domingo, 18 de octubre de 2020

NO MATARÁS Una mala noche la tiene cualquiera

España 2020 92 min.
Dirección
David Victori Guion Jordi Vallejo, David Victori y Clara Viola Fotografía Elías M. Félix Música Adrian Foulkes y Federico Jusid Intérpretes Mario Casas, Milena Smit, Elisabeth Larena, Fernando Valdivieso, Víctor Solé, Joaquín Caserza, Javier Mula Estreno en el Festival de Sitges 10 octubre 2020; en salas comerciales 16 octubre 2020


La nueva película del joven realizador David Victori supone un paso adelante después de su decepcionante debut en el largometraje con El pacto, sobre todo cuando tantas esperanzas teníamos puestas en su brillante trayectoria como cortometrajista. Pero tampoco hay que lanzar las campanas al vuelo porque No matarás es un hábil juego del gato y el ratón más efectista que realmente efectivo. Mario Casas, en otro esfuerzo por ampliar su gama de personajes y lograr una interpretación convincente siempre a la búsqueda del reconocimiento más allá de un físico atractivo, da vida a un cualquiera, un joven tímido y generoso que acaba de perder al padre moribundo al que cuidaba al parecer desde hacía años, que en una noche cualquiera sufre toda una vorágine de acontecimientos que lo ponen contra las cuerdas y amenazan con retorcer su hasta entonces anodina vida.

Victori y sus guionistas se esfuerzan en dejar claro en sus primeros minutos ese carácter adocenado e ingenuo de su protagonista, de forma que lo que le ocurra después resulte convincente y no nos coja por sorpresa. Lástima que a partir de ahí eche mano de recursos habituales y clichés de todo tipo, desde la sempiterna femme fatale que ya va siendo hora de desterrar y sustituir por elementos más contemporáneos y acertados, hasta el ambiente sórdido de la noche, drogas, alcohol, mala gente, malos modales y peor vida. Y con todo ese batiburrillo archiconocido se sumerge en una carrera sin fin en la que las torpes decisiones de su protagonista sirven de motor para ir complicando las cosas y encerrándolo en un laberinto de violencia y sufrimiento, del que Victori nos hace partícipes gracias, y eso es lo mejor de la película, a una cámara mayormente adosada al protagonista, nervio absoluto en la exposición de las situaciones, y una pantalla que va variando a discreción de tamaño a lo largo del metraje.

Funciona como mecanismo adrenalítico ideal para pasar un mal rato, pero no acaba de cuajar como elemento dramático con una narrativa convincente, a pesar del esfuerzo de Casas y el probado virtuosismo visual de Victori. En su acabado definitivamente posmoderno influye su ecléctica banda sonora a fuerza de pop indie y ritmo electrónico.

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