Trasladarnos al Medievo
es lo que de alguna manera pretendieron Ángeles
Núñez y José Luis Pastor en este exquisito recital en el que se alternaron
piezas de muy distinta procedencia, evidenciando nuestra privilegiada posición
en medio de culturas tan distintas que nos llegaron, y siguen haciéndolo, tanto
del interior europeo como del norte africano, tantas veces sujetos a crítica, censura y represión.
Averroes como
pretexto
Las Noches del Alcázar
son desde siempre muy proclives a celebrar aniversarios. Una sana costumbre que
este verano incluye el ochocientos
cumpleaños de Averroes, filósofo, médico, astrónomo, matemático y teórico
cordobés que procuró armonizar sus teorías con el Islam, mostrándose también
crítico con sus contradicciones. Conocido como Padre del Racionalismo, por sus
comentarios y análisis del legado aristotélico, sufrió una ola fanática e integrista en el siglo XII en el que vivió, lo que
provocó su destierro y muerte en Marrakech.
En este contexto, la
voz y la percusión de Núñez, integrada por darbuka, panderos y sonajeros de
tobillo, y la cuerda pulsada de Pastor no guiaron por un fascinante viaje en el
que plasmaron toda su curiosidad e inquietud
para hacer lo que saben hacer tan bien, con tanto rigor, fuerza y convicción.
Tanto es así que nos atrevemos sin pestañear a confirmar que lo que ayer
disfrutamos en el Alcázar fue auténtico
arte hecho música.
De su muy ornamentada
pieza de introducción, pasó sin titubear al más austero turco, y después a un
muy lírico Ad mortem festinamus,
última de las diez canciones del Cançoner
montserratí, una danza en forma de virolai, composición poética con varias
estrofas con retorno, que la cantante
entonó con aplomo y seguridad, y un timbre poderoso a la vez que sedoso, que
ha ido ganando quilates con el tiempo. Vino después un fascinante instrumental, un extracto de la nuba Al-Istihlal, tradicional de Marruecos de
ritmo repetitivo que Pastor recreó a la vihuela de rueda, con un sonido
parecido al de la zanfoña.
Tras un paréntesis galaico-portugués extraído
de las Cantigas de amigo del juglar
gallego Martín Codax, con el que Núñez se lamentó de la ausencia de su amado,
tal como se manifiesta en este pergamino Vindel, llamado así en honor a su
descubridor, Núñez nos deleitó con una
nana trágica, Nani nani, también
de tradición sefardí, haciendo acopio de expresividad, extrema sensibilidad y
una perfección en la entonación que llegó incluso a estremecernos. Por cierto,
Pastor introdujo cada pieza con una
capacidad divulgadora no al alcance de cualquiera, además de dominar con
una maestría absoluta el laúd, la cítola y la referida vihuela.
Otro dancístico instrumental, una Estampida sobre la Cantiga de Santa María nº
42, precedió a las dos últimas piezas del programa, con Tempus transit gelidum de los cantos
goliardos incluidos en los célebres Carmina
Burana (cánticos del Monasterio de Beuern o Bura), también en perfecto estilo y consonancia con el
resto de un programa que se completó con el canto trovadoresco Calenda maia y la rendición unánime del público. Repiten el día 1 de agosto.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


No hay comentarios:
Publicar un comentario