaga, no tanto el de mejor actriz secundaria a Maggie Civantos, bendecido por los supuestos entendidos en la materia que deben integrar un jurado oficial, que sin duda toma como referencia a María León para componer su personaje. Más nos hubiera complacido un reconocimiento a María Alfonsa Rosso, entrañable, respetuosa y divertida como abuela trastornada.

EL CREYENTE Una evolución cuestionable

Título original: La prière
Francia 2018 107 min.
Dirección Cédric Kahn Guión Cédric Kahn, Fanny Burdino, Samuel Doux y Aude Walker Fotografía Yves Cape Intérpretes Anthony Bajon, Damien Chapelle, Álex Brendemühl, Louis Grinberg, Hanna Schygulla, Antoine Amblard, Colin Bates, Iñaki Aguirre, Carlos Bonilla Estreno en el Festival de Berlín 18 febrero 2018; en Francia 21 marzo 2018; en España 7 junio 2019

Aunque activo desde 1991, Cédric Kahn, a quien hemos visto como actor en cintas como Cold War o Después de nosotros, apenas ha dirigido ocho películas, dentro de una filmografía floja que no mejora precisamente con esta película que sin embargo se revela como la más interesante y ambiciosa de su producción. En ella cuenta la historia de un joven drogodependiente que busca rehabilitación en el seno de una comunidad religiosa, si bien no se nos informa en ningún momento si se trata de una decisión voluntaria, prescrita por alguna autoridad judicial o como consecuencia de un imperativo familiar. Lo cierto es que en ese ambiente irá previsiblemente desarrollando cierta inquietud por el más allá, la fe y la confianza en un ser superior capaz de enmendar su errático comportamiento e irascible talante. Aunque el director procura no adoctrinar ni resultar insidioso, intentando en todo momento seguir una gramática aséptica, el proceso de conversión con posible camino de vuelta no logra resultar más convincente que lo que se desprende de la propia letra de la función. Una serie de puntuales eventos, entre los que destacan una oración puntual, presumiblemente la que da título original a la cinta, el encuentro con la religiosa fundadora del centro, a quien da vida una recuperada Hanna Schygulla, para siempre musa de Fassbinder, y un incidente en la montaña que trasmuta en milagro, son las únicas pautas para comprender el cambio en un joven rabioso por su carácter y el mono, que sin mucha explicación ni sentido va agarrando las prendas de la vocación. Para colmo de tópicos será el amor terrenal lo que ponga en entredicho su supuesta vocación religiosa. Del conjunto nos quedamos con la meritoria interpretación del protagonista, que logró el premio al mejor actor en el Festival de Berlín del año pasado, y la presencia como secundario destacado de Álex Brendemühl, un actor que solo por sus dotes lingüísticas ya debería se tenido más en cuenta.

sábado, 8 de junio de 2019

RUBÉN YESSAYÁN ENTRE ANIVERSARIOS

Rubén Yessayán, piano. Programa: Seven & Four Anniversaries, de Bernstein; Arabesque nº 1, Epigraphes antiques, Jardins sous la pluie, Selección del Libro II de Preludios, y L’isle joyeuse, de Debussy. La Casa de los Pianistas, viernes 7 de junio de 2019

Es un alivio comprobar que cada día que pasa la propuesta de Yolanda Sánchez va a más. Aún queda mucho por resistir, y desde aquí animamos a la aguerrida profesora e intérprete a tener paciencia para que su envidiable proyecto se convierta en una cita ineludible de la agenda cultural sevillana. Anoche nos contaba que algún día ha logrado hasta setenta personas de público, lo que equivale prácticamente a llenar la Sala Martha Argerich en la que se celebran estos singulares conciertos.

La experiencia de asistir a una interpretación tan íntima y cercana como la que nos brinda este espacio, y de paso disfrutar de una interesante conferencia sobre las obras programadas, como así ocurrió en esta ocasión, no tiene precio. Pero de momento las dificultades de su impagable artífice pasan incluso por mantener el magnífico piano Shigeru Kawai para el que ha abierto una cuenta de crowdfunding en su página web.

Nostalgia en la memoria

Madrileño de origen armenio, Rubén Yessayán es uno de esos músicos a los que se nota de lejos su pasión por lo que hace, el entusiasmo que imprime a sus interpretaciones e introducciones, y cómo lo transmite en un alto porcentaje al oyente. Su encuentro con el público de esa Casa de los Pianistas que es por lo tanto su casa, que rara vez sale decepcionado y se muestra dispuesto a divulgar su experiencia para lograr la máxima difusión, vino de la mano de dos compositores muy frecuentados el año pasado, cuando cumplían cien años de su nacimiento y fallecimiento respectivamente. Nos referimos a Leonard Bernstein y Claude Debussy.

En el programa unas miniaturas del insigne director de orquesta que no por casualidad beben mucho del universo debussiano, con una estética y una plasticidad inconfundiblemente basada en el genial compositor francés. Se trata de dos colecciones de Aniversarios, unas obras breves para piano que Bernstein compuso en homenaje a una serie de personajes importantes en su vida, unos por su relevancia pública, otros en el ámbito de su vida personal. Piezas de alta contención emocional, acordes breves y muy precisos que Yessayán defendió con seriedad y meticulosidad, delicado y melódico en la dedicada a Copland, intimista en el caso de Felicia Montealegre, la actriz chilena con la que se casó en 1951, misterioso con Paul Bowles, el autor de El cielo protector, caustico en las dedicadas al matrimonio Koussevitzy, con aires jazzísticos en el caso del compositor americano William Schumann, o deliberadamente agitado en la más compleja técnicamente, la dedicada a su amiga y secretaria Helen Coates.

Inventiva y delicadeza

Rubén Yessayán durante una de sus interesantes locuciones
en La Casa de los Pianistas
Debussy compuso Epigraphes Antiques para ilustrar los poemas lésbicos de su amigo Pierre Louÿs recogidos en Le chanson de Bilitis, que también inspiraron la película de David Hamilton de 1977. Una serie de piezas raramente interpretadas, a pesar de que cuentan con un arreglo para cámara de Bernard Chapron, en las que su fuerte carga erótica demanda una alta dosis de sensualidad no siempre plasmada en el responsable pianismo de Yessayán. Su interpretación se basó más en la delicadeza melódica y armónica que en destacar sus aspectos más morbosos, deslizándose sin abuso de pedal ni rubato, manteniendo una línea respetuosa, sin estridencias ni salidas de tono, primando un fraseo nítido y preciso, sólo ensombrecido por algún desliz técnico corregido sobre la marcha, y desembocando en una vertiginosa imitación de la lluvia tanto en el sexto epígrafe como en el Jardín bajo la lluvia, tercera de las Estampas, que cerró la primera parte.

Yessayán ha cumplido el sueño de muchos pianistas de grabar íntegramente los dos libros de Preludios de Debussy, y buena muestra de su particular visión de estas imprescindibles páginas la brindó con una selección del segundo en la que no faltaron La Puerta del Vino que tanto le une a Falla, desplegada con amplio sentido del color y el ritmo, así como los evocadores paisajes ilustrados en Brouillards y Bruyères, el espíritu entre cómico y marcial de Géneral Lavine, y el virtuosismo exacerbado de Fuegos artificiales, primando siempre una lectura basada en la sinceridad y el respeto. Una muy particular versión rapsódica del primer Arabesco, y una entusiasta recreación de La isla alegre, culminaron este melancólico viaje cuya improvisada propina, el siempre agradecido Claro de luna, se sirvió con licencias de una memoria no siempre a punto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 6 de junio de 2019

UN ANDREA CHÉNIER ACEPTABLE Y TRADICIONAL

Ópera de Umberto Giordano con libreto de Luigi Illica. Pedro Halffter Caro, dirección musical. Alfonso Romero Mora, dirección de escena. Íñigo Sampil, director del coro. Ricardo Sánchez Cuerda, escenografía. Gabriela Salaverri, vestuario. Félix Garma, iluminación. Sergio Paladino, coreografía y asistente de dirección de escena. Con Alfred Kim, Juan Jesús Rodríguez, Ainhoa Arteta, Mireia Pintó, Marina Pinchuk, Fernando Latorre, David Lagares, Alberto Arrabal, Moisés Marín y Cristian Díaz. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Festival Castell de Peralada y ABAO-OLBE. Teatro de la Maestranza, miércoles 5 de junio de 2019

Cierto que hace mucho que no se representaba en Sevilla este título imprescindible de la ópera verista, y por extensión de la ópera tradicional italiana, cuyo máximo exponente lo constituye el mismo Puccini que tanto se compara con el único título que prácticamente ha sobrevivido del catálogo de Giordano. Fue hace casi dieciocho años, de la mano del barroquismo de Gian Carlo del Monaco y con el querido Fabio Armiliato como protagonista. También es cierto que hay aún muchos títulos de repertorio que no se han estrenado en el Teatro de la Maestranza, y no digamos los que quedan por descubrir entre barroco y vanguardia. Hay incluso uno que público y especialistas llevan mucho tiempo demandando, que apenas ha tenido cabida en el coliseo hispalense y sería una apuesta tan segura que podría llenar butacas incluso por encima de las diez funciones. Es además el que más ligado está a Sevilla y más le hace merecer el título de ciudad de la ópera. Nos referimos, claro está, a Carmen.
 
Dicho esto, la producción que pudimos ver anoche, y que llega del Festival Castell de Peralada y la Ópera de Bilbao auspiciada por su asociación de amigos, constituye un considerable esfuerzo que busca a partir de un concepto absolutamente tradicional de la puesta en escena, reconstruyendo milimétricamente cada detalle expuesto en el libreto de Illica, hacer un análisis psicológico y social de un episodio tan crucial para la historia de los hombres y las mujeres como la Revolución Francesa, y de paso del género humano y su vocación autodevoradora. Se agradece el intento, aunque por el camino ese retrato queda desdibujado, especialmente en el apartado de los personajes. Pero cumple en su función de entretenimiento y vehículo para la música y la voz, hasta el punto de que consigue ser eficaz para quienes se inician en la ópera. Mérito de ello lo tiene en gran parte el texto, con tanto argumento condensado en apenas dos horas, un logro de síntesis que debemos al talento del libretista de Tosca.
 
Los ideales revolucionarios
 
Uno de los aspectos más celebrados de la ópera de Giordano es utilizar un fondo histórico no como mero paisaje en el que desarrollar las sempiternas intrigas románticas. Aquí la revolución es un argumento en sí mismo, y la era del terror que siguió a la toma de la Bastilla una cuestión sometida a análisis, aunque sus consecuencias hagan pensar en un tratamiento reaccionario de la cuestión. La escenografía y la dirección escénica no ayudan a marginar este tratamiento, sino más bien a potenciarlo. Hubiera sido interesante apartarse de esa línea e intentar ser más crítico con la situación. La idea, basada en un mundo que fenece y otro que emerge de unas cenizas que no acaban de desaparecer para acabar engullendo también al nuevo orden, se plasma convincentemente en unos decorados clásicos pero simbólicamente resquebrajados y hundidos, y cuyos recursos sirven para ir paulatinamente creando otras atmósferas de caos y desesperación. Lástima que el movimiento escénico se plasme una vez más de forma tan esquemática y convencional, si bien las masas, en la fiesta inicial y en el tribunal del tercer acto, se mueven con más naturalidad que en otras ocasiones. Particularmente consideramos que lo más interesante en este título sería ahondar en la complejidad psicológica del personaje de Gérard, un villano que no lo es tanto, que sabe reconocer y admirar a su inspirador y que obra por ideales justos pero en cierto modo se encuentra decepcionado por el devenir de los acontecimientos. Y eso no está trabajado en esta producción.
 
Un nivel aceptable
 
Para Pedro Halffter ésta es su despedida del Teatro de la Maestranza, salvo que tengamos la fortuna de contar con su colaboración en futuras ocasiones. La última programación que él diseñó llega a su fin y mucho nos tememos que de momento orquesta y teatro no van a contar con él. Otra cosa es la devoción que le profesa el público, merecida y emocionante, que no duda en vitorear cada una de sus intervenciones en el foso. Y es que Halffter tiene un especial talento para modular este tipo de partituras en las que la orquestación y la atmósfera pretenden recrear un mundo tumultuoso y pasionalmente enrevesado. No deja de sorprendernos la facilidad que tiene para extraer de la ROSS lo mejor de cada sección, y aunque en algunos pasajes llegó a asfixiar a los cantantes (el coro, como siempre ejemplar, también lo hizo en algún momento), su trabajo nos pareció una vez más excelente.
 
El barítono Juan Jesús Rodríguez encarnó a Gérard con plena seguridad, una voz rutilante sin tiranteces ni imposturas, sensacional también a nivel actoral, salvando con nota el papel más complejo dramáticamente de la función, a pesar de ese defecto en la dirección que no le permitió ahondar en sus instintos y encontrados sentimientos en la medida justa. Mantuvo una línea de canto flexible y precisa, resolviendo sus continuos cambios de registro con total naturalidad. Memorable resultó su recreación de Nemico della patria. También onubense, pudimos disfrutar una vez más del buen oficio de David Lagares, visiblemente adelgazado y manteniendo esa voz profunda perfectamente reconocible entre los aficionados sevillanos. Siempre intensa y tan agradecida, Ainhoa Arteta continúa resultando convincente en roles de mucha menor edad gracias a esa belleza inmarchitable y físico envidiable con que la naturaleza le ha bendecido. Mantiene también buenos recursos canoros, y aunque evidencia cambios bruscos de color en algunas ocasiones, logra emocionar con su hermoso timbre y capacidad para proyectar y expresar en arias tan fundamentales como La mamma morta, recompensada con una larga ovación.
 
Alfred Kim, a quien recordamos por la Aida de hace unos años, posee una generosa facilidad para proyectar, como quedó patente en Un di all’azzurro spazio, y un timbre agradable y nada estridente, pero en su contra le falta capacidad expresiva y denota bruscos cambios de registro que afean su aportación. Aun así su dúo con Maddalena al final del segundo acto resultó emotivo. Del resto de voces nos quedamos con el buen trabajo desplegado por Marina Pinchuk, a quien hemos visto en el Maestranza en La hija del regimiento y en recital, que en su doble papel de Condesa y la vieja Madelon mantuvo una buena línea de canto, seguro, bien fraseado y convincente también en lo expresivo. También Alberto Arrabal contribuyó a ese nivel aceptable en las voces que pudimos disfrutar en esta función dedicada a un poeta idealista devorado por la jauría humana, en la que echamos de menos un poco más de riesgo, análisis y originalidad.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 5 de junio de 2019

DESPEDIDA DE TEMPORADA DE LA BARROCA DE SEVILLA: UN TOQUE DE TRANSICIÓN

Temporada 2018/2019 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Enrico Onofri, violín y dirección. Programa: El amanecer del Clasicismo (obras de Francesco Durante, Baldassare Galuppi, Giovanni Battista Sammartini, Wolfgang Amadeus Mozart, Antonio Sacchini y Joseph Haydn). Teatro de la Maestranza, martes 4 de junio de 2019

El director que más veces se ha puesto al frente de la Barroca de Sevilla, y que ha ayudado a perfilar en una considerable medida el estilo propio que luce la formación hispalense, Enrico Onofri, fue el elegido para despedir la temporada en el espacio en el que más brilla el sonido no solo de este conjunto sino de cualquiera en general, el Teatro de la Maestranza. De hecho hay quien piensa que el sensacional concierto, según quienes tuvieron la fortuna de disfrutarlo, ofrecido los días 17 y 18 de mayo pasados en el Turina en torno a Lully y Rameau, con Hugo Reyne como director, debiera haberse celebrado aquí para potenciar aún más su redonda propuesta.
 
El concierto que hoy reseñamos coincidió con la presentación esta misma semana de su último disco, también con Onofri en la dirección, un registro que combina autores ya llevados al estudio de grabación por la orquesta, como Balius o Ripa, de quien se incluye una magnífica Lamentación nº 2 con la soprano Julia Doyle prestando su aterciopelada voz, con composiciones para la Catedral de Málaga de Joseph Barrera y una inédita versión de la Sinfonía nº 44 de Haydn según manuscrito de Domingo Arquimbau. La Barroca ofreció en esta ocasión un recorrido por algunos de los autores italianos más influyentes del último período del Barroco, para exhibir ese fino tránsito de la música de la época al Clasicismo que habría de imponerse y hallaría su máximo esplendor de la mano de la escuela vienesa, tan bien representados por Mozart y por supuesto Haydn. Un viaje de transición de la escuela napolitana al esplendor milanés para desembocar en el clasicismo vienés y hallar así su origen en la sonata y el concierto italianos.
 
Un repertorio amable y delicado
 
El concierto arrancó de forma precipitada y accidentada, justo antes de que se solaparan por megafonía los avisos pertinentes con las luces aún encendidas. Onofri podría haber reculado y vuelto a empezar, evitando así que tardáramos en entrar en los acordes del Concierto para cuerdas nº 5 de Durante, fundador de la Escuela Napolitana, en cuya música se une la tradición barroca con el nuevo estilo de los maestros venecianos, caracterizándose por fuertes contrastes de tempo y dinámicas, tan afines al maestro de Rávena. Casi una sinfonía operística, el Concerto a quattro en Re Mayor de Galuppi enmarca un movimiento vibrante entre dos lentos y solemnes, con una gramática sencilla que adopta las innovaciones de los jóvenes compositores que en su época avanzaban ya las líneas del cuarteto de cuerda, y que se salvó como la anterior página con una interpretación muy delicada, de fraseo transparente y técnica muy depurada.
 
Una de las últimas de las muchas sinfonías que compuso Sammartini sirvió como reflejo del nacimiento definitivo del género en Italia. La pieza, de perfil agitado y fuertes contrastes dinámicos, y con un andante central que el conjunto ofreció con delectación y sirvió para lucimiento de un comedido y nada estridente Onofri al violín, dio paso a una composición de juventud de Mozart, su Sinfonía nº 10, en el que brillaron los vientos, especialmente los oboes, como fascinante contrapunto a la cuerda y en perfecto diálogo con ella.
 
Germen del estilo clásico vienés
 
Precedido por una preciosa Chacona de Sacchini, también napolitano y de vocación cosmopolita, con aires místicos y muy recogidos e intimistas, tal como se pudo apreciar en la impecable interpretación de la plantilla, Haydn protagonizó la segunda parte del concierto, con la tercera de sus sinfonías dedicadas a los períodos del día, la nº 8 La noche, con reminiscencias del divertimento y la sonata, que Onofri y la orquesta resolvieron con aplomo y siguiendo una pauta común basada en el contraste y el desenfado. Una manifestación de música amable y distendida, sin demasiada complicación ni verdadera enjundia, pero que sirvió, dado el carácter de concerto grosso de esta última pieza, para lucimiento de varios solistas de la orquesta, aunque sin la intervención de Alejandro Casal al clave, que en el resto del programa contribuyó sobremanera al sonido cristalino de la empresa, de la misma forma que el resto del continuo le dio robustez. Los metales estuvieron a idéntico nivel técnico y expresivo que el resto de sus compañeros.
 
Aprovechamos para avisar que a principios de año la Barroca lanzó un segundo disco dedicado al violonchelo como instrumento solista, de nuevo con Christophe Coin esta vez interpretando música de Carl Philip Emanuel Bach, y que se añade al que hace años dedicaron precisamente a Haydn, todo un caballo de batalla de la formación para acercarse al clasicismo, como se pudo apreciar en este particular concierto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 3 de junio de 2019

ÁRTICO Supervivencia y otros buenos instintos

Título original: Arctic
Islandia 2018 97 min.
Dirección Joe Penna Guión Joe Penna y Ryan Morrison Fotografía Tómas Órn Tómasson Música Joseph Trapanese Intérpretes Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir Estreno en el Festival de Cannes 10 mayo 2018; en Dinamarca 31 enero 2019; en España (no en Sevilla) 31 mayo 2019

Tiene mérito enfrentarse en su ópera prima con un material tan delicado y particular como éste, nada más y nada menos que la aventura de supervivencia de un hombre en un paisaje tan desolador y árido como el polar glacial ártico, en lo que muchos y muchas han comparado con un Robinson Crusoe a setenta grados bajo cero. Una narrativa eficiente, la pericia de su debutante director para imprimir de ritmo y tensión a un espectáculo en principio monocorde y monótono, así como la brillante interpretación de un Mads Mikkelsen a quien igualmente se le atribuye la mejor interpretación de su carrera, lo que tratándose del actor más prolífico e internacional de los países escandinavos es todo un mérito, consiguen que nos encontremos ante un producto sorprendentemente interesante y atractivo.
 
Pero lo mejor es la habilidad que tienen sus artífices para conseguir transmitir la lucha por la supervivencia e instintos tan loables como la solidaridad y la generosidad hacia el prójimo, especialmente cuando en este caso se trata de la única persona a la que asirse y con la que mantener la esperanza del contacto humano, a la vez que las circunstancias permitirían viajar más ligero de equipaje sin que nadie se percatara.
 
Apenas una hora y media que a pesar de la propuesta no se hace pesada, arropada por una luminosa fotografía y una atmosférica banda sonora del norteamericano Joseph Trapanese. Rodada en inglés, aunque el texto es naturalmente muy escaso, está claro que Joe Penna ha ensayado así su casi seguro salto a Hollywood.

domingo, 2 de junio de 2019

EL TALENTO DE REGINA LAZA AL CALOR DE LA BÉTICA

Orquesta Bética de Cámara. Regina Laza, violín. Michael Thomas, director. Programa: Fantasía Escocesa Op. 46, de Bruch; Sinfonía nº 3 Op. 56 “Escocesa”, de Mendelssohn. Espacio Turina, domingo 2 de junio de 2019


Aparte de otros muchos, hay dos motivos fundamentales por los que se hace necesario el apoyo y la conservación de una orquesta como la Bética de Cámara, que son ofrecer otros programas alternativos a los de los conjuntos más asentados, y brindarnos la posibilidad de conocer ese joven talento andaluz que espera su oportunidad para saltar definitivamente al lugar que merece, y que en el caso de Regina Laza, como en el de Manu Brazo con el que empezó la temporada, se traduce en una excelencia digna de los mejores espacios y repertorios. Por cierto, que la orquesta y Brazo repetirán ese concierto el próximo viernes 7 en el Castillo de Utrera, localidad que estos días despide entre lágrimas a uno de sus más ilustres hijos, el futbolista José Antonio Reyes, y donde nació el reputado saxofonista, celebrado en el Reino Unido como una de las figuras más sobresalientes entre los solistas de música clásica de nuevo cuño.

Michael Thomas, inglés afincado en Andalucía, debió sentirse como en casa celebrando la vida y el paisaje de su vecina Escocia en este hermoso programa que combina la Fantasía Escocesa de Max Bruch y la Sinfonía Escocesa de Felix Mendelssohn. Dos piezas que ilustran la leyenda y la realidad de esta nación de la Gran Bretaña. Mientras la Sinfonía de Mendelssohn es más legendaria y evocadora que real, la Fantasía de Bruch se basa en el empleo de melodías folclóricas de las Highlands escocesas. Para la ocasión contamos con la presencia de la joven de Algeciras Regina Laza, que a sus veinticuatro años derrocha talento, seguridad y dominio absoluto del instrumento, tras haber sido ampliamente reconocida fuera y dentro de nuestro país, y haber ocupado destacadas plazas en los conjuntos sinfónicos juveniles más importantes de España.

Cuerda mejorada y solista de altura

La cuerda de la Bética experimentó una notable mejoría en conjunción y tersabilidad, no sabemos si como consecuencia del trabajo desplegado por Mariarosaria D’Aprile, a quien no recordamos como concertino del conjunto. Lo cierto es que con ella al frente de la cuerda aguda e Israel Martínez en la grave, la orquesta sonó especialmente bien. Lástima que unos erráticos e imprecisos acordes en los metales, especialmente en el solemne arranque de la Fantasía, enturbiaran los resultados. Por el contrario, Laza estuvo sensacional, manteniendo una línea de canto homogénea, sin estridencias ni cambios bruscos de registro, versátil y con un fraseo amplio y elegante, que se hizo especialmente notable en el canto de amor basado en Auld Robin Morris y en el andante sostenuto, así como vivaz y enérgico en The Dusty Miller y el allegro guerriero conclusivo, brillantemente entonado, que remató con un extenuante virtuosismo en una propina basada en el Dies Irae gregoriano que sospechábamos era obra de otro gran y joven violinista actual, Roman Kim, pero finalmente hemos sabido por otras publicaciones que se trata del último movimiento de la Sonata nº 2 de Ysaye.

Thomas como siempre desplegó su buen oficio y generoso entusiasmo en una Escocesa de Mendelsohn que brilló más en los pasajes vibrantes y vigorosos que en los más tiernos y líricos. También aquí la orquesta, que como se sabe acomete sus programas con menos efectivos de lo que es habitual en estos perfiles románticos, mantuvo un nivel muy digno y satisfactorio, a pesar de debilitarse como apuntamos en la exposición del segundo tema del primer movimiento, que reclama más vuelo lírico y carácter bucólico que el ofrecido, o el hermosísimo adagio central, necesitado de mayor ternura y calidez, malográndose parcialmente su carácter legendario y ensoñador. Por otra parte, en su segundo movimiento se supo captar la energía rítmica del Scotch snap que inspira los bailes tradicionales escoceses, con aportaciones estupendas de las maderas, especialmente el solo de clarinete. Mientras el final majestuoso, como un himno, se benefició de un trabajo muy bien perfilado en los timbales, y el entusiasmo general de una orquesta a la que sinceramente deseamos una larga y fructífera vida.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

ROCKETMAN Una celebración de grandes canciones

Reino Unido-USA 2019 121 min.
Dirección Dexter Fletcher Guión Lee Hall Fotografía George Richmond Música Elton John y Matthew Margeson Intérpretes Taron Egerton, Jamie Bell, Richard Madden, Bryce Dallas Howard, Steven Mackintosh, Gemma Jones, Tom Bennett, Kit Connor, Stephen Graham, Matthew Illesley, Charlie Rowe, Tate Donovan Estreno en el Festival de Cannes 16 mayo 2019; en Reino Unido 22 mayo 2019; en España 31 mayo 2019

La cercanía de su estreno, basarse en la vida de una estrella, un mito o una leyenda del pop, y un puñado de excelentes canciones como banda sonora, hace inevitable comparar esta película con Bohemian Rhapsody, más si tenemos en cuenta que su director, Dexter Fletcher, se encargó de la edición final de la película de los Queen. Pero hay diferencias sustanciales entre una y otra película; para empezar aquí un espléndido Taron Egerton, a quien descubrimos en Kingsmen e hizo un magnífico trabajo de caracterización en Eddie el águila, también a las órdenes de Fletcher, canta emulando el estilo de Elton John, sin que se recurra a las grabaciones originales del propio Reginald Kenneth Dwight. Pero sobretodo nos encontramos ante un musical en sentido estricto, y no ante una biografía sobre un grupo musical que canta cuando da un concierto, ensaya o graba un disco. Las canciones en este caso están insertadas en el drama, de la misma manera que podían estarlo las de Loewe y Lerner en My Fair Lady, las de Rodgers y Hammerstein en Sonrisas y lágrimas, o las de Abba en Mamma Mia. Ni siquiera se guarda un orden cronológico en el uso de ellas, sino que van apareciendo conforme son útiles al guión que ha firmado Lee Hall, responsable de Billy Elliot, Caballo de batalla y La reina Victoria y Abdul.

Un guión que no escatima a la hora de mostrar las miserias del rey del rock y el pop, sus devaneos con el alcohol y las drogas, su adicción al sexo, su inicial problema con la homosexualidad, y especialmente su carácter difícil e irascible. Claro que eso lo hace, sorprendentemente con la supervisión en la producción del mismo biografiado, que hace así gala de sinceridad y humildad, sin olvidar en ningún momento que esto es un musical, una fantasía, un espectáculo para disfrutar, emocionarse y celebrar la vida y las canciones del retratado. Y lo consigue, porque en su primera mitad todo es pura celebración colorista, coreografiada quizás con la misma mediocridad que Amanece en Edimburgo, que también dirigió Fletcher, en esa ocasión al ritmo de las canciones de The Proclaimers, pero con tan buen uso de la cámara que maquilla esa deficiencia apuntada.

Todo se traduce en un espléndido homenaje a unas irrepetibles canciones hasta que llegada su segunda mitad el espectáculo deviene en drama y la cosa se estropea, y hasta pierde interés. Pero para entonces hemos vibrado con I Want Love (auténtico leit motiv emocional de la función), Saturday Night’s Alright o un Cocodrile Rock levitado hasta hacernos estremecer. Egerton realiza un sensacional trabajo de mimetización con el histriónico personaje, arropado por un excelente elenco de actores y actrices, destacando el Billy Elliot Jamie Bell personificando a Bernie Taupin y aportando emotividad a su relación profesional y de amistad con el protagonista, así como Bryce Dallas Howard como distante y egocéntrica madre, Gemma Jones como tierna e inspiradora abuelita, y Richard Madden como atractivo y villano rompecorazones. Como epílogo no tiene precio ver a Egerton literalmente inmerso en el videoclip original de I’m Still Standing, rodado en la Croisette, justo donde ahora se ha presentado la película, en 1983.

viernes, 31 de mayo de 2019

LA CORRESPONSAL Un sobrio e intenso borrador de la Historia

Título original: A Private War
Reino Unido-USA 2018 110 min.
Dirección Matthew Heineman Guión Arash Amel, según el artículo “Marie Colvin’s Private War” de Marie Brenner para Vanity Fair Fotografía Robert Richardson Música H. Scott Salinas Intérpretes Rosamund Pike, Jamie Dornan, Tom Hollander, Stanley Tucci, Greg Wise, Corey Johnson, Nikki Amuka-Bird, Fady Elsayed, Faye Marsay, Raad Rawi Estreno en el festival de Toronto 7 septiembre 2018; en Estados Unidos 2 noviembre 2018; en España 31 mayo 2019

Norteamericana de nacimiento, británica de adopción, Marie Colvin fue una destacada reportera de guerra, varias veces galardonada con premios muy prestigiosos y ampliamente reconocida por su valentía y arrojo. La británica Rosamund Pike (Perdida) abandona su perfil frío y elegante para entregarse a la que es sin duda la interpretación más comprometida y sobresaliente de su carrera, quedándose injustamente a las puertas de una nominación al Oscar, probable tras la que obtuvo al Globo de Oro.
 
A las órdenes de un realizador curtido en el documental, y con la fuerza de la estilizada fotografía de Robert Richardson, habitual colaborador de prestigiosos y comprometidos cineastas como Oliver Stone, Pike aporta emoción y sentimiento a un personaje con un especial fuego interno, esa guerra privada a la que alude con más acierto y precisión su título original, con las dependencias como auténtico talón de Aquiles. Colvin se muestra alcoholizada en sus devaneos londinenses con las clases altas e intelectuales, mientras su verdadera droga constituye la necesidad de peligro y riesgo en aras a una información veraz y sincera, que revele al mundo las miserias de la guerra, las mentiras de los políticos y el sufrimiento inimaginable de la sociedad civil.
 
Una vez más el cine se erige en vehículo ideal para acercarnos emocionalmente a estas tragedias, más de lo que pueda lograrlo la televisión o el lenguaje documental. Comienza con su lesión ocular en Sri Lanka, continúa con el hallazgo de fosas comunes en Faluya (nos preguntamos por qué habiendo estado casada con un periodista de El País no se acercó también a las miserias de nuestra democracia, incapaz de paliar el dolor de miles de víctimas del franquismo) continúa con su denuncia al régimen de Saddam Hussein y termina en Homs, con las masacres de civiles perpetradas al hilo de la Primavera Árabe. Una guerra privada o interior que Colvin vive como compromiso y antesala a la historia; como ella misma asegura, con la responsabilidad de quien está escribiendo el borrador de la Historia. La fuerza de la película y de su protagonista se hace palpable de principio a fin, convirtiendo esta producción de Charlize Theron en un film necesario, por momentos irrespirable, serio, sobrio y libre de todo maniqueísmo posible.

miércoles, 29 de mayo de 2019

UTE LEMPER SALDA UNA DEUDA PENDIENTE

Ute Lemper, voz. Vana Gierig, piano. Cyril Garac, violín. Romain Lecuyer, bajo. Matthias Daneck, batería. Programa: Rendezvous with Marlene. Teatro Lope de Vega, martes 28 de mayo de 2019

En una secuencia de La vie en rose Edith Piaf, interpretada por Marion Cotillard, deja caer la silla en la que está sentada en un restaurante de Nueva York cuando Marlene Dietrich se acerca a ella para conocerla. Una diosa presentándose y el impulso nervioso obró el incidente. Es una emocionante escena que explica la merecida fascinación que ejercía la protagonista de Marruecos y Arizona en toda persona que la conocía, en la pantalla que la mimaba y en los registros sonoros que también la inmortalizaron.
 
Hace treinta años una joven Ute Lemper triunfaba en París con su particular recreación de Sally Bowles en Cabaret. La prensa se deshizo en elogios con ella, definiéndola como la sucesora de Marlene Dietrich. Avergonzada por la comparación Lemper escribió a la estrella de Holywood, que por entonces residía en París, disculpándose por la osadía, a lo que ella respondió con gratitud por teléfono. La recreación fantaseada de esa conversación sirve ahora para un espectáculo que la reina del cabaret alemán pasea por los escenarios de todo el mundo desde noviembre del año pasado. Sevilla ha tenido el privilegio de acogerlo junto a otras dos plazas españolas, La Coruña y San Sebastián, donde actúa mañana y el sábado primero de junio. La última vez que pudimos disfrutar de Ute Lemper en Sevilla fue hace nueve años en el Patio de la Diputación, y solo tres meses antes en un espectáculo de Mario Gas en este mismo escenario, el Lope de Vega.
 
Un ejercicio de nostalgia y admiración
 

La propuesta de Ute Lemper y un magnífico conjunto instrumental liderado por un habitual de su carrera, el excelente pianista de jazz Vana Gierig de cierto parecido con Simon Rattle, y con el violinista Cyril Garac aportando el grado de melancolía y melodiosidad que demanda la idea, consiste en una combinación dramática de música y palabra en inglés que debiera haber disfrutado de su traducción en subtítulos, dado el carácter no improvisado del texto. La sensualidad en forma de Siesta del fauno debussiana introdujo un clásico de la diva, Where Have All the Flowers Gone, seguida de unos parlamentos sobre la guerra y la juventud con intercalaciones de Just a Gigolo, a su vez título de su última película, junto a David Bowie, y un standard popularizado por Sinatra, One for My Baby, en representación de esos clásicos americanos que abundaron a lo largo de su carrera.
 
A partir de ahí un repaso por la vida, los amores (Piaf la cautivó y Jean Gabin la enamoró; al segundo dedicó Dejeuner du matin de Joseph Kosma y Ne me quitte pas de Brel, un clásico en el repertorio de Lemper), su condición de apátrida asqueada de los nazis, su incontinencia sexual, su compromiso con las tropas norteamericanas enviadas a la guerra y su fracaso como madre, para culminar en su otoñal y tierna relación con el irrepetible Burt Bacharach, que sirvió para terminar la función con la maravillosa What the World Needs Now Is Love.
 
En el camino no faltaron las legendarias canciones de Frederick Hollander, Falling in Love Again y Lola de la película de von Stromberg que la catapultó a la fama, El ángel azul. También desgranó unas personalísimas versiones de Blowin’ in the Wind de Dylan y por supuesto el himno Lili Marleen con el que tanto se relaciona a la estrella de Berlín Occidente, Testigo de cargo, ambas de Billy Wildery Vencedores o vencidos.
 

Combinación de respeto y personalidad
 
Lemper pagó así esta deuda de más de treinta años, impostando la voz para imitar la de Dietrich, rota, profunda, lineal y directa, y combinándolo con su propio estilo, en el que aún se aprecian ecos de su pasado punk, sus coqueteos con la vanguardia, así como el gusto por las grandes voces del jazz, modulando a discreción y con un sentido de la teatralidad excepcional. Se alzó ante nosotros como una gran dama de la canción, llenando con solo su presencia, elegantemente vestida, el escenario del Lope de Vega, aún más hermoso y exquisito que en otras ocasiones gracias al milagro y la magia de un impagable reducto del espectáculo brillante, equilibrado y sensacional que solo grandes artistas como ella son capaces de ofrecer.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía