Coppélia. Música de Léo Delibes. Ballet de la Ópera Nacional del Capitole de Toulouse. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Nicolas André, dirección musical. Beate Vollack, dirección de danza. Jean-Guillaume Bart, coreografía. Antoine Fontaine, escenografía. David Belugou, vestuario. François Menou, iluminación. Principales intérpretes: Natalia de Froberville, Ramiro Gómez Samón, Jérémy Leydier, Nino Gulordava, Alexandre De Oliveira Ferreira y Georgina Giovannoni. Teatro de la Maestranza, miércoles 14 de enero de 2026
Del polifacético escritor alemán, el compositor francés eligió El hombre de arena, una fábula en la que
la ingeniería protagoniza el anhelo del
hombre por crear vida, a través del prodigio de los autómatas, tan de moda
en su época. No hay que olvidar la ópera de Jacques Offenbach Los cuentos de Hoffmann, donde también
cobra especial relieve la antigua y
romántica inteligencia artificial.
Desde 2003 no se representaba en el Maestranza este título en el que brilla especialmente la majestuosa
partitura de Delibes, de la que el todoterreno director Nicolas André logró sacar todo el
brillo posible, a través de una Sinfónica
de Sevilla entregada, voluptuosa y extremadamente disciplinada en todas sus
secciones, desde una cuerda tersa y dinámica a unos metales refulgentes y
perfectamente entonados.
Una compañía muy
bien conjuntada
El bailarín y coreógrafo Jean-Guillaume
Bart, al frente del Ballet de la
Ópera Nacional de Toulouse, basa su trabajo en el original de Arthur
Saint-Léon, que estrenó el título en la Ópera de París en 1870. Pero lo somete
a continuas revisiones, siempre desde el respeto y la admiración, introduciendo aspectos de modernidad
que sin llegar al concepto netamente vanguardista, logra insuflar de actualidad
y frescura los movimientos originales.
En el apartado solista, la bailarina rusa Natalia de Froberville encarnó a una Swanilda decidida y enérgica, que bailó el vals del principio con delicadeza
y suma elegancia, mientras el cubano Ramiro
Gómez Samón imprimió su personaje, Franz, de ternura e inocencia, con saltos y piruetas de gran vistosidad.
Su paso a dos del primer acto no fue, sin embargo, un dechado de virtudes,
destacando más por el sensacional solo
del violín en la balada, de la
misma forma que en el tercer acto, el paso a dos se benefició de un estremecedor canto del violonchelo solista.
Nino Gulordava resultó una muñeca tan flexible como
vulnerable, mientras Jérémy Leydier realizó
con el doctor Coppélius una interpretación perfecta en gestos y expresividad.
En el más narrativo de los tres actos, el segundo, donde todos los intérpretes consiguieron insuflar de vida cada
movimiento, brillaron los bailarines encargados de personificar a los
autómatas, con movimientos espasmódicos de gran virtud, así como largas pausas
en las que la quietud asomó perfecta y
disciplinada.
Una escenografía
romántica y un foso brillante
Más que la ópera, la danza se permite mantener esas escenografías antiguas de corte netamente romántico que reproducen
a la perfección estancias y paisajes, renunciando a la vanguardia y a la
reinterpretación intelectual del material dramático. En esta ocasión, Antoine Fontaine optó por unos
decorados extremadamente románticos y coloristas, reproduciendo en los actos
extremos la plaza de una aldea de atmósfera eslava, con efectos de profundidad muy conseguidos.
Absolutamente sensacional resultó la dirección de un enérgico desde el minuto uno al último Nicolas André, delineando
cada pieza musical con un sonido claro y brillante. En sus manos la partitura
nos guió de forma precisa por la narración, harto literal en el segundo acto,
de la misma manera que en los extremos brilló
el dinamismo y la vitalidad con la que la batuta animó a una orquesta cómoda
y comprometida. Una auténtica delicia en todos los sentidos y una ocasión única para disfrutar de una
partitura magistral, la mejor del compositor junto al también ballet Sylvia y la ópera Lakmé, lo que se traduce en que a menudo se interprete como suite de concierto.



No hay comentarios:
Publicar un comentario