viernes, 3 de julio de 2026

PREDOMINIO DEL ROJO EN UN COLORIDO FIN DE TEMPORADA DE LA ROSS

Sinfónico 15. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniela Iolkicheva, arpa. Marina Heredia, cantaora. Lucas Macías, dirección. Programa: El Castillo de Almodóvar, de Turina; El amor brujo y El sombrero de tres picos, de Falla. Teatro de la Maestranza, jueves 2 de julio de 2026


Aunque Todavía le queda por delante su concierto participativo, la ROSS despide ayer y hoy su trigésimo sexta temporada, con un emotivo adiós adicional a una maestra y dos maestros que se jubilan. Así, el concierto comenzó con una merecida ovación y ofrenda de flores a la icónica violonchelista Nonna Natsvishvili, que nos ha acompañado desde la formación de la orquesta en 1991, y los violinistas Marius Mihail Gheorghe Dinu y Alexandru Mihon. Les echaremos de menos, aunque darán paso a talentos de nueva generación que perpetuarán a buen seguro la excelencia alcanzada por nuestra querida orquesta.

Un trabajo de Turina poco divulgado, El Castillo de Almodóvar, apenas grabado y menos programado en concierto, encabezó una noche centrada en celebrar el año Falla, cuando se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. Nada, ni el calor, ni las vacaciones de julio, ni siquiera la cita con la Roja en Los Angeles, impidió un lleno absoluto en el Maestranza, aunque precisamente por este último motivo se dejaron ver algunos huecos en la segunda parte del concierto. Un color, por cierto, que predominó en los atriles de la ROSS gracias a los atuendos de las dos solistas convocadas en su primera parte.

La sensacional arpista de la orquesta, Daniela Iolkicheva, que comparte con Natsvishvili haber integrado la plantilla desde sus inicios y no reflejar físicamente su veteranía, se encargó de dar forma a una pieza concebida como trabajo pianístico, más tarde ejercicio de orquestación del que el compositor sevillano salió bastante bien parado. Se trata de una sofisticada pieza que acusa en su primer movimiento, Silueta nocturna, para nosotros el más conseguido, una fértil sensualidad, fruto de la influencia impresionista de la época, adobada con un sentido del color, la melodía y la armonía del que la solista se hizo eco sin aparente dificultad.

Poseedora de una depurada técnica y una musicalidad extrema, Iolkicheva despachó la pieza acariciando las cuerdas con la elegancia y la delicadeza que le caracteriza, mientras Lucas Macías a la dirección arropó con considerable calidez expresiva. Lástima que Evocación medieval, el segundo movimiento, se muestre más irregular, con momentos mal resueltos junto a otros más inspirados, nada de lo cual afectó a la excelencia interpretativa de solista y orquesta. A plena luz, el tercer movimiento, se reveló como una combinación de los otros dos, tan cálido y sensual como el primero, y apoteósico como el segundo, dando pie a uno de los momentos más bellos de la partitura, el solo de Iolkicheva respondido por el eco de la segunda arpista. Una gran ovación evidenció la admiración, el cariño y el respeto que le profesa la afición.

Dos grandes Fallas en un solo concierto

Son muchas las ocasiones en las que la ROSS se ha enfrentado a los dos grandes ballets del compositor gaditano, la mayoría de las veces con gran acierto. Pero no recordamos ninguna en la que confluyeran en un mismo programa los dos juntos. Para el primero, el archiconocido El amor brujo, se contó con la cantaora del momento, Marina Heredia, con quien además el próximo mes de octubre la orquesta protagonizará una de las citas de la Bienal de Flamenco. El aperitivo de anoche, que se repite hoy, se saldó sin sorpresas en cuanto a la colaboración vocal, amplificada y en la línea habitual con la que se despacha la obra cuando la afronta una voz flamenca en lugar de su alternativa de mezzosoprano.


Macías, sin embargo, pareció buscar tan denostadamente la delicadeza y la elegancia en la partitura, que apenas alcanzó a ofrecer una lectura mortecina, de colores pálidos, sin fuerza ni garra, a pesar del empeño de la cantaora, poseedora de un hermoso y poderoso timbre y una perfecta entonación, así como una fuerza desgarradora exenta de efectismos fuera de lugar. Hemos disfrutado mejores prestaciones de la ROSS en anteriores ocasiones en las que ha interpretado la famosa pieza, incluida una Danza del fuego que en esta ocasión se nos antojó algo meliflua. No obstante, cabe destacar el aplomo y el respeto con que la batuta acompañó los momentos cantados y recitados de la partitura, procurando marcar la expresividad y el lirismo de cada aportación.

Mucho mejor resultó la lectura del director onubense en El sombrero de tres picos. Aquí no pareció buscar esa dignidad mal entendida de la pieza anterior. Por el contrario, se decantó por acentuar la inusitada comicidad y la atmósfera alegre y desenfadada de la primera parte, con un trabajo depurado y muy en consonancia de la orquesta, esta vez acompañada de una fuerza arrolladora y un trabajo excepcional de la percusión, sin dejarse llevar en ningún momento por una emoción  exacerbada que impidiera paladear la pieza con la gracia y la elegancia que también merece.

Pero fue sobre todo la segunda parte, dividida fundamentalmente en el lirismo relajado de la Danza de los vecinos, y el ritmo trepidante, festivo y colorido de las del molinero y final. Todo un dechado de fuerza apasionada, sin sobrepasar límites que nos dejaran una sensación de saturación nada apropiada a la gramática sensible y depurada de un autor que marcó nuestra significativa aportación a la música clásica del siglo XX, y de cuyo sonado aniversario se hacen eco también otras iniciativas, especialmente las Noches del Alcázar.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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