Al
frente de la considerada orquesta más antigua del mundo, Andris Nelsons, uno de los más
admirados directores de orquesta de la actualidad, capaz de simultanear, y
a veces hasta combinar, su tarea frente a este legendario conjunto y la
Sinfónica de Boston, dejando siempre una
impronta inimitable en sus calculadas interpretaciones.
La
de ayer no fue una excepción, y así lo experimentaron quienes tuvieron el
acierto de asistir a lo que sin duda ha
sido un reto para el equipo directivo del Maestranza, teniendo en cuenta
que sus otras dos únicas actuaciones en España tendrán lugar hoy y mañana en Madrid, donde organizado
por Ibermúsica, el precio de cada entrada dobla al de Sevilla.
Oro
en los atriles
Seguir
el argumento del escabroso cuento de Karl Jaromir Erben La rueca de oro, a través de la pura música programática que a tal efecto compuso Dvorák, es sin
duda una delicia, especialmente si la batuta y los efectivos orquestales rinden
a tan excelente nivel. La claridad y la
contundencia con la que Nelsons mimó dicha partitura, hizo posible este
feliz desplazamiento por tan maravillosa partitura.
Sólo
la exposición de los instrumentos, con los violines
enfrentados, violas y violonchelos en el centro y contrabajos en el extremo
izquierdo, permitió unos juegos dinámicos y unos efectos acústicos de
absoluta magia y ensoñación, que Nelsons dosificó además con precisión y altura de miras hasta conseguir una interpretación
impecable y envolvente, puro enganche de principio a fin.
Otro
acierto fue combinar sin fisuras y con una
elegancia absoluta los resortes fantásticos de la partitura con aquellos de
mayor calado rústico y popular. Especialmente
sorprendente fue el trabajo de los metales, nunca agresivos ni estridentes,
como si una mesa ecualizadora los controlara. El paso frecuente de lo más idílico a lo más trágico fue
otra de las pautas de distinción de esta portentosa interpretación del tercero
de los poemas sinfónicos que compuso el autor checo.
Mahler
desde las entrañas del cielo
Si
hace algo más de tres años Soustrot nos
brindó una excelente interpretación de la Cuarta de Mahler, con su habitual sentido de la elegancia y la
mesura, la que ayer nos ofreció Nelsons superó
cualquier expectativa, logrando esa atención permanente que convierte una
interpretación musical en toda una fascinante
experiencia sensorial. El letón rubricó una interpretación entre vigorosa y
delicada de la obra, sin llegar nunca a lo empalagoso ni la pura exaltación.
Lástima
que el estremecedor adagio quedara enturbiado por las impertinentes y a menudo
evitables toses, siempre atentas al efecto llamada. Aún así fuimos capaces
de dejarnos seducir por tan espiritual
propuesta, que culminó con una apoteósica y majestuosa visión de ese cielo
imaginado.
Sin
apenas pausa, la soprano Christiane Karg
entonó el cuarto movimiento con una voz de hermoso timbre y adecuada
proyección, dotándola de la expresividad justa para ahondar en esa felicidad y serenidad que potencian las
palabras del lied de Das Knaben Wunderhorn que le sirve de
base, sin por ello dejar de transmitir esa desazón
siempre presente en la muerte, por mucho cielo con el que se nos quiera consolar.
Desde luego, más paraíso que disfrutar de tan
excelso concierto, no se nos ocurre.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía
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