Roméo et Juliette. Ópera de Charles Gounod. Libreto de Jules Barbier y Michel Carré, según la obra de William Shakespeare. Sasha Yankevych, dirección musical. Luca De Fusco, dirección escénica. Marta Crisolini Malatesta, escenografía y vestuario. Gigi Saccomandi, iluminación. Alessandro Papa, video. Alessandra Panzavolta, coreografía y asistente de dirección escénica. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, dirección). Con Nina Minasyan, Pavol Breslik, Riccardo Fassi, Zoltan Nagy, Anna-Doris Capitelli, Mario Bahg, Maxim Lislin, Elena Maximova, Pablo Puértolas, Andrés Merino, Julien Van Mellaerts y Valery Guilmanov. Producción del Teatro dell’Opera de Roma. Teatro de la Maestranza, viernes 23 de octubre de 2026
No podemos negar que el espectáculo disfrutado ayer en el Maestranza, y que se repite los días 27 y 31 de este mes, es notable. Pero tampoco que ofrece algunas líneas discutibles, sobre todo en lo que afecta a su puesta en escena, producto de la Ópera de Roma y el trabajo del veterano Luca De Fusco. Hacía veinte años que este título de Charles Gounod no se representaba en Sevilla, y vuelve ahora con más acierto que en aquella ocasión, cuando una oscurísima dirección artística y unas voces poco convincentes, enturbiaron el extraordinario trabajo a la dirección musical de Michel Plasson, toda una referencia en el repertorio galo y en este autor en particular, así como la encomiable aportación del coro, entonces de la Asociación de Amigos del Maestranza.
Un acertado elenco y el depurado trabajo de
coro y orquesta, consiguieron
anoche un mejor resultado, marcado una vez más por la particular impronta del
director de escena, que ha decidido que nada
mejor en los tiempos que corren que ambientar este drama de amor y odio en
la Italia de Mussolini, con unos amantes de Verona coloridos en rostro y
vestuario, frente a unos secundarios y unos figurantes maquillados como muertos vivientes, o si alguien lo prefiere,
vampiros o criaturas de la noche. Odio y amor, muy marcados en esta producción
que confía en la video-creación su poder
de sugestión.
Un
único escenario, moldeado por la luz, y un filtro abusivo
Esta
producción romana se presentó con un solo decorado físico, potenciando la
tendencia actual a minimizar los
recursos y sacar el máximo provecho al presupuesto. Pero sobre él, un
frontal de grandes ventanales arqueados, se van sucediendo una serie de proyecciones que modifican su aspecto y lo
hacen propicio para cada escena y ambiente. Además, también se confía a la
proyección el subrayado de unas
emociones y unos sentimientos que, francamente, no lo necesitan, están ya
en la música, el texto y la forma de abordarlo por sus responsables.
Una
buena dirección artística debe adaptarse
como un guante a la música a la que sirve. La de De Fusco lo hizo en buena
medida, pero falló en momentos como el baile del primer acto, donde la jubilosa
y suntuosa composición musical no
encontró eco en la intencionada coreografía mortecina de los figurantes.
Estuvieron acompañados además por una participación de esgrimistas de pésima
coreografía, algo que el ballet que
acompañó a la marcha nupcial del cuarto acto, redimió de manera
considerable.
Una rutilante pareja protagonista
Nada
antológico sería un Romeo y Julieta
sin una pareja protagonista que fuera capaz
de estar a la altura de sus exigencias canoras e interpretativas. La
armenia Nina Minasyan y el eslovaco Pavol Breslik exhibieron virtuosismo y
compenetración en todo momento, logrando que el conjunto se elevara por encima
de una media ya de por sí bastante
satisfactoria. Aunque atesora una carrera todavía breve, la soprano
demostró cualidades de sobra a la hora de encarar tan complejo personaje. Cantó
su célebre vals Je veux vivre con
brío y soltura, a pesar de que atisbamos algún pequeño defecto en el control de la respiración. El resto estuvo
sobrada, puro dechado de virtuosismo, con el tono justo de dramatismo y una portentosa capacidad trágica,
luciéndose especialmente en Amour ranime
mon courage del cuarto acto. No hubo inflexión, agilidad ni portentoso agudo
que se le resistiera. Se notó que se tomó la empresa con toda la seriedad que exige.
También
brilló Breslik, que ya a comienzos de su carrera, hace veinte años, vaticinó
una voz poderosa y una enorme esperanza para el arte lírico, corroborándolo
ahora con trabajos tan impecables como
el que ofreció anoche en el Maestranza. Una voz de precioso timbre, bien
esmaltado, al servicio de una técnica
portentosa y un buen gusto encomiable. Defendió sus dos grandes arias, Ange adorable y la famosa cavatina Lève-toi, soleil, con ahínco y
sabiduría, provocando el entusiasmo del público. Juntos, ofrecieron unos dúos de gran calidad, especialmente en
la escena del lecho, rodeados de cortinas y pañuelos blancos blandiendo al
aire. Mucha compenetración, una
actuación convincente, y un canto seguro y con el toque temperamental justo,
lograron el éxito.
Una
dirección encomiable
No
nos hizo añorar al imprescindible Plasson la batuta del joven ucraniano Sasha Yankevych, contundente en sus arranques,
apasionado en los momentos álgidos de tan romántica partitura, siempre preciso y atento a las voces,
completando un trabajo extraordinario al que la ROSS supo plegarse en todo
momento, protagonizando momentos de gran
relieve y emoción.
Igualmente pudimos disfrutar de otro trabajo impecable del Coro del Maestranza, tan disciplinado y responsable como nos tiene acostumbrados, y que en una ópera como ésta, que tantas oportunidades le da, tiene especial mérito.
Fotos: Guillermo Mendo (Teatro de la Maestranza)Artículo publicado en El Correo de Andalucía




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