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viernes, 21 de marzo de 2025

MISTICISMO CATEDRALICIO DE LA CONJUNTA

Concierto nº 6 de la temporada XIV de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Juan Carlos Ruiz, Ángel Rodríguez, Laura González y Jared Galante, trombones. Miguel Ángel García, órgano. Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Juan García, director. Programa: Aequalis de Bruckner y Beethoven; Motetes de Bruckner; Et exspecto resurrectionem mortuorum, de Messiaen. S.I. Catedral de Sevilla, jueves 20 marzo de 2025

Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza, Juan García e Israel Sánchez presentando el concierto

Excelente propuesta de la Sinfónica Conjunta y su director y programador Juan García, la de recuperar algunos de los más conocidos motetes de Bruckner, aderezados con  iguales (Aequalis) del mismo autor y de Beethoven, y completar la función con una obra de la talla y la calidad de Et exspecto resurrectionem murtuorum del siempre estimulante Olivier Messiaen.

Sólo gracias a García y su espléndida labor frente a los y las estudiantes del Conservatorio Manuel Castillo, secundada por el profesorado que colabora en este apasionante proyecto, podemos disfrutar en Sevilla de programas tan brillantes, diversos y magníficamente estructurados. Son ya catorce temporadas y siguen sorprendiéndonos. De los muchos conciertos que han celebrado, con diferentes plantillas dado su carácter eminentemente académico, hay algunos que han pasado a nuestra memoria imperecedera, y éste corre el peligro de hacerlo igualmente.

Para empezar, haberse celebrado en la Catedral de Sevilla, prolongar la colaboración con el Coro de la Asociación de Amigos del Maestranza, iniciada el pasado enero con obras de Mozart, y programar una pieza del empaque, la fuerza y el magnetismo de Messiaen, son razones más que suficientes para lograr introducirse en esa lista de conciertos inolvidables. Si además, como no cabía esperar menos, las interpretaciones gozan de la brillantez con la que estos jóvenes acometieron las obras, no cabe duda de que la satisfacción es plena.

Sin embargo, hemos de puntualizar que el trabajo del coro no fue del todo convincente. Faltó una mayor fusión entre las voces femeninas, espléndidas, entonadas y bien timbradas, y las masculinas, mayoritariamente tremolantes entre las más agudas y las medias, mejor aunque sin el peso y el volumen que se requiere, las más graves. De esta forma, motetes de Bruckner como Tantum ergo, de su primera etapa, no relucieron lo suficiente, si bien la calidad melódica de Locus iste quedó manifiesta, acusando no obstante los mismos problemas, aunque sin dejar en ningún momento de marcar su carácter místico y elegíaco, Os justi y Ecce sacerdos, éste último con la impagable y majestuosa concurrencia del organista titular de la Catedral, Miguel Ángel García.

Con el escenario plantado en el trascoro, justo detrás desde el coro sonaron los espléndidos trombones, sin atisbo de imprecisión ni titubeo alguno, en los aequalis de Beethoven, el primero y el último de los tres que compuso, y los dos de Bruckner, dechado de majestuosidad, lirismo e íntimo recogimiento.


Si Bruckner creció artísticamente entre los muros de las catedrales y los monasterios en los que trabajó y a los que consagró su arte hasta derivar en su extraordinario cuerpo sinfónico, Messiaen se reconoció siempre como un católico ferviente, defensor de la vida después de la muerte. Quizás por eso la República Francesa le encomendó componer una obra para homenajear a los caídos en las dos guerras mundiales, que él resolvió con una majestuosa e inquietante pieza para viento y percusión concebida para ser interpretada en catedrales y otros espacios monumentales e incluso al aire libre en la alta montaña.

García y los jóvenes integrantes de la actuales secciones de metal, madera y percusión de la Conjunta, nos regalaron una sensacional recreación de Et exspecto resurrectionem mortuorum, con elocuentes pausas entre las cinco partes en que se divide, resueltas con un sobrecogedor silencio del público, previamente avisado por el director del Conservatorio Manuel Castillo, Israel Sánchez López, en su elocuente presentación del concierto.

Con título extraído del final del Credo de Nicea, Espero la resurrección de los muertos, la obra de Messiaen es un prodigio de ritmo y drama, en la que es fundamental centrarse en la concentración de los acordes, así como las notas y sonidos individuales, exigiendo de cada intérprete una precisión absoluta. Justo lo que García extrajo de cada uno y una de la cuarentena de intérpretes, que al unísono, en los pasajes más agitados de la segunda parte, centrado en el poder de Cristo, y sobre todo en el apabullante final en crescendo, sonaron sensacionales. Por su parte, la nutrida sección de percusión hizo sonar cencerros, campanas tubulares, gongs y tamtanes como un auténtico resonar de estrellas acompañando la resurrección.

Un gran esfuerzo de producción, incluyendo pantallas emitiendo parte del concierto, textos y títulos de las piezas, ayudó a que esta deuda con el autor de la Sinfonía Turangalila, quedara feliz y legítimamente saldada.

martes, 27 de junio de 2023

UNA CONJUNTA "FANTÁSTICA" E ILUSTRADA

Concierto de clausura del curso 22/23 de la Universidad de Sevilla. Orquesta Sinfónica Conjunta Universidad de Sevilla y Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Sinfonía Fantástica de Berlioz, con proyección de “Una sinfonía en imágenes” de Morgancrea. Teatro de la Maestranza, lunes 26 de junio de 2023


El estudio creativo Morgancrea está detrás de importantes eventos culturales de las últimas décadas. Por ejemplo, el enorme panel que combinaba las pantallas en las que aparecían desde sus casas u hoteles las personas nominadas y demás invitadas en la mejor gala de los Premios Goya hasta ahora realizada, la que celebró Antonio Banderas en plena pandemia en un Teatro del Soho vacío, fue responsabilidad de este equipo vasco. Uno de sus grandes logros fue ilustrar hace exactamente veinte años una interpretación de la Sinfonía Fantástica de Berlioz a cargo de Víctor Pablo Pérez y la Sinfónica de Galicia en la Quincena Musical de San Sebastián, a fuerza de una exhaustiva combinación de secuencias de películas mudas con las que más o menos se pretende seguir el programa diseñado por el compositor para la que se considera la primera obra en su género y precursora del poema sinfónico que poco después desarrollaría en profundidad Liszt y más adelante perfeccionaría Strauss. Siempre ávido de experiencias nuevas y renovadoras, ha sido nuestro admirado Juan García Rodríguez quien para coronar otra extraordinaria programación de conciertos – con el punto cumbre que supuso el concierto que convocó a Natalia Labourdette y cuatro pianos en febrero pasado – ha decidido echar mano de este montaje que ya se ha paseado entre otras plazas por la Ópera de Sydney, el Auditorio de Tenerife, el Festival Estoril de Lisboa y el Palau de la Música Catalana.


Hubo un tiempo, cuando se celebraban en este mismo Teatro de la Maestranza los Encuentros de Música de Cine, que algunos echábamos de menos proyecciones de secuencias de las películas cuya banda sonora en forma de suites y temas se interpretaba. Pero fue en Gante, que celebra un festival de música de cine en el que se entregan unos prestigiosos premios relacionados con el género, donde apreciamos que esa solución estética funcionaba a medias, ya que nos obliga a mantener más atención en la imagen que en la música, que queda en un segundo plano. Otra cosa muy distinta es la costumbre extendida en las últimas décadas de proyectar grandes clásicos del cine con su música interpretada por una orquesta sinfónica en directo, y que constituye un espectáculo en sí mismo. Lo cierto es que algo parecido nos pasó en este concierto de la Conjunta celebrado ayer tarde, y aunque intentamos denostadamente centrar toda nuestra atención en las magníficas prestaciones de García y la orquesta, no pudimos evitar prestar una especial atención a la imagen, más cuanto consistía además en descubrir entre tal maremágnum de imágenes algunas cintas tan populares como El fantasma de la ópera, Metrópolis o Un perro andaluz, y estrellas como los hermanos Barrymore o Lon Chaney. No cabe duda de que se trata de un trabajo excelente, que mantiene en la medida de lo posible un enorme respeto por el argumento ideado por el propio Berlioz para su trabajo más popular y reconocido, y que la sincronización con el discurso orquestal fue ni más ni menos que ejemplar. Pero nos quedó ese sabor agrio de no haber apreciado en su totalidad la que nos pareció una interpretación ejemplar e impecable de la célebre página.

Madurez técnica y expresiva bajo una batuta vigorosa

A estas alturas no vamos a redundar en la excelencia milagrosa de una orquesta en prácticas, tan maleable y dúctil como exige el cambio de plantilla con cada nueva temporada. Ya nos hemos deshecho en elogios a lo largo de estos doce años de andadura que hemos seguido con tanto entusiasmo y admiración. La misma que merece su director titular, un García Rodríguez que a pesar de su excelente posición en el mundo musical hispalense, seguimos considerando como una figura desaprovechada. La ROSS sólo ha contado con él en una ocasión, mientras su trabajo frente a un conjunto tan valorado como Zahir Ensemble, y sobre todo su entrega total y absoluta a estos jóvenes integrantes de la Conjunta, lo avala como personalidad muy a tener en cuenta y capaz de suscitar las más incondicional admiración entre quienes lo hemos seguido de cerca. Pero aún no hemos dicho nada de la interpretación de la Fantástica por la Conjunta ayer en el Maestranza, salvo elogiarla con carácter general. Y ciertamente la de estos jóvenes fue una interpretación repleta de matices, impoluta técnicamente, sin desliz alguno, llevada con maestría por la batuta siempre responsable y comprometida de García, que logró trasladar al público, distracción cinematográfica mediante, todo ese desarrollo anímico in crescendo que caracteriza a la pieza.


La suya fue una dirección que aunó fuego, fantasía y una enorme flexibilidad para adaptarse a cada episodio, desde el ensueño melancólico del primer movimiento, jalonado de acentuaciones rítmicas, pasando por la elegancia del vals, resolviendo con brillantez su suntuosa coda y disfrutando de un trabajo excelente de las arpistas, y la atmósfera bucólica de la escena en el campo, presidida por un diálogo perfectamente diseñado y mejor interpretado entre el oboe y el corno inglés, y la estupenda aportación del violonchelo en la aparición (constante) de la idea fija, ese tema de la mujer ideal que atormenta al protagonista de este viaje psicodélico. Ya con más vehemencia y sentido del espectáculo, Conjunta y García desplegaron todas sus fuerzas, especialmente en unas rotundas maderas y unos tan equilibrados como impecables metales, en la Marcha al suplicio, perfectamente contrastada, con un cuidado extremo en las dinámicas y una violencia vertiginosa en toda su amplitud. Y tras ese estremecedor momento, el desarrollo final del aquelarre, febril y grotesco en algunos de sus pasajes, y una espectacular aceleración rítmica presidiendo todo su apocalíptico desarrollo. Si es así, aunando desarrollo anímico y una vigorosa orquestación, como debe interpretarse la Fantástica, los jóvenes de la Conjunta merecieron ayer un indiscutible sobresaliente, si no matrícula.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 23 de diciembre de 2022

CUERDA CRISPADA Y VIENTOS AFABLES EN LA CONJUNTA

2º concierto de la XII temporada de la Orquesta Sinfónica Conjunta de la Universidad de Sevilla y el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo. Ysé Dastugue, guitarra. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Concierto elegiaco para guitarra y orquesta, de Leo Brouwer; Serenta para vientos Op. 44, de Antonin Dvorák. Salón de actos-Aula Manuel Trillo de la ETS de Arquitectura, jueves 22 de diciembre de 2022


Aunque inició su duodécima temporada la pasada semana, tras hacernos padecer la incertidumbre de si este año volveríamos o no a disfrutar de esta orquesta que tantas satisfacciones nos ha dado desde su constitución en 2011, ha sido este segundo concierto con el que por fin hemos tomado contacto de nuevo con sus incontestables amabilidades. García Rodríguez, su principal artífice y moldeador, se puso una vez más al frente de esta formación forzosamente cambiante, no olvidemos que está integrada por el alumnado del Conservatorio Manuel Castillo, ya sea en fase final de sus estudios o en prácticas, y los resultados fueron otra vez tan estimulantes como ilusionantes.

Si el primer concierto, el pasado miércoles 14 de diciembre, tuvo lugar en el Teatro Los Remedios, ubicado en el Colegio de los Padres Blancos, en esta ocasión el lugar elegido fue el salón de actos de Arquitectura, que tantos recuerdos alberga para la cinefilia de los setenta y ochenta del pasado siglo, cuando allí tenía su sede el Cine-Club de la facultad. Hacía tiempo que no lo visitábamos y nos llevamos una grata sorpresa al comprobar cómo lo han habilitado y modernizado para permitir que conciertos como el de anoche gocen de una alta calidad acústica y la máxima comodidad para disfrutar de sus propuestas. Es así como orquesta y director, también responsable del conjunto puntero de música contemporánea Zahir Ensemble, se enfrentaron a uno de esos programas singulares que hacen tan atractiva su temporada año tras año y cubren así un hueco que conjuntos profesionales no se atreven a llenar, o quizás no tengan la imaginación suficiente para hacerlo.

En esta ocasión abordaron el que quizás sea el trabajo más emblemático del compositor, director y guitarrista Leo Brouwer, cuyo paso por la Orquesta de Córdoba como director titular en la década de los noventa nos dejó tan grato recuerdo. Se trata del Concierto elegiaco para guitarra. Para ello se contó con la colaboración del también joven guitarrista francés Ysé Dastugue, que realizó en nuestra ciudad estudios de perfeccionamiento junto al maestro Francisco Bernier. La pieza se inicia con acordes de la guitarra muy pausados, con un espíritu tremendamente tranquilo, que recibe rápidamente la respuesta contundente de una cuerda crispada y misteriosa, potenciada por una percusión contundente, timbales en un extremo y marimbas y glockenspiel al otro. A partir de ahí solista y conjunto desarrollan un diálogo que no parece acercarles, hasta que paulatinamente vemos percibiendo cierto acercamiento que conforme avanza se convierte en una interrelación ya fluida. Pero nada de eso sería perceptible sin el trabajo concienzudo de la batuta, siempre enérgica y decidida, y la disciplina férrea observada en los y las integrantes seleccionadas para la ocasión. García definió la obra con un trabajo muy meticuloso en las dinámicas y los crescendos que la caracterizan, mientras Dastugue mantuvo una pulsación segura y muy bien articulada, tanto en los pasajes tranquilos como en los más agitados, logrando una integración total con la orquesta, reforzando así su tímbrica y manteniendo en todo momento su sentido del ritmo.


Con Dvorák fue la sección de vientos de la orquesta la que se lució, con un esmerado trabajo en las maderas, oboes, clarinetes, fagots y contrafagot, y salvando con una nota alta el difícil trabajo de mantener el tono y la afinación en las trompas. A todos ellos y ellas se unieron un violonchelo y un contrabajo, imprescindibles para pulir las transiciones y potenciar el cuerpo de la pieza. El resultado fue una Serenata para vientos Op. 44 absolutamente encantadora, llena de magia y lirismo, sencilla pero contundente en su noble marcha cortesana de arranque, de aires inconfundiblemente pastoriles en su danzarín minueto, llena de lirismo y contención en su romántico andante, y potente y desenfadado en su alegre finale. Esperamos con mucha ilusión el resto de una programación que contiene escalas tan estimulantes como la que protagonizarán el 24 de febrero, ya en el habitual Auditorio de Ingenieros, junto a Natalia Labourdette y cuatro pianistas interpretando música de Alberto Ginastera y John Adams.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

miércoles, 26 de octubre de 2022

McLORIN SALVANT, SUGERENTE Y ATERCIOPELADA

Ghost Song. Cécile McLorin Salvant, voz. Marvin Sewell, guitarra. Paul Sikivie, contrabajo. Glenn Zaleski, piano. Keito Ogawa, percusión. En complicidad con el Festival de Jazz de la Universidad de Sevilla. Teatro Lope de Vega, martes 25 de octubre de 2022


Cécile McLorin Salvant repitió escenario en su segunda comparecencia ante la afición sevillana. Debe estar familiarizada y encantada con el Lope de Vega y su magnífica acústica, también nosotros lo estamos con ella, su generosidad y su simpatía. En estos siete años la niña ha dado paso definitivamente a la mujer, como rezaba aquel registro de 2013, WomanChild, ha cosechado más éxitos y reconocimientos, dos Grammys más (y van tres) y la rendición prácticamente general de público y entendidos. Ha vuelto ya como una estrella sobradamente consagrada, con un repertorio muy distinto y un estilo más personal y sofisticado que cuando todavía se le comparaba con las grandes divas de la canción americana, Vaughan y Holiday a la cabeza. Pero mantiene esa simpatía y esa cercanía que ya entonces le caracterizaba y que le permite hacer amables concesiones al público que se dirige, en forma de esa impecable pronunciación castellana con que afrontó las propinas y con la que anunció una laringitis en proceso de superación que le obligó a abordar un programa algo más ligero y relajado del que en principio pudiera tener preparado.

Este inconveniente no le impidió exhibir una voz sólida, educada y de timbre profundo y aterciopelado. Una voz sugerente capaz de superar todo tipo de inflexiones y cambios de registro que se han convertido en marca de la casa y que hicieron las delicias de un público con el que en principio le costó enganchar, en parte debido a esa característica de sus funciones que consiste en contar historias, interpretarlas como si de una actuación dramática se tratara, lo que exige dominar el francés o el inglés, por muy clara e impecable que resulte su pronunciación. Incluso ese portugués con el que encaró las letras ancestrales de un tema con mucho colorido carioca que sirvió a Keito Ogawa y Glenn Zaleski para mantener un fluido y virtuosístico combate cuerpo a cuerpo, y es que quizás también debido a esa dolencia dejó mucho espacio para sus formidables músicos. De esto se benefició también Paul Sikivie al contrabajo, que dejó deslizar su talento con mucha elegancia y encanto en piezas como Until, que Sting compuso para la banda sonora de la comedia romántica Kate & Leopold protagonizada por Meg Ryan y Hugh Jackman. También destacó Marvin Sewell, especialmente en unas primeras canciones que McLorin entonó en francés y el guitarrista de Chicago adornó con un trabajo tan exquisito como extenuante. Él fue también responsable en gran medida de la magia que asomó en momentos muy destacados del concierto.

Cécile está de gira por Europa para presentar su último disco, Ghost Song, su trabajo más experimental hasta la fecha si dejamos de lado ese Ogresse que estrenó en el Met en 2018 y pronto convertirá en película de animación, otra de sus grandes pasiones. En este trabajo escénico homenajea a Sara Baartman, todo un símbolo de la lucha étnica que fue exhibida en Europa como freak. Pero como suele ocurrir cada vez que se anuncia una gira de presentación, apenas pudimos escuchar nada de este trabajo, Ghost Song, publicado hace apenas unos meses, aparte ese Until ya referido que Salvant deconstruyó hasta hacerlo irreconocible. Dejó también de lado los clásicos americanos que han protagonizado gran parte de su discografía y recitales, centrándose en composiciones propias y alguna rareza como ese Obsession que dedicó a su madre en el día de su cumpleaños. No faltó por supuesto su tradicional incursión en el teatro musical, esta vez de la mano del cabaret y su máximo exponente, Kurt Weill, de quien recitó con portentosas dotes cómicas Pirate Jennie de La ópera de tres peniques, toda una declaración de guerra a los hombres de parte de una mujer que clama venganza. Pudimos apreciar además que su estilo se ha personalizado tanto que ya no cabe compararla con las grandes referentes del género, como demostró en un Devil May Care de Bob Dorough, nada que ver con la icónica versión de Diana Krall, de líneas melódicas sustancialmente transformadas. Lástima que se denotara en la dinámica del concierto esa dolencia de la que aún no se ha recuperado, si bien no afectó a la dulzura de su voz ni a las inflexiones a que es capaz de someterla, dejando claro que es fruto también de una educación exquisita. En las propinas entonó en perfecto castellano el Gracias a la vida de Violeta Parra y se atrevió por bulerías con Todo es de color de Lole y Manuel... No se puede pedir más.

Foto: Mª Ángeles Ruiz
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 1 de julio de 2022

LUCÍA CAIHUELA Y LA BARROCA HACEN LOS DEBERES

Concierto de clausura del curso 21/22 de la Universidad de Sevilla. Orquesta Barroca de Sevilla. Lucía Caihuela, mezzosoprano. Eyal Streett, fagot. Adrián Linares, concertino. Programa: Arias de “Amor aumenta el valor”, de José de Nebra; Concierto III en Mi bemol mayor para cuerdas y continuo, de Francesco Durante; Cantata “Bosques umbrosos”, de José de Torres Martínez Bravo; Concierto para fagot en La menor RV 499, de Vivaldi; Scherza infida, de “Ariodante”, y Sorge nell’alma, de “Imeneo”, de Haendel. Auditorio del ETS de Ingeniería, jueves 30 de junio de 2022


Nos hemos hecho eco otras veces en estas mismas páginas de la necesidad y la conveniencia de que las instituciones culturales de esta ciudad colaboren para apoyarse entre sí y ofrecer lo mejor de sí mismas. La Universidad de Sevilla ha ido apostando a lo largo de este siglo por nuestras orquestas, fundamentalmente la Sinfónica, que tantas veces se ha encargado de abrir y cerrar el curso académico. Pero también ha contado con su propia orquesta, la juvenil Sinfónica Conjunta, y este año le ha puesto los deberes a la Barroca, uno de nuestros más ilustres y reconocidos buques insignia. Junto a esta infatigable y siempre apasionada formación, la ocasión ha servido para conocer a la joven mezzosoprano madrileña Lucía Caihuela y disfrutar del buen hacer y el entusiasmo del también joven violinista canario Adrián Linares ejerciendo como concertino en un programa que combinó con desigual fortuna la música fundamentalmente italianizante que se compuso en nuestro país en el siglo XVIII, y sus ilustres referentes europeos. Para completar la propuesta, el excelente fagotista Eyal Streett embelesó con su participación en uno de los conciertos que Vivaldi compuso para el instrumento.

Ya nos cayó especialmente simpática Lucía Caihuela al leer en su amable biografía que cultivó la pasión por la música y el canto escuchando y entonando una y otra vez las bandas sonoras de Sonrisas y lágrimas y West Side Story cuando era niña. Posee una voz de hermoso timbre, profundo y aterciopelado como demanda su tesitura, y un desparpajo y una gracia a la hora de interpretar fuera de toda discusión. Necesita sin embargo trabajar más la apoyatura y las inflexiones de la voz, a la vez que se queda algo corta en proyección. De esta forma su voz se ahoga puntualmente con las intervenciones de la orquesta, mientras pierde fuelle en las zonas más graves de su rango. Nada de eso impidió que acertara en el tono con el que abordó dos de las arias que José de Nebra compuso para el primer acto de la ópera Amor aumenta el valor, la primera como un lamento de tono patético muy influida por las corrientes italianas imperantes en la época, perfectamente resuelta a nivel expresivo, y la segunda con un mayor protagonismo del folclore español, más desenvuelta y dicharachera. De él sería también la primera de las propinas ofrecidas, unas Seguidillas y fandango de la zarzuela Viento es la dicha de amor, con participación de la violinista Raquel Batalloso tocando las castañuelas muy en estilo. Para la cantata de José de Torres Bosques umbrosos, testigo del afán modernizador del autor al incorporar las corrientes italianas a la música española, y que como Nebra aparcó la música sacra y litúrgica para dedicarse también con ahínco a la profana, Caihuela contó con el acompañamiento del conjunto en formato camerístico. La pieza atesora un estilo muy dramático y austero al que la mezzo se adaptó con acierto, más en el aspecto puramente expresivo que con respecto a técnica y emisión. La excelencia es un grado y con Haendel sus cualidades lucieron mejor, alcanzando en la sobrecogedora Scherza infida de Ariodante cotas mayores, y en Sorge nell’alma de Imeneo unas mejores prestaciones en agilidades. También el célebre Ombra mai fu de Serse como propina final, se perfiló entre lo mejor de la propuesta.


Linares logró como concertino una correcta intervención de la orquesta, no quizás entre sus actuaciones más memorables, pero siempre dentro de esa dignidad que le caracteriza. Arropó a Caihuela con aplomo y buen gusto, pero hubo algún desajuste en el concierto de Durante, bisagra entre la escuela napolitana que él mismo ayudó a fundar y la más asentada veneciana que incorpora en sus conciertos. Así, quedaron algo desdibujados los elocuentes diálogos entre violines y violas del largo staccato, seguidas de continuo por la cuerda más grave, si bien Mercedes Ruiz y Ventura Rico destacaron en sus diabólicos agitados del original final. En el concierto de Vivaldi, todo un dechado de creatividad y virtuosismo, destacó la intervención como solista de Eyal Streett, que como otras veces nos deleitó con su dominio del fagot, ese fraseo elocuente y fluido que posee y el punto jocoso y cómico que tan bien resolvió cuando la partitura lo exigía. Con el Auditorio de Ingenieros completamente abarrotado y el público visiblemente satisfecho, los y las integrantes de nuestra querida Barroca pudieron por fin coger las tan ansiadas vacaciones; imaginamos que también el personal académico y administrativo de la Universidad de Sevilla.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 29 de junio de 2021

FOGOSA CLAUSURA DE LA CONJUNTA Y EL VIOLISTA ALBERTO GARCÍA

Concierto Extraordinario de Clausura del Curso de la Universidad de Sevilla. Orquesta Sinfónica Conjunta. Alberto García Pérez, viola. Juan García Rodríguez, dirección. Programa: Concierto para viola de Walton; Sinfonía nº 3 en Mi bemol mayor Op. 97 “Renana”, de Schumann. Teatro de la Maestranza, lunes 28 de junio de 2021


La Orquesta Sinfónica Conjunta y su director, Juan García Rodríguez, no actuaban en el Teatro de la Maestranza desde marzo de 2013, cuando acompañaron la recuperación de la zarzuela de Sorozábal Entre Triana y Sevilla. Pero entonces fue en el foso, nunca hasta ahora habían subido a su escenario. Y lo hacen justo cuando culminan diez temporadas completas - o casi, ya saben la pandemia – desde aquel primer concierto en diciembre de 2011 con una Quinta de Beethoven que nos dejó literalmente boquiabiertos y sorprendidos. Por fin ahora la Universidad le encarga el concierto de clausura de su año académico, tomando el relevo de la ROSS.

No estamos ante una orquesta joven formada con los mejores de cada conservatorio del país o la comunidad, sino del alumnado de un conservatorio, el Manuel Castillo de Sevilla, del que la batuta de Juan García se ha encargado todos estos años de sacar el máximo partido y, con mucho esfuerzo y dedicación, lograr que suene como una orquesta profesional, con las justas irregularidades técnicas inevitables en un conjunto de estas características. Eso sin olvidar que gracias al trabajo de director y orquesta hemos podido disfrutar en la ciudad de páginas extraordinarias, gracias al diseño por parte de García de programas apasionantes en los que lo contemporáneo se da la mano con lo clásico y popular, procurando siempre el máximo rendimiento académico de los y las jóvenes convocadas.

Sensacional pareja de Garcías

Todos estos años han supuesto también la oportunidad de solistas de nuevo cuño para debutar frente a una orquesta sinfónica, como el violista Alberto García, que aquel fatídico 13 de marzo de 2020 cuando su debut se suspendió por el estado de alarma, vio frustrada una oportunidad que ahora recupera felizmente. La suya fue una interpretación del concierto de William Walton sorprendentemente madura y equilibrada para su edad y experiencia. El autor de un buen puñado de bandas sonoras, incluidas las de las películas que dirigió Laurence Olivier basadas en Shakespeare, compuso este concierto en un registro patético y dramático destacado, con recursos y sonoridades más propias del violonchelo, algo de lo que el solista se hizo perfecto eco con texturas gruesas y aterciopeladas. García viola se mostró sentimental y convenientemente lánguido en su primer movimiento, virtuoso y danzarín en el scherzo, y vivaz y enérgico en el final, siempre con la complicidad de García batuta, que imprimió a la página ese tono dinámico con ínfulas populares y ligeramente jazzísticas que resaltan su mordacidad e ingenio, destacando sus aires folclóricos combinados con registros disonantes, ásperos y tempestuosos. La respuesta de la orquesta al virtuosismo y la expresividad del violista fue sencillamente ejemplar.

De la Sinfonía Renana de Schumann Juan García ofreció una versión fogosa y brillante, potenciada por la excelente acústica del Maestranza (¡qué ganas teníamos de escuchar esta orquesta en el templo sevillano de la música!). Hubo desde luego menos evocación bucólica y ensoñadora de paisajes y leyendas en esta interpretación, y más fuerza, más coraje e ímpetu fogoso, a pesar de que el arranque pudo resultar algo desangelado. Pero solo fueron unos primerísimos acordes que rápidamente derivaron en pura fuerza expresiva, un torrente de sensaciones para el que todos y todas se emplearon a fondo, desde la vibrante y nerviosa dirección hasta unas trompas majestuosas, todas chicas, que lograron en conjunto una Renana sensacional. Un rápido y danzarín scherzo y un sobrio y misterioso andante dieron paso a un grandioso maestoso y un contrastante, lleno de ritmo y pasión, vivace final, bullente y trepidante. Parece mentira que el talento de Juan García Rodríguez, al margen de su exitoso y comprometido Zahir Ensemble, siga atrapado en esta ciudad, sin que ni siquiera nuestra Sinfónica, que inexplicablemente solo le ha confiado un concierto de abono en toda su historia, se percate de ello.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA ORQUESTA DE BORMUJOS, OTRA AGRADABLE SORPRESA

Concierto del 25 aniversario de la Facultad de Ciencias de la Educación. Irene Román, soprano. José Carrión, contratenor. Orquesta de Cámara de Bormujos. Coro Maese Rodrigo. Alberto Álvarez Calero, dirección. Programa: Sinfonía nº 1 en Mi bemol mayor, de Gyrowetz; Dixit Dominus RV 595 en Re mayor, de Vivaldi. Iglesia de la Anunciación, sábado 30 de noviembre de 2019

Fruto de la expansión que la Universidad Hispalense realizó en la última década del pasado siglo, y que incluyó la Facultad de Comunicación a la que algunos por edad ya no pudimos acceder y que para consolarnos tuvimos que conformarnos con estudios más convencionales como Derecho, fue la creación de la Facultad de Ciencias de la Educación en 1994, que hoy anda embarcada en los actos de celebración de su veinticinco aniversario. Entre esos actos estuvo el magnífico concierto celebrado anoche en la Iglesia de la Anunciación, y que sirvió a la Orquesta de Cámara de Bormujos, creada hace apenas tres años, para celebrar su definitiva puesta de largo en la capital. Ni que decir tiene lo mucho que desde estas páginas aplaudimos las nuevas iniciativas musicales que vienen a engrosar una oferta ya generosa y dan buena idea de lo mucho que desde esa misma década, cuando surgieron las orquestas Sinfónica y Barroca, ha proliferado el interés por la música en una ciudad que hasta entonces andaba muy huérfana y perdida en estas disciplinas. Si además el resultado es tan sorprendente y satisfactorio como el demostrado en esta particular cita, el gozo es sin duda mayor.

Por una vez las autoridades académicas tuvieron el acierto de introducir tan significativa efeméride con breves y acertadas locuciones. El Decano de la Facultad, D. Alfonso Javier García González, enmarcó el acto y el profesor y director musical del evento, D. Alberto Álvarez Calero, dio las necesarias pautas sobre el programa a interpretar. Hay que recordar las deficiencias acústicas de la suntuosa Iglesia de la Anunciación, lo que provoca que si desde las primeras filas el sonido resulta más solemne y brillante, ya un poco más atrás se dispersa tanto que resulta casi inaudible. Algo así debió ocurrir con la percepción del canto del coro, que al estar situado naturalmente más atrás pudo acusar esa dispersión apuntada y unos resultados a menor altura que el resto de los y las participantes. De tal forma, la muy ajustada técnica y expresivamente orquesta, surgida en la localidad aljarafeña a partir de las muchas formaciones que en esta provincia han facilitado la práctica del alumnado de nuestros conservatorios, como la Conjunta o la West-Eastern Divan, ofreció una muy depurada en estilo y fluida en técnica versión del segundo de los Dixit Dominus compuestos por Vivaldi, uno de sus mejores trabajos sacros, de retórica intensa y muy cromática. Aunque el trabajo del coro quedó deslucido probablemente por esa deficiente acústica del templo de la calle Laraña, donde justo enfrente a la misma hora se celebraba el concierto de la Bética de Cámara, añadiendo aun más interés cultural a un sábado presidido por unas calles del centro literalmente atestadas de gente, el resto fue pura delicia. Muy especialmente la voz firme y entonada, de elegante y refinada coloratura y bellísimo timbre, de la joven soprano Irene Román, que protagonizó junto a la también joven y entusiasta Marta Díaz, ambas integrantes del Coro Maese Rodrigo de la propia facultad, un delicioso Tecum Principium con acompañamiento solo de cuerda grave presidida por el bajo del maestro de la ROSS Matthew Gibbon. También nos convenció el contratenor José Carrión, que mantuvo su compleja tesitura sin salidas de tono ni estilo, y que con tremolante compostura dio a su participación un sugerente tono patético que repitió en su trío con el tenor Fernando Galisteo y el bajo Fernando Reyes, que quizás por estar situados detrás junto al coro, acusó también esa dificultad de proyección apuntada. Especialmente reseñable fue su Jubicabit junto a David Segado, cuyos espléndidos, firmes y seguros solos de trompeta lograron completar una interpretación si no impecable, sí decididamente gozosa y capaz de emocionarnos.

Antes, la orquesta desempolvó una pieza de Adalbert Gyrowetz, hoy prácticamente olvidado aunque al alcance en Internet para quien se interese, que gozó en su época de mucha popularidad y riqueza. Un compositor bohemio que llegó a codearse con gente como Mozart, Haydn, de cuyo estilo es evidente deudor, Goethe e incluso Napoleón, fue admirado por Schubert y compuso una ingente cantidad de obras entre sinfonías, óperas, conciertos y música de cámara. Una cuerda empastada y en estilo, comandada por otro maestro de la ROSS, Nazar Yasnitskyy, y una madera firme y segura, lograron una sólida interpretación de su Sinfonía nº 1, reestreno absoluto desde su época de composición, y que contó con una aportación brillante de María González a la siempre difícil trompa en el Adagio, más bien un elegante andante con insólita arquitectura concertante, y que como el resto de la pieza lució solemne en este estimulante concierto que superó nuestras expectativas y colmó nuestra satisfacción, la de vivir en una ciudad tan volcada a la excelencia interpretativa musical. Y para demostrar su versatilidad, se atrevieron con un muy esmerado Intermezzo de Cavalleria Rusticana como propina. Bienvenidos todos y todas, coro, orquesta, solistas y por supuesto su apasionado mentor y director. Hace falta más gente con ese entusiasmo y nivel de exigencia... en todos los campos.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 26 de octubre de 2019

JUAN GARCÍA REVALIDA EL MILAGRO DE LA CONJUNTA

IX Temporada de Conciertos de la Orquesta Sinfónica Conjunta Universidad de Sevilla-C.S.M. Manuel Castillo. Gabriel Rodero, violonchelo. Juan García Rodríguez, director. Programa: Obertura “Reina Regente”, de Fernando Palatín; Concierto para violonchelo, de Friedrich Gulda; La Mer, de Claude Debussy. Auditorio de la ETS de Ingeniería, viernes 25 de octubre de 2019

Hizo muy bien la Universidad de Sevilla en confiar el ya tradicional concierto de apertura del curso académico a un valor propio tan seguro como la Orquesta Sinfónica Conjunta, ese milagro musical que el nunca suficientemente reconocido Juan García Rodríguez ha moldeado hasta darle una personalidad propia y única. Hasta ahora siempre había sido la ROSS la encargada de ese honor, pero tras ocho temporadas demostrando su excelente nivel y probada solvencia, ya era hora de que fuesen las y los jóvenes integrantes de este jubiloso conjunto quienes dedicasen el mejor de los cumplidos a la institución que les vio nacer. Lástima que un año más tengamos que lamentar que nadie de entre tanto doctor y catedrático se dignase a presentar el evento, más teniendo en cuenta que la obra con la que arrancó es el fruto de la recuperación de nuestro patrimonio cultural, una empresa que exige cierta explicación.

El hoy prácticamente olvidado Fernando Palatín fue en su momento, finales del XX y principios del XX, un insigne agitador de la vida musical de Sevilla, como virtuoso violinista, competente compositor y fundador de la Banda Municipal, entre otras virtudes. Su Obertura Reina Regente la compuso en homenaje a los más de cuatrocientos hombres fallecidos en el naufragio de ese buque militar el 10 de marzo de 1895. Elogiado por la crítica nacional e incluso la francesa en su momento, en su reestreno oficial, tras un minucioso trabajo de recuperación, la pieza acusa cierto esquematismo y una gramática muy básica solo salvada en sus pasajes más líricos, en los que parece dejarse influir por una estética chaicosquiana. A la orquesta sirvió para calentar motores y ofrecer un contundente dramatismo y un eficaz lirismo en los pasajes apuntados. 

Extravagancia y contundencia

Como todo en la vida y obra del pianista y compositor austriaco Friedrich Gulda, su Concierto para violonchelo es una auténtica extravagancia que fusiona hip hop al más puro estilo de las series americanas de televisión de los setenta, con la estética del ländler centroeuropeo y ciertas reminiscencias del Renacimiento con visión romántica en su amable minueto. Mucho debieron disfrutar el joven violonchelista Gabriel Rodero y Juan García poniéndolo en pie, a la vista de sus continuos cambios de registro y ese aspecto general de broma musical que la pieza ofrece. García atenuó felizmente la participación de la batería en su Obertura, mientras Rodero consiguió un sonido homogéneo en toda la pieza y un fraseo a menudo vertiginoso y concentrado, sobre todo en Cadenza, aunque en ocasiones algunas notas se le fueran de las manos e incluso perdiera el tono. Más trabajo y disciplina resolverá esos pequeños inconvenientes en un intérprete que apunta más que maneras. Vientos y percusión estuvieron a la altura, sin obviar los habituales fallos técnicos en los difíciles metales.

Pero el milagro se consolidó en El mar de Debussy. Con unas y unos integrantes que cambian cada temporada, resulta inexplicable que el conjunto haya logrado un sonido tan personal e inequívoco, si no fuera porque se trata sin duda de un logro de su director, que ha sabido impregnar su estilo pujante y enérgico a cada plantilla concursante. Que una pieza tan compleja y controvertida como esta obra maestra de la literatura sinfónica francesa sonara tan bien y ajustada, y que se aportase la sensualidad, incluso sutil erotismo, y la atmósfera que demanda, es más que un milagro el resultado de una disciplina férrea y un control exhaustivo. Sin manierismos ni lirismos superfluos, García supo plasmar la grandeza inmensa de esta partitura, acertando en sus continuas gradaciones expresivas y sus puntuales turbulencias, equilibrando luz y oscuridad y logrando de todas las familias orquestales una respuesta satisfactoria, especialmente en el contrastante tercer movimiento, con sus fuerzas antagónicas evocando un naufragio. Todo un alarde de precisión y un triunfo más que añadir a una orquesta que, otra vez lo comprobamos, nos emociona.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 18 de junio de 2019

JONDE: MUCHO TALENTO JOVEN JUNTO

Concierto de clausura del curso de la Universidad de Sevilla. Joven Orquesta Nacional de España. Jordi Francés, director. Programa: La procesión del Rocío Op. 9, de Turina; Selección de Suites 1 y 2 de Romeo y Julieta Op. 64, de Prokófiev; La consagración de la primavera, de Stravinsky. Teatro de la Maestranza, lunes 17 de junio de 2019

La Joven Orquesta Nacional de España reemplazó por una vez a nuestra Sinfónica para responsabilizarse del concierto de clausura del curso de la Universidad Hispalense, y los resultados fueron sobresalientes. La institución académica revalidó así su apuesta y confianza por el talento joven, demostrado en su imprescindible apoyo a la espléndida Orquesta Conjunta, que de la mano de su director Juan García Rodríguez y sus sensacionales programas tantas satisfacciones nos da.
 
El ambiente de entrada era decididamente festivo, con el teatro lleno y mucho entusiasmo y respeto en sus gradas, que todo contribuye a crear la necesaria atmósfera en la que desplegarse la magia y la ilusión que ha de acompañar este tipo de manifestaciones. Al frente del buque insignia de la formación musical en nuestro país, con aportaciones de miembros de otras orquestas jóvenes gracias a programas de intercambio de la Unión Europea, encontramos la sorprendente y entusiasta batuta del también joven Jordi Francés, curtido en la música contemporánea y férreo conductor disciplinado e involucrado para propiciar los buenos resultados que obtuvo la formación a lo largo de todo el programa propuesto.
 
Sentimiento y sensibilidad
 
Centrado en el ballet ruso, la exhibición comenzó sin embargo haciendo concesión a nuestra tierra y a una fiesta que acaba de pasar, la tan señalada Romería del Rocío. En los atriles La procesión del Rocío, un breve poema sinfónico que Turina compuso en su período parisino, sostenido en fuertes contrastes de melodía y ritmo aunque con una orquestación farragosa y poco delicada. Francés solo erró al no controlar los planos sonoros, de forma que aún resultó más borrosa, pero dotó al conjunto de un considerable vuelo lírico y logró extraer grandes resultados de la percusión y las flautas.
 
Más responsabilidad exige el sublime Romeo y Julieta de Prokófiev, servido en una combinación de las dos primeras suites con el fin seguramente de dotarlo de mayor cohesión dramático musical. Mucho empuje y decisión en unos Montescos y Capuletos de ritmo decidido y arrogante, seguido de una deliciosa y saltarina, llena de dulzura y vivacidad, Julieta niña. Tras unas Máscaras resueltas con amplio sentido jocoso, se le notaron más las costuras a la Escena del balcón y la Danza del amor, en su arquitectura y armazón, porque en texturas y sensibilidad la cosa no pudo salir mejor, con aportaciones solistas excepcionales, por ejemplo al chelo. Un relajado y espiritual Padre Lorenzo dio paso a una endiablada y viril Muerte de Tebaldo. Toda una exhibición de madurez interpretativa tanto por parte del aguerrido director como de una muy talentosa joven plantilla.
 
Una consagración formidable
 
Si el Romeo y Julieta de Prokófiev necesita habitualmente las suites para sonar en concierto y que se preste así más atención a la música que a la danza, La consagración de la primavera de Stravinsky se suele interpretar directamente en concierto y es más raro disfrutarlo en su concepción original. Su fuerza primitiva exige una carga emocional tan prodigiosa que prácticamente nos conduzca al paroxismo. Así lo debió entender Francés y la orquesta para regalarnos una versión tan rabiosa, transparente y endiabladamente febril de esta fascinante página musical.
 
Ya desde una dilatada introducción al fagot, con magníficas prestaciones en los vientos, la joven plantilla, recordemos aún en formación, nos brindó un viaje inquietante a través de controlados acordes repetitivos y acentos sincopados, con una tensión cortante que nos mantuvo casi sin respiración durante sus cuarenta minutos de superposición ininterrumpida de tonalidades, acordes y ritmos. Un majestuoso, técnicamente impecable y delicadamente expresivo Vals de La bella durmiente de Chaikovski, despidió como propina un concierto inolvidable. La gran música en forma de jóvenes talentos volverá a saludarnos al final del mes gracias a la recuperación de Barenboim y la Orquesta del Diván.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 16 de octubre de 2018

UN ARRANQUE DE CURSO CON PERFUME NAPOLITANO

Concierto de apertura del curso académico de la Universidad de Sevilla. Orquesta Barroca de Sevilla. Enrico Onofri, director-concertino. Programa: Concierto nº 1 en fa menor y Sinfonia Settima en sol menor, de A. Scarlatti; Sonata Terza en Do Mayor, de Barbella; Concerto III en Mi bemol Mayor, de Durante; Sinfonia en Fa Mayor, de Pergolesi; Concerto en la menor de Sarri. Auditorio de la E.T.S. de Ingeniería, lunes 15 de octubre de 2018

Onofri al frente de la Barroca de Sevilla
Aún sin una temporada definida, la Barroca de Sevilla fue la encargada por segundo año consecutivo de abrir el curso académico de la Universidad Hispalense, un acto al que como viene siendo habitual ninguna autoridad académica se dignó otorgarle la categoría protocolaria que merece. Menos mal que ahí estuvo como siempre Ventura Rico para pronunciar las palabras oportunas, no sólo en relación a los habituales cambios de orden en el programa sino también para expresar un emocionado agradecimiento y ennoblecer la indispensable labor de quienes iluminan nuestro conocimiento. Por el contrario entre la comunidad universitaria asistente abundaron los parloteos, consultas al móvil, descaradas tomas de fotografía e insufribles plastiquitos de caramelos.

Al contrario que el año pasado, éste no se hizo coincidir el Proyecto Atalaya de recuperación del patrimonio musical de las catedrales andaluzas con este concierto de inauguración del curso, aunque en el programa se insistiera en él. En su lugar Enrico Onofri, una vez más al frente de la formación, seleccionó algunas páginas poco transitadas de la llamada Escuela Napolitana y aledaños, como Alessandro Scarlatti, que fue profesor de Francesco Durante, a quien se le atribuye la creación de dicha escuela. De Scarlatti, siciliano pero afincado en Nápoles y durante mucho tiempo a las órdenes de la corte española, al menos hasta la Guerra de Sucesión, la Barroca interpretó dos piezas. El primero de sus Seis conciertos en siete partes publicados en 1740 abrió la exhibición, algo desangelado en el grave inicial pero rápidamente recuperado en brío y brillo a partir del allegro, con una inusual moderación en los tiempos y ritmos, menos marcados de lo habitual en Onofri, una estética que se mantuvo a lo largo de casi todo el programa. En la segunda pieza pudimos disfrutar del buen hacer, a veces vertiginoso y casi siempre virtuoso, de Guillermo Peñalver a la flauta dulce, en la Sinfonia Settima, que ni es sinfonía como se titula ni concerto grosso como se define, y donde la flauta tiene un carácter eminentemente solista. Pero ni las obras de Scarlatti, maestro de la ópera y genio de la cantata, ni las de los demás autores convocados se encuentran entre lo más interesante de la producción de la época. El Nápoles de finales del Seicento y principios del Settecento se caracterizó musicalmente más por la música vocal que por la instrumental, donde sí destacó la Venecia de entonces.

Con la Sonata Terza de Francesco Barbella, a cargo de los pesos pesados del conjunto historicista, y el muy melódico Concerto en la menor de Domenico Natale Sarro, una de cuyas óperas inauguró el mítico Teatro San Carlo de Nápoles, pudimos seguir disfrutando de Peñalver a la flauta, que aunque sufrió puntuales caídas de tensión, demostró una gran versatilidad y un dominio absoluto de los afectos, a los que hay que añadir una considerable dosis de elegancia y un fraseo distinguido. El Concierto III en Mi bemol Mayor de Francesco Durante, único quizás de los compositores convocados que se centró en la música instrumental y tocó la vocal sólo en obras de carácter espiritual, y la Sinfonía en Fa Mayor de su alumno Giovanni Battista Pergolesi, de aires ya más clásicos, completaron el programa con resultados satisfactorios por parte de una Barroca que se benefició además de la óptima acústica del Auditorio de Ingenieros de la Cartuja, y ofreció como siempre lo mejor de ella, con ataques precisos y seguros, manteniendo un nivel de exigencia admirable.

domingo, 17 de junio de 2018

NATALIA LABOURDETTE, DESCUBIERTA EN UNA CIUDAD DE ÓPERA

Concierto de clausura Universidad de Sevilla. Natalia Labourdette, soprano. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. John Axelrod, director. Programa: Oberturas y arias de “Las bodas de Fígaro” de Mozart y “El barbero de Sevilla”, de Rossini; O mio babbino caro, de Puccini. Sinfonía nº 3 “Heroica” de Beethoven. Teatro de la Maestranza, sábado 16 de junio de 2018

El hombre es animal de costumbres; cada año repite similares esquemas y experiencias, y se acostumbra tanto a ello que hasta que no surge un repentino giro de guión parece que no pueda vivir sin eso. El concierto en el Maestranza con el que cada temporada cierra su curso la Hispalense se ha convertido definitivamente en un imprescindible a las puertas del verano, y prueba de ello es la masiva y contundente respuesta del público, que se agolpaba a las puertas del recinto como nunca antes creemos haberlo visto. Público por otro lado que parece siempre nuevo, ajeno a los rituales que se deben respetar en una ceremonia concertística, como saber cuándo corresponde o no aplaudir.

Males menores para una cita siempre estimulante y que esta vez se centró en la figura emergente de Natalia Labourdette, jovencísima soprano de la que no sabemos si atribuirnos su descubrimiento definitivo, pues ya antes de lograr el primer premio del Concurso de Nuevas Voces Ciudad de Sevilla el año pasado, se había coronado en otras citas dentro y fuera del país. Pero es aquí donde de alguna manera ha iniciado una carrera de merecidos éxitos, con su memorable recreación de Nannetta en Falstaff, y las dos óperas cortas que representará en una misma función la próxima temporada, Der Diktator y El emperador de la Atlántida. Y es aquí también donde para cerrar este curso académico se le ha encomendado entonar arias de dos de las óperas más representativas de Sevilla como ciudad de la ópera, las basadas en obras de Beaumarchais en torno al personaje de Fígaro, El barbero de Sevilla de Rossini y Las bodas de Fígaro de Mozart. De ésta ofreció un Deh vieni non tardar de esplendorosa candidez y detallista fraseo, generosa en proyección y expresividad y considerable buen gusto. Su timbre marcadamente sedoso y una articulación viva y segura se dejaron también sentir en Una voce poco fa, donde se apreció además un atisbo de personalidad única y propia en la que el dominio de un espíritu joven y en cierto modo pop vino a añadir una buena porción de frescura a un género tan necesitado de propuestas renovadoras. Dos arias de Puccini completaron su aportación, con un Oh mio babbino caro de Gianni Schicchi hermoso, fluido y nada afectado, y un Quando m’en vo de La bohème en la propina lleno de encanto y flexibilidad.

Axelrod acompañó con respeto y aplomo añadidos a esa tendencia a la comicidad en lo gestual que le caracteriza. De las dos óperas sevillanas ofreció sus oberturas, espontánea y fluida la de Mozart, amable y distendido Rossini, con marcado acento clasicista en ambos casos pero falta de contraste en el primero y escaso aliento en los característicos crescendi del segundo. Será quizás que se ha interpretado mucho últimamente, y en distintos formatos, que quiso decir algo nuevo con la Heroica de Beethoven y más bien le salió algo deshilachada, demasiado larga con tantas repeticiones, y evidentes caídas de tensión en la marcha fúnebre y el allegro final. Sólo el scherzo logró captar mayor atención en un conjunto algo desigual. Se agradece no obstante el empeño.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 12 de octubre de 2017

PRÉSTAMOS PIADOSOS: APERTURA CURSO UNIVERSIDAD + PROYECTO ATALAYA

Concierto de apertura del curso académico de la Universidad de Sevilla y Proyecto Atalaya. Solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla. María Espada, soprano. Carlos Mena, contratenor. Enrico Onofri, concertino-director. Programa: Motetes y cantatas de Juan Francés de Iribarren; Stabat Mater, de Pergolesi. Auditorio de la E.T.S. de Ingeniería, miércoles 11 de octubre de 2017

Dos importantes eventos de la Universidad de Sevilla se han unido este año por primera vez, el concierto de apertura del curso académico y el proyecto Atalaya de recuperación del patrimonio histórico musical de Andalucía, hasta ahora repartidos en dos fechas distintas de la agenda musical sevillana. La novedad ha propiciado dos importantes cambios, la sustitución de la Sinfónica por la Barroca para hacerse cargo de este concierto saludo del curso, y la de la Iglesia de la Anunciación por el Auditorio de Ingenieros de la Cartuja para el segundo evento, ganando en acústica y aforo. En los atriles un repertorio que cristalizará en la nueva grabación del conjunto especializado y que ahonda más en el interesante catálogo de obras compuestas por el prolífico Juan Francés de Iribarren para la Catedral de Málaga, donde ejerció de maestro de capilla durante treinta y tres años.

La particularidad de este concierto residió en enfrentar una obra de la enjundia del Stabat Mater de Pergolesi, con algunos de los motetes compuestos por Iribarren a partir de las melodías de esta secuencia latina destinada al Viernes de Dolores. La obra gozó de tanta popularidad a lo largo del siglo XVIII que son muchas las copias que se conservan en catedrales de todo el Mundo. Una de las tres que forman parte del ingente archivo musical de la de Málaga fue la versión elegida para este singular acontecimiento. La cantata Sabia extension y el motete Te invocamus fueron dos de las piezas cuyas melodías volvimos a disfrutar en el Stabat Mater, compuesto diez años antes, en interpretación de Carlos Mena y María Espada, dos voces que siempre son bienvenidas a Sevilla, donde tantos buenos ratos nos han hecho disfrutar. Mena inició el concierto sin embargo con cierta tendencia a cambiar de registro y traicionar la tesitura de su voz, mutando de agudos a graves con incómoda facilidad. La pieza elegida, Lamentación 2ª del Viernes Santo, no se lo puso fácil, dada su complejidad y abundantes disonancias. Afortunadamente el resto lo abordó con su habitual buen gusto y potente proyección.

Espada por el contrario brilló desde un principio a pesar del anodino Ave María que le sirvió de presentación. Su voz cristalina, dulce y brillante recorrió los pentagramas de Iribarren, y más adelante los de Pergolesi, con inusitada facilidad e incontestable exquisitez, a lo que sumó su providencial candor. Con sólo dos violines, a los que se unió la viola en el Stabat Mater, y bajo continuo con una voz por parte, Onofri lideró un conjunto apenas testimonial del trabajo de los solistas, raquítico en algunos pasajes, y más áspero que amable por lo general, no muy afín a la estética piadosa que debía imperar y que malogró en parte el resultado de este interesante ejercicio de comparación. La Barroca logró no obstante atrapar nuestra concentración y ampliar los registros de la música de Iribarren que ella misma ha ido rescatando desde hace años.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 16 de octubre de 2015

CONCIERTO DE APERTURA DEL CURSO UNIVERSITARIO: UNA CITA OTOÑAL

Concierto de apertura del curso académico de la Universidad Hispalense. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Éric Crambes, concertino-director. Programa: Serenatas para cuerdas de Elgar Op.20, Dvorák Op.22 y Chaikovski Op.48. Auditorio de la ETS de Ingeniería, jueves 15 de octubre de 2015

Crambes frente a la sección de cuerdas de la orquesta
en el concierto del año pasado
El más veterano de los concertinos actuales de la Sinfónica volvió a ejercer de maestro de ceremonias en el ya tradicional concierto de apertura del curso de la Universidad de Sevilla; o quizás debiéramos limitarlo a director musical, pues si el acto careció de algo fue precisamente de maestro de ceremonias. Autoridades académicas sí que honraron con su presencia la celebración, pero haciendo gala una vez más de nuestra incapacidad para expresarnos en público y cierto miedo escénico acomplejado, lo cierto es que nadie se dignó a añadir categoría al asunto con unas, aunque fueran breves, palabras de bienvenida.
En lo musical la propuesta se centró este año en tres serenatas románticas para cuerda, muy apropiadas para el otoño recién estrenado, siguiendo la tradición del divertimento vienés del S. XVIII y el sinfonismo italiano de las escuelas milanesa y veneciana. Resulta sintomático que tratándose de un compositor tan poco programado aquí, la de Elgar, sin ser una de sus obras más representativas, haya sido ya interpretada tres veces en los últimos cinco años, en este mismo evento y con Crambes también al frente en 2011 y con la Bética de Cámara el año pasado. Su espíritu pastoril encontró buen eco en las prestaciones de la cuerda de la Sinfónica, reducida a menos de la mitad, sobresaliendo un larghetto lleno de emoción y nostalgia.
Más similitudes hay entre las serenatas de Dvorák y Chaikovski, desde su duración a su material temático, entre la referencia clásica y la inspiración nacional. Pero en ambos casos se hubiera agradecido un mayor número de efectivos. El compositor ruso decía que cuántos más fueran los músicos mayor sería la proximidad con su intención. Por el contrario nos encontramos con unas versiones camerísticas, bien articuladas, de acentos pronunciados y dinámicas generosas, aunque también con alguna que otra puntual caída de tensión y languidez; pero en general resultaron correctas, enérgicas y transparentes, si bien un poco más de desenfado y frescura no les hubiera venido mal. La repetición del célebre y elegante vals chaikovskiano sirvió como propina. El programa se repetirá esta noche en la primera de tres comparecencias de la orquesta en la actual temporada del Teatro Villamarta de Jerez de la Frontera.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía