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jueves, 24 de junio de 2021

JAMES CONLON Y UNA RADIANTE JONDE BRILLAN EN SEVILLA

Concierto de la Joven Orquesta Nacional de España. James Conlon, director. Programa: Sinfonía nº 4 en re menor Op. 120, de Schumann; Sinfonía nº 4 en mi menor Op. 98, de Brahms. Teatro de la Maestranza, miércoles 23 de junio de 2021

Foto: Guillermo Mendo
Hacía tiempo que no disfrutábamos en Sevilla del que muchos consideran uno de los mejores conjuntos sinfónicos de nuestro país, y eso que está integrado solo por jóvenes que cubren así la última etapa de su aprendizaje antes de enfrentarse a la vida profesional. Aprovechando la gira emprendida por el Auditorio Nacional, el Festival de Granada y el cierre de temporada del Maestranza, pudimos por fin quitarnos la espinita. Los apagados comentarios recibidos de su incursión en Granada no hacían presagiar un concierto de tan estimulantes resultados, pero las manos expertas del director norteamericano James Conlon con este tipo de formaciones que tantas veces ha dirigido en su país, lograron que la JONDE brillara no solo como otras veces sino incluso más, en un programa que enfrentaba dos cuartas románticas, la de Schumann y la de Brahms.

Aunque sus grabaciones, especialmente junto a la Gürzenich Orchester de Colonia, son fáciles de encontrar, y su reputación se remonta a la década de los setenta del siglo pasado, habiéndose asentado como director musical de la Ópera de Los Angeles desde hace ya un buen puñado de años, algunos de los cuales ha coincidido con Plácido Domingo como director general, hemos de confesar que apenas conocíamos a Conlon más que por una magnífica regrabación fechada en 1999 de la banda sonora completa de Bernard Herrmann para Vértigo, distribuida en un disco que acompañaba un libro de Douglas Gordon sobre el film de Hitchcock y una exposición conmemorativa en París, donde el director era entonces el responsable de la Ópera Nacional. Su vinculación con Sevilla se limita a ser uno de los pocos que ha grabado la ópera de John Corigliano Los fantasmas de Versalles, donde se retoman los personajes de Fígaro y Rosina allí donde los dejaron Mozart y Rossini. Su presencia ahora en el escenario del Maestranza se antojaba así todo un acontecimiento.

Una orquesta en perfecta forma física y mental

Septiembre de 2010, frente a la Ópera de Los Angeles, en el Dorothy Chandler Pavillion,
durante muchos años sede de la ceremonia de los Oscar
Originalmente considerada una fantasía sinfónica, de ahí que se deba tocar de continuo, sin pausas entre movimientos como hizo Conlon, lo que le da una unidad tan atractiva como trascendental, la Sinfonía nº 4 de Schumann fue abordada por la JONDE con una vitalidad y un ímpetu desbordado. El director prefirió el trabajo de equipo, que sonara como un todo, un bloque sólido y espeso, mejor que destacar matices y detalles, y lo cierto es que acertó en su decisión. Desde el lento arranque hasta la fogosa heroicidad final, pasando por la delicada expresividad de la romanza, con un sensacional solo de violín, y el pujante scherzo, defendido con aplomo y contundencia, la orquesta exhibió una calidad técnica extraordinaria, incluso en los temibles metales, deslizándose entre las sinuosas oscilaciones del allegro inicial, y el radiante final, abundando las texturas espesas y el carácter solemne y dramático de la pieza, a lo que la batuta se plegó con desenvoltura y sentido del espectáculo.

La Joven Orquesta Nacional de España ayer en el Maestranza
Foto: Guillermo Mendo
También la Cuarta de Brahms se benefició de estas cualidades. Esta expresión máxima de la tragedia épica y el lirismo melódico encontró en los jóvenes intérpretes un magnífico espejo, lográndose que esta mezcla y enfrentamiento entre lo arcaico y la pasión romántica sonara con una brillantez inusual para instrumentistas todavía con poca experiencia, lo que evidencia que detrás hubo un trabajo extenuante entre batuta y orquesta, además de una química tan buena que se evidenció en los signos de admiración que sus integrantes brindaron al veterano director al final de la representación. Aquí todo sonó atormentado y a la vez fogoso, con imperiales toques de metal y un trabajo excelente de las maderas, especialmente en el contenido y cálido andante, siempre con un acompañamiento preciso de la cuerda, destacando el brío y corporeidad de la grave. Al carácter desenvuelto y jocoso del scherzo siguió un contundente y meditado allegro final siguiendo el modelo de la chacona bachiana con mucho respeto y seriedad, y una creciente intensidad emocional. El resultado fue tan inspirado como estimulante, capaz de suscitar un aplauso interminable que no derivó sin embargo en la tan anhelada propina.

Si el día anterior fueron dos jóvenes solistas y un joven director quienes recibieron el respaldo de una formación veterana, esta vez fue un conjunto joven e ilusionado quien se dejó guiar por una batuta sabia y experimentada. Y si ese día se interpretaron dos conciertos, esta vez fueron dos sinfonías, como si ambas veladas se complementaran para ofrecer dos programas convencionales combinados. Y todo para celebrar que la esperanza depositada en nuestros jóvenes intérpretes es una realidad y un consuelo, como seguramente también demostrará la Sinfónica Conjunta cuando el próximo lunes protagonice el concierto de clausura del año académico de la Universidad de Sevilla. Esta es la juventud responsable, trabajadora y disciplinada que liderará el futuro.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 18 de junio de 2019

JONDE: MUCHO TALENTO JOVEN JUNTO

Concierto de clausura del curso de la Universidad de Sevilla. Joven Orquesta Nacional de España. Jordi Francés, director. Programa: La procesión del Rocío Op. 9, de Turina; Selección de Suites 1 y 2 de Romeo y Julieta Op. 64, de Prokófiev; La consagración de la primavera, de Stravinsky. Teatro de la Maestranza, lunes 17 de junio de 2019

La Joven Orquesta Nacional de España reemplazó por una vez a nuestra Sinfónica para responsabilizarse del concierto de clausura del curso de la Universidad Hispalense, y los resultados fueron sobresalientes. La institución académica revalidó así su apuesta y confianza por el talento joven, demostrado en su imprescindible apoyo a la espléndida Orquesta Conjunta, que de la mano de su director Juan García Rodríguez y sus sensacionales programas tantas satisfacciones nos da.
 
El ambiente de entrada era decididamente festivo, con el teatro lleno y mucho entusiasmo y respeto en sus gradas, que todo contribuye a crear la necesaria atmósfera en la que desplegarse la magia y la ilusión que ha de acompañar este tipo de manifestaciones. Al frente del buque insignia de la formación musical en nuestro país, con aportaciones de miembros de otras orquestas jóvenes gracias a programas de intercambio de la Unión Europea, encontramos la sorprendente y entusiasta batuta del también joven Jordi Francés, curtido en la música contemporánea y férreo conductor disciplinado e involucrado para propiciar los buenos resultados que obtuvo la formación a lo largo de todo el programa propuesto.
 
Sentimiento y sensibilidad
 
Centrado en el ballet ruso, la exhibición comenzó sin embargo haciendo concesión a nuestra tierra y a una fiesta que acaba de pasar, la tan señalada Romería del Rocío. En los atriles La procesión del Rocío, un breve poema sinfónico que Turina compuso en su período parisino, sostenido en fuertes contrastes de melodía y ritmo aunque con una orquestación farragosa y poco delicada. Francés solo erró al no controlar los planos sonoros, de forma que aún resultó más borrosa, pero dotó al conjunto de un considerable vuelo lírico y logró extraer grandes resultados de la percusión y las flautas.
 
Más responsabilidad exige el sublime Romeo y Julieta de Prokófiev, servido en una combinación de las dos primeras suites con el fin seguramente de dotarlo de mayor cohesión dramático musical. Mucho empuje y decisión en unos Montescos y Capuletos de ritmo decidido y arrogante, seguido de una deliciosa y saltarina, llena de dulzura y vivacidad, Julieta niña. Tras unas Máscaras resueltas con amplio sentido jocoso, se le notaron más las costuras a la Escena del balcón y la Danza del amor, en su arquitectura y armazón, porque en texturas y sensibilidad la cosa no pudo salir mejor, con aportaciones solistas excepcionales, por ejemplo al chelo. Un relajado y espiritual Padre Lorenzo dio paso a una endiablada y viril Muerte de Tebaldo. Toda una exhibición de madurez interpretativa tanto por parte del aguerrido director como de una muy talentosa joven plantilla.
 
Una consagración formidable
 
Si el Romeo y Julieta de Prokófiev necesita habitualmente las suites para sonar en concierto y que se preste así más atención a la música que a la danza, La consagración de la primavera de Stravinsky se suele interpretar directamente en concierto y es más raro disfrutarlo en su concepción original. Su fuerza primitiva exige una carga emocional tan prodigiosa que prácticamente nos conduzca al paroxismo. Así lo debió entender Francés y la orquesta para regalarnos una versión tan rabiosa, transparente y endiabladamente febril de esta fascinante página musical.
 
Ya desde una dilatada introducción al fagot, con magníficas prestaciones en los vientos, la joven plantilla, recordemos aún en formación, nos brindó un viaje inquietante a través de controlados acordes repetitivos y acentos sincopados, con una tensión cortante que nos mantuvo casi sin respiración durante sus cuarenta minutos de superposición ininterrumpida de tonalidades, acordes y ritmos. Un majestuoso, técnicamente impecable y delicadamente expresivo Vals de La bella durmiente de Chaikovski, despidió como propina un concierto inolvidable. La gran música en forma de jóvenes talentos volverá a saludarnos al final del mes gracias a la recuperación de Barenboim y la Orquesta del Diván.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía