jueves, 26 de enero de 2017

HIELO Y FUEGO EN EL 5º CONCIERTO DE ABONO DE LA ROSS

5º concierto de la 26ª temporada de abono de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Ángel Lasheras Torres, Joaquín Morillo Rico, Ian Parkes y Javier Rizo Román, trompas. Pablo González, director. Programa: Suite de Pulcinella, de Stravinski; Konzertstück para cuatro trompas y orquesta Op.86, de Schumann; Sinfonía nº 8 Op.93, de Beethoven. Teatro de la Maestranza, jueves 26 de enero de 2017

Pablo González atesora aun siendo joven una buena trayectoria dirigiendo orquestas de lo más diversas por toda Europa y otros países del Mundo, y recibiendo prestigiosos galardones que lo sitúan como una de las batutas más valoradas del panorama nacional. Se dice que es apasionado e intenso, quizás por atacar las obras con un estilo a veces demasiado personal, aunque con resultados muy desiguales. En esta comparecencia en el primer concierto de abono de la Sinfónica de este año ofreció un Stravinski muy decepcionante, un Schumann correcto sin más, y un Beethoven sencillamente soberbio.

Pulchinela constituye una visión del ritmo y la orquestación del siglo XVIII pasada por el filtro del XX a partir de la commedia dell’arte, que González no acertó a captar. Su tono irónico y bufonesco se respira desde la primera nota si no se opta por una interpretación que busque lo hermoso y bucólico, dando esa sensación de pastiche que la obra no merece. A la dirección le faltó gracia y vitalidad; ni siquiera el buen trabajo del concertino acertó a dotar al conjunto de ese aire de concerto grosso que posee, mientras no hubo ni atisbo del estilo cabaretero casi jazzístico que tienen ciertos pasajes. Sólo la Gavota y sus variaciones se salvaron del resto, gracias a unas maderas y una trompeta muy atinados. Con Schumann el problema residió más bien en las trompas solistas, instrumento desde luego muy difícil y que en esta pieza tiene que traslucir todas las virtudes que desarrolló en una época en la que las óperas de Wagner lo erigieron a lo más alto. Tras unas competentes fanfarrias, el diálogo contrapuntístico apenas llegó a fluir, mientras afloraron demasiados desequilibrios con la orquesta, acertada en registro pero sin el ardor casi juvenil que trasluce la pieza.

Donde sí hubo fuego fue en la Sinfonía nº 8 de Beethoven, pura incandescencia de tempi rápidos, expresión apasionada y arquitectura ágil. Sólo aquí se pudo entrever esa risoterapia a la que intentaba invitar el programa, con movimientos extremos atrevidos y elegantes, una interpretación pulcra y detallada, y una impresión general absorbente, casi extenuante, con todos los efectivos de la orquesta rindiendo al máximo en una estética de absoluta distensión en la que dominó júbilo y vigor.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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