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viernes, 13 de marzo de 2026

UN RAMEAU DISPERSO PESE AL BUEN NIVEL DE LA REVERENCIA

XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla. La Reverencia: José Fernández Vera, traverso; Pavel Amilcar, violín; Sara Ruiz, viola da gamba; Andrés Alberto Gómez, clave y dirección. Programa: Pièces de clavecin en concerts, de Rameau. Sala de la Fundición de la Real Fábrica de Artillería, jueves 12 de marzo de 2026


Las Piezas para clavecín en concierto son las únicas páginas de música de cámara que salió del puño y letra de Jean-Philippe Rameau, independientemente de las muchas transcripciones que de su música, fundamentalmente ópera, hizo el propio autor para ser interpretadas en salones aristocráticos, en las que ahora están trabajando para sus próximos conciertos los integrantes de La Reverencia, grupo invitado por el Femás en esta ocasión para interpretar estas cinco piezas en concierto.

El conjunto albaceteño ha intervenido en varias ocasiones en el festival sevillano. Con placer recordamos la edición de 2017, en la que acompañados por la soprano Perrine Devillers, desglosaron obras de Lully y Marais, demostrando por qué se considera a su director y principal artífice, Andrés Alberto Gómez, todo un especialista en el barroco francés. Por su parte, las Piezas para clavecín en concierto ya fueron despachadas con éxito por el conjunto Ímpetus en San Luis de los Franceses en la edición del Femás de hace dos años, mientras la versión transcrita para sexteto fue objeto de un fascinante concierto de la Barroca de Sevilla un año antes. También en el Femás de 2017 pudimos escuchar el quinto de estos conciertos en una versión que, como la de Ímpetus, prescindió de la flauta y confió toda su parte al violín. Santiago Sampedro fue entonces su competente clavecinista. Ayer se escuchó la obra en su integridad y en formación ortodoxa de clave, viola da gamba, violín y traverso.

Aunque Gómez celebró el uso de la Sala de la Fundición de Artillería, estimamos que no fue precisamente el mejor espacio para disfrutar de estas piezas. Quizás resultó fácil imaginar cómo podrían haber sonado en salones versallescos con acústica igualmente reverberante, pero no cabe duda de que un ambiente más recogido en un espacio más concentrado hubiera favorecido el resultado de tan emblemáticas partituras. Por el contrario, encontramos un sonido disperso, con el clave actuando en segundo plano, más como acompañante que como protagonista en sentido estricto, algo que va diametralmente en contra del espíritu de estas páginas. Además, en un principio, con La Coulicam, cada instrumento parecía funcionar por separado, sin la necesaria cohesión.


Afortunadamente, sea porque nuestros oídos se fueron acomodando, esta impresión se fue disipando, pero sin perder en ningún momento la sensación de dispersión y falta de concentración. El resultado global se nos antojó algo quebradizo y alicaído, ajeno al espíritu alegre y desenfadado que domina en muchos de sus pasajes. El trabajo individual de cada uno y una fue estimable, destacando el torbellino de notas al clave y el dominio técnico de Gómez al instrumento, la fluidez de Fernández Vera al traverso, a pesar de resultar demasiado dominante en el primer concierto. También Pavel Amilcar hizo un trabajo espléndido, si bien en alguna ocasión se mostró estridente, levemente en los Tambourins del tercer concierto, reutilizados en la ópera Dardanus, o en el quejumbroso La Cupis del quinto.

Sara Ruiz, por su parte, estuvo bastante ausente a la viola da gamba, lo que restó cuerpo y volumen al conjunto, si bien en los dos últimos conciertos realzó su participación y pudimos apreciar su dominio técnico y envolvente expresividad. Al final, Gómez mostró su satisfacción al descubrir a través del trabajo de la musicóloga Sylvie Bouisson y los manuscritos encontrados del violinista alumno de Rameau, Louis-Joseph Francoeur, que la célebre y popular canción Frère Jacques es en realidad un canon compuesto por el autor de Las indias galantes, y así, en su versión original, lo ofrecieron como propina.

Fotos: Lolo Vasco

sábado, 7 de marzo de 2026

EL GOZO DE LA MÚSICA LÚDICA INAUGURA EL FEMÁS 2026

XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla. Orquesta Barroca de Sevilla. Julien Chauvin, violín y dirección. Programa: Concert des symphonies Op. 3 nº 2 en fa mayor, de Antoine Dauvergne; Sonate en symphonie Op. 3 nº 1, de Jean-Joseph Cassanéa de Mondonville; Concierto para violín, cuerda y continuo Op. 7 nº 3 en do mayor, de Jean-Marie Leclair; Suite de Dardanus RCT 35, de Jean Philippe Rameau. Espacio Turina, viernes 6 de marzo de 2026


Música, digamos, de carácter palaciego para abrir la edición número cuarenta y tres del Festival de Música Antigua de Sevilla. Concretamente, la que sonaba en las cortes de los últimos reyes absolutistas de Francia, una época que retrató tan bien Patrice Leconte en su muy ingeniosa película Ridicule. Sirvió ahora para levantar nuestros ánimos, tan alicaídos con las nuevas e insólitas muestras de absolutismo que en pleno siglo XXI están desarrollando los infames actores de la nueva política mundial. Y es que al frente de la Barroca se puso Julien Chauvin, un experto en el repertorio que mostró formas alegres y desenfadadas, ágiles y dinámicas a más no poder, con una respuesta excelente por parte de nuestra orquesta, quizás en el que ha sido el mejor concierto que han dado en los últimos tiempos.

Cuatro fueron los autores convocados, los dos primeros estrechamente conectados con el Concert Spirituel parisino de mediados del siglo XVIII, Antoine Dauvergne como uno de sus fundadores, Jean-Joseph Cassanéa de Mondonville como violinista primero y después como director. De Dauvergne pudimos apreciar la maestría de la orquesta, elevando en prestancia y calidad la que no es sino una música amable y distendida, poco más. Compositor y violinista en la Corte de Luis XIV y uno de los primeros autores de ópera cómica de Francia, escribió también ballets, sonatas y obras orquestales que denominó Concerts des Symphonies, una de las cuales eligió Chauvin para arrancar esta fiesta musical.

Pero fue la pieza de Mondonville la que cautivó nuestros oídos, superando la teoría de que cuando una obra deja de divulgarse es porque no valía la pena. La Sonata en symphonie Op. 3 nº 1, adaptación orquestal de una de sus piezas de clavecín en sonatas, es un alarde de creatividad musical, con tempi fulgurantes, casi desatados si no fuera por la impecable disciplina con que la abordó la orquesta, y el empuje decisivo que le dio el director y violinista francés. Si la obertura sonó impetuosa, casi autoritaria, con una trasparencia instrumental prodigiosa, el aria central fue un dechado de misterio e intriga, con todo el cuerpo y el volumen que fue capaz de imbuirle el conjunto. La jiga final corroboró esa furia controlada que caracterizó la interpretación de tan original pieza.


Leclair y Rameau, máximos exponentes de una época

Violinista y compositor barroco, quizás fuera Jean-Marie Leclair quien mejor supo adaptar las pujantes formas italianas que tanto triunfaban en la época, al gusto más cortesano francés. No en vano fue alumno de Arcangelo Corelli y Pietro Locatelli, y se nota en la arquitectura y el espíritu del Concierto para violín Op. 7 nº 3 en do mayor que Chauvin eligió para la ocasión, y en la que desplegó sus virtudes al instrumento solista. Así, hábilmente acompañado por una orquesta en sus mejores condiciones, exhibió pulso, dinamismo y un sonido brillante y homogéneo. Pero fue en las agilidades donde dejó su impronta de magnífico violinista, logrando una sorprendente interpretación de la página, sin olvidar la elegancia y el lirismo que impera en el adagio central.

Toda la plantilla, hasta veinte profesores y profesoras, se juntaron para ofrecer la suite de la ópera Dardanus que puso colofón a tan estimulante velada. Compositor y clavecinista, sustituto de Lully como representante de la ópera barroca francesa, Jean-Philippe Rameau destacó en el género con obras tan características como Las indias galantes, La princesa de Navarra o Les Boréades. Pero quizás sea Dardanus su obra más redonda, seguramente la más rica, aunque su disparatado libreto necesitó de varias adaptaciones y hasta una reconversión completa para ser aceptada por el público.

De ella, el compositor extrajo una suite no a la manera acostumbrada en las suites francesas, con una extensa y majestuosa obertura seguida de una serie de danzas, sino más bien a la que se iría imponiendo más adelante para condensar algunos de los números más representativos de óperas y piezas similares, y que ha llegado incluso hasta nuestro tiempo cuando de interpretar en concierto una composición cinematográfica se trata.


Y aquí volvimos a disfrutar de una inmensa, disciplinada, elocuente y brillante en definitiva, interpretación de la obra, con momentos destacados como el de la Entrada de los guerreros, que luego ofrecería como uno de varios bises amparándose en la actual situación bélica. Pero fue la inusitada energía de los Tambuorins, traducida en un ritmo trepidante, lo que despertó el mayor entusiasmo del público, que aplaudió espontáneamente tan fulgurante exhibición de músculo y sintonía. También encantó el viento simulado con las maderas que aparece en Entrée d’Ismenor, una técnica que Rameau utilizó en otras obras como la citada Les Boréades. Debemos destacar además la contención y espiritualidad con que se abordó el Air vif, todo un alarde de expresividad.

Al continuo se adhirió el archilaúd de Miguel Rincón, felizmente recuperado en nuestra laureada formación, añadiendo fuerza al cuerpo que supieron darle Ruiz, Rico y Casal, con la compenetración de Javier Zafra al fagot y el trabajo excelente de las maderas dando relieve y sustancia a un cuerpo de cuerdas sencillamente brillante. Buen arranque de un festival tan querido.

Fotos: Lolo Vasco
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 21 de marzo de 2024

CONJUGACIÓN DE GALANTERÍA Y SOFISTICACIÓN CON ÍMPETUS

XLI Festival de Música Antigua de Sevilla 2024. Ímpetus: Pablo Gutiérrez, violín; Marina Cabello, viola da gamba; Yago Mahúgo, clave y dirección. Programa: Pièces de clavecín en concerts, de Jean-Philippe Rameau. Iglesia de San Luis de los Franceses, miércoles 20 de marzo de 2024

Foto: Luis Pascual

No cabe lugar más idóneo en Sevilla que la suntuosa Iglesia de San Luis de los Franceses, dedicada por los jesuitas al Rey Luis IX, santo de la Francia medieval, para deleitarnos con la música galante y delicada de Rameau, contemporáneo en cierto modo de Marin Marais, a la sazón músico de la Corte de Luis XIV, el más musical de los reyes franceses, y con el que parece encajar mejor la arquitectura de este templo desacralizado. Las piezas para clave que el autor de Las indias galantes compuso en 1741 trascienden al teclado para adentrarse en terrenos del concierto de cámara, si bien la presencia y protagonismo del clave es tal que toda su estructura y significación gira en torno a él.

Tiene mérito que el conjunto liderado por el reconocido clavecinista madrileño Yago Mahúgo, tirase de una grabación publicada y premiada hace nueve años para recrearla en este singular concierto incluido en el Femás cuando entra en su última semana. Pero aunque el trabajo de Mahúgo se revela esencial para dar salida a los intrincados acordes de estos cinco conciertos, no se puede desdeñar en absoluto el papel que juegan sus acompañantes, un violín que no en vano se responsabiliza de la carga melódica de cada una de las dieciséis piezas que integran el conjunto, y una viola da gamba que potencia la carga armónica de cada una de ellas y aporta cuerpo y volumen al total. Pablo Gutiérrez afrontó su parte con disciplina y amplio sentido de la musicalidad, sin asperezas aunque sin la sedosidad de su compañera, por más que en La Coulicam de arranque se apreciara cierto enmarañamiento que desluciera la buena conjugación de los tres instrumentos, echándose en falta algo más de definición y claridad. Pero sólo fue ese inicio, quizás a la espera de una mayor calidez, que asomó inmediatamente en La Livri, recreada primero por Mahúgo en solitario, dejando constancia de la máxima del propio Rameau según la cual las piezas se pueden interpretar sólo al clave, y repetida después con la participación de la cuerda con tanta delicadeza como elegancia y una considerble dosis de sentimentalismo. Una licencia que dio singularidad a la forma con la que estos artistas afrontan el ciclo.

Foto: Antonio Iglesias (Femás)

Gutiérrez dialogó a discreción con Mahúgo y Marina Cabello, que cuidó al detalle la articulación, alcanzando momentos de indiscutible belleza en la balanceante La Timide, y de absoluto ímpetu y energía en los Tambourins que le siguen. La respuesta del clave y la viola fue en todo momento ejemplar, con técnicas al teclado que aportaron mucho color, como ese punteado en La Boucon, y una agilidad extrema para resolver con acierto los acordes más complicados sin decaer en ritmo ni estilo, como por ejemplo en ese Le Marais que precisamente cierra el ciclo. Pero si hubo algo realmente destacable fue la delicadeza que aportaron como conjunto, y el abanico de matices que extrajeron de cada página. Donde otros prestan mayor atención a la técnica, aquí hubo preferencia por dotar de singularidad a cada página, de forma que interpretadas todas casi de corrido (hubo una pausa entre el segundo y el tercer concierto), la experiencia pudiera parecer monótona, y sin embargo en manos de este trío consumado y disciplinado, no resultara así.

domingo, 7 de mayo de 2023

EXPERIENCIA HÍBRIDA CON KUROSAKI Y LA BARROCA DE SEVILLA

Concierto nº 6 de la temporada 2022-2023 de la Orquesta Barroca de Sevilla. Hiro Kurosaki, violín y dirección. Leo Rossi y José Manuel Navarro, violines. Elvira Martínez, viola. Mercedes Ruiz, violonchelo. Ventura Rico, contrabajo. Programa: Cinq concerts transcrits en Sextuor, de Rameau y anónimo. Espacio Turina, sábado 7 de mayo de 2023


Hay muchas páginas en la Historia de la Música que atesoran un fascinante recorrido. Esto es particularmente visible en la enorme cantidad de transcripciones que para su difusión en determinados ambientes selectos disfrutaron piezas escritas en épocas pretéritas. Bien fuera para su adaptación del ámbito concertístico y más comúnmente operístico al más íntimo y doméstico de salón, o porque estuvieran concebidas para conjuntos de instrumentos que habían caído en desuso, la necesidad de seguir disfrutándolas llevó en innumerables ocasiones a su adaptación a otros medios e instrumentos.

Rameau compuso sus ya por entonces avanzadas piezas para clave acompañadas de violín y viola, o alternativamente flauta u otro violín, en forma de trío pero con tal protagonismo del teclado que prácticamente podían interpretarse en solitario, a mitad del siglo XVIII, sufriendo paulatinamente considerables transformaciones hasta llegar a los sextetos que anoche interpretaron los solistas de la Barroca comandados por uno de sus habituales y admirados colaboradores, el violinista japonés Hiro Kurosaki. Y ni siquiera estos sextetos fueron resultado directo de los manuscritos conservados en la Biblioteca Nacional de París gracias a la donación de los herederos del abogado ilustrado Jacques Joseph Marie Decroix, sino que aún fueron objeto de multitud de transformaciones hasta alcanzar un inconfundible aire romántico que convierte su audición en toda una experiencia híbrida que aúna barroco, clasicismo y romanticismo prácticamente a partes iguales. Si encima se abordan con instrumentos de cuerda de tripa, con todos los inconvenientes de afinación y tono que conlleva, la sensación es todavía más desconcertante y no por ello menos satisfactoria.


Una sucesión de afortunados acordes

Aunque son seis los conciertos que derivaron de piezas para clave de Rameau, añadiéndose a los cinco interpretados anoche un sexto a partir de cinco piezas del tercer libro de Nouvelles Suites de pièces de clavecin, suele ser más aceptada la colección en su concepción de cinco conciertos, el primero de los cuales arrancó con acordes perfectos y una inteligente combinación de ternura y brillantez en La Coulicam. Por cierto, que cada pieza se titula en atención a un personaje influyente ya fuera en el ámbito profesional o doméstico en el autor, así como algunos espacios relevantes en su vida y hasta apodos de mujer como los que gusta acuñar a la hostelería sevillana, destacando defectos más que virtudes, como La provocativa del segundo concierto o La indiscreta del cuarto. Con aires elegíacos (La Livri) y despreocupados (La Vézinet) prosiguió este primer concierto en el que los seis solistas mostraron ya sus credenciales, basadas en la implicación y el virtuosismo más absolutos.

Menos interesante resultó el segundo de los conciertos, aunque haciendo gala de su rica polifonía en La Laborde de arranque, rubricado con aires ensoñadores en La Boucon, y cierto toque de travesura en L’Agaçante, para terminar de forma insólita y balsámica con dos minuetos lentos defendidos con altas dosis de lirismo. En todo momento destacó el contraste entre la cuerda aguda y grave, potenciada con el uso del contrabajo (Rico) doblando y alternando voces con el violonchelo de una ejemplar Mercedes Ruiz. Del tercer concierto destacamos los dos rondós, llenos de ternura y expresividad, que conforman La Timide, y que potencia su encanto en manos de un sexteto de cuerdas. También el Tambourin I y II en forma de rondó y aires de marcha destacó por el brío y la conjunción empleada por los seis intérpretes. Pasando casi por alto el cuarto concierto, justamente denominado La Pantomime, si bien destaca la pieza dedicada quizás a la esposa del autor, La Rameau, que contiene una infatigable y endiablada sucesión de notas perfectamente traducidas en vibrantes acordes de los intérpretes, llegamos al quinto, quizás el que mantiene un aire más barroco y afrancesado, puede que por estar dedicado a Forqueray y Marais, el primero a través de una envolvente fuga llena de encanto y misterio, y el segundo con una gavota graciosa y melodiosa, con un sombrío y quejumbroso La Cupis entre medio. Esta asociación de épocas, aún con el sonido puntualmente estridente de Kurosaki, más sedoso en el caso de Rossi y Navarro, y siempre con el impecable apoyo de Martínez y los bajos, resultó siendo una experiencia fascinante y deliciosa en todos los sentidos.

Fotos: Luis Ollero
Artículo publicado en El Correo de Andalucía