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lunes, 7 de marzo de 2022

ÓPERA EN VALENCIA: ARIODANTE y TROUBLE IN TAHITI

Trouble in Tahiti, de Leonard Bernstein. Jordi Francés, dirección musical. Ted Huffman, dirección escénica. Con los y las alumnas del Centro de Perfeccionamiento de Les Arts, Laura Orueta, Alejandro Sánchez, Mariana Sofía García, Xavier Hetherington y Carlos Fernando Reynoso. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Producción del Dutch National Opera. Teatre Martín i Soler de Les Arts de Valencia, jueves 3 marzo 2022

Ariodante, de Händel. Andrea Marcon, dirección musical. Richard Jones, dirección escénica. Con Ekaterina Vorontsova, Jane Archibald, Christophe Dumaux, Jacquelyn Stucker, Luca Tittoto, David Portillo y Jorge Franco. Orquesta de la Comunitat Valenciana y Cor de la Generalitat Valenciana. Producción del Festival d’Aix-en-Provence, Dutch National Opera, Canadian Opera Company y Lyric Opera de Chicago. Palau de les Arts de Valencia, viernes 4 marzo 2022

Andrea Marcon dirige la Orquesta de la Comunitat Valenciana

Ariodante
es uno de los títulos que se cayeron de cartel en la programación del Palau de Les Arts de Valencia hace un par de años como consecuencia de la pandemia, y que ahora recupera con una producción distinta, que en parte llega de la Ópera de Holanda, la misma institución que apadrina Trouble in Tahiti, una ópera de cámara que compuso Leonard Bernstein en los años cincuenta del pasado siglo. La de Händel ha sido hasta época reciente un título poco divulgado, y solo hace poco recibió el reconocimiento que merece, a pesar e contener arias tan distinguidas y reconocibles como Scherza infida o Dopo notte, atra e funesta. Ni que decir tiene que la de Bernstein se representa poquísimo, eclipsada por las más populares West Side Story y On the Town (Un día en Nueva York), debido en parte a su breve duración, lo que la hace inapropiada para completar un espectáculo medio, y quizás también por su gramática y literatura, más dura e intelectualmente más comprometida. Todo eso hace que celebremos la iniciativa de Les Arts de programar estas dos óperas que podríamos tildar de raras si no fuera porque la de Händel ha ido cobrando popularidad en los últimos años.

De Trouble in Tahiti se encargaron alumnos y alumnas del Centro de perfeccionamiento de la ópera valenciana, con resultados muy estimulantes gracias a la perfecta dicción y la afinada entonación de cada una y uno de los participantes en esta ligera y a la vez sesuda radiografía de la institución matrimonial en la aburguesada sociedad norteamericana de mediados del siglo pasado, cuando dejada atrás la guerra hizo mella en la población la censura política y sexual practicada desde el poder, siempre con el puritanismo como bandera. En este ámbito asistimos a la lucha de sexos entre un ejecutivo más preocupado por su vida laboral y social, incluido el inevitable asunto sexual extramatrimonial, que por su esposa, abnegada ama de casa, aburrida y carente del afecto marital prometido y pretendido. El hecho de que Bernstein estrenara treinta años después la ópera A Quiet Place (Un lugar tranquilo), en la que diseccionaba el devenir de esa misma pareja en edad ya madura, propició que los cuarenta minutos de Trouble in Tahiti se completaran en esta producción con el prólogo y el epílogo de esa segunda ópera de 1983, ilustrado con imágenes proyectadas que dan idea del futuro de la pareja y su hijo, con presencia pero sin voz.

El coro, ataviados con trajes de payaso, ejerció su labor acompañando con aires swing a la pareja y ilustrando sus traumas y complejos como si de una comedia griega se tratara, además de ejercer de operadores de cámara y facilitar que cada gesto y movimiento se viera plasmado también en la gran pantalla que funciona como fondo de un escenario presidido por una gran piscina y un sinfín de utillaje doméstico que funciona como metáfora de ese bienestar social al que nos abrazamos con inexplicable desesperación. Más satisfactorias nos parecieron las todavía inexpertas voces, también en lo interpretativo, que una orquesta que quizás en su obligada reducción evidenció alguna que otra puntual debilidad, lo que no afectó al disfrute del montaje en toda su extensión.

Un Ariodante adaptado a los tiempos

Ya en la sala principal – Trouble in Tahiti se representa hasta el 13 de marzo en la sala Martín i Soler del coliseo valenciano – Andrea Marcon lideró un Ariodante extraordinario a nivel musical y vocal, y que en lo escénico, a pesar de no tratarse de una producción demasiado elegante ni vistosa, acertó sobre manera en lo conceptual, dando un inteligente e imprescindible giro al drama inspirado en los cantos cuatro y cinco del Orlando Furioso de Ariosto, que a lo largo de su desarrollo fue evidenciando una rotunda llamada de atención frente a la violencia sufrida por las mujeres, tan injertada en nuestra epidermis genética que cuesta muchísimo superarla y combatirla. Para ello se echó mano de un interesante recurso en los interludios instrumentales que jalonan la función, protagonizados por marionetas magistralmente manipuladas que nos cuentan el drama con respeto al concepto original, mientras en escena vamos descubriendo que la historia toma un camino más aceptable y acorde a los tiempos. Por ello se ha ambientado en época más reciente, que no actual, aunque en lo escénico reprobamos el toque infantil a lo Siete novias para siete hermanos con el que se representa una Escocia que parece sacada de otro célebre musical, Brigadoon.

La experta y más que autorizada batuta de Marcon extrajo de la orquesta un sonido majestuoso y apabullante, especialmente palpable en unos metales rutilantes y fogosos, sin por ello traicionar el estilo inequívocamente barroco que recorrió la partitura en todo momento, aun tratándose de instrumentos modernos. Muy en sintonía con el elenco, de este destacó especialmente la voz subyugante y la interpretación ajustada de la soprano canadiense Jane Archibald como Ginebra, así como el Polinesio del contratenor francés Christophe Dumaux, con agudos poderosos y equilibrados. Ekaterina Vorontsova construyó un Ariodante convincente en presencia y de voz ágil y bien colocada, coloratura ajustada aunque voz algo más aguda de lo conveniente, lo que no impidió que su dilatada Scherza infida propiciase una ovación generalizada. También el bajo italiano Lucca Tittoto como el padre de Ginebra (lo de rey de Escocia no encaja demasiado en esta propuesta escénica) y el tenor estadounidense David Portillo como Lucranio, hermano de Ariodante, convencieron holgadamente en sus difíciles cometidos, logrando entre todos y todas una función memorable y sin fisuras en un Palau de les Arts iluminado con los colores de la bandera ucraniana, en claro contraste con la nacionalidad de la mezzo protagonista, presumimos que crítica con la criminal invasión que su país está ejerciendo sobre ese pueblo que sufre mientras los demás continuamos con nuestras vidas, miserias e ilusiones quizás a la espera de no se sabe muy bien qué incierta posteridad.

martes, 10 de diciembre de 2019

VOCES DE MUJER SILENCIADAS

Coinciden en la cartelera teatral y musical de Valencia dos espectáculos que nos llevan a hacer una reflexión sobre la voz aún silenciada de la mujer. Nadie se acuerda ya de Carmen Tórtola Valencia. Sin embargo, esta mujer nacida en el barrio de Triana, en Sevilla, fue en su época, finales del siglo XIX y primer cuarto del XX, una cotizadísima bailarina, capaz de rivalizar con Isadora Duncan o la mismísima Paulova. Creció como persona y como artista en Londres y París, fue contemporánea y compañera de inolvidables actrices y cupletistas como Raquel Meller, y destinataria de los más ardientes poemas de admiradores como Valle-Inclán, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Rubén Darío u otra gran olvidada por su condición de mujer, pero desde hace tiempo reivindicada y recuperada, Emilia Pardo Bazán. Tórtola no solo fue mujer, sino comprometida, provocadora, exótica y transgresora, y eso no se perdona a su sexo. Aunque tuvo muchos amantes masculinos, vivió casi toda su vida de adulta con otra mujer, a quien adoptó para evitar habladurías. Se declaró republicana y a favor de la independencia catalana. Incluso parece ser que custodió el corazón de Francesc Maciá, quien proclamó la efímera República Catalana en 1931 y fundó Esquerra de Catalunya, siendo sustituido a su muerte en 1933 por Lluís Companys. Todo eso no le impidió cultivar también una fuerte amistad con Pilar Millán Astray, la muy reaccionaria y monárquica autora de La tonta del bote. Muchos detalles como para no ser olvidada. La Historia, siempre tan oportuna y conveniente, silenció a Carmen Tórtola, la mujer que desafió a su época con su danza provocadora, sus ideales revolucionarios y sus preferencias sexuales. Naturalmente con todo lo que se venía encima en este desdichado país, había que silenciarla y olvidarla.
 
La ciudad de Valencia celebra estos días la figura y la trascendencia de Carmen Tórtola con una estupenda obra teatral y musical que se representa en el Rialto, sede también de la Filmoteca Valenciana, un año después de su estreno y de cosechar varios y muy merecidos premios de las artes escénicas de Levante. Begoña Tena es la autora de su excelente texto, y Rafael Calatayud lo dirige, mientras la actriz María José Peris da vida a la emblemática protagonista, secundada por Resu Belmonte como Ángeles Magret, su amor y compañera de vida, Marta Chiner sensacional como Pilar Millán Astray, y tres bailarinas que personifican distintas etapas en la vida y el arte de la homenajeada. El resultado es un apasionante, meticuloso y meritorio ejercicio de justicia, que recupera tan importante personaje para la posteridad y procura dar voz a quien fue silenciada durante tantos años de penuria emocional e intelectual, más ahora que las sombras de la intolerancia acechan tan cerca.
 
Tórtola coincide en Valencia con una suntuosa producción de Nabucco de Verdi en el Palau de les Arts, protagonizada por Plácido Domingo en su faceta de barítono encarnando al famoso rey de Asiria, Nabucodonosor. Un espectáculo operístico que estos días ha sido noticia más por su carácter morboso que el puramente artístico. Todos los medios se han apresurado a destacar el aplauso unánime y el apoyo incondicional del público valenciano al tenor, y ahora barítono madrileño, tras las enormes ovaciones recibidas en otras plazas europeas como Salzburgo, frente al desprecio que se le ha dispensado en Estados Unidos, cuna según parece del puritanismo más extremo. Todo, ya se sabe, a colación de las casi dos centenares de denuncias que antiguas aspirantes a cantantes de ópera, en su mayoría, han hecho respecto a los presuntos abusos sexuales causados por el artista. Algo que siempre se ha sabido y hoy justificamos como conductas de otros tiempos, admitidas y habituales. Incluso en estas mismas páginas hemos argumentado esa justificación y defendido la conveniencia de separar la moral y la conducta del mérito y el talento como artistas. Pero incluso a falta de juicios concretos, no hubiera estado de más no ya un mero reconocimiento o un mea culpa justificado por las circunstancias, sino una disculpa pública y una intención de resarcimiento que no se ha producido. Una vez más sin embargo son ellas las silenciadas, y su dolor sacrificado a favor del gran artista, del poderoso, de quien justamente haciendo abuso de ese poder despreció a la mujer y sus sentimientos, que ya sabemos que como ser encantador y atractivo nunca lo hizo. Puede que fuesen conductas del pasado, justificadas coyunturalmente, pero sabemos de muchos hombres que incluso entonces respetaban a la mujer y no hubiesen abusado ni de su poder ni de su presunta superioridad. El respeto ha de existir siempre, antes y ahora, no es un invento moderno.
 
Metateatro musical
 
El Nabucco de Verdi que se representa en Valencia es un espectáculo suntuoso, excelente en su vertiente musical y sorprendente en su concepción como metateatro. Asistimos a una posible recreación del estreno de la ópera en la Scala de Milán en 1842, con palcos ocupados por la aristocracia de los invasores austriacos, y una escena en la que se representa paralelamente la ocupación de los territorios hebreos por los asirios en tiempos bíblicos. La recreación pasa por decorados y vestuario tan de la época y tan del gusto americano y hollywoodiense; la eficaz producción viene de Washington, Minnesota y Filadelfia. En cierto punto el elenco se enfrenta al público figurante ataviado con ricos disfraces que recuerdan al decadente Gattopardo, dando pie a un Va, pensiero en forma de bis que ejemplifica el carácter de reivindicación que el célebre coro acuñó como canto de libertad del pueblo italiano.
 
Además de apreciar por supuesto la incandescente e inapagable voz de Plácido Domingo, que en su nueva tesitura ha perdido naturalmente algo de su característico e inconfundible timbre, pudimos disfrutar de la vigorosa y rutilante voz de Anna Pirozzi como Abigail, el aterciopelado timbre de Arturo Chacón-Cruz como Ismael, y la flexibilidad y dulzura de Alisa Kolosova como Fenena. Coros y orquesta hicieron un trabajo ejemplar, quizás algo falto de matices y sutilezas en el caso de la batuta de Jordi Bernàcer, pero en cualquier caso apoyado en un sonido soberbio y muy preciso tanto de la Orquesta de la Comunidad Valenciana como del Coro de la Generalitat. Hubo muchos aplausos y vítores merecidos a una gran leyenda imperecedera del canto lírico, para nada en la función del domingo esa rendición de pleitesía brindada al artista como compensación a los presuntos agravios perpetrados por sus víctimas y los fariseos que le han condenado, aunque nos consta que sí hubo algo de eso el día del estreno, el pasado lunes 2 de diciembre, a juzgar por las cientos de octavillas que se tiraron desde lo alto en forma de agradecimiento y devoción al gran artista. Pero no hay que olvidar que ha causado dolor y que las voces de sus denunciantes no pueden ser calladas. Nada ni nadie puede seguir legitimando el silencio de la mujer, ni siquiera la admiración que inspira y sin duda merece un artista de la talla de Plácido Domingo. Eso no solo no mitiga el dolor sino que lo acentúa, y es inadmisible.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 13 de febrero de 2018

PETER GRIMES EN LES ARTS: MAGISTRAL DEFINICIÓN DE AMBIENTE Y ESPÍRITU

Ópera de Benjamin Britten con libreto de Montagu Slater, a partir del poema "The Borough” de George Crabbe. Christopher Franklin, dirección musical. Willy Decker, dirección de escena. François de Carpentries y Rebekka Stanzel, reposición de la dirección de escena. John Macfarlane, vestuario y escenografía. Trui Malten, iluminación. Athol Farmer, coreografía. Con Gregory Kunde, Leah Partridge, Robert Bork, Dalia Schaechter, Rosalind Plowright, Giorgia Rotolo, Marianna Mappa, Richard Cox, Ted Schmitz, Charles Rice y Lukas Jakobski. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana, dirigido por Francesc Perales. Producción del Théâtre de la Monnaie, adquirida por el Palau de les Arts. Palau de les Arts Reina Sofia, sábado 10 de febrero de 2018

Lo adelantábamos en el previo que escribimos para El Correo de Andalucía, que éste sería uno de los montajes operísticos más interesantes y logrados de la actual temporada en nuestro país. Ha hecho muy bien el Palau de les Arts en adquirir como propia esta legendaria producción de La Monnaie de Bruselas, estrenada en 1994 y vista por primera vez en España tres años después en el Real de Madrid. Y ha hecho bien porque con Peter Grimes Willy Decker sumó a su ya larga serie de logros escénicos líricos, uno de los más depurados y sobresalientes, una piedra angular para entender el profundo significado de este título imprescindible del reciente repertorio operístico. Porque Peter Grimes es sobre todo una ópera de profundo contenido psicológico, y para saber transmitir todo lo que eso conlleva, incluido el sufrimiento de su protagonista y a mezquindad del vulgo al que hace referencia el poema de Crabbe en que se basa, es fundamental una buena escenografía y una sensacional dirección que cumpla con el difícil cometido, y vaya si la de Decker lo consigue.

Hay dos niveles antagónicos en esta función, el individuo y la masa. El primero es responsabilidad casi exclusiva del tenor definirlo y darle forma. Kunde demostró estar en muy buena forma en lo vocal, y desde luego saber adaptarse a la perfección al registro que exige su personaje, lejos del bel canto al que nos tiene acostumbrados. Pero eso conlleva también un tono lúgubre y ambiguo que refleje su compleja moralidad, y en ese punto al tenor americano le falló la puntería, tanto en canto como en interpretación, que fue más bien homogénea y hasta desganada. Sin embargo, el pueblo estuvo en manos del coro y los demás solistas, y aquí sí hubo acierto y triunfo, reflejando toda la miseria de los bienpensadores, los que establecen las normas por las que nos hemos de regir, practican su doble moral, también aceptada por la masa, y decide más allá del bien y el mal, marginando al rebelde. Todo eso quedó muy bien reflejado en la dirección escénica, fluida e inquietante, perfectamente coreografiada en escenas como la congregación en la iglesia o lugar de reunión y reflexión, o el carnaval final. En este punto hay que felicitar y mucho el espléndido trabajo vocal y actoral del conjunto, que junto a unas prestaciones expresivas muy a tono, precisas y muy matizadas, de la espléndida Orquesta de la Comunidad Valenciana bajo dirección de Christopher Franklin, muy familiarizado con el universo de Britten, lograron crear ese ambiente de opresión y baja moral disfrazada de políticamente correcto que la obra demanda. Eso es lo que se llama magia en el teatro, aquí extendida también a la música.

Pocos recursos necesita la escenografía y el vestuario para lograr sus cometidos, dominando los colores oscuros, los atuendos puritanos, salvo en el final de rojo intenso carnavalesco e infernal, y un muy inclinado escenario en el que los intérpretes debieron hacer maravillas para no perder el equilibrio, y que influyó en alto grado a crear esa atmósfera de inquietud que impera en toda la obra y que francamente nos aturdió tanto como impresionó. Hemos alabado las cualidades canoras de Kunde, así como sus limitaciones expresivas, pero queda reseñar también la buena labor de la soprano también norteamericana Leah Partridge, que asumió su papel desde la humildad y la comprensión hacia el protagonista, ofreciendo una voz solvente, sobrada por arriba y ajustada en graves. También Robert Bork estuvo acertado como Balstrode, amigo de Grimes, cuya voz autoritaria y con personalidad se ajustó perfectamente a la psicología de este personaje tan influyente en el comportamiento del desgraciado protagonista. Bien también el resto del elenco, con las jóvenes pertenecientes al Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo, Giorgia Rotolo y Marianna Mappa, aportando gracia y picardía al conjunto, la mezzo germano-israelí Dalia Schaechter cumpliendo con solidez su rol de tabernera no exento de cierta ternura, y la veterana Rosalind Plowright aportando elegancia y dignidad a la producción, aunque su voz acuse el desgaste de la edad. Un espectáculo ejemplar con ingredientes de gran altura, garantía para los amantes de la ópera y del drama psicológico, servido con orquesta y coros de gran calidad y una puesta en escena mágica, a la que hay que añadir una muy adecuada iluminación de carácter expresionista.

domingo, 11 de diciembre de 2016

VÍSPERAS SICILIANAS EN VALENCIA: ENCICLOPEDIA ITALIANA

I vespri siciliani, de Giuseppe Verdi. Libreto de Eugène Scribe y Charles Duveyrier adaptado por Ettore Caimi. Roberto Abbado, dirección musical. Davide Livermore, dirección escénica. Santi Centineo, escenografía. Giusi Giustiino, vestuario. Andrea Anfossi, iluminación. Luisa Baldinetti, coreografía. Francesc Perales, director del coro. Intérpretes: Gregory Kunde, Maribel Ortega, Juan Jesús Rodríguez, Alexánder Vinogradow, Andrea Pellegrini, Cristian Díaz, Nozomi Kato, Moisés Marín, Andrés Sulbarán, Jorge Álvarez, Fabián Lara. Orquesta de la Comunitat Valenciana y Coro de la Generalitat Valenciana. Coproducción del Teatro Regio di Torino y ABAO-OLBE. Palau de las Arts Reina Sofía, Valencia; sábado 10 de diciembre de 2016

Sevilla y Valencia son estos días protagonistas de dos puestas en escena de ópera muy especiales, con títulos raramente programados, por lo que acercarse a ellas constituye un privilegio que no se puede rechazar. Por eso no puedo sustraerme a decir algunas palabras sobre estas Vísperas Sicilianas de la actual temporada lírica del coliseo valenciano. Cuando Scribe eligió a Verdi para ponerle música a su drama libertario, los protagonistas eran el Duque de Alba y la dominación española sobre los países bajos, pero el compositor vio en el libreto la oportunidad de ilustrar los cambios que se estaban operando en su país, que no existía como tal pero se encontraba a las puertas de hacerlo en un proceso de conciliación de la libertad y la participación del pueblo inédito en la Europa del momento. Abordó entonces el material dramático para afrontar un encargo de la Ópera de París que debía alcanzar la grandiosidad de las óperas francesas, incluido un ballet de más de media hora en el acto III, y que contara con una escenografía grandiosa. Para su adaptación al italiano Verdi debió evitar susceptibilidades en un momento de profundos cambios, convirtiendo la época y el escenario en Portugal bajo dominación española. Tras la unificación de Italia en 1861 se volvió a la versión original francesa, traducida al italiano y sin ballet, que es la que pudimos ver en Valencia.
 
Esta producción recibió generosos vítores en 2011, cuando se concibió para conmemorar el ciento cincuenta aniversario de la unificación italiana. Por eso se trata de un compendio de tópicos, miedos y constantes del querido país en época contemporánea. Una producción que aúna con acierto y elegancia la mafia siciliana, la corrupción política, la manipulación de los medios, la herencia fascista (evidente en la arquitectura administrativa), la obsesión por el sexo y la pasarela, o el espejo de realities, shows y concursos con los que se quiere contentar a unas clases sociales proletarias cada vez más anestesiadas y amnésicas, así hasta llegar a los populismos con los que hoy parecen confundirse los alzamientos populares. Todo muy logrado y convincente, si no fuera porque con estos experimentos de traslación de momento y lugar se acaba desviando la atención de lo que realmente importa, la música, con textos que no encajan con lo que vemos, y nuestra mente centrada en comprender lo que se nos quiere transmitir. Aún así no podemos negarle al espectáculo una grandeza evidente, con una acertada dirección escénica del actual director artístico del Palau, Davide Livermore, dinámica y espectacular, y un eficiente trabajo de figuración en el que destacaron unos muy bien entonados y afinados coros, a pesar de que en ciertos pasajes sonaron descompasados con respecto a la excelente Orquesta de la Comunidad, dirigida con acierto y un notable conocimiento de una partitura de tan fino anclaje, audaces matices y fuerza melódica y armónica por parte de Roberto Abbado.
 
También las voces acompañaron eficazmente al conjunto, si bien salimos algo decepcionados con el trabajo de la jerezana Maribel Ortega, en quien depositábamos muchas esperanzas. Su proyección se resiente cuando se mueve entre los registros más graves, como ocurrió en su aria del primer acto, mientras funciona mejor cuando se mueve en registros más amplios, como en el dúo de amor del segundo o sus intervenciones en el acto final, donde demostró ser capaz de controlar la voz incluso en los agudos más intrépidos. Gregory Kunde volvió a exhibir una voz de amplios recursos, que modula con dominio y solvencia, pero acusa exceso de temperamento tanto en su actuación como en su expresividad canora. Más convenció el Monforte de Juan Jesús Rodríguez, que supo combinar rigor y severidad con nobleza y ternura, dejando claro por qué su papel es uno de los más apreciados para barítono del repertorio verdiano. Pero quien más ovaciones recibió fue el Procida de Alexánder Vinogradow, a pesar de que en su aparición en el segundo acto nos pareció algo inexpresivo y monótono. Sin embargo hemos de reconocer que fue quien mejor mantuvo en todo momento una línea de canto firme y homogénea. Especialmente prodigioso nos resultó cuando en el cuarto acto cantó tumbado boca abajo, incluida la cabeza, sin que eso mermara ni un ápice su potencia canora. Los múltiples recursos técnicos y artísticos a disposición de una vistosísima puesta en escena, y estos valores musicales que indudablemente pudimos disfrutar en estas vísperas valencianas, hicieron que el espectáculo mereciera sin duda la pena.