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jueves, 13 de enero de 2022

AALTO BALLETT ESSEN Y SU LAGO DE ENSUEÑO

Ballet El lago de los cisnes de Piotr Ilich Chaikovski. Aalto Ballett Essen. Ben van Cauenbergh, dirección general y coreografía. Dorin Gal, escenografía y vestuario. Berndt Hagemeyer, iluminación. Valeria Lampadova, video-creación. Wolfram-Maria Märtig, dirección musical. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Intérpretes: Mika Yoneyama, Artem Sorochan, Wataru Shimizu, Moisés León Noriega, Yulia Tsoi, Harry Simmons. Teatro de la Maestranza, miércoles 12 de enero de 2022


La memoria juega malas pasadas y cuando creíamos que El lago de los cisnes se había representado ya demasiadas veces en nuestro teatro, nos damos cuenta de que la última vez fue hace ya nueve años, así que tocaba. Fue entonces una producción del ballet de Kiev realmente decepcionante, en la que no funcionó prácticamente nada, ni siquiera a nivel musical. Por el contrario el prestigioso Ballet del Teatro Aalto de la ciudad alemana de Essen nos encandiló hace seis con su particular y despampanante Romeo y Julieta, por lo que las expectativas ahora eran grandes. Y se cumplieron, gracias al arrojo y el entusiasmo que el coreógrafo belga y director general de la compañía desde hace más de una década, Ben van Cauenbergh, pone en cada empresa que acomete. Esta se estrenó con considerable éxito en 2018 y llega ahora a nuestro escenario con parte del mismo elenco y el mismo entusiasmo demostrado entonces.

La producción de Cauenbergh y el Ballet Aalto de Essen respeta el orden musical de la pieza, su estructura original en cuatro actos y la coreografía de Petipa e Ivanov, que es la que más ha sobrevivido de todas las propuestas a lo largo de los años, a pesar de mostrarse algo desgastada y un poco mustia pero convenientemente puesta al día por el talento y la pericia del director belga. Sin embargo atisba el ingenio de modificar sustancialmente su argumento para hacerlo más creíble, ofrecer un final feliz en el que el rol femenino no tenga que sacrificarse por amor, y prescindir de la escena de caza inicial, desconozco si con intenciones animalistas o no, pero lo cierto es que así es como se actualiza un espectáculo sin traicionar sus cimentos. El sueño profundo en el que cae rendido el príncipe logra encajar estos cambios radicales sin que la partitura ni el baile se resientan. Una meticulosa puesta en escena, cambios de decorado amenizados con sugerentes y poéticas proyecciones en video sobre el telón, espectaculares cambios de vestuario y ambiente según la realidad y el sueño, y un sensacional cuadro final protagonizado por una tela azul elegantemente desplegada por el bailarín Moisés León y convertida en las aguas que zozobran y engullen al enamorado príncipe antes de despertar, hacen de esta una producción memorable y satisfactoria a todos los niveles.

Liam Blair fue el primer Sigfrido de este montaje
Resulta sorprendente cómo esta compañía alemana, al contrario que otras igualmente prestigiosas, confía sus papeles principales a bailarines y bailarinas de todas las nacionalidades, demostrando un aperturismo y una apuesta por la diversidad digna de toda admiración. La japonesa Mika Yoeneyama, que prácticamente se inició en la compañía estrenando este papel en 2018, evoca dulzura y fragilidad mientras se comporta como Odette, mientras que cuando incorpora a Odile, su otro personaje o quizás su otra personalidad - ¡qué bien estaría una versión en la que la heroína sufriera trastorno de personalidad y arrastrara al príncipe a la locura! -, desarrolla siempre desde la compostura y el matiz una personalidad perversa y manipuladora. Un dechado de encanto y flexibilidad que solo se explica con trabajo duro solo apto para personas paradójicamente muy fuertes. Y fuerte y corpulento es el ruso Artem Sorochan, lo que quizás mermó su ligereza y flexibilidad, no obstante exhibir fuertes dotes para la acrobacia no exenta de elegancia. Más limpio y ágil resultó el también japonés Wataru Shimizu como su amigo Benno (fue Mercucio en Romeo y Julieta), que literalmente fue capaz de volar sobre el escenario, su pequeño tamaño ayuda. También en el elenco repitió respecto a aquel excelente título shakesperiano el cubano Moisés León Noriega dando vida a Rothbart o Barbarroja, el pérfido de la función luciendo una extraordinaria capa cuyo plumaje se mecía de manera hipnótica al son de sus sinuosos movimientos. Hubo lugar para el lucimiento de prácticamente todo el elenco, especialmente en los pasos a dos que amenizan el baile del tercer acto, si ben apreciamos algún traspiés en la célebre danza de los cisnes del segundo acto, nada que no se corrigiera inmediatamente.

Aunque al principio nos pareció que la dirección del joven Wolfram-Maria Märtig resultaba algo morosa, enseguida apreciamos la robustez y la agilidad de su cometido, ofreciendo junto a la excelente participación de la Sinfónica un Lago de los cisnes así mismo de ensueño. La bellísima y variadísima partitura de Chaikovski sonó espléndida y esplendorosa, con rendimientos impecables de todas las familias instrumentales, y solos sensacionales de la concertino Alexa Farré, que en la Danza rusa se adaptó con gusto y agilidad al estilo zíngaro del número y en el paso a dos del segundo acto exhibió junto a la arpista Daniela Iolkicheva un dúo henchido de lirismo poético. También lucieron espléndidos los solos de trompeta en la Danza napolitana y de oboe en el famoso tema principal. Es un auténtico lujo poder contar con una orquesta en tan magníficas condiciones en el foso, una todo terreno que cumple tanto en sus conciertos como en sus intervenciones escénicas y que es capaz de enfrentarse al apoteósico final de este emblemático título con tanta fuerza, empuje y decisión.

jueves, 14 de enero de 2021

GISELLE EN EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Giselle de Adolphe Adam. Compañía Nacional de Danza. Joaquín de Luz, dirección artística y escénica y coreografía. Borja Ortiz de Gondra, dramaturgia. Ana Garay, escenografía. Rosa García Andújar, vestuario. Pedro Chamizo, iluminación y video-creación. Óliver Díaz, dirección musical. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Intérpretes: Haruhi Otani, Alessandro Riga, Ion Agirretxe, Álvaro Madrigal, Eva Pérez, Elisabet Biosca, Toby William Mallitt, Cristina Casa, Yanier Gómez. Teatro de la Maestranza, miércoles 13 de enero de 2021

Todavía con el recuerdo de la extraordinaria impresión que nos causó El Cascanueces que se representó aquí en el Maestranza hace justo un año, y que era responsabilidad aún de su anterior director artístico, José Carlos Martínez, nos reencontramos con la Compañía Nacional de Danza, ahora ya bajo control absoluto de su nuevo director Joaquín de Luz, como si nada hubiera ocurrido entre aquel 9 de enero de 2020 y ayer, cuando tuvo lugar la primera representación en Sevilla de este título, todavía fresco su estreno en Madrid el pasado mes de diciembre. El ambiente ahora más triste y lánguido, la ocupación forzosa de la mitad de aforo del teatro y el cambio obligado a última hora de horario, tan intempestivo para tanta gente trabajadora que asiste asiduamente al coliseo, condicionó quizás en cierta medida nuestra apreciación del trabajo realizado por el personal de baile, equipo artístico y maestros y maestras de la orquesta, en el que sigue siendo el espectáculo de danza más completo del año en nuestra ciudad. 

Alessandro Riga y la bailarina Giada Rossi,
no convocada en los repartos sevillanos
Desde su estreno en 1841 el ballet de Adolphe Adam es uno de los más representados, y forma parte del ilustre conjunto de ballets clásicos capaz de codearse, pese a sus limitaciones musicales, con los grandes ballets rusos de Chaikovski o Prokofiev. Sin traicionar jamás su espíritu clásico, condición indispensable para seguir considerándose como tal, el afán de renovación ha hecho que a lo largo de estos casi dos siglos se hayan introducido variaciones que vayan moldeando cierto aire fresco y renovador en su propuesta, aunque sin llegar jamás a las licencias permitidas en otras disciplinas como la ópera. La versión de Joaquín de Luz, formado con Víctor Ullate y con el Ballet Nacional Americano y el de la Ciudad de Nueva York, aprovecha el recién despedido año de la celebración del ciento cincuenta aniversario de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, para ambientar el ballet en su época y su entorno, en este caso la Sierra del Moncayo aragonesa donde concibió sus Rimas y Leyendas. Nada descabellado dada la afición del poeta sevillano a las historias románticas y fantasmagóricas, con las que se emparenta Giselle a la perfección, y que permitió que se introdujera en la coreografía, siguiendo las pautas maestras de la original de Jules Perrot y Jean Coralli, danzas típicamente aragonesas e incorporación en la partitura de instrumentos autóctonos como las castañuelas. Unas novedades meramente coyunturales, junto a una innecesaria por casi inapreciable lectura de poemas del homenajeado autor, unas espectrales proyecciones y un sonido ambiente que permitieran al público sumergirse en la atmósfera evocada a través de bosques y montañas. 

Haruhi Otani
Pequeños detalles que no empañaron ni desvirtuaron el aspecto general de este título, tal como ya lo hemos disfrutado anteriormente en este teatro con cadencias de siete años, en 2006 con el Ballet del Teatro San Carlo de Nápoles y en 2013 con el Ballet Nacional de Letonia. Como su predecesor, de Luz acertó en el diseño de cuadros, con escenarios donde primó el equilibrio y nunca el alboroto, contando con unos decorados dignos y un vestuario exquisito, así como una acertada iluminación según el acto, colorista y brillante en el primero, tenue y azulada en el segundo. Un montaje perfectamente al servicio de lo más importante, el baile, al que se prestaron con holgada solvencia los bailarines y bailarinas de la compañía, prácticamente el mismo elenco que nos visitó en El Cascanueces del año pasado. En el magnífico programa publicado en la página web del Maestranza se puede apreciar el reparto de cada una de las cuatro funciones que se celebran hasta el próximo sábado 16, pudiéndose comprobar que no repiten rol casi ninguno de los artistas, lo que hará que cada función sea considerablemente distinta a la anterior. Nosotros, fijándonos en la del estreno, podemos confirmar el buen trabajo conseguido, la profesionalidad alcanzada y el más que aceptable nivel técnico y expresivo de los artistas, especialmente una Haruhi Otani de una delicadeza extrema y una ternura apabullante, cuya gracilidad, refinamiento y fragilidad se hicieron patentes en un segundo acto en cuyos pasos a dos con una pareja con la que tiene una especial compenetración, Alessandro Riga, parecía levitar gracias a la fuerza y la agilidad atlética de él y el equilibrio de ella, rebosante de elegancia y flexibilidad. En el primer acto destacó, como es habitual, el paso a dos de los campesinos, maravillosamente defendido por unos enérgicos Cristina Casa y Ángel García Molinero. También merece destacarse la fuerza expresiva de Ion Agirretxe como Hilarión, y el sensacional trabajo desplegado por el dramaturgo Borja Ortiz de Gondra, capaz de hacer sencilla y entendible la trama sin necesidad de más recursos que la expresividad de los intérpretes y la ingeniosa dosificación de los recursos. Una fuerte compenetración y un excelente trabajo de equipo consiguieron que los números de conjunto brillaran a la perfección, los campesinos en el primer acto y las willis en el segundo. 

Peores fueron las prestaciones en este caso de la orquesta, uno de los elementos que más categoría confieren a este ballet de principios de año. Aunque Óliver Díaz está familiarizado con la Sinfónica de Sevilla, a la que ha dirigido en dos títulos zarzueleros, La tabernera del puerto y la menos recurrente Los diamantes de la corona, su trabajo ante los músicos no se tradujo en excelencia. Faltó garra y suntuosidad en general, y las intervenciones solistas no estuvieron a la altura de lo que cabe esperar de ellos. El sonido no resultó tan preciso y equilibrado como es habitual, y como han demostrado en sus dos últimos conciertos a las órdenes de Marc Soustrot. Ni que decir tiene que ésta es una apreciación hecha desde la admiración que nos provoca nuestra orquesta, cuya excelencia hace que exijamos de ella siempre el máximo rendimiento. Con todo sigue siendo un lujo poder disfrutar de espectáculos como éste en un escenario tan generoso y con tan buena orquesta en el foso, y más ene stos tiempos tan inciertos y alarmantes, que confiamos pasen pronto y no malogren una programación tan sujeta a cambios y vaivenes.