Nos recordaba un incondicional de la cultura musical en Sevilla, en el
intermedio de este décimo segundo programa de abono, aquello que decía Fernán
Gómez sobre que al teatro hay que venir
tosido. Una consigna que parte de
nuestro público parece despreciar sistemáticamente. Y así ocurrió al menos
en la primera y coreografiada parte de este concierto tan singular y atractivo, con el consiguiente perjuicio para su
disfrute. Y eso que la experiencia invitaba a la relajación y el hipnotismo.
| Foto: Marina Casanova |
Una impecable combinación de iluminación y coreografía
Mi madre la oca, de Ravel, ha sido llevada a los
atriles de la Sinfónica en numerosas ocasiones, pero pocas o ninguna en forma de ballet. Concebida como suite de cinco
piezas para piano a cuatro manos, Ravel la orquestó apenas un año después de
terminarla, para inmediatamente después ampliarla hasta convertirla en el ballet que pudimos degustar en esta ocasión
en todo su esplendor.
Malangré logró integrar música y
danza, haciendo acopio de respeto y delicadeza, con momentos tan mágicos
como el vals de la bella y la bestia,
ayudado por una excelente iluminación de
efectos casi expresionistas. Pulgarcito
fue otro de los pasajes en los que Ruz se dejó guiar por la narrativa del
cuento, completado con las danzas chinescas de la princesa de las pagodas.
Para el resto, el coreógrafo se dejó
guiar por el instinto y la libertad, mientras sus danzantes lograron
episodios de inusitada belleza, como ese final realzado por el estremecedor crescendo de la orquesta, magníficamente recreado por la batuta
y una orquesta que se creyó en todo momento lo que hacía, incluida una breve aportación coreográfica al
conjunto.
Ritmo y color en la segunda parte
A pesar de su título, más que variaciones nos encontramos ante una evolución orgánica que fusiona
progresivamente al solista y la orquesta, destacando un allegretto de enorme belleza que invita al pianista a involucrarse en una sucesión de cambios de
registro y carácter que complican la interpretación hasta hacerla digerible
sólo en manos tan expresivas, ágiles y
desenvueltas como las de este excepcional pianista chino. Y así se disipa cualquier
duda apuntada antes. Como propina y, de paso, anticipo de lo que vendría después, tocó el segundo de los Valses nobles y sentimentales de Ravel, de forma tan atenta como reflexiva.
Y para terminar, una pieza que no
sólo no cansa en su repetitiva gramática, sino en la cantidad de veces que se
interpreta. El Bolero de Ravel
contó también con la exquisitez y la elegancia ya expuesta por Malangré en las
anteriores piezas. Esta vez nos llamó especialmente la atención la suavidad casi etérea con la que se mantuvo
el ritmo al tambor, mientras flauta, oboe y clarinete fueron dando lo mejor
de sí mismos, y las capas instrumentales que caracterizan esta monumental orquestación, fueron
fluyendo con absoluta precisión y naturalidad, mientras la batuta se encargó de
mantener con éxito un ritmo constante y un
brillo excepcional.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía
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