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domingo, 21 de junio de 2026

AIDA EN EL IMPERIO GALÁCTICO

Ópera de Giuseppe Verdi. Libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle, inspirado en un texto de Auguste Mariette Bey. Daniele Callegari, dirección musical. Paco Azorín, dirección escénica, escenografía e iluminación. Carlos Martos de la Vega, movimiento y dramaturgia. Ana Garay, vestuario. Pedro Chamizo, diseño de video. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, dirección). Con Marigona Qerkezi, Alejandro Roy, Ketevan Kemoklidze, Ernesto Petti, Insung Sim, Manuel Fuentes, Néstor Galván, Patricia Calvache y el funambulista David Marco. Nueva producción del Teatro de la Maestranza, en colaboración con ABAO Bilbao Ópera, Auditorio de Tenerife, Teatro Municipal de Santiago de Chile y Teatro Nacional de Sâo Carlos de Lisboa, con la participación del Festival Perelada. Teatro de la Maestranza, sábado 20 de junio de 2026


Ha tenido suerte la antepenúltima ópera de Verdi en nuestro teatro. Pudimos disfrutarla mucho hace trece años, cuando nos llegó de la mano de los suntuosos decorados de papel de Josep Mestres Cabanes, de lo poco que no pereció en el devastador incendio del Liceo de 1994. Se trataba entonces de una minuciosa recreación de ese Egipto que hemos aprehendido en nuestra memoria y que se ha perpetuado en producciones cinematográficas de gran calado épico. La propuesta de Paco Azorín para esta nueva producción del propio Maestranza en colaboración con las óperas de Bilbao, Tenerife, Santiago de Chile y Lisboa, así como el Festival de Perelada, tiene también su referente cinematográfico. Pero esta vez nos lleva más bien a un futuro de tintes galácticos, en una operación que en cierto modo nos recuerda a la que realizó La Fura dels Baus para el ya mítico Anillo de Les Arts. 

Así, Azorín apuesta por una puesta en escena tecnológica, unos figurines muy trabajados a nivel conceptual, y una concepción global del espectáculo tan medida como decididamente efectiva. Pero no traiciona ni en una sola coma la dramaturgia a la que sirve, logrando una narrativa tan fluida, precisa y sencilla, que la trama se sigue sin esfuerzo alguno, y sin la tan temida pretensión de tantos autores de dejar su huella con ocurrencias más o menso acertadas que enturbian el concepto original del título en cuestión. Tan sólo un personaje extra, el joven Odiseo, que viaja del futuro al pasado para constatar que todo sigue siendo igual, guiado por las pasiones que construyen, fundamentalmente el amor, y las que destruyen, la ambición y el sadismo hacia el prójimo.

Equilibrio conceptual y literal

Sin embargo, y a pesar de que la intención del director artístico queda manifiestamente patente por sus propias palabras, a nosotros el viaje se nos antojó al revés, de un pasado opresor y sanguinario a un Egipto futurista, a través de un portal quizás inspirado en el que atravesaban James Spader y Kurt Russell en Stargate, precisamente para enfrentarse a un Egipto dominado por extraterrestres, aquí la autoridad eclesiástica. En ese espacio, Odiseo asiste perplejo a las intrigas políticas de una civilización en guerra con el pueblo etíope, primero con carácter de mero observador, después participando activamente y tomando partido por la desdichada protagonista.

David Marco y Marigona Qerkezi

El excepcional equilibrista y acróbata circense David Marco presta su físico trabajado al extremo a este personaje adicional que nos pone el alma en vilo mientras atraviesa el escenario de lado a lado sobre la cuerda floja, haciéndola suya y demostrando un dominio extraordinario de su cuerpo y flexibilidad. Claro que el atrevimiento tiene también su contrapartida, y es que su casi omnipresencia llega en algunos momentos a distraer nuestra atención, incluso por encima del bello canto de la esclava etíope.

Hermosísimas proyecciones sobre paneles de gran resolución, de nuevo obra de Pedro Chamizo, ya presente en el anterior título de la temporada, Marina, se erigen en principal escenografía, evocando pirámides, desiertos, frisos, jeroglíficos y despiadadas deidades de extraordinaria belleza estética. De las alturas descienden grandes portales geométricos de neón, de entre los que destaca naturalmente el que tiene forma de triángulo piramidal. Jaulas y artilugios de guerra ornamentados con barras de neón que evocan espadas láser, completan una inteligente escenografía que se enriquece con un esmerado vestuario también inspirado en el imaginario cinematográfico, tanto histórico como futurista.


Especialmente destacable es la decisión de ilustrar el mítico desfile glorioso de las hordas egipcias tras el triunfo sobre los etíopes, al que acompaña la célebre marcha Gloria a Egipto, no con fastos y bailes, sino con trofeos humanos, esas víctimas torturadas y masacradas con las que acaban ensañándose las guerras, un terrible espectáculo que todavía hoy ocupa los espacios centrales de nuestros informativos.

Una batuta con clarividencia y autoridad

La producción de Azorín se beneficia además en Sevilla de un elenco vocal muy satisfactorio y una batuta con ideas muy claras y soluciones a la altura del acontecimiento. La dirección del maestro Daniele Callegari, gran conocedor del universo verdiano, como se desprende tanto de su currículo como de su forma de abordarlo en la práctica, logró momentos de enorme inspiración lírica, así como otros perfectamente al servicio de la épica propuesta, muy en especial el famoso himno-marcha ya aludido, en el que resplandecieron las fanfarrias bajo responsabilidad de las así llamadas trompetas de Aida, situadas de forma estratégica sobre el foso a ambos lados del escenario.

Callegari estuvo atento a todas las inflexiones de índole orientalista de la obra, sacando el máximo partido de los quejumbrosos solos del oboe y las mezclas cromáticas entre la flauta grave y el arpa egipcia, y en general de toda la fastuosa y colorista instrumentación, tan mágica en las noches junto al Nilo como dramáticas en los incesantes cuadros que se van paulatinamente formando entre las distintas voces concurrentes. Como de costumbre, la Sinfónica respondió a todas estas exigencias con ahínco y responsabilidad, logrando una interpretación memorable de tan insigne página.

La voz estremecedora de Marigona Qerkezi

Qerkezi y Ketevan Kemoklidze

Desde su primer aria trascendente, Ritorna vincitor, la capacidad de la soprano kosovar Marigona Qerkezi para estremecer y encandilar quedó manifiesta. Ideal en el rol, por su calidad como soprano lírico spinto, de íntimo lirismo e intensidad dramática, volumen de sobra y dulce timbre a pesar de tratarse de una voz gruesa, Qerkezi convenció más en su línea de canto, siempre fluida y atenta a los matices, que en su talento interpretativo, evidenciándose algo corta como actriz. De haber combinado ambas facetas con mayor acierto, su Aida habría conseguido una aceptación unánime. Aún así, nos quedamos con su talento musical, manifiesto también en un escalofriante O patria mia del tercer acto, y un conmovedor O terra, addio final.

A su lado, Ketevan Kemoklidze, todavía fresca en nuestra memoria su Carmen de hace un lustro, se esmeró en definir su ambiguo y contradictorio personaje, que no llega a ser una malvada de libro, combinando venganza y generosidad siempre con la misma intención, captar el amor de Radamés. A ese propósito encomendó una Amneris poliédrica, tan medida como matizada. Y a ella prestó un canto flexible y a la vez contundente, de voz potente y cálida y una capacidad extrema para pasar por diferentes estados de ánimo. Holgada en el registro agudo, Kemoklidze brilló en gran parte de su actuación, también en el aspecto estrictamente actoral.

Alejandro Roy y Ernesto Petti

Por su parte, Alejandro Roy, que el año pasado debutó con el mismo rol en el Met, y de quien en el Maestranza nos hemos acostumbrado a sus papeles zarzueleros, fue de menos a más. Y no porque el complejo Celeste Aida arranque nada más empezar la función, sino porque la recitó de manera muy rígida, casi sin fluidez ni legato. Hubo que esperar a los actos tercero y cuarto para disfrutar de su potente voz, ágil y dramática, también con ese punto heroico que caracteriza al guerrero Radamés.

El resto se movió con destreza y profesionalidad, destacando el tono amenazador, lúgubre e inquietante de Insung Sim como el sumo sacerdote Ramfis, catalizador como pocos del anticlericalismo verdiano, ampliamente desarrollado tanto por su esmerada recreación del personaje como por la atinada dirección de Paco Azorín. También estuvo acertado Ernesto Petti como Amonasro, un barítono potente con una interesante línea de canto. Algo menos, un avibratado Manuel Fuentes como rey egipcio, y conciso en su breve aparición el tenor tinerfeño Néstor Galván como mensajero. Fuera de campo, brilló Patricia Calvache como gran sacerdotisa, que supo dar a su canto el timbre, entre sensual y misterioso, que demanda Possente, possente Fthá, una de las páginas más exóticas de la partitura.

Roy, Manuel Fuentes y Kemoklidze

Tanto en éste como en los numerosos pasajes en los que interviene, el coro estuvo inconmensurable, con momentos álgidos como el estremecedor grito de guerra, o su canto glorioso en la popular marcha. Todos y todas al servicio de un espectáculo de gran categoría, hermoso en lo estético, estupendo en lo musical, glorioso en todo lo demás. Aunque lo verdaderamente glorioso será asistir algún día a una función en la que no caigan objetos contundentes al suelo, no suene ningún móvil y apenas se escuche alguna tos, que sea inevitable y perdonable. No fue el caso.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 15 de noviembre de 2019

AMOR Y ODIO EN UN SANSÓN Y DALILA DE IMPACTO

Ópera de Camille Saint-Saëns con libreto de Ferdinand Lemaire. Jacques Lacombe, dirección musical. Paco Azorín, concepto, dirección de escena y escenografía. Íñigo Sampil, director del coro. Carlos Martos de la Vega, coreografía escénica. Ana Garay, vestuario. Pedro Yagüe, iluminación. Pedro Chamizo, diseño audiovisual. Con Nancy Fabiola Herrera, Gregory Kunde, Damián del Castillo, Alejandro López, Francisco Crespo, José Ángel Florido, Manuel de Diego y Andrés Merino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de A.A. del Teatro de la Maestranza. Producción del Teatro de la Maestranza y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro de la Maestranza, jueves 14 de noviembre de 2019

Estreno del montaje en Mérida
Podemos considerar el estreno de esta nueva producción del Maestranza en su teatro como la puesta de largo definitiva de esta propuesta del prestigioso Paco Azorín, tras un primer encuentro con el público en el pasado Festival Clásico de Mérida. Es ahora cuando se adapta a un escenario convencional y tiene que limar unas limitaciones de espacio y escenografía natural que en el emblemático Teatro Romano de Mérida no tenía. Y salen triunfantes tanto el director escénico como el Maestranza, que ya ha contado con él para otras producciones propias como Tosca o el espectáculo lírico para jóvenes Con los pies en la luna. Ahora Azorín ambienta este célebre pasaje bíblico en el presente, convirtiendo el Templo de Dagon en la franja de Gaza, pero no cae en la tentación en la que sí hubieran caído otros de convertir a los judíos en opresores y a los palestinos en oprimidos, para acabar rematando las similitudes con el presente. Manteniendo los roles del libreto original impide eso tan frecuente en espectáculos líricos que modifican la época de caer en la incoherencia entre lo que vemos y lo que se canta. Apuesta además por destinar el trabajo de figuración a colectivos integrados por la diferencia, consciente del esfuerzo y la dedicación que solo con mucho amor, el de familiares, educadores y ellos y ellas mismas, consigue sacar adelante su proyecto de una vida más amable y digna. Porque de amor para combatir el odio versa su particular y muy acertada visión de este Romeo y Julieta de pasiones y rencores en un ambiente tan corrompido como el de esa eterna guerra que lidera un Israel que en escena se presenta permanentemente en forma de grandes letras que sirven a su vez de escueta escenografía y elementos de atrezzo.

Ya la presentación de este pueblo oprimido, desde lo más profundo del escenario, quita literalmente el aliento, para a continuación espetarnos uno de sus momentos más incómodos y reflexivos, dejándonos claro a través de noticiarios y una reportera permanentemente en escena que no se trata de nada que no conviva con nosotros y nosotras a diario, a través de una televisión que ha deshumanizado la contienda y anestesiado nuestras conciencias. También la reportera será víctima de esta eterna conflagración, y eso nos lleva a un tercer acto presidido por el exceso y la dureza más absoluta, una provocación en toda regla pero bienvenida si está concebida para agitar nuestras conciencias. Lástima que esa aglomeración de acción e impacto en ese tercer acto afecte a la concentración en la música; aún así resulta digno de aplaudir que Azorín se haya implicado tanto en una apuesta tan sincera y revolucionaria, pensada para que la música guíe nuestros corazones, algo tan necesario en una época en la que la sinrazón, el egoísmo y la radicalidad vuelven a apoderarse de nuestro entorno más cercano.

Un buen nivel interpretativo y vocal

Saint-Saëns diseñó en un principio Sansón y Dalila como un oratorio, lo que justifica la profusión coral que tiene la pieza y convierte al coro en uno de los grandes protagonistas de la función. Omnipresente en los actos extremos como la voz de nuestras conciencias y el alarido de la justicia, la masa coral estuvo impecable en todo momento. Grandiosa su aportación, equilibrada, majestuosa y definitivamente sensacional de la mano de un impagable Íñigo Sampil, que en todos estos años al frente del conjunto vocal rara vez ha errado y suele ofrecernos trabajos a un altísimo nivel. Lo mismo se puede decir de la orquesta, un lujo en el foso, aunque aquí varía lógicamente en función de la batuta. La de Jacques Lacombe, a pesar de su familiaridad con el repertorio romántico y especialmente con títulos de fuerte calado melódico, fue una dirección algo flácida, imperceptible en algunos momentos e incapaz de aprovechar los grandes momentos líricos que la obra ofrece. Esa descarnada segunda parte del segundo acto, de considerable ímpetu wagneriano, perdió fuelle en sus manos. No es que el espectáculo no funcionase a nivel instrumental, pero podría haber dado más de sí en manos más implicadas, ganando en voluptuosidad y sensualidad, y marcando mejor los tiempos y los matices.

Kunde y Herrera en Sevilla
En el apartado estrictamente vocal, Nancy Fabiola Herrera brilló con un timbre aterciopelado y una considerable seguridad en sí misma. Sin embargo eso no fue suficiente a la hora de mantener una línea de canto homogénea y flexible, perdiéndose en los acentos más graves, y con dificultad para modular en determinados pasajes. Pero si tuviésemos que calibrar su intervención en función de cómo entonó el precioso y conmovedor Mi corazón se abre a tu voz, tendríamos que otorgarle la máxima calificación. Dio sentido a eso que dicen de llorar en la ópera. Quizás en las próximas representaciones su voz se haya caldeado y sea capaz de afrontar el papel con más ahínco. En el apartado actoral supo transmitir la perfidia y a la vez la pasión por Sansón que destila el personaje. Gregory Kunde por su parte sí estuvo en todo momento a la altura, con un torrente de voz que facilitó su proyección, y manteniendo un registro homogéneo y preciso, aunque en líneas generales no fue el suyo un Sansón conmovedor, le faltó temperatura a todos los niveles, y aunque se esforzó no lo vimos demasiado implicado. Quien sí lo estuvo y mucho fue el barítono jienense Damián del Castillo, pura fuerza y energía como sumo sacerdote en clave de trajeado jeque árabe, un filisteo de amplios recursos canoros y una presencia escénica arrolladora. Cumplió el resto del elenco con profesionalidad y buen gusto, algo destemplado quizás el bajo mexicano Alejandro López, pero muy en sintonía el granadino Francisco Crespo y el joven trío de filisteos encarnados por el sevillano José Ángel Florido, el tenor Manuel de Diego y el bajo Andrés Merino, todo dentro de un espectáculo que supuso sin duda una patada en el estómago y un revulsivo a nuestras conciencias, tan necesitadas frecuentemente de que algo o alguien las despierte.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía