Guion y dirección Marta Matute Fotografía Sara Gallego Música Simon Fransquet Intérpretes Júlia Mascort, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Laura Weissmahr, Guillermo Benet, Marc Domingo, Daniel Guerro, Fran Cantos, Lorea Intxausti, Sonia Ocampo Estreno en el Festival de Málaga 11 marzo 2026; en salas 8 mayo 2026
Gran triunfadora, precisamente junto a Hangar rojo, de la última edición del Festival de Málaga, donde se alzó con la Biznaga de Oro y los premios de interpretación a la joven debutante Júlia Mascort y al veterano Tomás del Estal, el también debut de la directora madrileña Marta Matute parece basarse, al menos parcialmente, en experiencias propias, como suele ocurrir en óperas primas. Supone el ya habitual ejemplo de doble debut femenino, realizadora y actriz, al que nos tiene acostumbrados y acostumbradas el cine español de los últimos años. En esta ocasión, nos acercamos a través de un análisis quirúrgico y certero al día a día de una familia afectada por la enfermedad degenerativa de la madre, una suerte de mezcla entre alzheimer y parkinson que exige cuidados intensivos y vigilancia permanente. Pero lo hacemos desde la experiencia vital de la hija menor, apenas dieciocho años truncados por una conciencia que, percibimos, se debate entre su anhelo de vida y búsqueda de propia identidad, y esa huida desesperada de una realidad que le supera y trunca sus expectativas vitales y emocionales.
Matute nos cuenta todo esto con una madurez impropia de una primera película, sin subrayados ni necesidad de esa incontinencia verbal con la que otros y otras justifican comportamientos y ademanes. Aquí todo es sutil, dejando al espectador o espectadora que experimente su propia conexión con una realidad que, desgraciadamente, no nos es ajena, ya sea real o en potencia. Lo logra por supuesto con la colaboración fundamental de un cuarteto protagonista excepcional, desde la joven protagonista debutante al padre, prodigio de expresividad sólo con miradas y gestos, pasando por la hermana, una adecuadamente autoritaria Laura Weissmahr en su mejor papel desde aquel Salve María que le reportó el Goya a la mejor actriz revelación, y por supuesto una sensacional Sonia Almarcha que hace acopio de tópicos para, sin embargo, regalarnos una interpretación sincera y mimética que nos hace olvidar a la actriz que incorpora al personaje.
Matute dirige con contención, sin atisbo de sensacionalismo, aunque alguna reiteración dramática se va apoderando de una función que, dentro de su excepcionalidad, no llega a marcar tanto como pretende, si bien deja la huella suficiente como para preocuparnos y concienciarnos sobre una realidad de la que es difícil escapar, pero que con un soplo de esperanza y la ayuda especializada necesaria, irrenunciable y conveniente, se puede llegar a conciliar y superar, con amor, voluntad y, sobre todo, responsabilidad.

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