viernes, 16 de diciembre de 2016

ROGUE ONE: UNA HISTORIA DE STAR WARS Un chicle estirado

Título original: Rogue One: A Star Wars Story
USA 2016 133 min.
Dirección Gareth Edwards Guión Chris Weitz, Tony Gilroy, John Knoll y Gary Whitta Fotografía Greig Fraser Música Michael Giacchino Intérpretes Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelssohn, Donnie Yen, Jiang Wen, Mads Mikkelsen, Forest Whitaker, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Jonathan Aris, Jimmy Smits, Alistair Petrie, Genevieve O’Reilly, Valerie Kane Estreno 15 diciembre 2016

Cuando George Lucas acometió la tarea de realizar la primera trilogía de la saga galáctica, la que se estrenó en segundo lugar, decidió hacer algo creativo y diferente a lo ofrecido en la segunda y primera en estrenarse. Puede que el resultado fuera infantil y artificioso, lo que le granjeó duras críticas, y que el regreso a la estética y el espíritu de la saga original por parte de J.J. Abrams para acometer el episodio séptimo fuera del agrado de los fans galácticos y cosechara tan buenas críticas como las que recibió el pasado año, pero desde luego traicionaron la intención de Lucas de seguir avanzando por nuevos derroteros en los que la imaginación y la creatividad tuvieran su protagonismo, aunque para ello tuviera que arriesgar. Fue el peaje a pagar por vender los derechos a una productora tan ambiciosa y ávida de poder y dinero como la Disney, lo que a buen seguro le reportará también al propio Lucas unos buenos dividendos. Esa misma ambición económica ha propiciado la invasión de títulos alrededor de la saga original (que tampoco fue tal en un principio hace cuarenta años), que amenazan con aterrizar en nuestras pantallas con puntualidad anual. Rogue One es el primero de esos títulos, se ambienta entre los episodios tres y cuatro y nos cuenta la lucha de la Alianza contra el Imperio por hacerse con los planos de la recién construida Estrella de la Muerte y así conocer sus puntos débiles. Para tal misión se ha contado con los recursos más lujosos y sofisticados, sin escatimar en nada por aquello de tratarse de un spin-off. En el guión intervienen Tony Gilroy, autor de la saga Bourne, quizás para insuflar al conjunto de acción oscura y un tanto moderna, y Chris Weitz, cuyos trabajos para Un niño grande, La brújula dorada o la reciente Cenicienta pudieran asegurar un tratamiento más amable y romántico de la aventura. Sin embargo la historia acaba por resultar una nadería más, repetición de estructura narrativa y dramática, personajes clon de los ya conocidos y situaciones archivistas, y lo peor, sin que aporte nada nuevo ni incluya análisis alguno capaz de incidir en nuestro intelecto o parangonarse con situaciones políticas o económicas actuales, lo que hubiera sido un detalle y un aliciente. No es más que un chicle estirado para hacer caja, bien fabricado eso sí, en el que hasta la música de Giacchino es una impersonal imitación, también artesanalmente articulada, del estilo de John Williams, y no sólo por el uso de leit motivs identificables.

jueves, 15 de diciembre de 2016

PATERSON La métrica de la rutina

USA 2016 113 min.
Guión y dirección Jim Jarmusch Fotografía Frederick Elmes Música Sqürl Intérpretes Adam Driver, Golshifteh Farahani, Barry Shabaka Henley, Chasten Harmon, William Jackson Harper, Kara Hayward, Jared Gilman, Sterling Jerins, Rizwan Manji, Trevor Parham, Troy T. Parham, Brian McCarthy, Frank Harts, Masatushi Nagase Estreno en el Festival de Cannes 16 mayo 2016; en España 7 diciembre 2016; en Estados Unidos 28 diciembre 2016

Un poema de William Carlos Williams titulado así, Paterson, y un sinfín de figurantes gemelos dan la pista del doble carácter de esta preciosa película de Jim Jarmusch, que se revela como crónica poética de la rutina en la que nos vemos sumergidos la mayoría de los mortales y que genera una especie de simetría en nuestras vidas, como un bucle que se repite y del que cuesta salir. Pero que nadie se confunda, no se trata del Día de la Marmota. Adam Driver (Mientras seamos jóvenes, Hungry Hearts, El despertar de la fuerza y muy pronto en Silencio de Martin Scorsese) se presta aquí a dar vida a uno de esos personajes que si hubieran recibido el tratamiento de tarado o psicológicamente inestable habría acabado provocando nuestra irritación. Por el contrario su singularidad reside en un carácter notablemente afable, controlado y relajado, un observador nato de la vida, de la gente y de los pequeños detalles que nos rodean, de donde surge su coqueteo con las palabras en forma de originales y muy sugestivos poemas que va recopilando en un cuaderno que llama secreto. A su lado la hermosa actriz iraní Golshfiteh Farahani (A propósito de Elly, La piedra de la paciencia, Los dos amigos) y un perro muy particular conforman una singular familia en la que el respeto y la consideración emanan con tanta facilidad como naturalidad. Paterson, que también así se llama el protagonista, conduce un autobús desde el que comparte experiencias de sus viajeros, un poco como ocurría en los taxis de Noche en la Tierra, mientras su propia rutina le lleva a repetir frases y expresiones en sus significativos poemas en un ejercicio que sumerge al espectador y la espectadora en una experiencia a veces hipnótica y siempre encantadora. La misma rutina le lleva también a frecuentar un bar en el que se dan cita otros personajes que entroncan con ese universo nocturno tan afín al director de Extraños en el paraíso y la poética implícita en otros films suyos como Ghost Dog o Dead Man, y en última instancia incluso Sólo los amantes sobreviven. En este inspirador viaje que acaba haciéndonos flotar descubrimos que en esta mediana ciudad de New Jersey nacieron personajes tan emblemáticos de la cultura norteamericana como Gaetano Bresci (anarquista que asesinó al Rey Umberto I de Italia), el boxeador “Huracán” Carter, Lou Costello (pareja artística de Bud Abbott), Allen Ginsberg (el destacado poeta de la Generación Beat) y el propio palindromórfico William Carlos Williams, lo que nos invita rápidamente a comprobarlo en la Wikipedia. Sólo por la evocadora secuencia en la que Driver, tras sufrir un shock emocional, se encuentra con otro poeta aficionado fascinado por la ciudad y su emblemático poeta, encarnado por Masatoshi Nagase, a quien vimos recientemente en Una pastelería en Tokio y protagonizó uno de los primeros films de Jarmusch, Mystery Train, ya merece dejarse atrapar por la belleza de esta métrica de la rutina aparcada en el encanto de una ciudad de provincias de la costa este norteamericana.

LAS POSIBILIDADES DE LA MADERA CON ERIC HOEPRICH Y SOLISTAS DE LA BARROCA DE SEVILLA

Temporada 2016/2017 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Solistas de la OBS. Eric Hoeprich, clarinete histórico. Programa: La caña perfecta (Concerto en Fa Mayor, de Hasse; Sonata à 4 TWV 43:F2, de Telemann; Trío GWV 2011 de Graupner; Divertimento KV439b, de Mozart; Trío Op. 61, de Devienne; Sinfonía en Si bemol Mayor W Blnc, de J.C. Bach). Espacio Turina, miércoles 14 de diciembre de 2016

Una caña perfecta rezaba el título de esta última convocatoria de la Barroca; pero no fue una invitación a una cerveza fresquita y echada con gracia, se refería a la caña que recorre y produce el sonido del clarinete y otros derivados cortesía del gran instrumentista Eric Hoeprich. El músico de Baltimore, que en 2015 hizo una curiosa reinterpretación de la Júpiter de Mozart en el seno del Femás, vino acompañado de una nutrida colección de instrumentos de la familia del clarinete, algunos de incalculable valor musicológico, con especial mención de los chalumeaux tenor y alto, para lo que hubo de echar mano de algunos compositores poco divulgados.

Johann Adolf Hasse compuso muchas óperas en época de transición entre el barroco y el clasicismo, y también obras como este Concerto en Fa mayor de tono bufo y desenfadado y estructura muy básica, en la que Hoeprich hizo sonar este instrumento antiguo precedente del clarinete, que aunque fácil de tocar exige altas dosis de expresividad para extraer el sonido suave y cálido que le caracteriza. La calidad compositiva aumentó con Christoph Graupner, prolífico compositor alemán de alto nivel inventivo, muy apreciado por la calidad gráfica de sus partituras manuscritas. Aquí Hoeprich exhibió agilidad y frescura, destacando sus movimientos lentos de considerable pureza lírica. Los valores seguros de Telemann y Mozart dejaron claro por qué unos autores no se olvidan mientras otros tienen que ser continuamente repescados. La pieza de Telemann resultó una notable demostración de fuerza, energía y precisión. Leo Rossi ofreció una eficaz réplica al violín, mientras Mercedes Ruiz y Alejandro Casal mantuvieron perfectamente el tipo como base armónica del conjunto.

En la segunda parte, donde seguimos disfrutando del formidable fagotista Eyal Streett, el clarinete y el corno di bassetto, una suerte de clarinete bajo de cuerpo curvado y un timbre más oscuro, expresaron la belleza de piezas de puro entretenimiento de Mozart o de mayor enjundia del compositor francés François Devienne, cuyo Trío en Do Mayor Op. 61 nº 1 fue la auténtica revelación de la noche, por su gracia y galanteo. En él Guillermo Peñalver lució mejor a la flauta que en el Hasse de apertura, más cálido y seguro, mientras Óscar Argüelles dominó el corno y el clarinete también en la pieza del hijo menor de Bach, Johann Christian, de estética inglesa especialmente por la intervención de una trompas que Rafael Mira y Vicente Giner controlaron de manera irregular, sin extraer de ellas un sonido suficientemente compacto y expansivo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 14 de diciembre de 2016

UNA NOCHE MEMORABLE CON ANNA BOLENA EN EL MAESTRANZA

Anna Bolena, de Gaetano Donizetti. Libreto de Felice Romani. Maurizio Benini, dirección musical. Graham Vick, dirección escénica. Paul Brown, escenografía y vestuario. Giuseppe di Iorio, iluminación. Iñigo Sampil, director del coro. Intérpretes: Angela Meade, Ismael Jordi, Ketevan Kemoklidze, Simón Orfila, Stefano Palatchi, Alexandra Rivas, Manuel de Diego. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro Filarmónico de Verona y la Fundación Arena de Verona. Teatro de la Maestranza, martes 13 de diciembre de 2016


¿Será Angela Meade la Ana Bolena de los tres mi trescientos días, como la desdichada reina inglesa lo fue de los mil días - como rezaba el título de la célebre película que protagonizó Genevive Bujould hace cuarenta y seis años -, habida cuenta de que la soprano norteamericana debutó en el rol hace ahora nueve años? A la vista de los resultados disfrutados en esta función parece que su encarnación del personaje se prolongará mucho en el tiempo, sobrepasará con creces esos tres mil trescientos días apuntados, y se convertirá en una referencia segura; eso siempre que cuide su salud, lo que pasa por controlar el peso. Habíamos sido avisados de que la confluencia de factores felices en la noche del estreno haría difícil que el milagro volviera a obrarse en las funciones siguientes; afortunadamente no fue así, y tanto la del sábado, de la que dejó buena constancia mi amigo Fernando López Vargas-Machuca, como la tercera del ¡martes 13! nos dejaron igual de boquiabiertos que a quienes asistieron el jueves 8 de diciembre. Las espléndidas críticas cosechadas debieron surtir efecto a juzgar por lo lleno que nos pareció el Maestranza. Para quienes no profesamos ese amor incondicional por el bel canto, Anna Bolena nos puede parecer un título excesivo y, como dicen los italianos, pesante. Sin embargo, cuando una música, sea del talante que sea, viene acompañada de tan suculentos ingredientes y todo funciona de manera tan ejemplar, la partitura se dignifica y engrandece, sonando con todo el relieve y la belleza que merece. Así sucedió con esta producción que llegó de Verona y cautivó a Sevilla.

Todo lo que se ha dicho de Angela Meade es cierto y se queda corto. A pesar de ser la protagonista absoluta, su participación encandila hasta el punto de que desearíamos estar escuchándola toda la noche, a cada momento, y repetir la experiencia hasta la saciedad. La emisión de su voz es pura naturalidad, con filados muy trabajados que a la vez parecen sin esfuerzo, una concepción del legato que excede de lo convencional y un exquisito gusto en la modulación así como en el control de los reguladores y las dinámicas, pasando con una facilidad pasmosa de los pianissimi más complejos a unos sensacionales agudos, primando siempre la elegancia y la naturalidad, sin excesos ni ornamentaciones artificiosas. Lo suyo es auténtica responsabilidad musical o cómo conseguir con los mejores recursos a su alcance, los que le ha proporcionado una generosísima naturaleza, ponerse por entero al servicio de la belleza, sin artilugios ni imposturas. En lo expresivo, tanto gestual como a nivel de canto, mantuvo toda la noche una postura de dignidad y orgullo no exento de arrogancia que quizás no sea lo más habitual en su papel de reina despreciada y traicionada, pero que funcionó bien frente a una Jane Seymour a la que Ketevan Kemoklidze dotó de una adecuada progresión de carácter que fue desde la ambición a la piedad. Destacábamos a propósito de la interpretación de la mezzo georgiana en La muerte de Cleopatra de Berlioz junto a la ROSS hace apenas un mes, su timbre brillante e imponente proyección, además de una considerable teatralidad. Todos esos atributos, además de un canto sedoso y una ajustada sensualidad, asomaron también en el rol de la tercera esposa de Enrique VIII, logrando momentos tan sublimes como el duelo que protagonizaron ambas reinas en el segundo acto, prodigio de expresividad y afinación, que fue seguido de una extensa ovación. Ismael Jordi volvió a entusiasmar a su enamorado público sevillano, a pesar de una cavatina del primer acto en la que tuvo que recurrir a soluciones un tanto forzadas y estridentes para alcanzar los intrincados agudos propuestos en la compleja partitura. El resto fue como la seda, quizás demasiado intenso y melodramático, pero enorme en potencia y belleza vocal. El personaje del rey se hubiera beneficiado de una voz más grave que la de Simón Orfila, que sin embargo encaró el personaje con muchas profesionalidad y sumando en la apuesta por ennoblecer la función, aunque mostrara un Enrique VIII más afligido que cruel. Alexandra Rivas, ya familiar para el público del Maestranza, también estuvo a la altura a pesar de una tesitura más aguda que la de contralto que demanda la partitura, mejor en la escena de la alcoba que en su intervención inicial. De voz profunda y bien colocada, no tan tremolante como en otras ocasiones, la intervención de Stefano Palatchi se sumó también al estado general de gracia, que no hubiera sido posible sin la batuta sabia y controlada del experto Maurizio Benini, que ya dirigió a la ROSS en la Norma de hace dos temporadas que canceló precisamente Angela Meade.

Sin el acompañamiento respetuoso y elegante de Benini, no por discreto menos perceptible y con personalidad, el espectáculo no hubiera sido lo mismo. Ejemplo claro de la confluencia de majestuosidad y exquisitez fue el magnífico cuadro de la cacería, donde relucieron todos los elementos estéticos de la producción. Ejemplares también las voces del coro, magníficas replicadoras del sufrimiento de la reina como si de una tragedia griega se tratara. La puesta en escena de Graham Vick es un compendio de cordura y buen gusto, exquisito en todos los detalles y con soluciones estéticas que la sacaron del habitual estatismo de este tipo de propuestas. Entre lo clásico y la modernidad, y entre lo gótico y lo romántico, combinándolos acertadamente teniendo en cuenta el carácter del título en cuestión, sobre todo en el vestuario. Paredes de estilo gótico inglés en metacrilato para entrever el movimiento escénico detrás, elementos simbólicos tan significativos como una corona de espinas gigante o una enorme espada atravesando el escenario, o una cruz griega como plataforma giratoria sobre la que iban sucediéndose las distintas escenografías, fueron dotando al conjunto de una solemnidad y una exquisitez extremas, redondeado con un concepto de la iluminación que, salvo algún despiste en la escena final de la locura, contribuyó al acabado perfecto de un espectáculo memorable.

martes, 13 de diciembre de 2016

EL EDITOR DE LIBROS Reducción escénica de una relación genial

Título original: Genius
Reino Unido 2016 104 min.
Dirección Michael Grandage Guión John Logan, según el libro de A. Scott Berg Fotografía Ben Davis Música Adam Cork Intérpretes Colin Firth, Jude Law, Nicole Kidman, Laura Linney, Guy Pearce, Dominic West, Vanessa Kirby, Demetri Gurutsas, Katherine Kingsley, Andrew Byron Estreno en el Festival de Berlín 16 febrero 2016; en Estados Unidos 10 junio 2016; en España 7 diciembre 2016

A pesar de constituir el germen mismo del cine, la literatura no ha encontrado mucho reflejo en la gran pantalla. No nos referimos claro está a las adaptaciones literarias, que esas abundan en exceso, sobre todo cuando hay sequía para generar historias nuevas y originales. Nos referimos más bien a la literatura en sí, al proceso creativo, a la biografía de los grandes autores, a su influencia en la vida de los mortales, a sus infinitas posibilidades como actividad inspiradora y creativa. Para su debut cinematográfico el director escénico Michael Grandage se ha puesto el listón demasiado alto con esta ambiciosa película sobre la relación profesional, de amistad y casi paternofilial entre el controvertido escritor norteamericano Thomas Wolfe y su editor Maxwell E. Perkins de la casa neoyorquina Charles Scribner’Sons, fundamentalmente durante los años inmediatamente posteriores a la Gran Depresión. Sus muy cuidados diálogos, su espectacular reparto y una exquisita ambientación no se corresponden con los resultados dramáticos de una historia que no llega a conmover lo suficiente, casi apenas atrae, y eso que el material daba para eso y mucho más. Se trata de un retrato maniqueo e insuficiente de un autor de fortísima personalidad, grandilocuente y megalómano pero a su vez con un portentoso cariz poético que utilizó infatigablemente en su narrativa. El trabajo del editor como lector y arreglista, una suerte de productor, debiera verse bien reflejado en esta vampírica relación, y sin embargo queda, como el resto, en la superficie. No ayuda que la presentación de los personajes sea arquetípica, con un Wolfe sobreactuado (Jude Law no acierta a darle dimensión poética y humana a un personaje simplemente excesivo en sus gestos y expresiones), su desquiciada pareja, con quien mantenía una relación tormentosa, enmarcada en una más bien gélida Nicole Kidman, aunque con momentos muy lúcidos de esta espléndida actriz, y unos Scott Fitzgerald y Hemingway de manual, tan aristocrático el primero como socarrón el segundo. Sólo se salva un majestuoso Colin Firth, quizás demasiado sereno pero con cuyos emocionantes gestos finales, incluida esa retirada de un sombrero que ha portado durante todo el metraje, justifica el visionado del film; y su esposa, una espléndida, como siempre, Laura Linney que sin embargo apenas cobra relieve en una función liderada por los dos protagonistas masculinos. La soledad del escritor y su vida disipada, que dio lugar a obras cumbres de la literatura americana como El ángel que nos mira o Del tiempo y el río, con personajes que eran sus alter ego, debiera haber disfrutado de una realización más precisa y convincente y un guión más atractivo y menos farragoso. Así las cosas, el pulso entre el genio (título original e la cinta) del autor y el de su editor y descubridor, queda desdibujado para decepción del espectador, y todo muy a pesar de sus solemnes, respetuosas y académicas hechuras.

MARÍA (Y LOS DEMÁS) Una Diosa desencajada

España 2016 90 min.
Dirección Nely Reguera Guión Nely Reguera, Valentina Viso, Eduard Solá, Roguer Sogues y Diego Ameixeiras Fotografía Aitor Echevarría Música Nico Casal Intérpretes Barbara Lennie, José Ángel Egido, Pablo Derqui, Vito Sanz, Julián Villagrán, María Vázquez, Rocío León, Miguel de Lira, Marina Skell, Alexandra Pineiro Estreno en el Festival de San Sebastián 17 septiembre 2016; en salas comerciales 7 diciembre 2016

Más que una película narrativa, el debut en el largometraje de Nely Reguera es un experimento en forma de retrato de mujer; una mujer que sospechamos tendrá mucho que ver con su autora, y a la que da vida una espléndida Barbara Lennie, en última instancia el único pretexto de peso para ver la cinta. El problema es que Lennie es una Diosa, y aquí eso lo atestiguan perfectamente su sesión de fotos de novia al estilo Marilyn Monroe y su rueda de prensa ficticia, en la que luce como si de una nueva Ava Gardner se tratara. Y a una Diosa no se le desprecia ni margina como ella sufre en esta película. Rodeada de los suyos en comidas y reuniones familiares rodadas con una naturalidad y frescura que ya quisiera la reciente Las furias, María ve cómo su mundo se desmorona cuando su padre, al que ha cuidado durante veinte años, se recupera de un cáncer y proyecta una nueva vida en la que ella sobra, no encuentra salida a sus aspiraciones profesionales y la vida sexual supuestamente cómoda que disfrutaba empieza a resultarle insatisfactoria. Y lo peor es que no parece encontrar solución a ninguno de estos problemas. A su alrededor todos viven sus vidas e ilusiones y ella no parece encajar en ellas, aunque sea una Diosa, cuando lo único que parece pedirle a la vida es sentirse necesitada e imprescindible para llevar las riendas de las vidas de los demás. Es así, no le va mucho el personaje, aunque se esfuerce y ponga mucha naturalidad y considerables dosis de encanto y seducción en el empeño.

domingo, 11 de diciembre de 2016

VÍSPERAS SICILIANAS EN VALENCIA: ENCICLOPEDIA ITALIANA

I vespri siciliani, de Giuseppe Verdi. Libreto de Eugène Scribe y Charles Duveyrier adaptado por Ettore Caimi. Roberto Abbado, dirección musical. Davide Livermore, dirección escénica. Santi Centineo, escenografía. Giusi Giustiino, vestuario. Andrea Anfossi, iluminación. Luisa Baldinetti, coreografía. Francesc Perales, director del coro. Intérpretes: Gregory Kunde, Maribel Ortega, Juan Jesús Rodríguez, Alexánder Vinogradow, Andrea Pellegrini, Cristian Díaz, Nozomi Kato, Moisés Marín, Andrés Sulbarán, Jorge Álvarez, Fabián Lara. Orquesta de la Comunitat Valenciana y Coro de la Generalitat Valenciana. Coproducción del Teatro Regio di Torino y ABAO-OLBE. Palau de las Arts Reina Sofía, Valencia; sábado 10 de diciembre de 2016

Sevilla y Valencia son estos días protagonistas de dos puestas en escena de ópera muy especiales, con títulos raramente programados, por lo que acercarse a ellas constituye un privilegio que no se puede rechazar. Por eso no puedo sustraerme a decir algunas palabras sobre estas Vísperas Sicilianas de la actual temporada lírica del coliseo valenciano. Cuando Scribe eligió a Verdi para ponerle música a su drama libertario, los protagonistas eran el Duque de Alba y la dominación española sobre los países bajos, pero el compositor vio en el libreto la oportunidad de ilustrar los cambios que se estaban operando en su país, que no existía como tal pero se encontraba a las puertas de hacerlo en un proceso de conciliación de la libertad y la participación del pueblo inédito en la Europa del momento. Abordó entonces el material dramático para afrontar un encargo de la Ópera de París que debía alcanzar la grandiosidad de las óperas francesas, incluido un ballet de más de media hora en el acto III, y que contara con una escenografía grandiosa. Para su adaptación al italiano Verdi debió evitar susceptibilidades en un momento de profundos cambios, convirtiendo la época y el escenario en Portugal bajo dominación española. Tras la unificación de Italia en 1861 se volvió a la versión original francesa, traducida al italiano y sin ballet, que es la que pudimos ver en Valencia.
 
Esta producción recibió generosos vítores en 2011, cuando se concibió para conmemorar el ciento cincuenta aniversario de la unificación italiana. Por eso se trata de un compendio de tópicos, miedos y constantes del querido país en época contemporánea. Una producción que aúna con acierto y elegancia la mafia siciliana, la corrupción política, la manipulación de los medios, la herencia fascista (evidente en la arquitectura administrativa), la obsesión por el sexo y la pasarela, o el espejo de realities, shows y concursos con los que se quiere contentar a unas clases sociales proletarias cada vez más anestesiadas y amnésicas, así hasta llegar a los populismos con los que hoy parecen confundirse los alzamientos populares. Todo muy logrado y convincente, si no fuera porque con estos experimentos de traslación de momento y lugar se acaba desviando la atención de lo que realmente importa, la música, con textos que no encajan con lo que vemos, y nuestra mente centrada en comprender lo que se nos quiere transmitir. Aún así no podemos negarle al espectáculo una grandeza evidente, con una acertada dirección escénica del actual director artístico del Palau, Davide Livermore, dinámica y espectacular, y un eficiente trabajo de figuración en el que destacaron unos muy bien entonados y afinados coros, a pesar de que en ciertos pasajes sonaron descompasados con respecto a la excelente Orquesta de la Comunidad, dirigida con acierto y un notable conocimiento de una partitura de tan fino anclaje, audaces matices y fuerza melódica y armónica por parte de Roberto Abbado.
 
También las voces acompañaron eficazmente al conjunto, si bien salimos algo decepcionados con el trabajo de la jerezana Maribel Ortega, en quien depositábamos muchas esperanzas. Su proyección se resiente cuando se mueve entre los registros más graves, como ocurrió en su aria del primer acto, mientras funciona mejor cuando se mueve en registros más amplios, como en el dúo de amor del segundo o sus intervenciones en el acto final, donde demostró ser capaz de controlar la voz incluso en los agudos más intrépidos. Gregory Kunde volvió a exhibir una voz de amplios recursos, que modula con dominio y solvencia, pero acusa exceso de temperamento tanto en su actuación como en su expresividad canora. Más convenció el Monforte de Juan Jesús Rodríguez, que supo combinar rigor y severidad con nobleza y ternura, dejando claro por qué su papel es uno de los más apreciados para barítono del repertorio verdiano. Pero quien más ovaciones recibió fue el Procida de Alexánder Vinogradow, a pesar de que en su aparición en el segundo acto nos pareció algo inexpresivo y monótono. Sin embargo hemos de reconocer que fue quien mejor mantuvo en todo momento una línea de canto firme y homogénea. Especialmente prodigioso nos resultó cuando en el cuarto acto cantó tumbado boca abajo, incluida la cabeza, sin que eso mermara ni un ápice su potencia canora. Los múltiples recursos técnicos y artísticos a disposición de una vistosísima puesta en escena, y estos valores musicales que indudablemente pudimos disfrutar en estas vísperas valencianas, hicieron que el espectáculo mereciera sin duda la pena.