Todavía
con el recuerdo del concierto que el trompetista Pacho Flores y el director
Manuel Hernández Silva nos brindaron junto a la ROSS hace exactamente un año, el Maestranza volvió a llenarse de ritmo y
color con un concierto en el que el primero de los conciertos que Shostakóvich
dedicó al violonchelo, con toda su rabia y dolor concentrado, se vio rodeado de
una enorme descarga de adrenalina. Pura
fiesta de los sentidos en forma de ritmos latinos, a los que la joven plantilla
respondió con todo el entusiasmo y la
alegría que el programa exigía.
Lástima
que una ocasión tan señalada no se viera
favorecida por un aforo completo. Observándose tantos asientos vacíos, fue
inevitable pensar en los muchos y muchas aficionadas que dejaron pasar la oportunidad de disfrutar con tan suculenta oferta.
No es suficiente con destinar un considerable y necesario presupuesto a la
excelente formación que reciben estos jóvenes músicos. Las instituciones deben
después disponer de un aparato de
divulgación fuerte y adecuado para que el esfuerzo llegue después al
público y los medios como sin duda merece.
Un
embajador convencido y un chelista excepcional
Haciendo
alarde de ese carisma que caracteriza a los norteamericanos, pues no olvidemos
que no sólo los estadounidenses merecen calificarse así, el insigne Carlos
Miguel Prieto ilustró cada pieza con ahínco y espontaneidad, introduciéndonos
la rica y autóctona percusión que
debía presidir la pieza de Chávez, y que luego iría reapareciendo en momentos
puntuales del resto de páginas programadas, así como invitándonos al final del
concierto a entonar la célebre cuenta y posterior declamación de ¡mambo! que hiciera célebre Pérez Prado.
Todo siempre con una elegancia y un
dominio de la elocuencia como sólo ellos son capaces de desplegar.
Del
fundador de la Orquesta Sinfónica de México, Carlos Chávez, la OJA interpretó su Sinfonía India, número dos de un catálogo de seis. Una obra breve pero muy completa, ya que sigue
los movimientos clásicos de una sinfonía pero sin solución de continuidad. Una
pieza que utiliza instrumentos de
percusión yaqui, una comunidad de
Sonora asentada en los márgenes del río del mismo nombre. El maestro, que
consolidó el movimiento musical
nacionalista en su país, encontró una respuesta enérgica pero equilibrada
de cada familia instrumental, muy especialmente de una sección de percusión que nunca antes se había lucido tanto en
los tradicionales conciertos del Lunes de Pascua.
Una
exhibición de sobrecogedora
incertidumbre en la que el clarinete también supo lucirse ampliamente, así
como una trompa que aunque no siempre acertó en el tono justo, desarrolló
también una labor estremecedora. Después, Cañón-Valencia remató con una cadencia desgarradora, en la que los silencios
pesaron tanto como la compleja retórica que la informa. Así hasta desembocar en
un finale excesivo y espectacular, donde lo humorístico se dio la mano con lo
grotesco al más puro estilo del atormentado compositor ruso, aunque sin llegar nunca a la socarronería con
la que otras batutas lo despachan. El joven solista interpretó después como
propina una pieza de su propia cosecha, Ad
noctem, en la que coquetea con la literatura bachiana para entregarse a las esencias y ritmos de su
tierra.
Ritmo
trepidante
Muy
interesante la pieza del contemporáneo puertorriqueño Roberto Sierra, Fandangos,
en el que al modo de un La valse de
Ravel, deconstruye esta forma de cante y baile, hincando sus raíces en Soler y
Boccherini y logrando una hipnótica
cascada de sensaciones en la que la percusión juega también un papel
destacado. El autor reafirma así su querencia por el barroco, a lo que la OJA
bajo la mirada atenta de Prieto, respondió con idéntica disciplina que la desplegada en las páginas anteriores, y
una capacidad para emocionar sólo al alcance de los más curtidos.
Otro
joven, Jaime Cobo, integrante del
proyecto de formación de directores de la OJA, fue el encargado del Intermedio y Danza de La vida breve de Falla, que resolvió con
profesionalidad y sentido dramático,
dejando su huella en un feroz centro de la famosa danza. Después, todo se tiñó
de fiesta y felicidad en la sorprendente
pieza de la compositora mexicana Gabriela Ortiz, Antrópolis, en referencia a los antiguos antros de la capital en la
que brillaban los sones autóctonos e importados, tal como se observó en una vibrante pieza en la que cumbia y mambo
encontraron en la OJA y su flamante director el vehículo perfecto de expresión,
lo que se notó especialmente en la
alegría y la complicidad con la que abordaron la página. A destacar el trabajo de los timbales, especialmente el encargado de las generosas partes solistas de esta singular pieza.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía












