Sólo
con que esos incondicionales de la música de cine hubiera hecho sus deberes,
las entradas al concierto de la Sinfónica de Londres se hubieran agotado a los dos días de ponerse a la
venta, como ocurrió hace un par de temporadas con la Filarmónica de Viena,
o sucedió con Anna Netrebko o Cecilia Bartoli recientemente. Al margen de estas
consideraciones cinéfilas, hay mucho público aficionado a la música clásica en
la ciudad como para haber dejado pasar
la oportunidad de rendirse a esta orquesta que, a pesar del paso de los
años y el cambio continuo de plantilla, sigue exhibiendo una pureza de sonido y una maestría al alcance de pocas formaciones
a nivel global.
Dicho
esto, el de ayer fue un concierto
apoteósico, pura emoción y mucha incredulidad ante tal grado de magnificencia.
La Sinfónica de Londres bajo la
batuta de un regio Gianandrea Noseda
terminó aquí su gira española, que les ha llevado por Barcelona, Zaragoza,
Madrid, Valencia y Sevilla con dos
programas distintos a veces alternando piezas, y con dos solistas de
excepción, la violinista Patricia Kopatchinskaja interpretando el concierto de
Berg, y el pianista Seong-Jin Chon
con el segundo de Chopin.

Tuvimos
suerte, porque el El beso del hada de
Stravinski y la Sinfonía nº 2 de
Borodin son piezas poco frecuentadas en
las salas de concierto, no obstante su especial interés, frente a los más
habituales Nocturnos de Debussy y la Sinfonía nº 1 de Rachmaninov que tocaron
en otras plazas. Además, el pianista
coreano es una estrella compulsada con diez discos grabados para Deutsche
Grammophon que lo confirman como un nuevo
fenómeno muy a tener en cuenta. Un día recordaremos la suerte que tuvimos
de escucharlo en directo en nuestra propia casa.
Y
es que la confluencia de una orquesta
inimitable, un pianista brillante y la acústica casi inigualable del Maestranza,
obró el milagro, dejando las grabaciones que de los dos conciertos de Chopin ha
realizado Cho con esta orquesta y el mismo director, a un nivel inferior, aún siendo
estupendas, del que pudimos apreciar en este concierto más allá de lo imaginable.
Piano
y orquesta en perfecta sintonía
El
homenaje que Stravinski dispensó a Chaikovski en forma de ballet, El beso del hada, reconvertido en suite
o divertimento, en referencia a ese beso fatal que como en el cuento de
Andersen, condicionó toda la obra
trágica del compositor ruso, dio inicio a esta feliz andadura de la
orquesta en Sevilla. Basada en composiciones menores de Chaikovski, lo que
justifica que sean poco reconocibles, la obra dio pie a percibir la claridad y la brillantez del sonido de la orquesta en
todas sus secciones, integradas de tal forma que cada sonido parecía emerger de
otro distinto, apoyándose y complementándose de manera casi milagrosa.
En
manos de Noseda, la obra dejó de ser una pieza artificial y falta de carácter
para convertirse en pura delicia, con
una expresividad encantadora, permitiendo que en esta primera aproximación del
público a la estética de la orquesta ya fuera posible apreciar el empaste y la dinámica extrema del
conjunto. Todo preparado ya para adentrarse en la pieza estrella y central
de la velada, el Concierto nº 2 de
Chopin, que Seong-Jin Cho ha grabado en
un par de ocasiones, confirmándolo a sus apenas treinta años y tras lograr
hace diez el prestigioso concurso internacional que lleva su nombre, convirtiéndolo
en toda una joven autoridad en el
compositor polaco.
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Seong-Jin
Cho está dotado para agradar al más
exquisito paladar, como confirman sus registros sobre Debussy, doble, y
Ravel, toda su obra para piano, incluidos los dos conciertos bajo la dirección de
Andris Nelsons, cuyo rostro incrédulo nunca olvidaremos cuando saliendo al
escenario del Maestranza comprobó el asolado aforo con el que se le recibió,
una de las batutas más sobresalientes de la actualidad. Con esa exquisitez,
pero sin los remilgos y afectaciones
con los que hace tiempo se despachaba a Chopin, ofreció un sensacional
concierto, bajo la atenta mirada de un
director que sabe acoplarse a su refinamiento y abrigarlo con los mejores
ropajes.
Su
dilatado arranque orquestal sonó dramático
y a la vez balsámico, hasta que la vigorosa irrupción del piano, ardiente y
fastuoso, dio paso a un dinámico discurso y un cómplice diálogo, reflejo de la perfecta integración entre orquesta y
solista, que siempre mantuvo un impulso virtuoso sin tregua. Pero fue en el
larghetto donde apreciamos el más íntimo e inexplicable momento de la
noche, cuando el piano se expresa apasionada y cadencialmente y la cuerda
le apoya tremolante y de forma harto sinuosa, creando una atmósfera de encantamiento y misterio difícil de describir.
Más
dramático, pero igualmente elegante, se presentó el allegro vivace final, con ese primer tema en forma de vals que
evoluciona a mazurka en las manos
imperiosas del joven pianista, y unas tonificadas trompas anunciando la
feliz resolución del concierto. Como propina, Seong-Jin Cho corroboró su afecto a Chopin tocando el famoso Vals Op. 64 nº 2, deleitándose en las
notas, sin prisas, con enorme delicadeza y un fecundo y expresivo arraigo
emocional.
Elogio
de una impecable orquestación
La
Sinfonía nº 2 de Borodin, llamada Épica por su propio autor por ilustrar episodios del Medievo ruso
protagonizados por el bardo Bayán, es una lujuriosa pieza que ganó popularidad
cuando Rimski-Korsakov la reorquestó aligerando la pesadez con la que se
presentó infructuosamente por primera vez al público. Precisamente una de las grabaciones de referencia de esta poco
divulgada pieza, a pesar de su calidad, es la que protagonizó la London
Symphony en 1961, bajo la batuta entonces de Jean Martinon.
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Noseda
se enfrentó a ella desde la óptica de
una espectacularidad evidente, pero sin marcar en exceso sus acentos
eslavos y convertirla en un pastiche folclórico. La elegancia, pues, se hizo
también patente en su particular lectura y la respuesta impecable que ofreció la orquesta, ahora dejando clara
también su magistral percusión, ya apuntada en la pieza de Stravinski. Ese
bloque de fuerzas y danza desenfrenada que protagoniza el allegro inicial, se benefició particularmente de un solo de violonchelo en magníficas
condiciones y una cuerda grave de excelentes prestaciones y un sonido
voluminoso.
Primó
la melancolía en el prestissimo, pero
sin sacrificar ritmo y viveza,
mientras el andante dejó destilar
toda su belleza y sensualidad a través de la noble melodía que lo informa y la imponente
armonía de todos los elementos en liza. Momento cumbre para los brillantes y refulgente metales,
increíblemente integrados con el resto del conjunto, en el bullicioso
movimiento final, evocando las danzas de los juglares rusos y el estímulo de
una muchedumbre regocijada. Puro éxtasis
servida en manos inigualables, que junto a todo lo demás, incluida una
portentosa Polonesa de la ópera Eugenio Oneguin de Chaikovski, haciendo
alarde de una coherencia absoluta, bordó una
noche inolvidable en el Maestranza.
Fotos:
Guillermo MendoArtículo publicado en
El Correo de Andalucía