viernes, 17 de abril de 2026

VÍNNITSKAYA TRIUNFA EN UN CONCIERTO DE LA ROSS MASACRADO

Sinfónico 11. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Anna Vínnitskaya, piano. Shi-Yeon Sung, dirección. Programa: Kauyumari para orquesta, de Gabriela Ortiz; Concierto para piano nº 3 en re menos Op. 30, de Rachmáninov; Suite de El pájaro de fuego (versión de 1945), de Stravínski. Teatro de la Maestranza, jueves 17 de abril de 2026


No debería ser tema relevante de un concierto sinfónico la agresividad con la que parte del público se despacha a su antojo tosiendo, tirando objetos al suelo y faltando de diversas formas al respeto que merece la plantilla de la orquesta y el público que sí asiste a escuchar música. Se trata ni más ni menos que de falta de educación. Habrá ruidos inevitables, pero tantos como para ahogar momentos cruciales de las partituras, lo dudamos.

Es exactamente lo que ocurrió con el sutil arranque de la breve pero intensa Kauyumari de Gabriela Ortiz, de quien precisamente disfrutamos hace sólo diez días, de la mano de la OJA, su festiva Antrópolis. Fue imposible concentrarse en la entrada lejana de las trompetas que preludian la celebración de ritmo y color en que consiste la pieza incluida en el laureado trabajo Revolución diamantina.

En esta segunda ocasión de la temporada en que la surcoreana Shi-Yeon Sung ejerció como batuta invitada, logró una respuesta sorprendente de la orquesta, cuidando cada detalle de forma que la nitidez de los planos sonoros se superpusieran de forma sensacional, y que la portentosa sección de cuerda grave potenciara el ritmo de la pieza. Quizás la colocación de violines traseros y contrabajos elevados contribuyera a crear este efecto mágico.

Rusia por triplicado

Dos compositores rusos y una pianista también rusa protagonizaron el resto del programa. La larga primera parte se completó con el Concierto nº 3 de Rachmáninov, que aunque parezca que se haya programado muchas veces, apenas recordamos la última vez, y no fue de la mano de la ROSS sino de la Conjunta con Óscar Martín al piano, ¡hace catorce años!

El que se considera uno de los conciertos más diabólicos para el solista, debido a su complejidad técnica, hoy disfruta de multitud de adeptos. Si hay algo en lo que los jóvenes pianistas salen bien formados de conservatorios y academias es precisamente el virtuosismo técnico. Más difícil es encontrar alguien capaz de exprimir toda la expresividad, la poesía y el encanto de una pieza como ésta. La joven Anna Vínnitskaya fue sin duda una intérprete ágil, vibrante y habilidosa, pero quizás sólo se quedó en eso.

Sung y la pianista despacharon el primer movimiento a un ritmo vertiginoso, lapidando parte de su fuerza poética. A pesar de ello no podemos negar a la directora lograr una arquitectura sólida de la pieza, mientras Vínnitskaya descargó una furia inusitada en su centro de acordes martillados, alternados por las dos manos. Una agresividad desatada que se repitió en las difíciles cadenzas, donde no dudó en incluir acordes de su propia cosecha. En todo caso, su línea melódica sonó precisa y nítida en todo momento, especialmente evidente en el intermezzo, en cuyo scherzo central volvió a hacerse patente el enorme respeto de la orquesta por plegarse a las necesidades de la solista, sin por ello malograr su inspirada voluptuosidad.

El movimiento final resultó vitalista y, por momentos, apabullante, con solista y orquesta en perfecta sintonía, y de nuevo desgarradores arranques de furia que provocaron una reacción casi unánime del público, en pie ovacionando la heroica y meteórica intervención de la pianista, que salvó la complejidad técnica con matrícula, no tanto su vertiente expresiva y estrictamente emocional.


Algo parecido a lo ocurrido con el arranque de Kauyumari, volvió a suceder tras el descanso con El pájaro de fuego, cuyo sutil, delicado y meticuloso inicio quedó eclipsado ante el torrente de toses e inexplicables caídas de objetos al suelo. Una vez más la Sinfónica optó por la tercera de las suites que Stravinski articuló en torno al ballet, por cierto interpretado completo en 2021 con Lucas Macías al frente, aunque la más recurrente sea la segunda. Curiosamente, dos años antes, Marc Albrecht la interpretó junto al Concierto nº 4 de Rachmáninov.

Afortunadamente, lo que siguió fue una lectura muy matizada de la pieza, buscando su lado más infantil, recreando el espíritu fabulador y orientalizante de la pieza, para lo cual Sung echó mano de altas dosis de sensualidad y ritmos centelleantes y juguetones. Así, hasta llegar al último bloque, ese espectacular crescendo que culmina en apoteósicas fanfarrias y un tutti orquestal abrumador. En este sentido, cabe destacar la magnífica labor de cada solista y conjunto orquestal, a un nivel técnico encomiable.

Fotos: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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