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sábado, 14 de marzo de 2026

AIRES BALSÁMICOS CON LA VIOLA DE MARINO GONZÁLEZ

XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla. Marino González y Miguel Bonal, violas de gamba. Ana Marija Kranjc, clave. Programa: Suite en La mayor y menor, de Couperin; Concert à deux violes esgales XLVII “Tombeau Les Rgrets” y Concert à deux violes esgales XXIII “L’empressé”, de Sainte Colombe; Passacaille d’Armide de Mr de Lully, de Jean Henri D’Anglebert; Suite en Sol mayor y menor, de Forqueray; Suite en Re mayor, de Marin Marais. San Luis de los Franceses, sábado 14 de marzo de 2026


La recuperación en fechas todavía recientes de la viola da gamba como instrumento representativo del barroco francés, cuando de interpretar su música con criterios historicistas se trata, nos ha regalado a los oyentes contemporáneos la espléndida sensación de disfrutar de este singular instrumento de porte aristocrático y sonido tan afectuoso y aterciopelado. Sustituida progresivamente por el violonchelo, a pesar de no guardar tanta similitud con su sonido como cabría esperar, la viola da gamba estuvo en desuso durante mucho tiempo. Una película con Gérard Depardieu como Marin Marais y Jean-Pierre Marielle como Monsieur de Sainte Colombe, así como los trabajos de recuperación musicológica de Jordi Savall, nos trajeron de regreso el feliz e inimitable sonido de este instrumento que hoy es objeto de estudio y codicia por multitud de estudiantes en todo el mundo.

A uno de ellos estuvo consagrado el ya tradicional concierto del Femás que brinda la alternativa al ganador o ganadora de la beca de la AAOBS (Asociación de Amigos y Amigas de la Orquesta Barroca de Sevilla). Este año ha recaído en Marino González, que con la colaboración del también joven violagambista aragonés Miguel Bonal y la igualmente joven clavecinista eslovena Ana Marija Kranjc, esbozaron un somero recorrido por algunos de los más ilustres y representativos compositores especializados en el instrumento. No sorprende que todos fueran franceses, dado que es en el país vecino donde la viola da gamba cobró mayor relieve y sirvió mejor a los propósitos afectivos que caracterizaron su música en aquella época.


Saint Colombe estuvo por supuesto presente con dos colecciones de sus conciertos para dos violas iguales, una bien desarrollada a través de varios movimientos, generalmente en el tono melancólico que dominó todo el concierto, a excepción de Joye les Elizéss, que permitió a los tres intérpretes exhibir unas agilidades más vibrantes y atrevidas. Tanto en una como en la otra pieza del maestro de Marin Marais, los dos violagambistas midieron sus fuerzas con éxito, dialogando y dándose réplica con soltura y convicción. Por su parte, Kranjc desgranó un Pasacalle de D’Anglebert, dedicado a Lully, de enorme fuerza y destreza, saliendo más que airosa del empeño.

Con transcripciones propias, González mostró un considerable dominio expresivo en la Suite con piezas en la mayor y la menor de Couperin, a partir de los originales para clavecín. Siempre desde una sensibilidad extremadamente melancólica, muy patente en La Leclair de Forqueray también en el programa, la viola del joven becado sonó dulce y nostálgica, quizás en un tono algo monótono pero flexible y natural, casi sin aparente esfuerzo. No cabe duda de que el joven tiene mucho talento y podrá ir limando poco a poco algunas de las puntuales estridencias y salidas de tono que evidenció a lo largo de tan comprometido recital. Les pleurs (Las lágrimas), que daban título a la convocatoria, sonó especialmente melódico y técnicamente depurado en sus ágiles manos. No podía faltar Marais, con una Suite en Re mayor en cuatro movimientos, interpretada con delectación y responsabilidad, que eclosionó en una Rondeau ágil y profundamente idiomático.


Fotos: Lolo Vasco

jueves, 2 de mayo de 2024

LA BARROCA AÑADE OTRA ESTRELLA A SU NÓMINA DE COLABORACIONES

Temporada 2023/2024 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Theótime Langlois de Swarte, violín y dirección. Programa: Selección de Les Nations (Premier Ordre “La Françoise” y Deuxième Ordre “L’Espagnole”) de François Couperin; Sonate a violon seul avec la base continue No. 6 en sol menor, de François Francoeur; Concertos Op. 7 no. 5 en la menor y Op. 10 no. 3 en Re mayor, de Jean-Marie Leclair. Espacio Turina, miércoles 1 de mayo de 2024


Sabíamos de primera mano que la Barroca tenía mucha ilusión y esperanza puesta en este concierto comandado por el joven violinista francés Theótime Langlois de Swarte, y no es de extrañar pues se trata de un genio en toda regla, un virtuoso del instrumento que sin haber cumplido todavía los treinta años ya ha cautivado a audiencias de todo el planeta con su técnica impecable y su acertada percepción de los acentos, los sentimientos y las intenciones que describen 
cada uno de los programas que acomete con una pasión y una precisión encomiables. La Barroca añade así una nueva estrella a su ya abultada nómina de grandes nombres de la interpretación historicista que han colaborado al menos en una ocasión con ellos. Y como en todo lo que se aborda siempre hay un componente de colaboración y retro alimentación, los y las músicos de la formación aprenden, se contagian y mejoran sus aptitudes alcanzando interpretaciones tan sublimes como las que anoche pudimos disfrutar en un Turina que ofrecía un lleno casi y saludablemente absoluto.

La estructura simétrica del programa fue otro de los encantos de la cita, junto al contraste ofrecido entre los dos grandes autores en liza, el muy afrancesado, delicado y caprichoso Couperin frente al más furioso y vehemente Leclair, deudor del estilo italiano que tanto admiraba. Contraste todavía más acentuado con el interludio de François Francoeur, de quien Langlois de Swarte confesó ser un ferviente admirador, especialmente por el carácter triste y melancólico de sus partituras, algo así como un romántico antes del Romanticismo. Con su Sonata para violín nª 6, el joven virtuoso alcanzó cotas de profunda expresividad teñida de una férrea complicidad con sus compañeros Mercedes Ruiz al violonchelo y Alejandro Casal al clave. Entre los tres lograron una interpretación ejemplar de tan sentida página, con acentos muy marcados y silencios muy elocuentes, dando preferencia al sentimiento y al sonido limpio y aterciopelado de sus instrumentos.


Antes, la selección de La Françoise, primer orden de Les Nations de Couperin, permitió al conjunto integrado por cuerda, maderas y bajo continuo en el que se integró el joven instrumentista, exhibir ritmo y musicalidad a la vez que templanza y delicadeza, a pesar de atisbar en el arranque cierta imprecisión y descoordinación, una constante que venimos observando en la orquesta desde hace algunas entregas, y que afortunadamente resuelven a los pocos minutos de dar comienzo el respectivo concierto. Ya sin ese pequeño inconveniente inicial, L’Espagnole, segundo orden de tan magnífica obra, sirvió para constatar el excelente estado que ofrece el conjunto, patente en una sarabanda de evidente sensualidad y regocijo. La influencia italiana de Leclair, especialmente de Locatelli, se dejó sentir en la fogosidad y el exacerbado sentido del ritmo que Langlois de Swarte y el resto, ahora sin las maderas que tan bien defendieron Ruibérriz y Díaz, imprimieron a las partituras. El virtuosismo sin límites que exhibe el joven francés se dejó ver especialmente en el allegro final del Concierto nº 7 de Leclair, con arpegios diabólicos que obligaron a sus acompañantes a demostrar por qué son tan buenos y capaces de ejercer igualmente como solistas.

Después del endiablado entramado del francés, sólo cabía ofrecer como propina una de las páginas más tempestuosas de Vivaldi, su impettuoso d’estate. El entusiasmo del público obligó a ofrecer otras dos propinas, ya más relajado, el largo de la versión para violín del Concierto para clave BWV 1056 de Bach, y de nuevo haciendo gala de buen ritmo, Las indias galantes de Rameau. Fue un impagable placer descubrir a este talento indiscutible del violín, capaz de extraer de él innumerables filigranas sin sacrificar expresividad ni sentimiento y manteniendo en todo momento un sonido envolvente y homogéneo, del que únicamente fuimos capaces de apreciar alguna distorsión y pequeña salida de tono en el verano vivaldiano.

Fotos: Luis Ollero