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viernes, 27 de agosto de 2021

ARAUZO Y MARTOS EN BUSCA DE VINTEUIL

XXII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Pablo Martos, violín. Patricia Arauzo, piano. Programa: Sonata Ballade, de Ysaÿe; Selección de Le tombeau de Couperin y Tzigane, de Ravel; Louange à l’immortalité de Jésus, de Quartour pour la fin du temps de Messiaen; Sonata para violín y piano en La mayor, de Franck. Jueves 26 de agosto de 2021

Los amores de Swann se identifican en el inmortal ciclo de novelas de Marcel Proust con una frase extraída a colación de una sonata ficticia que el autor atribuye a un tal Vinteuil. Un detalle que tradicionalmente se asocia con la fascinación que en el autor provocó la Sonata en La mayor de Cesar Franck, si bien es cierto que en su invención debieron influir también otros compositores que dejaron huella en el escritor francés, Ravel e Ysaÿe entre ellos. Una pieza de Olivier Messiaen, medio siglo más moderna que el resto del programa, completó este particular viaje por el tiempo propuesto por el violinista granadino Pablo Martos y la catedrática del Conservatorio Superior de Sevilla Patricia Arauzo. Ambos son bien conocidos del público sevillano, tanto en ediciones anteriores de las Noches del Alcázar como en otros espacios emblemáticos de la ciudad.

Martos fue el encargado de arrancar este singular viaje, con la Sonata Balada de Ysayë, tercera de las seis que compuso entre 1923 y 1924 con la solemnidad de Bach y el virtuosismo de Paganini en la cabeza, pero atribuyéndoles un lenguaje entre vanguardista e impresionista que las convirtieron en icono de la producción para violín solo. Un viaje en el tiempo de ida y vuelta en el que el violinista echó mano de un sonido robusto acaso muy áspero pero bien controlado en su continuo cambio de registro y variedad cromática, manteniendo un ritmo incesante e imprimiendo una considerable pasión aunque sin derrochar las chispas que la página demanda. Patricia Arauzo logra encandilarnos con cada nueva intervención. Su interpretación de tres de los seis números que integran La tumba de Couperin no fue una excepción. Quiso dejar huella con una versión muy personal de las páginas pero sin pretenciosidad ni afectación, como ocurre tantas veces que se quiere decir algo nuevo. El suyo fue un Preludio con reminiscencias jazzísticas, ritmado y fuertemente arpegiado, mientras mantuvo en Forlane el pausado misterio que le caracteriza, y se mostró más dubitativa y enmarañada en la vertiginosa e incandescente Toccata final de este ciclo que Ravel dedicó a varios de sus compañeros desaparecidos en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial a modo de recuperación de ese tiempo perdido.

Un diálogo fluido y compenetrado

Ya juntos acometieron una página tan sombría y delicada como el Rezo a la inmortalidad de Jesús, último de los movimientos del Cuarteto para el final de los tiempos, que Olivier Messiaen concibió para violín y piano, prescindiendo aquí del clarinete y el violonchelo, en un campo nazi para prisioneros de guerra. Este arco iris teológico, como lo definía el autor, adquiere en este movimiento una austeridad y un control del ritmo extraordinario, acaso también una profundidad reflexiva que el tándem no acertó a plasmar del todo, aun tratándose de una interpretación muy meditada y concisa, en la que Martos se empleó a fondo para mantener sus largas y sostenidas frases, y Arauzo para marcar su obsesivo ritmo con las acentuaciones y dinámicas necesarias. Esta quietud tensa que exhibe un tiempo tan ficticio e inexorable como el resto de nuestra existencia, sirvió de introducción a la pieza clave de la noche, esa Sonata de Franck que inspiró a Proust y a su atormentado Swann. Hace no mucho la disfrutábamos de la mano de la propia Arauzo con Aldo Mata en la versión adaptada para violonchelo. Esta vez en su versión original, concebida como regalo de bodas precisamente para Ysaÿe, la pianista se mantuvo en un segundo plano, a pesar de que la página está concebida para que los dos instrumentos cohabiten en igualdad de condiciones. La arrebatada personalidad de Martos malogró esta particularidad, si bien su exhibición estuvo llena de fuerza e intensidad emocional. Ambos lograron que el allegro moderato inicial sonara apacible y melódico, dramático y palpitante el allegro aunque con ligeros roces en la cuerda, lírico y emotivo en el recitativo fantasía, y apasionado en el allegro final, manteniendo en todo caso un diálogo inquieto y tumultuoso.

Con una impecable y vertiginosa recreación de los aires zíngaros que presenta Tzigane, una pieza que Ravel dedicó a una amante suya como la Sonata de Vinteuil inspiraba el amor de Swann, acabó uno de los conciertos más dilatados que recordamos en estas Noches del Alcázar, lo que a los responsables del Alcázar debió poner de los nervios, siempre tan obsesionados precisamente con los tiempos, el cierre de puertas y ambigú un cuarto de hora antes de empezar el concierto, que este no dure más de una hora... de vez en cuando conviene relajarse.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 8 de marzo de 2020

LA FUERZA EXPRESIVA DE PASCUAL Y GAVILÁN

Integral de Sonatas para violín y piano de Beethoven. Fernando Pascual, violín. Pedro Gavilán, piano. Programa: Sonatas nº 1 en re mayor Op. 12 nº 1, 2 en la mayor Op. 12 nº 2, 7 en do menor Op. 30 nº 2, 4 en la menor Op. 23, 3 en mi bemol mayor Op. 12 nº 3, y 8 en sol mayor Op. 30, de Beethoven. La Casa de los Pianistas, viernes 6 y sábado 7 de marzo de 2020

Fernando Pascual
No puede ser mejor la oferta que Yolanda Sánchez ha diseñado en el local que regenta para celebrar el doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Beethoven. Tras el magnífico sabor de boca que nos está dejando Bernaldo de Quirós con su integral de las sonatas para piano, la sorpresa llegó de la mano de dos jóvenes y virtuosos profesores del Real Conservatorio Superior de Música Victoria Eugenia de Granada, que de momento están haciendo de las sonatas para violín y piano del insigne compositor un festín para los sentidos, armados de un notabilísimo sentido para la expresividad y la línea de canto de estas paradigmáticas y trascendentales piezas. Lástima que el destino les jugara una mala pasada a anfitriona y artistas, provocando que su fatal coincidencia con una selección de los cuartetos del compositor en el Espacio Turina a cargo de los maestros y maestras de la ROSS, redujera a la mínima expresión la afluencia de público, al menos el viernes, en el intimista espacio de la calle Cano y Cueto. Aquellos tienen un público fiel amasado a lo largo de los años, y ya sabemos que asomarse al descubrimiento conlleva un riesgo que poca gente está dispuesta a asumir, aunque quienes lo hacen reciben con cierta frecuencia regalos como éste.

Virtuosos de la técnica y la emoción

Natural de Valencia, Pascual visita con frecuencia la Casa de los Pianistas. Entre otras ocasiones pudimos comprobar su maestría a la cuerda acompañando junto a Aída Velert la proyección del clásico de Charles Chaplin Luces de la ciudad hace justo un año, que repetirá el próximo día 20 de marzo después de que el 19 acompañen a La quimera del oro, y en septiembre pasado con el Trío Iturbi interpretando obras de Turina, Shostakovich y el propio Beethoven. Con Gavilán dio excelentes muestras de compenetración y compromiso, abordando con perfecta caligrafía y un acertado sentido de la expresividad típicamente beethoveniana seis de sus sonatas para violín, que completarán el próximo mes de junio cuando interpreten las cuatro restantes. De la presunta ligereza mozartiana de las dos primeras sonatas a la tensión y la desesperanza de la número siete, los dos jóvenes artistas lograron imprimir en sus interpretaciones el tono y la sensibilidad justas, logrando la siempre difícil implicación emocional del público. Todo ello manteniendo en el caso de Pascual una extraordinaria homogeneidad de timbre, solo puntualmente ensuciado con alguna estridencia, especialmente en la siete, y algunos, pocos, acordes lánguidos en sus pasajes más delicados. Todo el resto fue puro alarde de musicalidad y fluidez, con Gavilán acompañando con sentido y contundencia, acertando en los significativos silencios y sus inquietos sforzandi, así como manteniendo una modélica línea de canto en sus frecuentes partes protagonistas. El humor y los puntuales destellos de melancolía dieron paso a un dinámico y desesperado opus 30 número 2, toda una declaración de realización personal que sus intérpretes supieron traducir en pura energía, con ritmos vivos y punteados y un frecuente tono quejumbroso en el violín no exento de delicadeza, primando siempre la brillantez y redondez del sonido. Un ejercicio extenuante coronado en este primer día con dos impecables transcripciones de las Canciones Populares Españolas de Falla, Asturiana y Canción.

Pedro Gavilán
Podríamos decir que en la siguiente entrega, celebrada un día después ya con una afluencia más generosa de público, fue Gavilán quien se convirtió en protagonista de la velada, sin desmerecer a un violín que siguió deleitándonos con su fuerza, su timbre sedoso y su capacidad para modular con elegancia y sencillez. Pero el pianista convirtió los movimientos centrales de la tercera de las sonatas opus 12 y de la octava en pura delicia, paradigma de sensibilidad, sin estridencias ni imposturas, manteniendo siempre una línea de canto flexible y afín a cada cambio de registro, humor y color. Sirvió y mucho para ello, según el propio Gavilán, el espléndido Shigeru Kawai que brinda la Casa de los Pianistas. De hecho la Sonata nº 3 fue un prodigio de construcción desde su animado allegro inicial al desenfadado rondó final, contando en todo momento con el diálogo fluido y cómplice de ambos amigos e intérpretes. Todo un discurso brillante compartiendo aparente fragilidad y contundencia casi violenta, con una estética prácticamente concertística. Antes habían desglosado una opus 23 de contornos líricos y amables, con notables episodios contrastados traducidos en un violín etéreo y un piano henchido de bravura. Todo un bomboncito rematado con una Sonata nº 7 al final de la velada enérgica y aparentemente ligera, con un muy bien resuelto perpetuum mobile coronándola y de nuevo Falla en la propina, una delicadísima transcripción de la Nana. Toda una demostración de que la visibilidad y la popularidad tienen más que ver con otros factores que con el talento propiamente dicho, si no estos intérpretes serían famosos en todo el mundo.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 25 de enero de 2019

KOPATCHINSKAJA HACE CANTAR AL VIOLÍN CON PERSONALIDAD

XXIX Temporada de Conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Patricia Kopatchinskaja, violín. John Axelrod, director. Programa: Obertura de Guillermo Tell, de Rossini; Concierto para violín, de Chaikóvski; Sinfonía Alpina, de Strauss.
Teatro de la Maestranza, jueves 24 de enero de 2019

Celebramos y aplaudimos la intervención cada vez más frecuente de grandes nombres en los programas de la ROSS. La semana pasada fue Albrecht y ahora ella. Como todo intérprete controvertido y a menudo discutido, la joven Patricia Kopatchinskaja cuenta con una numerosa legión de fans e incondicionales que no dudan en vitorear cada comparecencia suya. La de anoche junto a la Sinfónica no fue una excepción. Su particular visión del celebérrimo Concierto para violín de Chaikóvski suscitó la ruptura consciente del protocolo y las ovaciones más encendidas justo tras el primer movimiento, el más conseguido de los tres que integran esta popular pieza. Reconozco que su grabación de la obra junto a Currentzis y MusicAeterna me disgusta más de lo que lo hizo su interpretación junto a la ROSS. Ese sonido áspero, con pianissimi tan marcados que resuenan ratoniles, ornamentaciones de su propia cosecha, a veces chirriante, a menudo seco y estridente, hace sin duda las delicias de quienes buscan en la interpretación musical algo heterodoxo y novedoso. Para otros sin embargo resta poder de fascinación y conmoción.

No cabe duda de que Kopatchinskaja sabe lo que hace y por qué lo hace. Controla su instrumento al milímetro y extrae de él justo lo que le pide. De paso somete a la orquesta a sus designios y le obliga a plegarse a las particularidades de su sonido, a veces inaudible. Aunque no compartamos su estética, reconocemos en ella a una indiscutible artista, capaz de captar toda nuestra atención. Virtuosa en la cadenza, acertada en ritmo, dinámica e intervalos, la Canzonetta sin embargo nos pareció endeble a más no poder, así como el finale resultó muy enérgico y llamativo, siempre dentro de un estilo rugoso, ocasionalmente grotesco y amanerado, tan alejado de la ortodoxia acostumbrada. En la propina echó mano de un repertorio más adecuado para su sonido, aunque fuera una pieza tan circunstancial como la que ofreció del compositor venezolano – quizás un guiño a la candente actualidad – Jorge Sánchez-Chiong; una extravagancia que se hace acompañar de la voz desquiciada de la propia violinista.

A Rafa Castaño le tocó otra vez la papeleta de leer, esta vez en un convincente alemán, los textos de Schiller que inspiraron la ópera de Rossini Guillermo Tell y los que sirvieron para introducir la Sinfonía Alpina de Strauss. En la obertura de la primera, Axelrod ofreció una lectura correcta e inspirada en la que destacaron los solos de Sasha Crisan al chelo, Sarah Bishop al corno y Vicent Morelló a la flauta. En el mastodóntico poema sinfónico straussiano batuta y orquesta se empeñaron a fondo para lograr una interpretación majestuosa, quizás no tan transparente como fuera deseable, en la que destacaron la opulenta sección de metales y la muy detallista de percusión, incluido el llamativo eolífono que recrea la tormenta, así como Tatiana Postnikova al suntuoso órgano. Axelrod optó por una lectura meramente descriptiva más que nostálgica y evocadora, pero aun así funcionó satisfactoriamente. De la mano de todos ellos sentimos la sensación de dejarnos embriagar por la brisa y el peligro de la montaña, fuera en los Alpes, los Pirineos o el Gran Cañón del Colorado.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 16 de febrero de 2018

MACARENA MARTÍNEZ EN EL MAESTRANZA: SU GRAN NOCHE

Ciclo Jóvenes Intérpretes. Macarena Martínez, violín. Juan Escalera, piano.
Programa: Danza Húngara nº 1 y Sonata nº 3 en re menor Op.108, de Brahms; Danza Eslava nº 2, de Dvorák; La Gitana, de Kreisler; Sonata nº 2 en Re mayor Op.94bis, de Prokofiev; Variaciones Clásicas Op.72, de Turina. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, jueves 15 de febrero de 2018

Todas y todos tenemos alguna vez nuestra gran noche, que puede ser una celebración, un sueño cumplido o una ocasión para exhibir nuestras habilidades. Una gran noche conlleva también una gran responsabilidad no exenta de considerable ilusión. Aunque acostumbrada en un pasado reciente a ocupar primeros atriles junto a la OJA y la JONDE, y ha dado muchos recitales en solitario, la del pasado jueves en el Maestranza podría considerarse la gran noche de Macarena Martínez, en su ciudad natal, rodeada de los suyos, de quienes han confiado en ella y quienes esperan descubrir todo su potencial, además de la consabida crítica, posiblemente esperada como agua de mayo por una artista humilde que se dedica a la enseñanza y que recibirá las opiniones de los presuntamente expertos con tanta impaciencia como inquietud.

Para la ocasión eligió un programa ecléctico, como diversa fue su manera de interpretarlo. Quizás la lentitud con la que abordó la Danza húngara nº 1 de Brahms le perjudicó, obligándole a trazar largas líneas melódicas en sostenido que reflejaron cierta dificultad para mantener su estabilidad y precisión, surgiendo las temibles desafinaciones. Con la tercera y última de las sonatas para violín y piano del compositor alemán, Martínez exhibió cuerpo y potencia, aprovechando su rico material temático para ofrecer más profundidad expresiva que virtuosismo técnico, que es lo que habitualmente buscan los intérpretes noveles e inexpertos. Especialmente ágil en fraseo y con considerable dominio del legato, la violinista fue desplegando ritmo y lirismo si no de manera impecable sí harto satisfactoria. El adagio, una de las mejores páginas brahmsianas, lo resolvió con pasión y lirismo, despertando un caluroso e improvisado aplauso del público. Los dos movimientos conclusivos evidenciaron dinamismo y vitalidad. Bien conocido del melómano sevillano, Juan Escalera, quien la acompaña habitualmente en recitales y grabaciones, se adaptó con humildad y respeto a la violinista, consciente de que era su gran noche, desplegando habilidad, buena técnica y un consumado sentido del lirismo melódico.

La cuerda de Martínez, que sonó más bien áspera durante toda la primera parte del concierto, completada con una Danza Eslava nº 2 de Dvorák de líneas irregulares y la breve pieza La gitana del austriaco Fritz Kreisler, resuelta con un evocador aire bohemio, se tornó suave y aterciopelada en la Sonata nº 2 de Prokófiev, cuya transcripción del original para flauta debe resultar sin embargo más crispada y atrevida. Aun así fue una recreación válida, moderadamente juguetona y acrobática, aunque se quedó corta en parodia y humor. Lo mejor vino de la mano de Turina, a quien ambos intérpretes dedican su nuevo disco, y que sonó elegante, evocador y profundamente nostálgico, como las dos páginas impresionistas que ofreció como propinas al entregado público, Beau soir de Debussy y Habanera de Ravel.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía