jueves, 15 de enero de 2026

EL MAESTRANZA SE INUNDA DE MAGIA CON COPPÉLIA

Coppélia. Música de Léo Delibes. Ballet de la Ópera Nacional del Capitole de Toulouse. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Nicolas André, dirección musical. Beate Vollack, dirección de danza. Jean-Guillaume Bart, coreografía. Antoine Fontaine, escenografía. David Belugou, vestuario. François Menou, iluminación. Principales intérpretes: Natalia de Froberville, Ramiro Gómez Samón, Jérémy Leydier, Nino Gulordava, Alexandre De Oliveira Ferreira y Georgina Giovannoni. Teatro de la Maestranza, miércoles 14 de enero de 2026


En cierto modo, Coppélia representa la combinación perfecta del ballet romántico francés y los grandes ballets rusos. Su autor, emparentado con el escritor Miguel Delibes a través de un sobrino del primero que fue abuelo del segundo, fue alumno de Adolphe Adam, autor de Giselle, y a la vez precursor de los ballets de Chaikovski, en quien ejerció una notable influencia y también adaptó a Ernst Theodor Amadeus Hoffmann con El Cascanueces.

Del polifacético escritor alemán, el compositor francés eligió El hombre de arena, una fábula en la que la ingeniería protagoniza el anhelo del hombre por crear vida, a través del prodigio de los autómatas, tan de moda en su época. No hay que olvidar la ópera de Jacques Offenbach Los cuentos de Hoffmann, donde también cobra especial relieve la antigua y romántica inteligencia artificial.

Desde 2003 no se representaba en el Maestranza este título en el que brilla especialmente la majestuosa partitura de Delibes, de la que el todoterreno director Nicolas André logró sacar todo el brillo posible, a través de una Sinfónica de Sevilla entregada, voluptuosa y extremadamente disciplinada en todas sus secciones, desde una cuerda tersa y dinámica a unos metales refulgentes y perfectamente entonados.

Una compañía muy bien conjuntada

El bailarín y coreógrafo Jean-Guillaume Bart, al frente del Ballet de la Ópera Nacional de Toulouse, basa su trabajo en el original de Arthur Saint-Léon, que estrenó el título en la Ópera de París en 1870. Pero lo somete a continuas revisiones, siempre desde el respeto y la admiración, introduciendo aspectos de modernidad que sin llegar al concepto netamente vanguardista, logra insuflar de actualidad y frescura los movimientos originales.


La compañía brilló como conjunto, lográndose en las escenas corales una simbiosis y una perfección extraordinarias, sin grandes alardes ni acrobacias increíbles, pero manteniendo siempre esa compenetración y perfección de movimientos que tanto hace las delicias del público aficionado. En este sentido, Alexandre De Oliveira y Georgina Giovannoni como el burgomaestre y su esposa, lograron a través de una divertida caracterización y unos bailes henchidos de dinamismo, comandar un conjunto brioso y magníficamente sincronizado. La mazurka y las célebres czardas brillaron notablemente en el primer acto, como lo hicieron en el tercero la ristra de danzas que lo integran.

En el apartado solista, la bailarina rusa Natalia de Froberville encarnó a una Swanilda decidida y enérgica, que bailó el vals del principio con delicadeza y suma elegancia, mientras el cubano Ramiro Gómez Samón imprimió su personaje, Franz, de ternura e inocencia, con saltos y piruetas de gran vistosidad. Su paso a dos del primer acto no fue, sin embargo, un dechado de virtudes, destacando más por el sensacional solo del violín en la balada, de la misma forma que en el tercer acto, el paso a dos se benefició de un estremecedor canto del violonchelo solista.

Nino Gulordava resultó una muñeca tan flexible como vulnerable, mientras Jérémy Leydier realizó con el doctor Coppélius una interpretación perfecta en gestos y expresividad. En el más narrativo de los tres actos, el segundo, donde todos los intérpretes consiguieron insuflar de vida cada movimiento, brillaron los bailarines encargados de personificar a los autómatas, con movimientos espasmódicos de gran virtud, así como largas pausas en las que la quietud asomó perfecta y disciplinada.

Una escenografía romántica y un foso brillante

Más que la ópera, la danza se permite mantener esas escenografías antiguas de corte netamente romántico que reproducen a la perfección estancias y paisajes, renunciando a la vanguardia y a la reinterpretación intelectual del material dramático. En esta ocasión, Antoine Fontaine optó por unos decorados extremadamente románticos y coloristas, reproduciendo en los actos extremos la plaza de una aldea de atmósfera eslava, con efectos de profundidad muy conseguidos.


El acto central estuvo presidido por un laboratorio muy en consonancia con el del doctor Frankenstein, con el que el personaje de Coppelius guarda evidentes similitudes. En estos decorados, la directora de danza Beate Vollack logró que las coreografías brillaran en toda su plenitud. Un vestuario igualmente colorista y variado aportó también esa considerable dosis de ternura y encanto que presidió toda la función, contribuyendo a limar todos los aspectos sombríos que imperan en el cuento original, y que la música de Delibes ya se encargó de rebajar en su momento.

Absolutamente sensacional resultó la dirección de un enérgico desde el minuto uno al último Nicolas André, delineando cada pieza musical con un sonido claro y brillante. En sus manos la partitura nos guió de forma precisa por la narración, harto literal en el segundo acto, de la misma manera que en los extremos brilló el dinamismo y la vitalidad con la que la batuta animó a una orquesta cómoda y comprometida. Una auténtica delicia en todos los sentidos y una ocasión única para disfrutar de una partitura magistral, la mejor del compositor junto al también ballet Sylvia y la ópera Lakmé, lo que se traduce en que a menudo se interprete como suite de concierto.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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