Guion y dirección Fernando Franco Fotografía Santiago Racaj Música Maite Arroitajauregi Intérpretes Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Luis Callejo, Ramón Barea, Pablo Gómez-Pando, Nacho Sánchez, Santiago Mayorga, Antonio Zafra, Itziar Aizpuru Estreno 5 junio 2026
Asistimos estos días estupefactos a las exacerbadas muestras de cariño a un Papa de recorrido todavía muy breve, al que tantos confían sus bebés para que los bendiga, muchos de los cuales, si no se pone remedio definitivamente a esta lacra, podrían acabar siendo víctimas de los abusos sexuales de la Iglesia Católica, sobre la que el pontífice apenas se ha referido de manera tímida y velada, mientras sólo se ha reunido con un par de asociaciones de víctimas, por cierto las más domesticadas por la propia institución, mientras ha despreciado por supuesta falta de tiempo en tan apretada agenda, al resto, muy indignados. Este es el panorama que vivimos en un país presuntamente laico y aconfesional, que sin embargo ha puesto toda la carne en el asador para agasajar al Papa y sus fanáticos feligreses, tan responsables como el que más del dolor y el sufrimiento que millones de niños y niñas han sufrido en manos de aquéllos a los que la institución ha obligado a un absurdo celibato. Observamos que el drama se repite de manera idéntica en todos los países, gracias al bendito cine que tanta mella hace en nuestro ánimo. Basta recordar la estupenda Spotlight para encontrar más puntos en contacto que diferencias con esta nueva película del sevillano Fernando Franco. Pero es que también El club de Pablo Larráin muestra cuestiones que surgen también aquí, y comprobamos así que el modus operandi es calcado en unos y otros países, y que la protección al delincuente ha sido inversamente proporcional a la dispensada a las víctimas, muchas de las cuales han quedado marcadas para toda la vida, si no la han perdido en el intento de sobrevivir al horror y la incomprensión.
En este contexto de amargura se mueve la nueva película del director de La herida, La consagración de la primavera y Subsuelo. Decidido a escarbar en algunas de las miserias más absolutas del ser humano, le toca el turno a esta vergüenza que no merecería más que el desprecio absoluto y la desconfianza total frente a quienes se erigen en líderes de nuestra espiritualidad. Y para eso fija su atención en un sacerdote abusador que, en vísperas de soltar el hábito y rehacer su vida junto a un joven amante inmigrante, descubre que sus crímenes del pasado le van a pasar cuenta ahora que la Iglesia se ve obligada a hacer el paripé de turno.
Le presta rostro un Alberto San Juan en posición algo impostada, seguramente por la convicción de que está interpretando a alguien que interpreta, por lo que de continuo muestra gesto de estupefacción frente a denuncias y reproches. Hay quien ve en su peregrinaje por instancias eclesiásticas y víctimas denunciantes, un particular vía crucis, pero nosotros preferimos ver una estructura narrativa precisa y muy bien articulada, en torno a un guion modélico y unas interpretaciones muy logradas. Lástima que su carácter obligadamente didáctico y su diatriba esperanzadora, esa luz que el propio título promete, se extinga y malogre debido a un final tan poco adecuado, tan equivocado, aunque en él se haga hincapié en esa feligresía tan responsable como la propia institución que para tantos ha sido un verdadero infierno.






