Un trabajo de Turina poco divulgado, El Castillo de Almodóvar, apenas grabado y menos programado en
concierto, encabezó una noche centrada
en celebrar el año Falla, cuando se cumplen ciento cincuenta años de su
nacimiento. Nada, ni el calor, ni las vacaciones de julio, ni siquiera la cita
con la Roja en Los Angeles, impidió un
lleno absoluto en el Maestranza, aunque precisamente por este último motivo
se dejaron ver algunos huecos en la segunda parte del concierto. Un color, por
cierto, que predominó en los atriles de la ROSS gracias a los atuendos de las
dos solistas convocadas en su primera parte.
La sensacional arpista de la
orquesta, Daniela Iolkicheva, que comparte con Natsvishvili haber integrado
la plantilla desde sus inicios y no reflejar físicamente su veteranía, se
encargó de dar forma a una pieza concebida como trabajo pianístico, más tarde ejercicio de orquestación del que el
compositor sevillano salió bastante bien parado. Se trata de una sofisticada
pieza que acusa en su primer movimiento, Silueta
nocturna, para nosotros el más conseguido, una fértil sensualidad, fruto de
la influencia impresionista de la época,
adobada con un sentido del color, la melodía y la armonía del que la solista se
hizo eco sin aparente dificultad.
Poseedora de una depurada técnica y
una musicalidad extrema, Iolkicheva despachó la pieza acariciando las
cuerdas con la elegancia y la delicadeza que le caracteriza, mientras Lucas Macías a la dirección arropó con
considerable calidez expresiva. Lástima que Evocación medieval, el segundo movimiento, se muestre más
irregular, con momentos mal resueltos
junto a otros más inspirados, nada de lo cual afectó a la excelencia
interpretativa de solista y orquesta. A
plena luz, el tercer movimiento, se reveló como una combinación de los
otros dos, tan cálido y sensual como el primero, y apoteósico como el segundo,
dando pie a uno de los momentos más bellos de la partitura, el solo de Iolkicheva respondido por el eco
de la segunda arpista. Una gran ovación evidenció la admiración, el cariño y
el respeto que le profesa la afición.
Dos grandes Fallas en un solo concierto
Son muchas las ocasiones en las que la ROSS se ha enfrentado a los dos grandes ballets del compositor gaditano,
la mayoría de las veces con gran acierto. Pero no recordamos ninguna en la que
confluyeran en un mismo programa los
dos juntos. Para el primero, el archiconocido El amor brujo, se contó con la cantaora del momento, Marina Heredia, con quien además el
próximo mes de octubre la orquesta protagonizará una de las citas de la Bienal
de Flamenco. El aperitivo de anoche, que se repite hoy, se saldó sin sorpresas en cuanto a la colaboración vocal,
amplificada y en la línea habitual con la que se despacha la obra cuando la
afronta una voz flamenca en lugar de su alternativa de mezzosoprano.
Mucho mejor resultó la lectura del director onubense en El sombrero de tres picos. Aquí no
pareció buscar esa dignidad mal entendida de la pieza anterior. Por el contrario,
se decantó por acentuar la inusitada
comicidad y la atmósfera alegre y desenfadada de la primera parte, con un
trabajo depurado y muy en consonancia de la orquesta, esta vez acompañada de
una fuerza arrolladora y un trabajo
excepcional de la percusión, sin dejarse llevar en ningún momento por una
emoción exacerbada que impidiera
paladear la pieza con la gracia y la
elegancia que también merece.
Pero fue sobre todo la segunda parte, dividida fundamentalmente en el lirismo relajado de la Danza de los vecinos, y el ritmo trepidante, festivo y colorido de las del molinero y final.
Todo un dechado de fuerza apasionada, sin sobrepasar límites que nos dejaran
una sensación de saturación nada apropiada a la gramática sensible y depurada de un autor que marcó nuestra significativa
aportación a la música clásica del siglo XX, y de cuyo sonado aniversario se hacen eco también otras iniciativas,
especialmente las Noches del Alcázar.


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