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miércoles, 20 de mayo de 2026

RESONANCIA CON ÍMPETU JUVENIL

Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Resonancia, quinteto con piano: Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella, violines. Salomé Osca, viola. Lourdes Kleykens, violonchelo. Álvaro Mur, piano. Programa: Quinteto para piano y cuerdas en sol menor Op. 57, de Shostakóvich; Quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor Op. 44, de Schumann. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 19 de mayo de 2026


A poco de dar comienzo su tradicional Festival de Primavera, Juventudes Musicales de Sevilla puso ayer tarde broche de oro a su programación en colaboración con el Teatro de la Maestranza, a través del ciclo Alternativas de cámara. Y lo hizo con muy buena nota, echando mano de un conjunto de raíces fundamentalmente levantinas, integrado por cinco estupendos solistas con una envidiable trayectoria a sus espaldas, a pesar de su evidente juventud. El pianista ceutí Álvaro Mur ya dio buenas muestras de su calidad técnica y artística en otro concierto auspiciado por la entidad sevillana hace exactamente cinco años, en plena pandemia, con la Sinfónica acompañándole en la sala principal del Maestranza.

En los atriles, dos monumentos indiscutibles de la música de cámara, separados por un siglo pero conectados por un lenguaje inequívocamente romántico, con las particularidades lógicas del paso del tiempo, evidentes en la página de Shostakóvich. Dos partituras henchidas de fuego y pasión, ideales para poner en práctica el ímpetu juvenil del conjunto, que extrajo de sus fuerzas y altas capacidades todo un arsenal de recursos tanto para complacer a un público generalista como a los paladares más exquisitos y exigentes.

El carácter crispado de Shostakóvich

El Quinteto Op. 57 de Shostakóvich, estrenado por el propio autor junto al Cuarteto Beethoven, el mismo que divulgó su amplio catálogo de cuartetos, mantiene en todo momento un regusto neoclásico y una visible admiración por la gramática bachiana. Mur arrancó con fuerza y decisión, empleándose ya a fondo con el extremo agudo del teclado, del que a menudo extrajo acordes deliberadamente estridentes, sin duda afines a la desesperada expresividad del autor, pero carentes de ese punto de discreción y sutileza con las que éste conducía su atronadora exasperación con cierto disimulo.

Ejemplares fueron las prestaciones de Sergey Maiboroda y Joan Andreu Bella a los violines, mientras Salomé Osca a la viola y Lourdes Kleykens al violonchelo, ejemplificaron a la perfección la alternancia de voces y sucesivos relevos que caracterizan el preludio. Kleykens llevó a cabo un trabajo carnoso y profundamente melodioso, mientras Osca impregnó de lirismo la página. Hubiéramos deseado una atmósfera más fantasmagórica al inicio de la inquietante fuga, no obstante se lograra entre todos y todas una concentración contrapuntística de intensa carga emocional.

Tras un agitado y ovacionado scherzo central, si acaso un pelín carente de ironía y mordacidad, la compenetración entre el piano y la cuerda continuó funcionando en el intermezzo, algo por debajo sin embargo de esa tensión y sensación de soledad que apunta. Sus continuos y extremos cambios de registro se hicieron más patentes en el juguetón final, una intensa y ardua alternancia de sonrisas y lágrimas que los intérpretes llevaron a buen puerto, aunque sin la crispación que demanda tan compleja y comprometida página.


La intensidad emocional de Schumann

La segunda propuesta de la tarde nos llevó a los orígenes del género, con el primer quinteto con piano considerado indiscutible obra maestra, el que compuso Schumann en un momento feliz de su vida, consagrado a su pasión por la música y su amor incondicional por su esposa Clara, a quien dedicó esta pieza en la que el piano tiene tanto protagonismo, con resortes casi concertantes. Esto implica que sólo un solista competente puede acercarse a ella con garantías de éxito, y Mur demostró que lo es, manteniéndose firme y entusiasta en su prácticamente ininterrumpida intervención.

La vitalidad del allegro inicial quedó manifiesta en la calidez y la intensidad emocional con la que el quinteto lo abordó, reflejando sus continuos cambios de ánimo de manera tan arrebatada como llena de ternura. El conjunto resolvió con brillantez su contenida marcha fúnebre, ahondando en su carácter trágico salpicado de puntuales y gozosos estallidos de esperanza, y manteniendo en todo momento una muy saludable homogeneidad de timbre.

También entre lo lírico y lo fogoso prosiguió el scherzo, hasta llegar a un allegro ma non troppo final síntesis de la gramática schumanniana que los cinco intérpretes entendieron a la perfección, logrando una sintonía y una uniformidad sólo al alcance de los conjuntos más maduros y experimentados.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 7 de abril de 2026

LA OJA SE DIVIERTE Y NOS EMOCIONA

Gran Selección. Orquesta Joven de Andalucía. Santiago Cañón-Valencia, violonchelo. Jaime Cobo, director invitado. Carlos Miguel Prieto, dirección. Programa: Sinfonía nº 2 “India”, de Carlos Chávez; Concierto para violonchelo nº 1 Op. 107, de Shostakóvich; Fandangos, de Roberto Sierra; Intermedio y danza de “La vida breve”, de Falla; Antrópolis, de Gabriela Ortiz; Huapango, de José Pablo Moncayo. Teatro de la Maestranza, lunes 6 de abril de 2026


Con conciertos como el de anoche y los que lleva brindándonos desde hace más de treinta años, la Orquesta Joven de Andalucía demostró una vez más que entra por derecho propio en esa gran selección del Maestranza que aglutina grandes formaciones sinfónicas de todo el orbe. En un alarde de acercamiento entre las dos orillas transoceánicas, ayer y el día anterior en Jerez nuestros músicos más jóvenes se dejaron llevar por el ritmo y el entusiasmo de su maestro de ceremonias, un Carlos Miguel Prieto en estado de gracia, para ofrecernos una de las veladas más electrizantes y vitalistas de los últimos años.

Todavía con el recuerdo del concierto que el trompetista Pacho Flores y el director Manuel Hernández Silva nos brindaron junto a la ROSS hace exactamente un año, el Maestranza volvió a llenarse de ritmo y color con un concierto en el que el primero de los conciertos que Shostakóvich dedicó al violonchelo, con toda su rabia y dolor concentrado, se vio rodeado de una enorme descarga de adrenalina. Pura fiesta de los sentidos en forma de ritmos latinos, a los que la joven plantilla respondió con todo el entusiasmo y la alegría que el programa exigía.

Lástima que una ocasión tan señalada no se viera favorecida por un aforo completo. Observándose tantos asientos vacíos, fue inevitable pensar en los muchos y muchas aficionadas que dejaron pasar la oportunidad de disfrutar con tan suculenta oferta. No es suficiente con destinar un considerable y necesario presupuesto a la excelente formación que reciben estos jóvenes músicos. Las instituciones deben después disponer de un aparato de divulgación fuerte y adecuado para que el esfuerzo llegue después al público y los medios como sin duda merece.

Un embajador convencido y un chelista excepcional

Haciendo alarde de ese carisma que caracteriza a los norteamericanos, pues no olvidemos que no sólo los estadounidenses merecen calificarse así, el insigne Carlos Miguel Prieto ilustró cada pieza con ahínco y espontaneidad, introduciéndonos la rica y autóctona percusión que debía presidir la pieza de Chávez, y que luego iría reapareciendo en momentos puntuales del resto de páginas programadas, así como invitándonos al final del concierto a entonar la célebre cuenta y posterior declamación de ¡mambo! que hiciera célebre Pérez Prado. Todo siempre con una elegancia y un dominio de la elocuencia como sólo ellos son capaces de desplegar.

Del fundador de la Orquesta Sinfónica de México, Carlos Chávez, la OJA interpretó su Sinfonía India, número dos de un catálogo de seis. Una obra breve pero muy completa, ya que sigue los movimientos clásicos de una sinfonía pero sin solución de continuidad. Una pieza que utiliza instrumentos de percusión yaqui, una comunidad de Sonora asentada en los márgenes del río del mismo nombre. El maestro, que consolidó el movimiento musical nacionalista en su país, encontró una respuesta enérgica pero equilibrada de cada familia instrumental, muy especialmente de una sección de percusión que nunca antes se había lucido tanto en los tradicionales conciertos del Lunes de Pascua.


El también joven violonchelista colombiano Santiago Cañón-Valencia fue el encargado de llevar a tan buen puerto la compleja gramática del Concierto nº 1 de Shostakovich, todo un laberinto emocional que las partes implicadas resolvieron con enorme acierto. En el allegretto inicial, Cañón-Valencia desplegó una enorme fuerza, enfrentándonos al abismo con un gran sentido de la dramaturgia, a lo que la orquesta se plegó con acierto y sensibilidad, que asomó ya de forma contundente en un segundo movimiento protagonizado por una desolación inusitada. Una página tremenda a pesar de su aparente contención, que el violonchelista resolvió con una técnica impecable, un sonido sedoso y el ropaje intenso que supo brindarle la entregada orquesta.

Una exhibición de sobrecogedora incertidumbre en la que el clarinete también supo lucirse ampliamente, así como una trompa que aunque no siempre acertó en el tono justo, desarrolló también una labor estremecedora. Después, Cañón-Valencia remató con una cadencia desgarradora, en la que los silencios pesaron tanto como la compleja retórica que la informa. Así hasta desembocar en un finale excesivo y espectacular, donde lo humorístico se dio la mano con lo grotesco al más puro estilo del atormentado compositor ruso, aunque sin llegar nunca a la socarronería con la que otras batutas lo despachan. El joven solista interpretó después como propina una pieza de su propia cosecha, Ad noctem, en la que coquetea con la literatura bachiana para entregarse a las esencias y ritmos de su tierra.

Ritmo trepidante

Muy interesante la pieza del contemporáneo puertorriqueño Roberto Sierra, Fandangos, en el que al modo de un La valse de Ravel, deconstruye esta forma de cante y baile, hincando sus raíces en Soler y Boccherini y logrando una hipnótica cascada de sensaciones en la que la percusión juega también un papel destacado. El autor reafirma así su querencia por el barroco, a lo que la OJA bajo la mirada atenta de Prieto, respondió con idéntica disciplina que la desplegada en las páginas anteriores, y una capacidad para emocionar sólo al alcance de los más curtidos.

Otro joven, Jaime Cobo, integrante del proyecto de formación de directores de la OJA, fue el encargado del Intermedio y Danza de La vida breve de Falla, que resolvió con profesionalidad y sentido dramático, dejando su huella en un feroz centro de la famosa danza. Después, todo se tiñó de fiesta y felicidad en la sorprendente pieza de la compositora mexicana Gabriela Ortiz, Antrópolis, en referencia a los antiguos antros de la capital en la que brillaban los sones autóctonos e importados, tal como se observó en una vibrante pieza en la que cumbia y mambo encontraron en la OJA y su flamante director el vehículo perfecto de expresión, lo que se notó especialmente en la alegría y la complicidad con la que abordaron la página. A destacar el trabajo de los timbales, especialmente el encargado de las generosas partes solistas de esta singular pieza.


La fiesta se coronó con el que muchos y muchas mexicanas consideran su segundo himno oficial, el Huapango de José Pablo Moncayo, quien a pesar de su corta vida logró erigirse en uno de los más reputados representantes del nacionalismo musical mexicano junto a grandes como Revueltas o el propio Chávez. Inspirado en sones veracruzanos como el siquirisi, el balajó y el gaviloncho, la pieza captura ritmos, sonidos y la inusitada energía de la música tradicional huasteca, hábilmente combinada con la gramática sinfónica, con destacadas intervenciones del trombón, la trompeta, el oboe y el arpa y un trabajo impecable de la cuerda grave, lograron que el Maestranza se convirtiera en una perfecta tarima de baile, ese huapango del título. A nosotros no nos queda otra que volver a darle la máxima calificación al singular evento, no sin antes destacar la insólita figura del concertino de la segunda parte, con la pierna escayolada elevada sobre un cojín, tal como se observa en la fotografía en tercera fila durante la primera parte del concierto. Y es que el entusiasmo y las ganas de estos jóvenes talentos no concibe ni de lejos una baja laboral.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 28 de marzo de 2026

EL JAZZ PURO SE CUELA EN LA ROSS DE LA MANO DE WAYNE MARSHALL

Sinfónico 9: Rapsodia americana. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Wayne Marshall, piano. Lucas Macías, dirección. Programa: Ceci n’est pas une valse, de Raquel García-Tomás; The Unanswered Question S.50, de Ives; Suite for Variety Stage Orchestra nº 1, de Shostakóvich; Obertura de Candide, de Bernstein; Rhapsody in Blue, de Gershwin. Teatro de la Maestranza, viernes 27 de marzo de 2026


Más de un mes ha tenido que pasar para reencontrarnos con la programación de abono de la Sinfónica, y ha sido de la mano de uno de los programas más atractivos y distendidos de la temporada, dedicado fundamentalmente a la música importada de Estados Unidos, ya sea para deconstruir un vals de aires misteriosos al más puro estilo cinematográfico, recrear desde la Unión Soviética sonidos vodevilescos con aires de show business, o rendir pleitesía a tres grandes nombres de la música estadounidense. La joven Raquel García-Tomás y el legendario Shostakóvich dialogaron así con Ives, Bernstein y Gershwin, mientras Wayne Marshall fue la estrella indiscutible al final de la función.

De un misterio existencial

La obra de la catalana Raquel García Tomás, galardonada en 2020 con el Premio Nacional de Música en la modalidad de composición, parte del impresionismo francés, perceptible incluso en el título, Ceci n’est pas une valse (Esto no es un vals), para continuar siguiendo cánones de la música cinematográfica que tanto ha influido en las nuevas generaciones de compositores y compositoras. Arranca de forma estrepitosa para después ir paulatinamente enganchando al oyente con su acumulación de capas instrumentales y esos elegantes destellos de vals que se van colando en un intenso universo, al que la ROSS respondió con todo el ahínco y la pasión que fue capaz de contagiarle un entusiasta Lucas Macías a la dirección.

Siguiendo una estética parecida, volvimos a enfrentarnos a esa pregunta sin respuesta que plantea la obra más recurrente de Charles Ives, por tercera vez en una década, tras interpretarla la Sinfónica Conjunta y la ROSS en ocasiones igualmente memorables. La novedad residió en colocar esta vez la trompeta solista y las maderas en las zonas más altas del teatro, enfrentadas, provocando así un aire cósmico y envolvente que traduce muy bien esa desazón por la propia existencia que plantea la breve pero intensa página, y que tanta relación guarda con algunas de las piezas sinfónicas más celebradas de un autor al que apenas prestamos atención más que para programar ésta.


A la celebración lúdica

Ha sido un verdadero placer escuchar en los atriles de la ROSS la que siempre conoceremos como Jazz Suite nº 2 de Shostakovich, también conocida como Suite para orquesta de baile, y rebautizada como Suite para orquesta de variedades. Al margen del celebérrimo Vals nº 2 que tan popular se hizo de la mano de Kubrick en su última película, Eyes Wide Shut, y rápidamente se convirtió en un imprescindible en bodas, la suite, integrada por piezas concebidas por su autor para diversos cometidos de carácter lúdico, respira aires de distinta índole.

Macías la dirigió con todos los posibles efectivos a su alcance, restándole así parte de ese aspecto circense y vodevilesco para concederle un aspecto más majestuoso, brillante y decididamente espectacular. Esto no fue óbice para que el conjunto sonara eficiente, impecable desde un punto de vista estrictamente técnico, con solos excelentes de saxofón y una cuadrilla del instrumento en perfecto estilo swing, y aportaciones igualmente notables del acordeón, uno de los instrumentos añadidos a tan generosa plantilla. Un trabajo muy colorido, que quizás restó algo de ironía al conjunto, a favor de una espectacularidad enorme y una fuerza decibélica impresionante.

Ya en la segunda parte, no fue quizás la obertura de la ópera u opereta, según cada uno y una la considere, Candide de Leonard Bernstein, la pieza más redonda a nivel de interpretación. De nuevo muy recargada de efectivos, rígida en las transiciones y atropellada en algunos pasajes, Macías tendría que haber trabajado más las aristas sofisticadas y elegantes de la pieza para que no acabara pareciendo una recreación simplemente obligada y circunstancial.


Toda una leyenda del piano, un clásico del jazz moderno, el británico Wayne Marshall no vino para interpretar la Rapsodia en Blue programada para este noveno concierto de abono, sino que se trajo su propia Rapsodia en Blue, de forma que fue él, tanto o más que Macías, quien sentó las directrices a las habría de someterse la interpretación de la famosa pieza. La suya fue todavía más jazzística que la que hace años nos ofreció Michel Camilo, arrancando de forma tan acelerada que a algunos de los músicos pareció costarle seguirle el ritmo. Creímos por un instante que despacharía la pieza en un santiamén, hasta que justo antes del hermoso blues central, se embarcó en unas variaciones a modo de improvisadas candencias de su propia cosecha que alargaron considerablemente la pieza.

Volvió a hacerlo, para deleite de muchos y muchas aficionadas, y posiblemente irritación de otros, tras el blues y casi al final a modo de coda, exhibiendo todo su potencial al piano, su fabulosa creatividad y un dominio del lenguaje puramente jazzístico a mayor satisfacción de los más exigentes eruditos en la materia. John Axelrod ya extrajo todo el potencial jazzístico de una convenientemente versátil ROSS en aquel ya lejano Harlem de Duke Ellington, lo que de nuevo quedó demostrado en esta versión algo abigarrada pero en perfecto estilo de la archiconocida pieza de un Gershwin que atesora otras piezas de concierto dignas de programarse, aunque su grueso sean musicales y canciones sueltas. Lady Be Good, del musical homónimo, sirvió como propina para que Marshall la sometiera a coloristas figuraciones de una apabullante creatividad.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 30 de diciembre de 2025

THOMAS GUGGEIS CON LA MÁS HERMOSA Y ADULTA JUVENTUD

Orquesta Fundación Barenboim-Said. Corinna Scheurie, mezzosoprano. Thomas Guggeis, dirección. Programa: Variaciones sobre un tema de Haydn Op. 56a, de Brahms; Shéhérazade M.41, de Ravel; Sinfonía nº 5 en re menor Op. 47, de Shostakóvich. Teatro de la Maestranza, lunes 29 de diciembre de 2025


Poco hay ya que nos sorprenda del nivel alcanzado en la interpretación musical de nuestros y nuestras jóvenes. Son muchas las orquestas que funcionan como si de verdaderos conjuntos profesionales se tratara, casi exclusivamente con el alumnado de los conservatorios andaluces o, como es el caso, el exigente calendario de instituciones que han marcado la agenda musical andaluza desde hace ya tantos años. En este sentido, la Fundación Barenboim-Said sigue apostando por la calidad extrema, ofreciendo conciertos como el de anoche, quizás entre los más memorables que han celebrado en el Maestranza.

Este año, siempre manteniendo la cita pre Año Nuevo que les caracteriza, ha sido un estrecho colaborador de Daniel Barenboim, el joven y ambicioso Thomas Guggeis, quien se ha encargado de extraer tanto brillo, furia y color a esta formación, con resultados a nuestro juicio sobresalientes, no sólo desde el punto de vista técnico, sencillamente impecable, sino desde una sensibilidad y una capacidad expresiva portentosa, lograda a través de la potenciación de cada detalle y cada matiz. Todo ello teniendo en cuenta las características tan diferentes de cada obra en los atriles.

Encanto místico y fusión de la voz

Un profundo sentimiento místico, traducido en formas ceremoniosas, se introdujo en las Variaciones sobre un tema de Haydn de Brahms, con maderas sublimando el arranque, y a partir de ahí el trabajo minucioso y responsable de la cuerda, elevando la pieza al pódium del sinfonismo brahmsiano más relajado, noble y elegante. Atisbamos ya entonces la enérgica expresividad de Guggeis, batuta en mano y deslizándose como si pintara las líneas melódicas, esbozando armonías y fraseando con una encomiable gracia, ya fuera en los pasajes más líricos y pausados como en los más agitados, hasta endemoniados. Impecable la respuesta de los y las integrantes de la orquesta.

Para Shéhérazade de Ravel, se contó con la también joven mezzosoprano Corinna Scheurie, que supo impregnar de sensualidad la página, aunque con cierto recato y limitación expresiva que lastró las posibilidades de una música que en directo cobra mayor relieve y capacidad de fascinación que en su escucha doméstica. La mezzo posee una voz de bello timbre, pero quizás le hubiera venido bien un pelín de mayor cuerpo.

Aún así, cabe apreciar cómo supo fusionarse a la perfección con una orquesta en la que pudimos disfrutar de cada acorde, de su misterio y su fuerte carga erótica, todo lo cual Guggeis supo manejar con tanto acierto que la joven plantilla parecía haber alcanzado una increíble madurez. Entre las aportaciones solistas, destacaron el violín de la concertino, el oboe y la flautista, auténtica revelación de la noche, otra portento a sumarse a cuantos van acaparando puestos en las más prestigiosas orquestas del mundo.


El dolor del desgarro

A estas alturas, y con interpretaciones memorables disfrutadas en este mismo espacio, como la de John Axelrod y la ROSS hace un buen puñado de años, no hace falta ahondar en las circunstancias de gestación de la Sinfonía nº 5 de Shostakovich, para dejarse embaucar por su poder de fascinación y el desgarro que provocan sus dolorosas páginas, aún teñidas de pasajes grotescos y de una ironía tan sutil como arriesgada.

A la suntuosidad del moderato inicial, con sus pasajes mecidos y los que desatan la fuerza y la amenaza, con un trabajo excelente de las trompas a las puertas del infierno, se sumó el carácter ácido e irónico del allegretto, defendido por Guggeis ya sin batuta pero con los mismos movimientos espasmódicos y un cuidado extremo por cada línea y detalle de la partitura. Luego, pura emoción contenida en el largo, una de las páginas más místicas imaginadas, que la orquesta resolvió adaptándose a cada inflexión y a un creativo juego de dinámicas.

Un grito de angustia se apoderó del allegro final, con una explosión de sonido siempre controlado que acabó sacudiendo nuestras conciencias y elevando la experiencia de escuchar música al grado de catarsis absoluta, y todo de la mano de quienes todavía están limando sus estudios y su preparación. Sin duda, el milagro de una formación esmerada y el trabajo incansable de una juventud tan responsable y disciplinada... Nada mejor para recibir un nuevo año con esperanza y confianza.

Fotos: Manuel Vaca
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 3 de octubre de 2024

ALEXA FARRÉ IRRADIA LUZ INCLUSO EN LA OSCURIDAD

Concierto nº 2 del ciclo Gran Sinfónico de la temporada 2024-25 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandekamp, concertino/solista. Programa: Concierto de Brandemburgo nº 3 en Sol mayor BWV 1048; Concierto para violín nº 3 en Sol mayor K. 216, de Mozart; Sinfonía de Cámara en do menor Op. 110a, de Shostakovich (arr. Barshai). Teatro de la Maestranza, miércoles 2 de octubre de 2024


Tercer concierto de temporada de la Sinfónica y tercero dirigido por una mujer, de los muchos que se avecinan en una apuesta decididamente acertada. Tercer aforo generoso también, a pesar de celebrarse un miércoles en lugar del habitual jueves, lo que sin duda afianza esa excelente noticia de recuperación. Este segundo concierto de abono – el primero tuvo consideración de extraordinario en su calidad de cita inaugural – tuvo la particularidad de abordar páginas de concepción camerística, con la orquesta reducida y obras que no se encuentran habitualmente en su repertorio, con la excepción del concierto de Mozart.

De él se encargó su rutilante concertino, Alexa Farré Brandkamp, que ejerció de directora y solista en un programa muy comprometido y diverso, que recorrió el barroco de Bach, el clasicismo de Mozart y la relativa contemporaneidad de Shostakovich, procurando en la medida de lo posible adaptarse a cada lenguaje con rigor y responsabilidad.

El tercero de los seis conciertos denominados de Brandeburgo o Brandemburgo convoca tres coros de la misma familia de la cuerda, violines, violas y chelos, con contrabajo añadido, en un ejercicio de complicidad y diálogo en el que cada uno se opone y se mezcla con los demás en perfecto equilibrio, tal como pudimos observar en la interpretación ejemplar que nos brindaron Farré y un reducido conjunto de diez maestros y maestras de la ROSS. No hubo cadenza alguna en ese seudo segundo movimiento que consta de tan sólo un par de acordes al clave, defendido con discreción por Tatiana Postnikova, pero sí mucha fuerza, nervio y coraje en el allegro final, frente a la calma algo alicaída con la que se abordó el primer movimiento, a pesar de una limpieza y una nitidez extrema en el juego de voces que ofrece la partitura

Después, Farré en modo Anne-Sophie Mutter incluso en su brillante vestimenta, pero con gestos más relajados y menos alambicados, nos brindó un tercer concierto para violín de Mozart de hechuras impecables. La suya fue una interpretación caracterizada por su amplitud, una expresión muy sostenida y un elocuente diálogo con la orquesta, ya más amplia y con un sonido definitivamente terso y aterciopelado.


Con una sensacional participación del oboe y una cadenza de gramática harto singular, la concertino llevó la masa orquestal a un emotivo desarrollo en el allegro inicial, mientras el adagio resultó un dechado de belleza y sensibilidad, aflorando en todo su esplendor su conmovedora poesía. El rondó final fue tan preciso como lleno de gracia e imaginación. Como propina, una arrebatadora versión de Por una cabeza de Carlos Gardel, sirvió para que la magia de Farré lograra que de su instrumento aflorasen varias voces al unísono.

De la luz a la oscuridad

Y de la luz que irradian estas dos esplendorosas páginas, pasamos en la segunda parte a la oscuridad de una pieza tan dolorosa y autobiográfica como el Cuarteto nº 8 de Shostakovich, en la adaptación para orquesta de cuerda que realizó Rudolph Barshai con permiso del autor en 1967, convirtiéndola en la primera y más famosa de las cinco sinfonías de cámara que surgieron de idéntica operación. El trágico asedio de Dresde en la Segunda Guerra Mundial sirvió de inspiración a la partitura, previo encargo de una banda sonora de película que no llegó a cuajar, para que Shostakovich derramara ahí toda su trágica desazón, con citas continuas a otras partituras propias y ajenas, y sonidos onomatopéyicos que sugieren la amenaza del régimen soviético que tanto lo encumbró como vilipendió.

Farré y la plantilla emprendieron la difícil tarea de transmitir todo este tormento de pie, quizás para potenciar aún más su carácter agitado y nervioso. Los resultados fueron espléndidos, emotivos y aterradores a la vez, con pasajes tan magistralmente resueltos como la danza diabólica o el vals irónico, pero también marcados por la tristeza y el descontento en el movimiento inicial y el largo y doloroso epílogo. Si no disfrutaron de este magnífico concierto ayer, no duden en hacerlo hoy.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 28 de junio de 2024

MARC SOUSTROT PROTAGONIZA UNA DESPEDIDA DECIBÉLICA

11º Concierto de abono Ciclo Gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano; Marc Soustrot, dirección. Programa: Obertura festiva Op. 96, de Shostakóvich; Concierto para piano nº 3 en Mi mayor Sz.119, de Bartók; Sinfonía nº 9 en mi menor Op. 95 “Del Nuevo Mundo”, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, jueves 27 de junio de 2024


Ha pasado más de un mes desde el último concierto de abono del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, aunque en este tiempo la hemos disfrutado en el concierto extraordinario de Juventudes Musicales y en la ópera Nabucco. Casualmente hemos tenido la oportunidad de reencontrarnos en una misma semana, por separado, con el director Lorenzo Viotti, que nos acompañó el pasado lunes junto a la Filarmónica de Viena, y el pianista sevillano Juan Pérez Floristán. Juntos protagonizaron un concierto de la ROSS en abril de 2015. Si no fuera por un colega de profesión no nos hubiéramos acordado de aquella ocasión en la que vaticinábamos un triunfal futuro para el suizo, mientras Floristán ha acumulado madurez y confianza, convirtiéndose en el excelente pianista que es hoy.

Para Marc Soustrot éste supuso su último concierto como director titular de la orquesta, que volverá a dirigir como invitado la próxima temporada. Para su despedida, el maestro eligió piezas muy enraizadas en el imaginario norteamericano. La de Shostakovich es una obra alegre y desenfadada cuyos acordes parecen imitar a las épicas películas hollywoodienses cuyo estilo tanto debe a los grandes compositores eslavos. Bartók posiblemente suavizó sus formas no sólo para adecuarse a las limitaciones de su esposa pianista, ni por aproximarse a sus últimos días de vida, sino por adaptarse a la estética estadounidense, el país en el que residía, menos proclive a fagocitar las corrientes vanguardistas que imperaban en el viejo continente. Y de Dvorák y su última sinfonía poco hay que añadir, sino que de alguna manera cimentó el estilo que tiempo después Copland acuñaría para desarrollar su música a la americana.

Sin embargo, esa sutileza y esa elegancia que siempre hemos asociado al maestro galo, surgió en menor proporción en este concierto de despedida, optando más por una exhibición decibélica y una estética apoteósica, aún a costa de someter el auditorio a una saturación acústica que en ocasiones se tornó incluso estridente. Nada que objetar en este sentido a esa Obertura festiva que Shostakóvich concibió por encargo en los años cincuenta para celebrar el aniversario de la Revolución. Abstrayéndonos de sus verdaderas intenciones, queda la lectura sin dobleces ni ironía de Soustrot, centrada en exhibir fuerza y alegría, con notables intervenciones de los metales, excepto las trompas, que no tuvieron ni en ésta ni en el concierto de Bartók, su mejor noche.

Floristán se reafirma concentrado y responsable

La última obra del autor de El mandarín maravilloso, es sin duda su concierto para piano más amable y distendido, también en lo técnico, aunque reviste las suficientes dificultades y merece la atención al detalle y a su intrincada expresividad que Floristán fue capaz de ofrecerle. El joven pianista se adaptó a su atmósfera tranquila de texturas impresionistas, respetando sus ocasionales resonancias perturbadoras y el ritmo obsesivo y exuberante que de vez en cuando aparece. Especialmente lúcido estuvo en el movimiento lento central, evocando esa hechizante yuxtaposición de radiante coral con una brillante música nocturna casi mística. El dominio del fugato y la vitalidad rítmica sin agresividad primaron en el allegro final. Pero lo mejor devino en la fluida complicidad entre solista y orquesta, gracias al mimo con el que Soustrot acompañó en todo momento. Como propina, parte del sentimiento y la delicadeza que impregnó en el Preludio en mi menor Op. 28 nº 4 de Chopin se perdió debido a las toses, ruidos inclasificables y recurrentes caídas de objetos que lo agredieron.

Soustrot despachó la Sinfonía del Nuevo Mundo haciendo un gran alarde de exhibición pirotécnica, ahora con las trompas más disciplinadas y una tendencia general a lo apoteósico, si bien echamos en falta más presencia de la cuerda grave, lo que acabó provocando un sonido más metálico de lo conveniente e incluso puntualmente estridente. Esto no impidió que el buen gusto del maestro asomara en páginas como el hermoso largo, todo un triunfo melódico del que batuta y conjunto extrajeron su potencial nostálgico y evocador, antes de enfrentarse a los continuos saltos en staccato del scherzo y al vigor y el dinamismo del finale.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 11 de mayo de 2024

GARCÍA DESCUBRE LA CARA TRASCENDENTE DE LA CONJUNTA

6º concierto de la XIII temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Mario Camargo, violonchelo. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Concierto para violonchelo nº 1 en Mi bemol mayor Op. 107, de Shostakovich; Sinfonía nº 4 en la menor Op. 63, de Sibelius. Auditorio de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería, viernes 10 de mayo de 2024

Foto: Guillermo Mendo

No cabe duda de que gran parte de responsabilidad de que la Conjunta suscite nuestra profunda admiración y asombro la tiene su director titular, el incombustible Juan García Rodríguez, que presentó ayer tarde en su espacio más recurrente, la Escuela de Ingenieros de la Cartuja, el que quizás fuera su entrega más comprometida y trascendental de la presente temporada. No suele prodigarse el finlandés Jean Sibelius en los atriles de las orquestas hispalenses, a pesar de la extraordinaria aportación que hizo al sinfonismo del primer cuarto del siglo XX. Mejor fortuna ha corrido Shostakovich, aunque no se programe tanto como deseáramos. Pero ahí está García, para recuperar estos monumentos imprescindibles de la literatura musical del pasado siglo. Lo que más sorprende sin embargo es que los ponga al servicio de una orquesta en principio tan poco experimentada como la Conjunta, un proyecto académico que sirve de plataforma no sólo para que sus jóvenes integrantes completen sus estudios al más puro estilo Bolonia, sino también para atraer a los auditorios de música clásica a públicos jóvenes que demuestran con su comportamiento todo ese respeto y entusiasmo que echamos en falta en otros públicos más veteranos y acostumbrados.

Sin partitura, prueba de la dedicación que a buen seguro habrá prestado a la compleja pieza de Shostakovich, Mario Camargo ofreció una aseada y competente versión de su Concierto para violonchelo nº 1, en la que asomaron más virtudes que defectos. Fue capaz de deslizar un sonido homogéneo y aterciopelado que no decayó en ningún momento, y de no desfallecer en su desnudo tercer movimiento en forma de larga cadencia cuya aparente espontaneidad esconde una estudiadísima matemática de la armonía y la articulación, y que el joven violonchelista salvó con buena nota a pesar de que echáramos de menos una mayor vehemencia en los ataques. El acompañamiento orquestal fue impecable, siempre atento a las inflexiones del solista, sin eclipsarle y manteniendo ese tono fantasmagórico casi escalofriante del allegretto inicial cuyo apasionamiento se va intensificando paulatinamente. Lástima que la intervención de la trompa resultara decepcionante, pero ya sabemos la enorme dificultad de este instrumento; los clarinetes acertaron en su tono grotesco. Fue García quien logró que una orquesta joven como ésta fuera capaz de transmitir ese miedo amargo y punzante que destila esta partitura de impactante carácter cíclico. Evocado Rostropovich con esta pieza a él dedicada, Camargo hizo lo propio en la propina con Casals, interpretando con altas dosis de lirismo El cant del ocells, tan apropiado en vísperas de elecciones catalanas.


Aún más sorprendente fue que director y orquesta fueran capaces de extraer de la Cuarta de Sibelius todo su potencial sombrío y trascendente, con una interpretación responsable, meditada y disciplinada. Una pieza cuyo desencanto e introspección exige una lectura minuciosa y profundamente intencionada. García sabía lo que tenía entre manos, no en vano es un consumado especialista en la música de nuestra época, y sin duda una pieza como ésta puede considerarse cimiento de contemporaneidad. Lo difícil era contagiarlo a tan jóvenes intérpretes, y lo consiguió. No es que vayamos a saludar esta versión como definitiva ni mucho menos, pero su alto nivel de satisfacción es ya motivo de júbilo y admiración. Fue una visión llena de sentimiento y a la vez carácter amenazador, serena y austera, y desde luego poco o nada complaciente. Algunos de sus momentos más inspirados, como ese arranque en la cuerda grave o su sobrecogedor y devastador tempo largo, lleno de lirismo, encontraron una respuesta contundente en la inexperta plantilla. Con total trasparencia y claridad, quedó manifiesto ese motivo tritono que informa toda la pieza, con aportaciones ejemplares de todas las familias instrumentales y los y las esforzadas solistas. No debiera la organización permitir que siga entrando público una vez empezada la interpretación, con lo que de falta de respeto a intérprtes y oyentes supone.

lunes, 30 de septiembre de 2019

ITURBI, UN TRÍO FOGOSO

Trío Iturbi: Fernando Pascual, violín. Jorge Fanjul, violonchelo. Óscar Oliver, piano. Programa: Trío nº 7 en si bemol Mayor Op. 97 “Archiduque”, de Beethoven; Trío nº 2 Op. 76, de Turina; Trío nº 1 en do menor Op. 8, de Shostakovich. La Casa de los Pianistas, domingo 29 de septiembre de 2019

De izquierda a derecha: Pascual, Oliver y Fanjul
Un ajuste en la agenda de los músicos obligó a Yolanda Sánchez a emplazar su habitual cita de la tarde a la mañana, lo que obligó a ella y los intérpretes a pedir disculpas, que fueron bienvenidas pero innecesarias. Somos muchas las personas a las que nos encantan estos conciertos de música de cámara cuando se celebran un domingo por la mañana, lo que invita a pasear a la luz del generoso sol y completar la experiencia con una parada culinaria en alguno de los muchos locales que oferta nuestro espléndido centro histórico.
 
No es de extrañar que tratándose de valencianos, los integrantes de este trío adopten el nombre de un pianista, compositor y director de orquesta tan afamado en su tierra como en el resto del mundo como lo fue José Iturbi, que incluso triunfó en el cine musical de la Metro Goldwyn Mayer cuando Hollywood coqueteaba con América latina. Es lógico también que de una tierra tradicionalmente tan vinculada a la música como es Valencia surjan buenos músicos como los que nos acompañaron en esta ocasión, ofreciendo unas versiones tan competentes de piezas muy variadas y de distinto calado como las que integraron el programa. Comenzaron con una obra cumbre del género, el Trío Archiduque, bautizado así por su dedicatoria a Rodolfo de Austria, que Beethoven compuso estando ya prácticamente sordo y cuyo estreno constituyó la última ocasión en que tocó el piano en público. La excepcional inspiración melódica y armónica de la pieza encontró en el Trío Iturbi unos intérpretes de altura, de fuerte temperamento y considerable musculatura, lo que provocó cierta falta de delicadeza en los pasajes que más la demandan, como el tema y variaciones de su atormentado andante central, defendido no obstante con nobleza y capacidad de contraste. Un fraseo excelente y una proverbial homogeneidad de tono y timbre chocaron sin embargo con un exceso de fogosidad que a veces propició saturación decibélica en el reducido espacio. La ligereza y proverbial felicidad de los movimientos extremos se vio empañada por ese exceso de seriedad formal que dominó el conjunto, no obstante sus puntuales exhibiciones de lirismo, sobre todo en el chelo de Jorge Fanjul.
 


El violinista Fernando Pascual, que ofició además como maestro de ceremonias, improvisando incluso una alternativa traducción al inglés, mantuvo con firmeza el liderazgo de las tres piezas, sin excederse en el colorido ligeramente folclórico de un Turina cuyo precioso y lírico Trío nº 2 fue un consuelo para quienes echamos de menos la celebración este año del Festival Turina, como siempre por falta de apoyos económicos. Una versión de ritmos acentuados y dinámicas contrastadas sirvió para hacer honor a este músico sevillano y completar el detalle que estos jóvenes valencianos han tenido con nuestra ciudad. Al piano, Óscar Oliver mantuvo una gran capacidad expresiva y considerable elegancia, siempre dentro de unos parámetros que antepusieron la fuerza y el músculo a la delicadeza y la contención. Por similares derroteros concluyó el Trío nº 1 de un joven Shostakovich, enfermo y enamorado, que alterna pasajes tempestuosos cargados de disonancias con otros más líricos y románticos, un contraste que los intérpretes reflejaron a la perfección, culminando con unos fluidos y triunfales acordes al piano.
 
Artículo publicado en El Correo de Andaluz