Dirección Patricia Ortega Guion Patricia Ortega, José F. Ortuño y Olmo Figueredo González-Quevedo Fotografía Diego Dussuel Música Paloma Peñarrubia Intérpretes Zack Gómez-Rolls, Jorge Sanz, María León, Sara Sálamo, Fernando Guallar, Kiti Manver, Myriam Diego, Adrián Pino, David Lora, Avelino Piedad, Silvia Rey, Eduardo Rejón, Joaquín Núñez Estreno en el Festival de Málaga 7 marzo 2026; en salas 3 julio 2026
No debe haberle hecho mucha ilusión a la venezolana Patricia Ortega que su película se estrene justo cuando su tierra ha entrado en un bucle de sufrimiento. Afincada en nuestro país, ya indagó hace unos años en una cuestión novedosa, la de tantas mujeres maduras que no han conocido un orgasmo, en Mamacruz. Ni aquella ni ésta, de tema también absolutamente original y novedoso, abordan su particular tesis con la profundidad deseada, pero mantienen un tono amable, si no directamente jocoso, que hace su visionado una experiencia agradable, más en el caso que ahora nos ocupa. Y es que Ortega, con la ayuda inestimable de un equipo de guionistas entregados y entusiastas, ha conseguido ahora una más que estimable película, bien edificada e interpretada, sobre un hombre transexual a punto de completar su transformación, que se queda accidentalmente embarazado. No se trata ni del Mastroianni de No te puedes fiar ni de la cigüeña, ni mucho menos del Schwarzenegger de Junior. Aquí no hay ni trasfondo psicológico ni filosófico, ni parte de una cuestión de ciencia o fantasía. Se trata simplemente de mostrar una sociedad abierta y educada en diversidad con los nuevos roles de género, así como, esto es lo más interesante, de desarrollar un doble proceso de armarización, el que sufre una mujer que se siente hombre, y la de éste en su empeño de integrarse en un colectivo de machirulos en el que poder pasar desapercibido adoptando conductas indeseables, y especialmente incoherentes con su condición. Algo así como esos gays y lesbianas que presumen de orgullo y votan, o incluso militan, en partidos de derechas que nada han hecho ni jamás harán por nosotras y nosotros.
En este doble objetivo, bien abordado por directora y guionistas, cabe destacar la sorprendente interpretación de Zack Gómez-Rolls, hombre trans que debuta con esta película rodada casi en su integridad en Sevilla, logrando un trabajo generoso en matices, dentro de la marea de incertidumbres y dudas que sufre su personaje. Junto a él, toda una galería de excelentes secundarios dando vida a familiares concienciados y progresistas, casi siempre convocados en torno a saludables mesas aderezadas con los guisos de la abuela Kiti Manver, protagonista de aquella Mamacruz que dio a conocer a su directora. Destaca el buen hacer de María León como hermana del protagonista, y la sorprendente recuperación de Jorge Sanz como padre, en un rol que completa la agenda social y psicológica del film, siempre desde el tono amable y desenfadado que le caracteriza, al afrontar un proceso de desintoxicación de una masculinidad retro. Un personaje que, por cierto, sostiene otro interesante apunte de la película, que la cuestión de género no necesariamente tiene que ver con los genitales. El resto, antiguos amores y compañeros de trabajo, un conocido gimnasio de la ciudad plagado de entrenadores víctimas de toxicidades virales, complementan tan buena compañía. En este sentido, destacamos el personaje de jefa, en una secuencia que demuestra hasta qué punto hemos normalizado una situación que nos convierte en líderes mundiales en humanidad y apertura de mente, si bien es cierto que hasta en eso parecemos los hombres tener mejor suerte que las mujeres. Vamos, que si por casualidad nos quedamos embarazados, vamos a tener más apoyo incluso en el trabajo que si lo hace una mujer.
Todo lo cual convierte ésta en una más que agradable y acertada comedia costumbrista tan acorde a los tiempos como necesaria en época de peligros retrógrados y retroactivos. Lástima que una exhibición tan parca relegue la cinta a una sola sala, y apenas dos pases, precisamente en la ciudad donde se ha rodado y cuya idiosincrasia, ajena a estereotipos, tan bien se refleja. De hecho, apenas se han estrenado una veintena de copias en todo el país, mientras los bodrios estadounidenses que cuentan una y otra vez lo mismo, y siempre bajo una violencia desorbitada, ocupan cientos de salas. Lo cual provoca que al final seamos quienes ya estamos suficientemente concienciados, quienes acudamos a ver estas cintas tan agradecidas como educativas, mientras quienes deberían hacerlo siguen abarrotando salas con películas de argumentos execrables.

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