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lunes, 24 de noviembre de 2025

UN JARDÍN FLORIDO DE VOCES Y DANZA

The Fairy Queen, de Henry Purcell. Ópera en concierto semiescenificada. Orquesta de Les Arts Florissants. Paul Agnew, dirección musical. Mourad Merzouki, dirección de escena y coreografía. Remi Autechaud, asistente de coreografía. Claire Schirck, vestuario. Fabrice Sarcy, iluminación. Con los solistas de Le Jardin des Voix Paulina Francisco, Georgia Buzaschko, Rebecca Leggett, Juliette Mey, Ilja Aksionov, Rodrigo Carreto, Hugo Herman-Wilson y Benjamin Schilperoort y los bailarines de la compañía Käfig Samuel Florimind, Anahi Passi, Alary Ravin, Daniel Saad y Timothée Zig. Teatro de la Maestranza, domingo 23 de noviembre de 2025


Resulta extraño, a pesar del generoso aforo observado anoche, que este singular y gratificante espectáculo no hubiese generado un lleno absoluto, teniendo en cuenta que satisfacía a dos públicos distintos pero complementarios, el del canto y la música clásica, y el de la danza.

Para entender esta propuesta híbrida del gran Henry Purcell, hay que remontarse trescientos años atrás, cuando fue estrenada. Generada como espectáculo para masas, la semiópera inglesa combinaba teatro, música y danza, pudiendo llegar a alcanzar varias horas de duración, lo suficiente como para tener entretenido al público un buen rato. Una adaptación libre de El sueño de una noche de verano de Shakespeare está en el origen de La reina de las hadas, obra en cinco actos para los que Purcell creó a su vez cuatro masques o piezas de baile y canto de contenido alegórico que no aportaban nada a la narración pero reforzaban sus ideas. Un año después del estreno añadiría otra para el primer acto.

Quizás por este inconveniente de tener que programar un espectáculo de hasta cinco horas si se quiere respectar su argumento, es por lo que esta obra de belleza delicada y singular apenas se representa y se opta por estas recreaciones de sus masques aisladas del contexto narrativo. Así las cosas, el público debe renunciar al argumento y las palabras de Shakespeare, de las que el texto cantado no recoge ni una.

Pura delicadeza musical

Paul Agnew y Les Arts Florissants nos han visitado recientemente en dos ocasiones, aunque en versión reducida, pero es El jardín de las voces, espectáculo bajo la dirección de William Christie con el que lo hicieron en este mismo Maestranza hace dieciocho años, el que guarda mayor semejanza con esta Reina de las hadas. La orquesta ofreció una versión traslúcida y decididamente delicada de la partitura, con prestaciones impecables de cada familia instrumental, y participaciones destacadas de solistas de categoría, como las flautistas Nathalie Petibon y Yanina Yacubsohn, el chelista Félix Knecht y, especialmente, el violinista Emmanuel Resche-Caserta, que protagonizó junto a la cálida voz de Juliette Mey un The Plaint realmente sobrecogedor.

Ilja Aksionov

Mención aparte merecen las soberbias trompetas, con arranques suntuosos y ceremoniales del primer y cuarto acto. Todo un derroche de musicalidad y buen gusto, buscando fundamentalmente la delicadeza y el ropaje más adecuado desde el punto de vista estrictamente lírico para el feliz lucimiento de las voces convocadas. Éstas procedían de la undécima edición de El jardín de las voces, con el que el conjunto francés descubre nuevas promesas de la lírica, con resultados a menudo tan satisfactorios como los que pudimos apreciar y disfrutar anoche.

Excelente trabajo en equipo

Ocho jóvenes entusiastas y responsables combinaron sus aptitudes vocales de forma que sonasen como un bien avenido coro, con el añadido de una actividad escénica de altura, de esas que contagian felicidad gracias al buen trabajo en equipo destilado. La voz delicada y bien entonada de Mey y la más autoritaria y contundente de Benjamin Schilperoort iniciaron el viaje, en el que pronto hizo su aparición el barítono Hugo Herman-Wilson como poeta borracho, presentado por la cuerda intencionadamente distorsionada, una divertida licencia de Agnew y la orquesta.

A partir de ahí pudimos disfrutar de las preciosas y cristalinas voces de la soprano estadounidense Paulina Francisco y la mezzo inglesa Rebecca Leggett, o la más espesa y perfectamente colocada de la mezzo canadiense Georgia Burashko en números como la canción de la primavera. El tenor lituano Ilja Aksionov hizo también acopio de delicadeza y ternura en el número del sueño, y encandiló especialmente como cómico en su dúo junto a Wilson en el que canta en falsete travestido de mujer pudorosa. Finalmente, el tenor portugués Rodrigo Carreto nos cautivó como tenor lírico y romántico, bordando canciones como See my many colour’d fields del cuarto acto.


Pero la buena sintonía no se quedó en el trabajo vocal, sino que todos y todas se mimetizaron a la perfección con el conjunto de baile extraído de la compañía también francesa Käfig. Cuando se trató de coreografías sencillas, siempre responsabilidad de Mourad Merzouki, todos se atrevieron a bailarlas, mientras las partes corales poco comprometidas permitieron a algunos de los bailarines acoplarse al resto también en lo vocal.

Pero en su trabajo estricto, el brillo de los danzantes fue sobresaliente, con acrobacias, saltos y piruetas sobrenaturales, vertiginosos movimientos al ritmo de hip hop, breakdance y otros bailes urbanos, incluido el vogue (Alary Ravin), acompañados de la fuerza musculada de Samuel Florimond, Daniel Saad y Timothée Zig y el baile delicado en lenguaje tanto clásico como contemporáneo de Anahi Passi. Otro reto del equipo directivo del Maestranza que tenemos que aplaudir, habiendo sido Sevilla la elegida junto a Madrid y Barcelona para presentar en nuestro país tan estimulante y refinado espectáculo.

Fe de errata: Les Arts Florissants han presentado The Fairy Queen en Bilbao, San Sebastián y Sevilla, no en Madrid y Barcelona, que son las plazas a las que, junto a Sevilla, acudirá Cecilia Bartoli con Orfeo y Eurídice de Gluck.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 10 de enero de 2025

EL CORSARIO: LAS MIL Y UNA NOCHES EN PUNTAS

Le Corsaire. Música de Adolphe Adam con piezas adicionales de Cesare Pugni, Léo Delibes y Riccardo Drigo. Libreto de Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges y Joseph Mazilier según el poema de Lord Byron. José Carlos Martínez, coreografía y dirección escénica. Iñaki Cobos, escenografía y vestuario. Ramus Rembel, iluminación. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Kaspar Mänd, dirección musical. Ballet Nacional de Estonia. Linnar Looris, director. Con Joel Calstar-Fisher, Ami Morita, Finn Adams, Akane Ichii, Antonio Gallo, Francesco Piccinin y Karina Laura Leskin. Teatro de la Maestranza, jueves 9 de enero de 2025


El Teatro de la Maestranza cumple estos días su tradicional cita con el ballet clásico acompañado de música en directo desde el foso. Lo hace poniendo en escena por primera vez en sus más de treinta años El corsario, una de las más inspiradas composiciones para la danza del autor francés Adolphe Adam, junto a su afamada Giselle de entre unos catorce títulos para el género. Supuso además su canto del cisne, pues apenas sobrevivió a su estreno en un par de años. Las transformaciones que sufrió el concepto original de Joseph Mazilier a manos del imprescindible Marius Petipa, han servido como mínimo como referencia sobre la que trabajar nuevas coreografías, como la que en esta ocasión ofrece el ex director de la Compañía Nacional de Danza y hoy flamante director del Ballet de la Ópera de París, José Carlos Martínez. El coreógrafo redujo a hora y media la partitura original de dos horas, convirtiendo en dos actos y un breve epílogo lo que en origen eran tres actos.

Morita, Calstar-Fisher y Gallo
La producción y el elenco pertenecen sin embargo al Ballet Nacional de Estonia, demostrando con esta función que sus efectivos son de la máxima calidad y responden con un altísimo nivel a las más elevadas exigencias de un espectáculo de este calibre. Así, pudimos disfrutar con números de conjunto de una precisión absoluta, perfectamente coordinados con la música y en perfecta sintonía con cada gesto e inflexión de la partitura, como pudimos observar por ejemplo en la enérgica bacanal de los corsarios. La música de Adam incorpora además influencias de la música eslava que se tradujeron en divertidas y alegres coreografías, donde brilló especialmente la energía de Francesco Piccinin como el traidor Birbanto y su compañera, incorporada por Karina Laura Leskin.

También las danzas de las odaliscas tuvieron un especial encanto, con la veterana Nanae Maruyama, una de tantas presencias orientales que asoman en la compañía, a la cabeza. Y muy aplaudida fue la escena del jardín animado, con la plana mayor de las bailarinas luciendo los tradicionales tutús blancos y exhibiendo la versatilidad y la coordinación perfecta aludida. En cuanto a los solitas, todos y todas de excelente factura, se lucieron la pareja romántica protagonista, cumpliendo las reglas básicas del ballet clásico, perfecta forma atlética y muscular de Joel Calstar-Fisher como el pirata Conrad, frente a la delicadeza y extrema delgadez de Ami Morita como Medora, al servicio de una excelsa compostura.

Ichii y Adams

Puro imaginario exótico y sensual tan del gusto de la época, rememorando fielmente la atmósfera de Las mil y una noches, a través de una escenografía obra del también español Iñaki Cobos. Incluso su vestuario nos condujo acertadamente a esas historias orientalistas llenas de magia y sensualidad, puro color y con claras referencias en las telas decorativas a la Alhambra. Un atractivo video nos transportó al naufragio del barco en el que viajan los protagonistas, felices náufragos en el episodio final.

Destacaron también Finn Adams como el malvado mercader Lankedem, efectuando saltos que desafían a la gravedad y acompañando su baile fluido y lleno de naturalidad de una gestualidad perfecta, acorde al personaje. También el esclavo Alí, en la figura de Antonio Gallo, evidenció un nivel extraordinario, convirtiendo en trío el célebre paso a dos que tanta fama reportó a Nureyev y Fonteyn. Completó el tándem principal Akane Ichii como Gulnara, cuyo solo resolvió con absoluta delicadeza y un nivel técnico insuperable.

Joel Calstar-Fisher

Pero lo que da relieve a estos ballets clásicos de principios de año es el trabajo de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en el foso, que nunca defrauda, pero cuyo nivel puede deambular entre lo extraordinario y lo correcto, según quién la dirija. En esta ocasión, las manos maestras y sin embargo aún jóvenes de Kaspar Mänd, vinculado a la Ópera y el Ballet Nacional de Estonia, condujeron a la orquesta por la senda de la excelencia, con un brillo y una robustez sólo equiparables a la energía y al vivacidad que desprendieron todos los maestros y maestras del conjunto hispalense, incluidos espléndidos solos de violín, oboe, flauta y trompeta. Todo un lujo para los sentidos y una ocasión para disfrutar de la belleza en estado puro.

miércoles, 22 de febrero de 2023

CAZORLA Y TOSCANO, PERFECTAMENTE COMBINADOS

Alternativas de cámara en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Cristina Cazorla, baile; Álvaro Toscano, guitarra. Programa: Recuerdos de la Alhambra, Capricho árabe y Rosita, de Francisco Tárrega; Españoleta y Canarios, de Gaspar Sanz; Bolero, de Julián Arcas; Malagueña y El Albaicín, de Isaac Albéniz; Innovación y danza, de Joaquín Rodrigo; Ojos vedes, de Manuel Quiroga. Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza, martes 21 de febrero de 2023

Foto: Guillermo Mendo

Prosigue la feliz colaboración de Juventudes Musicales de Sevilla con el Teatro de la Maestranza, encargándose un año más del ciclo de música de cámara centrado en jóvenes valores, como lo son la polifacética bailarina madrileña Cristina Cazorla y el multipremiado guitarrista cordobés Álvaro Toscano. Esta vez se trató de una propuesta diferente y original, combinando la música de cámara, habitual caballo de batalla de la institución hispalense, con la danza. Partiendo del Conservatorio Profesional de Danza Mariemma, un referente de la Escuela Bolera Española en el que se ha licenciado la joven bailarina y coreógrafa, el espectáculo pretende hacer un recorrido lo suficientemente ameno y exhaustivo por la evolución de este baile típicamente español, enraizado en los bailes cortesanos europeos del siglo XVII, combinados con los bailes populares españoles y progresando hacia el flamenco, muchos de cuyos pasos están directamente influidos por esta singular escuela. Una danza que está íntimamente relacionada con el nacionalismo decimonónico, mezclándose con los bailes andaluces y enriqueciéndose con el flamenco. El proyecto, concebido para pequeños espacios, se presentó con éxito en el más amplio de la Sala Manuel García
.

Con todas estas premisas, hay que reconocer el meritorio trabajo de ambos artistas y su entusiasmo tan bien reflejado, aunque su carácter didáctico se vio ensombrecido por el más lúdico de mero entretenimiento, desdibujándose esa evolución y progreso aludidos en favor de una demostración limpia y lúcida del baile de Cazorla sobre una base de clásicos populares imperecederos de la guitarra española, de los que Toscano extrajo todo un arsenal de emociones gracias a su toque inteligente, sensible y delicado. Así, pudimos disfrutar con una interpretación pausada y muy paladeada del imprescindible Recuerdos de la Alhambra, que prosiguió con un Capricho árabe también de Tárrega, de idéntico espíritu limpio y contenido, a la vez que ella se marcaba unos delicados pasos ataviada con reminiscencias goyescas. Tras una más rítmica Rosita del compositor levantino, hubo un brusco paso atrás en el tiempo con una muy contenida Españoleta seguida de unos idiomáticos y estupendamente articulados Canarios de Gaspar Sanz que la joven acompañó primorosamente a las castañuelas, con saltos, vueltas y complicados trabajos de pie de un gran barroquismo, perfectamente reconocibles para quienes estamos familiarizados con las sevillanas boleras.

Foto: Tomás Payés

El ritmo estuvo también muy presente en el Bolero del tardorromántico Julián Arcas. Pero donde el arte de Toscano brilló con más intensidad fue en una muy meditada Innovación y Danza de Joaquín Rodrigo, que el joven guitarrista saboreó hasta sus últimas consecuencias, y que sirvió de puente a una selección de Albéniz de la que se ofrecieron sus transcripciones para guitarra, alegando a nuestro juicio equivocadamente, que el compositor catalán las habría concebido para el instrumento español en lugar del piano con el que se convirtieron en las páginas más celebradas y universales del instrumento de nuestro país. Ciertamente Toscano supo indagar en la sensibilidad de la Malagueña de España: Seis hojas de álbum, y la enorme expresividad y el notable misterio de El Albaicín de la Suite Iberia, acompañado por el baile perfectamente acompasado de Cazorla, que empleó en ello unas considerables dosis de gracia y elegancia, añadidas a la complejidad del baile y el enriquecimiento a las castañuelas. La copla protagonizó el último bloque de la función, con Ojos verdes de Manuel Quiroga y, fuera de programa, La zarzamora, también del compositor gallego, que sirvió como emocionado recuerdo a aquella Lola Flores que lo integró en su mítico espectáculo Zambra, justo cuando se cumple el centenario de su nacimiento. El compromiso de estos dos artistas perfectamente compenetrados se completó con las meritorias improvisaciones que regalaron al entusiasmado público como segunda propina.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 2 de octubre de 2022

ALICIA ALONSO, HOMENAJEADA Y RECREADA

Mayda Bustamante, dirección general. Orlando Salgado, dirección artística. Liuba Cid, dirección de escena. Dania González, maestra, regidora y asistente de dirección. Rhazil Izaguirre, iluminación. Carlos González, sonido. Con Anett Delgado, Dani Hernández, Sadaise Arencibia, Ányelo Montero, Elizabeth Formento, Tomás Giugovaz, Eva Nazareth y Javier Monier. Teatro de la Maestranza, jueves 22 de septiembre de 2022


Tras un mes entero dedicado a la Bienal que ayer mismo puso fin en los recuperados hangares del puerto de Sevilla, y con el primer concierto de temporada de la Sinfónica como anticipo, el Teatro de la Maestranza por fin inauguró su nueva temporada de manera oficial con un espectáculo dedicado a glosar la figura, el arte y el talento de Alicia Alonso. Un evento concebido muy poco después de que la homenajeada falleciera en octubre de 2019, pero que la pandemia malogró hasta que por fin anoche fue recuperado con lleno prácticamente absoluto del coliseo sevillano.

La danza del siglo XX no se entiende sin la aportación fundamental de esta diva, y mucho menos la historia del prestigioso Ballet Nacional de Cuba, derivado del Ballet de Cuba que ella mismo fundó a partir de su propia compañía de danza, después de una exitosa carrera en teatros de todo el mundo y muy especialmente norteamericanos. Una producción sencilla y eficaz para recorrer su vida artística, apoyada en titulares muy precisos que ayudaron a comprender la importancia de cada número coreográfico elegido y su participación en la evolución artística de esta mítica bailarina. La iluminación también eficaz, sin grandes alardes ni pretensiones, encaminada tan solo a potenciar el relieve y la claridad de los pasos de baile y no enturbiar los fondos digitales que recreaban los distintos espacios dedicados a cada uno de los títulos exhibidos, así como un vestuario dentro absolutamente del protocolo y la costumbre, clásico y tradicional. Todo eso contribuyó a generar un espectáculo solemne y agradecido, quizás algo falto de la pompa que este tipo de encuentros merece y desde luego harto previsible y por momentos incluso monótono. Pero lo más destacado fue la presencia de ocho grandes figuras sobre el escenario. Esto es lo que hizo del espectáculo uno irrepetible y singular, contar con tantas primeras y primeros bailarines deleitando con sus mejores recursos al numeroso público ávido de danza que honró a la mítica figura.

Echamos en falta sin embargo para redondear la propuesta la participación de la orquesta en el foso. Hubiera sido una ocasión única para que nuestra versátil Sinfónica nos hubiese regalado una selección tan magnífica de los más celebrados ballets clásicos, y desde luego su participación hubiera arropado mejor a los y las bailarinas, además de creado una atmósfera más acorde al propósito perseguido. Por descontado que esto hubiese exigido no ya un mayor coste de producción sino un aumento de jornadas de ensayo, pero nos hubiera evitado el distinto color de las grabaciones escogidas, algunas paupérrimas seguramente debido a la escasez de las que existen cuando, por ejemplo, de un La fille mal gardée del alemán Peter Ludwig Hertel se trata.

La herencia de Alonso: Ocho ases sobre el escenario

Concebido como un acto de amor y respeto por quien fue su última pareja artística, Orlando Salgado, ex primer bailarín del ballet Nacional de Cuba, la gran baza del homenaje estuvo en la calidad técnica y expresiva de sus ocho protagonistas, que en parejas fueron recreando las coreografías y los pasos seguidos por la genial danzante. Cuatro primeros bailarines y bailarinas del más prestigioso conjunto de danza latinoamericano, y otras cuatro grandes figuras internacionales invitadas al efecto, hicieron las delicias de un público que tuvo oportunidad de reencontrarse con los grandes puntales del género. La delicadeza y fragilidad de Anett Delgado se encontró con la fuerza hercúlea de Dani Hernández en un emocionante paso a dos según las notas del apasionado adagio de Khachaturian para Espartaco. Tras este sensacional arranque las raíces de Alonso (sus padres eran españoles) se dejaron entrever en la particular versión de Carmen que para ella coreografió su cuñado Alberto Alonso, con la música de Bizet convenientemente adaptada para la ocasión. Quizás hubiera sido preferible una mayor dosis de soberbia y erotismo en la recreación de Sadaise Arencibia, mientras Ányelo Montero rubricó su participación con una extraña pero fascinante mezcla de danza clásica y contemporánea que nos transportó a los años en que Alonso aprendió en Nueva York de la mano de Agnes de Mille ballet y teatro musical.


Los cisnes de Chaikovski aparecieron varias veces, siempre en paso a dos o en solitario, con el número que ideó otro de sus maestros en el American Ballet Theatre, Michael Fokine, La muerte del cisne, que aunque basada en El cisne del Carnaval de los animales de Saint-Saëns, tuvo relación directa con el drama del compositor ruso, y donde Arencibia exhibió unos elegantes y sofisticados movimientos de brazos. Elizabeth Formento convenció como cisne blanco (Odette) en el adagio del segundo acto según Lev Ivanov, con la complicidad de un atlético Tomás Giugovaz, y como cisne negro (Odile) en versión Petipa tamizada por la propia Alonso al final de la velada y con el mismo parteneire, antes de que al ritmo de la música de Chaikovski todos y todas las artistas hicieran un último y sentido saludo bajo la mirada atenta y maternal de una Alicia Alonso bajo una sentimental lluvia de pétalos de rosa. Antes, los aires pastorales de esa Joven mal cuidada que tanta fama dio a la hispanocubana se dejaron disfrutar de la mano de unos joviales y muy expresivos Delgado y Hernández, hasta que la pasión roja española se exhibió de nuevo con Don Quijote de Minkus, con unos enérgicos Eva Nazareth y Javier Monier generando figuras a menudo imposibles.

Giselle y La bella durmiente abrieron la segunda parte. Dos ballets muy significativos para la homenajeada, ya que con su sustitución de Alicia Markova en el título de Adam logró su pasaporte a la fama en 1943, mientras el cuento musicalizado por Chaikovski le permitió bailar con solo once años un espléndido vals en el Antiguo Auditorio de La Habana. De nuevo Delgado y Hernández rubricaron una actuación llena de finura y elegancia en el primer título, y Arencibia y Montero otra más enérgica y apasionada en La bella durmiente, proeza que repitieron Nazareth y Monier en una espléndida y acrobática Coppelia de Delibes. Todo un despliegue de talento y creatividad en un espectáculo en el que quizás echamos también en falta algunos apuntes biográficos que contribuyeran aún más a comprender la importancia de Alonso en el arte del siglo XX en general.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 13 de enero de 2022

AALTO BALLETT ESSEN Y SU LAGO DE ENSUEÑO

Ballet El lago de los cisnes de Piotr Ilich Chaikovski. Aalto Ballett Essen. Ben van Cauenbergh, dirección general y coreografía. Dorin Gal, escenografía y vestuario. Berndt Hagemeyer, iluminación. Valeria Lampadova, video-creación. Wolfram-Maria Märtig, dirección musical. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Intérpretes: Mika Yoneyama, Artem Sorochan, Wataru Shimizu, Moisés León Noriega, Yulia Tsoi, Harry Simmons. Teatro de la Maestranza, miércoles 12 de enero de 2022


La memoria juega malas pasadas y cuando creíamos que El lago de los cisnes se había representado ya demasiadas veces en nuestro teatro, nos damos cuenta de que la última vez fue hace ya nueve años, así que tocaba. Fue entonces una producción del ballet de Kiev realmente decepcionante, en la que no funcionó prácticamente nada, ni siquiera a nivel musical. Por el contrario el prestigioso Ballet del Teatro Aalto de la ciudad alemana de Essen nos encandiló hace seis con su particular y despampanante Romeo y Julieta, por lo que las expectativas ahora eran grandes. Y se cumplieron, gracias al arrojo y el entusiasmo que el coreógrafo belga y director general de la compañía desde hace más de una década, Ben van Cauenbergh, pone en cada empresa que acomete. Esta se estrenó con considerable éxito en 2018 y llega ahora a nuestro escenario con parte del mismo elenco y el mismo entusiasmo demostrado entonces.

La producción de Cauenbergh y el Ballet Aalto de Essen respeta el orden musical de la pieza, su estructura original en cuatro actos y la coreografía de Petipa e Ivanov, que es la que más ha sobrevivido de todas las propuestas a lo largo de los años, a pesar de mostrarse algo desgastada y un poco mustia pero convenientemente puesta al día por el talento y la pericia del director belga. Sin embargo atisba el ingenio de modificar sustancialmente su argumento para hacerlo más creíble, ofrecer un final feliz en el que el rol femenino no tenga que sacrificarse por amor, y prescindir de la escena de caza inicial, desconozco si con intenciones animalistas o no, pero lo cierto es que así es como se actualiza un espectáculo sin traicionar sus cimentos. El sueño profundo en el que cae rendido el príncipe logra encajar estos cambios radicales sin que la partitura ni el baile se resientan. Una meticulosa puesta en escena, cambios de decorado amenizados con sugerentes y poéticas proyecciones en video sobre el telón, espectaculares cambios de vestuario y ambiente según la realidad y el sueño, y un sensacional cuadro final protagonizado por una tela azul elegantemente desplegada por el bailarín Moisés León y convertida en las aguas que zozobran y engullen al enamorado príncipe antes de despertar, hacen de esta una producción memorable y satisfactoria a todos los niveles.

Liam Blair fue el primer Sigfrido de este montaje
Resulta sorprendente cómo esta compañía alemana, al contrario que otras igualmente prestigiosas, confía sus papeles principales a bailarines y bailarinas de todas las nacionalidades, demostrando un aperturismo y una apuesta por la diversidad digna de toda admiración. La japonesa Mika Yoeneyama, que prácticamente se inició en la compañía estrenando este papel en 2018, evoca dulzura y fragilidad mientras se comporta como Odette, mientras que cuando incorpora a Odile, su otro personaje o quizás su otra personalidad - ¡qué bien estaría una versión en la que la heroína sufriera trastorno de personalidad y arrastrara al príncipe a la locura! -, desarrolla siempre desde la compostura y el matiz una personalidad perversa y manipuladora. Un dechado de encanto y flexibilidad que solo se explica con trabajo duro solo apto para personas paradójicamente muy fuertes. Y fuerte y corpulento es el ruso Artem Sorochan, lo que quizás mermó su ligereza y flexibilidad, no obstante exhibir fuertes dotes para la acrobacia no exenta de elegancia. Más limpio y ágil resultó el también japonés Wataru Shimizu como su amigo Benno (fue Mercucio en Romeo y Julieta), que literalmente fue capaz de volar sobre el escenario, su pequeño tamaño ayuda. También en el elenco repitió respecto a aquel excelente título shakesperiano el cubano Moisés León Noriega dando vida a Rothbart o Barbarroja, el pérfido de la función luciendo una extraordinaria capa cuyo plumaje se mecía de manera hipnótica al son de sus sinuosos movimientos. Hubo lugar para el lucimiento de prácticamente todo el elenco, especialmente en los pasos a dos que amenizan el baile del tercer acto, si ben apreciamos algún traspiés en la célebre danza de los cisnes del segundo acto, nada que no se corrigiera inmediatamente.

Aunque al principio nos pareció que la dirección del joven Wolfram-Maria Märtig resultaba algo morosa, enseguida apreciamos la robustez y la agilidad de su cometido, ofreciendo junto a la excelente participación de la Sinfónica un Lago de los cisnes así mismo de ensueño. La bellísima y variadísima partitura de Chaikovski sonó espléndida y esplendorosa, con rendimientos impecables de todas las familias instrumentales, y solos sensacionales de la concertino Alexa Farré, que en la Danza rusa se adaptó con gusto y agilidad al estilo zíngaro del número y en el paso a dos del segundo acto exhibió junto a la arpista Daniela Iolkicheva un dúo henchido de lirismo poético. También lucieron espléndidos los solos de trompeta en la Danza napolitana y de oboe en el famoso tema principal. Es un auténtico lujo poder contar con una orquesta en tan magníficas condiciones en el foso, una todo terreno que cumple tanto en sus conciertos como en sus intervenciones escénicas y que es capaz de enfrentarse al apoteósico final de este emblemático título con tanta fuerza, empuje y decisión.

miércoles, 20 de enero de 2021

GUGURUMBÉ: MÁS FUSIÓN QUE MESTIZAJE

Gugurumbé: Las raíces negras. Fahmi Alqhai, dirección musical, viola da gamba, arreglos y adaptaciones. Antonio Ruz, dirección de escena y coreografía. Rocío Márquez, cantaora. Nuria Rial, soprano. Mónica Iglesias, baile flamenco. Ellavled Alcano, danza contemporánea. Dani de Morón, guitarra flamenca. Accademia del Piacere: Rami Alqhai y Johanna Rose, violas da gamba; Carles Blanch, guitarra barroca; Javier Núñez, clave; Agustín Diassera, percusión. Teatro de la Maestranza, martes 19 de enero de 2021 

Son muchos los proyectos que debido al covid-19 han visto frustradas, o al menos rebajadas, sus ilusiones. El de Fahmi Alqhai y Accademia del Piacere debió nacer en Pamplona en pleno confinamiento del pasado año, por eso cedió el privilegio de su estreno al Festival de Música y Danza de Granada, en cuyo Generalife logró convencer a público y cierto sector de la crítica obnubilada por un acabado tan aseado como manifiestamente virtuoso. Alqhai parece con muchos de sus proyectos seguir los pasos de tan inevitable referente como el maestro Jordi Savall, quien hace ya un lustro presentaba en Francia un espectáculo parecido pero más ambicioso y mestizo, aunque igualmente irregular en sus postulados, en el que analizaba esos caminos de ida y vuelta entre la esclavitud proveniente de África con destino a América y escala en Europa, donde sus temas y ritmos se mezclaron con músicas y bailes autóctonos a los que enriquecieron y dieron señas de identidad. Ambas propuestas parten de la misma raíz, ese Gugurumbé del título recogido en la ensalada La Negrina que dio lugar a uno de los varios momentos efusivos que marcaron la función. Lo de Savall se grabó en CD y DVD bajo el título Las rutas de la esclavitud; lo de Alqhai hemos podido verlo en un Maestranza agobiado por los continuos cambios de hora y condiciones, esta vez en una intempestiva sobremesa, solución que por supuesto aplaudimos frente a cualquier tipo de cancelación. 

Fusión de música y danza 

Gugurumbé
fija su atención en las raíces del flamenco, una incógnita que ha fascinado a multitud de intelectuales, musicólogos y teóricas, pero que solo con la ayuda inestimable de quienes se dedican a este arte que es en sí mismo un universo, fundamentalmente de etnia gitana, podríamos llegar a alguna conclusión relevante. Lo que nos proponen Alqhai y Accademia del Piacere en lo musical y el coreógrafo Antonio Ruz en el baile se queda en un mero entretenimiento, colorista y discretamente sensual en el que todo resulta previsible y frecuentado. Por descontado que todos y todas las integrantes del espectáculo tienen talento de sobra y ofrecen sus mejores aptitudes, pero como concepto se queda en un discreto ámbito de complacencia. 

En el apartado musical se alternan piezas barrocas de Gaspar Fernández, Santiago de Murcia o el Códice Trujillo del Perú con composiciones más recientes de autores como Pablo Camacaro o Xavier Montsalvatge, cuya célebre Canción de cuna para dormir a un negrito se convierte en objeto de un emotivo fraseo en manos de la viola da gamba del creador de la Accademia, antes de someterse a una hermosa interpretación de Nuria Rial, quien curiosamente interviene en una recién editada regrabación de la banda sonora de Bernard Herrmann para la película Noche sin fin de la mano del también compositor de música de cine Fernando Velázquez. El flamenco surge de la guitarra del virtuoso Dani de Morón como prolongación de las interpretaciones de la Accademia, más o menos rigurosas según la pieza, destacando Johanna Rose a la viola da gamba, Rami Alqhai ejerciendo puntualmente de bajo con el mismo instrumento, Carles Blanch a la guitarra barroca y sobre todo Javier Núñez, tan preciso y evocador al clavicémbalo. También Agustín Diassera mantiene un consistente trabajo a la percusión. 

La colaboración de la cantaora Rocío Márquez con la Accademia del Piacere viene de lejos. De hecho en una reciente película de Gonzalo García Pelayo, titulada Nueve Sevillas, se recogen ensayos de la artista con el conjunto a propósito de la Bienal de Flamenco de 2018, y uno se pregunta si no hubiese sido la edición de 2020 un buen escenario donde estrenar Gugurumbé en Sevilla, dado el énfasis en demostrar las raíces negras de la siempre vergonzosa esclavitud en el flamenco, con soluciones plásticamente bellas pero del todo punto forzadas e impostadas. Quizás la voz de Márquez, capaz de asombrosas ornamentaciones, haya obligado a exhibir el espectáculo con amplificación, lo que rebaja el relieve del sonido y da al conjunto un aspecto más artificial. Eso lógicamente no afectó al baile, escrupulosamente concebido para no resultar estridente ni demasiado temperamental. A los elegantes pasos de flamenco de Mónica Iglesias se sumaron las danzas tribales y movimientos espasmódicos de Ellavled Alcano, que para dejar clara la identidad inocente y virginal del o la negrita, viste ropas blancas de niña, como Iglesias viste el color albero que la identifica con nuestra tierra, Márquez por supuesto luce el rojo intenso de la pasión, y Rial el más sobrio azul, quizás el mar que atravesaron los sacrificados esclavos del continente más castigado de la Tierra. Puede que éstas fueran las líneas que inspiraron el vestuario de Gloria Trenado, lo que no sabemos es lo que inspiraría la tenue iluminación de Olga García, y si las danzas a cuatro de las aguerridas protagonistas de una función cuyo discurso dramático queda bastante disperso por no decir perdido, podrían haber inspirado una manifestación de igualdad y libertad de esa mujer personificada en los habituales arquetipos lorquianos que tanto juego han dado al teatro andaluz.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

martes, 22 de diciembre de 2020

FELLINI EN ZAPATILLAS DE BAILE ANÓNIMAS

Balletto di Siena. Fellini, la dolce vita di Federico. Marco Batti, dirección y coreografía. Jasha Atelier, vestuario. Claudia Tabbi, iluminación. Teatro de la Maestranza, lunes 21 de diciembre de 2020 

Nino Rota
, uno de los más grandes compositores de cine italianos del pasado siglo, admirado e imitado hasta la saciedad, compuso en 1966 el ballet La Strada, a partir de material de su propia banda sonora para el film homónimo de Fellini y otras piezas originales y adaptadas de sus célebres bandas sonoras para las películas del director de Rímini. Hasta catorce películas, y los episodios Las tentaciones del doctor Antonio de Boccaccio’70 y Toby Dammit de Historias extraordinarias, integran la colaboración entre el músico y el director, una de las más prolíficas y celebradas de la historia del cine. El ballet La Strada conoció una suite de concierto que es lo que más se divulga, con versiones en el mercado de Riccardo Muti, Josep Pons y Yannick Nézet-Séguin entre otros. Hasta 1978, un año antes de fallecer, Rota sometió el ballet completo a numerosas modificaciones, pero no ha sido éste lo que la compañía de danza que nos ha visitado este lunes 21 de diciembre ha utilizado para poner en pie su particular homenaje a Fellini en el año de su centenario. Tienen sin embargo el atrevimiento de asegurar que por primera vez las desventuras de Zampanò y Gelsomina, que en la pantalla tuvieron el rostro de Anthony Quinn y Giulietta Massina, se han convertido en ballet, obviando la pieza directamente concebida por el compositor para esa disciplina. 

En su lugar se ha optado por una sucesión de grandes éxitos de Nino Rota, entre los que se han colado El padrino 1ª y 2ª partes y Romeo y Julieta, sin duda tres de sus composiciones más célebres pero que nada tienen que ver con el universo felliniano. Sí lo hacen por el contrario El jeque blanco, Los inútiles, La dolce vita, Boccaccio’70, Ocho y medio, Los clowns, Amarcord y El Casanova, que tuvieron su protagonismo en este espectáculo que recorre en sketches su filmografía sin seguir un guion concreto y definible. Todo apunta a que el director va imaginando y creando los personajes y situaciones que caracterizan estas obras maestras del cine, aunque en algunos casos no existe relación entre la música y los episodios recreados, especialmente cuando lo que escuchamos es El padrino o Romeo y Julieta. No solo es música de Rota lo que suena; la música de Nicola Piovani, que sustituyó al autor de Guerra y paz cuando falleció, componiendo las bandas sonoras de La voz de la luna, Ginger y Fred y La entrevista, también tiene un par de intervenciones, así como una hermosa pieza de Max Richter que sirve para envolver uno de los momentos más mágicos de la función, el paso a dos entre Fellini y su creación, un Zampanò que nos recuerda al joven Prometeo. Las versiones que escuchamos enlatadas se han extraído tanto de sus bandas sonoras originales como de las suites de concierto preparadas por Carlo Savina, y otros arreglos menos ortodoxos. 

El homenaje a Fellini que propone esta compañía italiana parece una función de saldo, sin apenas escenografía, que podría haberse resuelto con elementos característicos del cine de Fellini, 
aunque solo fueran en proyecciones, como el barco de Amarcord, la cabeza gigante de El Casanova o la Fontana di Trevi de La dolce vita, aquí recreada con una sábana agitada al viento. Por su parte el vestuario rememora algunos atuendos clásicos del imaginario felliniano, como el traje escotado de Anita Ekberg en La dolce vita, el abrigo rojo con pieles que viste Gradisca en Amarcord, o el smoking de Mastroianni. Pero es en el baile donde este tributo cobra mayor relieve e importancia, ya que el joven Balletto di Siena, que como cualquier otra compañía comprometida alterna este espectáculo con otros como Grande Suite Classique Verdiana y clásicos como El lago de los cisnes y El cascanueces, exhibe una técnica y una disciplina ejemplar que hace de la función un espectáculo notable y muy disfrutable. Acrobacias, piruetas gimnásticas, coordinación, fuerza, estilo y belleza son algunos de los apelativos que merecen los jóvenes bailarines y bailarinas que llenan con su esfuerzo y compromiso el escenario, destacando la gracia y agilidad del encargado de recrear el espectáculo circense de Los clowns, o el extremadamente flexible joven que da vida al fortachón Zampanò, así como la bellísima Anita y por supuesto el estilizado Fellini que sirve de motor a toda la función. Lástima que todos y todas permanezcan en el anonimato, ya que ni la compañía ni el teatro han tenido la gentileza de facilitar los nombres del elenco, lo que nos parece una falta de respeto total y absoluta a unos artistas que merecen al menos el seguimiento de la afición. Echamos de menos un mayor entusiasmo por parte del público, que solo aplaudió tras la celebérrima Passarella di addio de Ocho y medio, y al final, cuando entre temas musicales había oportunidad de hacerlo sin romper la unidad del espectáculo, y vaya si los y las solistas lo merecían. Al final, el emotivo final de La Strada proyectado en unas sábanas ponen el broche de oro a esta celebración de la danza y de un cineasta irrepetible.