viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN PÉREZ FLORISTÁN, PROFETA EN SU TIERRA

Sinfónico 8: El héroe y el destino. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. György Györiványi Ráth, dirección. Programa: Obertura Egmont OP. 84, de Beethoven; Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol mayor Sz. 95 BB101, de Bartók; Sinfonía nº 5 en mi menor Op. 64, de Chaikóvski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de febrero de 2026


La gran devoción que Juan Pérez Floristán despierta en el público sevillano justifica que ayer el Maestranza observara un lleno casi absoluto, que se repetirá hoy, lo que demuestra que el joven sevillano sí es un profeta en su tierra. Sorprende, sin embargo, a pesar del alto coste de las entradas, que la cita de mañana sábado con una orquesta tan mítica como la Sinfónica de Londres no haya corrido la misma suerte, al menos de momento, aunque a estas alturas no creemos que pueda remediarse, por muy imprescindible que sea este concierto en el marco de la actual programación.

Floristán completó con éste su particular ciclo de los conciertos para piano de Béla Bartók, que inició en junio de hace dos años de la mano de Marc Soustrot, y continuó en abril del pasado con Eun Sun Kim a la batuta. El relevo lo ha tomado ahora un director muy afín y apreciado de la ROSS, György Györiványi Ráth, no en vano principal director invitado de la formación desde 2024. Nombres de una larga lista de los que han hecho posible este complicado ciclo, y a los que con su proverbial facilidad para la retórica, el joven pianista dedicó un sentido agradecimiento.

En este octavo programa del ciclo sinfónico de la ROSS de esta temporada, se asumió el esquema clásico de concierto, una obertura, un concierto y una sinfonía, con Beethoven y Chaikóvski acompañando al segundo de los conciertos que el compositor húngaro dedicó al instrumento rey. El resultado suscitó el gozo generalizado del público, que en un par de ocasiones a lo largo de la sinfonía, pareció dejarse llevar por el entusiasmo y abandonarse a un espontáneo aplauso, al margen de la enorme ovación dedicada a Floristán.

Un pianista versátil y comprometido

Tras una Obertura Egmont de Beethoven, cuyos robustos primeros compases y una estética en general rotunda y musculosa, se vio empañada por unas continuas caídas de tensión y ritmo, lo que restó emoción y trascendencia al conjunto, Floristán acometió el Concierto nº 2 de Bartók. Arrancó con un diálogo exacerbado y aparentemente indisciplinado, en el que maderas y metales se mezclaron juguetonamente con un piano fluido e inventivo, generando un falso caos muy acorde al espíritu alegre y desenfadado del allegro inicial, y huyendo de todo mecanicismo posible.

Foto: Dolores Iglesias Fernández, Archivo Juan March

Ráth imprimió de misterio y contención la elegía nocturna que inspira el adagio central, con Floristán plegándose a ese halo de delicadeza que lo impregna, y que en su sorprendente y furtivo scherzo central se convierte en vertiginosa carrera hacia el abismo, recuperando entonces la energía vigorosa que exhibió en el movimiento anterior. La cuerda acompañó acariciando al solista y potenciando el carácter ensoñador de la pieza.

De nuevo agilidad y torbellino en el allegro molto final, acopio de virtuosismo y todo un desafío técnico que el pianista salvó con maestría, mientras la percusión potenció su espíritu eufórico y su frenético ritmo. En la propina, Floristán homenajeó a Falla con una Serenata andaluza centrada más en los acentos y el ritmo que en obtusas florituras.

Una orquesta entregada a su máxima potencia

György Ráth y la ROSS en abril 2025. Foto: Marina Casanova

Son ya muchas las veces que la ROSS se ha enfrentado a ese grito de rabia y desconsuelo que es la Quinta de Chaikóvski, con resultados en su mayoría satisfactorios. También lo fue en esta ocasión, con Ráth entregado en cuerpo y alma, y la ROSS respondiendo con todo su arsenal, resplandeciente y gloriosa. La página se deslizó con tanta amargura como cierta esperanza, evidenciando los resortes anímicos de su compositor, tan preocupado por el destino, ahora trasmutado en providencia, como lo estuvo en su anterior sinfonía, escrita una década antes.

Ráth se atrevió a modificar ritmos en algunos pasajes del allegro inicial, precedido de un melancólico adagio, y con una conmovedora tristeza informando todo el movimiento. Un inquietante arranque en el que brillaron las trompetas y el estallido enfático y generalizado de toda la sección de metal, precedió al conmovedor solo de trompa con el que se inicia el famoso andante cantabile, tan espacioso como intenso, impregnado de nobleza y patetismo. La orquesta se deslizó de forma majestuosa, plena de lirismo y serenidad, con aportaciones sobresalientes del clarinete y el oboe, y puntuales irrupciones de furia devastadora y contrastante.

El vals resultó elegante pero pasó desapercibido frente a la energía y la serenidad espiritual que destacaron en los movimientos precedentes. El andante maestoso, por su parte, se convirtió en pura batalla seguida de un triunfal final no exento de pesimismo, como fue posible adivinar de la interpretación tan desesperada que una muy disciplinada ROSS hizo de este sospechoso canto más angustiado que victorioso, bajo la firme y segura dirección de György Ráth. Para entonces, todas las familias instrumentales habían evidenciado la responsabilidad, el brillo y la majestuosidad con la que asumieron esta página tan frecuentada.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

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