sábado, 10 de agosto de 2019

EL SONIDO ROBUSTO DE VANITAS DÚO

Albert Colomar, piano. Jorge Gresa, violonchelo. Programa: El pont, de Mompou; Sonata para cello y piano nº 2 en Sol menor Op. 5 nº 2, de Beethoven; Sonata para cello y piano en Do Mayor Op. 119, de Prokofiev. La Casa de los Pianistas, viernes 9 de agosto de 2019

Una buena programación, un gran proyecto, toda la ilusión y un esfuerzo extraordinario han logrado que casi podamos hablar de la consolidación definitiva de La Casa de los Pianistas. El apoyo del público es ya considerable y la programación no decae ni en verano. Mientras otras manifestaciones estivales se apoyan en el aire libre nocturno, que este año está siendo especialmente fresco y generoso, Yolanda Sánchez convoca al público, cada vez con mayor éxito, a su sala para unas ochenta personas, donde una buena acústica y la intimidad del entorno ayudan a hacer de cada velada una experiencia mágica y valiosa.

Calidad y juventud vuelven a darse la mano en el caso del Dúo Vanitas, integrado por el violonchelista sevillano Jorge Gresa y el pianista mallorquín Albert Colomar, que se conocieron hace dos años en Utrecht, donde realizaban los imprescindibles estudios de posgrado que les abran más y mejores puertas de las que ya han atravesado, y que les ha llevado a ocupar plazas en orquestas y proyectos centrados en jóvenes talentos. Confiesan que la afinidad que encontraron entre sus estéticas y la notable compenetración que observaron a la ahora de tocar, les llevó a formar este dúo con el que ya se han presentado en otros espacios de Alemania y España. Su experiencia sigue siendo sin embargo corta y por eso sorprende el nivel de calidad alcanzado en esta comparecencia sevillana.

El pont, una preciosa composición de Federico Mompou original para piano, que luego adaptó para dialogar con el violonchelo y así ofrecerla a Pau Casals, abrió el programa. Ya entonces se adivinó el sonido carnoso y aterciopelado de Gresa, así como la robustez de Colomar al piano, en una versión llena de encanto y sensibilidad, unas señas que se repitieron en la propina al final del concierto, el Largo de la Sonata op. 65 de Chopin, prodigio de emociones y cantabilidad. Podemos considerar las sonatas para violonchelo de Beethoven como las primeras importantes concebidas para el instrumento como solista, poseedoras además de un lenguaje pre romántico que caracteriza mucho su espíritu. Gresa y Colomer trasladaron con precisión y ahínco este particular, haciendo hincapié en un sentimiento a veces doloroso. Siempre defendemos la expresividad frente a la depuración técnica, por eso importan menos ciertas caídas de tono en el violonchelo y un exceso de impetuosidad en el teclado, que por otro lado realizó un trabajo armónico impecable, frente al vigor y la emoción con que los dos jóvenes abrazaron esta obra maestra de Beethoven. Muy elocuentes los silencios que condujeron del patético adagio inicial al allegro consecutivo, con un persuasivo y casi vehemente violonchelo y un inquieto piano que provocó incluso que ante los aplausos entre movimientos, el propio Colomar se levantara a saludar para inmediatamente reaccionar y darse cuenta del simpático error. El rondó final lo resolvieron de forma ágil, alegre y muy enérgica, siempre desde una concepción robusta, casi férrea, del sonido. Algo que no siempre es conveniente y merece vayan depurando.

Con la imponente Sonata de Prokofiev los jóvenes intérpretes acusaron más interés en lograr la transparencia e inflexión de sus líneas melódicas que en conseguir plasmar ese doble filo que destila una obra aparentemente amable y gloriosa, compuesta sin embargo en una época desdichada para el autor, con su enfermedad muy avanzada y agotado por los continuos juicios morales a los que el stalinismo sometía su obra, lo que conlleva, por otro lado como es habitual en el autor, una porción considerable de veneno en el apetecible pastel. Se trata de esa ironía tan frecuente en el autor de Romeo y Julieta, y que no siempre se acierta a plasmar. De nuevo aquí Colomar acusó exceso de impetuosidad y vehemencia, y Gresa alternó pasajes de inusitada belleza con otros en registro agudo más estridentes, aunque en general se trató de una exhibición bastante digna y apropiada, celebrada con largos aplausos agradecidos por un trabajo lleno de esfuerzo e ilusión, tan bien transmitido por los aguerridos intérpretes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 8 de agosto de 2019

JUAN DIEGO FLÓREZ EMOCIONA EN JEREZ

VI Festival Tío Pepe de Jerez. Juan Diego Flórez, tenor. Ruzan Mantashyan, soprano. Christopher Franklin, director. Orquesta Filarmónica de Málaga. Programa: Oberturas, arias y dúos de Zampa, de Hérold, Romeo y Julieta y Fausto, de Gounod, La favorita y Lucia di Lammermoor, de Donizetti, Manon, de Massenet, Cavalleria Rusticana, de Mascagni, y La bohème, de Puccini. Miércoles 7 de agosto de 2019

Juan Diego Flórez en un momento de su
actuación en el Festival Tío Pepe
Foto: Miguel Ángel Castaño
En los últimos años han proliferado en nuestra comunidad los festivales de verano, combinando lírica, jazz, pop y otros géneros musicales para mayor deleite de un público que acude a ellos buscando una experiencia que trascienda lo puramente musical, en la que el entorno, la oferta gastronómica y la posibilidad de alargar la velada con actuaciones y baile en directo, se convierten en atractivos añadidos. El de las Bodegas Tío Pepe de Jerez de la Frontera cumple seis años y se une a otros como el Starlite de Marbella, que con tan solo dos ediciones más se ha convertido en evento de referencia. El Tío Pepe suele incluir en su programación al menos una gala lírica por edición. Si en años anteriores los invitados fueron el tenor jerezano Ismael Jordi y la soprano Ainhoa Arteta, tan vinculada a nuestra comunidad, éste ha sido el año de Juan Diego Flórez, que menos de un año después de su recital en el Maestranza de Sevilla, ha vuelto con energías renovadas y una oferta sustancialmente diferente a la presentada en nuestra ciudad, donde actuó acompañado del pianista Vincenzo Scalera.
 
A estas alturas de su carrera parece emular la práctica de muchas estrellas del canto en etapa madura, impulsar la carrera de una artista incipiente. Un padrinaje que se convierte en garantía de calidad y que en este caso tuvo en la joven soprano armenia Ruzan Mantashyan la demostración de una apuesta firme y segura. Juntos y por separado ofrecieron un recital cuya calidad y nivel de exigencia estuvieron muy por encima de lo que cabría esperar en este tipo de manifestaciones veraniegas. La participación de la Filarmónica de Málaga, orquesta habitual en esta tierra gaditana, especialmente en el foso del Villamarta, añadió atractivo al espectáculo bajo la experta dirección del norteamericano Christopher Franklin, cuya carrera ha desarrollado principalmente en el terreno operístico, habiendo además acompañado a Flórez en giras anteriores.
 
Bel canto, Romanticismo y Verismo sobre el escenario
 

Ruzan Mantashyan canta el Aria de las Joyas en un
montaje de Fausto de la Ópera de Ginebra,
bajo las órdenes de Michel Plasson
Flórez parece haber aparcado el belcantismo rossiniano que le hizo tan célebre a principios de su carrera, y que continuó cultivando tanto tiempo. Sólo la obertura de la ópera Zampa del olvidado compositor francés Louis-Ferdinand Hérold recordó esta etapa rossiniana del tenor peruano. A partir de ahí empezó sumergiéndose en aguas del romanticismo con varias páginas del Romeo y Julieta de Gounod, como un Lève-toi soleil en el que hizo acopio de su proverbial buen gusto y un exquisito fraseo, además de una envidiable potencia cuya virtud no quedó solapada por la inevitable amplificación. Triunfó con una sensacional interpretación de Tombe degli avi miei de Donizetti, y se metió al público definitivamente en el bolsillo con Puccini, de quien ofreció una conmovedora Che gelida manina, y ya en las propinas un Nessun dorma que aunque evidenció cansancio, estuvo a la altura de lo aceptable.
 
Flórez, Mantashyan, Franklin y la Filarmónica de Málaga
Foto. Miguel Ángel Castaño
La joven Mantashyan se estrenó con el alegre y victorioso Je veux vivre de Julieta, continuando en la misma línea pero más segura, vigorosa y caldeada en el Aria de las Joyas de Fausto de Gounod. Precisamente su papel de Margarita en esta ópera de Gounod y el de Mimí en La bohème, de la que interpretó con sentimiento, considerable teatralidad y sin afectación la preciosa Mi chiamano Mimì, son los dos roles con los que inició su carrera hace unos seis años. Su voz cálida y carnosa, sin tiranteces y con facilidad para modular y cambiar de registro, fue una de las sensaciones de la noche, colaborando en unas escenas y dúos junto a la estrella hispana que lograron un considerable nivel de calidad. Franklin dirigió con aplomo y atención al detalle a una Filarmónica de Málaga que se entregó a placer, con momentos tan logrados como el Granada que entonó Flórez en uno de los bises, repitiendo el esquema de su actuación en Sevilla en el que figuraron La flor de la canela, Cucurrucú Paloma, una marinera tradicional peruana y un trepidante y festivalero Gato montés a dúo con una aflamencada y muy simpática Mantashyan, además del referido aria de Turandot que, como hizo en Sevilla, animó a tararear al público. Mañana repite programa en el Festival de Peralada, pero con otra orquesta y director y seguramente algún bis menos.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 6 de agosto de 2019

VICKY LUNA, QUIQUE BONAL Y SU PARTICULAR FUSIÓN DEL ALMA

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Vicky Luna, voz. Quique Bonal, guitarra eléctrica. Programa: La voz del alma: Recordando a las Divas del Soul.
Lunes 5 de agosto de 2019

Foto: Actidea
Juntos o por separado, Vicky Luna y Quique Bonal llevan protagonizando años los carteles de estas noches estivales en los Jardines del Alcázar. Por no remontarnos más allá de la presente década, han paseado su particular visión del rhythm & blues norteamericano junto al grupo que forman con Nani Conde al bajo y Rafa Rabal o José Mena a la batería, Q & The Moonstones, con programas centrados en temas propios en colaboración con el célebre productor Mike Vernon, que ha trabajado entre otros con Eric Clapton y Fleetwood Mac. Ella ha participado en varias ocasiones junto a Ismael Sánchez, formando el dúo Chez Luna, con programas en torno al músico brasileño Noel Rosa o desgranando algunos éxitos del cine contemporáneo, incluso interpretando boleros con el también guitarrista Javier Pereyra. Por su parte, el onubense Quique Bonal ha participado en programas de gypsy jazz junto a Kid Carlos, o con el conocido guitarrista sevillano Charly Cepeda. Ya era hora de que les hiciéramos una merecida reseña.
 
Se nota que son unos apasionados de la música estadounidense; escuchándolos uno casi parece estar recorriendo sus fascinantes calles y carreteras, mezclándose con lo mejor de ese país norteamericano. Ya en la edición de 2011 Luna y Bonal participaron en el Alcázar con música negra norteamericana, que ahora concretan en el soul y el blues en clave femenina, ofreciendo una suerte de tributo a las grandes divas del género, siempre desde el respeto pero sin renunciar a un estilo propio que los aleje del simple cover mimético. Cierto que en el repertorio a veces resulta discutible identificar estos standards con las voces homenajeadas, pero en la mayoría de los casos fueron ellas quienes realizaron las versiones más populares de estos clásicos modernos.
 
Grandes divas en una voz enérgica y comprometida
 


Foto: Actidea
Love Me or Leave Me, el tema de Gus Kahn y Walter Donaldson que inmortalizó Lady Day, Billie Holiday, en los cuarenta, introdujo un recital de grandes canciones que continuó con There’ll Be Some Changes Made en tributo a Dinah Washington, siempre según versión matizada con voz de timbre luminoso y flexible capacidad para adaptarse a múltiples registros, y una notabilísima potencia y energía, de una simpatiquísima Vicky Luna. Sin olvidar la sana complicidad del espléndido guitarrista, a veces practicando ese fingerpicking que tan bien se le da, de manera que en ocasiones parecían fusionarse. En solitario Bonal desgranó un Mr. Sandman lleno de brillo y ritmo, en claro homenaje a los tríos femeninos que tanto proliferaron en la Segunda Guerra Mundial, especialmente The Andrew Sisters.
 
La voz de Vicky Luna se tornó más áspera y temperamental con éxitos de Janis Joplin, un Trouble in Mind que ya forma parte habitual de su repertorio, y de Mahalia Jackson, el popular góspel Down by the Riverside, que cantó sin renunciar a su estilo propio pero añadiendo gotas de color que los identificaran con sus carismáticas intérpretes. También se marcó unos divertidos bailes con el clásico de Duke Ellington It Don’t Mean a Thing, que aprovechó para practicar el scat singing característico de Ella Fitzgerald. Una preciosa versión de Son of a Preacher Man, más próximo a la voz dulce y sensual de Dusty Springfield que a la de la homenajeada Aretha Franklin, y unas muy emotivas interpretaciones de At Last, tema habitual de la orquesta de Glenn Miller que Etta James hizo inmortal en los sesenta, y del I’m Ready de Koko Taylor, completaron un exquisito programa que también incluyó un tema de la propia Vicky, Goodbye, en perfecta armonía con el resto del repertorio, otro scat dedicado a la gran Sarah Vaughan, y los muy sensuales Why Don’t You Do Right, que Della Reese inmortalizó antes de que lo hiciera Amy Irving poniéndole voz a Jessica Rabbit, y el tantas veces versionado Fever, esta vez para recordar a Peggy Lee. No faltó un sentido homenaje a Amy Winehouse, con el tema Stronger Than Me que Luna ya ha cantado otras veces en este mismo escenario. Y tanto disfrutaron y nos hicieron disfrutar que el concierto no parecía acabar nunca a pesar de salirse con creces del horario impuesto por el Patronato del Alcázar.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 5 de agosto de 2019

PADRE NO HAY MÁS QUE UNO La comedia más refrescante del verano

España 2019 96 min.
Dirección Santiago Segura Guion Santiago Segura y Marta González de Vega Fotografía Ángel Iguacel Música Roque Baños Intérpretes Santiago Segura, Toni Acosta, Silvia Abril, Leo Harlem, Luna Fulgencio, Carlos González Morollón, Calma Segura, Sirena Segura, Martina D’Antiochia, Wendy Ramos, Anabel Alonso, Pepa Charro, Miguel Lago, Marta González de Vega, Diana Navarro Estreno 2 agosto 2019

Hasta tres películas tendríamos que ver para analizar comparativamente la nueva comedia de Santiago Segura, sin contar otras a las que brinda evidente homenaje, como La gran familia o Sonrisas y lágrimas. Mamá se fue de viaje es una película argentina de 2017 a la que dos años después le han salido imitadoras en Italia (10 días sin mamá), México (Mamá se fue de viaje) y España, ésta. Segura repite así fórmula cuando en su anterior película, Sin rodeos, adaptaba el guión de una cinta chilena, Sin filtro, que a su vez disfrutó de otro remake mejicano, Una mujer sin filtro.
 
A la espera de un guión original, al margen de sus títulos torrenteros, que corrobore su buena mano para la comedia clásica y burguesa alejada de la caspa y el mal gusto imperante en su, por otro lado, desternillante saga policiaca, Segura vuelve a dar muestra de su talento delante y detrás de la cámara incorporando a un padre de familia numerosa que ha de enfrentarse durante una interminable semana a la educación y el cuidado de sus hijas e hijo, mientras su esposa se toma unas merecidas vacaciones junto a su insportable cuñada en el Caribe. El pretexto por supuesto es plasmar la diferencia entre géneros a la hora de abordar las tareas domésticas, pero en el camino son muchas otras cuestiones las que se abordan siempre desde la ligereza y el desenfado.
 
El excelente ritmo que ha sabido impregnar a tan sobada historia, sumada a la gracia y la frescura del elenco infantil, por una vez comportándose todas y todos como lo que son, niños, niñas y adolescentes, y todo ello conjugado con un acertado guion en el que se baten ingredientes de la cultura moderna, con especial hincapié en la insalubre dependencia de los móviles y otros dispositivos electrónicos, dan como resultado una eficaz y divertida comedia para toda la familia cuyos giros, virtudes y moralejas convienen descubrir más que someter a un somero análisis de urgencia. Eso sí, aclarando siempre que el plato se sirve ligero y amable, para su fácil digestión y sabroso recuerdo. Como suele ocurrir en las cintas de Segura, cuyo espectacular cambio de imagen es proporcional al refinamiento de sus productos, algo que no nos coje de sorpresa habida cuenta el sentido de responsabilidad y esfuerzo del cómico, a lo largo del film aparecen figuras destacadas del famoseo ibérico, como Boris Izaguirre, Ona Carbonell, Rosa López, El Rubius o Carlos Baute, casi todos interpretándose a sí mismos.
 

ROJO Atmósfera de violencia política

Argentina-Brasil-Francia-Holanda-Alemania-Bélgica-Suiza 2018 109 min.
Guion y dirección Benjamín Naishtat Fotografía Pedro Sotero Música Vincent van Warmendam Intérpretes Darío Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremones, Claudio Martínez Bel, Mara Bestelli, Rudy Chernicoff, Rafael Federman, Laura Grandinetti Estreno en el Festival de Toronto 10 septiembre 2018; en Argentina 26 octubre 2018; en España 2 agosto 2019

Desde su debut en la dirección de largometrajes en 2014 con Historia del miedo, el realizador argentino Benjamín Naishtat parece empeñado en radiografiar la violencia política de su país, bien fuera a raíz de la crisis económica del corralito, o de la revolución social del XIX en su siguiente título, El movimiento, o la antesala del golpe de estado de los setenta del siglo pasado en este su tercer largometraje. Reconocido en el Festival de San Sebastián con los importantes premios a la mejor dirección, el mejor actor para Grandinetti y la mejor fotografía, el film se inicia con una incómoda secuencia que sienta ya la base y las reglas sobre las que se va a desarrollar un film inquietante con forma de cine negro y trasfondo de denuncia política y social.
 
En Rojo asistimos a la decadencia moral de una sociedad labrada por la corrupción, los grandes discursos demagógicos, la desconfianza y el egoísmo a ultranza. Caldo de cultivo para un cambio drástico de gobierno, una enorme represión y la ingente cantidad de crímenes de estado que se cometerían los años posteriores con la complicidad decisiva de un pueblo en silencio, el que legitima las atrocidades cometidas en nombre del bien común. La misma que propicia los nuevos partidos de ultraderecha, herederos directos de dictaduras y regímenes totalitarios en cuyos nombres se cometieron tantos crímenes y que ahora se benefician de una sociedad anestesiada que solo quiere ver muerte y sinrazón donde le conviene, aquí en España justo donde se reclama la independencia.
 
El miedo provoca el silencio y éste legitima la violencia política que este film trata de forma modélica a través de un caso de índole policial tan atractivo en cuanto a género como certero en su análisis y denuncia. Con un tratamiento estético muy próximo a la época que retrata, como ya los propios títulos de crédito lo avanzan, la cinta se beneficia de muy buenas interpretaciones, especialmente un curioso e inquietante investigador encarnado por Alfredo Castro, y un montaje que incide positivamente en el ritmo y la creación de una atmósfera irrespirable. Lástima que como tantas otras veces el espectador, inocente ante lo que se le viene encima, tenga que asistir a escenas tan lamentables, por estar irremediablemente extraídas de la realidad, sin artificio ni efectos visuales, como la matanza de un ternero como parte de unos festejos rurales reflejo también de una idiosincrasia tan particular como la de los terratenientes lugareños, consecuencia directa de los fascismos europeos.

EL GRAN BUSTER Semblanza correcta de un cómico irrepetible

Título original: The Great Buster
USA 2018 102 min.
Guion, dirección y narración Peter Bogdanovich Fotografía Dustin Pearlman Documental Estreno en el Festival de Venecia 30 agosto 2018; en Estados Unidos 5 octubre 2018; en España 2 agosto 2019

Estos días se suceden en nuestras pantallas documentales sobre grandes cineastas. A Bergman le sustituyó Welles y ahora Keaton en este aseado producto ideado y realizado por Peter Bogdanovich. No nos extraña viendo su filmografía que el director norteamericano de origen serbio y austríaco se confesara gran admirador de la obra, la figura y el talento de Buster Keaton, uno de los grandes pioneros del cine y, junto a Charles Chaplin y Harold Lloyd, icono indiscutible del cine cómico mudo. Bogdanovich, responsable de tres títulos míticos de la década de los setenta del siglo pasado, La última película, ¿Qué me pasa, doctor? y Luna de papel, y artífice de otras interesantes películas, como Máscara , Todos rieron o ¡Qué ruina de función!, no ha ocultado nunca su interés por la nostalgia, como evidencian algunos de los títulos reseñados y otros como el sensacional pero olvidado musical Un largo y definitivo amor, en el que Burt Reynolds y Cybill Shepherd cantan y bailan al son de Cole Porter. Además algunas de sus comedias, muy especialmente la protagonizada por Barbra Streisand y Ryan O’Neal, no disimulan la influencia que en ellas ejercieron el slapstick del que Keaton fue un maestro, así como la screwball comedy que tanto triunfó en las décadas de los treinta y cuarenta.
 
Con estos precedentes, Bogdanovich presenta este documental, premiado en Venecia, tan aseado como en cierto modo aséptico, que rinde tributo a este icono indiscutible del cine, adoptando las formás más clásicas y académicas del documental televisivo, medio en el que Bogdanovich se ha refugiado en las últimas décadas antes de retomar la dirección cinematográfica con la decepcionante Lío en Broadway. Lo más destacado del documental reside en el inmejorable estado de las secuencias exhibidas, convenientemente restauradas, así como en el agotador trabajo de búsqueda de material que debe haber emprendido su director y el equipo bajo sus órdenes. La sucesión incesante de increíbles, y aún hoy divertidísimas, secuencias arquitectadas por el gran cómico, y de imágenes domésticas y material documental que recorren su vida después del éxito y el fracaso, se convierten en motivo indiscutible para el visionado de un film que, sin embargo, no profundiza en el carácter y la influencia del homenajeado.
 
Recurriendo a discutibles intervenciones de un gran número de profesionales, desde el crítico Leonard Matlin al inefable Tarantino, pasando por Mel Brooks, Johnny Knoxville, Cybill Shepherd, Dick Van Dyke, Werner Herzog o Carl Reiner, cabe preguntarse el interés de los anodinos e intrascendentales testimonios aportados por el lujoso elenco. Mientras, dedica gran parte del trabajo a lamentarse por el paulatino olvido al que fue sometido el genio y el talento del atlético humorista, una vez implantado el cine sonoro y cuando la Metro Goldwyn Mayer se hizo cargo de su carrera, borrando cualquier posibilidad de control del cómico sobre la misma. Lamentos muy habituales en la sociedad americana, tan propensa a la hipocresía, pero que no difiere del que despiertan otros casos similares, en ese o cualqueir otro país y profesión. Por otro lado nos informa del devenir que tuvo su carrera, entre spots publicitarios y colaboraciones estelares, que le propiciaron una vida acomodada durante el resto de su existencia, lo que no es poco a tenor de la suerte sufrida por otros colegas en similares circunstancias. El film está realizado sin inventiva ni imaginación, pero cumpliendo con su vocación primera de divulgar el trabajo de Keaton y ensalzar su fuerza y talento, lo que por sí solo ya merece su atención.

miércoles, 31 de julio de 2019

SÚPER EMPOLLONAS La invasión de las (nerds) raritas

Título original: Booksmart
USA 2019 102 min.
Dirección Olivia Wilde Guion Emily Halpern, Susan Haskins y Katie Silberman Fotografía Jason McCormick Música Dan Nakamura (Dan The Automator) Intérpretes Kaitlyn Dever, Beanie Feldstein, Jessica Williams, Jason Sudeikis, Lisa Kudrow, Will Forte, Victoria Ruesga, Mason Gooding, Skyler Gisondo, Diana Silvers, Molly Gordon, Billie Lourd, Eduardo Franco, Nico Hiraga, Austin Crute, Noah Galvin, Michael Patrick O’Brien Estreno en Estados Unidos 24 mayo 2019; en España 26 julio 2019

Olivia Wilde posee un rostro familiar y sin embargo una filmografía hasta ahora como actriz poco vistosa. Ahora salta a la dirección con mucha fortuna si hacemos caso a las crónicas vertidas a un lado y otro del Atlántico y el éxito de público cosechado. Su visión de la adolescencia femenina está en el lado opuesto a la que ofrecía otra actriz, más curtida en la dirección, Greta Gerwig, en la muy reconocida Lady Bird, donde una de las dos protagonistas de esta cinta, la muy carismática Beanie Feldstein, tenía un papel secundario. Donde Gerwig echaba mano de la sutileza y la armonía, Wilde se tira a la piscina para recrear el universo disfuncional de las comedias gamberras que invaden nuestras pantallas, pobladas de seres estrambóticos y situaciones disparatadas, y adaptarlo en la medida de lo posible a una supuesta sensibilidad femenina no exenta de onanismo e instintos bullangueros.
 
El resultado es algo así como un animalario en una casa de locos, donde dos amigas inseparables de instituto se enfrentan al último día antes de la graduación con la sensación de haber invertido demasiado esfuerzo en su sensacional expediente académico, sacrificando diversión y expansión, mientras descubren que sus compañeros y compañeras han obtenido éxitos académicos similares sin necesidad de expedientes brillantes ni sacrificios impropios de la edad. Ahí radica el primer mensaje deleznable de esta cinta, donde el esfuerzo no encuentra compensación sino castigo. Su título original, Booksmart, algo así como Inteligencia de manual, parece en este sentido más ilustrativo que el más burdo que le han colocado nuestros ingeniosos distribuidores. A partir de ahí el despropósito va acumulándose a fuerza de personajes a cual más rarito y extravagante y situaciones de hilaridad más bien exasperante.
 
El carisma de sus dos jóvenes protagonistas, presente incluso en sus versiones animadas en forma de barbies asexuadas, y el ritmo vertiginoso que la debutante realizadora ha sabido impregnar al conjunto, redimen en parte la disparatada propuesta, que no dudamos se convertirá en breve en cinta de culto y referente de una generación de adictos al móvil y la botellona. Por una vez no nos avergonzamos de mostrarnos reaccionarios y condenamos este tipo de insultos a la inteligencia que tantos intentan justificar como justo lo contrario, literatura moderna, excéntrica y extremadamente intelectual en su vocación popular. Eso sí, la presentación de sus dos parcialmente desdichadas heroínas no tiene desperdicio.

YO, MI MUJER Y MI MUJER MUERTA ¿Qué ocurrió entre mi mujer y Marbella?

España-Argentina 2019 93 min.
Dirección Santi Amodeo Guion Santi Amodeo y Rafael Cobos Fotografía Leonardo Hermo Música Enrique de Justo y Miguel Rivera Intérpretes Óscar Martínez, Carlos Areces, Ingrid García Jonsson, Malena Solda, Cris Nollet, José Luis Adserías Estreno en el Festival de Málaga y en Argentina 21 marzo 2019; en España 26 julio 2019

Habiendo debutado en el cine juntos, con el corto Bancos y el largo El factor Pilgrim, las carreras de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo han corrido suertes muy distintas. Mientras el primero ha contado con el favor del público y la crítica, que no ha dudado en encumbrar su estilo voluptuoso y grandilocuente, el segundo ha ocupado un lugar muy discreto en el gusto de unos y otros, a veces muy merecido como en el caso de ¿Quién mató a Bambi?. Pero lo cierto es que salvo esta desdeñable cinta, el resto de su filmografía ha ofrecido resultados tan estimulantes como Astronautas o Cabeza de perro, poseedoras de un lenguaje moderno y personal para contar historias cerca del surrealismo pero también del corazón. En esta ocasión se sitúa a medio camino entre éstas y su última y más aseada y convencional producción, la olvidable Bambi referida, más cerca afortunadamente de las primeras que de ésta. Amodeo echa mano de ese estilo visual y narrativo que le diera voz propia en aquellas dos primeras películas en solitario, pero limándolo para encontrar convergencia con un lenguaje más comercial y asequible a un mayor porcentaje de público.
 
Partiendo de una línea argumental que bien podría recordarnos a ese clásico de Billy Wilder titulado Avanti! y aquí traducido como ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?, donde Jack Lemmon viajaba a Italia para recoger el cuerpo de su padre, fallecido en accidente de tráfico, solo para descubrir cosas de su progenitor que desconocía, aquí un impagable Óscar Martínez, premiado en el último Festival de Málaga, viaja desde Buenos Aires para cumplir el deseo de su esposa fallecida de esparcir sus cenizas en la costa marbellí, donde parece disfrutó de sorprendentes vacaciones, un particular que será el objeto de descubrimiento en esta veraniega película. Amodeo sitúa su comedia dramática en las antípodas del género tal como se cultiva en nuestro país. Aquí no hay estridencias, astracanadas ni chabacanería al uso; en su lugar practica un estilo más sofisticado y elegante, con las dosis de humor justas concentradas en una serie de situaciones cuando menos curiosas, y en personajes simpáticos como el de Areces y amables como el de Jonsson. Todo ello en unas relajadas localizaciones, un Puerto Banús recreado entre Sevilla (el Real Club de Golf o el restaurante Malaspina en el Muelle de las Delicias son perceptibles), Sotogrande y la propia Marbella, previo preludio en un Buenos Aires de interior y cementerio.
 
En el centro de la dramaturgia subyace un sencillo análisis de la aceptación, bien sea de la ausencia, del dolor o la infidelidad, con soluciones formales tan felices como la proyección de recuerdos en paredes, suelos y sábanas de la casa familiar. Un proceso de catarsis que llevará a un arquitecto procedente del país del psicoanálisis a reírse de esta disciplina académica en el nuestro, mientras a su alrededor personajes que procuran esforzadamente salirse del estereotipo componen un paisaje humano y espiritual pausado y relajado que no choca con la comicidad precisa y calculada de este nuevo film del director sevillano. No obstante en el camino quedan algunos flecos sueltos que hacen preguntarse si eran necesarios incluirlos en el guion, escrito por cierto con la ayuda del colaborador habitual de Rodríguez, Rafael Cobos, como es el caso de las motivaciones de los personajes de Areces y Jonsson o las lesiones sufridas por un protagonista cuyo viaje físico y sentimental no solo no llegará a transformarlo profundamente sino que le reafirmará en su elección de vida.

martes, 30 de julio de 2019

VENGANZA BAJO CERO Decesos en cadena

Título original: Cold Pursuit
Reino Unido-USA-Noruega-Canadá-Francia-Alemania 2019 118 min.
Dirección Hans Petter Moland Guion Frank Baldwin, según el original de Kim Fupz Aakeson Fotografía Phillip Øgaard Música George Fenton Intérpretes Liam Neeson, Laura Dern, Tom Bateman, Tom Jackson, Michael Eklund, Domenick Lombardozzi, Emmy Rossum, Julia Jones, Michael Adamthwaite, William Forsythe, Elizabeth Thai, Benjamin Hollingsworth Estreno en Estados Unidos 8 febrero 2019; en España 26 julio 2019

Tras el relativo éxito de Aberdeen en 2000, el director noruego Hans Petter Moland recibió su primer encargo norteamericano con la película Beautiful Country, protagonizada por Nick Nolte y Tim Roth. Después volvió al cine escandinavo, filmando varios films entre los que destaca Redención, de Los casos del departamento Q, y Kraftidioten, significativo título con su actor fetiche Stellan Skarsgaard como protagonista, que se tradujo internacionalmente como En orden de desaparición y aquí Uno tras otro para su distribución doméstica.
 
Éste su segundo trabajo para Estados Unidos, en coproducción con Reino Unido y varios países, es un remake fiel de aquella película en la que un conductor de máquina quitanieves se enfrenta a una guerra de narcotraficantes para vengar la muerte de su hijo. Del paisaje nevado de Noruega pasamos ahora al de Colorado, con nuestros ingeniosos distribuidores traduciendo el original Persecución fría por Venganza bajo cero, aprovechando así el filón de la trilogía Venganza con la que, junto a las películas de Jaime Collet-Serra (Sin identidad, El pasajero) ha forjado Liam Neeson su carrera como nuevo justiciero a lo Charles Bronson.
 
La cinta es un largo y continuado desprecio a la vida humana, que se toma muy a broma, enumerando los decesos y adornándolos según confesión religiosa. De otra manera hubiera resultado un trabajo obsceno y desalmado, pero así se convierte en un entretenimiento moderadamente divertido e intrigante, gracias sobre todo al buen ritmo que le impregna su realizador y la convincente interpretación de Neeson y el resto de su numeroso reparto. Eso no quita que sea desmesuradamente violento y poco edificante, lo que hace su visionado únicamente recomendable para mentes suficientemente maduras y cultivadas, para quienes el espectáculo solo resulte estimulante en cuanto a entretenimiento superfluo aun moralmente reprobable.

MIDSOMMAR Rituales bajo luz blanca

USA 2019 145 min.
Guion y dirección Ari Aster Fotografía Pawel Pogorzelski Música Bobby Krlic Intérpretes Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Henrik Norlén, Gunnel Fred Estreno en Estados Unidos 3 julio 2019; en España 26 julio 2019

Entre tanto estreno de terror, prácticamente uno a la semana, que repiten esquemas y situaciones hasta la desesperación, Hereditary se consolidó el año pasado como la propuesta más carismática y renovadora del género en mucho tiempo, por encima de otros trabajos más celebrados pero decididamente sobrevalorados como Un lugar tranquilo o Déjame salir. Digna a entrar en la lista de mejores películas de terror de todos los tiempos, Hereditary dejó el listón muy alto a su joven director, el norteamericano Ari Aster. La duda sobre si sería capaz de revalidar la hazaña nos la ha resuelto en tan solo un año con esta propuesta tan inquietante y perturbadora como su ópera prima, aunque quizás no tan redonda.
 
Aster traslada ahora el mundo de las sectas del mal al hipotético bien, auspiciado por ritos ancestrales tan en sitonía con la naturaleza como podrían haberlo estado los sacrificios humanos celebrados por comunidades indígenas a lo largo y ancho del planeta en tiempos remotos. Y traslada el ambiente nocturno y sombrío habitualmente asociado al género y que practicaba también en aquella primera cinta, a las noches blancas y luminosas del extremo norte de Suecia en primavera-verano. Un terror bajo la luz blanca y el sol que nunca se pone, en el seno de una comunidad que lleva el concepto y la idea como tal hasta las últimas consecuencias. Allí acude una pareja en crisis, solo para revelar su aún más grande brecha, poner en entredicho las instituciones universalmente aceptadas, y sobre todo su capacidad para conectar y somatizar los sentimientos del prójimo. Hundida emocionalmente por unos trágicos acontecimientos familiares, la protagonista del film encuentra redención y consuelo, tras un largo y lógico periplo de perplejidad y desconfianza, en el perturbador mundo que se abre ante sus ojos en el país escandinavo, dentro de una comunidad mitad hippy mitad vikinga que convierte el sacrifico humano en vehículo para la venganza y la comunión con la naturaleza, con rituales que recuerdan incluso a los cuadros de Giuseppe Arcimboldo y generan una fuerte conmoción en el espectador.
 
Lo significativo del film es basar su horror en la consecución del bien, en la creencia del monstruo de estar obrando conforme a la nobleza y la responsabilidad del ser humano. A partir de ahí se suceden episodios más o menos escabrosos, algunos verdaderamente espeluznantes y macabros, con escenas campestres de cariz ensoñador y naturaleza ambigua dentro de un metraje seguramente muy dilatado, uno de los pocos problemas que tiene la cinta, especialmente en relación al equilibrio interno. El ciclo vital, la disciplina de grupo, la relatividad de la traición emocional, el apoyo sentimental y la asunción comunitaria del dolor personal, son algunos de los temas que la cinta analiza de forma medianamente certera y decididamente inquietante, dentro de un conjunto que solo como propuesta de género ya funciona de forma considerablemente aceptable.

DIANA KRALL CUBRIÓ EXPEDIENTE EN MARBELLA

Diana Krall, vocal y piano. Joe Lovano, saxofón. Robert Hurst, contrabajo. Karriem Riggins, batería. Auditorio Starlite, La Cantera de Marbella. Jueves 25 de julio de 2019

Hacía mucho tiempo que esperaba que el Maestranza invitara a Diana Krall a su ciclo de jazz u otras músicas. Una espera infructuosa que este verano se ha consolado con el concierto celebrado en el Starlite de Marbella, ese auditorio de la ciudad malagueña que llaman boutique, sea por los servicios de gastronomía y coctelería que ofrece, o por el perfil del público que lo frecuenta, en sintonía con el glamour con el que habitualmente se asocia esta paradigmática ciudad. Y eso que las instalaciones no son lo que cabría esperar, más bien tienen aspecto de provisionales, especialmente lo que se refiere a aparcamiento, accesos y servicios sanitarios, pues lo de bares y restaurantes es otro cantar, que ya se sabe que hay que vender y a buen precio. De cualquier forma el entorno es espectacular, con una vieja cantera y sus paredes de piedra circundando el gran auditorio y su enorme escenario, que pudo colgar el noveno todo vendido de la temporada.
 
Diana Krall y su banda en el escenario del Starlite marbellí
Diana Krall culminó en nuestro país, con varios conciertos repartidos entre Cataluña, San Sebastián, Madrid y la Costa del Sol, su gira europea de un mes, después de una larga peregrinación por California y otros estados americanos, y antes de tomarse unas vacaciones y retomar las actividades en septiembre de nuevo en Estados Unidos. Aquí compareció en petit comité, acompañada de una mínima banda integrada por saxo, bajo y batería, unidos al piano y la personalísima voz de la diva canadiense. Treinta años grabando y aún tan fresca como el primer día, pero cubriendo tan solo expediente. El escenario quedó grande para la propuesta de Krall, más apropiada para un recinto íntimo, de menores dimensiones y acústica cerrada, sin desmerecer la espléndida resolución de este enclave natural. Así lo hizo en Madrid, donde actuó en el Teatro Nuevo Apolo y el sonido fue considerablemente mejor al disfrutado en Marbella.
 
Aunque en todo este tiempo Diana Krall ha grabado unos quince discos, entre los realizados en estudio y los que lo son en vivo, su propuesta en este ocasión se centró en sus primeros trabajos, empezando por un All or Nothing At All incluido en su registro de 1997 Love Scenes. A partir de ahí un par de homenajes a Nat King Cole, a quien dedicó su disco de 1996 All for You; por un lado L-O-V-E y por otro un habitual de su repertorio, Boulevard of Broken Dreams. No faltaron clásicos tantas veces llevados al escenario en sus giras, como Devil May Care o su particularmente elegante versión de I’ve Got You Under My Skin de Cole Porter. Otro grande de la música americana, Irving Berlin, tuvo también su momento de honor con el conmovedor How Deep Is the Ocean en forma de propina justo después de terminar el concierto con el más grande, Gershwin y su I Was Doing All Right incluido en su compacto de 2006 From This Moment On. Uno de los momentos más emotivos de la noche llegó de la mano de Joni Mitchell, cantautora con la que Krall mantiene un estrecho vínculo que le llevó incluso a participar en el homenaje por su setenta y cinco años que le brindó la ciudad de Los Angeles en el legendario Dorothy Chandler Pavilion, tantas veces sede de los Oscar y actual Teatro de la Ópera de la ciudad californiana. De ella creo que interpretó Amelia, introduciendo en las cadencias pianísticas un homenaje al Aleluya de Leonard Cohen.
 
Pero es en el apartado interpretativo donde Diana Krall nos sumergió en una especie de velada decepción, por cuanto a la escasa duración del concierto, apenas hora y media de música, hubo que añadir cierta desidia a la hora de conectar con el público, parte del cual por cierto no dudó en abandonar reiteradamente su asiento para ir al bar o al servicio, con la molestia añadida al resto de espectadores y espectadoras. Krall y su banda cubrieron expediente, llegaron, cantaron sus canciones y poco más, además en forma tan ortodoxa y previsible que solo nos quedó la enorme satisfacción de tenerla delante, nosotros por ejemplo casi encima, y comprobar que su estilo exquisito y elegante sigue intacto, su forma de dominar el teclado fresco, sofisticado y virtuoso, y su canto personal y envolvente, susurrado la mayoría de las veces, efectivo siempre. Con el esquema habitual de exposición melódica, lucimiento de cada solista, espléndidos todos pero muy académicos, y reexposición del tema, nada se salió del guion y no hubo espacio para la sorpresa ni para la exaltación, pero nos quedó el placer de haber tenido delante a la artista de jazz que más proyección y fulgurante carrera ha disfrutado en las últimas décadas.

jueves, 25 de julio de 2019

ELISA URRESTARAZU Y CORNELIA LENZIN: CANTO DE REIVINDICACIÓN EN FEMENINO

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Elisa Urrestarazu, saxofón. Cornelia Lenzin, piano. Programa: Dos piezas para violín y piano y Un matin de primtemps, de Lili Boulanger; Romance, de Amy Beach; Tres romances para violín y piano Op. 22, de Clara Schumann; Sonata, de Rebecca Clarke. Miércoles 24 de julio de 2019

Uno de los grandes atractivos de estas noches del Alcázar es poder disfrutar de programas tan singulares como éste en manos de combinaciones poco habituales y tan atractivas como la que ofrecieron la joven malagueña Elisa Urrestarazu y la pianista suiza afincada en nuestro país Cornelia Lenzin. Juntas, bajo un calor sofocante potenciado por el que desprendían los focos, desgranaron un programa integrado por piezas incluidas en su proyecto Women Composers, con el que pretenden homenajear a aquellas aguerridas compositoras que aun en los albores del siglo XX sufrieron para ser reconocidas como autoras merecedoras del consabido respeto.
 
No hay efemérides que se le resista a Actidea, así que la ocasión llegó que ni pintada para rendir tributo a la excelente Sonata de Rebecca Clarke, según muchas voces autorizadas la mejor jamás compuesta para viola y piano, compuesta hace cien años. Así mismo la velada sirvió para recordar a Clara Schumann, de quien el próximo 13 de septiembre se celebran doscientos años de su nacimiento. La rara combinación de saxo y piano obligó a ofrecer todas las piezas en versiones minuciosamente transcritas para el instrumento a partir del violín o la viola originales, lo que no siempre acabó con los mejores resultados, pero sí con una impresión general muy satisfactoria.
 
Un programa exigente y un instrumento complicado
 
Con amplio recorrido académico y artístico, la malagueña saxofonista se empleó a fondo para aprovechar esta emocionante ocasión, según confesó, de tocar en un lugar tan mágico como los jardines del Alcázar de Sevilla. El saxo soprano le dio las claves para transmitir el melancólico espíritu de las páginas de Lili Boulanger, cuya obra sobrevive gracias al empeño de su hermana, la también compositora Nadia. Sus líneas sinuosas, influencia de Debussy, estuvieron bien marcadas en el canto delicado de la malagueña, mientras Lenzin acompañó con amplio sentido lírico y considerable carga dramática, tanto en las dos piezas para violín y piano como en el poema tonal Una mañana de primavera, original para violín, violonchelo o flauta y orquesta. Saxo alto en mano, Urrestarazu abordó el Romance de la norteamericana Amy Beach, autora de la Sinfonía Gaélica, muy célebre en su país a principios del pasado siglo, con un hondo sentido romántico y de nuevo un halo de melancolía más que evidente. El calor y la humedad reinantes no fueron buenos aliados de un instrumento tan difícil, y sin embargo la joven logró un sonido homogéneo y firme, puntualmente enturbiado con algún problema de afinación.
 
Los Tres romances de Clara Schumann disfrutan habitualmente de transcripciones para clarinete, pero no para saxofón, aunque la tesitura del saxo soprano se pueda confundir a veces con este instrumento. De estas páginas las intérpretes consiguieron superar su compleja técnica, alcanzando además un considerable vuelo lírico, si bien determinados pasajes arpegiados se resintieron de una vertiginosa pulsación de las llaves con el consiguiente molesto ruido que ello generaba. La pieza estrella de la noche, la Sonata de la británica Rebecca Clarke, alcanzó un altísimo nivel de sensibilidad y dominio técnico. Siempre con el delicado y refinadísimo acompañamiento de Lenzin, la saxofonista atacó la pieza desde el respeto y la responsabilidad más absoluta, con un esfuerzo titánico y unos resultados insuperables, tanto en sus pasajes más íntimos y concentrados como en las múltiples ocasiones de virtuosismo que la obra proporciona. Estas compositoras, a menudo músicos multidisciplinares, lucharon denostadamente por hacerse oír en su época. Algunas, como la propia Clarke, tuvieron que presentarse a concursos con seudónimos masculinos, siendo preferidas estas obras a las que presentaban con su propio nombre, aunque fueran manifiestamente mejores. Es de justicia por lo tanto que se les rinda homenaje y restaure su memoria, y nunca será suficiente.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 24 de julio de 2019

MARIVÍ BLASCO, UNA VOZ EN EL JARDÍN

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Mariví Blasco, soprano. Ignacio Torner, piano. Programa: Siete canciones populares, de Falla; La Puerta del Vino y La Soirée dans Grenade, de Debussy; Selección de Canciones españolas antiguas, de Lorca; Selección de Tonadillas en estilo antiguo, de Granados. Martes 23 de julio de 2019

Mariví Blasco, una voz en el jardín En colaboración con el pianista sevillano Ignacio Torner, la soprano valenciana amplió repertorio ofreciendo un exquisito recital de canción clásica española La noche es el reposo del guerrero, el momento del día en el que nos relajamos y nos dejamos llevar para descansar toda nuestra energía, nuestras frustraciones y preocupaciones. Las estivales nos llevan frecuentemente a los jardines, donde entre aromas y brisas, anoche pocas, aparcamos nuestras inquietudes y olvidamos nuestros quehaceres habituales. Resulta por eso sintomático que tras una jornada de tanto ajetreo político, con los supuestos salvadores de la patria frustrando toda posibilidad de progreso, y secuestrando la voluntad popular depositada en unas abusadas urnas, dos agitadores de la vida cultural sevillana como son Mariví Blasco e Ignacio Torner, nos mecieran al son de aquellas canciones que a principios del pasado siglo conformaron nuestro particular nacionalismo, haciendo que la noche sonara tan española.
 
A Mariví Blasco es habitual verla en las Noches del Alcázar, pero desgranando su talento en repertorios más afines a la música antigua y del barroco que le son familiares, como así ocurrió hace unos días cuando actuó junto a Belisana Ruiz. Toda artista sin embargo ha de evolucionar y probar otros repertorios, aunque solo las más atrevidas e inquietas acaben haciéndolo. La inmersión de Blasco en la canción clásica española y los resultados obtenidos demuestra que la soprano valenciana merece una muy alta consideración. Junto a ella, el ecléctico Ignacio Torner, una de las cabezas visibles del experimental Taller Sonoro, firmó un agradable y responsable acompañamiento, rematado con unas desiguales aportaciones en solitario.
 
Una voz exquisita y delicada
 
Toner y Blasco, anoche en los Jardines del Alcázar
La raíz aflamencada de muchas de las composiciones seleccionadas para la ocasión permiten su interpretación en ese registro, pero su condición clásica admite también una versión más académica y en estilo clásico, como la que pudimos disfrutar en la voz de Blasco. Si bien es verdad que tardó algo en calentar, denotando cierta inseguridad y destemplanza en El paño moruno y la Seguidilla murciana, a partir de la Asturiana apreciamos mayor decisión y convicción en voz y modos, convenciendo plenamente en la Jota y en una muy paladeada Nana en la que jugó además a su favor su perfecta dicción. Aún más segura pudimos disfrutarla en las canciones recopiladas y armonizadas por Lorca, desplegando emoción y color desde una óptica sumamente delicada y exquisita, sin estridencias ni sobresaltos de temperamento. Y aunque en algunos pasajes faltó una pizca más de gracia, encandiló con Las tres hojas, una muy intensa Nana de Sevilla, y sobre todo unas muy elegantes y celebradas Sevillanas del siglo XVIII.
 
Menos frecuentadas pero cumbre así mismo de la canción seria española son las Tonadillas en estilo antiguo de Granados, una colección de canciones basadas en poemas de Fernando Periquet que no se considera propiamente ciclo porque están destinadas a voces de registro distinto e incluso un dúo final. Centradas como las de Falla en el amor y la seducción, Blasco las cantó con sensualidad y sentido poético, destacando especialmente la primera de las tres seleccionadas, El mirar de la maja, que cantó con mucha intensidad, equilibrio, dominio del fraseo y una perfecta modulación. Toner acompañó con soltura y sentido de la responsabilidad, aunque percibimos en piezas como las Sevillanas tendencia al martilleo obsesivo. En solitario alcanzó cotas de enorme sensibilidad y sensualidad en La Puerta del Vino, que no se repitió en un Atardecer en Granada, también de Debussy, algo enmarañado y falto de cohesión interna. Los jardines del Alcázar y de la Alhambra se fusionaron así en este programa tan granadino que destacó por la delicadeza, la elegancia y la exquisita forma de cantar de una rutilante valenciana.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 23 de julio de 2019

EL REY LEÓN Un clásico poco recomendable

Título original: The Lion King
USA 2019 118 min.
Dirección Jon Favreau Guion Jeff Nathanson, según el guión original de Brenda Chapman, Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Linda Woolverton Música Hans Zimmer, Elton John y Tim Rice Voces (en versión original) Donald Glover, Beyoncé Knowles-Carter, Chiwetel Ejiofor, James Earl Jones, Alfre Woodard, Seth Rogen, Billy Eichner, John Kani, John Oliver Estreno en España 18 julio 2019; en Estados Unidos 19 julio 2019

Hay motivos para recomendar el visionado de esta película, aunque no tantos como para aconsejar que no se haga. Especialmente dañina para las nuevas generaciones, sin nada que ver con la literatura infantil que mayoritariamente se cultiva hoy en día, que promueve valores mucho más solidarios e igualitarios, y por supuesto menos violentos, se convirtió no obstante en favorita de niños, niñas y adultos tras el estreno de la versión original de animación clásica en 1994. Ocupa desde entonces un lugar de honor en las estanterías de casi todos los hogares, y los padres no han tenido reparo en convertirlo en instrumento educativo de sus hijos, sin reflexionar sobre su alto contenido fascista.
 
Ese ciclo de la vida que promulga como leit motiv no tiene mucho que ver con la realidad, donde la Naturaleza conviene que los animales más fuertes se alimenten de los más débiles por simple instinto de supervivencia, sin que exista un orden moral ni político mínimamente parecido al que le adjudica esta fábula, donde la protección del más débil por el más fuerte deviene en una condición de superioridad adjudicada por orden divino. La extensión al imaginario infantil de estructuras sociales y políticas basadas en la monarquía y el vasallaje, más propio de una sociedad feudal que de otra libre y democrática, no es desde luego la más conveniente y remozada de las imaginables en un orden moderno e igualitario. El estereotipo del león como rey de la selva es llevado aquí a sus últimas consecuencias con la complicidad de todo un clásico, Shakespeare y su Hamlet, aunque éste destacaba más como tragedia sobre los lazos familiares y la traición que como tesis sobre el poder y la soberanía. A esto tenemos que añadir las intrigas que devienen en traiciones y venganzas, repitiendo el esquema de los cuentos clásicos, hoy tan poco convenientes a la hora de educar a nuestros hijos en valores.
 
La nueva versión de este disparate, otro paso más de la Disney en su escalada de ambición y omnipotencia, ha sido encomendada a Jon Favreau, a quien hemos visto dando vida a Happy Hogan, el fiel colaborador de Iron Man y Spiderman, y que después de dirigir las dos primeras entregas de Iron Man, además de Cowboys & Angels y Chef, realizó El libro de la selva, el mejor remake de un clásico Disney junto a Pedro y el dragón. No repite ahora la misma fortuna, realizando un calco del original aunque intentando impregnar al conjunto de un mayor dramatismo y halo épico, solo amortiguado por las simpáticas apariciones de Pumba y Timón, los únicos espíritus sensiblemente libres del cuento.
 
Cabe decir en su favor que el trabajo de animación digital es espectacular, tanto en el diseño de los personajes y sus gestos como en la recreación de los imponentes paisajes, mientras las canciones de Elton John conservan su encanto, a las que se han añadido otra de Beyoncé y otra de Mark Mancina incluida en el musical que también lleva tiempo triunfando inexplicablemente por todo el mundo, incluida la Gran Vía madrileña. Por su parte, Hans Zimmer ha inflado consdierablemente su oscarizada banda sonora original, acorde con el espíritu épico y dramático de la cinta. Incendios en plena zona desértica o evocaciones al amor nocturno a plena luz del día son disparates añadidos a este despropósito cuya versión original se ha convertido inmerecidamente en un clásico casi incontestable.

lunes, 22 de julio de 2019

AL AGUA GAMBAS Humor con estereotipos

Título original: Les crevettes pailletées
Francia 2019 100 min.
Guion y dirección Maxime Govare y Cédric Le Gallo Fotografía Jérôme Alméras Música Thomas Couzinier y Frédéric Kooshmanian Intérpretes Nicolas Gob, Alban Lenoir, Michaël Abiteboul, David Baïot, Romain Lancry, Roland Menou, Geoffrey Couët, Romain Brau, Félix Martínez, Maïa Quesemand, Pierre Samuel Estreno en Francia 8 mayo 2019; en España 19 julio 2019

Concebida como un batiburrillo de películas ya vistas, desde Priscilla Reina del desierto a El gran baño, también francesa estrenada hace apenas unos meses, pasando por nuestra Campeones, de la que toma descaradamente el punto de partida, Al agua gambas, libre traducción al castellano de un original que significa Gambas con lentejuelas, es una moderadamente divertida comedia homosexual que pretende erigirse en la película más fresca de este verano, quizás por tanto chapuzón en piscina.
 
Trata sobre un equipo de waterpolo gay y su improvisado entrenador, que tiene que redimirse así de unos comentarios homófobos vertidos en la televisión. Previsible desde el minuto cero, y con guiños indisimulados a las cintas mencionadas, especialmente a la primera, donde viaje en autobús, transexual estrella con ropajes espectaculares y paradas en tabernas alemanas donde poner en escena numeritos musicales de bajo coste para mayor indetificación con el gusto del público homsexual, se convierten en peajes obligados, la cinta apenas remonta un dudoso gusto en el que el disparate y el lenguaje políticamente incorrecto se dan la mano. Pero es justo ahí donde el film acierta como producto digno de cierto análisis, por cuanto sirve como reflejo de esa forma de hablar del homosexual con pluma, que no tiene reparos en utilizar términos que durante tanto sirvieron para infligir dolor y castigo a un colectivo tan vulnerable en otra época, y hoy afortunadamente fuerte gracias al trabajo serio y responsable de quienes apenas encontrarán eco en este nuevo vehículo de frivolidad y gracia obsoleta y rancia.
 
En este sentido resulta no obstante ingenioso ver cómo el mismo lenguaje utilizado por un heterosexual, aunque con intenciones decididamente dañinas, tiene consecuencias políticas y sociales muy distintas a cuando lo utiliza un gay convencido. Sus realizadores, el debutante Cédric Le Gallo y Maxime Govare, especialista en comedias ligeras y reconfortantes como la prescindible Daddy Cool, echan mano de todos los tópicos y estereotipos posibles para satisfacción de los públicos más heterogéneos, mientras algunos no le encontramos la gracia a tanto petardeo hortera y barato.

GÉNESIS Una mala educación sentimental

Título original: Genèse
Canadá 2018 129 min.
Guion y dirección Philippe Lesage Fotografía Nicolas Canniccioni Intérpretes Théodor Pellerin, Noée Abita, Brett Dier, Mylène MacKay, Marc Beuapré, Pier-Luc Funk, Edouard Tremblay-Grenier, Paul Ahmarani Estreno en el Festival de Locarno 5 agosto 2018; en Canadá (Quebec) 15 marzo 2018; en España 19 julio 2019

La cinta que cautivó al jurado de la última Seminci, donde acaparó los premios a la mejor película, director y actor, es una nueva mirada retrospectiva, introspectiva y autobiográfica de su director, Philippe Lesage, después de la aclamada Los demonios, donde exploraba la pérdida de la inocencia de un niño en un ambiente hostil, y la inédita entre nosotros Copenhague. A Love Story, donde un grupo de estudiantes de cine experimentan con el amor como reflejo de la vida y el arte. La atención está puesta ahora en dos jóvenes hermanastros que sufren sus primeros amores, pero no en la manera complaciente, romántica y convencional en que se suele hacer en otras producciones que abordan el mismo tema. Aquí se plantea más como subversión y rebeldía frente a los valores establecidos.
 
Ambientada de forma equívoca y poco cuidada entre el vestuario, los automóviles y la música que evoca la década de los ochenta del pasado siglo, y los ordenadores y móviles que se recrean más bien en finales de los noventa, la educación desplegada en instituciones de carácter eminentemente conservador se erige en principal eje y escollo para el desarrollo natural y fluido de unas personalidades imponentes en lo sentimental y en lo intelectual. El cómico e ingenioso líder de la clase desplegará un doloroso viaje entre la incomprensión real y la admiración obligada e impostada de sus compañeros, mientras el ansia de libertad de su hermanastra universitaria, en principio inspirada por cierto aire de venganza, se verá castigada en una sociedad con doble moral que aún hoy causa estragos en mujeres jóvenes y maduras y legitima el ejercicio de un machismo violento y exacerbado, promovido desde las propias aulas, aunque esté castigado por la justicia.
 
Lástima que el análisis esté realizado con tanta frialdad expositiva que una vez más asistimos al sacrificio humano, el de quien se siente diferente y la que reclama sus derechos de mujer como ser humano indistinto, para exponer sus tesis. Una vez más recorremos el camino de la verdad a través de la flaqueza y la debilidad, y no de la decisión y la fortaleza. En un alarde de estructura narrativa original y diferente, tras casi dos horas repartidas en paralelo por las turbulencias amorosas de ambos protagonistas, que solo comparten pantalla en un par de ocasiones, asistimos a un epílogo ambientado en un campamento de verano para adolescentes, donde se intuye que la educación segregada, como en el colegio interno en el que vive sus amargas experiencias el personaje estupendamente interpretado por Théodor Pellerin, pueda llegar a adulterar el amor inocente y desprejuiciado que experimentan dos tiernos adolescentes. En el camino sin embargo se malogra la posibilidad de contar con un mayor número de simpatizantes al incluir una desacertada secuencia en la que los jóvenes campistas juegan a costa del sufrimiento de un pez moribundo.