Con la formación intacta desde que
en 1995 Jean-Marc Phillips-Varjabédian sustituyera a Guillaume Sutre, el
conjunto cuyo nombre se inspira inequívocamente en la famosa fantasía
schubertiana, inició su esperada andadura sevillana con una pieza que les acompaña prácticamente desde sus inicios, y que
tienen debidamente registrada en el sello K617, el Trío en sol menor Op. 3 de Chausson. La admiración del compositor
por Wagner y su influencia de César Franck se advirtió ampliamente en una interpretación cargada de furia y
agitación.
El teclado se mostró vigoroso y locuaz en el scherzo, siempre bajo esa compenetración perfecta que permite la
consolidación de estilo y la colaboración cultivada durante tantos años. En el adagio (Assez lent) el tono se hizo
sombrío y la armonía ambigua, derivando en pura poesía en manos de tan
consumados maestros. Así, hasta llegar a la intensidad de ritmo y espíritu del scherzo final (Animé), puro frenesí y aceleración,
tan abrumadora como decibélica.
Tristia es la adaptación,
sumamente inventiva como se puede apreciar ya desde la misma introducción, de
la sexta pieza del primer libro, dedicado a Suiza, de la colección para piano Años de peregrinaje. Se trata en concreto
de La Vallée d’Obermann, y surge de
la iniciativa de Edward Lassen, alumno de Liszt, que hizo el primer arreglo,
seguido de los propios ajustes del autor de la Rapsodia húngara. De las
tres versiones, ésta, la tercera, es la más divulgada. El Wanderer tradujo
la atmósfera atormentada y melancólica del original con texturas ricas y densas, lográndose en conjunto una sensación de zozobra aún mayor de la
que contiene la obra para solo piano.
Un Mendelssohn descomunal
Pero fue quizás en la sensacional
interpretación del Trio nº 1 en re menor
Op. 49 de Mendelssohn, donde nos hicimos eco de la habilidad de cada uno de
los integrantes del trío para lograr un
sonido tan impecable, con gradaciones acústicas tan depuradas e
intencionadas que parecían fruto del trabajo
de un maestro de la tecnología, un ingeniero de sonido tan atento y
aplicado como para mejorar aún más el sonido natural de los instrumentos y sus
concertistas.
Tras los pertinentes retoques de la
parte pianística para adaptarse a las nuevas corrientes inauguradas por Chopin
y Liszt, este trío acabó considerándose una
obra maestra en la línea de los de Beethoven o Schubert. El Wanderer
ofreció de él una lectura sobrenatural,
apasionada y hasta cierto punto desmelenada, siempre bajo el control que
permite la sabiduría y la experiencia, como ya pudimos atisbar en el allegro inicial. El virtuosismo del piano, la carnosidad del violonchelo y el fraseo
impecable del violín, lograron una interpretación de un lirismo inusitado.
El andante, traducido en toda una romanza
sin palabras, resultó tan amable
como distendido, sin despreciar ese toque patético que caracteriza su parte
central. La habitual atmósfera inquieta
y ensoñadora de Mendelssohn asomó sin prejuicios en un scherzo de dimensiones casi sinfónicas, con el piano cabalgando alegremente
y a discreción. Acabó tan brillante y
apasionado como el resto, exhibiendo esa grandeza y musculatura que los
persiguió durante toda la interpretación de tan excelsa, melódica y lírica partitura.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía



No hay comentarios:
Publicar un comentario