martes, 13 de abril de 2021

PROMENADE PIANO DUO Y LA EMOCIÓN HECHA MÚSICA

Ciclo Alternativas de cámara, en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Pilar Martín y Álvaro Saldaña, pianos. Programa: Sonata K448 en re mayor, de Mozart; Praphrase on Dizzy Gillespie’s Manteca Op. 129, de Nikolai Kapustin; Tres danzas andaluzas, de Manuel Infante; Carmen Fantasy, de Greg Anderson; La Valse, de Ravel. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, lunes 12 de abril de 2021

Para su esperado debut en el Maestranza de la mano de Juventudes Musicales de Sevilla, la joven pareja integrada por la malagueña Pilar Martín y el toledano Álvaro Saldaña, bajo el nombre de Promenade Piano Duo, optó por piezas de un eclecticismo considerable pero sin traicionar en ningún momento la fuente original. No se echó mano aquí de transcripciones y adaptaciones varias que permitieran desglosar un abanico más amplio de posibilidades que las que brinda el sucinto repertorio concebido para doble teclado. Dos obras maestras absolutas, otra de considerable proyección internacional y otras dos basadas en piezas externas, integraron un hermoso y ecléctico programa en el que incluso la versión para dos pianos de La valse es original de su autor. 
Pilar Martín lució además de un refinado y potente pianismo, una notable capacidad para la elocuencia, y demostró tirar del carro e imponerse en un tándem en el que no obstante su compañero también aprovechó la oportunidad para lucir sus notables habilidades al teclado.

La exhibición comenzó con puro clasicismo, la Sonata K448 de Mozart, compuesta para acompañar el estreno de su Concierto para dos pianos, cuando el compositor tenía veinticinco años. Muy satisfecho debía estar de esta pieza cuando la mantuvo tanto tiempo en un repertorio que acostumbraba a renovar constantemente, y es que la pieza potencia un aire de interactuación dramática sumamente atractiva, forzando la grandilocuencia unas veces, el lirismo otras. Ellos optaron más por lo primero, dejándonos unos movimientos extremos enérgicos y dinámicos, caracterizados por su claridad y trasparencia, convenciendo en su capacidad de imitación y sumando en general fuerzas, haciendo a menudo que pareciera un muy potente instrumento único, sin traicionar su espíritu galante y profundo sonido. Al andante central le faltó quizás un poco más de poesía, si bien acertaron en su estilo relajado y elegante. Tras la sonata, con intención fuertemente contrastante, interpretaron una Paráfrasis del compositor ruso Nikolai Kapustin, a partir del clásico del jazz afrocubano Manteca, que en realidad se refiere a la marihuana y fue una idea original del percusionista Chano Pozo por indicación del trompetista Dizzy Gillespie, Mofletes, para ser interpretada por su banda con intenciones de lucha antirracista. Una pieza que apenas deconstruye el original y se revela más bien como mera reducción y transcripción del mismo, y que los pianistas desarrollaron con mucha agilidad, fuerza, encomiable sentido del ritmo e irreductible espíritu jazzístico.

En un segundo bloque, Martín y Saldaña cambiaron radicalmente de registro, también con éxito, abordando las Danzas andaluzas del ursaonense Manuel Infante, cuya carrera transcurrió prácticamente en su integridad en París. De cierta proyección internacional gracias a la atención que le dispensó José Iturbi en conciertos y grabaciones, el nacionalismo de Infante se hace evidente en cada nota, que el dúo desgranó con ímpetu y sobresaliente sentido del color, exhibiendo gracia y mucha alegría en su particular Vito final. El todavía joven compositor y pianista americano Greg Anderson pasea su virtuosismo junto a su compañera Elizabeth Joy Roe por toda América, frecuentemente con obras de propio cuño, muchas de ellas en forma de fantasías y variaciones sobre temas ajenos. Carmen Fantasy es una de ellas, pero no el típico trabajo para lucimiento técnico de puro virtuosismo; se trata más bien de una pieza que analiza la partitura de Bizet, profundiza en su espíritu y drama, echando a menudo mano de ideas y acordes originales, y facilita a los intérpretes un sinfín de posibilidades para exhibir tanto dinamismo como recogimiento e intimismo, todo lo cual encontró eco en una perfecta simbiosis y un calculado ejercicio de introspección musical. Hay una singular ruptura en la partitura, justo después de la célebre Habanera, que el respetuosísimo público supo adivinar que no se trataba del final, evitando así el incómodo aplauso a destiempo.

Pero lo mejor sin duda fue La valse, concebida para orquesta, transcrita para piano y arreglada también para doble teclado por el mismo autor, en una versión que potencia todavía más el carácter puntualmente irascible, generalmente dramático y pesimista de una pieza que empezó siendo un homenaje al vals vienés y acabó convirtiéndose en un desgarrado grito por el dolor generado por la Primera Guerra Mundial. Martín y Saldaña matizaron cada nota y detalle, con el único reproche de no invertir suficiente sensualidad en la primera exposición del melódico tema principal. El resto fue pura adrenalina, una poderosa suma de fuerzas y una sintonía extraordinaria para lograr eso que el título del concierto prometía, una experiencia catártica. Ante el entusiasmo generado, despacharon dos propinas en forma de miniaturas, la Pavana de la bella durmiente de Ravel y El corazón del poeta de Grieg, ya con una estética más relajada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 11 de abril de 2021

CUÑADOS Una comedia amable y diferente

España 2021 95 min.
Dirección
Toño López Guion Araceli Gonda, Pepe Coira, Jorge Coira y Alfonso Blanco Fotografía Jaime Pérez Fernández Música Santi Juli e Iván Laxe Intérpretes Xosé A. Touriñán, Miguel de Lira, Federico Pérez, Eva Fernández, Iolanda Muiños, María Vázquez, Mela Casal, Paku Granxa, Brais Yanek, Patricia Torres, Manolo Cortés, Ivo Bastos, Nuno J. Loureiro, Antía Touriñán, Avelino González Estreno 9 abril 2021

El término cuñados se ha puesto muy de moda en los últimos años para designar un tipo de comedia ibérica en la que los protagonistas, ya sean familiares o amigos, adoptan esa singular relación parental que parece tener una serie de connotaciones muy particulares que provoca meteduras de pata y situaciones ridículas tan del gusto de la comedia patria. Aquí sin embargo los cuñados lo son de verdad y no encontramos en su espíritu ni en la forma la sucesión de gags más o menos afortunados que caracteriza a películas como Lo dejo cuando quiera, una de las últimas cintas que acuñan sin prejuicios el término aludido.

Por el contrario nos encontramos ante una película sólida, bien construida desde los cimientos, con una buena trama que disfruta de ingeniosos giros y divertidas situaciones, y un elenco excepcional que aprovecha su encantador acento, aun exhibiéndose en su versión doblada, y sobre todo una considerable amabilidad en el conjunto, nada de esos malos rollos y faltas de respeto que caracteriza a nuestro cine en más ocasiones de las deseables, especialmente en la comedia de hechuras televisivas. Esta no lo es, a pesar de que su director se ha cultivado en ese medio a lo largo de lo que llevamos de siglo, y que está coproducida por el ente público y la televisión autonómica gallega.

Vinos, buenas viandas, especialmente pulpo, y bellos paisajes aurienses ornamentan esta divertida y cien por cien disfrutable película, cuyos autores han tratado por fin a sus actores y actrices con cariño, sin estridencias ni chabacanerías. Por aquí pasan temas como la corrupción empresarial, el fanatismo deportivo (por una vez baloncesto, menos mal, entre tanto futbolero), el matriarcado (especialidad gallega) y las crisis de pareja, entre otras cuestiones. Pero todo con la dosis suficiente de amabilidad y empatía, sin extremos ni intención de filosofar o postular, con esa deseable liviandad que no reste importancia al conjunto pero tampoco lo malogre innecesariamente, y por supuesto que respete al público. 

Ayuda que la mayoría de rostros sean desconocidos, algunos ni siquiera resultan familiares. También lo hace ese aire próximo a la comedia rural y costumbrista británica que expide toda la función, quizás por la proximidad geográfica y lo poco acostumbrados que estamos en estas lindes a ver buen rollo, amabilidad y sana comicidad en nuestro cine. En este sentido pueden incluso comparar el cartel publicitario con el de la película Despertando a Ned.

MARIE, PECADORA Y EN VÍA CRUCIS

Ópera de Germán Alonso con libreto de Lola Blasco. Germán Alonso, dirección musical. Rafael R. Villalobos, dirección escénica y vestuario. Emanuele Sinisi, escenografía. Felipe Ramos, iluminación. Con Nicola Beller Carbone, Xavier Sabata, Pablo Rivero Madriñán, Juia de Castro, Luis Tausía y la voz de Lola Blasco. Ensemble Proyecto Ocnos. Producción del Teatro Real y el Teatro de la Abadía. Teatro Lope de Vega, sábado 10 de abril de 2021

El caso del peluquero Johann Christian Woyceck, que asesinó a su compañera sentimental y fue ejecutado en 1824, suscitó un importante debate científico sobre la naturaleza de su execrable acto y sus facultades mentales, que germinó en la novela que el joven médico y escritor Georg Büchner esbozó años después bajo la tesis del asesino inocente, y derivó cuarenta años después en el drama escénico de Karl Emil Franzos, que confundió la y del nombre por una z, inspirando la ópera de Alban Berg que pasó así a denominarse Wozzeck. Aquella década de los veinte del pasado siglo, con las heridas de la Primera Guerra Mundial sin cerrar y la crisis económica y laboral que provocó un empobrecimiento todavía más rotundo de la clase trabajadora, propició que el compositor se centrase más en el retrato del protagonista como un pobre diablo, un trabajador hundido en la miseria y la desesperación, cuya naturaleza sufriente le llevara también a asesinar a su pareja instigado por unos celos irrefrenables. Un comportamiento enfermizo durante siglos redimido y sujeto a la piedad y la comprensión, que dio lugar incluso a la catalogación de este tipo de nauseabundos crímenes con la coletilla de pasionales.

La dramaturga Lola Blasco tuvo la feliz idea de contar la historia de Woyceck desde el punto de vista de ella, Marie, maltratada y asesinada como lo siguen siendo una insostenible multitud en la actualidad, lo que nos ha llevado a una profunda reflexión y un cambio radical en el tratamiento del problema, a su reeducación y a cuestionarnos los parámetros y pilares que sustentan una sociedad incuestionablemente machista, lastrada por siglos de dominación del hombre sobre la mujer, con la aquiescencia de la Iglesia y el pretexto, como muy bien señala Blasco en su muy trabajado texto, del control de la Naturaleza, y con ello de la mujer como portadora de vida que es. No encontramos sin embargo en esta contraópera el reverso prometido, la versión de ella como víctima, mientras asistimos incrédulos de nuevo a la caracterización de su verdugo como persona inestable, malograda por la sociedad y la religión, omnipresente mediante una enorme cruz y la palabra pecado asaltando nuestros oídos continuamente. Y nos preguntamos ¿no va siendo hora ya de condenar esos pilares machistas y vaticanistas al olvido, a ignorarlos, despreciarlos? ¿Acaso no veníamos a escuchar y sentir la posición de la víctima, no a ver sufrir al asesino y admitir sus taras e inseguridades? Se ha perdido la posibilidad de convertir a Marie en una mujer actual, que disfruta de su cuerpo y sexualidad como hemos disfrutado siempre los hombres, sin por ello tener que seguir siendo prostituta y cocainómana, sin condenarla ni cuestionarla. Parece mentira que los y las responsables de este proyecto ronden los treinta años; no pueden evitar seguir reproduciendo los cánones de esas sociedad podrida que paradójicamente pretenden denunciar.

Fallido en lo conceptual, soberbio en lo escénico y musical

Sabata y Carbone
Al margen de estas consideraciones de índole ideológico y conceptual, nos hallamos ante un espectáculo teatro musical de primer orden, que atrapa al público de inicio a fin, se hace corto y atrae por sus formas y perfecto acabado, así como por el rico texto que la propia autora declama en un alto porcentaje, que aunque no atine en muchos de sus postulados, integra ideas y narraciones muy interesantes. El elenco cumple igualmente con un excepcional trabajo, gran parte de cuyo mérito se lo debemos sin duda al director de escena, un Rafael Villalobos que encuentra en este espectáculo la horma de su zapato y le permite crear prácticamente desde la nada un trabajo meditado y enérgico a la vez. Lástima que entre esa sucesión de lugares comunes volvamos a ver sobre las tablas la desnudez integral de la mujer, mientras el hombre se las ingenia con posturas diversas para invisibilizar sus genitales. Pero todos, cantantes, actores y actrices, componen un trabajo sobresaliente en un escenario en el que la cruz da ciertamente mucho juego, y la iluminación consigue armonizar el resultado, singularizar el espectáculo y sugerir los estados de ánimo de los personajes. Destaca también en este sentido el uso de luces estroboscópicas, destellos turbadores cuyo efecto se avisa puede afectar a algunos y algunas espectadoras. Una cruz que simboliza ese vía crucis en el que Berg confesó en su día haber estructurado su ópera, con catorce escenas hasta llegar a la muerte del protagonista, como las catorce estaciones en que se divide el camino de Jesucristo hacia el Gólgota, y que debería en esta ocasión ilustrar el tormento de Marie, por mucho que siga sugiriéndonos de nuevo el de su verdugo. Demasiada iconografía religiosa todavía a estas alturas, cuando deberíamos estar más ocupados en avanzar, progresar y acabar con estas lacras en un nuevo mundo libre de supersticiones, amenazas del más allá y miedos impostados.

Marie ante el espejo
Villalobos aúna aquí dos de sus últimas colaboraciones, con Sabata en aquel discutible Viaje de invierno de finales de 2019, y con Proyecto Ocnos en el ambicioso Hafune de finales de 2020. Por su parte, el compositor Germán Alonso vuelve a colaborar con Proyecto Ocnos tras el controvertido y para muchos fascinante The Sins of the Cities of the Plain en el que brilló la parte solista de El Niño de Elche. Con Marie, Alonso logra una partitura brutal, compacta y radicalmente atractiva, presente no solo en los números cantados sino en gran parte de los declamados, y sirviendo de telón de fondo a la voz grabada de la autora. Sus giros, inflexiones, cambios de registro, efectos, distorsiones y yuxtaposición de instrumentos y sonidos grabados y electrónicos, producen una amalgama perfectamente dosificada y organizada para provocar tanta emoción y reacción como el propio texto, con la humildad de quien persigue precisamente eso y poco más, y el éxito de lograr sintonizar con las y los oyentes, así como con la estética del conjunto. Funciona por lo tanto como ópera en estricto sentido y como música incidental en los momentos puramente teatrales. A ella se amoldan perfectamente la soprano Nicola Beller Carbone y el contratenor Xavier Sabata, ambos luciéndose también en un trabajo actoral intenso y físicamente extenuante, y él además exponiendo su voz a continuas inflexiones y cambios de registro, desde su tesitura habitual al canto natural y la impostura diabólica. Tanto ellos como los tres actores que les acompañan, desdoblándose en varios personajes, desde prostitutas al capitán, la doctora, el chulo, el juez o unas limpiadoras perfectamente prescindibles, lo más flojo de la función, realizan espléndidos trabajos de interpretación dentro de un espectáculo que habría sido redondo de no ser por ese defecto conceptual que hemos intentado explicar y desarrollar.

Fotos: Teatro Real
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 10 de abril de 2021

LA NUBE Catástrofe familiar

Título original: La nuée
Francia 2020 100 min.
Dirección
Just Philippot Guion Jérôme Genevray y Franck Victor Fotografía Romain Carcanade Música Vincent Cahay Intérpretes Suliane Brahim, Marie Narbonne, Victor Bonnel, Sofian Khammes, Raphael Romand, Nathalie Boyer Estreno en Francia 4 noviembre 2020; en España 9 abril 2021


Presentada en Cannes y en Sitges, donde obtuvo los premios del Jurado y mejor actriz, La nube es el segundo largometraje de Just Philippot, francés enamorado de la ciencia ficción y el terror cuya ópera prima permanece inédita entre nosotros. Ya en una de sus Cuatro historias fantásticas nos hablaba de una nube, en este caso ácida, y ahora se adapta al cine de plagas de insectos con un sello personal bastante inquietante, que de seguir así podría confirmar la buena mano que tiene para el género fantástico y de terror.

Una madre viuda y sus dos hijos, una de ellas en esa edad difícil de la adolescencia, intenta sobrevivir criando saltamontes con fines comestibles, especialmente para ganado. La película inmediatamente hunde sus raíces en ese cine de catástrofes de efímera existencia que inundó nuestros cines en la década de los setenta del siglo pasado, aunque con un espacio escénico más rural del que solía protagonizar aquellos icónicos títulos. Incluso coincide en su título internacional, The Swarm, con una de esas películas míticas, El enjambre, producida como El coloso en llamas y La aventura del Poseidón por Irwin Allen. Como en aquellas cintas, hay una trama personal e íntima que sirve como pretexto para desarrollar luego lo que verdaderamente importa, el apocalipsis y sus consecuencias entre la población. Pero Philippot le da la vuelta a la tortilla y hace que sea precisamente esa trama personal, en este caso familiar, el detonante verdadero y la pulsión definitiva de su película, mientras la catástrofe se convierte en metáfora de esa insostenible situación humana sufrida especialmente entre madre e hija. En este sentido, fastidia que una vez más sean ellas las detonantes de la tragedia, las inestables y desquiciadas, dejando para los personajes masculinos, aunque secundarios, un papel más redentor y conciliador, evidente en el caso del inmigrante agradecido a la joven viuda.

Con todo lo verdaderamente interesante del film es su capacidad para generar tensión sincera y verdadera, que permanezcamos todo el tiempo expectantes ante la sorpresa inevitable e intrigados ante el devenir de los acontecimientos, algo a lo que contribuyen desde luego las muy acertadas interpretaciones del elenco pero también un uso muy inteligente y bien dosificado del sonido y la música, creando un ambiente malsano, a veces irrespirable, en consonancia con la grave amenaza que se cierne sobre los protagonistas y su ambiente, y que el equipo técnico resuelve con unos muy aseados y eficaces efectos especiales.

viernes, 9 de abril de 2021

LIBERTAD Cabalgando sin rumbo

España 2021 200 min.
Dirección Enrique Urbizu Guion Miguel Barros y Michel Gaztambide Fotografía Unax Mendía Música Mario de Benito Intérpretes Bebe, Isak Férriz, Jason Fernández, Xabier Deive, Jorge Suquet, Sofía Oria, Luis Callejo, Pedro Casablanc, Manolo Caro, Ginbés García Millán, José Sospedra, Antonio Velázquez, Roger Casamajor, Kandido Uranga Estreno en cines y en Movistar+ 26 marzo 2021

No salimos de nuestro asombro ante la excelente acogida que ha tenido lo último del director de La caja 507 y No habrá paz para los malvados entre la crítica. El público sin embargo no parece haberle dado mucho crédito, y así se nos ha escapado el montaje cinematográfico, de forma que hemos optado por la serie con una hora más de duración, aunque a estas alturas seguimos sin estar muy seguros de si lo estrenado en salas es un montaje diferente y complementario o simplemente una versión reducida de la serie. De cualquier forma seguimos atónitos porque desde el primero hasta el último de sus cinco capítulos no hemos cambiado de parecer, y si hemos seguido depositando nuestra confianza en ella es por nuestro sentido de la responsabilidad.

Porque lo cierto es que nos ha parecido un bodrio descomunal, una historia muy mal contada, a trompicones, sin explicaciones, sin definiciones convincentes de personajes, mal resuelta, mal hecha, con mala leche por todos lados, sin resquicio para algo de emotividad o de sentimiento. Vamos, lo peor de lo peor para retratarnos, y dicen que renueva un género perdido, el de bandoleros, que debería estar a la altura de los westerns. Pues sinceramente preferimos con creces Curro Jiménez, por muy naif que pueda parecernos. Al menos era consciente de su objetivo, entretener, y lo cumplía con creces. Pero lo de Libertad es un despropósito continuo, un quiero y no soy capaz, ¿quizás una denuncia? ¿un retrato de lo miserable que es este país y su nauseabunda gente? No se entiende a dónde van los personajes ni por qué se encuentran continuamente, sin que se haya trazado un itinerario convincente de la inexplicable persecución a la que son sometidos, con un continuo va y viene de los mismos personajes siempre, estén estáticos en un escenario o moviéndose continuamente por maravillosos paisajes muy bien fotografiados, quizás lo mejor de la función junto a la eficiente actuación de Bebe, que para no ser actriz profesional se defiende bastante bien, y sobre todo de Isak Férriz, todo un valor en alza.

Y no digamos su banda sonora, omnipresente y a menudo descontextualizada, e incluso mal interpretada. Dicen que si es un western gay, pero eso se reduce a una anécdota, y feminista, cuándo y por qué, ni la referida ni la caprichosa hija del rico hacendado son paradigmáticas, si acaso acusan comportamientos masculinos. O no entendimos nada o hemos perdido la onda.

miércoles, 7 de abril de 2021

WOLFWALKERS Cuento celta en torno a la empatía

Título original: WolfWalkers
Irlanda-Reino Unido-Francia 2020 103 min.
Dirección
Tomm Moore y Ross Stewart Guion Will Collins, Tomm Moore, Ross Stewart y Jessica Cleland Música Bruno Coulais Voces (en versión original) Honor Kneafsey, Eva Whittaker, Sean Bean, Simon McBourney, Tommy Tiernan, Maria Doyle Kennedy Estreno en el Festival de Toronto 12 septiembre 2020; en Irlanda 4 diciembre 2020; en España (internet) 11 diciembre 2020


Con esta película Tomm Moore se consolida como el más importante animador irlandés, y como en sus anteriores trabajos echa mano de la mitología celta para construir un cuento tan educativo como revelador de una cultura ancestral. Wolfwalkers amplía y mejora el universo creado con cintas como El secreto del libro de Kells y La canción del mar, siguiendo los mismos cánones estilísticos y narrativos de aquellas, y contando para ello también con la música del francés Bruno Coulais, que contribuye sobre manera a definir ese estilo visual y sonoro tan característico del autor, esta vez codirigiendo con Ross Stewart y logrando con la gesta una nominación al Oscar en el apartado de mejor película de animación.

En Wolfwalkers Moore y Stewart nos hablan del hostigamiento de Irlanda por los ingleses ya en tiempos remotos, enfocándolo desde el punto de vista de unas inocentes niñas y una manada de lobos temidos y perseguidos hasta la extinción, que las niñas, desde diferentes bandos, tendrán que evitar. La cinta despliega mucha magia y creatividad tanto en el diseño de personajes y espacios, siempre desde una óptica que recuerda la iconografía celta y a la vez permite acción y perspectivas asimilables por los más pequeños. Pero quizás lo más relevante de la función es que dibuja un discurso muy constructivo alrededor de la empatía y el entendimiento, haciendo que los personajes adopten la figura y la psicología de los temibles lobos con el fin de ponerse en su piel y entender sus reivindicaciones, algo así como ingleses e irlandeses obligándose a entenderse y respetarse mutuamente.

El conjunto funciona no obstante con limitaciones, ya que el exceso poético tanto en el diseño como en el discurso llega a hacerse un poco pedante, y tampoco logra superar ese lastre presente también en la niña protagonista, una pesada irredenta que hace flaco favor al género y la edad. Con todo un espectáculo original, sorprendente y creativo, aunque por momentos llegue a resultar moderadamente aburrido en sus frecuentes caídas de interés y tensión.

martes, 6 de abril de 2021

LA MEJOR JUVENTUD

Concierto de la Orquesta Joven de Andalucía. Claudio Constantini, bandoneón y piano. Sarah Ioannides, dirección. Programa: Concierto homenaje a Astor Piazzolla, de Constantini; Oblivion, de Piazzolla; Rhapsody in Blue, de Gershwin; Sinfonía nº 9 Op. 95 en mi menor “del Nuevo Mundo”, de Dvorák. Teatro Central, lunes 5 de abril de 2021


Cuando creíamos que el cierre del Maestranza nos privaría un año más del feliz encuentro con los y las jóvenes intérpretes de nuestra tierra, la Junta vino al rescate tras el despropósito que ella misma propició y reubicó la cita en el Teatro Central. La acústica no es la misma, es un teatro muy dotado y vanguardista para muchas disciplinas, pero en acústica sinfónica el del Paseo Colón no tiene rival; no obstante el resultado fue una vez más milagroso y sorprendente. La capacidad de nuestros jóvenes para emocionarnos y hacernos más felices no tiene parangón, y otra vez lo demostraron en un concierto bendecido además por
un programa precioso y generoso como hacía mucho tiempo que no disfrutábamos.

Descubrí Oblivion, una hermosísima página cargada de nostalgia y sensibilidad, en los títulos de crédito finales de La mejor juventud, una mini serie italiana que aquí se estrenó en cines y narraba con altas dosis de emotividad la historia reciente de Italia a través de dos hermanos con caminos muy dispares. Desde entonces, sea por el recuerdo de esa pequeña obra maestra o por la belleza de la pieza de Piazzolla en sí, siempre me emociono cuando la escucho, más si se interpreta con la elegancia y la sensibilidad con la que lo hizo Constantini, magníficamente arropado por la sensual cuerda de la joven orquesta. Sirvió para homenajear al gran compositor argentino cuando hubiera cumplido cien años, a lo que el pianista, bandoneonista y compositor peruano añadió un concierto de su propia cosecha tan atractivo como brillante y estimulante. Siguiendo la estructura clásica de tres movimientos, uno lento entre los dos extremos, la pieza fue defendida con un alto nivel de compromiso por los atribulados integrantes del conjunto orquestal, con especial mención a maderas y cuerda grave, proporcionando cuerpo y musculatura a una obra en la que el propio Constantini ejerció de solista exhibiendo una elasticidad y maestría al bandoneón que se saldó con una lectura vibrante de su obra, paradigma de la belleza porteña, su expansiva emotividad y considerable calidez, muy bien articulada, muy melódica, imaginativa y decididamente eficaz.

Contó para ello con la impagable complicidad de la directora australiana Sarah Ioannides, experta americanista con un excelente disco con música de John Corigliano en su haber, que siguió con mimo y respeto la intervención de Constantini y lo arropó con amplio sentido idiomático en una Rapsodia en blue atacada por el joven intérprete, ahora como eficiente pianista, desde el respeto, siguiendo escrupulosamente la partitura sin añadidos ni florituras, tan habituales cuando es un jazzista, como él, quien la interpreta. A destacar aquí el excelente trabajo de la orquesta, como si llevaran toda la vida familiarizados con este sonido entre el jazz, el swing, Broadway y la música sinfónica. Ferde Grofé, Paul Whiteman y el propio Gershwin hubieran flipado a buen seguro con esta versión. Antes de que volvamos a encontrarnos con Constantini en el Espacio Turina el próximo viernes, presentando junto a Louiza Hamadi su nuevo disco, 20th Century Tango, nos brindó al piano una propina, una miniatura dedicada al pianista Gil Evans, tan cargada de emotividad como el resto del programa.

Y ya en su segunda parte, Ioannides ofreció una robusta recreación de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák, prestando especial atención a cada familia instrumental, y muy especialmente a sus numerosos solistas, quienes se lucieron a gusto, logrando en conjunto transmitir esa sensación de amplitud y asombro que expide una partitura que el compositor bohemio concibió como regalo de agradecimiento y álbum de sensaciones provocadas por esa tierra generosa que osamos llamar nueva, olvidando toda su historia y cultura indígena. Ioannides se mantuvo contenida en el majestuoso allegro inicial, cálida y transparente en un largo construido con reveladores silencios y un sentido prodigioso del equilibrio instrumental, trepidante y vivaz en el scherzo y tan dinámica como expansiva en el fogoso allegro final, a todo lo cual la plantilla se adaptó con un amplio sentido de la claridad y una responsabilidad encomiable. La fiesta terminó con un alegre pasodoble, Amparito Roca, ya sin batuta y con esa exultante ilusión que caracteriza a la mejor juventud.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía