Éste era en esta ocasión una
estrella en su género, Daniel Lozakovich, un joven violinista de carrera
fulgurante y características extraordinarias desde muy temprana edad, lo que le
ha convertido en uno de los más
solicitados por las más prestigiosas batutas y conjuntos. Nos complace
tanto que la Sinfónica pueda contar con un nombre así en su temporada, que nos
planteamos una y otra vez si la poca
entusiasta reacción que provocó en nosotros responde a factores ajenos a
una atenta escucha, la que sin duda brindamos a su particular comparecencia junto
a la ROSS.
En el programa, dos partituras muy
frecuentadas por ésta y otras orquestas en nuestra ciudad en los últimos
quince años. El concierto de Beethoven
lo interpretó Michael Barenboim junto a la West-Eastern Divan y su padre en
2019, mientras la OJA tuvo al alcalareño Javier Comesaña como solista en abril
de 2024, sólo dos meses después de que Sergei Dogadin lo interpretara junto a
la ROSS y Marc Soustrot.
Por su parte, la primera de Brahms
ha sido interpretada hasta cuatro veces por la ROSS en este periplo, con
Rodrigo Tomillo en febrero de 2021, Soustrot en 2022, John Axelrod en 2017 y un memorable Pedro Halffter en 2011.
Además, la escuchamos con Oksana Lyniv y la Orquesta de la Fundación
Barenboim-Saïd hace apenas año y medio, en un concierto en el que curiosamente
el hijo de Daniel Barenboim interpretó el concierto de Mendelssohn.
Se trata sin embargo de dos piezas
tan perfectas, magistrales, que no nos cansamos de disfrutarlas en casa o
en compañía, con la estimulante sensación del directo, y esta vez el aliciente
añadido de un comportamiento prácticamente
ejemplar del público.
Una ambiciosa lectura del Concierto de Beethoven
Habitualmente considerado un soplo
de felicidad y un poema amoroso, el de Beethoven sigue siendo hoy el más
admirado de cuantos conciertos se han escrito para el violín, exigiendo altas dosis de virtuosismo y expresividad.
Ambas condiciones las reúne de sobra el joven violinista sueco Daniel
Lozakovich (el apellido le viene por su padre bielorruso), pero utilizadas acaso con ciertos aires caprichosos y
un gusto estético que a nosotros nos ha parecido discutible.
No podemos negar que el sonido se
mantuvo siempre hermoso y homogéneo, marcando mucho las dinámicas y jugando
continuamente con cambios impactantes de registro, además de manifestar un legato sin fisuras, aunque sin lograr transmitir
ese sentimiento profundo y espiritual
de los dos primeros movimientos. Las cadencias derrocharon energía de resortes
zíngaros, frente al tono lánguido,
demasiado delicado y ensimismado que imperó en el desarrollo de la pieza.
Lozakovich afrontó con acierto los arabescos entrecortados y los elocuentes
silencios que salpican el larghetto, marcando sólo parcialmente su carácter de
romanza. No atisbamos, sin embargo, esa atmósfera de felicidad e intensa
poesía que demanda la partitura. En el rondó
final apareció por fin el solista que no
pretende sino sólo ejecuta, mostrando un contundente pulso atlético y mayor
nivel de sinceridad, limitándose a cantar
libre y desenfadadamente su agitada gramática.
A todo ello se plegó Albrecht con sumisa
disposición, manteniendo un diálogo cómplice con el personal violinista
que, a pesar de la entusiasta respuesta del público, se hizo de rogar para
afrontar en la propina a Bach, con largas
y muy meditadas frases.
Una Sinfonía de Brahms sólida y robusta
Sentimos especial debilidad por su tercer movimiento, un poco allegretto e grazioso, por motivos estrictamente
personales. Si lo encontramos en su punto
justo de luminosidad, con esa fragancia a aire fresco que lo caracteriza,
quedamos completamente satisfechos. Y fue así como lo resolvió Albrecht. El
resto, todo bien construido y asegurado,
aunque la de ayer fue una de esas ocasiones en las que los metales no respondieron
al máximo nivel, algo chillones y
agresivos en el allegro inicial,
con puntuales desajustes en el movimiento final.
El director optó por tempi
rápidos, especialmente apreciable en el andante
sostenuto, tan opuesto a la fórmula desplegada antes en Beethoven. No
por ello sacrificó calidez y refinamiento en este hermoso
movimiento. El resultado global fue satisfactorio, sin grandes sorpresas ni
alardes añadidos, con franqueza, sinceridad y ninguna intención de epatar. La solemnidad y la brillantez se hicieron
paso en un allegro non troppo
coronado con un intenso y efervescente final.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía










