Reino Unido 2025 120 min.
Guion y dirección Kirk Jones Fotografía James Blann Música Stephen Rennicks Intérpretes Robert Aramayo, Maxine Peake, Shirley Henderson, Scott Ellis Watson, Peter Mullan, Steven Cree, Francesco Piacentini-Smith Estreno en el Festival de Toronto 7 septiembre 2025; en Reino Unido 10 octubre 2025; en España 10 abril 2026
Kirk Jones tiene una dilatada pero muy dispersa filmografía, de modo que en treinta años apenas ha dirigido seis películas, desde la muy divertida y sorprendente Despertando a Ned a tocar fondo con Mi gran boda griega 2, pasando por la estupenda La niñera mágica (Nanny McPhee) o la menos estimulante Todos están bien, remake estadounidense de la cinta homónima de Giuseppe Tornatore. Ahora vuelve a brillar su mejor faceta, escribiendo y dirigiendo con tan buen oficio como sensibilidad esta emotiva película sobre John Davidson, diagnosticado con una enfermedad rara conocida como síndrome de Tourette. Su título original es bien preciso y específico, haciendo alusión a la acepción del verbo Swear como insultar, en lugar del más habitual jurar. Y es que ese es el principal inconveniente de dicho síndrome, un exceso de sinceridad que lleva a quien lo sufre a insultar sin piedad ni atención a las consecuencias. Además, exhibe espasmos de la más diversa índole, lo que le hace difícil desarrollar determinadas tareas.
Conocemos a Davidson desde su adolescencia, cuando se perfilaba un prometedor futuro ante sus ojos, como estudiante y como portero de fútbol, todo truncado con la aparición espontánea y repentina de la inconveniente enfermedad. Un estupendo joven, Scott Ellis Watson, se encarga del personaje antes de que Robert Aramayo, rostro familiar por haberlo visto infinidad de veces como secundario, pero seguramente recordado por su participación en Juego de tronos, coja el testigo y se haga dueño de la función, acaparando incluso los Bafta correspondientes a mejor actor y mejor estrella emergente en la última edición, además de recibir de refilón también el de mejor cásting. Al margen de esta extraordinaria interpretación, está la de quienes le rodean, incluidos los veteranos Peter Mullan y Maxine Peake, que añaden dimensión sentimental al asunto, así como Shirley Henderson, que aunque más popular para los y las seguidoras de Harry Potter, algunos siempre la recordaremos por Wonderland de Michael Winterbottom. Peake y Henderson representan respectivamente a la familia natural, incapaz de entender y asimilar la diferencia, y la de adopción, generoso y bondadoso colchón sobre el que superar la adversidad.
Pero sobre todo la cinta brilla por apostar por la educación en empatía y solidaridad como mejor antídoto ante una enfermedad cuya cura está en el aire y exige una inversión que está lejos de lograrse tanto en el Reino Unido como en otros países del entorno. Ese es el verdadero acierto de esta imprescindible película, hacer hincapié en nuestra responsabilidad para que nadie se siente diferente, y todos y todas gocen de ese concepto tan universal pero poco puesto en práctica como es la igualdad. Algo que pasa por ser conscientes de que todos tenemos algún tipo de incapacidad, una carencia de habilidades que nos impide realizar todo lo que quisiéramos. Algo que necesita una divulgación adecuada y suficiente, la que por ejemplo da esta estremecedora y a la par entretenidísima película, dentro de un género que nadie maneja mejor que los ingleses.

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