Para su tercer programa del ciclo
sinfónico, la orquesta ofreció dos visiones distintas y complementarias del
arte compositivo ruso, dos épocas también muy distintas, el zarismo con el que
convivió Chaikóvski y la revolución que sufrió Shostakóvich. Épocas convulsas
ambas, cada una a su modo, que representan parte
de la compleja historia rusa y que sus representantes musicales diseñaron
de forma tan certera como deliberadamente incisiva.
Para dar forma al acontecimiento se contó con György Ráth, de nuevo director invitado de la formación sevillana, con
la que tan bien sabe sintonizar, que conoce además el terreno y sabe sacarle
todo el partido que requiere, como demostró acompañando con mimo y deleite al violinista y, sobre todo,
firmando una antológica y muy meditada
interpretación de la Sinfonía nº 5 de
Shostakóvich, la más programada de su fascinante ciclo sinfónico junto a la muy
efectista y popular nº 7 Leningrado.
Un violinista con impulso y coraje
Aclamado y laureado en plazas y certámenes, el violinista ucraniano Valeriy Sokolov se hermanó en este
concierto con la música eminentemente rusa en un ejercicio de confraternización
tan oportuno como emotivo, echando la vista atrás a una época en la que ambos países vivieron bajo la misma bandera
obligados por los opresivos, aunque de distinta índole, regímenes. La suya fue
una interpretación frecuentemente
aristada, recreando con su violín un sonido en general poco complaciente
pero deslumbrante a nivel técnico.
De hecho, para el compositor se trataba de una página de rutilante virtuosismo, inspirada por la Sinfonía española de Lalo. El suyo fue
el primer concierto para violín ruso que se impuso en el repertorio del
instrumento. En el allegro inicial, algo lento para nuestro gusto, Sokolov
se mostró seguro y flexible, pero ya con ese sonido romo y un punto áspero que
caracterizó su estilo, y enfrentándose a la difícil aunque poco inspirada
cadenza de forma brillante y responsable.
Logró que la canzonetta sonara
hermosa y nostálgica, siempre bajo un control
absoluto que se tradujo en la seguridad con la que abordó el largo trino
que sirve de transición a un allegro
final tan llamativo como centelleante y
vivaz, logrando elevarlo por encima de su discutible calidad. Remató con un
final de intenso y acrobático impulso
dinámico, realzado con cierto frescor popular, avivado con el más que
competente y disciplinado acompañamiento de la orquesta y la complicidad absoluta de la batuta.
Una quinta atinada y desoladora
Quizás por esa deliberada intención de Shostakóvich de complacer a quienes
tanto le criticaron por su atrevida Lady
Macbeth de Mtsensk, la aparentemente accesible Sinfonía nº 5 cuenta con una mayor
divulgación que el resto de su vasto catálogo sinfónico. Aquí la hemos
disfrutado en muchas ocasiones, pero quizás fue ésta la que más nos ha conmovido,
gracias a una respuesta de Ráth tan equilibrada en lo formal como en el
contenido, estudiada a fondo para lograr extraer de la misma toda la rabia y amargura que encierra
tras unos mimbres aparentemente inofensivos.

György Ráth logró que la pieza sonara discretamente
ácida y definitivamente atractiva, con cierto nerviosismo angustiado en el moderato inicial, alternando serenidad
con puntuales estallidos de fuerza,
especialmente logrado en la rabiosa y exacerbada marcha con ese punto ragtime
que tanto encandila a mitad del movimiento. El trabajo de la flauta, el clarinete y la cuerda grave ayudó sobremanera a
generar este clima angustiado puntualmente aliviado con brotes de serenidad. El
final, con el solo agudo del violín y la cromática
aportación del arpa y la celesta, fue sencillamente brillante.
Un allegretto conciso y despreocupado, cargado de
humor pero exento de la vulgaridad con la que lo abordan otros, posiblemente
con acierto, dio paso al lirismo y la
meditación con la que el director acertó a recrear el intenso y conmovedor largo,
una angustiosa página que entronca con la estética chaikovskiana, y que de
nuevo se benefició de imponentes aportaciones del arpa, la flauta y el oboe.
Lástima que aquí reaparecieran las temibles e impertinentes toses y otros
indescriptibles ruidos que tanto agreden
al talento y el ingenio de la partitura. Antes, en el concierto de
Chaikóvski, Ráth tuvo el acierto de parar los aplausos entre el primero y el
segundo movimiento.
En el último, fueron los metales
quienes se impusieron, sin fisura alguna, haciendo alarde de una fuerza y
una seguridad extraordinarias. Ráth fue capaz de insuflar la página de un ritmo vitalista y contundente,
aparentemente fiestero pero definitivamente ácido, cargado de ironía hasta su deslumbrante y apoteósico final,
consiguiendo que su aparente triunfalismo sonara más bien desolador y hasta cierto punto desgarrador.
Fotos:
Luis Prieto FernándezArtículo publicado en
El Correo de Andalucía