viernes, 30 de agosto de 2019

BUSTAMANTE Y COGATO EN CALIDAD ASCENDENTE

20ª Edición Noches en los Jardines del Alcázar. Alejandro Bustamante, violín. Tommaso Cogato, piano. Programa: 4 de las 6 piezas para violín y piano de Pauline García-Viardot; Tres Romanzas para violín y piano Op. 22, de Clara Schumann; Sonata F.A.E. para violín y piano, de Dietrich, Schumann y Brahms. Jueves 29 de agosto de 2019

Foto: Actidea
Varios conciertos en esta edición de las Noches del Alcázar han celebrado los dos siglos, que se cumplen el inminente 13 de septiembre, del nacimiento de Clara Schumann, más que la esposa de uno de los máximos representantes del romanticismo musical, una pianista imprescindible en su tiempo y una más que competente y sensible compositora de excelente música de cámara. En esta ocasión, como si se tratara de aquella fotografía que mostraba a Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Wark Griffith a propósito de la fundación de United Artists, los intérpretes convocaron en nuestra imaginación a algunas de las personalidades más influyentes en la música de mitad del siglo XIX, los Schumann, la hija de Manuel García, Brahms y el virtuoso Joseph Joachim. Todos sobre las tablas del Alcázar soplando las imposibles doscientas velas de la homenajeada, a través de un precioso y muy singular programa, primorosamente concebido por sus intérpretes.
 
Resulta curioso que el talento del violinista Alejandro Bustamante, que tan buen sabor de boca nos dejó en la Mozartiada del pasado mes de enero, asomara con mayor nitidez en la compleja y exigente Sonata F.A.E. que en las más sencillas melodías de Pauline Viardot, concebidas para ser tocadas en salones y veladas tan elegantes como poco comprometidas. Así, lo que empezó con visibles muestras de inseguridad y nervios en el arco de Bustamante, potenciado con un exceso de vibrato y un sonido a menudo estridente en el registro agudo, iría derivando hacia un mayor control y una mejoría evidente de la calidad conforme fue avanzando el programa. Las morceaux que la Viardot compuso para su hijo Paul antes de que se convirtiera en un insigne violinista, encontraron en Bustamante una interpretación flácida, que no superó ni con los aires gitanos de Bohemienne ni la vivaz Mazurka. Tan solo la evocadora Vieille chanson encontró el tono justo. Cogato, tan querido por la audiencia que podría parecer que cuenta con nuestro favor, volvió a ganarse por derecho propio la aprobación general con un sentido del pianismo centrado y responsable, acoplándose al violín como un guante y potenciando el encanto sentimental de estas piezas.
 
Hemos tenido oportunidad de disfrutar recientemente de las Tres Romanzas de Clara Schumann en diversas transcripciones; apenas hace unas semanas al saxofón de Elisa Urrestarazu en este mismo escenario, y el pasado 8 de marzo, Día de la Mujer, con el joven Carlos González al clarinete. Poder escucharla ahora en su versión original fue un privilegio del que se hizo eco una interpretación ya más precisa y acomodada del violinista madrileño, especialmente en el caso de la nostálgica segunda romanza, que defendió tanto en sus pasajes líricos como en los más agitados con considerable solvencia, mientras Cogato logró transmitir el carácter obsesivo y ondulante de la tercera. El mismo año que Clara Schumann compuso estas romanzas, 1853, su esposo articuló un singular homenaje a Joseph Joachim, una sonata compuesta a tres manos, un hito irrepetible que fue sin duda la joya de este estimulante concierto. En ella Bustamante se mostró ya completamente desinhibido, probablemente por haberla ensayado más y porque a esas alturas estaba más familiarizado con la amplificación y las particulares condiciones del espacio abierto. Lo cierto es que logró dar cohesión interna y unidad formal a la pieza, sin traicionar el espíritu personal de cada uno de sus compositores. La intensidad emocional del Allegro de Albert Dietrich pareció dejar huella en el violinista, que logró mostrase igualmente intenso y comprometido en este el más largo y dramático de los cuatro movimientos. Salvó el Scherzo de Brahms con vehemencia y notable solidez, mientras de Schumann ofreció calidez en el Intermezzo, solo enturbiado por ciertos desequilibrios al apianar, e ímpetu y energía en el Finale, siempre con la complicidad de Cogato, que firmó una noche de notable sensibilidad y elegancia, además de un generoso melodismo, todo combinado con unas excelentes dotes como conferenciante a la hora de brindarnos explicaciones sobre las obras y sus circunstancias. Pocas veces tendremos la oportunidad de disfrutar de una interpretación en vivo de esta pieza única e irrepetible.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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