A Volodos se le considera una autoridad, casi una referencia, en la Sonata para piano en Sol mayor de
Schubert. Sabe sumergirse como nadie en su atmósfera y captar a la perfección
su significado. Contemporánea de otras grandes obras del compositor austriaco,
como la Sinfonía nº 9 o el Cuarteto D887, el pianista ruso sabe muy bien cómo comunicar esa misteriosa
serenidad que impregna el expansivo movimiento inicial, que con sus
repeticiones puede alcanzar, como así hizo, los veinte minutos de duración, y
que sometió a continuos y muy elocuentes
contrastes y cambios de color, desde un compulsivo estado de ánimo a un
marcado lirismo.
Resolvió
el andante con hermosa calidez y el minueto con una profunda energía rítmica. El rondó final sonó tan rústico como fresco y chispeante, siempre
desde un espíritu reflexivo y refinado, quedando patente tanto su virtuosismo como su luminosa y profunda intimidad, a fuerza
de una generosa intensidad, largos fraseos y un sentido proporcionado del
drama.
Tras
un impecable Preludio op. 45, en el
que supo resolver sus muy expresivas
modulaciones cromáticas sobre una base temática uniforme, Volodos abordó la
Sonata nº 2 del autor polaco con un sentido del drama muy marcado en el
rítmico movimiento inicial, con pasajes tan vehementes y escalas tan
vertiginosas que parecían anticipar la tragedia. Después, un scherzo trémulo y agitado, técnicamente
diabólico, y la célebre marcha fúnebre,
áspera y cruda, en fuerte contraste con
un trío tan dulce y lánguido que casi parecía una canción de cuna. Así,
hasta llegar al fulgurante presto
final, y ofrecer hasta tres propinas, incluido el muy célebre momento musical nº 3 de Schubert.
Artículo publicado en El Correo de Andalucía


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