viernes, 6 de noviembre de 2026

UNA DESGARRADORA QUINTA DE SHOSTAKÓVICH

Ciclo Sinfónico 3 de la temporada 26/27 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Valeriy Sokolov, violín. György Györivanyi Ráth, dirección. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikóvski; Sinfonía nº 5 en Re menor Op. 47, de Shostakóvich. Teatro de la Maestranza, jueves 5 de noviembre de 2026


Para su tercer programa del ciclo sinfónico, la orquesta ofreció dos visiones distintas y complementarias del arte compositivo ruso, dos épocas también muy distintas, el zarismo con el que convivió Chaikóvski y la revolución que sufrió Shostakóvich. Épocas convulsas ambas, cada una a su modo, que representan parte de la compleja historia rusa y que sus representantes musicales diseñaron de forma tan certera como deliberadamente incisiva.

Para dar forma al acontecimiento, se contó con György Ráth, de nuevo director invitado de la formación sevillana, con la que tan bien sabe sintonizar, que conoce además el terreno y sabe sacarle todo el partido que requiere, como demostró acompañando con mimo y deleite al violinista y, sobre todo, firmando una antológica y muy meditada interpretación de la Sinfonía nº 5 de Shostakóvich, la más programada de su fascinante ciclo sinfónico junto a la muy efectista y popular nº 7 Leningrado.

Un violinista con impulso y coraje

Aclamado y laureado en plazas y certámenes, el violinista ucraniano Valeriy Sokolov se hermanó en este concierto con la música eminentemente rusa en un ejercicio de confraternización tan oportuno como emotivo, echando la vista atrás a una época en la que ambos países vivieron bajo la misma bandera obligados por los opresores, aunque de distinta índole, regímenes. La suya fue una interpretación frecuentemente aristada, recreando con su violín un sonido en general poco complaciente pero deslumbrante a nivel técnico.


De hecho, para el compositor se trataba de una página de rutilante virtuosismo, inspirada por la Sinfonía española de Lalo. El suyo fue el primer concierto para violín ruso que se impuso en el repertorio del instrumento. En el allegro inicial, algo lento para nuestro gusto, Sokolov se mostró seguro y flexible, pero ya con ese sonido romo y un punto áspero que caracterizó su estilo, y enfrentándose a la difícil aunque poco inspirada cadenza de forma brillante y responsable.

Logró que la canzonetta sonara hermosa y nostálgica, siempre bajo un control absoluto que se tradujo en la seguridad con la que abordó el largo trino que sirve de transición a un allegro final tan llamativo como centelleante y vivaz, logrando elevarlo por encima de su discutible calidad. Remató con un final de intenso y acrobático impulso dinámico, realzado con cierto frescor popular, avivado con el más que competente y disciplinado acompañamiento de la orquesta y la complicidad absoluta de la batuta.

Una quinta atinada y desoladora

Quizás por esa deliberada intención de Shostakóvich de complacer a quienes tanto le criticaron por su atrevida Lady Macbeth de Mtsensk, la aparentemente accesible Sinfonía nº 5 cuenta con una mayor divulgación que el resto de su vasto catálogo sinfónico. Aquí la hemos disfrutado en muchas ocasiones, pero quizás fuera ésta la que más nos ha conmovido y emocionado, gracias a una respuesta de Ráth tan equilibrada en lo formal como en el contenido, estudiada a fondo para lograr extraer de la misma toda la rabia y amargura que encierra tras unos mimbres aparentemente inofensivos.


György Ráth logró que la pieza sonara discretamente ácida y definitivamente atractiva, con cierto nerviosismo angustiado en el moderato inicial, alternando serenidad con puntuales estallidos de fuerza, especialmente logrado en la rabiosa y exacerbada marcha con ese punto ragtime que tanto encandila a mitad del movimiento. El trabajo de la flauta, el clarinete y la cuerda grave ayudó sobremanera a generar este clima angustiado puntualmente aliviado con brotes de serenidad. El final, con el solo agudo del violín y la cromática aportación del arpa y la celesta, fue sencillamente brillante.

Un allegretto conciso y despreocupado, cargado de humor pero exento de la vulgaridad con la que lo abordan otros, posiblemente con acierto, dio paso al lirismo y la meditación con la que el director acertó a recrear el intenso y conmovedor largo, una angustiosa página que entronca con la estética chaikovskiana, y que de nuevo se benefició de imponentes aportaciones del arpa, la flauta y el oboe. Lástima que aquí reaparecieran las temibles e impertinentes toses y otros indescriptibles ruidos que tanto agreden al talento y el ingenio de la partitura. Antes, en el concierto de Chaikóvski, Ráth tuvo el acierto de parar los aplausos entre el primero y el segundo movimiento.

En el último, fueron los metales quienes se impusieron, sin fisura alguna, haciendo alarde de una fuerza y una seguridad extraordinarias. Ráth fue capaz de insuflar la página de un ritmo vitalista y contundente, aparentemente fiestero pero definitivamente ácido, cargado de ironía hasta su deslumbrante y apoteósico final, consiguiendo que su aparente triunfalismo sonara más bien desolador y hasta cierto punto desgarrador.

Fotos: Luis Prieto Fernández
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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