miércoles, 20 de mayo de 2026

RESONANCIA CON ÍMPETU JUVENIL

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Resonancia, quinteto con piano: Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella, violines. Salomé Osca, viola. Lourdes Kleykens, violonchelo. Álvaro Mur, piano. Programa: Quinteto para piano y cuerdas en sol menor Op. 57, de Shostakóvich; Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor Op. 44, de Schumann. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 19 de mayo de 2026


A poco de dar comienzo su tradicional Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla puso ayer tarde broche de oro a su programación en colaboración con el Teatro de la Maestranza, a través del ciclo Alternativas de cámara. Y lo hizo con muy buena nota, echando mano de un conjunto de raíces fundamentalmente levantinas, integrado por cinco estupendos solistas con una envidiable trayectoria a sus espaldas, a pesar de su evidente juventud. El pianista ceutí Álvaro Mur ya dio buenas muestras de su calidad técnica y artística en otro concierto auspiciado por la entidad sevillana hace exactamente cinco años, en plena pandemia, con la Sinfónica acompañándole en la sala principal del Maestranza.

En los atriles, dos monumentos indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión, ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer a un público generalista como a los paladares más exquisitos y exigentes.

El carácter crispado de Shostakóvich

El Quinteto Op. 57 de Shostakóvich, estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado, del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto disimulo.

Ejemplares fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos que caracterizan el preludio. Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos y todas una concentración contrapuntística de intensa carga emocional.

Tras un agitado y ovacionado scherzo central, si acaso un pelín carente de ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó funcionando en el intermezzo, algo por debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro se hicieron más patentes en el juguetón final, una intensa y ardua alternancia de sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.


La intensidad emocional de Schumann

La segunda propuesta de la tarde nos llevó a los orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo es, manteniéndose firme y entusiasta en su prácticamente ininterrumpida intervención.

La vitalidad del allegro inicial quedó manifiesta en la calidez y la intensidad emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto resolvió con brillantez su contenida marcha fúnebre, ahondando en su carácter trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.

También entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo, hasta llegar a un allegro ma non troppo final síntesis de la gramática schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección, logrando una sintonía y una uniformidad sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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