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lunes, 2 de febrero de 2026

LES ARTS PRESENTA UN ONEGUIN TRÁGICO PERO DONJUANESCO

Eugenio Oneguin. Escenas líricas en tres actos de Piotr Ilich Chaikovski. Libreto de Konstatin Shilovski y Piotr Ilich Chaikovski, según la novela de Alexánder Pushkin. Timur Zangiev, dirección musical. Laurent Pelly, dirección escénica. Massimo Troncanetti, escenografía. Laurent Pelly y Jean-Jacques Delmotte, vestuario. Marco Giusti, iluminación. Lionel Hoche, coreografía. Con Corinne Winters, Mattia Olivieri, Dmitry Korchak, Ksenia Dudnikova, Alison Kattlewell, Margarita Nekrasova, Giorgi Manoshvili, Mark Milhofer, Xavier Galán, Agshin Khudaverdiyev y Filipp Modestov. Coro de la Generalitat Valenciana (Jordi Blanch Tordera, director). Orquesta de la Generalitat Valenciana. Coproducción de La Monnaie/De Munt de Bruselas y la Royal Danish Opera de Copenhague. Les Arts de Valencia, domingo 1 de febrero de 2026


Largamente ausente de la escena sevillana, nos acercamos a Valencia para disfrutar con uno de los títulos que nos descubrieron la música clásica siendo apenas un niño, cuando escuchaba la Polonesa de Eugene Oneguin en un disco de Stokowski que tenía mi padre. La producción que se ha podido ver en cinco funciones en Les Arts hasta ayer mismo, corrió a cargo de Laurente Pelly, bien conocido del público maestrante gracias a dos títulos de Donizetti, La hija del regimiento y Don Pasquale, y que en un par de semanas estrenará en nuestra ciudad El sueño de una noche de verano, de Britten. Pero ahí no acaban las coincidencias, pues Mark Milhofer, el tenor británico que da vida a Triquet en esta producción de La Monnaie y Danish Opera, interpretó a Peter Pears en el evento lírico presentado por Rafael Villalobos el pasado miércoles en el Espacio Turina, simultaneando este trabajo con su breve aportación al título de Chaikovski.


El autor sintetizó en apenas tres episodios de la novela de Pushkin toda la esencia de la misma, sin dejarse atrás apenas detalles argumentales ni traicionar su espíritu ni literatura. El resultado fue un fascinante retrato, entre melancólico y perturbador, de un dandy sin horizonte ni ilusión en la vida, un perfecto perezoso incapaz de acometer empresa sentimental ni profesional alguna, anclado en el dolce far niente como filosofía de vida y desprecio hacia la de los demás. Esto no es óbice para sentir una profunda y gozosa amistad hacia su vecino Lenski, y ser capaz de albergar sentimientos nobles y sinceros hacia la mujer a la que desprecia por no traicionar los principios aludidos. No es por lo tanto el Don Juan que nos pareció apreciar en esta concepción de Pelly. Recuperamos unos días antes el film que protagonizó Ralph Fiennes a las órdenes de su hermana Marthe en 1998, donde sí se aprecia ese carácter apático y desilusionado del personaje. Por cierto, una adaptación muy fiel y recomendable de este clásico de la literatura rusa, que se benefició de una puesta en escena preciosista que potenciaba la carga melancólica del original.  

Del director de escena francés destacamos sin embargo su habilidad para mover personajes por una escena concebida a partir de una enorme economía de medios, a la vez que dinámica y hábil para lograr la agilidad dramática que persigue. Una de las más populares y logradas óperas de Chaikovski, junto a La dama de picas e Iolanta, se benefició así del talento de este director para crear espacios minimalistas pero muy elocuentes.

La plataforma elevada y giratoria en la que se desarrollan los dos primeros actos, con un ala elevadiza que proporciona cierto aspecto conceptual, entre represivo y carcelario, de los sentimientos en liza, sirve de escenario en el que las dos parejas protagonistas luchan por sus propósitos, mientras el pueblo danza según la sencilla coreografía diseñada para que los y las integrantes del coro luzcan sus aptitudes para la danza. Especialmente inspirada fue la escena en la que tras escribir su declaración de amor, a Tatiana se le aparece Oneguin conforme la plataforma vuelve a su posición de origen.

Un fondo nocturno y nublado, y una acertada iluminación destinada a destacar el drama y la intervención de cada personaje, logran un acertado trabajo teatral, sólo lastrado por la dificultad apreciada en las voces cuando se alejaban hacia el profundo y desafiante interior de la propuesta. Con todo, echamos de menos ese tono entre melancólico y patético que ha acompañado a otras adaptaciones de la ópera. El colorista vestuario, especialmente destacado en el tercer y sofisticado acto, nos lleva a principios del siglo XX, haciendo que episodios como el del duelo resulten anacrónicos.


La soprano estadounidense Corinne Winters cumplió con corrección el cometido de incorporar a Tatiana, auténtica protagonista de la función, ejemplo de mujer determinada y decidida, fuerte en sus convicciones e irreductible en lo moral. Su escena de la carta, auténtica piedra angular de la ópera, la resolvió con sensibilidad y capacidad reflexiva, tan dúctil y flexible en lo vocal como sentimental en lo meramente expresivo. Formado entre otros espacios en el programa de perfeccionamiento del propio Les Arts, el barítono Mattia Olivieri supo plegarse a las directrices escénicas, demostrando un gran potencial, excelente proyección y voz bien timbrada. Lástima que, al contrario que algunos de sus compañeros de reparto, no tenga un aria destacada en toda la función.

Sí la tiene Lenski, que en la voz y la interpretación de Dmitry Korchak encontró un medio perfecto, especialmente apreciable en su aria del segundo acto, la preciosa Kuda, kuda, vi udalilis, que entonó con buen gusto y sobrada sensibilidad. También Mark Milhofer, innecesaria y grotescamente caracterizado, defendió con gracia y ahínco el Couplet de Triquet. Destacó sobremanera la voz potente y poderosa del bajo georgiano Giorgi Manoshvili como Príncipe Gremin, que lució sus aptitudes en el tercer acto. Por su parte, a Alison Kettlewell costó oírla en más de una ocasión, en parte por la profundidad de campo, en parte por la dirección orquestal, poco cuidadosa en estos menesteres, y sobre todo por posible pérdida de facultades.


Mejor resultó, aunque siempre desde una desmedida sobreactuación destinada a acentuar el carácter alegre y optimista de Olga, la aportación en lo musical de Ksenia Dudnikova, así como las dilatadas intervenciones de la veterana Margarita Nekrasova, correcta en lo vocal, esforzada en lo dramático. La dirección de Timur Zangiev, especializado en un título que ha dirigido en innumerables ocasiones, resultó algo más tosca de lo deseable, como buscando siempre el forte, sin detenerse en las delicadezas de una partitura generosa en ellas. Pero la orquesta respondió como siempre, con una impecable técnica y un sonido compacto al que quizás una mejor acústica hubiera añadido el complemento aterciopelado que echamos en falta. Quedamos muy satisfechos con la aludida y entrañable Polonesa con la que arranca el tercer acto, y con el trabajo extraordinario del coro, bailes incluidos.

Últimas tres fotografías: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce (Les Arts)

jueves, 13 de febrero de 2025

TRIFONOV VUELA EN PRIMERA CLASE

Gran Selección. Daniil Trifonov, piano. Programa: Sonata en do sostenido menor Op. post. 80; Selección de valses, de Chopin; Sonata en mi bemol menor Op. 26, de Barber; Suite de La bella durmiente, de Chaikovski (arr. Pletnev). Teatro de la Maestranza; miércoles 12 de febrero de 2025


Igual que aquel eslogan de unos grandes almacenes que anunciaba la semana de oro, Sevilla se enfrenta ésta a un carrusel de vértigo, que arrancó el martes con la excelente producción que ofreció el Maestranza de Ifigenia en Táuride, siguió ayer con un sensacional recital de uno de los pianistas más relevantes del panorama actual, seguirá el viernes nada más y nada menos que con Anna Netrebko, y culminará en el Espacio Turina el próximo sábado con William Christie y Les Arts Florissants.

Tras el buen sabor de boca que nos dejó la ópera de Gluck, el concierto de Dariil Trifonov no fue menos. Se trata de uno de esos artistas cuyo trabajo hipnotiza y atrapa hasta que no puedes dejar de prestarle atención y paladear junto a él cada nota, cada inflexión, matiz y gesto que sea capaz de arrancarle al teclado. Sin partitura, desglosó el programa que viene presentando en varias plazas españolas e italianas, y con el que encandiló al público del Carnegie Hall el pasado mes de octubre. Sólo Rachmaninov y sus Variaciones Corelli sustituyeron entonces al Barber que presentó aquí.

Uno de los atractivos de este concierto fue precisamente el programa diseñado, con obras poco frecuentadas a pesar de tener más de un punto de interés. La sonata póstuma Op. 80 de Chaikovski es una obra de juventud que tan poco agradó a su autor que no permitió que se publicase en vida. Se trata sin embargo de una pieza plagada de atractivos que el joven pianista descubrió en una interpretación para el recuerdo, capaz de eclipsar a cuantos grandes intérpretes se han prestado a iluminarla.

Trifonov se hizo eco de principio a fin del influjo trágico de Schumann sobre la partitura, desde un allegro inicial plagado de bellas melodías encadenadas de forma tan sutil como elegante, hasta un fogoso allegro vivo final en el que afloró una agresividad controlada, un desarrollo vigoroso y una conclusión excitante. Antes, inundó de tristeza y pesadumbre el andante y jugó con los colores y ritmos del scherzo. No cabe duda de que se trata de un intérprete de primera clase cuyos dedos vuelan sobre el teclado.


El pianista más delicado hizo aparición con una cuidada selección de valses de Chopin que arrancó ligera pero no de forma intranscendental con uno de sus seis valses póstumos, para continuar con un marcado estilo apolíneo en el vals Op. 70 nº 2, prestando especial atención a los contrastes y al control de dinámicas. La elegancia protagonizó el Op. 64 nº 3, a pesar de unos acentos muy marcados, y el virtuosismo extremo en el nº 1, tan acelerado que prácticamente cumplió su hipotética duración de un minuto. Un muy introspectivo e intimista vals op. 34 nª 2 en la menor dio paso al efusivo y rabioso vals póstumo con el que acabó la primera parte del recital.

Con otra de las obras a las que estamos poco acostumbrados, la Sonata Op. 26 de Samuel Barber, arrancó la segunda parte. Obra de muy difícil ejecución, considerada todo un hito del pianismo estadounidense y del siglo XX en general, que coquetea con la tradición romántica europea, el dodecafonismo y las técnicas vanguardistas imperantes en la época, de la que Trifonov extrajo una sucesión de emociones que culminaron en un adagio sumido en la tristeza más profunda. La trepidante fuga con la que finaliza la sonata contó con el toque swing que le caracteriza y que encaja con los compositores que encargaron la pieza, Irving Berlin y Richard Rodgers.

Para terminar, y antes de una triada de propinas, alguna puede que de su propia cosecha, las otras de los autores convocados, el pianista ofreció la transcripción que Mikhail Pletnev, todo un especialista en la gramática chaicosquiana, realizó de varios de los números del ballet La bella durmiente. Trifonov desgranó todos sus episodios con atención al detalle y la expresión, y especial énfasis en el apoteósico final, tocado con la misma transparencia y agilidad que destiló durante todo un concierto cuya asistencia fue sin duda un enorme privilegio para la melomanía.

Fotos. Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 2 de octubre de 2023

LA DAMA DE PICAS EN LES ARTS, UNA COMBINACIÓN GANADORA

Pikovaia dama. Música de Piotr Ilich Chaikovski. Libreto de Modest Chaikovski, según el cuento de Aleksandr Pushkin. James Gaffigan, dirección musical. Richard Jones, dirección escénica (reposición de Benjamin Davis). John Macfarlane, escenografía y vestuario. Jennifer Tipton, iluminación (recreación de Trui Malten). Linda Dobell, coregorafía. Chris Pirie, títeres. Orquesta de la Comunidad Valencia. Coro de la Generalitat Valenciana. Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats. Escola Coral Veus Juntes. Con Arsen Soghomonyan, Elena Guseva, Doris Soffel, Andrei Kymach, Nikolay Zemlianskikh, Elena Maximova, Vasily Efimov, Alejandro Baliñas, Joel Williams, Irakli Pkhaladze, Luzia Tietze, Laura Fleur y Antonio Lozano. Co-producción de Welsh National Opera, Teatro Comunale di Bologna, Den Norske Opera y Canadian Opera Company. Les Arts de Valencia, domingo 1 de octubre de 2023


Los amantes de Chaikovski, y muy especialmente los que vivan al este de la península o puedan permitirse el gasto y el tiempo libre que la empresa requiere, están de enhorabuena. Los dos títulos más emblemáticos de su repertorio operístico, Eugene Oneguin y La dama de picas, al margen de los otros dos que conforman un póker de ases, Mazeppa e Iolanta, se representan de forma casi simultánea a unos trescientos kilómetros de distancia; en Barcelona la primera, en Valencia la que nos ocupa. Para la ocasión, ha vuelto al suntuoso teatro de la ópera levantino, enmarcado en esa ciudad del futuro que corona el antiguo cauce del Turia, el director escénico Richard Jones y su especial pasión por las marionetas, tan presentes en su visión del Ariodante que pudimos ver aquí el pasado año, y de forma también algo más circunstancial en esta aseada y bastante sencilla puesta en escena de La dama de picas.

Dos niveles escénicos protagonizan su propuesta. Por un lado un espacio desnudo, con sólo un lienzo pintado en tonalidades oscuras como fondo, delante del cual se mueven las masas humanas que entran y salen demasiadas veces y siempre con carácter algo mecánico y deshumanizado, dejando puntualmente a los personajes solistas solos o en cuadros de dos, tres, cuatro o más individuos. Y por otro un escenario más limitado dentro del principal, éste sí sometido a unas pautas decorativas convencionales, que mantienen con el polvoriento vestuario de coros y figurantes su aspecto desaliñado y decadente. En él asistimos a los cantos de Lisa, Polina y sus compañeras de lo que parece una residencia, y al posterior asalto de Herman a la habitación de su supuesta amada. También ahí se escenifica la irrupción de Herman en los aposentos de la Condesa para arrebatarle su secreto; y en ese mismo espacio nos dejamos sorprender, y divertir, con un plano cenital resuelto con tanta pericia como imaginación, y en el que un esqueleto deudor del imaginario spielberiano comparte lecho y abrazo con el atormentado protagonista. Finalmente es allí también donde se ejecuta el gran final con tintes cabareteros y un desaforado cuadro de voces y figurantes dando vida a la ceremonia de la muerte con la que acaba este trágico título chaicosquiano.

Soghomonyan y Soffel

Los títeres de Jones resuelven el intermezzo del segundo acto, una trasposición de la historia de amor entre Herman y Lisa, donde el principal obstáculo es el príncipe Ieletski, hasta que un final feliz acaba contrariando a la vengadora Condesa. Un trabajo por lo tanto muy elaborado y extremadamente intencionado, con el que Jones rubrica una puesta en escena quizás no tan satisfactoria para quienes buscan en este título escenografías suntuosas y movimientos escénicos espectaculares. Quizás se nos escape el motivo de ambientar el drama en los años treinta del siglo pasado, en lugar de finales del siglo XVIII, mientras esa distinción entre el aspecto polvoriento de la gente del pueblo, que no mal vestida, y el más impoluto de los ambientes aristocráticos que se abandonan al juego y la intriga, tampoco logramos encajarlo en toda su extensión, más allá de la recurrente opresión que los segundos ejercen siempre sobre los primeros.

Foto: Luis Pascual

Orquesta y voces: Las estrellas del montaje

Pero donde no cabe hacerle ninguna objeción a la producción montada por Les Arts a partir de una escenografía que recorre teatros de todo el mundo desde el año 2000, es en la combinación de voces y el trabajo excepcional de la Orquesta de la Comunidad Valenciana y su director titular, James Gaffigan. El director estadounidense ha sabido plasmar el carácter trágico de una partitura, como tantas otras del autor, presidida por el destino fatal del que somos incapaces de huir, a menudo impulsado inconscientemente por nosotros mismos, como hace el desdichado a la vez que malnacido Herman, al que el tenor armenio Arsen Soghomonyan, con tan sólo cinco años de carrera a sus espaldas, acierta más en darle un rictus romántico que meramente oportunista y ambicioso. La responsabilidad la tiene su voz, de hermosísimo timbre y una modulación plena de sentimiento, con la que sabe contrarrestar su volumen, por debajo de lo deseable. Su aria de declaración de amor del primer acto rebosó sentimiento, mientras la del final de la ópera destacó por su contundente dramatismo. Por el contrario, su amigo Tomski en la voz y el cuerpo de Andrei Kymach, exhibe un torrente vocal considerable, y una presencia física contundente, mereciendo la primera gran ovación de la tarde, tras narrar de forma escalofriante, potenciada por el carácter extremadamente dramático de la dirección de Gaffigan, la historia de la Condesa y sus tres cartas. Con menos volumen, pero también un sedoso timbre y buen gusto al frasear, se mostró Nikolay Zemlianskikh como Príncipe Ieletski, que afrontó su personaje desde la humildad y un espíritu apocado.

Poco lleva también triunfando sobre los escenarios la soprano Elena Guseva, sobrada de proyección y con un volumen tan alto que a veces parecía estridente, quizás debido también a un registro excesivamente metálico. En lo expresivo la suya fue una Elisa tan convincente y esmerada como en lo vocal, sobre todo en su airoso del tercer acto, henchido de emoción y temperamento. Maravillosamente cantó Elena Maximova como Polina, tanto en sus dúos con Lisa, uno de ellos poniendo voz a la marioneta masculina, con una tesitura gruesa y musculada que da a su voz de mezzo unos matices muy atractivos, como en su solo del segundo acto, tan seguro como preciso. Punto y aparte merece la veterana Doris Soffel, que el público de Les Arts pudo disfrutar hace unas temporadas en Elektra, y que mantiene a sus más de setenta años un porte y una flexibilidad en la voz portentosa, sin vibrato ni amaneramientos, precisa y rigurosa, y completamente entregada en cuerpo y voz al emblemático papel que da título a la función.

Doris Soffel en primer término. Foto : Luis Pascual

Pero si hubo algo que destacó por encima de todo lo demás fue la dirección de Gaffigan y el esplendor sin paliativos de la Orquesta de la Comunidad Valenciana. Todo el drama y la energía de la partitura chaicosquiana estuvo servida en bandeja de oro, entendida como un vehículo trágico y desesperado frente al combinado de sentimiento y belleza con que otras batutas la entienden. Y no es que despreciara estos componentes ni les diera el espacio que merecen, sino que primó la intriga, el misterio, la pasión y, sobre todo, la tragedia, por encima de cualquier otra consideración. Batuta y conjunto estuvieron muy atentos también a plasmar el espíritu robado de Mozart y Bizet allí donde emergen, así como el estilo rococó que preside el aria de la Condesa. El sonido fue en todo momento magistral y brillante. También los coros convocados, infantiles y adultos, consiguieron resultados de alto nivel, a la altura del resto de componentes musicales de esta combinación ganadora. Sin olvidar la oportunidad brindada, como suele ser habitual, al alumnado y la membresía del Centro de Perfeccionamiento de Les Arts.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 20 de enero de 2023

SOUSTROT SACA A CHAIKOVSKI DEL ABISMO

5º concierto del ciclo Gran Sinfónico de la Temporada nº 33 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Soustrot, dirección. Programa: Sinfonías nº 5 en Mi menor Op. 64 y nº 4 en Fa menor Op. 36, de Chaikovski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de enero 2023


Aunque la hemos disfrutado en varias ocasiones desde entonces, sea en ópera, ballet o conciertos especiales navideños, hace exactamente dos meses que no regresábamos a la programación oficial de la Sinfónica, y se echaba de menos. Volvió anoche de la mano de su titular, Marc Soustrot, que tantas páginas gloriosas ha escrito al frente de la formación, desde mucho antes de encargarse de su custodia. Y lo hizo con el tantas veces transitado Chaikovski, cuya integral sinfónica han acometido prácticamente todos los directores titulares que ha tenido la orquesta desde su fundación. Si la estrategia para programar estos conciertos tan populares es llenar el teatro, ayer eso funcionó, aunque seguimos pensando que es dar la espalda a ese público cultivado a lo largo de treinta años, que demanda nuevos territorios aún sin explorar. El concierto de anoche y hoy mismo estuvo presidido en el programa de mano por el recuerdo a Peter Derheimer, timbalista de la orquesta desde su fundación, que nos dejó el pasado mes de octubre. Cuesta creer que alguien a quien tantas veces hemos visto sobre los atriles, haya dejado de existir, y con tantos años todavía por delante para disfrutar. Será cosa de ese mismo inexorable e implacable destino al que apelaba Chaikovski en sus dos sinfonías más autobiográficas.

Soustrot abrió con la segunda de estas sinfonías, invirtiendo su orden cronológico. Una nutrida representación de la orquesta, precisamente solo con timbales como percusión, se hizo cargo de ella. El maestro se decantó por dar al conjunto un aire apesadumbrado, melancólico y triste, a pesar de que en ella el autor describe un destino sujeto al cambio, a la providencia, no obstante ese sintomático acoso inicial que se repite a lo largo de la partitura y que describe tantas dudas y lamentos. Así, el scherzo inicial sonó majestuoso y lleno de vigor, para después aplacarse en el muy reconocible andante cantabile, que el solo de trompa cinceló con mucho sentido del equilibrio y el sentimiento, acompañado por una cuerda precisa y nunca sujeta al decaimiento, la misma que logró lucir en un vals animado con gracia y buen gusto. Soustrot supo al final imbuir a la partitura de esa rebeldía y desenlace triunfal que le caracteriza, con la complicidad de una orquesta impecable en todas sus familias e interrelación entre ellas, acaso con preeminencia de metales en su registro más agudo, lo que provocó un sonido a menudo demasiado metálico, pero destacando una total ausencia de deslices ni salidas de tono, siempre resplandeciente, disciplinada y majestuosa.

El destino se hace aún más patente e implacable en la fanfarria inicial de la Sinfonía nº 4. Esta fuerza inexorable que impide alcanzar la felicidad, como el propio autor la definía, y que resulta invencible y determinante para que nuestro bienestar y nuestra paz no sean absolutas, encontró sin embargo en Soustrot una estética menos angustiosa, más relajada en el sentido de no resultar inescrutable e invencible. Fue como darle la vuelta al sentido de estas dos columnas angulares del sinfonismo tardorromántico, de forma que el allegro inicial derivó en exultante desafío, grandioso y decidido, el andantino menos melancólico de lo habitual, el scherzo centrado en el virtuosismo y la impecable técnica del pizzicato, sin más pretensiones, y el final un deleite enloquecido y febril, perfecto colofón para este recorrido de un alma atormentada y afligida que busca el alivio y la redención, salir en definitiva del abismo.

Foto: Marina Casanova
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 2 de junio de 2022

RUSOS EJEMPLARES PARA UN DEBUT Y UNA SOLUCIÓN

Concierto extraordinario de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla. Javier Comesaña, violín. Juan Pérez Floristán, piano. Alfonso Casado, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikovski; Concierto para piano nº en Do menor Op. 18, de Rachmaninov. Teatro de la Maestranza, miércoles 1 de junio de 2022


Ayer fue el día de la ROSS. La formación presentó su trigésimo tercera temporada y se entregó con ahínco y profesionalidad a una nueva colaboración con Juventudes Musicales de Sevilla, tras la buena acogida que tuvo la propuesta
el año pasado. En cuanto a la nueva programación de la orquesta, no nos parece válido justificar la repetición sistemática de títulos tantas veces interpretados con el fin de recuperar público y atraer nuevos correligionarios tras un par de temporadas en las que el aforo del Maestranza se ha visto seriamente mermado. Más bien se nos antoja una medida que espanta al público fiel, que se cuestiona así seguir acudiendo a conciertos que de algún modo representan cierto déjà vu. Una combinación de programas novedosos y otros populares sería más apropiado dadas las circunstancias, de lo contrario sería como si todos los años estrenasen más o menos las mismas películas, ¿quiénes irían a verlas?

Hecha esta pequeña reflexión, la de anoche estaba destinada a ser el debut en el Maestranza de dos interesantes y prometedores artistas jóvenes, el alcalareño Javier Comesaña y el albaceteño Pedro López Salas, de la mano de Juventudes Musicales, que cumple así uno de sus cometidos principales, la promoción de nuevos valores. Sin embargo, una enfermedad repentina obligó en el último momento a abandonar al segundo, lo que sin duda habrá provocado una profunda y dolorosa frustración en el joven pianista, que esperemos la orquesta y el coliseo puedan remediar en un futuro muy próximo. La suerte quiso que otro sevillano, este sí con una carrera fructífera y afianzada a sus espaldas, Juan Pérez Floristán, se encontrase en la ciudad tras desembarcar en ella desde Munich para presentar la temporada de la que él es artista residente. Su madurez y profesionalidad le llevó a aceptar el reto de sustituir a López Salas apenas repasando de un vistazo la partitura asignada, con los buenos resultados esperables, si bien apreciándose su intención de no deslumbrar ni eclipsar de ninguna manera la que debía ser la noche de Comesaña, lo que se tradujo en una interpretación del segundo de Rachmaninov acomodada en una gramática impoluta, un fraseo fluido y elegante y una extrema delicadeza melódica, pero sin caer en florituras ni exhibición de virtuosismo extremo. Su versión de Rachmaninov estuvo henchida eso sí de aliento poético y vuelo lírico, aunque a menudo sobrepasada por un peso orquestal excesivo, dejando en evidencia que faltara más tiempo para llegar a un mayor entendimiento entre él y la batuta, un Alfonso Casado que regresó a su tierra para dejar claro que se puede enfrentar al repertorio clásico con la misma solvencia con la que lo hace en el ligero, con el que se ha creado un merecido puesto en los escenarios del West End londinense.

La combinación de un pianista y un violinista, base estructural del concierto del pasado año, fue también la del presente, con un espléndido Javier Comesaña protagonizando la primera parte del concierto, tras haber disfrutado de su incontestable sensibilidad musical en otros espacios como las Noches del Alcázar y la Sala Chicarreros, también entonces de la mano de Juventudes Musicales. Su debut en el Maestranza estuvo precedido de los importantes premios obtenidos en certámenes como el de Jascha Heifetz o Joseph Joachim, cuyo segundo premio le permitió lucir un valioso violín del siglo dieciocho con el que logró una interpretación magistral del concierto de Chaikovski. Tras dejar claro su dominio del instrumento y entregarse a largas y afinadas frases que añadieron una importante traza de elegancia a su interpretación, Comesaña cuidó en extremo todos los detalles de la partitura, sin esa exhibición de virtuosismo a menudo gratuito con la que muchos rubrican su cometido, lo que se hizo patente en cadencias muy bien informadas y primorosamente construidas, que embellecieron su visión de una página tan asentada en el acervo popular. La naturalidad y la fluidez fueron los claros detonantes del éxito cosechado con esta emblemática partitura, a la que la batuta de Casado se plegó con idéntica resolución, controlando todos sus aspectos y extrayendo de cada solista y familia el sonido más terso y adecuado a la situación. El andante dolce de una de las sonatas de Prokofiev sirvió al artista de Alcalá de Guadaira para redondear su mágica noche de debut en el Maestranza y dejar a sus patrocinadores a la altura que merecen.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 13 de enero de 2022

AALTO BALLETT ESSEN Y SU LAGO DE ENSUEÑO

Ballet El lago de los cisnes de Piotr Ilich Chaikovski. Aalto Ballett Essen. Ben van Cauenbergh, dirección general y coreografía. Dorin Gal, escenografía y vestuario. Berndt Hagemeyer, iluminación. Valeria Lampadova, video-creación. Wolfram-Maria Märtig, dirección musical. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Intérpretes: Mika Yoneyama, Artem Sorochan, Wataru Shimizu, Moisés León Noriega, Yulia Tsoi, Harry Simmons. Teatro de la Maestranza, miércoles 12 de enero de 2022


La memoria juega malas pasadas y cuando creíamos que El lago de los cisnes se había representado ya demasiadas veces en nuestro teatro, nos damos cuenta de que la última vez fue hace ya nueve años, así que tocaba. Fue entonces una producción del ballet de Kiev realmente decepcionante, en la que no funcionó prácticamente nada, ni siquiera a nivel musical. Por el contrario el prestigioso Ballet del Teatro Aalto de la ciudad alemana de Essen nos encandiló hace seis con su particular y despampanante Romeo y Julieta, por lo que las expectativas ahora eran grandes. Y se cumplieron, gracias al arrojo y el entusiasmo que el coreógrafo belga y director general de la compañía desde hace más de una década, Ben van Cauenbergh, pone en cada empresa que acomete. Esta se estrenó con considerable éxito en 2018 y llega ahora a nuestro escenario con parte del mismo elenco y el mismo entusiasmo demostrado entonces.

La producción de Cauenbergh y el Ballet Aalto de Essen respeta el orden musical de la pieza, su estructura original en cuatro actos y la coreografía de Petipa e Ivanov, que es la que más ha sobrevivido de todas las propuestas a lo largo de los años, a pesar de mostrarse algo desgastada y un poco mustia pero convenientemente puesta al día por el talento y la pericia del director belga. Sin embargo atisba el ingenio de modificar sustancialmente su argumento para hacerlo más creíble, ofrecer un final feliz en el que el rol femenino no tenga que sacrificarse por amor, y prescindir de la escena de caza inicial, desconozco si con intenciones animalistas o no, pero lo cierto es que así es como se actualiza un espectáculo sin traicionar sus cimentos. El sueño profundo en el que cae rendido el príncipe logra encajar estos cambios radicales sin que la partitura ni el baile se resientan. Una meticulosa puesta en escena, cambios de decorado amenizados con sugerentes y poéticas proyecciones en video sobre el telón, espectaculares cambios de vestuario y ambiente según la realidad y el sueño, y un sensacional cuadro final protagonizado por una tela azul elegantemente desplegada por el bailarín Moisés León y convertida en las aguas que zozobran y engullen al enamorado príncipe antes de despertar, hacen de esta una producción memorable y satisfactoria a todos los niveles.

Liam Blair fue el primer Sigfrido de este montaje
Resulta sorprendente cómo esta compañía alemana, al contrario que otras igualmente prestigiosas, confía sus papeles principales a bailarines y bailarinas de todas las nacionalidades, demostrando un aperturismo y una apuesta por la diversidad digna de toda admiración. La japonesa Mika Yoeneyama, que prácticamente se inició en la compañía estrenando este papel en 2018, evoca dulzura y fragilidad mientras se comporta como Odette, mientras que cuando incorpora a Odile, su otro personaje o quizás su otra personalidad - ¡qué bien estaría una versión en la que la heroína sufriera trastorno de personalidad y arrastrara al príncipe a la locura! -, desarrolla siempre desde la compostura y el matiz una personalidad perversa y manipuladora. Un dechado de encanto y flexibilidad que solo se explica con trabajo duro solo apto para personas paradójicamente muy fuertes. Y fuerte y corpulento es el ruso Artem Sorochan, lo que quizás mermó su ligereza y flexibilidad, no obstante exhibir fuertes dotes para la acrobacia no exenta de elegancia. Más limpio y ágil resultó el también japonés Wataru Shimizu como su amigo Benno (fue Mercucio en Romeo y Julieta), que literalmente fue capaz de volar sobre el escenario, su pequeño tamaño ayuda. También en el elenco repitió respecto a aquel excelente título shakesperiano el cubano Moisés León Noriega dando vida a Rothbart o Barbarroja, el pérfido de la función luciendo una extraordinaria capa cuyo plumaje se mecía de manera hipnótica al son de sus sinuosos movimientos. Hubo lugar para el lucimiento de prácticamente todo el elenco, especialmente en los pasos a dos que amenizan el baile del tercer acto, si ben apreciamos algún traspiés en la célebre danza de los cisnes del segundo acto, nada que no se corrigiera inmediatamente.

Aunque al principio nos pareció que la dirección del joven Wolfram-Maria Märtig resultaba algo morosa, enseguida apreciamos la robustez y la agilidad de su cometido, ofreciendo junto a la excelente participación de la Sinfónica un Lago de los cisnes así mismo de ensueño. La bellísima y variadísima partitura de Chaikovski sonó espléndida y esplendorosa, con rendimientos impecables de todas las familias instrumentales, y solos sensacionales de la concertino Alexa Farré, que en la Danza rusa se adaptó con gusto y agilidad al estilo zíngaro del número y en el paso a dos del segundo acto exhibió junto a la arpista Daniela Iolkicheva un dúo henchido de lirismo poético. También lucieron espléndidos los solos de trompeta en la Danza napolitana y de oboe en el famoso tema principal. Es un auténtico lujo poder contar con una orquesta en tan magníficas condiciones en el foso, una todo terreno que cumple tanto en sus conciertos como en sus intervenciones escénicas y que es capaz de enfrentarse al apoteósico final de este emblemático título con tanta fuerza, empuje y decisión.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

LA ACADEMIA DA FRUTOS DE PRIMERA CALIDAD

Concierto de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Saïd. Amaury Coeytaux, violín. Pablo Heras-Casado, director. Programa: Concierto para violín en Re mayor Op. 35, de Chaikovski. Sinfonía nº 8 en Sol mayor Op. 88, de Dvorák. Teatro de la Maestranza, martes 28 de diciembre de 2021

Foto: Manuel Vaca

Hace mucho que Daniel Barenboim no asoma por nuestra tierra. Atrás quedaron aquellos conciertos estivales junto a la Orquesta del Diván que con tanta ilusión esperábamos, y nunca llegó a cumplir su promesa de dar un recital de piano en el Maestranza como agradecimiento por la acogida de nuestra comunidad a su proyecto conjunto con el intelectual Edward Saïd, tanto tiempo atrás desaparecido. Dicen que puede ser por la hostil acogida que sufrió por parte de algunos influyentes medios locales, pero nos extraña que una personalidad de la talla y la importancia de Daniel Barenboim, prácticamente un dios en su materia, un intocable tras tantos y grandes merecidos reconocimientos a lo largo de más de sesenta años ininterrumpidos de carrera, se deje influir por los comentarios, hostiles o admirados, de una prensa local como la nuestra. Lo cierto es que su legado tiene un valor incalculable, y que el trabajo desplegado en Andalucía por la
fundación que lleva su nombre, suma en lo que a preparación de jóvenes intérpretes se refiere. Les da una oportunidad única de recibir clases de algunos y algunas de las más prestigiosas maestras en la materia, sin tener que desplazarse a otros países, generándose aquí una fuente de conocimiento y experiencia de primera categoría, solo al alcance de los más avezados estudiantes, dando como fruto nada más y nada menos que la excelencia.

Eso es lo que una vez más encontramos sobre el escenario del Maestranza, pura excelencia en manos de todavía inexpertos músicos en su mayoría, que con su valía y esfuerzo demostraron ser capaces de devorar un programa exigente con la perfección de unos profesionales absolutos. Una gesta casi milagrosa que afortunadamente se repite cada vez que nuestros jóvenes se suben al escenario, ya sea con la Orquesta Joven de Andalucía, nuestra querida Sinfónica Conjunta o las nuevas generaciones de la Barroca. El impecable trabajo conjunto de nuestros conservatorios, academias e instituciones, sumados al billete de perfeccionamiento que les reporta su paso por la Fundación, da como resultado este estimulante viaje a la excelencia. Pablo Heras-Casado, que ya dirigió a la formación, junto a la OJA, en enero de 2020, y pudimos disfrutarle junto a la Orquesta Juvenil de la Unión Europea en el Teatro Cervantes de Málaga en agosto de aquel fatídico año, exprimió al máximo las fuerzas y las energía de estos y estas jóvenes intérpretes para lograr de nuevo un concierto ejemplar, al que se sumó el talento indiscutible del también joven violinista francés Amaury Coeytaux.


Un violinista infatigable

Ya tiene mérito sustituir en el último minuto al violinista programado, Miguel Colom, debido a los estragos del covid que hacen de cada día una aventura y una incertidumbre, y enfrentarse a una partitura complicada como es la del Concierto para violín de Chaikovski con tanta solvencia y ejemplaridad. El suyo es un sonido crispado y envolvente, que frasea a un ritmo endiablado y es capaz de hacer sonar cada nota con una claridad y flexibilidad asombrosa. Su exacerbado virtuosismo quedó patente en un allegro inicial majestuoso y apabullante pero también lleno de lirismo, al que la orquesta se plegó maravillosamente, siempre atenta a los múltiples gestos con los que Heras-Casado controló a sus jóvenes portentos. Prodigiosas resultaron sus alambicadas cadencias en el tramo final de este primer movimiento. En la Canzonetta, Coeytaux se mostró ampliamente melódico y profundamente lírico; dinámico y lleno de carácter en el deslumbrante allegro vivacissimo final. Propina obligada, el andante de la Sonata nº 2 de Bach, meditado y paladeado.

Otra página de inconfundible sabor eslavo, la Sinfonía nº 8 de Dvorák, ocupó la segunda parte de este extraordinario concierto, con el director sin batuta pero con mucha expresividad llevando a los jóvenes músicos al páramo de la perfección. Todas las familias instrumentales, incluidos los tan temidos metales, respondieron impecablemente a la llamada atenta y responsable de quien estos días habrá trabajado hasta la extenuación con ellos para alcanzar tan estimulantes resultados, con la ayuda impagable del profesor Edmon Levon, que se encargó de la preparación y los ensayos preliminares de la propuesta. El allegro inicial sonó desenvuelto, fresco y natural, a la vez que conmovedor y luminoso. Se acertó en dar un carácter profundamente místico al adagio, mientras el allegretto grazioso se entonó con encanto y ligereza. La calidez y la solemnidad caracterizaron el allegro ma non troppo final, alcanzándose en su tramo final un espíritu vitalista y deslumbrante. Como propina se atrevieron primero con la Danza húngara nº 1 de Brahms y un alegre pasodoble de esos que tanto suenan en las salas de concierto de todo el Mundo, según el director granadino, cuando tocan orquestas juveniles, dado el alto porcentaje según él de integrantes españoles en este tipo de formaciones, lo que da buena cuenta de la conveniencia de mantener estas instituciones que tanto hacen por la cultura y la felicidad de la población.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

jueves, 28 de octubre de 2021

LA ROSS REGRESA AL LOPE CON MUCHA CUERDA

1er Concierto del Ciclo Noches del Lope de la Temporada nº 31 de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Marc Soustrot, director. Programa: Serenata para cuerdas en Do mayor Op. 48, de Chaikovski; Noche transfigurada Op. 4 (versión 1943), de Schoenberg. Teatro Lope de Vega, miércoles 27 de octubre de 2021


Tres serán los conciertos que la ROSS celebre esta temporada en el Teatro Lope de Vega, lugar que la vio nacer hace treinta años, poco antes de habilitarse el nuevo coliseo de la música en el solar que Maestranza de Artillería atesoraba en el Paseo de Colón. Dos de ellos están dirigidos por Marc Soustrot, que con éste celebró su debut con la orquesta en el rol de flamante nuevo director titular. Desmoraliza sin embargo ver cómo el público apenas ocupó medio aforo del teatro, algo que esperemos hoy pueda remediarse cuando batuta y conjunto repitan el mismo programa. Desmoraliza sobre todo porque mientras la gente de la cultura amenizó nuestros días en cautiverio sin apenas rechistar por su delicada situación ante la pandemia, del sector hostelero del que tanto depende nuestra escuálida economía mientras sus agentes no encuentren otras alternativas más sostenibles, solo escuchamos lamentaciones, y hoy son tan estrellas del ocio que se permiten colgar el cartel de completo a diestro y siniestro, dejando poco o ningún margen a la improvisación. Qué manera de darle la espalda nuestro público a algo tan preciado, importante y maravilloso como la gran música clásica en un extraordinario marco escénico.

Soustrot acudió a esta cita con dos trampantojos sinfónicos, dos obras que sin confesar su tendencia a este género musical, no pueden remediar seguir su estructura y estilo compositivo. La Serenata de Chaikovski sigue las pautas de los divertimentos mozartianos y las sinfonías italianas del ochocientos pero en cuatro movimientos de igual calado emocional y estructural que una sinfonía convencional, mientras Verklärte Nacht de Schoenberg, original para sexteto, acusa en su adaptación para orquesta de cuerda un estilo muy próximo a su Sinfonía de cámara Op. 9. Para abordar el primero, Soustrot siguió al pie de la letra las indicaciones del compositor, rodeándose de un gran número de efectivos, con cuerda aguda y grave enfrentadas y los contrabajos al fondo, lo que quizás, sumado a la seca y abrupta acústica del teatro, hizo que el relieve del resultado se resintiera. Fue sin embargo una lectura efectiva y mimada de la partitura, que miró acertadamente al estilo galante arcaico en el que se inspira y el más expresivo y melancólico de la época que lo concibió. Tras una solemne obertura, Soustrot imprimió inquietud en sus figuras mozartianas, acometió el vals con una gracia y delicadeza próximas a la opereta, y anticipó el espíritu de la pieza de Schoenberg con un lirismo y una tensión dramática próximas de la meditación en la elegía, hasta desembocar en un enérgico final de talante ruso animado y sincopado al que la orquesta respondió con precisión admirable.

Noche transfigurada sigue siendo a día de hoy una obra profundamente admirada, que inspira una desazón considerable y prefigura el universo espeso y frondoso del compositor vienés. Sin llegar a ser la obra programática que su inspiración en un poema narrativo de Richard Dehmel presupone, una lectura nítida y equilibrada como la que propuso Soustrot puede llegar a reflejar el drama por el que atraviesa una pareja de paseo por el bosque mientras se acerca la noche y se revelan secretos que pueden alimentar un amor puro y sincero, y allí estuvieron los expresivos diálogos entre violín y viola primeras para demostrarlo. Pero son los sentimientos los que afloran cuando se logra una interpretación digna y medianamente apasionada como la que ofrecieron Soustrot y la ROSS. Quizás echamos en falta una mayor dosis de dramatismo y un lirismo más desbordado y visceral, pero sirvió como versión aseada y elocuente, muy trabajada a nivel de dinámicas y tensiones armónicas, y muy apreciada para acercar de nuevo al público una página irrepetible.

Fotos: Guillermo Mendo
Artículo publicado en El Correo de Andalucía

lunes, 15 de junio de 2020

PARTE DE LA ROSS SE ESTRENA CON JUVENTUDES MUSICALES

Mientras en otras plazas andaluzas el regreso de la música a los escenarios es ya una realidad, con propuestas adaptadas a las circunstancias por parte de conjuntos sinfónicos como los de Córdoba, Almería o Málaga, nuestra orquesta parece resistirse a ese contacto con el público, quizás más como demostración de responsabilidad y buena letra que como consecuencia de un aletargamiento tan peligroso como inevitable. Hasta la Orquesta Ciudad de Granada se perfila como bote salvavidas del Festival de Música y Danza de la ciudad, que se celebrará a partir del próximo 25 de junio. Nosotros hemos sabido hace apenas unos días que no nos quedaremos este verano sin las Noches de los Jardines del Alcázar, aunque el programa está todavía por determinar. Una noticia que celebramos y consideramos lógica teniendo en cuenta la naturaleza abierta del espacio y la posibilidad de que incluso limitando su aforo no suponga una empresa demasiado gravosa para su organización. Pero de momento tendremos que conformarnos con engancharnos a la red para disfrutar de la música hecha en casa, en esta primera ocasión con la concurrencia de algunos y algunas de las integrantes de la Sinfónica de Sevilla.

Será a partir de esta tarde a las ocho cuando durante algunos días podamos asistir al primer concierto de Juventudes Musicales tras el confinamiento por coronavirus al que hemos estado sometidos y sometidas. Grabado in situ, en el Pabellón del Parque María Luisa en el que mantienen su sede, el Totem Ensemble, quinteto de cuerdas que se formó hace más de quince años a iniciativa del contrabajista Francisco Lobo, profesor del Conservatorio Manuel de Falla de Cádiz y colaborador de la ROSS, ofrecerá un programa tan ecléctico como suele ser su costumbre, que para la ocasión mantiene un hilo conductor muy adecuado a las circunstancias. Comenzará con los aires profundamente tristes del Adagio de Samuel Barber, con clara vocación de réquiem por las víctimas de la pandemia, aunque inmediatamente cambiará de registro con uno de los tres Divertimentos que compuso Mozart al regreso de una triunfal gira por Italia, en concreto el KV 136, también conocido como Sinfonía Salzburgo. Concebido para cuarteto de cuerdas, sugiere esa vocación de puro entretenimiento en el que la armonía y la melodía prevalecen sobre el virtuosismo. Para esto último sin embargo se propondrá el cuarto de los conciertos de Il cimento dell’armonia e dell’inventione, el Invierno de Las cuatro estaciones, donde el primer violín Vladimir Dmitrienco tendrá que empeñarse a fondo para lucir sus complejos pasajes solistas.

Nimrod de las Variaciones Enigma del compositor victoriano por antonomasia, Edward Elgar, aportará ese aire de solemnidad que toda ceremonia merece. Las más conocida de las catorce variaciones, y eje central de la obra, será seguida por el Intermezzo de la ópera Goyescas de Enrique Granados, pieza de concierto extraída de esta pieza lírica basada en el ciclo pianístico del compositor catalán, a su vez inspirado en las pinturas del artista aragonés. A continuación los aires festivos se apoderarán de la velada, primero de forma sensual y relajada con la segunda de las cinco danzas del Acto Segundo del ballet El Cascanueces de Chaikovski, la Árabe. El ambiente exótico se mantendrá luego con dos marchas de Johann Strauss hijo, muy populares en los conciertos de Año Nuevo de Viena, especialmente la Egipcia, compuesta con motivo de la inauguración del canal de Suez. La Persa denota también ese interés en la Europa del siglo XIX por Oriente. El ambiente bucólico y nostálgico regresará después con el Vals sentimental de Chaikovski, prodigio de emociones diversas en tan breve espacio de tiempo. Y la manifestación terminará mirando hacia el futuro, con los aires de agradecimiento y esperanza que despierta el popular canto hebreo Hava Naguila.

Nonna Natvlishvili al violonchelo, Luis Miguel Díaz Márquez al segundo violín y Jerome Ireland a la viola, todos profesora y profesores de la ROSS, acompañarán a los otros dos mencionados, mientras el joven pianista granadino Germán García será el encargado de tomarles el relevo a partir del día 29 de este mes.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 21 de febrero de 2020

UN PROGRAMA POPULAR Y UNA ROSS EXUBERANTE

XXX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniel y Alexander Gurfinkel, clarinetes. Benjamin Yusupov, director. Programa: Una noche en el monte pelado, de Mussorgsky/Rimski-Korsakov; Images of the Soul, de Yusupov; Capricho italiano, de Chaikovski; Capricho español, de Rimski-Korsakov. Teatro de la Maestranza, jueves 20 de febrero de 2020


Cuando se piensa en música contemporánea saltan a la mente estéticas y conceptos de vanguardia que poco tienen que ver con lo que habitualmente aborda nuestra Sinfónica cuando interpreta piezas de reciente composición. De esta forma, el Concierto para dos clarinetes y orquesta que estrenó en nuestro país Benjamin Yusupov, el director invitado en este sexto concierto de abono de la temporada, bajo el título Imágenes del alma, que también sirvió para bautizar el programa, dista mucho de poder considerarse vanguardista, aunque son muchas sus virtudes y no está exenta de soluciones aisladas que si no audaces sí podríamos considerar al menos avanzadas. Para llevarlo a buen puerto Yusupov contó con los clarinetistas gemelos que lo estrenaron en Tel-Aviv hace nueve años, cuando apenas tenían diecinueve, por encargo de la Sinfónica de Israel Rishon-Lezion. Los hermanos Daniel y Alexander Gurfinkel, israelíes de pura cepa, ofrecieron una explosión de juventud y teatralidad que contó con el respaldo y entusiasmo del público, potenciado por su literatura fácil, colorista y apabullante.

Más interesantes sus dos primeros movimientos que los dos últimos, la orquesta pareció disfrutar mucho con su amplia gama de dinámicas, el protagonismo que ofrece a casi todas las familias instrumentales, muy especialmente a la percusión, y su férrea arquitectura. El origen eslavo de toda la propuesta emergió ya desde unos primeros compases de los clarinetes en arabescos, con uno de los gemelos reproduciendo como un eco los sonidos del otro desde la trastienda, para poco a poco ir asomándose al escenario y acompañar ya en un incesante diálogo in crescendo, entre sí y con la orquesta, que los baña en misterio e inquietud. El scherzo siguiente aporta un carácter violento y desatado al conjunto, con pasajes realmente espectaculares y una inusitada exuberancia orquestal. Pero surge entonces un adagio blando y poco estimulante, con la cuerda punteada y los solistas reafirmando esos sonidos hebreos que ya asomaron en el movimiento anterior. El último movimiento es apabullante no en el mejor sentido del término, muy al estilo Ginastera, con un exceso decibélico que parece destinado a impresionar gratuitamente más que a generar emociones sinceras. Los jóvenes solistas demostraron en todo momento un dominio técnico absoluto del instrumento, una flexibilidad extraordinaria y una notable expresividad, acentuada luego en la propina, una generosa fantasía sobre temas del musical El violinista en el tejado de Jerry Bock.

Antes, Benjamin Yusupov dirigió a la ROSS en la versión más conocida e interpretada de Una noche en el monte pelado, la que Rimski-Korsakov reinventó a partir del material original de Mussorgski, tanto el compuesto en 1867 como el arreglado para su inserción en la ópera La feria de Sorochinsky. Pero la suya fue una dirección tan enérgica, con tanto nervio y capacidad para sustraer todo el misterio y el desgarro de la pieza, que por momentos parecía estuviésemos escuchando la versión que su autor no se atrevió nunca a estrenar, más austera y aterradora. Un festín para los sentidos que se repitió con las muy populares piezas que protagonizaron la segunda parte del concierto. Pero aquí la batuta perdió capacidad para marcar sutilmente la expresión y la narrativa que caracterizó la pieza de Mussorgski y gran parte de la suya propia, para entregarse a una manifestación de ruido y fuego no siempre tan adecuada como pudiera parecer. Aunque si bien del Capricho italiano de Chaikovski no se podía conseguir una versión más acorde a los sentimientos del autor, con claros planos sonoros y un evidente y equilibrado sentido del ritmo, peor fortuna corrió el Capricho español de Rimski-Korsakov, propenso al ruido y la parafernalia, lo que no obstó para que los y las integrantes de la ROSS dieran todo de sí y que el concertino Paçalin Zef Pavaci ofreciera unos solventes solos de violín.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

domingo, 5 de enero de 2020

HERAS-CASADO FRENTE A UN PROYECTO TITÁNICO

Concierto extraordinario de la Orquesta Joven de Andalucía y la Fundación Barenboim-Said. Pablo Heras-Casado, director. Programa: Suite de El Cascanueces, de Chaikovski; Sinfonía nº 1 en Re Mayor “Titán”, de Mahler. Teatro de la Maestranza, sábado 4 de enero de 2020

Heras-Casado frente a un proyecto titánico Pablo Heras-Casado debuta en el Maestranza apadrinando un proyecto de música y vida que saluda la nueva década con la fuerza y la ilusión de la juventud Nada mejor para empezar el año, tras el obligado saludo musical de nuestra Sinfónica del día anterior, que con la esperanza y la ilusión que representa la juventud, y esa encendida admiración que desde ya hace tantos años provocan quienes se convirtieron en artífices de una eclosión inédita en nuestra tierra, la de la excelencia musical repartida por todo el mundo. Con nuestras instituciones públicas de distinto signo político por una vez colaborando, jovencísimos intérpretes de toda Andalucía se dieron la mano en un multitudinario concierto sinfónico a través de la Orquesta Joven de Andalucía y la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said. Todo un hito digno de todo nuestro respeto y consideración que contó además con la batuta del director español más mediático de los últimos tiempos, Pablo Heras-Casado.

El director granadino pisó por fin el escenario del más emblemático auditorio musical de la comunidad, y lo hizo poniéndose a disposición en todo un alarde de generosidad de dos proyectos imprescindibles para seguir avanzando en esa siempre delgada y delicada línea de la excelencia cultural, colaborando para que el milagro musical andaluz se consolide y perpetúe definitivamente. En esa batalla merecen considerarse todos y todas quienes desde la gestión, el apoyo y la educación se han sometido al ilusionante proyecto de la Orquesta Joven de Andalucía, con veinticinco años recién cumplidos, y la Academia de la Fundación Barenboim-Said, presente en nuestra comunidad desde hace quince y con cuyo compromiso muchos y muchas andaluzas sentimos tanto orgullo. Dicho esto lamentamos que el programa elegido sonara tan trillado. En breve podremos disfrutar del ballet El Cascanueces en su integridad de la mano de la ROSS, y la Sinfonía Titán de Mahler se ha programado en la pasada década en numerosas ocasiones, incluso la OJA la interpretó en 2012 con Santiago Serrate sustituyendo a última hora al inicialmente programado José Ramón Encinar. Pero había que encontrar una pieza suficientemente mastodóntica para dar trabajo a más de cien jóvenes que a la vez atraiga a mayor número de público posible, y la Titán cumple ambas condiciones.

Del Cascanueces destacamos en lo negativo una muy errática Obertura Miniatura con pasajes enmarañados y cuerda completamente descoordinada, y en lo positivo una correcta lectura de esas miniaturas orquestales que son las danzas del segundo acto, que se saldaron con limpieza y saludable academicismo, hasta desembocar en un espléndido Vals de las Flores, suntuoso y elegante. El arpa de Belén García y la celesta de Andrea Capitán brillaron con luz propia. El esfuerzo desplegado por Mahler en su primera sinfonía converge a nuestro entender en una amalgama de ideas a menudo inconexas, pretenciosas y poco sinceras, a pesar de la voluntad catalizadora de los propios traumas e inquietudes del autor. Heras-Casado ahondó todavía más en esa falta de sinceridad proponiendo una versión muy calculada y poco natural que los jóvenes intérpretes siguieron al pie de la letra, con mucha dedicación y disciplina. Cada músico por separado manifestó una madurez técnica y expresiva excelente, aunque en equipo a veces el resultado se resintiera de esa falta de fluidez narrativa apuntada, especialmente perceptible en una cuerda aguda plomiza y mate en más de una ocasión. Hubo amabilidad y encanto en el primer movimiento, brío y agitación, quizás demasiada, en el scherzo, inconveniente falta de ironía en una marcha fúnebre cruzada con escaso ingenio y sutileza con los acordes hebreos centrales, pero una férrea construcción del pomposo movimiento final, que culminó con una prodigiosa exhibición de las ocho trompas convocadas y de unos percusionistas entusiasmados que desparecieron literalmente de forma divertida y teatral en el último acorde de la pieza. Quizás Heras-Casado no estuvo especialmente atinado, lo que no convertiremos en una sentencia habida cuenta del respeto y la admiración alcanzada por nuestro paisano andaluz, pero el proyecto merece nuestro más fervoroso aplauso y otro brindis por su permanencia ad perpetuum.

Artículo publicado en El Correo de Andalucía

viernes, 20 de diciembre de 2019

LA CAJA DE MÚSICA DE FLORISTÁN

XXX Temporada de conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Juan Pérez Floristán, piano. John Axelrod, dirección. Programa: Hamlet Op. 67, Concierto para piano y orquesta nº 1 y Sinfonía nº 4, de Chaikovski. Teatro de la Maestranza, jueves 19 de diciembre de 2019

El tercero de los conciertos de abono de la ROSS de esta temporada, muy distanciado en el tiempo del anterior, se centró exclusivamente en Chaikovski. Podríamos pensar que se trata de una elección muy navideña tratándose del autor de ballets tan de estas fiestas como El lago de los cisnes y El Cascanueces. Sin embargo el temperamento fuerte y atormentado del compositor aleja cualquier sospecha de que fuera esa la razón de su elección a tan pocos días de tan entrañables fechas. Arropar el regreso de Pérez Floristán al Teatro que le vio nacer y crecer, rodeado de tantas y tan buenas amistades, con otras piezas del autor del célebre Concierto para piano nº 1 que eligió para la ocasión, dejó claro el intenso contenido dramático de la propuesta; así lo corroboran su fantasía obertura Hamlet y la Sinfonía nº 4, primera en la que refleja su fuerte temperamento y profundo desencanto ante la vida, y primera vez en que aparece el fatum, ese destino implacable del que según él era imposible escapar.
 
La obertura Hamlet es un trabajo sugerido por el hermano de Chaikovski, Modest, que se estructura aparentemente en tres partes, aunque presenta tal amalgama a menudo inconexa de ideas y temas que resulta difícil atisbar la estructura apuntada. Eso sí, tales ideas se revelan a menudo brillantes e inspiradas, pero su ensamblaje acaba resultando artificioso y poco desarrollado. Axelrod, que al principio de la velada fue galardonado con un Premio Paraíso de la Asociación de Amigos de la Sinfónica, dirigió con vehemencia y decisión, a lo que cada conjunto orquestal respondió con brillantez técnica y expresiva, y una sensacional trasparencia. Fue por ello una excelente interpretación de una página irregular.
 
Buscando su propia personalidad
 
Es evidente ya desde su propio atuendo, esos singulares calcetines rojos que nunca abandona, que el joven y reconocido Juan Pérez Floristan busca una imagen y un lenguaje propio, lo que no siempre es positivo y a veces conduce a la equivocación. Así lo entendemos nosotros, que no vimos acierto en su particular visión del Concierto nº 1 de Chaikovski. Una pieza que ya desde su célebre arranque atacó con liviandad y un registro extremadamente relamido y frágil. Afortunadamente logramos de seguido identificar el espíritu de la obra, aunque en según qué pasajes volviera a brotar esa estética amanerada con la que no logramos identificar la música de un autor que ya nos parece suficientemente empalagoso. Pero es así en cuanto a patetismo y exuberancia melódica, no en el sentido de sonar como una cajita de música, que es lo que atisbamos en manos de Floristán. Una preocupación extrema por la dulzura en detrimento de la pasión. No cabe duda de que tiene la partitura muy trabajada y aprendida, pero estuvo tan atento a decir algo nuevo sobre ella que nos pareció con frecuencia poco natural, forzado. Tampoco encontramos en su segundo movimiento el lirismo acostumbrado, sí preciosismo pero sin emoción. Faltó en general equilibrio entre su grandeza heroica, prácticamente ausente, e intimismo lírico. No hace falta que sea enfático, pero tampoco tan liviano y reprimido, aunque a nivel técnico no tenemos nada que reprocharle, y ahí estuvieron sus virtuosas y muy matizadas cadencias para demostrarlo. Axelrod se adaptó a la estética propuesta, pero no pudo evitar ahogar puntualmente al solista ante su empeño de tocar con tanta ligereza y delicadeza. La propina, el famoso Momento musical nº 3 de Schubert, la despachó sin embargo con fuertes contrastes de ritmo y dinámica poco apropiados para una pieza tan ligera.
 
Axelrod acertó con la Sinfonía nº 4, logrando una respuesta brillante de la orquesta, desde unas poderosas y evocadoras trompas al principio, pasando por una cuerda de altos vuelos y unas maderas refulgentes y delicadas según qué pasajes. Dejó clara la ausencia de esperanza del primer movimiento frente a ese destino inexorable, dejando el escaso eco de felicidad como en un segundo plano de ensoñación. Un melancólico andantino con sobresalientes intervenciones del oboe, el violonchelo y el fagot, y un obstinado pizzicato de la cuerda en el scherzo, dieron paso a una explosión de temperamento y fuerza en el allegro final, una vitalidad en línea con su compatriota Glinka, que batuta y plantilla entendieron en su justa medida, ligeramente enloquecida frente al supuesto deleite popular que parece emerger de la pieza.
 
Artículo publicado en El Correo de Andalucía