jueves, 13 de mayo de 2021

ES LO CONTRARIO DE UN ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

Ópera Innova. Teatro musical. Música y libreto de César Camarero sobre “Los ciegos” de Maurice Maeterlinck y textos de “88 sueños” de Juan Eduardo Cirlot. Juan García Rodríguez, dirección musical. Zahir Ensemble: Alfonso Rubio, flauta; Carlos Lacruz y Félix Romero, clarinetes; Ángel Luis Castaño, Raquel Ruiz y Jesús Mozo, acordeones; José Tur, Agustín Jiménez y Darío Vallecillo, percusión; Óscar Martín, piano; Aglaya González, viola; Aldo Mata, violonchelo; Juan Ignacio Perea, electrónica; Cristóbal Romero, ingeniero de sonido. Intérpretes: Antonio Pereña, Fernando Fernández, Juan Carlos León, Carlos Canalejas, Silvia Micó, Soledad Molano, Carlos Galindos y Julio Cuder. Producción del Teatro de la Maestranza. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, jueves 13 de mayo de 2021

Perdonen que haya echado de tópico para titular esta reseña, refiriéndome a esa famosa novela de José Saramago en la que a través de la enfermedad se analizaba la miseria moral y el egoísmo de la sociedad actual. También la ceguera es el eje central del nuevo trabajo del reputado César Camarero, pero él se ha basado en una obra maestra del teatro simbolista de finales del siglo XIX, Los ciegos de Maurice Maeterlinck, donde un grupo de personas invidentes se encuentran perdidas en una isla, sin saber por qué ni cómo, tras haber sido abandonadas por el guía del sanatorio en el que se encuentran recluidas. Precisamente ahora que hasta la Constitución se pretende modificar para adaptarse al lenguaje inclusivo, denominando personas con discapacidad a quienes hasta ahora se consideraban disminuidas, sumergirnos en la rutina sensorial de personas invidentes debía servirnos para potenciar otras capacidades, aumentar nuestro sentido de la percepción y prestar mayor atención al oído gracias a una experiencia inmersiva. Algo así como hacernos sentir personas con capacidades diversas, que sería en definitiva el término más adecuado.

Para ello Camarero, con la impagable ayuda de Juan García Rodríguez y el imprescindible Zahir Ensemble, que suma así otro reto a tantos ya apuntados, nos invita a cerrar los ojos, claro está con ayuda de un antifaz, y apreciar así con una atención menos dispersa y más condicionada, el sonido de la música, el sentido de las voces y sus palabras, y sobre todo el espacio en el que se desarrolla una leve trama con reminiscencias de Esperando a Godot, a la que nos acercamos a través de nuestra imaginación. Hay tantos Es lo contrario como espectadores se dejan seducir por su propuesta, mientras al contrario que en un espectáculo convencional, aquí somos nosotros los observados y no al revés, acrecentando nuestra vulnerabilidad e inseguridad ante la incertidumbre de qué está realmente pasando a nuestro alrededor.

Sin embargo la experiencia no es novedosa. Aun recuerdo hace muchos años asistir a un espectáculo de La Fura dels Baus en el Teatro Central totalmente a oscuras, mientras los actores y actrices nos manipulaban con su habitual violencia. Y no son pocos los compositores que obligan estrenar sus obras en la oscuridad más absoluta para potenciar la comunión perfecta entre oyentes y música. En esta ocasión el experimento funcionó relativamente, según la disposición emocional de cada persona del público, unos más proclives a la dispersión, otras por completo entregadas a la experiencia. Y aunque pudiera parecer que este espectáculo de teatro musical no necesita puesta en escena, todo lo contrario, el emplazamiento de los músicos en plataformas alrededor del público, y las voces distribuidas por todos los rincones de la sala, contribuyen a provocar todo ese cúmulo de pretendidas sensaciones, con mayor o menor fortuna.

Hay sin embargo mucho lamento y sensación de pérdida y frustración en este grupo de invidentes imaginados por Maeterlinck hace más de un siglo. No hay en su obra ese análisis de las capacidades diversas que hoy caracterizan al colectivo y cuya traslación a nuestra relativa normalidad, si alguna vez existe algo normal, parece perseguir la función de Camarero. Además los diálogos en ocasiones parecen perderse en el espacio y bajo la profusa instrumentación. Zahir Ensemble por su parte logra que la música de Camarero suene a él, a su sello inconfundible, a esos planos sonoros lineales, casi homogéneos, sin apenas texturas, sin apenas contrastes, con notas sostenidas interminables que potencian la sensación de inquietud, a veces insostenible, que caracteriza su música. Sonidos solo esporádicamente interrumpidas por ataques severos e injerencias de diversa índole, desde el ladrido de un perro al llanto de un niño, la rotura de cristales o las pisadas sobre hojas secas que pretende imitar un plástico frecuentemente arrugado, aunque más bien nos recuerde lo mucho que molesta la desenvoltura de un caramelo en pleno concierto. Y entre tanto sonido y sampler, un magnífico trabajo de Cristóbal Romero, el ingeniero de sonido, alguno destinado a situarnos en un escenario exótico, como ese Sweet Leinani de corte hawaiano que Bing Crosby cantaba en Waikiki Wedding y que le valió a Harry Owens un Oscar a la mejor canción en 1937.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

ESTRENO EN SALAS DE BORRAR EL HISTORIAL

 Reseña de la película, estrenada en el Festival de Cine Europeo de Sevilla el 8 de noviembre de 2020

miércoles, 12 de mayo de 2021

SAINT-NARCISSE Extravagancia erótico-festiva

Canadá 2020 101 min.
Dirección
Bruce La Bruce Guion Martin Girard y Bruce La Bruce Fotografía Michel La Veaux Música Christophe Lamarche-Ledoux Intérpretes Félix-Antoine Duval, Tania Kontoyanni, Alexandra Petrachuk, Andreas Apergis, Jillian Harris Estreno en el Festival de Toronto 10 septiembre 2020; en el Festival Andalesgai de Sevilla 8 mayo 2021


En la abultada filmografía del director canadiense Bruce La Bruce abundan los films de temática gay con aspecto muy bizarro (Gerontophilia, Otto, The Raspberry Reich), incluso con protagonistas provenientes del cine porno homosexual como Tony Ward (Hustler Ward) o François Sagat (Flea Pit). Pero tampoco él escapa a una relajación de las formas y cierta depuración estética no exenta de frivolidades y excentricidades de distinta índole.

Sin embargo lo que más llama la atención en esta nueva extravagancia homoerótica es su ingenuidad, casi como un cuento moral en el que un joven enamorado de sí mismo encuentra el alter ego perfecto en la persona de un hermano gemelo desconocido. Cabe percibir en este vehículo para el disfrute desprejuiciado y poco ambicioso influencias de los más básicos Brian De Palma y Dario Argento, mientras las convenciones y lugares comunes del género se dan la mano en esta absurda nadería directamente conectada con ese recurrente icono religioso gay por antonomasia que es San Sebastián.

AQUELLOS QUE DESEAN MI MUERTE Habilidad para inquietar

Título original: Those Who Wish Me Dead
USA 2021 100 min.
Dirección
Taylor Sheridan Guion Michael Koryta, Taylor Sheridan y Charles Leavitt, según la novela del primero Fotografía Ben Richardson Música Brian Tyler Intérpretes Angelina Jolie, Finn Little, Nicholas Hoult, Jon Bernthal, Aidan Gillen, Tyler Perry, Medina Senghore, Jake Weber Estreno en España 7 mayo 2021; en Estados Unidos 14 mayo 2021


Taylor Sheridan se convirtió para algunos en director de culto tras sorprender con Wind River. Su combinación de thriller y naturaleza se repite ahora en este regreso a las pantallas de Angelina Jolie con papel de mujer traumatizada por un suceso del pasado que encuentra una posibilidad de redención a través de la ayuda a un niño en peligro. Traumas y redención vuelven así a ser ingredientes predilectos de un género que no consigue salirse de unas pautas muy trilladas y molestas.

Lo que más llama la atención de esta película por el lado positivo es su habilidad para generar un desasosiego y una considerable inquietud prácticamente desde el primer minuto, convirtiéndose en una entretenimiento no apto para cardíacos, un film ideal para pasar un mal rato. Por el lado negativo sorprende su base literaria, capaz de aglutinar tantos tópicos y disparates como para malograr las posibilidades que la buena dirección de Sheridan y el competente trabajo del equipo técnico y sus protagonistas habrían generado. Lástima que tratándose de un film de supervivencia y que sus protagonistas, especialmente las mujeres, sean expertas en ello, apenas asomen técnicas novedosas y sorprendentes sobre la materia y todo se reduzca a la habitual persecución sin cuartel de malos contra buenos, con catástrofe de por medio que no viene sino a aumentar la falta de plausibilidad del conjunto por acumulación de infortunios y su facilona resolución.

Aquí también hay McGuffin hitchcockiano, pero apenas se revela su identidad ni tan siquiera al final, con lo que su argumento queda bastante deshilachado. Funciona únicamente como hábil entretenimiento y perfecta excusa para pasarlo mal, quedando tantos detalles por perfeccionar que el conjunto acaba resultando decepcionante y algo indigesto.

martes, 11 de mayo de 2021

EL OLVIDO QUE SEREMOS Santo y mártir laico

Colombia 2020 136 min.
Dirección
Fernando Trueba Guion David Trueba, según la novela de Héctor Abad Faciolince Fotografía Sergio Iván Castaño Música Zbigniew Preisner Intérpretes Javier Cámara, Juan Pablo Urrego, Nicolás Reyes Cano, Patricia Tamayo, María Tereza Barreto, Clara Londoño, Elizabeth Minotta, Kami Zea, Camila Zarate, Whit Stillman, Laura Rodríguez, Luz Myriam Guarin, Aida Morales, Gustavo Angarita Estreno en Colombia 22 agosto 2020; en España 7 mayo 2021

Se nos escapan las razones que han llevado al cine colombiano a confiar en Fernando Trueba para dirigir esta película sobre uno de los hombres más emblemáticos de la lucha reciente en ese país por los derechos humanos y las causas humanitarias. No tanto si en lugar de venderla como una película de encargo lo hubiesen hecho mejor como un proyecto personal del director de Belle Époque para el que ha encontrado financiación en el país que fue patria de Héctor Abad Gómez y su hijo, cuya mirada plasmada en una novela autobiográfica se convierte en narradora de tan entrañable historia. La participación de David Trueba en el guion, que no colaboraba con su hermano desde La niña de tus ojos, hace que la balanza se decante por la segunda hipótesis, dado el carácter afable y eminentemente humanista del realizador de Vivir es fácil con los ojos cerrados. Suya puede ser también la responsabilidad de que Javier Cámara tome las riendas de este proyecto, en un registro muy diferente al que nos tiene acostumbrados, y con resultados altamente estimulantes.

Pero Trueba se ha decidido por el melodrama familiar y romántico más que por la crónica política y social que un personaje como éste demandaba. A la vez la película se erige como un canto de amor de un hijo hacia su padre, repitiendo ese esquema que tanto sorprendió en la inigualable Un lugar en el mundo, donde no asistíamos a ningún acontecimiento del que su infante protagonista no hubiera sido testigo directo. Aquí dos actores incorporan al único hijo entre una pléyade de hijas, el más pequeño con más fortuna que el mayor, pero en cualquier caso dando relieve humano y sentimental a este personaje tan agradecido por haber recibido de su padre una educación en valores fuera de los tradicionales y especialmente los religiosos. Los Trueba lanzan una fina lluvia de estos valores, sin profundidad ni análisis, desde la generosidad y el compromiso con el prójimo al cultivo de los bienes espirituales por encima de los materiales, en un claro ejemplo de progresía burguesa que poderes públicos y capos del narco prefirieron tildar de marxista. Esa lucha por una sanidad universal que encabezó el reputado médico se diluye entre tanto episodio entrañable y melodramático familiar.

No encontramos así en el conjunto un estudio considerable de la situación del país y la época, fundamentalmente década de los setenta del pasado siglo, sino más bien un culebrón familiar en la línea de un Cuéntame como pasó pero con producción de mayor empaque y algunas soluciones estéticas que pretenden proporcionar modernidad a un producto previsiblemente anticuado, un poco rancio. Se agradecen no obstante sus buenas intenciones, el cariño depositado en la empresa tanto por su equipo técnico como por el artístico, y el extraordinario trabajo de un Javier Cámara que merecía haberse lucido en un producto de mayor alcance y relieve.

lunes, 10 de mayo de 2021

AL VOLVER A LA VIDA

8º concierto del Ciclo de música de cámara de la ROSS. Vladimir Dmitrienco y Jill Renshaw, violines. Jerome Ireland y Carlos Delgado Antequera, violas. Nonna Natsvlishvili, violonchelo. Lucian Ciorata, contrabajo. Programa: Quinteto en Do mayor Op. 163 D.956, de Schubert; Sexteto nº 2 en Sol mayor Op. 36, de Brahms. Espacio Turina, domingo 9 de mayo de 2021

Hemos renegado durante mucho tiempo de que en Sevilla prácticamente solo tuviésemos acceso a la música de cámara a través del ciclo que desde hace tres décadas le brinda la Real Orquesta Sinfónica. Problemas mayormente de presupuesto impidieron durante los últimos y muchos años que recalaran con más asiduidad en nuestra ciudad los grandes conjuntos y solistas del género. Sin embargo durante esta insólita época de pandemia y confinamiento hemos llegado a apreciar en su justa y meritoria medida la labor realizada por los maestros y maestras del conjunto sinfónico, y valorar el privilegio que para nosotros y nosotras supone contar con tan alto nivel de excelencia técnica y expresiva, una vez más puesta de manifiesto en este octavo concierto de la temporada. Una entrega que sirvió además para conjugar muchas emociones, especialmente el tan esperado levantamiento del estado de alarma, eso que nos devuelve la libertad que algunos reivindicaron recientemente con los mismos criterios partidistas con los que hoy critican la decisión del gobierno. Una libertad que a la vista de las primeras reacciones, sobre todo del sector más joven de la población, no parece se vaya a saber manejar con la responsabilidad que la situación demanda. No es el caso de estos calculadísimos encuentros culturales en los que la seguridad y el sentido común priman sobre cualquier otra consideración. Eso sí es libertad aplicada con buen criterio e inmejorable razonamiento.

En ese contexto seis excelentes músicos de la ROSS elevaron a la altura de la excelencia dos grandes obras maestras del romanticismo, el segundo Sexteto de Brahms y el Quinteto de Schubert, invirtiendo con buen juicio el orden originalmente previsto. Teniendo en cuenta que el Quinteto de Schubert supone una primitiva aproximación al espíritu romántico decimonónico, compuesto en 1828, el mismo año de su fallecimiento, y que inspiró como Beethoven y Haydn el trabajo de Brahms, este sería el orden perfecto. Además se trazaba así una narrativa muy acorde a los tiempos que vivimos, con esa profunda reflexión schubertiana a las puertas de la muerte convertida en desenfadada literatura en manos de Brahms, como esa recurrente luz al final del túnel que empezamos a ver pero que no podrá evitar que acabemos acariciando la figura de la guadaña, como acaba de hacer Caballero Bonald o hizo Ennio Morricone hace casi un año, dejando la esperanza de la vida tras la muerte con su legado, que en el caso del segundo se tradujo en un sentido homenaje en forma de propina. De su interminable catálogo Nonna Natsvishvili interpretó arropada por sus colegas el tema principal de La Califa, película que protagonizó Romy Schneider en 1970, y que también sirvió para celebrar el cumpleaños de la violonchelista de la ROSS. Como decía, muchas emociones en escena.

Reflexiones sobre la muerte y la vida

El Quinteto de Schubert es una obra grandiosa y profunda en todos los sentidos. Ofrecida con el contrabajo sustituyendo al segundo violonchelo, gracias a una cuidada transcripción de Lucian Ciorata, la pieza cobró aún más relieve, cuerpo y significación. Eso no impidió que Dmitrienco tomara las riendas de la obra y protagonizara un primer movimiento que empezó crispado y continuó haciendo gala de un mayor lirismo y contención sonora. El reforzamiento de los graves potenció también ese ensanchamiento casi sinfónico que caracteriza la pieza, aumentando su suntuosidad, lirismo y vivacidad. De un amplio aliento sinfónico y un acertado desarrollo basado en la yuxtaposición de planos sonoros en el allegro inicial, el conjunto pasó a un más desesperado y fantasmal que melancólico y conmovedor adagio, tal como seguramente debió entenderlo Woody Allen a la hora de elegirlo para ilustrar el carácter atormentado del asesino al que daba vida Martin Landau en la excelente Delitos y faltas. Más desprejuiciado, poniendo el acento en el colorido y la fogosidad, resultó el scherzo, con un gran contraste entre la exuberancia de los extremos y la misteriosa contención del trío central. Y decididamente desenfadado el final vigoroso de espíritu zíngaro que cierra la obra, donde primó el ritmo frenético y un espíritu ingenuo, amable y popular. Una variedad de posibilidades y sensibilidades que el conjunto supo captar a la perfección en un alarde de compenetración y trabajo en equipo.

Los sextetos de Brahms se definen por ser más desenfadados y alegres que la mayor parte del resto de su producción. Así ocurre en este segundo dulce y distendido que muchos apuntan se dedicó a Agathe von Siebold, una supuesta novia del autor cuyo nombre Dmitrienco, en otro alarde suyo de espontaneidad y simpatía, confesó no lograr encontrar entre las notas del primer movimiento, como así se asegura. Aquí los seis integrantes del conjunto supieron expresar el carácter sonriente y distendido de la pieza, así como su inspiración cálida y poética, mientras el contrabajo de Ciorata contribuyó a potenciar su línea melódica, la riqueza de sus texturas y su claridad estructural, de nuevo sustituyendo al violonchelo original. Lució todo el intenso lirismo y ambiente rústico y pastoril del primer movimiento, así como la elaborada riqueza contrapuntística del scherzo, pero el adagio resultó demasiado inseguro e impreciso, perdiéndose ese tono ligeramente doloroso que la página sugiere. Aunque de menor calidad que el resto de la partitura, el allegro final sirvió para que el conjunto recuperara el ímpetu y la energía demostrada a lo largo del resto del estimulante concierto.

Fotografías: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 8 de mayo de 2021

EL INEXPLICABLE INFLUJO DE LA LUNA

X Festival Encuentros Sonoros. Gohai Ensemble Project. Marta Knorr, mezzosoprano. Rafael de Torres, director. Juan Ronda, flauta. Antonio Salguero, clarinete. Mariarosaria D’Aprile, violín. Aglaya González, viola. Israel Fausto Martínez, violonchelo. Miguel Ángel Acebo, piano. Programa: Pierrot Lunaire Op. 21, de Schoenberg; #Lorca Revisited#1 y #2, de Miguel Gálvez-Taroncher. Espacio Turina, viernes 7 de mayo de 2021


Parece mentira, pero esta Tres veces siete poemas de Pierrot Lunaire de Albert Giraud (Dreimal sieben Gedichte aus Albert Giraud’s Pierrot Lunaire) sigue resultando a día de hoy tan enigmática como indescriptible, tanto en su vertiente poética como estrictamente musical. Cada nueva interpretación en concierto se convierte automáticamente en un acontecimiento, a pesar de que inexplicablemente nuestro oído y sensibilidad sigue sin acostumbrarse a estos parámetros musicales tan alejados de la melodía y la tonalidad, lo que no fue obstáculo para que esta cita del imprescindible festival
Encuentros sonoros contara con una asistencia aun siendo tímida, mayor que otras propuestas del mismo. Después de elevar el expresionismo musical a lo más extremo, llevando las experiencias de Wagner y Debussy a sus últimas consecuencias, Schoenberg revolucionó definitivamente la composición musical, aportando el atonalismo, con este Pierrot Lunaire estrenado en 1912 en Berlín y que ayer pudimos volver a disfrutar en Sevilla después de no sé cuántos años sin hacerlo.

Para la ocasión se contó con el conjunto granadino Gohai Ensemble, cuyo nombre hace referencia a las puertas del sueño, construidas de cuerno y de marfil (Gates of Horn and Ivory). Su creador, el valenciano afincado en la ciudad de la Alhambra Miguel Gálvez-Taroncher, aprovechó la ocasión para estrenar un díptico propio en torno a poemas de juventud de Lorca, que funcionaron como interludios entre las tres partes en que se divide la pieza de Schoenberg. Sin embargo sobre el escenario pudimos ver entre los ocho músicos convocados, instrumentistas, director y voz solista, a varios de los más reputados intérpretes que ejercen su trabajo en Sevilla, como Juan Ronda a la flauta, Antonio Salguero al clarinete, Israel Fausto Martínez al violonchelo, y al violín Mariarosaria D’Aprile, que esta mañana además repite escenario con Tommaso Cogato y una estética completamente diferente, las sonatas de Brahms, en un saludable alarde de puro eclecticismo. Vaya por delante nuestro aplauso a los ocho integrantes del proyecto por poner sobre el escenario tan emblemática pieza, y particularmente a conjuntos como el liderado por Gálvez-Taroncher por seguir apostando por la música del último siglo y acercarla al público. En este sentido aplaudimos también la gestión de un espacio público como el Turina por promover estas estéticas sin hacer caso al concepto rentabilidad, al menos no la económica, que sí la cultural y educativa.

Martha Knorr
Sin embargo lamentamos reconocer que en esta apuesta por Schoenberg y su paradigmática pieza las cosas no funcionaron como debían. La mezzosoprano asturiana Martha Knorr, célebre por su compromiso con la música contemporánea en grabaciones y conciertos, se adhirió al proyecto con su voz pequeña e insuficientemente proyectada, que aunque de timbre precioso y articulación ágil y flexible, quedó eclipsada por el resto del conjunto, que el joven director Rafael de Torres, muy involucrado también en la escena musical y universitaria de Granada, dirigió con demasiado brío y afición por la estridencia. Se juntaron hambre con necesidad y resultó un Pierrot Lunaire confuso y desvirtuado, y es que precisamente su estilo Sprechstimme, entre hablado y cantado, se resintió de una voz que quedó frecuentemente en un segundo plano. Además Knorr, muy libre de hacer su propia interpretación de la partitura, optó, siempre dentro de los ritmos y alturas especificadas en la partitura, por una estética dulce y aterciopelada lejos de la agresividad e ironía, entre grotesca y sardónica, que caracteriza el diálogo que entabla el patético arlequín con la influyente luna, desapareciendo de paso cualquier reminiscencia del cabaret vienés que presenta la obra.

Pierrot Lunaire es drama además de pieza de concierto, pero su discurso sobre el amor, el sexo, la religión, el crimen, el regreso al hogar y el acecho del pasado, quedó velado por esta interpretación algo fuera de estilo y destemplada, sin suficiente imaginación o creatividad. Faltó quizás un mayor número de ensayos por parte de los atribulados y siempre excelentes a nivel técnico integrantes del conjunto. Pero si alguien se pasó por alto los pertinentes ensayos fue el personal encargado de proyectar los subtítulos, hasta el punto de que malogró definitivamente la propuesta dramática y narrativa de la función. Entradas a destiempo, adelanto de acontecimientos, idas y venidas de rótulos, hacia adelante y hacia atrás, pérdida continua del hilo narrativo... continuos desajustes que hicieron aun más inexplicables los mensajes contenidos en los poemas de Giraud convenientemente traducidos en su día por Otto Erich Hertleben. Un inconveniente que se repitió también en los dos interludios musicales que estrenó Gávez-Taroncher en torno al poemario lorquiano de juventud, resueltos con un lenguaje musical harto convencional dentro del sello vanguardia. Piano, en el #2 tocado desde la cuerda, y voz declamada y cantada con efectos ritardandi, buscaron su sitio entre los tres bloques que componen la pieza de Schoenberg, añadiendo un efecto más disfuncional que práctico a la propuesta.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía