Es exactamente lo que ocurrió con el sutil arranque de la breve pero
intensa Kauyumari de Gabriela Ortiz,
de quien precisamente disfrutamos hace sólo diez días, de la mano de la OJA, su
festiva Antrópolis. Fue imposible concentrarse en la entrada lejana
de las trompetas que preludian la celebración de ritmo y color en que
consiste la pieza incluida en el laureado trabajo Revolución diamantina.
En esta segunda ocasión de la temporada en que la surcoreana Shi-Yeon Sung ejerció como batuta invitada, logró una
respuesta sorprendente de la orquesta, cuidando cada detalle de forma que la nitidez de los planos sonoros se
superpusieran de forma sensacional, y que la portentosa sección de cuerda grave
potenciara el ritmo de la pieza. Quizás la colocación
de violines traseros y contrabajos elevados contribuyera a crear este
efecto mágico.
Rusia por triplicado
Dos compositores rusos y una pianista también rusa protagonizaron el resto
del programa. La larga primera parte se completó con el Concierto nº 3 de Rachmáninov, que aunque parezca que se haya programado muchas veces, apenas recordamos la
última vez, y no fue de la mano de la ROSS sino de la Conjunta con Óscar Martín
al piano, ¡hace catorce años!
El que se considera uno de los
conciertos más diabólicos para el solista, debido a su complejidad técnica,
hoy disfruta de multitud de adeptos. Si hay algo en lo que los jóvenes pianistas
salen bien formados de conservatorios y academias es precisamente el virtuosismo técnico. Más difícil es
encontrar alguien capaz de exprimir toda
la expresividad, la poesía y el encanto de una pieza como ésta. La joven Anna Vínnitskaya fue sin duda una
intérprete ágil, vibrante y habilidosa, pero quizás sólo se quedó en eso.
Sung y la pianista despacharon el
primer movimiento a un ritmo vertiginoso, lapidando parte de su fuerza
poética. A pesar de ello no podemos negar a la directora lograr una arquitectura sólida de la pieza,
mientras Vínnitskaya descargó una furia
inusitada en su centro de acordes martillados, alternados por las dos
manos. Una agresividad desatada que se repitió en las difíciles cadenzas, donde
no dudó en incluir acordes de su propia
cosecha. En todo caso, su línea melódica sonó precisa y nítida en todo
momento, especialmente evidente en el intermezzo,
en cuyo scherzo central volvió a
hacerse patente el enorme respeto de la
orquesta por plegarse a las necesidades de la solista, sin por ello
malograr su inspirada voluptuosidad.
El movimiento final resultó vitalista
y, por momentos, apabullante, con solista y orquesta en perfecta sintonía,
y de nuevo desgarradores arranques de furia que provocaron una reacción casi unánime del público, en
pie ovacionando la heroica y meteórica intervención de la pianista, que salvó
la complejidad técnica con matrícula, no tanto su vertiente expresiva y estrictamente emocional.
Afortunadamente, lo que siguió fue una
lectura muy matizada de la pieza, buscando su lado más infantil, recreando
el espíritu fabulador y orientalizante de la pieza, para lo cual Sung echó mano
de altas dosis de sensualidad y ritmos
centelleantes y juguetones. Así, hasta llegar al último bloque, ese
espectacular crescendo que culmina en
apoteósicas fanfarrias y un tutti orquestal abrumador. En este
sentido, cabe destacar la magnífica labor de cada solista y conjunto orquestal,
a un nivel técnico encomiable.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


No hay comentarios:
Publicar un comentario