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lunes, 9 de marzo de 2026

DEL ALMA ENCOGIDA AL VÉRTIGO FURIOSO

XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla. Julia Lezhneva, soprano. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flauta dulce y dirección. Programa: Sinfonia de L’Olimpiade, Concierto en mi menor para cuerda y continuo RV 134; Concierto en Re mayor para flauta dulce, cuerda y continuo RV 90 “Il Gardellino”; Concierto en sol menor para cuerda y continuo RV 157; arias de La fida ninfa, Il Giustino, Bajazet, Ottone in villa, Il farnace, L’Olimpiade, Ercole sul Termodonte y Orlando finto pazzo, de Antonio Vivaldi. Teatro de la Maestranza, domingo 8 de marzo de 2026


Tuvimos ocasión de disfrutar del buen hacer del prestigioso conjunto Il Giardino Armonico en los Femás de 2022 y 2024. En el primero, además, su fundador y director titular, Giovanni Antonini, dirigió también a la Barroca de Sevilla. Otros dos años han pasado y han vuelto, ahora por primera vez al más suntuoso y reverberante Teatro de la Maestranza, con la riqueza añadida que le proporciona esa sensacional acústica que todo lo potencia, incluidos los más impertinentes ruidos que ustedes ya conocen.

Antonini y su conjunto, en esta gira española que les llevará también a Barcelona y Madrid, propone un monográfico sobre Vivaldi, Il prete rosso, con el protagonismo absoluto de toda una diva de la ópera, la soprano rusa Julia Lezhneva, virtuosa absoluta en la mejor tradición de otras ya míticas como Cecilia Bartoli, con quien a pesar de su distinta tesitura es inevitable compararla. Y es que la voz de soprano de Lezhneva posee un rango tan amplio que le permite acometer sin dificultad arias concebidas para mezzosoprano. Ha llegado incluso a interpretar a Cherubino en Las bodas de Fígaro, y muchas de las arias que presentó en este concierto fueron grabadas por la Bartoli con el mismo conjunto y director hace un buen puñado de años.

En el apartado estrictamente instrumental, Antonini marcó acentos y dinámicas, haciendo de la obertura sinfonía de L’Olimpiade un dechado de agilidad y virtuosismo, con un andante más bien levitado y un allegro molto final fulgurante. Iguales sensibilidades y formas se pudieron apreciar en los conciertos para cuerda y continuo RV 134, ya interpretado en la comparecencia de hace cuatro años, y RV 157, mientras el Concierto RV 90 Il Gardellino lo despachó el propio Antonini de forma sobresaliente, con su flauta dulce sopranino, un vertiginoso fraseo y agilidades propias del mejor ruiseñor.


Una voz dotada para el fuego y el sentimiento

El conjunto y su director se adaptaron como un guante a la voz protagonista, gracias a la colaboración que mantienen desde hace tiempo tanto en disco como en concierto. Un habitual de nuestra escena, varias veces director invitado de la Barroca, Stefano Barneschi, ejerció de concertino y nos regaló junto Marco Bianchi un dúo de excepción en el dulce y cálido Zeffiretti che susurrate, de la ópera Ercole sul Termodonte, que Lezhneva cantó con gracia y mucha finura.

La soprano arrancó su participación muy arriba, atreviéndose con un aria de bravura y exigente coloratura, Destino avaro de La fida ninfa, sin calentar aún la voz, lo que derivó en cierta asfixia y un legato no muy definido. Poco necesitó, sin embargo, para reponerse y no decaer ya en ningún momento a lo largo del extenso recital. Más cerca de una mezzo en esta primera aria, Alma opressa de la misma ópera acusó un registro más próximo a su tesitura natural, y unas agilidades ya más asentadas, siempre vivas y tempestuosas.


Pero fue en las arias lentas y relajadas donde pudimos advertir su dominio del drama y el sentimiento, dejándonos el alma encogida en Sposa son disprezzata de Bajazet, con largos filados y unos pianissimi imposibles que no afectaron a una proyección siempre a punto, holgada y generosa. Otro momento álgido en este sentido lo protagonizó Gelido in ogni vena de Il Farnace, con introducción deudora del invierno de Las cuatro estaciones, y un alarde de emotividad sólo al alcance de voces tan distinguidas y comprometidas como la suya.

Y así procedió el largo recital, más de hora y media programada, que se extendió al menos media hora más con seis generosas propinas, la más popular Lascia la spina, hermana gemela de Lascia ch’io pianga, para el oratorio Il trionfo del tempo e del disinganno. Pero las delicias del público, que no cesó de aplaudir fogosamente, las hicieron las arias de bravura repletas de inflexiones y agilidades que fue enlazando sin atisbo de fatiga, de Agitata da due venti de Griselda a Un pensiero nemico di pace del mismo oratorio haendeliano, precioso solo de Giulio Padoin al violonchelo incluido. El resultado, dos horas y media, más la media del intermedio, de catártico canto apasionado salpicado de emotivas expresiones de dolor y esperanza.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 5 de abril de 2025

EL VIVALDI CORRECTO DE BONITATIBUS Y VESPRES DE'ARNADÍ

XLII Festival de Música Antigua de Sevilla. Anna Bonitatibus, mezzosoprano. Vespres d’Arnadí: Farran Sylvan James y Alba Roca, violines; Natan Paruzel, viola; Oriol Aymat, violonchelo; Mario Lisarde, violone; Dani Espasa, clave y dirección. Programa: Tutto Vivaldi (Cantata “Cessate, o mai cessate” RV 684; Sonata para dos violines en re menor Op. 1 nº 12 RV 63 “La Follia”; “Sovvente il sole”, de Andromeda liberata RV 117; “Vorresti amor da me” y “Così potessi anch’io”, de Orlando furioso RV 728; “Sento il seno”, de Il Giustino RV 717; Sinfonia y “Lo seguitati felice”, de L’Olimpiade RV 725; “Sorge l’irato nembo”, de Farnace RV 711a). Espacio Turina, viernes 4 de abril de 2025


Por fin recalaba la mezzo italiana Anna Bonitatibus en Sevilla, tras la cancelación de última hora que protagonizó en enero de 2020, cuando tuvo que ser sustituida por Ann Hallenberg en un exigente concierto junto a la Barroca de Sevilla en el Maestranza, alegando motivos de indisposición. Y el público lo celebró llenando el Espacio Turina y convirtiendo la ocasión en un evento, aunque la tregua meteorológica y la fiesta semanasantera que se vivía en la calle invitaran a la deserción.

Bonitatibus hizo gala en todo momento de una gran simpatía y de conectar con el público incondicionalmente, mientras Vespres d’Arnadí, que a lo largo de los años se han ido familiarizando con esta sala sevillana, junto a voces de la talla de Xabier Sabata, Sonia Prina, Juan Sancho o Ruth Rosique, acudió a la cita en formación reducida pero en muy buena forma.

El público respondió arrebatado a pesar de las sombras que acompañaron al recital, relacionadas con la decepcionante corrección con la que, especialmente ella, acometieron un atractivo programa que daba pie para un mayor énfasis y acento temperamental del que encontramos en general.

El vértigo Vivaldi, ausente

No cabe hacer especiales reproches al canto de la veterana mezzosoprano, curtido en multitud de grandes ocasiones y roles tanto barroco como clásico de diversa índole. Tiene una voz ancha, de muy atractivo timbre, y es capaz de modular a discreción, mientras en cuestiones como fraseo y articulación, se despacha generosamente.


Arrancó en caliente, con ese vestuario de pantalón que tantos éxitos le ha reportado en el repertorio operístico, y con una de las cantatas que el compositor veneciano compuso para su tesitura, Cessate, o mai cessate, de temática pastoril. Ya aquí tuvo ocasión de mostrar sus aptitudes sentimentales, en el aria Ah, ch’infelice, que despachó con emotividad y mucha dulzura, así como sus aires de bravura en Nell’orrido albergo, demostrando por qué se trata de una de las voces más reputadas y versátiles de su generación.

Por qué entonces su rendimiento decayó más adelante, cuando en Sovvente il sole, de la serenata Andromeda liberata, acusó cierta monotonía en los acentos y los ataques, a pesar de mantener en todo momento ese talante simpático y distendido con el que se metió al público en el bolsillo.

La segunda parte estuvo íntegramente dedicada a la ópera vivaldiana, de cuyo extenso catálogo apenas se han podido rescatar un puñado de títulos desde que su obra comenzara a ser redescubierta a mitad del pasado siglo. Volvimos entonces a enfrentarnos a la misma actitud en la cantante, ataviada entonces con un alegre vestido de lunares, quizás como homenaje a nuestra tierra.

Arias sentimentales cantadas con aliento lírico, como ese precioso Sento il seno que entonó acompañada por los pizzicati de la orquesta, o ese traumático Così potessi anch’io en el que echamos en falta más temperamento y un dolor más sincero. La mera corrección se impuso también en las arias de bravura de Farnace y Orlando furioso que entonó con las agilidades justas y sin atisbo de esfuerzo, tan necesario para levantar ánimos en un repertorio tan agradecido para ello.

Acompañamiento justo, ocasionalmente brillante

Vespres d’Arnadí acudió a la cita en formación reducida, dos violines, una viola y continuo formado por clave, violonchelo y violone. Y a pesar de eso, hay que reconocer cómo lograron sonar como toda una orquesta, con el brío y el brillo que se requiere en un repertorio considerablemente exigente como éste.

Junto a Bonitatibus se mostraron tan generosos como respetuosos, mención especial para los ágiles solos de Farran Sylvan James, mientras en sus incursiones en solitario, el conjunto mostró una madurez en el sonido y la actitud que se saldó de forma harto convincente.

Alba Roca

Especialmente logrado fue el duelo de violines que protagonizaron James y Alba Roca, a quien siempre recordaremos por su paso en aquella lejana Barroca de Sevilla. En la sonata La follia, conjunto de variaciones sobre la célebre danza ibérica, ambas instrumentistas brillaron a gran altura, con un sonido quizás algo seco pero en ningún caso áspero ni estridente. El resto acompañó con el brío y la energía necesaria.

También en sus manos, la Sinfonía de L’Olimpiade sonó en esos términos de corrección denunciados, aunque nunca con la falta de riesgo que Bonitatibus imprimió a sus aportaciones. Y todo eso a pesar de la excelente disposición que ofreció la cantante, y que se tradujo ocasionalmente en unas ganas de bailar que también acompañaron a Dani Espasa, clavecinista, director y fundador del ya veterano conjunto catalán.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 31 de marzo de 2025

LOS PATÉTICOS CASTRATI DE MANUEL RUIZ

XLII Festival de Música Antigua de Sevilla. Manuel Ruiz, contratenor. Íliber Ensemble. Darío Tamayo, clave y dirección. Antonio Ruz, dirección de escena. Pablo Árbol, vestuario. Olga García, iluminación. Ara García, maquillaje y peluquería. Programa: Il primo uomo (Sarabanda de la Sonata para violín en Fa mayor Op. 5, de Corelli; Sinfonía y “Cara sposa” de Rinaldo, “Son contanta di moriré” y “Degg’io dunque, Oh Dio, lasciati”, de Radamisto, Concerto grosso en Sol mayor Op. 6 nº 1, “Empio, diró, tu sei”,de Giulio Cesare in Egitto, Largo del Concerto grosso en Fa mayor Op. 3 nº 4, y “Lascia la spina” de Il trionfo del Tempo e del Disenganno, de Haendel; Sinfonia y “Adam prole tu chiedi” de Cain overo il primo omicidio, y “Dorme, o fulmine di guerra” de La Giuditta, de A.Scarlatti; “Vedró il mio diletto” de Giustino, de Vivaldi; Passacaglia en re menor, de Kapsberger). Teatro Alameda, domingo 30 de marzo de 2025


El espectáculo presentado en el Teatro Alameda ayer domingo, venía a cumplir la cuota alternativa que habitualmente ofrece cada edición del Femás. En este caso, una propuesta escénica cercana a la ópera pero con un contenido y una intención más próxima al recital ilustrado. Apeado en el último momento del proyecto, que se prometía experimental peo no nos pareció tanto, el popular contratenor Carlos Mena, que en su estreno en Córdoba se encargó de la dirección musical, le sustituyó en estos menesteres Darío Tamayo, el director titular del conjunto granadino Íliber Ensemble.

En los últimos años hemos apreciado la querencia del contratenor vasco, padrino ausente de la función, por los espectáculos atrevidos y diferentes, como demostró en aquella Soledad del héroe que protagonizó en el Maestranza hace tres años. Con algo parecido ha decidido apoyar al joven cordobés, que sobre el escenario va alternando canto con gestos escénicos, frecuentemente patéticos, que van del continuo cambio de vestuario sobre las mismas tablas a discretos movimientos coreográficos diseñados por el también cordobés Antonio Ruz, responsable de la dirección escénica de este comedidamente ambicioso proyecto.


Tras una breve introducción instrumental, con Gevorg Vardanyan exhibiendo aspereza y un sonido canijo y estridente al violín, que impidió que disfrutásemos con la sarabanda de Corelli que precedió a una Sinfonía de Rinaldo de Haendel en la que pudimos percibir las costuras del joven grupo granadino. Un continuo acorde a las circunstancias, con el poderoso sonido al violonchelo de Héctor Hervás, el buen hacer al compás del veterano Aníbal Soriano a la cuerda rasgada, y el clave cálido y acentuado del propio Tamayo.

Drag castrato

Surgió entonces, ataviado con una suntuosa túnica roja, el color predominante sobre el escenario, el contratenor entonando la conocida aria Cara, sposa de la misma ópera, pero tras unos breves acordes al natural, saltó la amplificación, y fuimos entonces conscientes de que por muy bien entonado, fluido y homogéneo que resultara su canto, no podríamos calibrar su capacidad para proyectar la voz, su potencia. Es lógico pensar que esto fuera así por la particular acústica de un espacio con techos tan altos, pero esa razón debería  haber servido también para la orquesta, que en ningún momento estuvo amplificada, y desde luego no tuvo que eclipsar al cantante bajo ninguna circunstancia.

La habilidad de Ruiz para moverse por el escenario vistiendo ropajes a menudo incómodos, alternar el canto con los cambios de vestuario y los movimientos escénicos, se vio recompensada generosamente mientras por su voz fueron pasando algunos conocidos pasajes de óperas y oratorios de Haendel, Vivaldi y Alesssandro Scarlatti, con estaciones desatacadas en un dulce y emotivo Vedró col mio diletto de Giustino, un refulgente Empio, dirò, tu sei de Giulio Cesare, y ese final obligado con Lascia la spina del oratorio El triunfo del tiempo y el desengaño, antes de convertirse en la famosa aria Lascia ch’io pianga de Rinaldo.

Y entre tanta exhibición de agilidad y canto, se coló una deliciosa Passacaglia de Girolamo Kapsberger, defendida por Soriano a la tiorba con la delicadeza y  responsabilidad que le caracteriza. Quedó por lo tanto pendiente calibrar la potencia y proyección del joven cordobés, quizás en otra ocasión. De timbre y gesto anda bien dotado, aunque quizás falte un punto de mayor expresividad, que también podrá ir limando. Pero en general, promete.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 18 de septiembre de 2024

EL PABELLÓN ALTO DE LA JOVEN BARROCA DE SEVILLA

Concierto inaugural de la temporada 2024/25 de Juventudes Musicales de Sevilla. Joven Orquesta Barroca de Sevilla. Valentín Sánchez, director. Programa: Sinfonía en Sol mayor TaIA 35, de G.M. Alberti; Concerto grosso en Fa mayor Op. 6 nº 2, de Corelli; Concierto para dos violines en la menor KV 522, de Vivaldi; Suite nº 4 en Re mayor, de Johann Bernhard Bach. Martes 17 de septiembre de 2024

Foto: Alberto Vázquez

Alguna vez pretendemos acudir a un concierto sin someternos a la presión de analizarlo, relajados y entregados simplemente al placer de escuchar y disfrutar con la música y sus intérpretes. Ésta era una de esas ocasiones, pero no lo conseguimos. Brotan las emociones y no podemos resistirnos a la responsabilidad de dejar constancia de nuestras  impresiones, incluidas extramusicales, que nos sugiere la propuesta. En este caso se trata del concierto de inauguración de la nueva temporada de Juventudes Musicalesde Sevilla, que sigue avanzando en su afán de aglutinar fuerzas y nuevas colaboraciones tras setenta años de una labor incesante e ingente como motor de la vida musical hispalense. El pasado mes de julio vio desaparecer a su vicepresidente, Antonio Sánchez Troncoso, y Arnold Collado quiso hacerse eco, visiblemente emocionado, de tan luctuoso acontecimiento y de lo mucho que aportó a la asociación hasta casi el final de su vida. Lo hizo en una presentación de temporada dignificada con este pequeño pero valioso discurso, no como otros eventos que se inauguran sin darle el empaque que merecen.

También la presencia de tan joven plantilla sobre el escenario, la Joven Orquesta Barroca de Sevilla, algunos de sus integrantes prodigiosamente niños, provocó nuestra sincera emoción, a la que las palabras, orgullosas y valiosas, de su director desde que hace quince años se fundara, Valentín Sánchez, generó esa cálida recepción que ha acabado obligándonos a hacernos eco del evento. Él nos informó además del buen papel que estos y estas jóvenes acaban de realizar en Múnich, donde han participado en un programa de intercambio entre jóvenes músicos, dejando el pabellón bien alto, como pudo comprobarse en esta comparecencia en el apretado escenario del Teatro Cajasol de la calle Chicarreros.

Valentín Sánchez (foto: Alberto Vázquez)

Con violines parcialmente preparados para ir poco a poco adentrándose en los complejos recovecos de la interpretación con rigor historicista, la cuerda de la Joven Barroca demostró una sólida preparación traducida en una imponente conjunción y vitalidad a la hora de abordar páginas nada fáciles como la Sinfonía de Giuseppe Matteo Alberti, compositor boloñés hoy desconocido pero que disfrutó en su época de considerable popularidad, especialmente en Inglaterra, y cuya gramática estuvo frecuentemente apegada a Vivaldi, a quien profesaba una gran admiración. Hubo dentro de la corrección global, ciertos desajustes intermitentes, en ésta y las demás obras, pero sin caídas de tensión y con un férreo control del ritmo y las dinámicas. La cuerda aguda estuvo generalmente bien ensamblada, mientras la grave dio cuerpo, volumen y consistencia al conjunto.

El numeroso conjunto convocado para la ocasión logró extraer del Concerto grosso nº 2 de Corelli ese sonido cálido y amable que caracteriza la obra del compositor italiano, mientras con el Concierto para dos violines K.522 de Vivaldi, la vivacidad de los solistas, perfectamente acompañados por el resto, fue el detonante general, si bien no se pudo evitar deslizar ocasionalmente sonidos poco depurados, corregidos puntualmente y con la agilidad como detonante fundamental de una interpretación por encima de la calidad exigible en eta coyuntura. Con la misma alegría, los y las jóvenes músicas desgranaron una Suite del primo de Johann Sebastian Bach, la última de las cuatro que compuso, en la que brillaron prácticamente todos sus números, desde una majestuosa obertura a unos ágiles y desenfadaos caprichos, pasando por el elegante lirismo del aria, siempre con la densidad necesaria y una responsabilidad sorprendente para la edad de los y las convocadas.

Foto: Juventudes Musicales de Sevilla


viernes, 26 de julio de 2024

RICO Y SANTOS HONRAN LA CUERDA GRAVE

XXV Noches en los Jardines del Real Alcázar. Irene Rico, violonchelo; David Santos, contrabajo Programa: Selección de Recercadas del Tratado de Glosas, de Diego Ortiz; Sonata para cello y bajo continuo en la menor, de Vivaldi; Souvenirs de Bellini, de Julius Goltermann; Duetto para violonchelo y contrabajo, de Rossini. Jueves 25 de julio de 2024

Foto: Actidea

Formados en el Conservatorio Manuel Castillo, donde se conocieron y decidieron formar pareja artística, la sevillana Irene Rico y el cordobés David Santos representan como tantos otros a esos músicos que han emergido en Sevilla desde hace ya un buen puñado de años, revalorizando su status como ciudad de la música y tomando el relevo de las y los buenos músicos que la honran. Rico y Santos residen actualmente en Alemania, donde ella continúa su magnífica formación y él acaba de tomar posesión de una plaza en la Sinfónica de la Radio de Baviera de Múnich. Su asociación no es fácil teniendo en cuenta la escasez de repertorio para los instrumentos que dominan, el violonchelo y el contrabajo, especialmente si renuncian frecuentemente al recurso de la transcripción y la adaptación, ciñéndose a partituras concebidas directamente para esta rara combinación de instrumentos rendidos al registro más grave.

Así se presentaron en los Jardines del Alcázar, con un programa breve pero concienzudo, con el que procuraron hacernos viajar por la música del Renacimiento al primer Romanticismo. De hecho sorprendió el rigor en el diseño del programa, algo alejado del espíritu relajado que informa la mayoría de las propuestas de estas noches estivales. Rico, a quien no recordamos disfrutar en Sevilla desde hace unos años junto a la Joven Barroca de Sevilla, hizo gala de una facilidad de oratoria directamente heredada de su artística casta. Los jovencísimos intérpretes arrancaron con unas recercadas de Diego Ortiz concebidas para viola da gamba y un continuo algo más nutrido del que pudo aportar Santos, quien por cierto se mostró algo raquítico en algunos de sus pasajes. Por su parte, Rico defendió su parte con habilidad y considerable agilidad, destacando el espíritu galante y desenfadado de la pieza.

Con más enjundia debieron afrontar la bellísima Sonata en la menor de Vivaldi, dentro de un conjunto en el que destaca el largo de la Sonata en mi menor que podrían haber ofrecido como propina, ya que el programa se les quedó manifiestamente corto, por lo que así podrían haber cuadrado la duración estándar de los conciertos del Alcázar. También esta sonata contiene un movimiento lento de alto calado emocional, que aprovechando que ambos instrumentos pueden ejercer de continuo, se reservó el contrabajo, al que Santos prestó una flexibilidad extraordinaria y un talante emotivo y sentimental más que evidente. Rico estuvo sencillamente sensacional en los movimientos rápidos, enérgica y centelleante.

La compenetración entre ambos se hizo aún más evidente en Souvenirs de Bellini, un popurrí con motivos operísticos que el virtuoso chelista alemán Julius Goltermann diseñó para tocar en sus giras de conciertos, y que el dúo defendió con ahínco y responsabilidad, por más que Santos se tuviera que emplear a fondo en sus complicadas intervenciones, y que de vez en cuando asomara alguna caída de tono y afinación, probablemente atribuible a la delicadeza de los instrumentos y su exposición al ambiente cálido y ventoso. También con un fuerte componente de energía y fuerza expresiva defendieron el Duetto de Rossini, pieza emblemática del repertorio que contiene pasajes de virtuosismo junto a otros más amables y distendidos, primando siempre una calidad melódica de la que ambos intérpretes supieron hacerse perfectamente eco.

viernes, 22 de marzo de 2024

CAPRICHOS Y CURIOSIDADES EN EL JARDÍN ARMÓNICO

XLI Festival de Música Antigua de Sevilla 2024. Giovanni Sollima, violonchelo. Il Giardino Armonico. Giovanni Antonini, flauta dulce, chalumeau y dirección. Programa: Concierto para flauta dulce en la menor, de Sarri; Concierto para violonchelo en re menor L.60, de Leo; Quintettino en Do mayor Op. 30 nº 6 “La musica notturna delle strade di Madrid” de Boccherini; Concierto para dos chalumeaux en re menor TWV 52:D1, de Telemann; Concierto para violonchelo en la menor RV 420, de Vivaldi; Passa Calle XXI para dos chalumeaux y violonchelo, de Sollima. Espacio Turina, jueves 21 de marzo de 2024


Hay ocasiones en las que las expectativas no se cumplen. El esperado regreso de Il Giardino Armonico a la ciudad no se desarrolló como cabía esperar, y no porque no exhiban excelencia en sus formas, técnica y probada expresividad, sino por los caprichos que afearon a nuestro juicio el reencuentro. No era el programa un dechado de atractivos, una recopilación de conciertos que pretendían comparar los estilos imperantes en Venecia y Nápoles, los dos núcleos fundamentales del barroco italiano que tanto influyeron también en otras plazas, especialmente del país vecino, Alemania. Pero Vivaldi aparte, que hasta en sus trabajos más tempranos deja tan buen sabor de boca y evidencia un estilo inconfundible, el resto de los convocados no ofrecían un interés especial, más allá de su correcta factura y momentos aislados de inspiración.

Pero fueron sobre todo las intervenciones de Giovanni Sollima al violonchelo las que de alguna manera enturbiaron el habitual magnífico trabajo del consumado conjunto italiano. Antes, el otro Giovanni, Antonini, dio una lección magistral de musicalidad a la flauta dulce y a la dirección de un conjunto perfectamente entonado, capaz de conmover, limar asperezas y seducir de forma tan hábil y con texturas muy sedosas, con el concierto de Domenico Natale Sarri, potenciado con un continuo muy completo y gran capacidad de la cuerda para sonar suntuosa y perfectamente empastada. Sollima se estrenó con uno de los conciertos para violonchelo de Leonardo Leo, de contornos aristados y momentos evocadores que el reconocido instrumentista abordó con sentido del ritmo y del volumen. Mucho se ha escrito sobre el carácter histriónico de Sollima y su exagerada gestualidad, pero sólo viéndolo en tarea nos hacemos realmente idea de hasta qué punto puede afectar incluso a sus propios méritos, pues esa puesta en escena se corresponde también con sus formas interpretativas, poco proclive a delicadezas, con ataques furiosos y dinámicas muy acentuadas.


Nada que reprochar a la homogeneidad, calidez y sedosidad de su sonido, mucho sin embargo a su enfoque interpretativo, especialmente en una Música nocturna de las calles de Madrid irreconocible en algunos de sus pasajes, al menos tal como estamos acostumbrados a escucharlo, con caprichos severos que afearon su cuerpo a pesar de optar por su instrumentación original. Especialmente relevantes fueron los cambios observados en el pasacalle y sobre todo en la ritirata, que emergió en pianissimo y se enroscó hasta provocar el hartazgo. Licencias seguramente derivadas del escaso aprecio que Boccherini tenía a la página, y que ha provocado la sucesión de arreglos a los que ha sido sometida.

Tampoco la pieza del prolífico Telemann resultó especialmente reseñable, más allá de contar con dos chalumeaux, instrumento barroco que convivió con el incipiente clarinete imitando su sonido, aunque su historia fue breve. Antonini y Tindaro Capuano fueron los encargados de poner en pie este Concierto TWV 52:D1, más interesante en su esquemático adagio que en el resto de movimientos, una introducción lenta y otros dos de carácter vivo y alegre magníficamente resueltos por los dos experimentados solistas. Tras el Concierto para violonchelo RV 420 de Vivaldi, con otra exhibición histriónica de Sollima, aunque controlado en su expresividad musical y desde luego dejando constancia de su destreza al instrumento, el ensemble completo se entregó a una suerte de recorrido por diversos estilos, ritmos y danzas de la mano del propio violonchelista, que en su Passa Calle XXI mezcla toques presuntamente contemporáneos con querencia por lo antiguo, mucho estilo orientalizante, especialmente el hebreo tan afín al clarinete, de nuevo doble chalumeau, y una ambición desmedida que no se corresponde con la escasa entidad de la larga y festiva pieza, tanto como la propina del sur italiano que ofrecieron en perfecta comunión y armonía.

Fotos: Antonio Iglesias

sábado, 24 de febrero de 2024

LA PERFORMANCE OPERÍSTICA DE SAMUEL MARIÑO

Música Antigua en Turina. Samuel Mariño, sopranista. Concerto de’ Cavalieri. Marcello Di Lisa, dirección. Programa: Arias de Griselda, La fida ninfa, Il Giustino, La Silvia y Bajazet de Vivaldi, de Il trionfo dell’innocenza de Caldara, y de Erminia y Sedecia, re di Gerusalemme de Alessandro Scarlatti; Concerto grosso en re mayor Op. 6 nº 4, de Corelli; Conciertos para cuerda y continuo en Re mayor RV 121 y en sol menor RV 156, de Vivaldi. Espacio Turina, viernes 23 de febrero de 2024


A sus escasos treinta años, el venezolano Samuel Mariño se ha convertido en una estrella mediática, con seguidores por doquier, como atestiguó la nutrida afluencia de público que se asomó al Turina para degustar su particular oferta, que sólo se ha podido disfrutar en Madrid hace unos días. También es verdad que el público sevillano es especialmente proclive a la música antigua, y dentro de ésta sobre todo a la de ese Barroco con el que tanto se identifica la ciudad y por el que tanto se han decantado solistas y conjuntos que desde la capital andaluza han escalado puestos en el ránking mundial de la interpretación históricamente documentada. Tanto es así que entre los integrantes de esta versión de Concerto de’ Cavalieri que acompañó al cantante, figura en esta gira el sensacional violonchelista madrileño Aldo Mata, tan vinculado a nuestra ciudad.

Prueba del auge que tiene la música barroca, que dentro de la denominada clásica o culta podríamos considerar la manifestación más moderna y actual de cuantas ofrece este rango musical de tantos siglos, por encima incluso del Romanticismo que inexplicablemente tiene hoy un sabor si se nos permite más rancio, es la cantidad de voces que sintonizan con el público añadiendo a sus actuaciones un plus diferenciador, como hace por ejemplo Jakub Jozef Orlinski cuando se permite marcarse unos bailes de breakdance en plena efervescencia barroca, o este Samuel Mariño, que acompaña las suyas con un vestuario más próximo al de Judy Garland que al de sus compañeros de oficio. Así, con tacones y mucho brilli brilli se presentó el sopranista al encendido y agradecido público que llenó la sala. La suya es una tesitura bastante insólita, en un rango más agudo aún que el del habitual contratenor, que es comparable a una contralto o una mezzosoprano. La suya es voz de soprano en un hombre, incluso más aguda todavía que la de una soprano natural, cerca podríamos decir de la de una voz blanca, que se manifiesta incluso cuando habla. Desconocemos si ha sufrido algún tipo de manipulación en un supuesto proceso de hormonización, pero tampoco es el caso de especular aquí, sino simplemente de destacar o no su talento y cualidades.


Comenzó de forma no del todo satisfactoria, por cuanto en Agitata da due venti de la ópera Giselda de Vivaldi, acusó pérdidas de voz en las notas más graves, aunque fuimos ya capaces de percibir su facilidad para las agilidades, un talento que no se le puede negar y que podría convertirle en el sucesor de la Bartoli. Esta capacidad para la ornamentación más extrema, un particular que personalmente nunca nos ha entusiasmado, lo demostró holgadamente en Torbido, irato e nero, una complicada aria de Erminia de Scarlatti padre que salvó ya sin defecto alguno, una voz aterciopelada y homogénea quizás con una pizca de dificultad para mantener la respiración, casi imperceptible e intrascendente dada su energía circense. Estos pormenores se mantuvieron a lo largo de sus arias de bravura, haciendo gala de una coloratura extraordinaria, que alternó con otras de mayor calado sentimental y salvó también con un alto componente emotivo y conmovedor, como Dite, oimè de La fida ninfa, también e Vivaldi, o Caldo sangue, aria de Sedecia, re di Gerusalemme, de Scarlatti, e incluso un inevitable Lascia ch'io pianga de Haendel que cantó con gusto y deleite como una de las varias propinas con las que agasajó a un público enfervorizado con su voz cálida, capaz de sensacionales filados y largos pasajes arpegiados.

Mariño acudió acompañado por un conjunto de referencia, aunque vistos los resultados provocó más decepción que otra cosa. En su afán por resultar lo más adecuado posible a la interpretación históricamente informada, la cuerda aguda sonó chirriante, seca y a menudo desafinada, aunque Francesca Vicari salvara con decencia su diálogo ornitológico con el muy cómico sopranista en Quell’augellin che canta, de La Silvia de Vivaldi. El prestigioso Marcello Di Lisa acompañó con respeto y sinceridad a Mariño, aún exhibiendo unos ademanes demasiado saltarines. Pero en sus aportaciones meramente instrumentales, dos conciertos para cuerdas del prete rosso y uno grosso de Corelli, sus movimientos rápidos y endiabladamente agitados se resolvieron mejor que los más pausados, donde convergieron los inconvenientes apuntados. De entre todo lo escuchado, quizás el Vanne pentita a piangere de Il trinfo dell’innocenza  de Antonio Caldara, fuera el número en el que el talento de Mariño y el acompañamiento de Cavalieri se alzaran por encima del resultado global de una velada en la que resulta difícil desdeñar el talento y la habilidad, además del sentido del espectáculo, del venezolano, no tanto el del conjunto italiano. Como muestra del carácter extrovertido del latino americano, Mariño aprovechó para lanzar proclamas en favor de la paz y el entendimiento, así como de la diferencia, diciendo algo muy cierto, que todos y todas somos diferentes, y está bien serlo.

Fotos: Luis Ollero

sábado, 10 de febrero de 2024

VIVALDI EN MUY BUENAS MANOS

Gran Selección. Orquesta Barroca de Sevilla. Andrea Marcon, director. Chouchane Siranossian, violín. Programa: Conciertos en Do mayor RV 114, para dos violonchelos en sol menor RV531, para cuatro violines y violonchelo en si menor RV 580 (de L’estro armonico Op. 3), para violín en Re mayor “Grosso Mogul” RV 208, y para violín Le Quattro Stagione (de Il cimento dell’armonia e dell’inventione Op. 8): en Mi mayor “Primavera” RV 269, en Sol mayor “Verano” RV 315, “en Fa mayor “Otoño” RV 293 y en fa menor “Invierno” RV 297, de Vivaldi . Teatro de la Maestranza, viernes 9 de febrero de 2024


Suele ser práctica común en los grandes teatros del mundo que, aprovechando la presencia de una importante batuta en su foso durante las representaciones de una ópera, la orquesta titular ofrezca un concierto bajo sus órdenes entre funciones. La Sinfónica lo ha hecho en muchas ocasiones, enmarcándolo en su temporada de abono, y la Barroca lo hizo anoche con el patrocinio de Teknoservice, integrándose en la nómina de buenas formaciones que nos visitan esta temporada bajo el epígrafe de Gran Selección. A ellos y ellas se unió la prestigiosa violinista Chouchane Siranossian, de quien no disfrutábamos en nuestra ciudad desde aquella maratoniana mozartiada del 2019 en el Espacio Turina que tan buen sabor de boca nos dejó. Curiosamente su hermana la violonchelista Astrid Siranossian participó en otra maratón, esta vez dedicada a Schubert, un año antes en el mismo espacio. Con Vivaldi en los atriles, perfecta alternativa al Haendel que estos días protagoniza Alcina en el Maestranza, Andrea Marcon con la Barroca repitieron la magistral lección de elegancia y refinamiento que ya ofrecieron con la ópera del alemán.

El reclamo era Las cuatro estaciones de Vivaldi, no por mil veces oídas menos atractivas, sobre todo si quien las interpreta se permite con todo el respeto y el acierto del mundo introducir en ellas algunas novedades y licencias que den al conjunto frescura y nuevo lustre. Junto a ellas, y como aperitivo, se ofrecieron cuatro conciertos con diversas combinaciones de cuerda como solistas, tres de los cuales son lo suficientemente populares como para considerar la propuesta una suerte de grandes éxitos concertantes del genio veneciano. De abrir la lista se encargó el imponente e impetuoso Concierto en Do mayor RV 114, una breve pieza familiar al conjunto que la batuta de Marcon trató con suavidad para limar sus aristados acordes, obteniendo de la orquesta la oportuna respuesta para lograr una interpretación precisa y elegante. Le siguió un favorito de los violonchelistas, a pesar de que su oferta por partida doble no logró la continuidad deseada en el repertorio posterior. Mercedes Ruiz, que lo tiene grabado junto a Asier Polo y la Barroca, y Anastasia Baraviera demostraron con el RV 531 en sol menor un alto grado de complicidad y una habilidad para las ornamentaciones fuera de toda discusión, a pesar de que acusaron un volumen algo pequeño. Marcon enlazó los tres movimientos con transiciones en el clave o entradas inmediatas del movimiento siguiente, atendiendo siempre a esa elegancia y refinamiento aludidos, que dieron al conjunto un aire muy compacto.


En sus más de quinientos conciertos, Vivaldi jugó con todo tipo de solistas y combinaciones, como la de cuatro violines y un violonchelo con que despachó el RV 580 de L’estro armonico, más tarde convertido en Concierto para cuatro claves de Bach. En este punto se unió al conjunto la violinista francesa y advertimos en ella un sonido algo áspero y ocasionalmente estridente, y a la vez en perfecta comunión con sus compañeros, Bojan Cicic, Leo Rossi y Valentín Sánchez, que alternaron sus solos con alta precisión y sentido de la cantabilidad, mientras Mercedes revalidó su ingenio y facilidad para la ornamentación exuberante. Siranossian protagonizó el Concierto en Re mayor “Grosso Mogul” con que terminó la primera parte, enfrentándose a sus largas y complejas cadencias con maestría absoluta, enorme preciosismo e indiscutible virtuosismo, e incluso limando algunas de esas consideradas imperfecciones que enturbiaron a nuestro juicio el concierto comunitario anterior, y que en la segunda parte del concierto quedaron definitivamente superadas.

Y es que Las cuatro estaciones de Marcon, Siranossian y una Barroca sumisa a la particular estética del maestro italiano, fueron un dechado de magia y virtudes, una de esas ocasiones en las que por mucho que te creas familiarizado con la obra, todavía haya quien sorprenda y la haga escuchar con oídos nuevos, prestos a la sorpresa y la novedad. No es que sonaran acordes distintos ni atrevidos, simplemente logró con inflexiones y decisiones propias e informadas que el conjunto sonara nuevo y en cierto modo puntualmente diferente. A toda esa elegancia apuntada y refinamiento general, sin menospreciar ese ímpetu habitual de la orquesta que también asomó cuando correspondía, se unieron las magníficas prestaciones de Chouchane Siranossian, que logró momentos de alto voltaje, mientras el resto acometió la difícil tarea de acompañarle con fuerza y dignidad, la que afloró en los ataques contundentes y vehementes del Verano y el Invierno, frente a la sedosidad y la extrema delicadeza con las que abordaron los pasajes más amables e intimistas en la Primavera o el Otoño, todo tan bien calculado y perfectamente sincronizando para hacernos pasar una velada que hubiera sido aún más satisfactoria si no hubiésemos tenido que sufrir en esta segunda parte tantas toses, ruidos inexplicables y a menudo caprichosos, así como caídas de todo tipo de objetos, más sorprendente todavía tratándose precisamente de las obras de reclamo. Esta falta de respeto a los y las artistas y al público en general, esta agresividad grosera tiene que cesar para, entre otras cosas, no sufrir tanto bochorno.

domingo, 19 de noviembre de 2023

LA BARROCA, DE NUEVO UNA ORQUESTA DE SOLISTAS

Concierto nº 1 de la temporada 2023-2024 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Guillermo Peñalver, flauta dulce. Rafael Ruibérriz de Torres, flauta travesera. Miguel Romero, violín. Alejandro Casal y Javier Núñez, clave. Stefano Barneschi, concertino-director. Programa: Concerto grosso nº 5 en re menor “done from the Lessons of Domenico Scarlatti” ICA 11, de Avison; Concierto para flauta en Sol Mayor, de Naudot; Concierto para violín en Re Mayor “Grosso Mogul” RV 208, de Vivaldi; Concierto para dos claves en Do menor BWV 1060, de Bach; Concierto para flauta de pico y flauta travesera en Mi menor, TWV 52:e1, de Telemann. Espacio Turina, sábado 18 de noviembre de 2023


Se anunciaba como la segunda edición de una feliz reunión de solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla en el disco grabado justo hace un año, Con nuestras mejores galas Vol. 1. Pero lo cierto es que el celebrado conjunto hispalense nos ha brindado en multitud de ocasiones la posibilidad de embelesarnos con sus propios artistas, y la ocasión servida anoche en el espacio Turina no fue ni de lejos la excepción. La temporada, presentada hace escasos días, arrancó así con estupendos augurios, una vez más bajo la dirección de Stefano Barneschi, que aunque ejerció más bien como concertino sobre el estrado, no cabe duda de que supo impregnar al conjunto de su rotunda y libre personalidad a la hora de conjugar la grandeza de los autores programados con las excelentes prestaciones de todas y cada uno de los músicos convocados.

La fiesta comenzó con un Concerto grosso que el británico Charles Avison compuso a partir de diversas sonatas de Domenico Scarlatti, y donde el violinista de Il Giardino Armonico midió fuerzas con Leo Rossi y el violonchelo de Mercedes Ruiz para lograr un rutilante ejercicio de ritmo y sensualidad, pasando del majestuoso largo tras el que surge un amenazante allegro, seguido de un plácido andante y concluyendo con un acelerado y despreocupado allegro de líneas claras y muy expresivas. Tras esta primera manifestación de fuerza y conjunción, la flauta dulce de Guillermo Peñalver se entregó a la que quizás fuera la pieza menos atractiva del programa, el único concierto relevante del prácticamente desconocido compositor francés Jacques-Christophe Naudot, su opus XVII nº 5, una pieza de carácter rústico de la que Peñalver se hizo eco sin demasiada dificultad, acompañado con soltura pero sin entusiasmo perceptible por una aseada Barroca. El flautista tendría luego posibilidad de resarcirse con la pieza de mayor carácter que cerró la velada.

Tres grandes en muy buenas manos

La primera parte cerró con la primera gran obra maestra de la noche, el concierto Grosso Mogul para violín de Vivaldi, que Miguel Romero, a quien apenas recordamos como solista en ocasiones anteriores, desgranó con un virtuosismo y una fuerza encomiables. La orquesta, que como siempre evidenció una pasión fuera de toda duda, acompañó a Romero con tanto respeto como evidente admiración, pero fue él quien sorprendió con un trabajo vertiginoso, endiablado, logrando a pesar de las dificultades un resultado limpio y homogéneo, sin las temibles estridencias que suelen acompañar este tipo de manifestaciones apasionadas y despiadadas. El suyo fue un sonido capaz de superar los prejuicios de cualquier oyente, con cadencias generosas repartidas entre los tres movimientos, muy especialmente un grave central en el que prácticamente todo el movimiento es una cadencia traducida como recitativo, y de la que el intérprete supo extraer toda su capacidad para epatar. Fue sin duda una más que agradable sorpresa, coronada con un allegro vertiginoso, de escalas fulgurantes y arpegios desatados, con los que Romero demostró su versatilidad y talento.


Antes, la generosa y simpática elocuencia de Ventura Rico, en su esfuerzo por explicar el subtítulo de la empresa, Las hilanderas, en honor al cuadro de Velázquez, una constante con la que esta temporada la orquesta celebrará el año en que se cumplen cuatrocientos años del nombramiento de Velázquez como pintor de la corte, el contrabajista argumentó la pugna entre el arte y la artesanía, como reto que hay que superar para pasar de meros ejecutantes a verdaderos creadores, y podría decirse que Romero y el resto de sus aguerridos compañeros están cerca de conseguirlo, si no lo han hecho ya.

Alejandro Casal y Javier Núñez no midieron sino que sumaron fuerzas en un esplendoroso Concierto para dos claves BWV 1060 de Bach, toda una manifestación de gozo en el que los dos instrumentos se fundieron como uno mientras la cuerda acompañó acaso con algo más de aspereza de lo deseable, sobre todo en el sincopado allegro inicial. Leonard Rosenman ganó un Oscar en 1975 por adaptar, entre otras músicas, el bellísimo largo central de este concierto en la banda sonora de Barry Lyndon, y no quedó lejos salvo por las cuerdas de tripa, el resultado de anoche en las bravísimas manos de los dos clavecinistas, ejemplo de compenetración y esmerado diálogo que convergió en un desatado y a la vez transparente allegro final. Todo quedó así ya atado para que Peñalver de regreso y Ruibérriz de Torres nos regalaran un concierto para flauta de pico y travesera de Telemann de líneas solemnes en los dos largos, y apasionadas en el allegro y el danzarín presto final. Una manifestación de respeto y complicidad que fue la tónica general de una inolvidable noche coronada con el movimiento inicial de un concierto para dos flautas de Vivaldi de nuevo tan expresivo como vertiginoso.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 2 de abril de 2023

FIESTA EN EL GIARDINO CON JAKUB JÓZEF ORLINSKI

XL Festival de Música Antigua de Sevilla FeMÀS. Jakub Józef Orlinski, contratenor. Il Giardino d’Amore: Stefan Plewniak, violín solista y dirección; Ludmila Piestrak, Reyner Guerrero y Monika Boroni, violines; Wojtek Witek, viola; Katarzyna Cichón, violonchelo; Lukasz Madej, contrabajo; Jan Cizmár, tiorba; Ewa Mrowca-Kosciukiewicz, clave. Programa: Sinfonia de LÒlimpiade, movimientos de los conciertos para violín RV 273, RV 242, RV 208 “Grosso Mogul” y RV 222, y aria de Il Giustino, de Vivaldi; Arias de Tamerlano, Tolomeo, re d’Egitto, Partenope y Riccardo Primo, re d’Inghilterra, de Haendel.
Teatro de la Maestranza, sábado 1 de abril de 2023


Hay artistas que por su condición transcienden la mera música y se colocan en el pódium del verdadero estrellato. En estos tiempos de culto a la imagen, tener un físico atractivo y seductor vende mucho, pero si además va acompañado de un enorme desparpajo, una simpatía a raudales y una considerable generosidad, mejor. Claro que nada de esto serviría si estuviéramos hablando de un artista mediocre o del montón, pero el joven Orlinski por supuesto que no lo es. Atesora un instrumento envidiable, una técnica impecable, una proyección avasalladora y un talento para controlar volúmenes y agilidades fuera de toda discusión. Con todos estos ingredientes, la de anoche fue una cita irrepetible, de esas que huelga criticar y solo cabe reseñar.

Jakub Jozef Orlinski actuó ya en el Maestranza en marzo de 2018 con The English Concert bajo las órdenes de Harry Bicket en una versión de concierto de la ópera Rinaldo de Haendel, detalle que él mismo se encargó de recordar en inglés después de una simpática presentación en un perfecto castellano preparado para la ocasión. Pero aunque ya entonces dejó una huella indeleble, no fuimos entonces capaces de calibrar el salto de gigante que daría en los siguientes años hasta convertirse en el fenómeno mediático que hoy es. Hasta ahora solo habíamos disfrutado de una habilidad así para conectar con el público joven a través de redes sociales, descargas y video-clips al más puro estilo rock o pop con la violinista Janine Jansen o el flautista Emmanuel Pahud, pero hasta en eso Orlinski va a más. Su pasión por el break dance, disciplina que maneja a la perfección, no es ajena a esta proverbial conexión con los más jóvenes y el público en general. Así pudimos comprobarlo en este penúltimo concierto del FeMÀS de este año, broche final junto a la Pasión según San Mateo de un insólito Domingo de Ramos.


Un jardín para el chico de oro

Aunque nos habíamos acostumbrado en sus discos a escucharlo acompañado de il Pomo d’Oro y el director Maxim Emelyanychev, también asiduo hace años de nuestro teatro, en esta ocasión vino con el conjunto polaco Il Giardino d’Amore. La combinación de movimientos de concierto de Vivaldi y arias de Haendel en que consistió un programa dedicado a los héroes de la ópera barroca, con predominio de los primeros sobre los segundos, nos hizo pensar en un principio en el artista lírico como mero reclamo para lucir los talentos del conjunto compatriota, como si éste viniera a remolque del contratenor. Sin embargo acabamos con dos consideraciones, que Il Giardino d’Amore atesora un sonido robusto, lleno de fuerza y entusiasmo, y que quien lo dirige ha sido un gran descubrimiento. Reconozco que en el campo de los criterios interpretativos, el de Stefan Plewniak no es el que más nos convence, con sonidos estridentes y contrates demasiados fuertes. Así lo percibimos en la sinfonía de L’Olimpiade que sirvió de arranque, si bien poco a poco fue limando asperezas y se fue difuminando ese parecer en favor de un virtuosismo extremo no exento de delicadeza allí donde procedía, como por ejemplo en el allegro del Concierto Grosso Mogul, donde unas cadencias atentas al detalle lucieron sobre el flujo sostenido de la cuerda grave de Katarzyna Cichón. El virtuosismo de Plewniak y su incansable agilidad brillaron en todos los variopintos y sumamente creativos fragmentos vivaldianos, con su atuendo de prete aunque no rosso; pero también en los acompañamientos en las arias de Haendel, así como lo hizo la fuerza expresiva de un conjunto que interpretó en todo momento de corazón, sin partituras, salvo la tiorba. Por cierto, que Plewniak tuvo ocasión también para lucirse al pizzicato en la mandolina.


Pero ¿y la estrella? Orlinski fue un colmado de expresividad en sus seis arias programadas. Pura teatralidad, el gesto al servicio de la música y el drama al de un público embelesado al que recursos como cantar tumbado, con el resto del conjunto echado, sentado o de rodillas en el escenario como si fuese un giardino en Sento il seno de Il Giustino, sirvió para concitar todavía más su atención, incapaz así de sustraerse a cada inflexión, gesto y cambio de color propuesto por este excelente vocalista, en quien además pudimos distinguir una bonita voz de tenor cuando se le agotaba el falsete. Conmovió con Stille amare de Tolomeo, asombró con sus estratosféricas agilidades en Agitato da fiere tempeste de Riccardo Primo, y nos encantó con sus generosas propinas, destacando un delicadísimo Se in fiorito ameno prato de Giulio Cesare. Hubo además lugar para una auténtica fiesta, cuando siguió con frondosas vocalizaciones el habitual palmeado por sevillanas del enfervorecido público, o nos invitó a cantarle al violista Wojtek Witek feliz cumpleaños. Solo faltó que nos brindara unos pasos de ese break dance que le mantiene tan en forma, pero por lo demás, lo de anoche fue un espectáculo en toda regla.

Fotos: Lolo Vasco / FeMÀS
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 19 de marzo de 2023

QUEYRAS, AKAMUS Y LA MAGIA DEL BARROCO ITALIANO

XL Festival de Música Antigua de Sevilla FeMÀS. Akademie für Alte Musik Berlin (Akamus)Jean-Guihen Queyras, violonchelo. Programa: Suite de Almira HWV 1, de Haendel; Concierto para violonchelo nº 2 en re mayor L.10, de Leonardo Leo; Concierto para dos violines y violonchelo en re menor op. 3 nº 9 RV 565, de Vivaldi; Concerto grosso en sol menor op. 8 nº 6, de Torelli; Concierto para violonchelo en fa mayor, de Nicola Fiorenza; Sinfonía en si menor RV 169 “Al Santo Sepolcro”, de Vivaldi; Concierto para violonchelo en re mayor D. 650, de Giovanni Benedetto Platti. Espacio Turina, sábado 18 de marzo de 2023


Imposible resistirse a una de las citas más emblemáticas de esta edición del Festival de Música Antigua de Sevilla. Nada más y nada menos que la Akademie für Alte Musik Berlin, una de las formaciones decanas en la interpretación del barroco con criterios historicistas, acompañada para la ocasión de uno de los más reconocidos violonchelistas de la actualidad, el francés nacido en Canadá y profesor en Stuttgart Jean-Guihen Queyras, cuyo nombre ha estado largamente asociado al gran Pierre Boulez. En la plantilla de la orquesta, que como tantas otras cuenta siempre con añadidos ajenos a la suya propia, destacaron el sevillano Miguel Rincón, un detalle que Queyras, haciendo gala de desparpajo y simpatía, no quiso pasar por alto, y el joven violinista chileno, también bailarín y coreógrafo, Yves Ytier. Y en los atriles todo un fascinante repertorio de conciertos italianos, confrontando el estilo refinado veneciano del que fue máximo exponente Vivaldi, con el más visceral y operístico napolitano, con relativamente desconocidos como Nicola Fiorenza o Leonardo Leo como representantes.

La combinación de todos estos elementos dio como resultado un derroche de virtuosismo y agilidad festiva no reñida con la delicadeza y el refinamiento con que Akamus fue capaz de afrontar este fascinante recorrido por el barroco concertante italiano. Y como muestra el arranque, una suite de temas y danzas de la primera ópera de un joven Haendel, Almira, con esbozos de piezas que luego volvería a utilizar en otras óperas, como esa sarabanda germen de Lascia ch’io pianga que la orquesta mimó hasta el último detalle y Rincón ornamentó con tanta delicadeza como buen gusto. Tuvimos cierto recelo en la primera aparición de Queyras, advirtiendo algún que otro roce y especialmente alguna caída de tono en el concierto de Leo, aunque no pudimos sustraernos a la belleza de su larghetto en forma de aria tan subyugante como melódicamente inspirada, y mucho menos a la breve y vibrante fuga que precede a un elegante allegro final que el violonchelista rubricó con el mismo acierto con el que afrontó el resto de programa, lo que nos hizo apearnos de esa sensación inicial de que la fama que precede a veces no se traduce en verdadera excelencia. 
Con un vertiginoso duelo de violines a cargo de Georg Kallweit, el veterano violín primero y concertino de una orquesta que para la ocasión vino integrada por mayoría de mujeres, diez frente a los seis varones, y el joven Ytier, seguido de un brusco cambio de registro para dar entrada al violonchelo, arrancó el extraordinario Concierto op. 3 nº 11 de Vivaldi, uno de los doce que componen L’estro armonico.

Y ya en la segunda parte, disfrutamos con una
refinadísima interpretación del célebre Concerto grosso para Navidad de Giuseppe Torelli, de líneas amables y bien engarzadas y un tono general que se ajustó como un guante a su estética pastoral. Con la misma sensibilidad y sentido del drama lograron una recreación impecable e impactante de la Sinfonía al Santo Sepolcro de Vivaldi, mientras Queyras siguió sorprendiendo con un fraseo distendido y una equilibrada articulación, sin ahorrar en agilidad y expresividad tan dinámica como refulgente en el concierto de Fiorenza, dejando clara su tendencia a una incisiva fogosidad. La Escuela Veneciana volvió a hacerse presente para terminar en un concierto en el que volvieron a brillar el violín de Kallweit y el laúd de Rincón, arropando la extrema sensibilidad con que el violonchelista acometió los delicados pasajes del concierto de Giovanni Benedetto Platti. En las propinas, además de un sentimental larghetto de Vivaldi, Queyras y Akamus nos deleitaron aun más con su repetición del primer movimiento del concierto RV 565 de Vivaldi.

Fotos: Lolo Vasco / FeMÀS
Artículo publicado en El Correo de Andalucía