viernes, 23 de septiembre de 2022

SOLEMNE ARRANQUE DE TEMPORADA DE LA ROSS

1er concierto del ciclo Gran Sinfónico de la Temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Trío VibrArt: Miguel Colom, violín; Fernando Arias, violonchelo; Juan Pérez Floristán, piano. Marc Soustrot, dirección. Programa: Concierto para violín, violonchelo y orquesta en Do mayor Op. 56, de Beethoven; Sinfonía nº 1 “Titán” en Re mayor, de Mahler. Teatro de la Maestranza, jueves 22 de septiembre de 2022


Han pasado dos meses desde nuestro último encuentro con la Sinfónica de Sevilla, y sin embargo parece que fue ayer; el reencuentro no pareció realmente tal. Hace apenas unos días, el 4 de septiembre, fallecía Klaus Weise en Francia a los ochenta y seis años, y la orquesta quiso rendir su particular homenaje a quien la dirigiera a comienzos de su rodaje, justo cuando tomó el relevo de Sviatoslav Sutej, también desaparecido. Pero lo hizo sin algarabía, con una mera dedicatoria en el programa de mano a quien tanta huella dejara en la formación y en la afición, que descubrimos con él a un Wagner suntuoso en el Tannhäuser de Werner Herzog, y añadimos más admiración si cabe a Strauss con su particular visión del poema sinfónico Así habló Zarathustra. A él se dedicó este primer programa que se prometía desde los medios una fiesta a cargo del Trío VibrArt y una partitura, la de Beethoven, que siempre se ha tildado de ligera e intranscendente, desdeñando sus relevantes valores y su fascinante viaje al pasado en plena simbiosis con el presente del autor, y hasta con el devenir de la música tras él.

Compenetración sin relieve

No fue sin embargo precisamente una fiesta la forma de entender de los jóvenes intérpretes el Triple Concierto. La suya fue más bien una visión nostálgica, incluso melancólica, falta de empuje y sin los ataques precisos y contumaces que la pieza reclama. Este concierto grosso algo desubicado en pleno Romanticismo no resultó suficientemente convincente, faltó relieve y faltó sobre todo energía. El nuevo piano del Maestranza y la ROSS, un Yamaha de ultimísima generación fruto de una larga investigación, sonó eso sí brillante y transparente en manos de un rutilante e ilusionado Juan Pérez Floristán, que inauguró así su temporada como artista residente de la orquesta. Pero eso no fue suficiente para que destacara como tantas otras veces ha hecho; tampoco lo hicieron sus compañeros, a menudo perdidos entre la maraña orquestal, con Arias ofreciendo poco volumen y cuerpo en su violonchelo, exquisitamente fraseado por otro lado, pero al que incluso se le escaparon algunos acordes desafinados. Por su parte, Colom exhibió un sonido aterciopelado pero puntualmente distorsionado por inoportunos acordes estridentes. Sorprende porque son jóvenes que nos han colmado de orgullo y han alcanzado los retos más inimaginables para personas de su edad en su campo profesional. Y lo peor es que ni ellos ni la orquesta alcanzaron a plasmar la grandeza y la extrema desenvoltura de la pieza ni su contagioso optimismo, ni siquiera en su brillante polonesa final, resuelta sin chispa ni gracia. Más resplandecieron en el breve y melancólico largo central, que Arias defendió con mucho lirismo, y en la propina, una pieza de Chaikovski adaptada para la ocasión.


Un Mahler espléndido y alternativo

Soustrot acudió a su cita con la orquesta de la que es director titular ataviado con una gorra que protegía una leve intervención quirúrgica sufrida en la cabeza, lo que no le impidió, ahora sí libre de las ataduras del acompañamiento, ofrecer una Titán suntuosa y absolutamente diversa y espectacular. La pieza ha subido al escenario del Maestranza, y otros de la ciudad, en demasiadas ocasiones en los últimos veinte años, por lo que se agradece una visión nueva y diferente como la que ofreció Soustrot al mando de una Sinfónica en plena forma y aumentada para la ocasión. Tras los consabidos rumores de la naturaleza con los que arranca la partitura, algunos defendidos por las trompetas fuera del escenario, surgió un primer movimiento de espíritu sosegado y cantarín, al que Soustrot añadió además una buena dosis de sensualidad, como acariciando cada acorde y captando nuestra atención de forma total y absoluta ya hasta el final. Solo así fuimos capaces de observar tantos detalles y matices que quizás, por nuestro desdén hacia la partitura, antes no habíamos apreciado. Especialmente brillantes resultaron el trío, delicadísimo y sensual, del segundo movimiento en forma de ländler, y un tercer movimiento en el que sacrificó lo grotesco y brutal, y de ese modo la intención de Mahler, para ofrecer una lectura más elegante y sofisticada que no desaparecería en el brillantísimo y triunfante final coronado con las trompas en pie. Entre los muchos aciertos del acercamiento del maestro a la obra, destacó su claridad tímbrica y la trasparencia de matices, y entre lo menos convincente, el sonido excesivamente metálico del conjunto. La temporada, una vez más demasiado conservadora, está inaugurada.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

No hay comentarios:

Publicar un comentario