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viernes, 8 de mayo de 2026

LA ROSS A LOS PIES DE UN PRODIGIOSO DANIEL LOZAKOVICH

Sinfónico 13. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel Lozakovich, violín. Marc Albrecht, dirección. Programa: Concierto para violín y orquesta en Re mayor Op. 61, de Beethoven; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 7 de mayo de 2026


Muchas veces nos preguntamos si el director de turno se pliega a las condiciones del solista, convirtiéndose éste en verdadero instructor de la interpretación, al que adaptarse la batuta y con ella la totalidad de la plantilla orquestal. En ocasiones como la de ayer se puede constatar esta particularidad, sobre todo cuando la forma de abordar una pieza y otra del programa es tan distinta, según haya o no participación del solista invitado.

Éste era en esta ocasión una estrella en su género, Daniel Lozakovich, un joven violinista de carrera fulgurante y características extraordinarias desde muy temprana edad, lo que le ha convertido en uno de los más solicitados por las más prestigiosas batutas y conjuntos. Nos complace tanto que la Sinfónica pueda contar con un nombre así en su temporada, que nos planteamos una y otra vez si la poca entusiasta reacción que provocó en nosotros responde a factores ajenos a una atenta escucha, la que sin duda brindamos a su particular comparecencia junto a la ROSS.

En el programa, dos partituras muy frecuentadas por ésta y otras orquestas en nuestra ciudad en los últimos quince años. El concierto de Beethoven lo interpretó Michael Barenboim junto a la West-Eastern Divan y su padre en 2019, mientras la OJA tuvo al alcalareño Javier Comesaña como solista en abril de 2024, sólo dos meses después de que Sergei Dogadin lo interpretara junto a la ROSS y Marc Soustrot.

Por su parte, la primera de Brahms ha sido interpretada hasta cuatro veces por la ROSS en este periplo, con Rodrigo Tomillo en febrero de 2021, Soustrot en 2022, John Axelrod en 2017 y un memorable Pedro Halffter en 2011. Además, la escuchamos con Oksana Lyniv y la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd hace apenas año y medio, en un concierto en el que curiosamente el hijo de Daniel Barenboim interpretó el concierto de Mendelssohn.

Se trata sin embargo de dos piezas tan perfectas, magistrales, que no nos cansamos de disfrutarlas en casa o en compañía, con la estimulante sensación del directo, y esta vez el aliciente añadido de un comportamiento prácticamente ejemplar del público.

Una ambiciosa lectura del Concierto de Beethoven

Habitualmente considerado un soplo de felicidad y un poema amoroso, el de Beethoven sigue siendo hoy el más admirado de cuantos conciertos se han escrito para el violín, exigiendo altas dosis de virtuosismo y expresividad. Ambas condiciones las reúne de sobra el joven violinista sueco Daniel Lozakovich (el apellido le viene por su padre bielorruso), pero utilizadas acaso con ciertos aires caprichosos y un gusto estético que a nosotros nos ha parecido discutible.



Es cierto que nunca como en esta pieza la orquesta ha de plegarse ampliamente al discurso del solista, pero en esta ocasión encontramos incluso excesiva esa sumisión que acabó provocando nuestro desinterés en los dos amplios primeros movimientos, generándonos más dispersión que concentración. Ejemplares fueron las aportaciones de clarinetes y fagotes en el allegro inicial. Sin embargo, la aportación del violín miró más a su propio ensimismamiento que a potenciar la belleza melódica.

No podemos negar que el sonido se mantuvo siempre hermoso y homogéneo, marcando mucho las dinámicas y jugando continuamente con cambios impactantes de registro, además de manifestar un legato sin fisuras, aunque sin lograr transmitir ese sentimiento profundo y espiritual de los dos primeros movimientos. Las cadencias derrocharon energía de resortes zíngaros, frente al tono lánguido, demasiado delicado y ensimismado que imperó en el desarrollo de la pieza.

Lozakovich afrontó con acierto los arabescos entrecortados y los elocuentes silencios que salpican el larghetto, marcando sólo parcialmente su carácter de romanza. No atisbamos, sin embargo, esa atmósfera de felicidad e intensa poesía que demanda la partitura. En el rondó final apareció por fin el solista que no pretende sino sólo ejecuta, mostrando un contundente pulso atlético y mayor nivel de sinceridad, limitándose a cantar libre y desenfadadamente su agitada gramática.

A todo ello se plegó Albrecht con sumisa disposición, manteniendo un diálogo cómplice con el personal violinista que, a pesar de la entusiasta respuesta del público, se hizo de rogar para afrontar en la propina a Bach, con largas y muy meditadas frases.

Una Sinfonía de Brahms sólida y robusta


Nada que ver, a nuestro juicio, la manera de afrontar Beethoven con la de Brahms por parte del director alemán, que ya en 2019 nos deslumbró con su entusiasta forma de dirigir. Con la Sinfonía nº 1 de Brahms demostró tener muy claras las ideas, sin salirse del guion ni dejarse en los atriles ni una pizca de la exaltación y la robustez que acompaña esta sensacional partitura.

Sentimos especial debilidad por su tercer movimiento, un poco allegretto e grazioso, por motivos estrictamente personales. Si lo encontramos en su punto justo de luminosidad, con esa fragancia a aire fresco que lo caracteriza, quedamos completamente satisfechos. Y fue así como lo resolvió Albrecht. El resto, todo bien construido y asegurado, aunque la de ayer fue una de esas ocasiones en las que los metales no respondieron al máximo nivel, algo chillones y agresivos en el allegro inicial, con puntuales desajustes en el movimiento final.

El director optó por tempi rápidos, especialmente apreciable en el andante sostenuto, tan opuesto a la fórmula desplegada antes en Beethoven. No por ello sacrificó calidez  y refinamiento en este hermoso movimiento. El resultado global fue satisfactorio, sin grandes sorpresas ni alardes añadidos, con franqueza, sinceridad y ninguna intención de epatar. La solemnidad y la brillantez se hicieron paso en un allegro non troppo coronado con un intenso y efervescente final.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 19 de enero de 2026

UN FRUSTRADO MENSAJE DE ESPERANZA

Gran Selección. Orquesta y Coro Nacionales de España. Katharina Konradi, soprano. José Antonio López, barítono. Josep Pons, dirección. Programa: Ein Deutsches Requiem, de Brahms. Teatro de la Maestranza, domingo 18 de enero de 2026


Hace más de veinte años que no nos visitaba la Orquesta Nacional de España. Lo hizo entonces de la mano de quien era su titular, el añorado Rafael Frühbeck de Burgos. Por su parte, no nos parece recordar que el Réquiem de Brahms sonara en el Maestranza desde 1995, en la clausura de aquella temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, también con el Coro Nacional de España acompañando entonces a la dirección de Víctor Pablo Pérez. La cita por lo tanto de este pasado domingo era imprescindible para acercarse a tan magistral e imponente obra y recibir a la orquesta de todos y todas fuera de su entorno natural, el Auditorio Nacional de la capital.

Con el aforo lleno, asistíamos a este canto de esperanza y optimismo que celebra la vida a través de la muerte justo cuando ésta asomaba de la forma más cruel y trágica tan cerca, en forma de accidente ferroviario, una paradoja terrible y conmovedora. A los fallecidos y fallecidas parecía estar involuntariamente dirigida esta interpretación del Réquiem que Brahms dedicó a la humanidad, inspirado en la fe depositada en él por Schumann, que consideraba que su gran obra llegaría cuando combinase voces e instrumentos en una pieza monumental. La muerte de su mentor y, posteriormente, la de su propia madre, motivarían la escritura de esta particular misa de difuntos, pero la dedicatoria acabó del lado de todas y todos nosotros.


Por eso Un Réquiem Alemán demanda una lectura que se base fundamentalmente en su carácter y espíritu netamente humano y reconfortante. De ahí que Brahms no siguiera los textos del ritual litúrgico convencional, sino una selección de textos de la Biblia luterana que ofrece bienestar a los afligidos en vez de inmortalidad a los muertos. Lástima que no se proyectaran estos textos en pantalla para seguir cada inflexión dramática de la música y entender mejor el significado de cada movimiento. Publicarlos en la web del Maestranza no cumple el requisito por la molestia que supone consultar los móviles, mientras traerlos impresos tampoco es procedente debido a la oscuridad que domina en la sala.

Más vehemente que dulce

La lectura de Josep Pons, director honorífico de una orquesta que actualmente finaliza su relación de David Afkham, a la espera de que se haga cargo de ella Kent Nagano, empezó algo desvaída, lánguida e imprecisa, con caídas de ritmo y tensión, así como cierta falta de cohesión interna. Sensación que se potenció en el segundo movimiento (Toda la carne es como la hierba), cuando Pons se decantó por reducir la carga dramática que poseen sus amenazantes acordes, a pesar de que los timbales cumplieron a la perfección su misión de dar el enfoque de marcha fúnebre que precisa. En todo momento se optó por tempi considerablemente rápidos, no tanto como la histórica grabación de Klemperer, pero tampoco como la muy paladeada del ahora tan de moda Nézet-Seguin, por poner dos ejemplos, llegándose a una duración estándar de casi setenta minutos.

A mitad de este segundo movimiento atisbamos el buen trabajo del coro, pero de espíritu más vehemente de lo deseable. Ya en el tercero (Señor, enséñame) pudimos apreciar el trabajo del barítono José Antonio López, tantas veces disfrutado en Sevilla en óperas y conciertos. Su voz mantiene la potencia y el brillo que le caracteriza, pero asoma engolada y sin la firmeza suficiente para resultar contundente en sus proféticas exclamaciones. Más convincente nos pareció la voz diamantina, de holgada emisión y dulce espíritu de la soprano Katharina Konradi, cuyo ejemplar control de la respiración y refinada belleza, además de acertados agudos, lograron que su mensaje sonara como un bálsamo angelical en el quinto movimiento (Ahora estáis tristes).


Antes, en el cuarto (¡Qué deliciosas son tus moradas!) Pons logró una lectura amable y sosegada, un equilibrio perfecto entre el coro y la orquesta en esta suerte de vals lento y melancólico. El tercio final, esos dos mastodónticos movimientos que lo cierran, acusaron una vehemencia quizás inoportuna, presente en la partitura de forma más discreta y solapada que como la concibió el director catalán, más furiosa. El sonido de la orquesta resultó en todo momento algo áspero, sin el brillo y la luminosidad acostumbrados en la generosa acústica del Maestranza, mientras los metales fueron más perceptibles en el movimiento final (Bienaventurados los difuntos), aunque acusaron puntuales imperfecciones técnicas.

Las voces masculinas brillaron algo más que las femeninas, si bien el resultado global fue bastante satisfactorio, mereciendo incluso en el sexto movimiento (No tenemos un hogar permanente) un inoportuno y desquiciado bravo que rompió la liturgia del momento. En definitiva, aunque Pons logró ajustar el tamaño de las fuerzas vocales e instrumentales, adaptándose a cada movimiento, su lectura nos pareció demasiado furiosa, echando de menos algo más de esa espiritualidad y consuelo que parecía invocar el autor cuando concibió tan magistral página. Con todo, una lectura correcta y un esfuerzo titánico para poner en pie tan imponente partitura.

Corrección: La última vez que sonó la obra en el Maestranza fue en 2012 a cargo de Günter Neuhold al frente de la ROSS y el Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 30 de diciembre de 2025

THOMAS GUGGEIS CON LA MÁS HERMOSA Y ADULTA JUVENTUD

Orquesta Fundación Barenboim-Said. Corinna Scheurie, mezzosoprano. Thomas Guggeis, dirección. Programa: Variaciones sobre un tema de Haydn Op. 56a, de Brahms; Shéhérazade M.41, de Ravel; Sinfonía nº 5 en re menor Op. 47, de Shostakóvich. Teatro de la Maestranza, lunes 29 de diciembre de 2025


Poco hay ya que nos sorprenda del nivel alcanzado en la interpretación musical de nuestros y nuestras jóvenes. Son muchas las orquestas que funcionan como si de verdaderos conjuntos profesionales se tratara, casi exclusivamente con el alumnado de los conservatorios andaluces o, como es el caso, el exigente calendario de instituciones que han marcado la agenda musical andaluza desde hace ya tantos años. En este sentido, la Fundación Barenboim-Said sigue apostando por la calidad extrema, ofreciendo conciertos como el de anoche, quizás entre los más memorables que han celebrado en el Maestranza.

Este año, siempre manteniendo la cita pre Año Nuevo que les caracteriza, ha sido un estrecho colaborador de Daniel Barenboim, el joven y ambicioso Thomas Guggeis, quien se ha encargado de extraer tanto brillo, furia y color a esta formación, con resultados a nuestro juicio sobresalientes, no sólo desde el punto de vista técnico, sencillamente impecable, sino desde una sensibilidad y una capacidad expresiva portentosa, lograda a través de la potenciación de cada detalle y cada matiz. Todo ello teniendo en cuenta las características tan diferentes de cada obra en los atriles.

Encanto místico y fusión de la voz

Un profundo sentimiento místico, traducido en formas ceremoniosas, se introdujo en las Variaciones sobre un tema de Haydn de Brahms, con maderas sublimando el arranque, y a partir de ahí el trabajo minucioso y responsable de la cuerda, elevando la pieza al pódium del sinfonismo brahmsiano más relajado, noble y elegante. Atisbamos ya entonces la enérgica expresividad de Guggeis, batuta en mano y deslizándose como si pintara las líneas melódicas, esbozando armonías y fraseando con una encomiable gracia, ya fuera en los pasajes más líricos y pausados como en los más agitados, hasta endemoniados. Impecable la respuesta de los y las integrantes de la orquesta.

Para Shéhérazade de Ravel, se contó con la también joven mezzosoprano Corinna Scheurie, que supo impregnar de sensualidad la página, aunque con cierto recato y limitación expresiva que lastró las posibilidades de una música que en directo cobra mayor relieve y capacidad de fascinación que en su escucha doméstica. La mezzo posee una voz de bello timbre, pero quizás le hubiera venido bien un pelín de mayor cuerpo.

Aún así, cabe apreciar cómo supo fusionarse a la perfección con una orquesta en la que pudimos disfrutar de cada acorde, de su misterio y su fuerte carga erótica, todo lo cual Guggeis supo manejar con tanto acierto que la joven plantilla parecía haber alcanzado una increíble madurez. Entre las aportaciones solistas, destacaron el violín de la concertino, el oboe y la flautista, auténtica revelación de la noche, otra portento a sumarse a cuantos van acaparando puestos en las más prestigiosas orquestas del mundo.


El dolor del desgarro

A estas alturas, y con interpretaciones memorables disfrutadas en este mismo espacio, como la de John Axelrod y la ROSS hace un buen puñado de años, no hace falta ahondar en las circunstancias de gestación de la Sinfonía nº 5 de Shostakovich, para dejarse embaucar por su poder de fascinación y el desgarro que provocan sus dolorosas páginas, aún teñidas de pasajes grotescos y de una ironía tan sutil como arriesgada.

A la suntuosidad del moderato inicial, con sus pasajes mecidos y los que desatan la fuerza y la amenaza, con un trabajo excelente de las trompas a las puertas del infierno, se sumó el carácter ácido e irónico del allegretto, defendido por Guggeis ya sin batuta pero con los mismos movimientos espasmódicos y un cuidado extremo por cada línea y detalle de la partitura. Luego, pura emoción contenida en el largo, una de las páginas más místicas imaginadas, que la orquesta resolvió adaptándose a cada inflexión y a un creativo juego de dinámicas.

Un grito de angustia se apoderó del allegro final, con una explosión de sonido siempre controlado que acabó sacudiendo nuestras conciencias y elevando la experiencia de escuchar música al grado de catarsis absoluta, y todo de la mano de quienes todavía están limando sus estudios y su preparación. Sin duda, el milagro de una formación esmerada y el trabajo incansable de una juventud tan responsable y disciplinada... Nada mejor para recibir un nuevo año con esperanza y confianza.

Fotos: Manuel Vaca
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 7 de abril de 2025

LA MÚSICA HECHA EMOCIÓN CON UN CUARTETO DE LUJO

Diálogos concertantes en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Joaquín Riquelme, viola. Pavel Gomziakov, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Programa: Cuarteto con piano nº 1 en do menor Op. 15, de Fauré; Cuarteto con piano nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 6 de abril de 2025


Enfrentándonos a un concierto de estas características, no pudimos por menos que recordar aquellas grabaciones históricas, hoy tesoros imprescindibles, que reunían a nombres tan ilustres, por poner algún ejemplo, como los de Pablo Casals, Jacques Thibaud y Alfred Cortot, o los algo menos alejados en el tiempo Pinchas Zuckerman, Jacqueline Du Pré y Daniel Barenboim. Una forma de ver la ocasión que anoche nos brindó la Fundación Barenboim-Saïd como un lujo rara vez a nuestro alcance, y posiblemente a recordar en un futuro cercano. Los invitados a este tercer y último encuentro de excelente música de cámara en la Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, de la mano de dicha fundación, fueron el propio hijo de Barenboim, Michael, el violista murciano Joaquín Riquelme, integrante en la actualidad de la Filarmónica de Berlín, el ruso Pavel Gomziakov, de enorme proyección internacional, y el sevillano Juan Pérez Floristán, que no necesita presentación. Riquelme y Gomziakov ya intervinieron, por separado, en las dos anteriores entregas de este ciclo.

Cuatro intérpretes de lujo cuya capacidad de entrega y compenetración desdice cualquier teoría sobre que para hacer buena música de cámara es necesario constituirse en conjunto estable cuyo trabajo en equipo se encuentre consolidado desde la raíz. Por separado, estos cuatro intérpretes son unos fuera de serie, pero en formación de cuarteto son capaces de dar lo mejor de sí, por responsabilidad y por la experiencia cosechada a lo largo y ancho de este mundo. Son profesores puntuales en la Fundación, y sus clases magistrales pueden considerarse un privilegio para quienes las reciban y acaben convirtiéndose en los virtuosos del futuro.


En los atriles, un programa tan exigente que puede provocar en el intérprete una fatiga claramente visible. El Cuarteto nº 1 con piano de Fauré es su primera obra de cámara importante, siguiendo los modelos de Schumann y Brahms. Sus intérpretes se hicieron eco de su efusividad, desbordante pasión e ímpetu desde el primer acorde. Su allegro molto moderato sonó robusto y fornido, con ligeras y cromáticas aportaciones en la cuerda grave y un acompañamiento al piano tan variado como acertadamente rítmico, haciendo acopio de su flexible gramática, insinuante y suntuoso. Muy juguetón resultó el scherzo desde sus primeros acordes en pizzicato, tan sutil como seductor. El adagio fue tan lúgubre como enternecedor, siempre acertando en la expresividad justa, acentuando su clima sereno y ocasionalmente apasionado. Y el final alcanzó una intensidad torrencial, con una compenetración absoluta entre el teclado y la cuerda, en el límite del caos pero sin perder en ningún momento la claridad de las líneas melódicas. Especialmente sorprendente fue la habilidad y la elegancia con la que cada instrumento fue relevando en la melodía al anterior, en cascada, siempre desde el respeto y la consideración.

El Cuarteto nº 3 con piano de Brahms, terminado tan sólo cinco años antes que el de Fauré, aunque su origen data de veinte años antes, cuando un joven Brahms sufría supuestamente por el amor de Clara Schumann, combina el ardor juvenil con esa relativa calma adoptada en la madurez. Es el más bello de los tres que compuso, y también el más libre y personal, sólo motivado por la inspiración y la emoción. Su allegro inicial resultó tan trágico como sombrío y pesimista, con Floristán acentuando su carácter dramático. En el scherzo los cuatro se emplearon a fondo para destacar su ritmo vigoroso y épico, hasta alcanzar un final verdaderamente salvaje, fruto de esa compenetración absoluta aludida. Violín y viola se emplearon a fondo en el andante para destacar su carácter melódico y su nobleza de espíritu, con resultados tan emotivos como delicados. Las sombras reaparecieron en el allegro final, con Barenboim ofreciendo un primer tema lírico y amplio, en contrapunto con el más agitado teclado, así hasta alcanzar ese final liberador de todas las pasiones desarrolladas hasta el momento.

Fotos: Guillermo Mendo

lunes, 13 de enero de 2025

BARRAGÁN Y WENDEBERG, MAESTROS VIRTUOSOS

Diálogos concertantes. Pablo Barragán, clarinete; Michael Wendeberg, piano. Programa: Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Selección de 24 preludios para piano Op. 11 (nos. 1-4, 8, 10, 20, 21-24); Sonata para clarinete y piano Op. 1, de Bernstein; Sonata para clarinete y piano FP 184, de Poulenc. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, domingo 12 de enero de 2025


Este pasado fin de semana nos ha acompañado una buena oferta de música de cámara, con los integrantes del prestigioso Cuarteto Quiroga presentando en el Espacio Turina un recorrido por el género desde Haydn a Bartók pasando por Beethoven, y los solistas de la Sinfónica de Sevilla adhiriéndose a la Ruta Turina con obras de Mendelssohn, Beethoven y el homenajeado. El broche final lo puso una nueva propuesta del Teatro de la Maestranza en colaboración con la Fundación Barenboim-Saïd. Para la ocasión la Sala Manuel García lució una nueva pantalla acústica que mejora ligeramente la proyección del sonido.

Se trata de aprovechar la presencia en nuestra ciudad de destacados solistas adscritos al programa académico de la fundación, ejerciendo así no sólo como maestros de las nuevas promesas sino también deleitándonos con su propia voz en conciertos tan agradables como el ofrecido este domingo. La idea es poner en sintonía obras de distinto calado técnico y sentimental en los que confluya algún detalle o matiz que las una, llevando a cabo así un doble diálogo concertante, el manifestado entre los instrumentistas y el que pone en comunicación a las obras programadas.

Muy querido en nuestra tierra, el marchenero Pablo Barragán, profesor de clarinete en la Fundación Barenboim-Saïd de Sevilla, y el apreciado y comprometido pianista Michael Wendeberg, profesor de la fundación en Berlín, ofrecieron un programa ecléctico y muy adecuado para apreciar sus virtudes. Ambos demostraron una compenetración envidiable, sobre todo teniendo en cuenta que no forman pareja profesional, que su colaboración en este caso atiende a cuestiones puramente coyunturales.

Las primeras obras en sintonía fueron la Sonata para clarinete y piano de Brahms y una selección de los veinticuatro preludios op. 11 de Scriabin, ambas compuestas en la misma época, a pesar de tratarse de la última pieza de cámara del alemán y una de las primeras del ruso, lo que lleva a estimar que el segundo heredó la fuerza y compostura romántica del primero mientras se adentraba en nuevos derroteros y un lenguaje propio y particular.

En la sonata de Brahms, Wendeberg exhibió una incómoda tendencia a la vehemencia, golpeando las teclas con ímpetu y a veces ensañamiento, lo que perturbó el carácter generalmente sutil y austero de la obra, así como el lirismo consecuente. Algo que no escapó a su compañero, capaz de mantener un control absoluto de la respiración a la vez que una expresividad etérea y un profundo lirismo desde el allegro amabile. Especialmente notable fue la compenetración de ambos en las variaciones que conforman el andante con moto final. La abundancia de elementos decorativos en el clarinete no fue inconveniente para que el sevillano desplegara toda su sabiduría técnica y expresiva.


En solitario, Wendeberg despachó una selección de once piezas de las veinticuatro que integran el opus 11 de Scriabin, sin respetar la alternancia entre modos mayor y menor que caracteriza el conjunto, y demostrando que la vehemencia apuntada en la obra anterior no fue casual. La suya es una forma desenfrenada, rápida y vigorosa de interpretar, y de eso se perjudicaron algunas de estas breves y delicadas piezas, que el alemán tocó no obstante con seguridad y confianza, con evidente virtuosismo pero lastrado en el apartado puramente poético. Minucioso en el control de la melodía y haciendo alarde de una precisa armonía, Wendeberg recorrió parte de este sensacional cuerpo con prisas y sin misterio, como se pudo observar en el preludio nº 10 en do menor. Su agradecida simpatía se tradujo en unas esforzadas palabras en castellano.

En el bloque final, dos sonatas con un dedicatario común, el clarinetista de swing y jazz Benny Goodman, protagonizaron una escapada fluida y jovial presidida de nuevo por una sincera compenetración, y de nuevo una primera obra, la de Bernstein, frente a la penúltima del segundo, Poulenc, y con el estadounidense como encargado en los sesenta de estrenar la del francés. Un tono ligero y desenfadado preside a las dos piezas, hábilmente defendidas por los intérpretes, especialmente en los ritmos jazz y latinos de la obra de Bernstein, y el vigoroso final de la de Poulenc. Terminaron de nuevo en perfecta sintonía con una petite pièce de Debussy cargada de encanto y sensualidad.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 30 de diciembre de 2024

LA CONSAGRACIÓN FRENTE A LA ESPERANZA

Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Michael Barenboim, violín. Oksana Lyniv, dirección. Programa: Obertura El Rey Lear Op. 4, de Berlioz; Concierto para violín en mi menor Op. 64, de Mendelssohn; Sinfonía nº 1 en do menor Op. 68, de Brahms. Teatro de la Maestranza; domingo 29 de diciembre de 2024


Como cada temporada, la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd ofreció su concierto sinfónico en el Maestranza, esta vez coincidiendo prácticamente con el fin de año. A falta del concierto de Año Nuevo que la Sinfónica de España celebra esta noche, sin duda el de este conjunto de jóvenes intérpretes constituye la auténtica despedida del año en términos musicales, contando para la ocasión con dos figuras de relieve, la directora ucraniana Oksana Lyniv y el violinista Michael Barenboim.

Barenboim es ya un conocido de nuestra escena, donde ha intervenido en diversas ocasiones como concertino de la Orquesta del Diván, cuando ésta acostumbraba a incluir Sevilla en sus giras de conciertos. Haberlo disfrutado esta vez como solista frente a una plantilla que para nuestro orgullo se forma y educa aquí, con un profesorado cuidadosamente seleccionado para este menester, ha sido un auténtico lujo.

Así mismo, la batuta elegida para la ocasión ha supuesto un deleite y una satisfacción para el público congregado. Oksana Lyniv viene consagrada tras los enormes logros obtenidos en gran parte de Europa, incluida la gesta de ser la primera mujer en dirigir en el Festival de Bayreuth, al menos durante las dos últimas ediciones encargándose de la dirección musical de El holandés errante. Su trabajo frente a la Orquesta de la Fundación se saldó con nota muy alta, todo un estímulo para tan joven plantilla. Con ella, nuestro teatro, aupado por la ROSS, ha conseguido quizás el récord de batutas femeninas en una sola temporada.

Con una de las muchas oberturas que compuso Berlioz, la de El Rey Lear, en forma de suite programática, dio comienzo este singular concierto. Estrenada en París en 1833, esta suntuosa pieza en forma de poema sinfónico de mediana duración, sirvió para alternar pasajes delicados con otros de considerable calado emocional y enérgica caligrafía.


En los atriles asomó también el célebre Concierto para violín de Mendelssohn, poco después de haberlo hecho en el concierto de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla celebrado en colaboración con Juventudes Musicales, que le brindó a otro joven intérprete, Jaime Naya, la oportunidad de lucir sus habilidades y poderosas aptitudes. En esta ocasión, el hijo de Barenboim demostró una perfecta combinación de tono y técnica, una portentosa capacidad para un fraseo firme, un sonido robusto y a la vez amable, timbre sedoso, y por supuesto una incontestable habilidad para lucir virtuosismo a discreción.

Un Brahms dramático e intenso

Lyniv articuló una Primera de Brahms decididamente dramática desde sus poderosísimos acordes de arranque, y aunque marcó tanto la intensidad de sus frases, de forma que evidenció a veces de forma brusca la transición de los pasajes más enérgicos y contundentes a los más relajados y sensibles, logró resultados más que estimables de una plantilla que a buen seguro preparó la página a conciencia, con el mérito añadido de alternarlo con fiestas familiares y comidas copiosas.

Una sensibilidad dramática y enérgica que no sólo se diluye significativamente en los pasajes delicados que también emergen en el allegro inicial, sino que protagonizan un andante a nuestro juicio despachado con excesiva celeridad, sin reparar en su enorme calado sentimental. No obstante, la concertino exhibió en este movimiento un solo sensacional, por su textura y flexibilidad, que fue seguido del exquisito poco allegretto, planteado con gracia y adecuada ligereza, una de las páginas que conformaron mi particular querencia por la gran música cuando era muy niño.

Sólo los metales, imprescindibles para potenciar el carácter crepuscular del último movimiento, evidenciaron algún escollo técnico, pero sinceramente de escasa importancia dada su dificultad, mientras el resto de familias orquestales, incluida una muy equilibrada percusión, funcionaron a nivel de máxima nota, lográndose un excelente concierto que terminó con un notable aumento de efectivos para dar forma al recurrente pasodoble Amparito Roca, prueba evidente de que nuestras orquestas juveniles están conectadas íntimamente.

Fotos: Fundación Barenboim-Saïd
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 21 de febrero de 2024

DIAKUN, COMESAÑA Y VÁRDAI: PURO ENTENDIMIENTO

6º Concierto de abono Ciclo gran Sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Javier Comesaña, violín. István Várdai, violonchelo. Marzena Diakun, dirección. Programa: Displaced para orquesta de cámara, de Lula Romero; Sinfonía n1 en sol menor Op. 13 “Winterträume”, de Chaikóvski; Concierto para violín y violonchelo en la menor Op. 102, de Brahms. Teatro de la Maestranza, jueves 20 de febrero de 2024


Algo insólito resultó este sexto concierto del ciclo Gran Sinfónico de la ROSS, por cambiar su cita habitual del jueves al martes, lo que supone cierto desconcierto para algunos y algunas abonadas, acostumbradas a reservar muchos de los jueves de la temporada para su cita con la orquesta. Y por modificar el orden habitual de un programa convencional, colocando la pieza sinfónica justo detrás de la obra de introducción, y dejando para la segunda parte la pieza concertante, y eso que ésta además es más breve que la sinfónica, por lo que generó cierto desequilibrio entre las dos partes del concierto. Otra cosa fueron los resultados artísticos, sencillamente magistrales, tan centrados en la belleza y la emoción que poco o nada pudo achacárseles, sólo elogiar el interés y la dedicación depositada por cada uno y una de sus principales artífices, la directora titular de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, conjunto habitual del Teatro de la Zarzuela, la polaca Marzena Diakun, el violonchelista húngaro István Várdai, y el violinista sevillano (de Alcalá de Guadaíra) Javier Comesaña. Tres jóvenes pilares de un concierto hermoso y notablemente inspirador.

Sevillana es también Lula Romero, joven compositora que actualmente reside en Berlín y que presentó anoche un trabajo concebido por encargo de la Radiodifusión del Sureste de Alemania para el Festival de Música Nueva de Donaeueschinger, y que la autora define como una sucesión de planos sonoros destinados a identificarse con el espacio en el que sean interpretados y dar cuenta de su capacidad, volumen y características particulares. Cierto que este empeño no caló en nuestros oídos, por lo que podríamos decir que su objetivo fracasó al menos parcialmente. Pero como música la pieza no está nada mal; superpone planos sonoros y estéticos de forma considerablemente fascinante, creando un cosmos sonoro atractivo y evocador que Diakun manejó con sentido de la perspectiva, del color y de la trasparencia, consiguiendo de cada familia instrumental rendimientos altamente eficientes, todo ello salpicado de una peculiar percusión deudora de los cencerros pastoriles. Tras la breve pieza y el saludo obligado de la autora, presente en la sala, Diakun se enfrentó con personalidad y autoridad a la primera de las seis sinfonías escritas por Chaikovski.


Varias veces modificada por su autor, primero a instancias de Nikolai Rubinstein, luego por iniciativa propia, la Sinfonía nº 1, Sueños de invierno, supone el primer trabajo sinfónico de enjundia del compositor, que hasta entonces sólo había escrito alguna obertura y un par de scherzos sueltos. Aunque reviste cierto aroma nostálgico, está exenta de la amargura a menudo pretenciosa que caracteriza sus muy apreciadas tres últimas sinfonías, y reviste una mayor grandeza y capacidad inventiva de lo que la historia le ha reservado. Consciente de ello, Diakun ofreció una lectura solemne y majestuosa de su primer movimiento, un allegro tranquillo en el que brilló la perfecta conjugación de acordes líricos y animados, con prestaciones sobresalientes de los metales, unas trompetas y trompas apabullantes. La directora abordó el adagio cantabile con sentido nostálgico y mucho lirismo, mientras la cuerda grave aportó mucho músculo al conjunto. Las transiciones del scherzo acusaron un alto grado de elegancia y discreción, mientras el finale, a pesar de su ramplonería melódica, alcanzó momentos espectaculares, siempre bajo la mirada atenta y medida de la batuta.

Desde los primeros acordes, Comesaña y Várdai acusaron un total entendimiento y una conjunción de talentos realmente notable en el Doble Concierto de Brahms, junto al triple de Beethoven la mejor pieza concertante para varios solistas concebida en el Romanticismo. Ambos solistas compartieron el mismo tono y la misma ilusión por llegar al mejor puerto posible, y Diakun exhibió ese mismo entusiasmo, contagiando a una orquesta que sonó en todo momento excelsa. De esta forma, la última pieza orquestal que compuso Brahms acusó toda la belleza que atesora, con los solistas cumpliendo a la perfección ese diálogo de cámara que exhibe la pieza, y aunque el autor dispensó un mayor protagonismo al instrumento grave, Comesaña impuso su talento destacando en más de una ocasión con un sonido poderoso, bien timbrado y homogéneo. Vardái abordó sus grandes acordes con solvencia y seguridad, mientras el violinista mantuvo el equilibrio necesario tanto en sus diálogos como en sus puntuales conflictos, a todo lo cual Diakun supeditó su batuta para no eclipsar, sin por ello dejar de destacar como el importante vértice que constituye al mando de una orquesta maravillosa en todos los aspectos.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 21 de enero de 2024

DIÁLOGOS CARGADOS DE EMOTIVIDAD

5º Concierto del XXXIV Ciclo de Música de Cámara de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Alexa Farré Brandkamp y Pablo Flores Regidor, violines. Ariadna Boiso Reinoso, viola. Claudio R. Baraviera, violonchelo. Miguel Domínguez Infante, clarinete. Programa: Crisantemi, de Puccini; Movimiento de cuarteto de cuerda en Fa mayor B120, de Dvorák; Quinteto para clarinete y cuerdas Op. 115, de Brahms. Espacio Turina, domingo 21 de enero 2024

Foto: Marina Casanova

La quinta cita del ciclo de cámara de la ROSS de esta temporada estuvo marcada por el fallecimiento el último día del pasado año del excelente clarinetista de la orquesta Piotr Szymyslik. A él dedicó el concierto el también clarinetista y compañero Miguel Domínguez Infante, con palabras de gran sentimiento y sensibilidad que destacaron el carácter jovial y distendido del músico desaparecido, y nos invitó a recordarlo no a través del espíritu de la primera obra programada, sino más bien del carácter amable y relajado, además de puntualmente enérgico, de la última. Y es que en efecto, Crisantemi de Puccini es una obra que el compositor de Lucca compuso a la muerte de su amigo Amadeo de Saboya, que fue rey de España, breve y tan polémico que abdicó provocando la proclamación de la Primera República. Tras su regreso a su país, Italia, falleció de una neumonía en 1890. Puccini le dedicó inmediatamente esta pieza titulada así en referencia a la connotación fúnebre que los crisantemos tienen en Italia.

Aunque es más conocida en su versión para orquesta de cuerdas, y así la utilizó convenientemente adaptada Alex North para la película de John Huston El honor de los Prizzi, los solistas de la ROSS la interpretaron en su versión para cuarteto de cuerdas, todo un detalle y una oportunidad para disfrutarla en su concepción original. La respuesta del conjunto no pudo ser más emotiva y delicada, con Alexa Farré definiendo ya desde esta primera pieza su carácter dominante y exigente, y un seguimiento del resto elocuente y disciplinado, impecable desde el punto de vista técnico, fluido y emocionante desde el más puramente expresivo. El allegro vivace B120 de Dvorák se conservó en estado de manuscrito hasta que fue publicado en 1951, como primer movimiento de un cuarteto de cuerda que el compositor bohemio compuso en 1881 para el conjunto de su amigo Joseph Hellmesberger, y abandonó cuando sólo quedaba añadirle algunas precisiones para las partes del segundo violín y la viola. El espíritu solemne y apesadumbrado de la pieza de Puccini dio paso a otro más afable y desenfadado, cargado de emotividad, que los intérpretes resolvieron con sentido del diálogo y la transparencia.

Ambas piezas, sin menospreciar su belleza y oportunidad, sirvieron como aperitivo del Quinteto para clarinete en si menor de Brahms, plato fuerte del programa y crisol de las virtudes de cinco músicos entregados en cuerpo y alma a la delicada empresa. Este trabajo soberbio, lúcido y consumado logro de arquitectura musical, encontró en Domínguez Infante un traductor de lujo, siempre preciso no sólo en el virtuosismo técnico que demanda la pieza, sino también en su flujo emotivo sobrado de amabilidad y honda sensibilidad. Su atmósfera melódica quedó bien plasmada desde el allegretto inicial, con el clarinete suave y sus ideas fluyendo graciosamente en el acompañamiento de cuerda. El acento elegíaco de Crisantemi emergió de nuevo en el adagio del quinteto de Brahms, con el solista potenciando su carácter rapsódico y ornamentando de forma exquisita. El conjunto optó por imprimir al andantino un aire algo más áspero que el resto, pero siempre prestando especial atención al diálogo fluido y la compenetración más absoluta, algo que se hizo también patente en el con moto final, prodigio de agilidad, sin descuidar su envolvente aire festivo, hasta que en la cuarta variación y después de un elocuente silencio, todo vuelve al espíritu amable y relajado que define la pieza, con el que encontró oportunidades de lucimiento el primer violín, expresivo y profundo incluso al apianar, con respuestas tan efectivas como sensitivas de Flores Regidor al segundo violín y Boiso Reinoso a la muy sedosa viola. El violonchelo de Baraviera puso músculo a este inmenso nocturno de aires nostálgicos que es el Quinteto Op. 115, de final tan aparentemente espontáneo como despiadado en su formulación sombría y vacilante.

domingo, 26 de noviembre de 2023

LA VOZ INMENSA Y BELLÍSIMA DE SARAH CONNOLLY

Dame Sarah Connolly, mezzosoprano; Joseph Middleton, piano. Programa: Tres canciones de Brahms; Cuatro de las cinco canciones op. 40 de Schumann; Rückert-Lieder y Kindertotenlieder, de Mahler; Tres canciones de Bilitis, de Debussy; Canciones de Frank Bridge, John Ireland, Ernest John Moeran e Ivor Gurney. Espacio Turina, sábado 25 de noviembre de 2023


Quedará siempre marcada en nuestro corazón esta fecha, la del sábado 25 de noviembre, cuando toda la terrible vulgaridad que destaca en una ciudad entregada a las comidas navideñas de empresa, las compras del Black Friday, las procesiones y demás tumultuosas manifestaciones, quedó ensombrecida para unas cuantas personas privilegiadas, las que tuvieron el acierto de dedicar algo menos de dos horas a dejarse seducir por la inmensa belleza de la voz de Dame Sarah Connolly. Una oportunidad que perdieron las cientos de personas que en esta ciudad se consideran melómanas y acuden una y otra vez a conciertos reiterativos, por inercia o por costumbre, mientras dejan pasar un acontecimiento de este calibre. Y no es que despreciemos todas y cada una de las celebraciones que enumeramos arriba, ni las ofertas musicales que tenemos ocasión de degustar gracias al talento local; es simplemente que el oasis de paz y belleza que fue capaz de ofrecernos la celebrada mezzosoprano acompañada con exquisito gusto por su compatriota Joseph Middleton, logró disminuir todo lo demás a la altura de la insignificancia.

Esta gran dama indiscutible de la canción, o el Lied, como se prefiera, fue capaz de cantar de corrido, sin pausas instrumentales, hacerlo en perfecto alemán, francés, inglés y español en las propinas (Nana y El paño moruno, de las Siete canciones populares españolas de Falla) y sin partitura, aprendido todo de principio a fin. Pero nada de eso habría tenido mucho valor si no fuera por su admirable forma de cantar, su precioso timbre capaz de seducir y convencer al más recalcitrante, y de modular y articular con esa maestría que convierte lo complejo en fácil, como si no supusiera esfuerzo alguno. Así comenzó con tres Lieder de Brahms que recorrieron su ánimo desde una exultante felicidad (Serenata) a la más íntima nostalgia (Feldeinsamkeit), pasando por el desencanto del amor en Da unten im Tale, siempre con la expresividad justa, transmitiendo con la voz, su pulso, su color y su tono, ese estado de ánimo aludido. Algo así ocurrió también con cuatro de las Cinco canciones op. 40 del especialista en el género Robert Schumann, con especial peaje en Muttertraum, un sueño de la madre que Connolly desgranó con una dulzura y una capacidad para conmover más allá de lo imaginable.


Mahler era el principal reclamo del programa
, con sus dos ciclos basados en poemas de Friedrich Rückert repartidos entre la primera y la segunda parte del programa. Sinceridad y responsabilidad son dos calificativos que definen a la perfección la manera de Sarah Connolly de abordar los sentimientos del poeta alemán que Mahler convirtió en música. A destacar en Rückert-Lieder su magistral forma de cantar Um Mitternacht, pasando de la introspección más profunda, traducida en una voz densa y oscura, a la manifestación de exaltación que supone el final envuelto en rutilantes sobreagudos. Y muy especialmente su sobrecogedora manera de entonar Ich bin der Welt abhanden gekommen (He perdido contacto con el mundo), paradigma de la contención y el sentimiento introvertido que Connolly y el piano cómplice de Middleton convirtieron en pura magia conmovedora. También en los Kindertotenlieder pudimos apreciar la proverbial facilidad de la mezzo para sobrecogernos, muy especialmente en Im diese Wetter, in diesem Braus que sintetiza el inmenso dolor por la muerte de un niño, ahora que tantas noticias tenemos de su sufrimiento. El resto del programa, las Tres canciones de Bilitis de Debussy y una selección de autores ingleses, las defendió con una estética de recitativo profundamente sensual en el caso del compositor impresionista, y con la elegancia y la autoridad que saben imprimir en sus canciones autores como Frank Bridge o John Ireland. Encima supo entonar a Falla con todo el gracejo andaluz que sus canciones demandan. Para colmo, el comportamiento del público fue ejemplar, añadiendo magia, calidez y emoción a tan relajante manifestación de arte y buen gusto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 9 de septiembre de 2023

COGATO Y LA FLAUTA CANTANTE DE MORELLÓ

XXIV Noches en los Jardines del Alcázar. Vicent Morelló, flauta; Tommaso Cogato, piano. Programa: Selección de Canciones sin palabras, de Mendelssohn; Sonata para clarinete y piano Op. 120 nº 2, de Brahms; Vocalise, de Rachmaninov; Selección de lieder de Schubert. Viernes 8 de septiembre de 2023


Ni Tommaso Cogato ni Vicent Morelló, ni la excelencia que les caracteriza, necesitan presentación alguna, al menos en esta ciudad que tan encantada y acostumbrada está de disfrutar de sus aptitudes. Juntos defendieron anoche un recital que cambió radicalmente de forma, conjugación y hasta significado después de que el acompañante original del pianista, el violinista Joaquín Torre, diera positivo en covid. Con Morelló a la flauta, y dando un protagonismo especial a la relativamente insólita flauta en sol, el programa se centró en obras de distinto calado, quintaesencia del romanticismo, con el instrumento solista dando voz a otras, muy especialmente la humana. El instrumento, una variante de la flauta travesera de mayor longitud, también denominada flauta alto, está afinado una cuarta por debajo de lo normal, un registro inferior que añade expresividad a su sonido, una mayor calidez y un color muy particular, ideal para sustituir la voz humana y llegar a transmitir la fuerza y la intención que ésta posee. La que Morelló utilizó para la ocasión es de cabeza recta, frente a la curva que al estar más cerca del oído del intérprete, permite una afinación más fácil y precisa. Con ella el flautista de la ROSS acometió la tarea de poner una voz distinta de la habitual a los Lieder ohne Worte (Canciones sin palabras) de Mendelssohn, originales para piano solo y jamás ideadas para ser cantadas, ni siquiera cuando se le propuso al autor años después de su estreno.

Hay que reconocer que la aportación del instrumento añadido fue de escaso relieve, aunque Morelló, que evidenció cierta dificultad en el control de la respiración, potenciada por la amplificación, mantuvo un fraseo elegante y exquisito y una cantabilidad notable en cada una de las tres piezas elegidas, desde la muy evocadora nº 1 del opus 19, a la más animada nº 1 del 38, y especialmente la nº 4 del 67, también conocida como La hilandera, donde a las ornamentaciones agitadas de Morelló se unió la fuerza arrebatadora de Cogato en esa suerte de imitación del zumbido de las abejas que tan fatigoso puede llegar a resultar. Una impecable reinterpretación a la flauta de la Sonata nº 2 para clarinete de Brahms, ocupó la parte central del recital y la más valiosa en su conjunto. Es cierto que el instrumento fue incapaz de recrear el color y la intensidad original de la pieza, que efectivamente nunca experimentó en sus múltiples adaptaciones para otros instrumentos, especialmente la viola, la gracia y la riqueza que mantiene el original. Pero Morelló salvó con nota alta sus dificultades y logró en conjunto una interpretación sobresaliente, ya con la respiración más controlada y siempre con la complicidad de Cogato, que en las cadencias del allegro central evidenció su elegante majestuosidad aunque fuera en detrimento de la flauta, esta vez convencional, que quedó algo apagada en ese momento. Ambos mantuvieron intactos los planteamientos virtuosísiticos y poéticos de la obra, sobre todo en las variaciones que integran su andante final, destacando la fuerza exuberante de los últimos compases.

La melancólica belleza del célebre Vocalise de Rachmaninov, que sirvió además para conmemorar el ciento cincuenta cumpleaños del compositor, con la flauta sustituyendo la habitual voz de soprano con la que se interpreta, y añadiendo algunas y muy atinadas ornamentaciones de cosecha propia, precedió al último bloque de la velada, una selección de tres de los lieder de Schubert recopilados a modo de cajón de sastre en el ciclo inconfeso Schwanengesang (Canto del cisne, por tratarse de una colección póstuma), ampliados a cinco merced a las propinas. Morelló mantuvo el pulso amable de Das Fischermädchen (La pescadora), el lirismo y al sensualidad de Ständchen (Serenata) y la inusitada alegría de Abschied (Despedida), en unos arreglos propios que acentuaron el carácter desenfadado de una pieza a la que Morelló añadió magia y mucha fantasía, como también sucedería en Liebesbotschaft (Mensaje de amor) y Taubenpost (Correo de palomas, ideal para sustituir al electrónico cuando como sucede ahora somos víctimas de un monstruoso ciberataque), que ambos intérpretes añadieron al programa e hicieron las delicias de un público rendido a la belleza romántica de la feliz propuesta.

Foto: Actidea
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 22 de junio de 2023

UN ALUMNADO MUY APLICADO

Concierto de cámara del Día de la Música. Alejandro Mateo González, piano. Programa: Sonata K466 en fa menor, de Domenico Scarlatti; Sonata nº 12 K332 en Fa mayor, de Mozart; Estudios Op. 25 nº 5 y 6, de Chopin; Ondine de Gaspard de la nuit, de Ravel. María del Mar Jurado Jiménez, violín. Darío Francesc García Garrido, viola. Álvaro Lozano Cames, violonchelo. Guillermo Ramírez Ortega, piano. Programa: Cuarteto para piano y cuerdas nº 3 en do menor Op. 60, de Brahms. Patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla, miércoles 21 de junio de 2023

Foto: Manuel Vaca

A las puertas mismas de una nueva edición de
Música en los Jardines del Alcázar para amenizarnos las noches estivales que acaban de arrancar, el Patio de la Montería de este irrepetible palacio sevillano sirvió por dos noches consecutivas como escenario para mostrar lo mejor de nuestra juventud. La más responsable, esforzada y aplicada posible, que prolonga así el florecimiento en la ciudad de tanta juventud comprometida con la música clásica a tan alto nivel, se exhibió el pasado martes en el concierto de presentación de la Joven Orquesta Internacional de Sevilla, heredera natural de la Sinfonietta San Francisco de Paula, y ayer Día de la Música con el que podríamos considerar trabajo de fin de curso de algunos de los más aventajados alumnos de la Escuela de Estudios Orquestales que preside la Fundación Barenboim-Saïd con sede en Sevilla.

Alejandro Mateo González en una imagen de archivo
El escenario es el preferido de la institución para celebrar sus progresos a nivel formativo, que pudieron hacerse evidentes con la concurrencia del joven pianista malagueño Alejandro Mateo González, que arrancó su participación, toda ella de memoria, con una de las más de quinientas sonatas en un solo movimiento que compuso, la mayoría en nuestro país, Domenico Scarlatti. La suya fue una mirada solemne, casi parsimoniosa, de la K466, leída lentamente, con grandes intervalos y alguna que otra elocuente disonancia, y con unos acentos muy marcados que en el piano moderno sonaron de forma además tan sincera como estimulante. Su lado más jocoso y divertido se hizo patente en la Sonata nº 12 de Mozart, de la que sólo interpretó su allegro inicial, dejando una buena impronta, la que se manifiesta en una gestualidad cómica y atrevida al compás de la distendida música, que en sus manos disfrutó de un inmenso colorido, permitiéndose incluso hacer guiños al fandango andaluz en una demostración de inventiva y falta de complejos muy saludable. Algo emborronado surgió el Estudio Op. 25 nº 5 de Chopin, de cuya zona central supo sin embargo extraer unas considerables dosis de lirismo. Mejor la nº 6, donde a la solidez técnica del pianista se unió un especial ingenio para aflorar sentimiento. Acertó también con Ondine de Ravel, primera de las tres escalas que dan forma a Gaspard de la nuit, que se deslizó con un envidiable sentido de la seducción y el misterio, aparejado a unas más que convincentes dotes técnicas y expresivas.

Álvaro Lozano Cames
El decidido y contundente arranque del Cuarteto con piano nº 3 de Brahms hizo presagiar una interpretación llena de fuerza y drama que sin embargo fue diluyéndose no por falta de preparación técnica, sino porque a tan temprana edad aún se echa en falta una mayor madurez y solidez interpretativa, más experiencia, para acometer con éxito una página tan complicada y conmovedora. Brahms inició su composición cuando todavía muy joven frecuentaba al matrimonio Schumann que tanto le influyó, pero no lo acabó hasta veinte años después, tras numerosas modificaciones y añadidos. En ella se combinan pasajes de mucho ardor con otros más serenos, lo que exige unos contrastes anímicos que tan jóvenes intérpretes no alcanzaron a plasmar, dotando al conjunto de cierta debilidad expresiva y una languidez nada acorde a los postulados de la pieza. Cabe destacar no obstante la excelente técnica de cada uno y una de los intérpretes, destacando especialmente la fluida articulación y sonido sedoso al violonchelo del también malagueño Álvaro Lozano, sin desmerecer a sus compañeros, que lograron momentos de considerable lirismo, manteniendo un control técnico impecable y una perfecta compenetración, destacando el virtuosismo del endemoniado scherzo, la nobleza de Lozano en el andante, y la delicadeza de la linaerense María del Mar Jurado y Darío Francesc García en el allegro comodo final, con el siempre eficiente contrapunto al piano de Guillermo Ramírez, todos los cuales pueden así confiar en un brillante futuro que ya ha sido reconocido con premios como el Intercentros Melómano.

Ahora sólo hace falta que el público sea también tan aplicado como el alumnado, y no interrumpa piezas como el cuarteto de Brahms con sus aplausos fuera de lugar y sin dejar respirar los finales de cada movimiento. Será conveniente también que dejen el móvil a un lado, que parecen más concentrados en lograr la mejor instantánea o video para compartir y demostrar que estuvieron allí, en lugar de dejarse seducir únicamente por lo que de verdad importa, la música y sus jóvenes y talentosos intérpretes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía