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martes, 18 de julio de 2023

COSMOS, GHEORGHIU Y KOZENÁ EN GRANADA

72º Festival de Granada

Cuarteto Cosmos: Helena Satué y Bernat Prat, violines; Lara Fernández, viola; Oriol Prat, violonchelo. Programa: Cuarteto nº 2 en la menor Op. 5 nº 2, de Brahms; Cuarteto nº 4 “Los desastres de la guerra”, de Marco; Cuarteto de cuerdas nº 1 “Metamorfosis nocturnas”, de Ligeti. Patio de los Mármoles del Hospital Real de Granada, viernes 14 de julio de 2023

Angela Gheorghiu, soprano; Jeff Cohen, piano. Programa: Lieder, arias y canciones de Giordani, Paisiello, Donizetti, Tosti, Respighi, Schumann, Strauss, Rachmaninov, Rameau, Martini, Massenet, Brediceanu, Stephanescu, Bellini y Satie; piezas para piano de Beethoven, Liszt, Saint-Saëns y Bartók. Auditorio Manuel de Falla, sábado 15 de julio de 2023

Magdalena Kozená, mezzosoprano; La Cetra Basel; Andrea Marcon, clave y dirección. Programa: Selección de arias de “Alcina” de Haendel; Concerto grosso en re menor “La Follia” Op. 5 nº 12, de Geminiani; Andante larghetto del Concerto grosso nº 3 en si menor SF 937 “La Cetra”, de Marcello; Obertura VI en sol menor, de Veracini. Palacio de Carlos V, domingo 16 de julio de 2023


A falta de hoy y mañana para que finalice esta espléndida edición, la número setenta y dos nada más y nada menos, del Festival de Granada, hemos fijado nuestra atención en el último fin de semana. Recuperar el Cuarteto Cosmos, a cuyo concierto en el Espacio Turina el pasado mes de enero no pudimos asistir, y disfrutar con dos de las más mediáticas y rutilantes voces femeninas del panorama lírico actual, nos ha servido de excusa para viajar a una ciudad que nunca necesita de alguna, a pesar de que el calor reinante ha puesto en seria dificultad el disfrute absoluto de la experiencia de pasear por la ciudad del Darro, subir al Albaicín y dejarse embriagar por la belleza de la Alhambra y los jardines del Generalife.


Residentes de categoría

El joven Cuarteto Cosmos surgido en el año 2014, ha ido consolidando en poco tiempo una carrera fulgurante, llena de aciertos, cosechando éxitos y presumiendo de respaldos como el brindado por el legendario Alfred Brendel. Llevan dos temporadas como artistas residentes del Palau de la Música Catalana, y aún les queda otra. En este tiempo han programado la integral de cuartetos de cuerda de Brahms, Schumann y Webern. Del primero dieron buena muestra en esta comparecencia granadina en el evocador Patio de los Mármoles del Hospital Real. El Cuarteto nº 2 de Brahms, a pesar de las reticencias del autor por el género, representa todo un ejercicio de confesión íntima y sombría, pletórica de poesía y singularidad expresiva. El Cosmos lo abordó desde su propia y distinguida personalidad, ahondando en sus aspectos más lúgubres y hasta fantasmagóricos, con un allegro inicial denso y vigoroso, a la vez que delicado y sumido en una espiritualidad absoluta a través de los timbres más sedosos. Limaron los acentos en el andante, menguando contrates, pero no su densidad cromática, cierta debilidad por el misterio y una facilidad para apianar realmente sobrecogedora. Todo esto se mantuvo en un grácil y amable quasi minueto, hasta derivar en un allegro final de ritmo ágil y enérgico pero sin destacar su inspiración folclórica, manteniendo el tono frágil y melancólico que dominó durante toda la interpretación.

Como artista residente de esta edición del festival, Tomás Marco, de quien se han interpretado varias obras, estrenado otra y atendido cursos y lecciones magistrales, estuvo físicamente presente también en el concierto del Cosmos, como testigo de excepción del buen trabajo desplegado por quienes entendieron su Cuarteto nº 4, Los desastres de la guerra en alusión a Goya sólo como inspiración expresiva y estética pero no programática, como un permanente y obsesivo contraste entre la barbarie y la sinrazón representada en fuertes golpes de arco y acordes secos y contundentes, y los pasajes arpegiados en piano que parecen referirse a la mediocridad del ser humano en su conjunto, capaz de aceptar el destino fatal al que se le condena, sin capacidad para la reflexión ni el análisis. Después de esto, el Cuarteto nº 1 de Ligeti, obra de juventud en la que resulta muy fácil apreciar la influencia de Bartók, resultó casi relajante, incidiendo fundamentalmente en su estricto contrapunto imitativo con una intensa presión rítmica, mientras sus distintas secciones encadenadas se caracterizaron por una considerable carga instrumental y esa continua metamorfosis a la que alude el título traducida con una riqueza traslúcida.


Talento lírico con carácter testimonial

Parece mentira que tengamos que considerar a la soprano rumana Angela Gheorghiu ya una veterana, cuando recordamos sus grandes éxitos operísticos como si hubiesen sucedido ayer. Aunque sigue por supuesto convocando afición, sus recitales pueden resultar tan relativamente coyunturales como el que ofreció el pasado sábado en el Auditorio Manuel de Falla. Fue como una experiencia de carácter meramente testimonial, a pesar de lo cual hubo momentos para el regocijo, si bien tenemos que aceptar que lo mayoritario fue una sucesión de canciones seleccionadas para no enfrentarse a grandes dificultades y agradar al público. La brevedad de las piezas hizo que fueran multitud las interpretadas, desde el recurrente Caro mio ben de Giordani y el desenfadado Amor marinaro de Donizetti, a los que faltó una pizca más de desparpajo, a los más melódicos y apasionados Vesenniye vody de Rachmaninov o las dos piezas de autores compatriotas, Bredinceanu y Stephanescu, que interpretó con considerable ímpetu dramático. No muy en estilo encaró canzonettas de Francesco Paolo Tosti o Le grillon de Rameau, mientras los textos blancos sobre los pliegues de las cortinas amarillas se antojaban ininteligibles.


Mejor mantuvo su homogénea línea de canto en el inmenso Zueignung de Strauss, también el brillo de su timbre y sus rutilantes agudos sostenidos, aunque puntualmente perdiera el tono y la intención. Aún así el popular Plaisir d’amour resultó sobradamente sentimental, Vaga luna de Bellini convalidó su talento para el bel canto, y Je te veux de Satie rubricó con emotividad un recital que acabó en tres propinas, O mio babbino caro de Puccini que repetirá con la Orquesta Joven de Andalucía mañana miércoles, Granada de Lara para regocijo del público local asistente, y La spagnola que popularizó Mario Lanza. El pianista americano Jeff Cohen acompañó con máximo respeto, delicadeza y compenetración, mientras en sus intervenciones solistas – unas variaciones de Beethoven sobre el aria Nel cor piú non mi sento de Paisiello que Gheorghiu cantó previamente, la transcripción de Liszt sobre el hermosísimo lied Widmung de Schumann, una paráfrasis de Saint-Saëns sobre la famosa Meditación de Thais de Massenet, y sobre todo las Seis danzas populares rumanas de Bartók – demostró ser un pianista más que competente, capaz de matizar cada acorde, controlar la articulación y exhibir virtuosismo donde se requiere.


El canto expresivo de una malvada sentimental

En el concierto del domingo al calor del Carlos V potenciado por el multitudinario aforo, la mezzosoprano checa Magdalena Kozená acometió el género que mejor conoce y con el que ha edificado su triunfante carrera, la ópera barroca. Bajo el título Alcina: amor embrujado, amor encantado, Kozená cantó todas las arias de la protagonista de la ópera handeliana, primera de las que compuso para el Covent Garden londinense. La desdichada y hasta cierto punto enamoradiza y sentimental hechicera encontró en su voz diamantina y rotunda un vehículo de total lucimiento, destacando la elegancia con la que abordó Dí, cor mio, quanto t’amai, controlando perfectamente los cambios de registro y color y manteniendo una fluidez y un estilo acorde al carácter sentimental de la pieza, atributos que se mantuvieron en Si, son quella para tornarse en misterio e intriga en Ah! Mio cor! Schernito sei! del segundo acto. Apenas unos cambios bruscos de tono y trucos vocales para superar dificultades, no empañaron una interpretación que en lo gestual logró también resultados excelentes. Expresividad que funcionó a la perfección en el enérgico Ah! Ruggiero crudel, y se tornó en control de agilidades y coloratura, sin alardes exagerados, en Ombre pallide. El último bloque estuvo centrado en el tercer y último acto, con la hechicera reconociendo su fracaso y resignación en Mi restano le lagrime tras pretender mantenerse fuerte y decidida en Ma quando tornerai.


Le acompañó en este menester el prestigioso conjunto La Cetra Barockorchester Basel, con dirección precisa y rotunda de Andrea Marcon, también director titular de la Orquesta de Granada. En la plantilla pudimos distinguir entre los primeros violines a Alexis Aguado, tanto tiempo integrante de la Barroca de Sevilla, cuyos solos a buen seguro hubieran resultado más atinados que los del también español Germán Echeverri, de sonido áspero y a menudo crispado. También nos hizo mucha ilusión identificar al clave, apoyando y combinándose con el propio Marcon, a la joven sevillana Irene González Roldán, que está cosechando tantas satisfacciones. El acompañamiento del conjunto fue en todo momento preciso, sin afectaciones ni acentos marcados, siempre desde un ángulo delicado y afectuoso, presente también en las piezas de concierto que interpretaron entre arias. La obertura de la propia Alcina sonó majestuosa, el Concerto grosso que Geminiani compuso a partir de la sonata de Corelli sobre La follía, ofreció compenetración y cierta exuberancia, mientras el andante del Concerto nº 3 de Marcello aportó elegancia, y la Obertura VI de Francesco Maria Veracini permitió apreciar las virtudes de dos espléndidas oboístas, Priska Comploi y Bettina Simon. En las propinas, Kozená abordó con mucho sentimiento el inevitable Lascia ch’io pianga, y con gracia y desparpajo a pesar del malestar manifiesto ocasionado por el calor imperante, Solo quella guancia bella de La veritá in cimento de Vivaldi. Parece ser que su esposo, Simon Rattle, se encontraba entre el público, pero no lo vimos.

Fotos: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 27 de julio de 2020

VANDALIA, CHAMAYOU, FANLO Y ZIMERMAN ENCANDILAN EN GRANADA

Iagoba Fanlo y Alfredo Aracil en el Crucero del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
Parece mentira que Granada haya podido, en medio de rebrotes y amenazas, ultimar la celebración de la sesenta y nueve edición de su festival, y lo que es más, que haya podido hacerlo con tan alto nivel de calidad y de dignidad, con un plantel de artistas irrepetibles, algunos legendarios, otros a medio descubrir, que han hecho de él una cita ineludible del calendario musical, y un bálsamo de consuelo y felicidad para quienes añorábamos la música en directo tras tanto tiempo de confinamiento e incertidumbre. El último fin de semana se nutrió de un amplio abanico de posibilidades, del canto polifónico renacentista a cargo del grupo sevillano Vandalia, al encendido esplendor beethoveniano de Krystian Zimerman haciendo los dos conciertos de piano más amados del genial compositor, hasta el piano cálido y vertiginoso de Bertrand Chamayou y el violonchelo flexible y carnoso de Iagoba Fanlo. Todos fueron motivos para el regocijo.

La “Bomba” de Vandalia

Vandalia en la Capilla Real. Foto: Fermín Rodríguez
Entrada por la puerta grande del cuarteto de voces sevillano Vandalia, nada menos que en la Capilla Real ante un público íntimo, atento y respetuoso y con un programa de singular atractivo bajo el brazo. Se trataba de recrear la Misa de Bomba del granadino afincado en Guatemala Pedro Bermúdez, muy ligado a este monumento de la ciudad de la Alhambra. Para ello optaron por un programa tan didáctico como estimulante, presentando como antesala la Ensalada Bomba que compuso Mateo Flecha “El Viejo”. El autor fue especialmente prolífico en la composición de este género de piezas, las ensaladas, llamadas así por aglutinar todo tipo de canciones de distinta métrica y autoría, con ritmos diversos y procedimientos heterogéneos, mayoritariamente homófonos. La Bomba se llama así por imitar el sonido del bombeo del agua en un naufragio que representa metafóricamente el hundimiento del alma del pecador y su llamada de auxilio para ser redimido por el Salvador. Rocío de Frutos, exhibiendo un volumen de voz por encima de lo que estamos acostumbrados, pero con la misma dulzura en la línea de canto, alternó con sus compañeros las alegres estrofas de la pieza, a veces onomatopéyicas, otras casi taberneras, si bien se hizo notar cierta dispersión en la armonía, como si cada uno y una cantaran por su cuenta, debido posiblemente a la delicada acústica del lugar.

La Misa de Bomba de Bermúdez es la única de las suyas que hace referencia a una melodía secular, la ensalada citada, aunque mantiene a través del canto firme con tratamiento imitativo la estructura de la misa convencional, a la que el conjunto se plegó con oficio y estilo, dejando claro en este caso su amplio espectro y capacidad de adaptación, con supremas aportaciones de Frutos y Gabriel Díaz en las voces agudas, el tenor Víctor Sordo y el perfecto contrapunto en la armoniosamente ensamblada voz del bajo Javier Cuevas. En la segunda parte, naturalmente sin pausa, dedicaron un amplio espacio al maestro sevillano del Siglo de Oro, Francisco Guerrero, con joyas de la música litúrgica y profana, como Si tus penas no pruevo o Pan divino, graçioso, cantadas con buen gusto y extrema sensibilidad, como la que emplearon ya en un registro completamente distinto en la propina lorquiana, el Zorongo Flamenco, aunque para flamenca la boda que se celebraba en el sagrario adyacente y que casi sabotea el buen hacer del conjunto sevillano.

Chamayou y Fanlo no dejan indiferente

Bertrand Chamayou
Todavía recordamos con admiración el excelente concierto que ofreció el pianista francés Betrand Chamayou en el Teatro Central de Sevilla hace siete años. Entonces vino a tocar música de John Cage con un piano preparado, un sensacional trabajo de percusión y habilidades extremas como tocar con absoluta precisión un piano de juguete. Por eso quizás su arte al teclado no deja indiferente, muestra su inquieta predisposición a encontrar nuevos lenguajes y se deja influir por su pasión por la música contemporánea a la hora de buscar nuevas formas de interpretar lo de siempre, lo que ya se creía dogmático e inquebrantable, hasta el punto de que a menudo podamos sentir como nuevo lo que hemos escuchado mil veces. Saludado como un maestro con los impresionistas, con una integral pianística de Ravel tan lograda que lo avala, ofreció tres preludios de Debussy con una vocación rompedora sorprendente. Sin embargo su Catedral sumergida fue más majestuosa que poética, más del día que de la noche, más ingeniosa e incluso brillante que misteriosa o íntima, y desde luego extremadamente virtuosa, como también lo fueron, pero aquí sí supo captar la atmósfera y el intimismo necesarios, La Terrasse des audiences du clair de lune, mecida por el sugerente murmullo del agua de la fuente del Patio de los Mármoles del Hospital Real, y Feux d’artifices, prodigio de ritmo e impacto sin renunciar a una elegancia y exquisitez extrema. Igual abordó Miroirs de Ravel, con un preciso fraseo emulando el alegre revoloteo de las Noctuelle, una pulsación nerviosa para evocar la opresión incómoda de los Pájaros tristes, chispeante y fluida en una memorable, poética y embriagadora Un barco en el océano, y con un exquisito detalle colmado de reflexión en El valle de las campanas. Incluso en su muy nerviosa y ajetreada Alborada del gracioso encontramos motivos extras para admirar al joven y reconocido artista, igual que luego encontraríamos en una vertiginosa Tarantella de Liszt, según el cuaderno apéndice de los viajes del autor plasmados en Años de peregrinaje, junto a unas idiomáticas y coloristas Gondoliera y Canzone, basadas en temas populares y desgranadas por el pianista con igual ímpetu y ánimo inquieto. Su bloque Liszt se inició sin embargo con Los juegos del agua de la Villa del Este, toda una anticipación del impresionismo musical de marcadas reminiscencias acuáticas que a Chamayou sirvió como perfecta transición entre Debussy, Ravel y el visionario genio húngaro.

Iagoba Fanlo (Foto: Fermín Rodríguez)
También Iagoba Fanlo vino seducido por su compromiso con la música contemporánea y un programa extraordinario alrededor de la primera de las seis suites para violonchelo de Bach. Aún recordamos el buen sabor de boca que dejó hace ocho años en el Femás con estas obras bachianas. El experimento esta vez incluía un Praeludium y Rendez-vous, de Alfredo Aracil, presente en el crucero del Hospital Real, el primero estrenado en el Alicante Actual de hace unos años y el segundo estrenado aquí debido a que su emplazamiento original en el Festival de Cuenca se vio malogrado por la pandemia del coronavirus. Dos singulares obras basadas en material que bien podría haber utilizado el maestro de Leipzig, sometidas a transformaciones, acordes inversos, discordancias, roces y estridencias variadas hasta converger en una convincente interpretación de este sensacional cuerpo del instrumento de cuerda grave por antonomasia, que el artista donostiarra articuló con sensibilidad y muy buen gusto, un sonido carnoso y una autoridad incontestable. Toda esta serie de virtudes destinadas a encumbrar la belleza del barroco derivaron con Britten y su Suite nº 1 para el instrumento en una intensa expresividad, convirtiendo el violonchelo en médium para transmitir toda la fuerza de la tierra, el lamento del destino y el canto elegíaco que tan bien supo en su momento transmitir Rostropovich, para quien se compuso la pieza a instancia de Shostakovich. Seis movimientos separados en tres bloques por un canto recurrente, en el que destacó el desgarro del violonchelista y su especial dominio del arco, explícitamente golpeado en la aflamencada Serenata así como en la Marcha, y con un brillante torbellino en el Moto perpetuo. Un más dócil y convencional Postludium de Aracil concebido muy significativamente para este programa y esta edición del Festival de Granada cerró antes de una propina bachiana este estimulante concierto.

El cierre: una cita concertada

Krystian Zimerman
El sensacional pianista y eventual director de orquesta polaco Krystian Zimerman puso el broche de oro a tan extraordinaria edición del Festival de Granada con el tercero de los programas que dedicó a los conciertos para piano de Beethoven junto a la Orquesta Ciudad de Granada. Tocó el piano y dirigió, o concertó como diría humildemente el gran Javier Perianes, a una orquesta en muy buena forma en nada más y nada menos que los conciertos cuarto y quinto, joyas de la música en mayúsculas, obras maestras de la literatura concertante y monumentos del arte en general. Quizás estuvo demasiado atento al músculo orquestal, en detrimento de su propio instrumento, que especialmente en el largo allegro moderato inicial sonó pequeño y a menudo camuflado. Aunque imprimió su intervención solista de un exacerbado lirismo ambiental, no nos resultaron agraciadas las cadencias, cuya autoría no acertamos a identificar. Sí triunfó en el grave andante con moto central, prodigio de transición entre doloroso y tierno hacia un rondo vivace convenientemente brillante y desprejuiciado. No fue quizás una versión antológica de la pieza, pero sí en cualquier caso bien articulada y dialogada, y de concepción rotundamente clásica.

Por iguales derroteros más o menos deambuló un Concierto nº 5 Emperador musculoso y vibrante, reafirmando su espíritu de gran concierto y ahora sí asumiendo su carácter renovador del género, especialmente apreciable en un adagio central marcado por un extremo lirismo y una concepción netamente sentimental del material pianístico. Precedido de un allegro de amplios desarrollos y generosas proporciones, imbuida de una energía heroica, un inesperado viento que hizo las delicias del público amargó algo la velada a Zimerman, que tuvo que lidiar como pudo con las partituras sin que el resultado se resintiera. De la dulce meditación y la desnuda espiritualidad del adagio pasó con total naturalidad al frenesí rítmico del allegro final, llena de brío y espíritu triunfador, tal como pudo apreciarse con una platea del Carlos V aplaudiendo a rabiar y de pie durante largos y muy merecidos minutos. Y así acabó una memorable sexagésimo novena edición del Festival de Granada, con más mérito teniendo en cuenta las inoportunas condiciones en que ha tenido que organizarse y celebrarse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

sábado, 25 de julio de 2020

BARENBOIM Y DUEÑAS EN GRANADA: LA CONSAGRACIÓN Y LA PRIMAVERA

Patio de los Mármoles del Hospital Real
Foto: Fermín Rodríguez
Los últimos conciertos celebrados en el Festival de Granada antes de enfrentarse a sus últimas propuestas han venido marcados también por la excelencia que apreciamos hace un par de semanas. Con un plantel de pianistas de primera categoría, en su mayoría veteranos y veteranas que con su presencia han salvado con creces una edición diseñada de urgencia, y un buen puñado de orquestas del país, lo que ha evitado viajes de larga distancia de grandes grupos e intérpretes con su instrumento a cuestas, el Festival ha logrado el reto de llegar a su fin y hacerlo con toda la dignidad, y más si cabe, que merece una cita con tanta historia a sus espaldas. En estos últimos días hemos tenido ocasión de rendir pleitesía a intérpretes sobradamente consagrados, como Bostridge y Barenboim, así como de descubrir las veleidades de los más jóvenes, con el muy reconocido Igor Levit y la gran sorpresa que ha supuesto la joven María Dueñas a la cabeza.

El viaje de Bostridge y Levit

Cuando nos acercamos a una interpretación de Winterreise (Viaje de invierno) de Schubert, centramos nuestra atención naturalmente en la voz, dejando el acompañamiento pianístico en un segundo plano, aun siendo conscientes de la importancia que éste tiene a la hora de transmitir toda la fuerza de esta página inmortal del arte liederístico. No es frecuente que un pianista de gran calibre, de vocación concertista, se asocie con un destacado tenor para ofrecer un ciclo de lieder, como fue en este caso. De esta manera nuestra atención estuvo centrada tanto en la voz como en el piano. Quizás tendríamos que haber asistido al concierto que ofreció hace unos días Igor Levit, el joven y muy contestatario pianista alemán nacido en Rusia, con las tres últimas sonatas de Beethoven, autor con el que más parece se le esté asociando, para calibrar su talento y magisterio en la materia. Sin embargo como acompañante de estas desesperadas canciones de amor y muerte no acertamos a captar nada realmente nuevo o que llamara poderosamente nuestra atención. Faltaría más que no presente una digitación precisa, atenta al matiz y el detalle, delicada y contundente según el lied, y sobre todo segura. Fue precisamente eso, la seguridad, lo que más valoramos, al margen de su habilidad para manejar la partitura en tablet sin perder un ápice de concentración.

Levit y Bostridge. Foto: Fermín Rodríguez
Por su parte, Ian Bostridge, que ha grabado el ciclo con Julius Drake y se considera un ferviente estudioso y conocedor del mismo, exhibió en el Patio de los Mármoles del Hospital Real una madurez absoluta en el manejo de todos los resortes de su voz, destacando en elegancia y voluptuosidad, tan solo enturbiando su prodigioso fraseo y perfecta entonación con fugaces e intencionadas salidas de registro, habitualmente relacionadas con una inusitada rabia. Lo peor por lo tanto en él fue su espasmódica representación teatral, continuas miradas a las entrañas del piano incluidas. Interpretar lieder no significa tanto someterlos a un temperamento gestual impactante como transmitir a través de la expresión y sobre todo la dicción y la inflexión vocal los sentimientos que el autor quiso depositar en su obra. La suya fue una exhibición mayormente delicada en lo vocal, a veces incluso contenida, con pilares fundamentales como ese Wasserflut (Torrente) tan melancólico que sigue al popular Linderbaum (Tilo), pero exagerada y tortuosa en lo gestual. Nada que reprochar a la belleza de su timbre, que quizás haya ganado incluso cuerpo y solemnidad con el tiempo, aunque su dicción del alemán nos pareció algo discutible. Destacó en fuerza y temperamento en Der stürmische Morgen (Mañana tormentosa) y en galantería con Frühlingstraum (Sueño de primavera) muy bien acompañado por Levit, pero faltó garra y gravedad en el inmenso y desolador Der Leiermann (El organillero) final. Fue una interpretación correcta, con momentos brillantes, pero no memorable en su conjunto.

Una joven prodigiosa

Saludo post-Covid de Dueñas y Mena. Foto: Fermín Rodríguez
Al día siguiente la Sinfónica de Galicia volvió al Palacio Carlos V para dejar claro por qué hubo una época no lejana en la que se le consideraba la mejor orquesta de España. Hoy puede que no se encuentre en la cima del ranking, pero sigue siendo uno de los conjuntos más solventes del panorama nacional. Su sonido envolvente, perfectamente empastado, de texturas claras y acentos matizados, se benefició sin duda por la ausencia de mamparas protectoras en los vientos, lo que hizo incoherente el uso de mascarillas por el resto de los intérpretes y resultó en general algo temerario. Pero hubo un inconveniente, y es que los metales, especialmente las trompetas, no estuvieron a la altura del resto del conjunto, quizás más por una cuestión de dirección que de las propias prestaciones técnicas de los intérpretes. Lo cierto es que a las habituales entradas erráticas de las trompas en algunos pasajes, hubo que añadir una gramática punzante y obsesivamente repetitiva en las trompetas que empañaron algunos de los pasajes en los que intervinieron, y todo a pesar de que en el resto la batuta de Juanjo Mena se mostró acertada por su combinación de respeto, humildad y honestidad, lo que nos ahorró estridencias y maniqueísmos innecesarios.

Pero lo realmente abrumador de la velada fue el arte al violín de la joven granadina María Dueñas. Acudimos escépticos ante la cantidad de elogios y reconocimientos acumulados por la violinista desde muy temprana edad. Apostábamos a que obedecería una vez más a su prodigiosa técnica que a su convincente expresividad. Y la verdad es que tuvimos que reverenciar su talento en todas sus vertientes. Parece mentira que con tan solo diecisiete años se pueda conseguir un nivel de madurez expresiva tan alto. Pensar lo que hacíamos la mayoría a su edad provoca sinceramente vergüenza. Solo con mucho trabajo y perseverancia, y teniendo las cosas muy claras, se puede pulir un talento natural, o sobrenatural, a tan exquisito nivel. La suya fue una interpretación del concierto de Beethoven, con toda la dificultad que su popularidad y complejidad conlleva, absolutamente ejemplar y emocionante. No solo brilló en las cadencias, con florituras nada cargantes y un considerable componente sentimental que llegó literalmente a arrancarnos alguna lágrima, sino que tanto el allegro inicial como el larghetto que le sigue respiraron una atmósfera poética de una belleza arrolladora y un legato sin fisuras, mientras con el rondó final extrajo pura felicidad y un pulso muy atlético a la vez que delicado, sin dejarse arrastrar por esas corrientes recientes que afean el fraseo en beneficio de una austeridad más acorde a los presuntos usos de la época. Mena y la orquesta arroparon con mimo tanto en los diálogos como en los tutti que refuerzan el discurso solista. Antes hicieron una versión competente de la Obertura Egmont, y después, siguiendo el patrón clásico, una Sinfonía nº 7 esmerada en ritmo y texturas, sobria y elegante, decantándose por una jovialidad permanente y una especial atención a cada matiz de la partitura. Dueñas por su parte tuvo el detalle de tocar como propina, en su tierra y ante su gente, Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, en transcripción de Ruggiero Ricci, una combinación de trémolos y pizzicati de muy difícil ejecución.

Un genio tocando a un genio

Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
La intervención de Daniel Barenboim en el Festival se decidió en el último momento, y sin embargo fue la primera en agotar todas las localidades. Resignados a que nunca llegue a tocar en Sevilla el prometido recital de piano, no podíamos dejar pasar la oportunidad de escucharlo aquí en Granada, con cuyo festival tiene una amplia relación – durante muchos años acudió al frente de la Staatskapelle de Berlín – pero en el que no daba un recital de piano desde hace cuarenta años, como la Argerich. Además todo lo recaudado va a Cruz Roja Española para paliar los efectos de la pandemia, lo que nuevamente da medida del carácter desprendido, filántropo y altruista del inmenso artista. El privilegio de escuchar a Barenboim tocando a Beethoven en el doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento fue una experiencia trascendental, y de una emotividad que excede de todo lo que se pueda esperar. Que a estas alturas mantenga una digitación tan precisa y una articulación tan intacta solo se puede calificar de milagroso, pero que además sea capaz de decir cosas nuevas, indagar aun más en la partitura y extraerle nuevos resortes, es prácticamente inexplicable.

En Granada Barenboim programó dos obras descomunales del arte pianístico, sin las cuales no se entendería su evolución, dejando claro por qué se consideran así y cuál es su trascendencia, haciendo acopio de tanta capacidad visionaria como el autor albergó en su época. La suya fue una interpretación de la Sonata nº 31 tan envolvente y llena de sentimiento que si uno no se emociona quedan pocas cosas en la vida que puedan hacerlo. De una cantabilidad asombrosa, un equilibrio extraordinario y un intimismo sobrecogedor, sin énfasis innecesarios y sin renunciar a cierta oscuridad a pesar de poner el acento en su belleza melódica y espiritual. La profunda tristeza con la que la abordó encontró su punto álgido de dramatismo con esas notas secas e intensas in crescendi que una vez más llaman al destino omnipresente en la obra beethoveniana. Barenboim logró así una lectura elocuente de la página que confluyó en un final a corazón abierto, más pesimista de lo que se acostumbra a entender.

Después, las Variaciones Diabelli las atacó de forma orgánica, en tres bloques compactos sin respirar, puros torrentes de música, sentimiento y emoción. Aquí fue especialmente notable su capacidad para exponer con claridad académica todo aquello en lo que Beethoven se anticipó a su tiempo, el carácter temperamental y exacerbado de Liszt, la delicadeza de los impresionistas, el romanticismo extremo de Schumann y Chopin… Todo está en la partitura pero solo un grande entre los grandes puede dejarlo tan claro. Sus Variaciones estuvieron cargadas de tensión, espiritualidad y sarcasmo allí donde correspondía, con continuas transformaciones y cambios de humor que en sus manos resultaron de una sutileza y una naturalidad abrumadoras. Una reflexión tras otra, una concentración extraordinaria y una imaginación rebosante de vitalidad fueron algunas de las características que acompañaron en esta prodigiosa interpretación de una página tan trascendental para la historia de la música, así hasta la gran e intensa fuga final que le pone broche de oro. El público respondió con generosos aplausos, todos y todas en pie desde el primer segundo, pero una vez más sin dejar respirar la música, sin respetar esos segundos imprescindibles que deben mediar entre el reposo del artista y la demostración de admiración, como cuando se paladea un buen vino, en este caso uno excelente. Habría que inventar una nueva clasificación para genios como Barenboim, que vaya más allá… seis estrellas por ejemplo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 14 de julio de 2020

PRIMEROS ACORDES CON PÚBLICO EN EL FESTIVAL DE GRANADA

Elisabeth Leonskaja y la Orquesta Nacional de España en el Palacio Carlos V.
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
El pasado veinticinco de junio arrancó la edición número sesenta y nueve de este imprescindible del verano, el Festival de Granada, con un Réquiem de Mozart en la Catedral protagonizado por la Orquesta y Coro, incluido el Joven, Ciudad de Granada, bajo la batuta del prestigioso Andrea Marcon y las no menos extraordinarias voces de Carlos Mena, Katharina Konradi, Xabier Anduaga y Carlos Álvarez. Tal como informamos en su día en estas páginas, del 28 de junio al 7 de julio se celebró el Festival Digital, con la intervención virtual de Javier Perianes, Rocío Márquez, Fabio Biondi, Jordi Savall, Cañizares y Pepe Romero. Todo un cartel de lujo que precedió como un paréntesis entre el recuerdo a las víctimas y el canto de la esperanza, al arranque ya definitivo con público, manteniendo todas las medidas de seguridad y protección contra el virus, el jueves 9 de julio. De nuevo la Orquesta Ciudad de Granada y sus coros interpretaron entonces una Novena de Beethoven muy especial, con coros participativos a lo largo de las gradas del Palacio Carlos V.

En sus primeros días de andadura el festival ha dejado muy claro su vocación de referencia y calidad extrema, repitiendo esquemas que tanto éxito han dado en el pasado, pero con las energías renovadas de un nuevo equipo directivo que ha sabido conjugar a la perfección el legado recibido de entre otros su último director, Pablo Heras-Casado, presente como público en cada una de las citas que vamos a repasar, y unas ilusiones renovadas más si cabe con la amenaza de una situación que nos desborda y no provoca sino incertidumbre, especialmente en una disciplina tan delicada como es la cultura. Ninguna de las primeras citas a las que hemos acudido defraudaron, colmaron nuestras expectativas y nos reafirmaron en nuestra convicción de que la programación elegida alcanzaba la excelencia.

Polifonía renacentista

Tenebrae en el Monasterio de San Jerónimo
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
En ese esquema ya familiar encajó a la perfección el concierto matinal que celebró el conjunto vocal inglés Tenebrae, comandado por el ex King’s Singers Nigel Short, en el Monasterio de San Jerónimo el sábado 11. Un programa diseñado en torno al Officium Defunctorum, misa de difuntos que Tomás Luis de Victoria compuso a principios del siglo XVII, ilustrado con una introducción litúrgica anónima en forma de canto llano, el motete a seis voces Versa est in Iuctum del ursaonense Alfonso Lobo, quizás su obra más conocida, y el popular Miserere de Allegri. Desde nuestra posición por detrás de las voces no pudimos apreciar en toda su extensión y complejidad el juego armónico de voces y texturas, ni siquiera cuando para interpretar la pieza de Allegri para doble coro, se emplazaron en dos grupos por delante y detrás de la mesa del altar. Solo pudimos apreciar la proyección de las voces hacia detrás y de lado, inapropiado pero suficiente para apreciar la calidad de unas voces extraordinariamente educadas así como para constatar que la suya sería una interpretación más celestial y etérea que sombría y fúnebre, como corresponde especialmente a la obra de Victoria. Fue una vez más la tradición polifónica inglesa, basada fundamentalmente en la belleza y la piedad más que en el tormento y la imploración del perdón divino, la que primó en esta versión ajena a la austeridad, no obstante satisfactoria como experiencia sensorial cargada de serenidad y espiritualidad, que hizo de alguna forma justicia a esta música de extraordinaria luminosidad.

Auténticos ases del piano

Grigory Sokolov en el Auditorio Manuel de Falla
Foto: Luis Pascual
Antonio Moral en su debut como director del Festival se ha apuntado un gran tanto consiguiendo que en él intervengan algunos y algunas de las más destacadas pianistas del panorama internacional, figuras legendarias que han concitado un enorme interés entre la afición y han venido a demostrar que a pesar de su veteranía no han perdido ni un ápice de su arte y aún han añadido más quilates a su magisterio. El desfile de grandísimos y grandísimas del teclado lo inició Grigory Sokolov ese mismo sábado por la tarde en el Auditorio Manuel de Falla. En realidad ofreció un doble concierto, a juzgar por los entusiastas aplausos de más de treinta minutos que le obligaron, con o sin ganas teniendo en cuenta su proverbial inexpresividad afectiva, a interpretar nada más y nada menos que cinco propinas, el famoso Preludio Op. 28 nº 20 en do menor de Chopin incluido. Pero bromas aparte, acudió al festival con el mismo programa que ya paseó por distintas capitales españolas el pasado mes de febrero, que domina a la perfección, sin partitura y con toda la versatilidad y férrea disciplina que le caracteriza. Ya desde los primeros acordes de la Fantasía y fuga K.394 de Mozart no pudimos evitar sentir un enorme escalofrío, contagiados de la emoción y la extrema belleza con la que fue capaz de afrontar esta página para algunos trasnochada, un estudio académico que trasciende su espíritu para convertirse en manos de un grande como él en un prodigio de contrastes dinámicos y coherencia dramática. El primer movimiento de la Sonata nº 11 también de Mozart sonó compacto y muy expresivo, pero fue el minueto central el que permitió un mayor vuelo lírico y un carácter ensoñador y bucólico extraordinario, mientras recorrió el popular allegretto final alla turca con sobriedad exenta de estridencias pero no de acentos convenientemente marcados. Con el Rondó K.511, tan sobrio como desconocido, desentrañó el Mozart más vanguardista y adelantado a su época, con una interpretación casi romántica de la pieza, ideal para conectar con Schumann, protagonista de la segunda parte del concierto a través de sus delicadas, y a veces soberbias, Bunte Blätter, hojas coloridas en la que el compositor vierte su doble y controvertida personalidad, pero que en manos de Sokolov no cayeron en la tentación de convertirse en un fuerte contraste entre lo meramente bello y sencillo y lo decididamente temperamental, encontrando el punto de equilibrio justo para ofrecer una versión tan lírica y delicada como fuerte, fresca e imaginativa.

Elisabeth Leonskaja sin perder el aliento
Foto: Fermín Rodríguez (Festival de Granada)
La siempre elegante y en ocasiones literalmente milagrosa Elisabeth Leonsakja protagonizó el concierto del domingo 12 en el Palacio Carlos V, junto a la Orquesta Nacional de España y Josep Pons, tanto tiempo ligado a Granada mientras fue director titular de su orquesta. Por cierto, que la concertino invitada de la ONE, una flamante Lina Tur Bonet, protagonizó un impecable recital esa misma mañana en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, junto a Musica Alchemica. La suntuosidad del Carlos V, sede incontestable de este encuentro anual, no marida a la perfección con la demanda acústica, de forma que las orquestas se resienten de su sequedad y falta puntual de proyección, algo que no ocurre afortunadamente con la música de cámara. Así, a estos inconvenientes hubo que sumar las obligadas mamparas que protegían a los vientos, y la posible fatiga que pudiera ocasionar en toda la plantilla la imprescindible mascarilla. Con estos inconvenientes Pons desplegó una Sinfonía nº 27 de Mozart, de estructura clásica y operística, en la que primó la ligereza en el primer movimiento, mientras el segundo lo defendió con una muy particular pátina de misterio que fue lo más llamativo y logrado de la función, mientras el final resultó menos brillante y despreocupado de lo habitual. También en la archiconocida Sinfonía nº 40 hubo desequilibrios, con unos ralentizados primer y último movimientos, claros y concisos pero faltos de espíritu, frente a un andante de suma elegancia y un minueto efervescente y acelerado. Atento y respetuoso en su acompañamiento a Leonskaja, el Concierto nº 20 se benefició de la elegancia, la sinceridad y la humildad de la pianista georgiana, que también con mascarilla logró firmar una página antológica. Faltó quizás garra y mayor dramatismo en el arranque orquestal, pero la buena sintonía entre batuta y piano se tradujo en pasajes hermosísimos como una romanza llena de encanto y delicadeza y un allegro final brillante y jubiloso. Ella destacó especialmente en las cadenzas y tuvo el detalle de regalar como propina, a escasos metros del monumento homenajeado, La puerta del vino de Debussy.

Y entonces llegó Argerich

Renaud Capuçon y Martha Argerich. Foto: Fermín Rodríguez
Anoche fue Martha Argerich, leyenda entre las leyendas del arte pianístico, quien asomó en el festival, ausente desde el lejano 1979. Lo hizo junto al joven Renaud Capuçon, ofreciendo tras páginas inmortales de la música camerística, las sonatas nº 8 de Beethoven y 2 de Prokofiev y Franck, que sustituyó a última hora la inicialmente prevista de Schumann con igual numeración. Increíblemente ágil en todos los sentidos, la pianista argentina dio muestras de un dominio absoluto de la técnica, especialmente apreciable en un legato impecable, y la expresividad a través de un fraseo natural y elegante, sin cambios bruscos de registro y acentos siempre justos y delicados. Eso fue apreciable sobre todo en una Sonata en La mayor de Cesar Franck antológica, henchida de melancolía y ensoñación a lo que no fue ajeno el violín de Capuçon, a quien se agradece su homogeneidad de registro pero que acusa un timbre demasiado agudo que no siempre conviene a la página elegida, que como en la Sonata Op. 30 nº 3 de Beethoven exige más cuerpo, y sobre todo en la Op. 94 nº 2 de Prokofiev, donde la ironía a veces se difumina ante la falta de un mayor carácter y una intención más sarcástica de la interpretación. A pesar de lo apuntado, consecuencia de nuestra tendencia a buscar pormenores, juntos lograron una noche brillante y antológica, lo que unido al placer de disfrutar de una leyenda de la música como Argerich todavía en todo su esplendor, solo podemos calificar como experiencia irrepetible. No faltó sintonía ni buen gusto entre ambos intérpretes, imprescindible para que el conjunto resultara de tan alto grado de calidad y satisfacción y fuera tan celebrado por el privilegiado público asistente.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 19 de junio de 2020

PRIVILEGIOS DE GRANADA: EL LUJOSO CARTEL DEL FESTIVAL

Quienes estos días se acercan a la Alhambra están disfrutando de una experiencia única, poder pasear por sus estancias y jardines y admirar sus encantos prácticamente en la intimidad, sin aglomeraciones de turistas ni premuras de tiempo. Un privilegio de la gente de Granada y quienes se hayan atrevido a viajar del resto de Andalucía, a quienes quizás podamos añadir gente que haya vivido el confinamiento en la hermosísima ciudad aunque no sean de allí. Pero las fronteras se abrirán en breve y aunque cabe esperar que la prudencia evitará las masificaciones de antes de la pandemia, ese recogimiento que han podido experimentar quienes hayan protagonizado las primeras visitas desaparecerá. La consigna es salvar el turismo, objetivo que a veces parece más relevante que el de la propia salud. El planeta está lejos de superar esta enfermedad, no obstante le abrimos las puertas para salvar el que parece sea el bastión fundamental de nuestra economía. ¿No sería quizás más inteligente y afortunado reinventarse, utilizar esa imaginación que nos distingue de otros seres vivos para buscar otras alternativas que permitan conciliar salud y bienestar social con parámetros más aceptables? De cualquier modo la mal llamada nueva normalidad, si es que existe algo denominado anormalidad, está ya aquí y agentes y programadores culturales no se resisten a poner en marcha eventos y espectáculos que en otras épocas potenciaron aún más la magia del verano. Si se respetan las normas de seguridad y protección, éste también podrá recuperar su magia.

El próximo jueves 25 de junio arranca oficialmente la edición número sesenta y nueve del Festival de Granada, en la que domina con todos los honores la celebración del doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Beethoven, y donde se dará un protagonismo especial al piano. Tras un concierto benéfico extraordinario que se celebrará en la Catedral ese día 25, y en el que a modo de homenaje a las víctimas del coronavirus la Orquesta, Coro y Coro Joven Ciudad de Granada, junto a su director titular Andrea Marcon y voces tan celebradas como las del contratenor Carlos Mena y el barítono Carlos Álvarez interpretarán el Réquiem de Mozart, el festival arranca los primeros días en modo virtual, con una serie de conciertos englobados bajo la marca Digital Granada Festival. La guitarra del internacional Pepe Romero desde el Patio de los Arrayanes, con un programa centrado en la ciudad de la Alhambra, la cantaora Rocío Márquez desde el Patio de la Acequia en el Generalife, Cañizares interpretando obras suyas desde La Casa del Chapiz en el Palacio de Dar al-Bayda, Javier Perianes paladeando a Debussy, Falla y Albéniz desde el Pórtico del Palacio del Partal en el Albaicín, Jordi Savall dialogando entre músicas cristianas, judías y musulmanas alrededor del Mare Nostrum y haciendo acopio de instrumentos tan exóticos como un rebab de finales del siglo XIV o una lira y una viola da gamba italianas de mitad del siglo XV, y Fabio Biondi desde la Fundación Rodríguez Acosta interpretando una sonata y dos partitas de Bach, serán quienes protagonicen del 28 de junio al 7 de julio el lujoso cartel de bienvenida a un festival que no se conforma con ofrecerse de forma virtual, sino que a partir del jueves 9 de julio recupera su formato habitual, aun manteniendo todas las normas de seguridad recomendables y prescritas.

Mucho Beethoven

Krystian Zimerman
Será en el Palacio de Carlos V, escenario de las citas más solicitadas, cuando ese día 9 arranque la integral de sinfonías de Beethoven con la Orquesta Ciudad de Granada, auténtico salvavidas del certamen ante la imposibilidad de invitar grandes formaciones extranjeras garantizando su seguridad, haciéndose cargo de la Novena, ofrecida en formato participativo. Dos sesiones con todas las entradas agotadas, al igual que el Réquiem inaugural, que dirigirá Miguel Gómez Martínez y contará con las voces de Raquel Lojendio y Gustavo Peña entre otros. Las sinfonías 2 y 5 ocuparán tan emblemático escenario con la Orquesta Nacional de España y su director principal David Afkham al frente, mientras de las 6 y 8 se encargará la Orquesta de la Comunitat Valenciana dirigida por Thomas Hengelbrock. La número 4 será oficiada por la orquesta granadina dirigida por el legendario pianista Krystian Zimerman, que además tocará (y dirigirá por primera vez) los cinco conciertos beethovenianos en ésta y dos citas más, en lo que constituye uno de los grandes atractivos de esta edición. La Sinfónica de Galicia y Juanjo Mena se encargarán de la Sinfonía nº 7, en un concierto en el que además destaca la interpretación del Concierto para violín a cargo de la joven granadina María Dueñas, toda una revelación al instrumento. La misma orquesta pero bajo la dirección de su actual titular Dima Slobodeniouk completará el ciclo con las sinfonías 1 y 3. Todas se ofrecerán también en los arreglos para piano de Liszt, tal como se hizo en el Maestranza hace dos años y casi con el mismo plantel de pianistas de nuestro país, en el Corral del Carbón. El madrileño Eduardo Fernández, el canario Javier Negrín, el excelente pianista vasco Miguel Ituarte, el granadino Juan Carlos Garvayo y la residente en Nueva York Enriqueta Somarriba son los y la artistas convocadas.

La joven revelación granadina María Dueñas
El homenaje al músico de Bonn se completa con el estupendo violonchelista español Adolfo Gutiérrez y el célebre pianista alemán Christopher Park dando vida a sus sonatas en el patio de los Mármoles del Hospital Real el miércoles 15 de julio, el Cuarteto Quiroga con los cuartetos 15 y 16 desde el Patio de los Arrayanes es otra de las citas agotadas, como también lo es al día siguiente, domingo 20 de julio, la del extraordinario pianista alemán de origen ruso y muy comprometido políticamente Igor Levit, que interpretará las tres y prodigiosas últimas sonatas de Beethoven. Y por último la superestrella, avalado por ser el primero en agotar entradas en un tiempo récord, Daniel Barenboim, que aunque veterano en el festival será una de las pocas veces que ofrezca un recital de piano en solitario, con las Variaciones Diabelli, de las que es un consumado e indiscutible especialista, y una mirada distinta e insustituible a la Sonata nº 31, el viernes 24 del mes próximo, a dos días de terminar el festival, en el Palacio de Carlos V por supuesto.

Grandes pianistas

Barenboim y Argenrich, dos genios del piano
Grandes nombres del instrumento rey se darán también cita en esta edición, empezando por Grigory Sokolov, que el sábado 11 interpretará obras de Mozart así como el Bunte Blätter de Schumann en el Auditorio Manuel de Falla, Elisabeth Leonskaya, que junto a Josep Pons y la Orquesta Nacional de España interpretará el Concierto nº 20 de Mozart. El conjunto además ofrecerá las sinfonías 27 y 40 del compositor de Salzburgo. Martha Argerich, por primera vez en Granada desde hace cuarenta y un años, interpretará junto al violinista Renaud Capuçon, cuyo hermano Gautier está este año en el ojo del huracán por su cotizadísimo caché a pesar de la pandemia, sonatas de Schumann, Prokofiev y por supuesto Beethoven. Igor Levit añade a su recital en solitario otro junto al aclamado tenor inglés Ian Bostridge entonando Winterreise de Schubert; y finalmente el francés Bertrand Chamayou demostrará su magisterio en Liszt, cuyo Años de peregrinaje ha sido muy celebrado, combinado con Preludios de Debussy y Reflejos (Mirroirs) de Ravel. Otros virtuosos, como el violonchelista donostiarra Iagoba Fanlo, que estrenará en el Hospital Real obras de Alfredo Aracil junto a otras de Bach y Britten con las que se interrelacionan, o los cantaores Miguel Poveda celebrando a Lorca desde el Teatro del Generalife y Carmen Linares celebrando cuarenta años de carrera desde el Palacio de los Córdova, con ambos conciertos agotados, además del sorprendente y extravagante Niño de Elche, también se darán cita en esta edición del Festival de Granada.

Sevilla, eje de la música antigua

La aportación sevillana se enmarca dentro de la Música Antigua, con la Accademia del Piacere estrenando Gugurumbé, uno de esos espectáculos tan del gusto de Fahmi Alqhai que combina barroco con flamenco y danza, y en esta ocasión también ritmos africanos, como extensión de la conmemoración de la primera vuelta al Mundo. La soprano Nuria Rial y la cantaora Rocío Márquez participan en el evento. Por otro lado Vandalia, con Rocío de Frutos y Gabriel Díaz entre sus integrantes, recuperarán la Misa de Bomba del compositor granadino Pedro Bermúdez, contextualizándola con obras de Mateo Flecha y Francisco Guerrero, maestros de la polifonía del Siglo de Oro. Será en los conciertos matinales de la Capilla Real y la Iglesia de Santos Justo y Pastor que también acogerán recitales de Lina Tur Bonet y Musica Alchemica, alternando la armonía de Bach con la exuberancia de Biber, o la tradición polifónica inglesa de Tenebrae, que el sábado 11 en el Monasterio de San Jerónimo interpretarán obras antológicas como el Miserere de Allegri o la Misa de Réquiem de Tomás Luis de Victoria. Así se completa un cartel esperanzador y cuando menos milagroso en estos dramáticos tiempos que corren.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía