miércoles, 22 de junio de 2022

FLORES Y ORTEGA: LOS FRUTOS DE LA ACADEMIA

Recital de la Fundación Barenboim-Said. Nicolás Flores Bermejo, piano. Programa: Balada nº 4 Op. 52 en fa menor, de Chopin; Sonata nº 7 Op. 83 en si bemol mayor, de Prokofiev. Guillermo Ramírez Ortega, piano. Programa: Sonata nº 18 Op. 31 nº 3 en mi bemol mayor, de Beethoven; Barcarola Op. 60 en fa sostenido mayor, de Chopin; El Pelele, de Granados. Patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla, martes 21 de junio de 2022

Nicolás Flores Bermejo

La noche se presentó fresca, quizás demasiado, para acoger en el precioso Patio de la Montería del Alcázar sevillano el recital de dos jovencísimos pianistas arropados por la Fundación Barenboim-Said, en cuya Academia de Estudios Orquestales han cursado su último año hasta el momento. Demasiado jóvenes para en tan forzosamente corta trayectoria haber logrado ya tan suculentos frutos, el madrileño Nicolás Flores y el malagueño Guillermo Ramírez Ortega demostraron ser muy aplicados, tocando sin partitura y con las ideas bastante claras para el grado de madurez que se presume en artistas de su edad. El resultado fue una noche gozosa y entrañable, animada por una serie de piezas trascendentales del pianismo universal, de las que los intérpretes supieron al menos sacar buen provecho, con unas nada desdeñables recreaciones de las mismas bajo la siempre condicionante y atenta mirada del público convocado.

Con apenas dieciocho años, Nicolás Flores Bermejo acometió la Balada nº 4, obra maestra absoluta de Chopin, con la responsabilidad que lleva enfrentarse a una página tan difícil técnica y expresivamente. Pasó por la partitura con cierto exceso de compostura y respeto, lo que se tradujo en una falta de mayor intensidad y exaltación. La suya fue una interpretación impecable, acaso algo lenta dejando entrever su férrea arquitectura con un mayor grado de claridad, pero sin la tensión necesaria. No obstante supo dosificar con maestría sus pasajes más turbulentos con los más delicados sin que se apreciaran en exceso las costuras, con elegancia y suavidad, llegando a alcanzar en el final el virtuosismo y la bravura exigida. A la Sonata nº 7 de Prokofiev le faltó más garra y fuerza expresiva. Es cierto que la atacó con idéntica disciplina, pero toda la tragedia subyacente en tan dolorosa partitura quedó algo desdibujada frente a un mayor interés por traducirla técnicamente a la perfección. Acertó más en su fúnebre movimiento central que en los sincopados extremos que demandan más vigor y entusiasmo. A nivel de agilidad no se le puede reprochar nada, resolviendo sus cambios rápidos y sus complejas articulaciones con virtuosismo y disciplina, y sin llegar en ningún momento a aporrear el teclado como hacen muchos.

Guillermo Ramírez Ortega

Tuvimos que frotarnos los ojos para convencernos de que no habíamos viajado al pasado y estábamos viendo a aquel Eugeny Kissin jovencísimo que tanto triunfó en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando apareció en el escenario Guillermo Ramírez, natural de San Pedro de Alcántara y de considerable parecido con el intérprete ruso. Ramírez Ortega optó por una revisión de la Sonata nº 18 de Beethoven de regusto rococó, una decisión muy insólita tratándose de un intérprete tan joven e inexperto, por muchos premios y conciertos que lleve ya a sus espaldas, como su compañero. Se nota en ambos intérpretes el aprendizaje arduo y concienzudo que habrán recibido de los prestigiosos Pérez Floristán y Edgar Nebolsin, entre otros y otras. Ramírez tuvo además la osadía de convertir el minueto central en una suerte de adagio a través del ritmo y la expresión, con lo que la pieza no quedó huérfana de ese característico movimiento lento. El resto fue ligero y jocoso, especialmente en un scherzo en el que mantuvo con firmeza el acompañamiento en staccato de la mano izquierda, con un uso moderado en todo momento del pedal, acaso buscando un toque más seco y austero en cada nota. La Barcarola de Chopin resultó fluida y hermosa aunque algo menos grácil de lo deseable, más espesa. Sus ondulaciones comenzaron con calma y fueron poco a poco alcanzando un registro más dramático y agitado. El Pelele, única de las obras de Granados inspirada directamente en un cuadro de Goya, sonó popular y colorida en las manos ágiles y comprometidas del joven pianista, dejando claro junto a su compañero los excelentes frutos que es capaz de cosechar la Academia de la Fundación Barenboim-Said, que con este acertado evento celebró el Día de la Música y su compromiso con los damnificados por la Guerra de Ucrania.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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