El sueño de una noche de verano pasó a llamarse La reina de las hadas cuando
Purcell compuso las máscaras que habían de amenizar las representaciones de
esta fantasía sobre el amor y las
apariencias. Casi tres siglos después Benjamin
Britten estrenó su particular versión de la comedia, ciñéndose al texto
original, al que apenas traicionó más que para reducirlo al estándar operístico con ayuda de Peter Pears. Un mes
antes de que el Real alce la producción de Deborah Warner de este título,
Sevilla tuvo anoche la oportunidad de estrenar
esta ópera de un autor poco pródigo en la escena hispalense.
Una
producción llena de magia y encanto
Recién
desembarcado de Valencia, donde montó su producción de Eugenio Oneguin, Laurent
Pelly nos encandiló con su particular visión del mundo de hadas, atenienses
y pastores que propone la obra de Shakespeare. Sin apenas utillaje, con un trabajo esmerado de iluminación y un
escenario de fondos interminables, gracias a un inteligente juego de
espejos, Pelly hizo volar a sus personajes, los envolvió en magia y amabilidad
y nos enganchó de principio a fin en un rocambolesco
ejercicio de confusiones amorosas y preparativas nupciales.
Increíbles
resultaron los disfraces de silfos y ninfas, interpretados por los niños y niñas de la Escolanía de Los
Palacios, que con un fascinante juego de luces parecían emitir sus rostros
como si fuesen pequeñas pantallas de televisión. Que los y las cuatro amantes
confundidas vistieran pijamas pudiera
parecer la solución más previsible, pero sirvió sobremanera para
identificarnos con ellos y ellas y vivir nuestra propia experiencia onírica, que nos portó con éxito a ese mundo tan
añorado de la infancia. El colorido vestuario de los artesanos faranduleros puso el contrapunto a ese universo casi en
blanco y negro que protagonizó el resto de la función.
Fascinante tanto en el escenario como en el foso
El
sueño mágico al que fuimos invitados e invitadas no se provocó sólo con esa excelencia escenográfica, y el buen teatro que se derrochó durante
toda la función, casi tres horas de delirio
dramático y musical, sino con la excelencia
musical que nos ofrecieron los maestros y maestras de la Sinfónica y las
voces convocadas. El director italiano Corrado
Rovaris, actual director musical de la Ópera de Filadelfia, entendió a la
perfección el espíritu de Britten, logrando texturas acordes a cada grupo de personajes. Cuerda sinuosa, casi
erótica, para los amantes, metales refulgentes, ocasionalmente grotescos, para
los cómicos y un trabajo exquisito de
percusión, arpa y celesta para los personajes mitológicos.
La
orquesta sonó maravillosamente, nos envolvió con el lenguaje avanzado de la música, no exactamente dodecafónica pero
tampoco anclada en la melodía que tanto busca el público medio de una
representación operística, a pesar de lo cual la acogida fue espléndida por parte del mismo. Rovaris consiguió
envolvernos en una atmósfera mágica y onírica, con unos timbres orquestales y un colorido armónico tan específico que
fue fácil dejarse dominar por tan rica experiencia sensorial.
Todas
las voces, sin grandes alardes porque la pieza no pretende ser un vehículo para
ello, se prestaron con solvencia y satisfacción a sus cometidos. Xavier Sabata volvió a convencer, esta
vez como Oberón, sin forzar el falsete y cambiando de color cuando se
precisaba. Como Tytania, la madrileña Rocío
Pérez exhibió un gran dominio de la
coloratura y una presencia física arrolladora. Ellos protagonizaron la
vertiente barroca de la ópera, tan deudora de Purcell, mientras los y las
amantes parecieron emerger del teatro
musical anglosajón, con prestaciones esmeradas de un ingenuo Michael Porter, una presumida Heather Lowe, un soberbio Joan Martín-Royo y una simpática y desvergonzada
Aoife Miskelly.
Y
no podemos olvidar el excelente trabajo
de la actriz Charlotte Dumarthay, un Puck tan travieso como ágil y
dinámico. Todos y todas ellas lograron un
triunfo indiscutible y nos regalaron una
experiencia rotundamente gozosa. Hay otras dos funciones, así que
permítanse un buen regalo y no dejen pasar la oportunidad.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía





No hay comentarios:
Publicar un comentario