Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en
junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del
pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director
muy afín y apreciado de la ROSS, György
Györiványi Ráth, no en vano principal
director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de
los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica,
el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.
En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada,
se asumió el esquema clásico de
concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y
Chaikóvski acompañando al segundo de los
conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El
resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a
lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y
abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.
Un pianista
versátil y comprometido
Tras una Obertura Egmont de
Beethoven, cuyos robustos primeros
compases y una estética en general rotunda
y musculosa, se vio empañada por unas continuas
caídas de tensión y ritmo, lo
que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un
diálogo exacerbado y aparentemente
indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con
un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.
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| Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Juan March |
De nuevo agilidad y torbellino en el allegro
molto final, acopio de virtuosismo y todo
un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la
percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una
Serenata andaluza centrada más en los
acentos y el ritmo que en obtusas florituras.
Una orquesta
entregada a su máxima potencia
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| György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova |
Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un
melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando
todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y
el estallido enfático y generalizado de
toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que
se inicia el famoso andante cantabile,
tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza
y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y
serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales
irrupciones de furia devastadora y contrastante.
El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la
serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se
convirtió en pura batalla seguida de un
triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la
interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que
victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces,
todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que
asumieron esta página tan frecuentada.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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