Acostumbrados al excelente trabajo
que el cuarteto despliega cuando de
expresar emociones se trata, aunque a veces eso no vaya siempre acompañado
de una técnica impecable, y teniendo en cuenta la cantidad de veces que ya
habrán abordado el programa en otras plazas, sorprendió que la intención no acabara de dar los frutos
esperados, que la emoción no llegara a calar en toda su extensión,
quedándose todo en un frívolo y extravagante
muestrario de intenciones.
Hay que tener en cuenta además que
quien debe llevar las riendas de un cuarteto de cuerdas, el primer violín, no
estuvo en esta ocasión especialmente inspirado. Lluís Catán exhibió un sonido heterogéneo, a veces incluso estridente y
áspero, aunque eso no le impidiera exhibir virtuosismo de manera puntual.
Por su parte, Jesús Miralles al
violonchelo no logró imprimir al instrumento toda la fuerza y la presencia que requiere para dar cuerpo y
volumen al conjunto. Así, con estos extremos poco lucidos, la impresión final
que nos llevamos fue sorprendentemente decepcionante.
Un
recorrido aleatorio por la historia del cuarteto de cuerda
La
propuesta arrancó con unos acordes
distorsionados del segundo movimiento de La muerte y la doncella de Schubert, para inmediatamente desplegar
el coral Ich hab mein Sach Gott
heimgestellt de Bach, en insólita transcripción para cuatro cuerdas, que se adaptaron bien al órgano a cuatro voces
al que va originalmente destinado. A éste se encadenó el Mesto Burletta del Cuarteto
nº 6 de Bartók, con el que los músicos se hicieron eco de una atmósfera cargada de tensión y obsesión,
así como de una marcada tristeza, aunque esperábamos mayor énfasis en su
gramática descarnada y abatida.
Cambio
total de registro para abordar el adagio
molto del Cuarteto nº 3 de
Schumann, más calmado y amable,
siguiendo la perfección formal clásica pero sin lograr hacer justicia a una de
las páginas más sublimes y ensoñadoras
del género. Faltó mayor nobleza y lirismo. Más agitado y aristado, la
transcripción del lied Erlkönig de
Schubert se benefició también de las cuatro voces convocadas, cada una de las
cuales pareció abordar los distintos personajes que interactúan en la sola voz
del cantante. De la Sonata a Kreutzer
de Janácek interpretaron su tercer movimiento, un alegato contra la violencia machista ¡hace un siglo!, que describe
la crisis provocada como un atizador de pasiones, pero que así, sacado de contexto, apenas alcanzó a
plasmar otro abrupto cambio de estilo y registro.
En
el tramo final reapareció La muerte y la
doncella, pieza tan querida para el cine, siempre asociada al feminicidio
en películas como la de Polanski, que toma el título del cuarteto y el poema en
el que se basa, o Delitos y faltas de
Woody Allen. A nuestro juicio, faltó una
mayor dosis de tensión y tristeza en el desarrollo de este andante del Cuarteto nº 14 de Schubert, quedándose en una mera muestra de su belleza
melódica, y recorriendo sus cinco
variaciones con acierto desigual, desde la falta de músculo en los pizzicati del violonchelo, a las
grotescas repeticiones de la tercera o un perfecto maridaje entre los violines
de Catán y Judit Bardolet.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


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