No parece que la sala central del nuevo Centro Cultural Artillería cumpla las condiciones ideales para convertirse en auditorio, siempre improvisado, con una sillería provisional, la ausencia de gradas y, aún peor, de una plataforma sobre la que elevarse los intérpretes. Todo eso hace que más allá de una tercera o cuarta fila resulte difícil ver a las y los músicos, lo que teniendo en cuenta el caso, una inmensa multitud de jóvenes maestros y maestras, resta atractivo a la propuesta. Afortunadamente consta de una acústica satisfactoria.
El segundo de los
conciertos de esta temporada nº 15 de la Sinfónica Conjunta, se convocó por
segundo año consecutivo casi sin previo aviso, sin una programación anunciada con
antelación suficiente, lo que sin embargo no afectó a la concurrencia de
público, imaginamos que en su mayoría invitado por los propios músicos, y parte
de la comunidad académica. Se trató esta vez del habitual concierto sólo de
vientos del que se encarga Camilo Irizo, con apoyo de la percusión y una mínima
participación de cuerda grave.
Resulta prodigioso el trabajo que Irizo, como su colega Juan García Rodríguez, hace con estos jóvenes tan comprometidos y disciplinados, de forma que sonando tantos a la vez logren un sonido mayormente compacto y sincronizado. En el programa tres obras de muy distinta consideración, pero en todo caso ideales para la práctica de los instrumentos, con múltiples posibilidades de lucimiento para la plantilla y los solistas convocados.
Así se consiguieron tan buenos resultados en la primera página sobre los atriles, una obertura al más puro estilo estadounidense, del prolífico autor James Barnes. Una obra, como tantas otras, incluidas nueve sinfonías, concebida para banda de concierto. Teníamos el referente de Tokyo Kosei Wind Orchestra, que ha grabado mucha de la obra de Barnes, y apenas encontramos diferencias con la interpretación que nos brindó la Conjunta. Con una estructura tradicional de pasaje lento y melódico enmarcado en otros dos más vivos y dinámicos compartiendo acordes, en la tradición del estilo a la americana cultivado por autores como Aaron Copland o John Williams, la Conjunta exhibió seguridad y precisión, con solos sensacionales de saxo, clarinete y trombón.
Un espíritu y una
combinación de colores completamente distinta asomó en la Sinfonía nº 3 “Eslava” del
compositor y militar ruso Boris Kozhevnikov, una de sus obras más interpretadas
precisamente por la popularidad que alcanzó entre las bandas norteamericanas en
la década de 1990, cuarenta años después de su composición. La orquesta ofreció
un primer movimiento vivo y agresivo, con ráfagas puntuales de un contenido aroma lírico
y melódico. Su carácter más impreciso e indefinido hizo que en algunas
ocasiones el resultado global fuera relativamente caótico, pero manteniendo
siempre su espíritu marcial y folclórico, demostrando que aún siendo tan
jóvenes son muy capaces de plegarse a distintas atmósferas con una
profesionalidad aplastante.
Así se sucedieron un
vals característico, un scherzo juguetón y rítmico y un exuberante final, antes
de que como colofón se interpretase la obra más interesante, El Coloso del
valenciano Ferrán Ferrer. Se trata de una pieza de corte sinfónico y carácter
programático, a través de la cual el autor imagina la historia detrás del
famoso cuadro de Goya, precursor de sus pinturas negras. Rica en texturas y
matices, la Conjunta con Irizo al mando ofreció una lectura apasionante,
perfectamente estructurada, muy dinámica y absolutamente disciplinada en todas
sus secciones, incluida una percusión precisa y una sección de cuerda, dos
chelos y dos contrabajos, presta a potenciar el volumen y la intensidad de la
pieza. El resultado fue apabullante, con aportación vocal incluida de los y las
jóvenes intérpretes en modo aquelarre, y un final mastodóntico que quita la
respiración. De esta forma cuesta considerar a estos y estas jóvenes como estudiantes en prácticas, en lugar de como músicos competentes y consumados.


No hay comentarios:
Publicar un comentario