Antonini
y su conjunto, en esta gira española que les llevará también a Barcelona y
Madrid, propone un monográfico sobre
Vivaldi, Il prete rosso, con el
protagonismo absoluto de toda una diva de la ópera, la soprano rusa Julia Lezhneva, virtuosa absoluta en la
mejor tradición de otras ya míticas como Cecilia Bartoli, con quien a pesar de
su distinta tesitura es inevitable compararla. Y es que la voz de soprano de
Lezhneva posee un rango tan amplio
que le permite acometer sin dificultad arias concebidas para mezzosoprano. Ha
llegado incluso a interpretar a Cherubino en Las bodas de Fígaro, y muchas de las arias que presentó en este
concierto fueron grabadas por la Bartoli
con el mismo conjunto y director hace un buen puñado de años.
En
el apartado estrictamente instrumental, Antonini marcó acentos y dinámicas, haciendo de la obertura sinfonía de L’Olimpiade un dechado de agilidad y virtuosismo, con un andante más bien levitado y un allegro molto final fulgurante. Iguales
sensibilidades y formas se pudieron apreciar en los conciertos para cuerda y
continuo RV 134, ya interpretado en la comparecencia de hace cuatro años, y RV
157, mientras el Concierto RV 90 Il Gardellino
lo despachó el propio Antonini de forma sobresaliente, con su flauta dulce
sopranino, un vertiginoso fraseo y
agilidades propias del mejor ruiseñor.
Una voz dotada para el fuego y el sentimiento
El
conjunto y su director se adaptaron como
un guante a la voz protagonista, gracias a la colaboración que mantienen
desde hace tiempo tanto en disco como en concierto. Un habitual de nuestra
escena, varias veces director invitado de la Barroca, Stefano Barneschi, ejerció de concertino y nos regaló junto Marco
Bianchi un dúo de excepción en el dulce y cálido Zeffiretti che susurrate, de la ópera Ercole sul Termodonte, que Lezhneva cantó con gracia y mucha finura.
La
soprano arrancó su participación muy
arriba, atreviéndose con un aria de bravura y exigente coloratura, Destino avaro de La fida ninfa, sin calentar aún la voz, lo que derivó en cierta
asfixia y un legato no muy definido.
Poco necesitó, sin embargo, para reponerse y no decaer ya en ningún momento a lo largo del extenso recital. Más
cerca de una mezzo en esta primera aria, Alma
opressa de la misma ópera acusó un registro
más próximo a su tesitura natural, y unas agilidades ya más asentadas,
siempre vivas y tempestuosas.
Y
así procedió el largo recital, más de hora y media programada, que se extendió al menos media hora más con
seis generosas propinas, la más popular Lascia
la spina, hermana gemela de Lascia
ch’io pianga, para el oratorio Il
trionfo del tempo e del disinganno. Pero las delicias del público, que no
cesó de aplaudir fogosamente, las hicieron las arias de bravura repletas de
inflexiones y agilidades que fue enlazando
sin atisbo de fatiga, de Agitata da
due venti de Griselda a Un pensiero nemico di pace del mismo
oratorio haendeliano, precioso solo de Giulio
Padoin al violonchelo incluido. El resultado, dos horas y media, más la
media del intermedio, de catártico canto
apasionado salpicado de emotivas expresiones
de dolor y esperanza.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía










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