Cogerle el punto ha sido siempre uno de los mayores enigmas de la Música,
pues bajo la apariencia de unos temas
melódicos felices y distendidos, se esconde la sempiterna lucha entre la
vida contemplativa y la mera supervivencia, terminando en una auténtica batalla campal de la que es
difícil hacerse eco si no se tienen las ideas tan claras como las tuvo el
maestro húngaro. Toda una desesperada aventura a vida o muerte que le proporciona
ese carácter indómito que tan bien supo
reflejar el director con la inestimable ayuda de una orquesta impecable, tan
disciplinada como brillante en todas sus secciones.
Destacaron quizás los refulgentes
metales, con aportaciones magistrales de trompas y tuba, pero también de
trompetas y trombones, así como la rica
percusión, destacando esas campanas de rebaño que desde bambalinas recrean
la apacible vida campestre que sirve como último
refugio al atormentado protagonista de la función. Merece mencionarse
también esos martillazos directamente importados del Olimpo con los que el
tercer movimiento avisa del inefable
destino que aguarda tras el caos y la destrucción. Pero no podemos olvidar
el papel fundamental de la cuerda, responsable de los momentos más líricos e inspirados, y que la concertino, Alexa
Farré, llevó por muy buen camino, generando tantas texturas como registros
emocionales, todos de hondo calado
estético y poético.
Una interpretación colosal
Esta descomunal catedral de la
música arrancó con la marcha
enérgica del allegro inicial y
las habitualmente magníficas prestaciones de la cuerda grave, sobre todo los
contrabajos. El acierto de Ráth consistió en lograr dar unidad a una pieza en la que abundan los cambios de
registro, la fecundidad melódica y la alternancia entre acordes furiosos y
otros más líricos y amables. El director acertó también en intercambiar el scherzo y el andante, situando éste como segundo
movimiento, una práctica a la que renunció Mahler tras las primeras audiciones de
la obra. Permitió así respirar
después del carácter marcial del primer movimiento, sin seguir por los mismos
derroteros, como así sucede en el scherzo.
De esta forma, el andante supuso un
soplo de aire fresco, un alivio, henchido de pureza y nobleza, para
proseguir de nuevo con la manifestación apabullante y salvaje del tercer movimiento,
destacando unas maderas precisas e
incisivas. Este intercambio fue también una manera de dotar de mayor
equilibrio a la sinfonía, provocando que la pausa entre el segundo y el tercer
movimiento se situase en el centro
exacto de la obra. Así, llegamos al largo allegro conclusivo preparados para la gran apoteosis final, con vientos, arpa y celesta sumergiéndonos en
un clima trágico.
Una conclusión si duda grandiosa, precedida de una introducción y una coda
que enmarcan diversos temas que se
escuchan casi aislados pero entrelazados, hasta cierto punto cohesionados
gracias al talento y la habilidad de su director, y la brillantez de todas las
familias orquestales, que debieron
ensayar lo suyo, sobre todo teniendo en cuenta esos refuerzos menos
acostumbrados a las dinámicas de trabajo de la orquesta. A la salida, nos informaron
que Alain Lombard grabó esta sinfonía
con la ROSS hace tiempo, pero a pesar de los, al parecer, excelentes
resultados, quedó almacenada sin fecha de publicación.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía
No hay comentarios:
Publicar un comentario