viernes, 28 de abril de 2017

CARGA TRÁGICA DE RÁTH vs. FRAGILIDAD DE VANHUYSE

10º concierto de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirk Vanhyuse, violonchelo. György G. Ráth, director. Programa: Obertura trágica Op. 81, de Brahms; Concierto para violonchelo Op. 129, de Schumann. Sinfonía nº 1 Op. 9, de Dohnányi. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de abril de 2017

No nos esperábamos, tras las últimas comparecencias del director húngaro György Ráth frente a la Sinfónica, que la suya llegara a ser una batuta tan apasionada y trágica, por mucho que el programa lo demandara. Quien figurase hace un par de años como uno de los más firmes candidatos a convertirse en director musical de la orquesta, y aquél con el que su plantilla parecía guardar una mayor afinidad, nos tenía acostumbrados a interpretaciones demasiado sutiles, a veces incluso algo lánguidas, que poco tenían que ver con su apasionado Bartók de tantos años atrás.

A esta explosión de temperamento regresó felizmente en un concierto en el que se programó la larga primera sinfonía de su compatriota Erno Dohnányi. Una obra muy bien construida, sólida y exuberante, que alterna movimientos desatados con otros de mayor calado espiritual y lírico, y que ofrece impagables oportunidades de lucimiento para una amplia gama de instrumentos solistas. Con una enérgica y sobrecargada respuesta trágica atacaron los y las integrantes de la ROSS esta página más convencional que otra cosa, pero de agradecida escucha. Impecables en los atriles, supieron también adaptarse al sentimental adagio que protagonizó una excelente Sarah Bishop, mientras la viola solista extrajo oro del breve y encantador intermezzo. El resto mantuvo la estética apasionada del allegro inicial, con extraordinarias prestaciones de los metales, abundantes durante toda la partitura. Antes, como introducción del concierto, Ráth logró también una interpretación henchida de sentimiento trágico de la Obertura del mismo nombre que compuso Brahms en contraposición a la más célebre Académica. La verdad es que resultó difícil identificar en ambas piezas, furiosas y fogosas, al director que hace unos años nos ofreció un Chaikovski o un Mendelssohn de insuficiente esencia emocional y escasa musculatura.

Con el Concierto de Schumann tuvo que plegarse, y mucho, al sonido frágil y no siempre bien articulado del violonchelista de la orquesta Dirk Vanhuyse, que sin duda cuenta con talento suficiente, como atestiguan sus méritos y reconocimientos, aunque algunos no seamos capaces de advertirlo, observando en él un sonido canijo, a veces desvaído, que fue incapaz de expresar esa dualidad entre temperamento trágico (Florestan) e intimismo reflexivo (Eusebius) muy característica en la obra de Schumann y tan perceptible en ésta en particular. Su interpretación estuvo más cerca del segundo, sobre todo en unas cadencias de cosecha propia muy matizadas, como lo fue también el lamento elegido como propina, una pieza de Nikolai Miaskovsky en la que destacó su capacidad para apianar hasta el infinito. Pero sin alcanzar esa profundidad que exige este emblemático concierto, ni la musculatura que debe ofrecer el instrumento en algunos de sus pasajes, sobre todo un final de virtuosismo deslumbrante. La batuta estuvo tan atenta a no sofocar el débil sonido del violonchelo que la versión acabó siendo poco menos que raquítica.

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