La Sinfónica Conjunta despidió su décimo quinta temporada de conciertos con el verano recién estrenado, arropada por su incondicional y entusiasta público, y con la justa dedicatoria al director del Conservatorio Manuel Castillo, Israel Sánchez López, que en breve dejará el cargo, tras haberse erigido en uno de los principales pilares de apoyo a tan sensacional iniciativa.
Siempre hemos destacado
como uno de los principales atractivos de esta joven orquesta, los programas diseñados por su titular,
Juan García. Constituyen a menudo la única oportunidad que tenemos en
nuestra ciudad de enfrentarnos a páginas tan insignes como las que en esta
ocasión ocuparon los atriles de la orquesta. Se trató de dos atrevidas propuestas, la de Mozart por la ligereza implícita en
su música, aderezada con una intervención solista de auténtica responsabilidad
y enjundia. Y la de Bruckner por la espesura de su arquitectura y la fuerza arrolladora de su gramática.
Un joven
violinista con un estilo personal
García arrancó el Concierto nº 4 para violín de Mozart
evidenciando ya en el largo preludio orquestal del allegro inicial algunas
deficiencias de cohesión y ensamblaje, especialmente en una cuerda aguda a
la que costó en todo momento sintonizar con el resto del conjunto, mejor
entonado. La notable reducción de
efectivos tendría que haber permitido una mayor ligereza que la percibida
en una página que se nos antojó algo densa, no obstante destacar el notable trabajo del joven solista Pablo
Biruk Abad, primer premio en el Concurso Solista 2025 del Conservatorio
Manuel Castillo. Ya desde el principio demostró virtuosismo y dominio técnico, con una interpretación un tanto
personal, plagada de trinos, arpegios y notas picadas, a pesar de poseer un sonido a nuestro juicio algo estridente
y poco pulido, sin duda presto a mejorar conforme acumule experiencia y
esfuerzo.
Faltó un mayor
desarrollo melódico y poético en el andante
central, no obstante la evidente cantabilidad del solista, sin
interrupciones, alcanzando una discreta melancolía
en sus acordes finales. Biruk se
mostró saltarín y decididamente alegre en el rondó final, alternando sus
pasajes más líricos con los más atrevidos, siempre bajo un control absoluto, y
arropado por un conjunto en el que ya pudo
atisbarse el excelente trabajo de maderas y metales, aún su discreta
participación en esta rupturista y aparentemente desenfadada página del genio
salzburgués.
La fascinación de Bruckner
Son pocas las ocasiones
que tenemos en Sevilla de disfrutar de la música de Bruckner. Gracias a la
Conjunta, hemos escuchado sus sinfonías nº 8 en 2012 y la nº 2 en 2015. El año
pasado sonaron en la Catedral Aequelis
y algunos motetes. La OJA nos ha brindado las sinfonías números 4 y 7, mientras
ésta volverá a los atriles de la ROSS la próxima temporada. La sexta es posiblemente una de las que
menos se programan del compositor austriaco, y sólo desde hace
relativamente poco. Se trata sin embargo de una de las páginas de las que debió
sentirse más satisfecho, a juzgar por la ausencia
de revisiones que sufrió, algo habitual en su catálogo. Pero atesora multitud
de ideas sorprendentes y atractivas,
de las que el conjunto liderado por García supo hacerse eco de forma tan
inteligente como disciplinada.
Dirigida con mucho ímpetu rítmico y tonificante, exige una amplia reflexión y análisis antes de abordarla, dándole aire a sus felices ideas para que respiren sin presión ni prisas. Debe abordarse además sin pesadez ni rigidez formal, con fluidez y luminosidad, y todo eso lo consiguió milagrosamente un conjunto tan novel y poco experimentado. Una de esas proezas a las que nos ha acostumbrado esta magnífica orquesta cuyos integrantes, por propia definición, cambian cada temporada.
Sólo el adagio y el scherzo se estrenaron en vida del compositor, encargándose Mahler
de la dirección de la sinfonía completa en Viena en 1899, tras someterla a
numerosos recortes. Disfrutarla así, en
todo su esplendor y con la complicidad unánime de la frondosa plantilla,
más de ochenta jóvenes sobre el escenario, fue un privilegio del que salimos
bastante satisfechos, lo que no es decir poco a juzgar por la complejidad de la
partitura. De hecho, para Bruckner era Die
Keckste, la más descarada de sus sinfonías.
La cuerda grave volvió,
sin embargo, a evidenciar ciertas
carencias de tono y cohesión, especialmente en la zona aguda, a menudo
destemplada y hasta estridente, mientras en la grave exhibió un sonido más puro
y aterciopelado. Fueron las demás secciones las que desempeñaron un papel
ejemplar, empezando por una cuerda grave
de considerable cohesión, especialmente relevante en los fulgurantes
contrabajos, atacados con tanta vehemencia que aportaron un enorme peso al conjunto.
Las maderas hicieron un trabajo formidable, sobre todo los solos de oboe, que tan majestuoso sentimiento elegíaco aportan en el conmovedor adagio. El trabajo del timbalero fue en todo momento magistral, medido y elegante sin sacrificar espectacularidad. Los metales brillaron en todo su esplendor, desde el fulgurante scherzo, plagado de pausas y cambios de registros resueltos con una maestría extraordinaria, y continuando con su importante contribución en el finale. En general, llegó a alcanzarse un clima fantástico y legendario, intenso y poderoso. A ver qué nos depara la próxima temporada. De momento, agradeceríamos que se anticipara su programa de forma global y no por sorpresa, como viene ocurriendo en las últimas temporadas.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía




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